El viejo y poético mito de
la Bella y la Bestia aparece aquí
trasplantado a un extraño e inhóspito mundo futuro (que recuerda vagamente la Metrópolis de Lang), en un melancólico invernadero
donde dos seres solitarios y condenados viven una patética historia de amor sin
esperanza.
Una conjetura: vino del
pasado; aunque también pudo venir del futuro. Una suposición: se trataba de un
rayo enviado por un gran talento, incluso entre cadenas, lanzado a la ventura
porque no podía ser encaminado hacia un blanco concreto. Y en cuanto a la
naturaleza de las cadenas, e incluso a la del talento, ¿qué decir? No hay sitio
ni ocasión en que el genio no viva soportando imbéciles.
En cuanto a su forma, era
indescriptible y podía, por esa razón, haber pasado inadvertido. El ojo humano
puede no enviar al cerebro imágenes para las cuales no existe «concepto». Casi
inmediatamente después de su aparición, dejan de «ser». Sus contenidos fueron
dispersos, demasiado pequeños para provocar la atención mantenida del ojo, y
derivaron hacia la tierra con rapidez. El lugar sobre el que se fijaron fue la
inhóspita y pétrea Ciudad y, en unos segundos, la mayoría de ellos murieron por
falta de receptores. Sólo uno sobrevivió. Por un azar, quizá matemáticamente
calculable, pero de todos modos remoto, este uno encontró su camino a través
de una abertura, más pequeña que el diámetro de una aguja, en la base de la
cúpula de cristal de cuarzo que coronaba el rascacielos patrimonio de un Barón
de la Ciudad ;
se deslizó químicamente en un vivero donde se las arregló para mantener la vida
entre lo que allí había: plantas, algas y pequeños peces. A mediodía, en el
nutrimento fortuito de esta matriz de facto, la Bestia Que Llora había
nacido. Sin una madre, sin un padre...
Poco tiempo antes había
sido un azaroso grupo de células protoplasmáticas, empujado de un lugar a otro
del invernadero por las ondas solares. El calor del sol del verano, que se
escurría con lentitud hacia el otoño, le llevó más allá. Su altura no era
mucha, pero pronto cambió. Con la voraz capacidad con que la vida le había
dotado, pronto encontró y devoró toda la comida que el jardín ofrecía. En el
espacio de una semana había alcanzado el tamaño de un perro pequeño.
Durante aquella semana,
una buena parte del tiempo del que la
Bestia disponía fue empleado en la observación. Según los
estándares de la Ciudad ,
el jardín no era pequeño. Se extendía unos quince metros en las cuatro
direcciones. Luego era interrumpido por los rígidos límites de las paredes de
ladrillo. Transversalmente al techo del jardín, se alzaba una prolongación
vertical de la cúpula de cristal de cuarzo, adentrada en el cielo para apresar
algo del fresco aire de más arriba Allí, encima del rascacielos del Barón, el
jardín estaba aislado y, como un niño, succionaba y asimilaba el calor del
brillante pecho del horno solar. Había murales en las paredes del jardín,
pinturas, casi mosaicos, en cálidos colores terrosos, demasiado delicados y
armoniosos para los sentidos no desarrollados de la Bestia. Pero ,
entonces, la Bestia
sólo disponía de las cosas del jardín para establecer comparaciones: las flores
y los peces, los frutales enanos y los alegremente coloreados pájaros que
revoloteaban por todas partes; y ésas no eran las cosas que los murales
describían.
Un día, sentado en el
tiesto de lilas y masticando semillas de loto, la Bestia hizo un
descubrimiento. Estirándose, había alcanzado un pez dorado. Se retorció y
emitió horribles sonidos cuando él lo mordisqueaba. Sentado tranquilamente,
pudo observar que a las cosas vivas no les gusta ser comidas mientras lo están.
Su memoria le recordó los penetrantes chillidos de los pájaros que había
comido, lo difícil que era apartar la sofocante suavidad de las plumas.
En vista de ello, resolvió
no comer más cosas que estuvieran vivas. A medida que pasaban los días, se dio
cuenta que aquélla había sido una buena decisión. Los animales dejaron de
temerle y le procuraron mucho entretenimiento.
Cuando tenía poco más de
un metro de altura, aprendió a caminar sobre sus patas traseras y descubrió la
puerta. Este descubrimiento no lo hizo por sus propios medios, sino que fue
parte de un cambio en su medio ambiente. La puerta se abrió y la Mujer vino a través de ella.
Por entonces la Bestia ya podía ver los
murales, y la reconoció al momento como una de las cosas representadas en los
mosaicos, toda ella tostada por la palpitante calidez de la no filtrada luz
del sol. Esta mujer no le vio al principio. Él todavía estaba sentado en la
fresca agua del estanque: aún mascaba sus simientes de loto. La mujer se quitó
su vestido dorado y se tendió en la caliente y limpia arena, con un antifaz de
tela negra sobre los párpados.
Pasado un tiempo, la Mujer sintió su presencia y
se quitó el antifaz de los párpados. Al verle, se sentó y recogió su ropa. Sólo
lanzó un pequeño grito a la inmóvil atmósfera.
—¿Cómo entraste? —dijo—.
¿Qué estás haciendo aquí?
—Bueno, respóndeme
—exigió.
—¿Qué te pasa? ¿Es que no
sabes hablar? —preguntó la
Mujer.
—¡Pobre! —dijo la Mujer.
Se puso en pie y,
sonrojada, se envolvió en su ropa y fue hacia él. Hizo movimientos para señalar
la puerta.
—No puedes salir así
—dijo—. ¿Dónde están tus ropas?
Le hizo más señas
intentando hacerle mirar al lugar donde se hallaban sus cosas, usando su propia
ropa como ejemplo.
—Está bien. Las
buscaremos.
Mientras buscaba, la Mujer hablaba. Casi ociosas
palabras, que ponían de relieve su nerviosismo ante su presencia. Un
relámpago, el oscuro ruido de un trueno y un cohete atravesaron el cielo,
atraídos por el espacio como el hierro por el imán. La Mujer rió.
—¿Sabes?, somos como
hongos —dijo, mirando por debajo de un arbusto de gardenias—. Esos cohetes,
esas aeronaves. Apuesto a que tú, como la mayoría de los obreros, no tienes ni
idea de lo que son. Los humanos, los mortales, vivimos en la base del árbol,
soportando las embestidas, los acontecimientos de la vida. Más arriba, en las
ramas del roble, las aeronaves cincelan un imperio, sin contar para nada con
nosotros, sin contar con la gente.
»Sólo los que hacen las
leyes piensan en la gente. Hacen las leyes de modo que impidan a los constructores
del imperio dejar caer el fuego del Sol sobre nosotros, subyugarnos o
matarnos. Hacen leyes que limitan al hombre al empleo de su propia fuerza o a
la contratación de mercenarios. Nos dan una seguridad social que limita el
radio de acción de un hombre. —Revolvió escrupulosamente el jardín. Miró bajo
los arbustos y matorrales, hasta en el estanque. Al terminar, estaba perpleja—.
No se me ocurre qué hiciste para llegar aquí sin ropas. De cualquier manera,
tampoco logro entender cómo te las has arreglado para entrar aquí. Hemos tenido
suerte que nadie más te haya visto, si no tendrías problemas. Tú espera aquí y
yo iré abajo, y miraré si puedo conseguirte algunas ropas de mi hermano
pequeño. Luego veremos si puedo sacarte del edificio sin que nadie te vea.
—Volvió a mirarle, moviendo su cabeza de izquierda a derecha, hasta que la fijó
en ángulo con su delicado hombro—. Seguramente no podré sacarte esta noche,
así que después de la cena te traeré algo de comer. Suelo comer aquí arriba con
bastante frecuencia, así que nadie lo encontrará extraño.
Estaba ahora pálida. La Luna la bañaba de leche y su
pelo era azulado como la Luna ,
no negro, aunque ella tenía cierto parecido con el negro suelo. Bajo el
silencio de la Luna
y las estrellas, él la adoró.
—Ven —dijo—. Ponte esto.
Creo que mi hermano es más corpulento que tú, pero servirán.
—¿No sabes cómo ponértelo?
Él permanecía en silencio.
La Mujer notó
entonces algo en lo que no había reparado antes. Por un momento tuvo miedo.
—¡Oh! No me entiendes, ¿no
es eso? Nada, ¿verdad?
—Eres un chico agradable
—le dijo, mientras le vestía—. Me siento rara contigo. Casi como si fuera tu
madre, pero no maternalmente. —Se rió—. Lo que sentía por mis muñecas cuando
tenía tu edad, o lo que siento por los pájaros, aquí en el jardín. Tenía un
perrito con manchas negras cuando era muy joven. Mi padre no era Barón
entonces. Vivíamos en una torre de Barón, pero mi padre sólo estaba aprendiendo
su empleo. Me dejaban jugar con otros niños y conocía a montones de muchachos
como tú; sólo que, claro, sabían hablar. —Le miró de nuevo con aquella piedad—.
Bueno, por fin estás presentable, y tendrás más trajes cuando vayas a casa. Me
imagino que estarás entre los obreros. Bueno, no importa, no tienes que volver
esta noche. No podría pasar más allá del piso número cien, aunque mi vida
dependiese de ello. Mira, te he traído comida.
Le llevó a través del
jardín y le dio una cesta con alimentos. La Bestia la miró estúpidamente, y entonces ella
abrió una botella de cerveza, extendió una servilleta en el suelo, y dispuso
sobre ella trozos de pollo cocinado, pan y melón. La Bestia no comió hasta que
ella le puso un pedazo en la mano. Entonces supo que era comida.
—Si esta habitación fuera
sólo mía, podría tenerte aquí en secreto, como a un animalito. Mi padre no me
deja tener otro perro. Dice que alguien podría utilizarlo como un arma contra
mí. No tengo ningún amigo. Nadie con quien hablar, y, claro está, no puedo
salir del edificio. Tengo sólo dieciocho años y la suerte no me ha escogido
todavía un marido, así que nunca he estado con un joven. ¡Oh! ¡Qué ganas tengo
que llegue ese día! Alguien alto y fuerte, como un guerrero, y bronceado como
si trabajara en los campos. ¡Será tan hermoso y cortés...! Me tomará en sus
brazos y viviremos como en una nube.
Los ojos de la Mujer brillaban, y vio a
través de la Bestia
su pasado y su futuro. La
Bestia le miraba a los ojos, tras el velo de lágrimas
felices, y sus propios ojos brillaron en respuesta.
Cuando terminó la comida, la Bestia tomó otra decisión.
Levantó su mano, que brillaba por el aceite de la comida, y le tocó el vestido.
Era un vestido blanco, con mangas amplias que se ondulaban cuando andaba. El
sitio donde su mano encontró la suavidad de la ropa quedó manchado sin remedio,
pero la Mujer
sonrió. Siguiendo su impulso, se inclinó y besó su frente con ternura, como
se besa a los niños.
—Eres dulce —dijo, y se
fue con la cesta y el mantel blanco.
Apagó las luces a su paso.
La Bestia se
precipitó de un salto hasta su bosquecillo de abetos, y pronto quedó dormida.
Las familias de los
Barones estaban bien alimentadas. Si el Barón pedía una comida poco nutritiva
por sí misma, el alimento era cuidadosamente tratado con las necesarias
vitaminas, minerales y proteínas. Así que la Bestia había hecho su primera comida completa y
equilibrada. Estaba, por primera vez en su corta vida, alimentada como convenía
para estimular su extraordinaria capacidad de crecimiento. Durante la noche, la Bestia maduró.
El Sol se levantó sobre
las paredes de cemento, y comenzó su avance cotidiano de un panel de cuarzo a
otro, como una misteriosa pieza en un juego de ajedrez sin reglas. La Bestia había crecido en su
calor. Estiró sus dorados miembros y, con su primera contracción, los músculos
se afirmaron y redondearon. Con la primera inspiración de siempreviva y
oxígeno de la mañana, sus pulmones ganaron capacidad, y su pecho se ensanchó.
Cuando se puso en pie, lo hizo con extraordinaria facilidad, y advirtió que
ahora tenía vello en el cuerpo. También otras cosas habían cambiado, cosas
dentro de él que ahora eran diferentes. Las ropas que la Mujer le había dado se
desgarraron, reventadas por sus estirones de la noche, y cayeron al suelo.
Había sido despojado de sus andrajos por su verdadera naturaleza. La Bestia era ahora un
adolescente, o, mejor aún, estaba en los últimos estados de su adolescencia.
Durante toda la mañana, el
Sol evolucionó en su órbita prescrita y, con el transcurso del día, la Bestia se apostó ante la
puerta. Cuando el cristal de cuarzo se tiñó con los colores de la caída del
Sol, la puerta se abrió. La
Mujer iba vestida de un tejido amarillo y ligero, como
junquillos, girasoles, como las claras notas altas de una trompeta. Miró a la Bestia.
Nada perceptible pasó
entre ellos. La Bestia
permanecía inmóvil. Ahora no lloraba. La Mujer permaneció también inmóvil. No buscó con su
mente una explicación ni consideró que fuese necesaria.
—Eres el mismo —dijo—,
eres el mismo niño. Puedo asegurarlo. Pero eres diferente, no eres igual,
porque ahora eres un hombre.
Cuando el Sol estaba bajo
y las estrellas brillaban con desmayo en el pálido cielo azul, las lilas de
Juno florecieron. Levantaron sus grandes capullos blancos, levemente, sobre el
agua, y se estiraron hacia el sitio donde la Luna debía estar. La Bestia alargó un brazo y
tiró de una de ellas, hasta que su flexible tallo se tronchó. Gotas del agua de
la piscina saltaron en cascada hacia ellos. La Mujer se lo llevó a su pecho
y aspiró su fragancia. Suspiró, y de su seno húmedo y oscuro dejó salir aquel
mismo perfume de sauces y de cálidas noches de verano. La Bestia la besó de la manera
que ella le había enseñado.
Mi Príncipe creció de una
Rana
que vivía en un Pozo de
Plata,
y la historia que cuento,
es la de cómo le besé,
mientras estaba
sobre un tronco caído. La Rana , que era
un Príncipe,
recobró mi Pelota de Oro.
Le dejó antes que llegara la mañana.
Sus cabellos negros relucían por el deslizarse de muchas caricias. La Bestia comió el alimento
que ella le había dejado. Los abetos eran una espinosa enramada para él, y los
lotos ya no eran sagrados.
Pasó la semana siguiente. La Bestia llevaba una ligera
barba negra y había signos de arrugas en los pliegues de sus ojos. Su pelo,
largo hasta los hombros, se había hecho rústico, su piel era menos suave, sus
labios eran más oscuros y endurecidos que antes.
—Quisiera que esto durase
siempre, Mi Príncipe —dijo un día en que el Sol era especialmente ardoroso—.
Pero tú no eres para siempre, ni yo. He visto en ti una maravilla y un
milagro; pero los milagros tienen que terminar, como todas las cosas, buenas o
malas, y temo que lo bueno pasa a menudo antes que lo malo. Has crecido
rápidamente, de un niño a un hombre en el mismo mes. Creo que pronto, Mi
Príncipe, morirás. Cuando hayas muerto, me quedaré sola.
Ahora era la Mujer quien lloraba, y la Bestia no pudo
reconfortarla porque no había entendido sus palabras. Y aunque lo hubiera
hecho, no habría sido capaz de comprender los conceptos que ella expresaba. En
los días de la Mujer ,
la Bestia sólo
conoció el éxtasis.
—Has venido aquí —dijo
ella, tranquilizándose y conteniendo sus lágrimas— de algún lugar más allá de
mi mundo, y te has convertido en un mundo para mí. Estoy contenta del hecho que
hayas venido. Me has dado algo con qué pesar el valor de mi vida, una medida.
Pienso que quizá sea bueno que envejezcas y mueras tan rápidamente. Si mi
padre te descubriese aquí, te daría muerte. Acepto que mueras, no puedo pedir
favores a la muerte. Pero no quiero ser cómplice de un asesinato.
Ahora, la Bestia y la Mujer ya no se mostraban tan
apasionados. Habían llegado, en dos breves semanas, a la especie de relación
que muchos, aun después de años de matrimonio, no alcanzan. Estaban juntos
constantemente y, cuando lo estaban, ni el uno ni el otro se sentían solos.
—Estos han sido días
felices —dijo—. Valoro estos días como no valoraré ninguno de los que vengan
después. Cuando me elijan un hombre, seré una esposa para él; pero la suerte
habrá fallado. Sea quien sea mi marido, tendrá que recibir de mí un afecto
triste.
Una vez que estaba de un
humor sombrío, le dijo:
—Mi padre tiene problemas
con los otros Barones. Su proyecto ha sido rechazado en el Congreso y puede ser
expulsado. Si eso sucede, me enviarán fuera para que pase mi vida como una
obrera. Mi padre se quedará y luchará, como es su costumbre, y es posible que
todos en la Torre
sean derrotados. Si mi padre va a la guerra, serás descubierto. Este jardín
está sobre las torrecillas de los cañones. Bajo este suelo hay armas. ¡Oh! Si
lo expulsan...
Pronto llegó el tiempo de
la vejez de la Bestia. Ya
no podía oler los abetos en la noche ni las lilas rosa perla. Su largo y lacio
cabello era blanco, como su barba. Sus ojos, ahora, eran profundos y fríos. Se
encorvaba y dormía mucho más que antes.
Cuando la Mujer llegó, lo hizo
velozmente. Cruzó con rapidez la puerta hacia el oscuro y húmedo jardín. Era la
primera vez que la Bestia
veía ropas de calle, y mostró curiosidad por ellas. La Mujer vestía una capa negra
con capucha y llevaba un maletín. La
Mujer corrió y se apretó contra la Bestia. Mojó sus
mejillas con lágrimas.
—Adiós —sollozó—, adiós,
Mi Príncipe. Esta es la última vez que te veo. Mi padre ha sido expulsado y me
envían fuera a través de los túneles. No tengo forma de salvarte. Mi padre y
los suyos estarán muertos antes de la mañana, y tú con ellos. ¿No me dirás
ahora algo, aunque sólo sea un adiós? Dímelo una vez, sólo una.
Como una estrella,
apareciendo entre nubes furtivas, un avión se dejó ver al otro lado de los
ventanales. Era un aparato antiguo, fuera de lugar en aquel mundo, con hélices,
una pequeña carlinga vidriada y una ametralladora. El piloto tiró del
disparador y una fina línea de balas atravesó el cristal. Más tarde, el avión
se fue y las ventanas quedaron hechas pedazos.
En sus brazos, la Mujer vaciló. Había saltado
lejos de él cuando el avión se acercó y luego había caído de nuevo en sus
brazos.
Se preguntó qué debía
hacer entonces. Cuando los animales del jardín morían, él se los comía. Se
preguntó si debía hacer lo mismo ahora. Como ausente, dejó caer su vieja
cabeza, vieja por el paso de unas pocas semanas, y lamió la sangre de su
carne. Con el agradable sabor salado en su boca, cerró los ojos, y cuando volvió
a abrirlos lloró. La Bestia
lloró. Quedó en pie, agotada y llorando.
Su cuerpo estaba limpio y
blanco. A través de las destrozadas ventanas, un fuerte viento sopló y agitó
sus brillantes y negros cabellos. Un pequeño rizo cayó sobre su frente.
Arriba, en lo alto del
cielo, en lo más alto de la
Torre del Barón, el jardín estaba destruido. El viento se
hizo más salvaje y sopló en la concha de la vida, rompiendo lo que aún quedaba
de los cristales. El viento desgarró los pétalos de las rosas y los lanzó en
remolino, al aire abierto, desperdigándolos por el cielo. Los pájaros estaban
libres.
Periquitos color fucsia,
azules y blancos revolotearon entre los pétalos azafrán y escarlata para
alzarse lejos y morir en el invierno que llegaba. Un pavo real llameó en el distante
olvido, siempre apagándose.
La nieve fue llevada a los cálidos
estanques y descansó sobre las hojas de los lotos, transformando la superficie
del agua en un lecho de aparentes sombrillas gigantes. Las orquídeas se
ennegrecieron con el contacto del frío. Las palmas, las buganvillas,
desposeídas de sus capullos, se agitaron bajo el frenético remolino de la tormenta.
Sola en los cielos, la Bestia Que Llora se
marchitaba. El Sol estaba velado por la nieve, las flores se morían y sólo los
abetos parecían no darse cuenta.
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