The interlopers, © 1954 (Astounding
Science Fiction, Septiembre de 1954). Traducido por Silvia Barragán en Imperios galácticos 4, recopilación de
Brian Aldiss, Libro Ameno 31, Editorial Bruguera S. A., 1978.
¿Cuál es nuestro lugar en la galaxia? Roger
Dee presenta una especulación sobre el tema. En la historia de Dee un terráqueo
dice: “Cien mil razas de borde a borde de la galaxia —la mayoría de ellas, por
lo que Clowdis había visto, más viejas y sabias e infinitamente más fuertes que
su propia cultura advenediza— callaban cuando hablaban los T'sai.” Los T'sai
son los señores de la galaxia. Al menos indirectamente, Los intrusos trata
de lo que podemos ser en el futuro.
Hay una gran diferencia entre el poder
potencial y el desarrollado. El uno es claramente visible y puede necesitar un
semidiós que lo reconozca.
Durante el breve lapso de tiempo en e! cual la nave interceptora colgó en la
pantalla de la nave extraña, Clowdis se sintió tenso como un alambre bajo
la presión de la incertidumbre. Cuando
el esperado dedo de la emisión de comunicaciones se acercó a través de la
distancia y vio el rojizo rostro de reptil del otro comandante, y los rostros
de sus iguales alineados en el cuarto alienígena de controles que había detrás,
su suspiro de relajación de la tensión no era una expresión de alivio, sino de
resignación.
—Korivios —dijo Vesari, innecesariamente,
desde el lugar de navegación a su lado—. Guardias personales de los T'sai... y
dado el número de ellos, es probable que haya un T'sai a bordo. Al fin nos
encontramos con los gobernantes galácticos, Ed.
Sin girar la cabeza, Clowdis llamó:
—¡Shassil!
El intérprete cetiano se adelantó al
momento, su extraño cuerpo angulado tenso y su angosto rostro parecido al de
una cabra tomando el inevitable aire de deferencia cuando vio los rostros en la
pantalla.
—Averigua qué es lo que quieren de nosotros ¾dijo Clowdis.
El cetiano se tocó su barba con respeto —no
hacia él, notó Clowdis, sino hacia el capitán korivio de la pantalla— y habló
en un rápido movimiento sibilante. El korivio le respondió, con su rostro de
lagarto picudo tan inexpresivo como piedra rojiza.
Shassil se tocó su caprina barba otra vez y
se volvió.
—Debéis cerrar los motores —le dijo a
Clowdis.
Ni Clowdis ni Vesari consideraron preguntar
el porqué. Pero Vesari se detuvo en la espiralada rampa de bajada, y Clowdis,
sintiendo una curiosa e irreal sensación de experimento, se detuvo con él.
—¿Qué piensas que quieren, Shassil?
—preguntó Vesari.
El cetiano lo consideró gravemente con sus
ojos de grandes pupilas.
—Cuando hay un T'sai cerca —dijo— no pienso.
Una verdad literal, pensó Clowdis mientras
bajaba con Vesari por la empinada vuelta de la rampa helicoidal, y no sólo
restringida a Shassil o a los cetianos. Cien mil razas de borde a borde de la
galaxia —la mayoría de ellas, por lo que Clowdis había visto, más viejas y
sabias e infinitamente más fuertes que su propia cultura advenediza— callaban
cuando hablaban los T'sai.
Como si los T'sai no fueran de carne como
otras criaturas, sino dioses. ¿Pero eran realmente
de carne?
Clowdis ahogó un incipiente ramalazo de
resentimiento por recordarse a sí mismo que era un novato en aguas extrañas,
después de todo, un pez pequeño entre tiburones.
«Cuando se está en Roma se hace como los
romanos —se dijo torcidamente—. Cuando se está en el espacio...»
—Lo primero es lo primero —dijo en voz
alta—. Será mejor que le llevemos las nuevas a Buehl al cuarto de máquinas
antes de que veamos a Barbour y a los colonizadores.
El jefe de energía, Buehl, tomó la orden
T'sai con una belicosa impaciencia, indicadora de su temperamento. Era un
hombre de mediana edad, de grueso cuerpo y de mente pesada, que se daba a la
bebida solitaria cuando estaba fuera de servicio y a una mortalmente seria
absorción de las cintas de Wagner; se dedicaba a sus cargas atómicas con una
simpleza de espíritu que Clowdis, que había salido al espacio con la incansable
sed de ver, nunca había sido capaz de comprender.
—¿Sacar a mis hombres de sus puestos?
—preguntó enojadamente Buehl cuando Clowdis lo encontró en su escritorio del
cuarto de máquinas—, ¿Apagar las pilas, matar la nave?
Tenía una increíble representación mental de
la nave no como algo guiado, sino errante, inútil como un pez inválido en aguas
traicioneras, una imagen agudamente definida dentro de los límites familiares
de su sección de energía y que se volvía vaga a medida que se extendía hacia
las secciones de carga y las habitaciones de la tripulación, y con mayor
vaguedad cuando se ampliaba a cubículos llenos de charlatanes, colonizadores
con ojos de vaca. Sección de control e hidropónicos, galería y hospital, no se
registraban en la mirada de Buehl porque yacían en los escasamente visitados y
no necesarios niveles superiores; la energía que conducía la nave como un rayo de
metal a través del espacio lo era todo para él, y no habría detenido su
funcionamiento a mitad de vuelo al igual que no habría cortado su propia
garganta.
—Este es el momento que hemos temido desde
que, por vez primera, alcanzamos Sirio, hace diez años —le recordó Clowdis—.
Hay T'sai ahí afuera, Buehl. Que tus hombres se vayan a sus aposentos, o te
pondré grilletes y pondré a Simmonds en los motores.
El golpe derrotó a Buehl como ningún otro
podía haberlo hecho, y Clowdis sabía que así sucedería. El jefe de energía dio
la orden desde el comunicador de su consola, pero no les siguió cuando sus
preocupados subordinados desfilaron delante de él saliendo del cuarto de
energía. El se mantuvo en su lugar, mirando ceñudamente a través del incómodo
silencio que siguió al repentino cese del ruido de los motores, mucho después
de que los otros se hubieran ido.
Y lentamente comenzó a darse cuenta de
alguna forma de la gravedad de su situación, poniendo juntas las piezas de su
experiencia, gradualmente, que tenían realidad para él. La estética no tenía
existencia para él por debajo de su instintiva respuesta al clamor de Wagner;
las complicaciones sociales y económicas de las culturas alienígenas le dejaban
tan imperturbable como las de su propio mundo, y para las pautas emocionales
que hacían que los hombres y los no hombres fueran lo que eran, tenía sólo
desprecio.
Pero Buehl respetaba el Poder. Pensaba en él
como una entidad deletreada en símbolos superiores, un nombre que era sinónimo
de deidad.
Porque Buehl era jefe de energía en su
propia esfera, y él había visto poder más allá de la imaginación.
Su primera aturdida sorpresa y entendimiento
de lo que el poder podía significar había venido cuando terminó el salto
estelar inicial; Buehl había sido miembro de la sala de máquinas de esa primera
expedición, pero la gloria de ser pionero no significaba nada para él,
comparado con el sentimiento de gobierno de las inmensas fuerzas que tenía bajo
sus manos, hacia los lejanos mundos de Sirio. Recordaba vagamente una pululante
sociedad de antropoides erectos, turbadoramente parecidos al hombre por todas
sus quitinosas junturas.
Los motores los recordaba mejor.
Los sirianos habían desarrollado la energía
atómica mil años antes. De alguna forma utilizaban las reservas de energía de
su sol gigante, y una sola y monolítica estación en cada planeta les
suministraba poder que podría haber pulverizado un mundo, pero que en lugar de
hacer esto conducía la mecanizada economía con la fluida suavidad de un fino
cronómetro.
Los eridianos habían usado las fuerzas
subatómicas de fisión para hacer un paraíso perpetuo de su mundo que se
enfriaba lentamente, y los cetianos, la gente de Shassil, obtenían energía
ilimitada de las corrientes de tensión gravitatoria del espacio. Un solo
edificio albergaba un poder más formidable que la totalidad de generadores
exteriores de la Tierra.
Los cien mil otros pueblos de los que había
oído hablar el hombre, pero en cuyos jardines espaciales aún no había
penetrado, tenían un poder tan variado como grande. Y sobre todos ello
gobernaban los T'sai, los jefes y los mentores, los señores y maestros, quienes
poseían el secreto de la transmisión instantánea y que reinaban con una
palabra.
¿Qué, se preguntaba Buehl, era el poder para
los T'sai?
Para ellos su planta de conversión sería tan
primitiva como la máquina de vapor de Herón. Para ellos, él no era el jefe de
energía, sino un salvaje agachado sobre los primeros fuegos de la fuerza
atómica.
Por primera vez en su carrera, Buehl, con
sus amados motores silenciosos bajo sus pies, sintió la frustración de la
insignificancia.
Rumores de emergencia habían ya llegado a
Barbour en sus aposentos, y éste estaba —como Clowdis había esperado, sabiendo
como hacía uso de su ágil mente psicólogo-propagandística— preocupado, organizando
un programa para asegurar que la tripulación y los colonos estuvieran unidos.
—Esperábamos encontrarnos con los T'sai en
algún momento —dijo Barbour. Era un hombre alto, encorvado, con gafas y calvo;
sus apacibles ojos estaban normalmente velados por una habitual introversión—.
Es igual enfrentarnos ahora que más tarde, Ed.
—Sabrán acerca de nosotros a través de las
culturas que ya hemos visitado —apuntó Clowdis—. Seremos sopesados y juzgados,
y quizá metidos dentro del sistema de cosas de ellos. La gente que llevamos y
su comportamiento dependerá en gran medida de ti, Frank.
Barbour suspiró.
—Lo sé, Ed; desearía que nos hubieran cogido
antes, ...antes de que hubiésemos empezado a traer colonos... para empezar
somos transgresores, y el hecho de descargar nuestro exceso de población aquí
fuera, sin la autorización de los T'sai, podría hacer que nos prejuzgaran.
Clowdis se encogió de hombros. Se había
anticipado a ese desarrollo desde el principio y se había opuesto al proyecto
de colonización; pero la presión política en casa, la necesidad de justificar
los enormes gastos de la exploración interestelar, habían derrotado sus
objeciones.
—Tenemos que hacer el intento, con ese
perfecto planeta de oxígeno y nitrógeno
que es Régulus ahí fuera, sin que a nadie le interese —dijo—. Tendremos que
actuar lo mejor que podamos con los T'sai.
Clowdis se dispuso a realizar la tarea que
más odiaba, que era la de explicar a los colonos qué es lo que esperaban de
ellos.
Barbour se quedó solo, tomó sus gafas y las
limpió concienzudamente; su entrenada mente corría cuidadosamente sobre las
posibilidades. Barbour, como Clowdis, había salido al espacio bajo el impulso
de la curiosidad; no para satisfacer ningún deseo directo de aventura, sino
para llevar sus investigaciones hacia las mentes y maneras de las razas
alienígenas cuando el las estudiaba en sus propias sociedades. El hecho de que
la inteligencia estuviera desparramada por toda la galaxia, en lugar de estar
confinada en su propia esfera insular, había incendiado su imaginación desde el
primer vuelo a Sirio; el hecho de que la inteligencia pudiera seguir caminos
tan variables, aunque siempre arribara a la misma conclusión al final, a la vez
le estimulaba y le dejaba perplejo.
Cada cultura que encontraban, consideraba,
era más vieja y más sabia e inmensamente más poderosa que la de la Tierra, tan
lejanamente superior como para poner a su propio puñado de gente en la posición
de una canoa cargada de salvajes remando con los ojos inmensamente abiertos a
través de los puertos de una gran ciudad.
Aun así, estos alienígenas eran diferentes
de alguna manera, cuya naturaleza se le escapaba.
Los galácticos viajaban ampliamente buscando
el intercambio, efectuando saltos de una magnitud inconcebible para el hombre.
Vivían con comodidad y en paz, sin deseos ni guerra; cada sociedad presentaba
un modelo de utopía, lo cual únicamente hacía hincapié en la armonía de la
totalidad.
La naturaleza de la unidad llegó al
conocimiento de Barbour, y se maldijo con académica invectiva por no haberlo
visto antes.
No había progreso real ahí fuera, y no lo
había habido, obviamente, durante milenios. Cada cultura estaba equilibrada
para abarcar las demandas de sus propios moradores, pero aún no había
encontrado rastros en una filosofía alienígena que no implicaran fatalismo y
resignación.
La galaxia estaba estática, ¿Y qué era lo
que la hacía estarlo?
Los T'sai.
El descubrimiento le trajo a Barbour un
sentimiento de profunda depresión. Tan promisorios comienzos interceptados y
canalizados hacía la última mediocridad por la súper-raza, ¡tantas jóvenes
ambiciones que chocaban contra el deseo superior!
¿Y la Tierra?
La Tierra, pensó Barbour, era el miembro más
nuevo de este jardín de infantes cósmico, la que poseía el estadio más bajo,
casi con un pie en la ignorancia, deseando bizquear frente a las brillantes
luces de la civilización. Para ser llevada con un monitor y graduada y asignada
a una casilla, si la encontraban provechosa, en la economía T'sai.
Para Barbour, la verdad que había detrás de
la resignación universal estuvo repentinamente clara. ¿Por qué luchar, trabajar
y sudar por un ideal si está condenado desde el nacimiento al fracaso?
La Tierra, otra vez.
Los hombres, temerarios de lo extraño e
intolerantes de la oposición, nunca fueron seres dóciles. Tomados en una mano
por los T'sai, tendrían que aceptar por la fuerza tal régimen. Y luego...
Barbour, al igual que cualquier buen
psicólogo, sabía cómo cortar una línea de pensamiento de su mente frente a una
conclusión poco placentera.
Clowdis estaba esperando con Shassil y los
otros en la mesa de la habitación de conferencias —Vesari jugueteando con un
cigarrillo no deseado, Buehl, un poco bebido y más taciturno que habitualmente,
Barbour, encorvado, con sus apacibles ojos hundidos en el pensamiento— cuando
Wilcox llegó apresuradamente para tomar su lugar.
—Lamento llegar tarde —dijo Wilcox. Su vos
denotaba una habitual timidez, y una sorpresa inconsciente de que pudiera haber
sido elegido para sentarse en consulta con los poderes de la nave—. He sido
elegido para representar a los colonos, señor. Intentaré hacerlo lo mejor
posible.
Clowdis aceptó su presencia sin ningún
comentario, evitando encontrarse con sus ojos a causa de que la cortedad del
hombre era de alguna manera ofensiva para el sentido de lo conveniente que
poseía un hombre del espacio. Wilcox era un hombre pequeño, pálido, cabello
neutro y ojos problemáticos, un formal operador de hidropónicas que había
vendido su registro de trabajo en el Más Grande Pittsburgh para obtener dinero
y poder ir con su mujer a Régulus. Había sido elegido ahora, sabía Clowdis, por
la razón de que Wilcox era el
promedio de los colonos: ansiosos de agradar, inofensivos y sin iniciativa ni
ambición más allá de sus propios intereses.
—De acuerdo —dijo Clowdis, y miró a través
de la mesa a Shassil—. ¿Qué nos puede decir ahora?
El cetiano suspiró, revelando unos bordes
gemelos de cartílago que le servían de dientes.
—Poco, más allá del hecho de que el T'sai
nos abordará pronto para tener una entrevista. Después de eso...
—Después de eso —interrumpió Buehl—, los
pequeños dioses del espacio nos darán su palabra, y la palabra es Poder —había
un gruñido en su voz que no intentaba ocultar.
—Tranquilízate —dijo cautelosamente
Clowdis—; hemos llegado tan lejos, Buehl, sólo a causa de que los pueblos que
hemos visitado no tenían órdenes de los T'sai de detenernos. Estaríamos locos
si nos metiéramos en líos ahora.
Barbour levantó la mirada; sus suaves ojos
agudos mostraban interés.
—Has dicho el T'sai, Shassil. ¿Quieres decir que sólo hay uno a bordo de la
nave korivia? El cetiano asintió:
—Los T'sai viajan poco y cuando lo hacen lo
llevan a cabo de uno en uno. Pero los T'sai no son como nosotros..., para ellos
todos son uno y uno es todos. Se levantó de la mesa.
—Mi presencia interfiere la conversación;
será mejor que espere al T'sai en el cuarto de controles.
Se fue, a pesar de toda su galáctica
cortesía, sin tocarse la barba en señal de respeto, como suelen hacer los
cetianos. Clowdis, pensando en esa criatura de aspecto de cabra teniendo
solitario dominio sobre su cuarto de
controles, sintió un rápido ramalazo de enojo y lo guardó al mismo tiempo.
—Está en lo cierto, sabéis —dijo Barbour—.
Es nuestro problema, Ed, y no podemos hablar libremente con Shassil sentado
aquí.
—¿Qué es lo que hay que hablar? —pregunto
Impulsivamente Vesari—. Si no podemos hacer nada ¿de qué sirve hablar?
—No estamos planeando hacer nada —apuntó
Clowdis—. Estamos aquí para barajar las posibilidades, y para esperar.
—Las posibilidades se enumeran rápidamente
—dijo Barbour secamente—. Pueden matamos o apresarnos, enviarnos de vuelta a
casa o ignorarnos.
Clowdis dijo con convicción;
—No nos ignorarán. He hecho un estudio de
los sistemas que aún no hemos visitado y todos forman parte del reino de los
T'sai. Personalmente no veo que quepamos dentro de tal esquema de cosas...,
pienso que tendremos suerte si nos dejan volver a casa otra vez.
—¿Es realmente tan grave? —preguntó Wilcox,
alarmado. La cara que se había girado hacia Clowdis empalideció aún más de lo
normal—. Quiero decir..., nosotros los colonos no podemos volvernos atrás ¡No hay lugar para nosotros!
Clowdis mantuvo el fastidio alejado de su
cara con un esfuerzo.
—Las condiciones de esta expedición a
Regulas fueron cuidadosamente explicadas antes del vuelo, Wilcox. Su gente
entendió desde el comienzo que estábamos en terreno resbaladizo aquí. Usted
sabía las oportunidades que tenía cuando firmó vendiendo sus derechos de
trabajo.
El colono se dio por vencido, pestañeando.
En ese momento no estaba pensando en los derechos galácticos o sus poderes,
sino en su esposa, en el niño que iba a nacer dentro de medio año y en las
setenta otras parejas que estaban en el nivel más bajo esperando su informe.
Regresar ahora significarla volver a la desesperadamente superpoblada Tierra;
con la firma de sus derechos, no tenían ningún status en ninguna parte, y la única vía posible era la migración
compulsiva a una encogida y conducida existencia, infinitamente peor, en Marte
o en Venus o en las lunas de Júpiter.
El suave y verde planeta Régulus, que estaba
a pocas horas de viaje, era por contraste el paraíso. Ser vencidos ahora,
cuando estaban tan cerca.
Sintieron la presencia de su inquisidor
incluso antes de que Shassil lo presentara, el levísimo toque de pluma del pensamiento
explorador que era como un momentáneo, no falto de placer, cosquilleo en las
raíces de la mente.
El intérprete cetiano se deslizó en la
habitación de conferencias con una mano en su barba, sus ojos de grandes
pupilas bajados púdicamente.
—El T'sai —dijo Shassil reverentemente.
El T'sai era un hombre.
Un hombre pequeño, más pequeño que Wilcox
incluso, pero brillando como un titán bajo el aura de Poder que se desprendía
de él.
—Os sentís capaces de reclamar nuestros
mundos vacíos —dijo el T'sai—. Probadlo. Y los dejó a solas con su problema.
—...No es de la misma especie que nosotros
—dijo Barbour. Incluso una hora después, encontraba la verdad sorprendente, lo
extraño de ello aun intentando entrar en la razón—. ¡Es imposible! La tensión
de la coincidencia...
—No respira oxígeno —dijo Clowdis. Se sentía
como un hombre luchando contra un sueño de drogas, recuperando el pleno uso de
sus sentidos con lento trabajo—. Había un tipo de fuerza a su alrededor que le
aislaba. Las orejas eran distintas, y el cabello, y tenía más de cinco dedos en
cada mano..., creo.
Se giró hacia Barbour con una súbita
sospecha.
—¿No crees que pudo ser algún tipo de
ilusión, Frank? ¿Una proyección de algún tipo?
—Dudo que se haya tomado esa molestia—dijo
Barbour lentamente—. Pero es tan difícil de aceptar...
—Poder —explotó Buehl, dejándolos atónitos a
los tres hasta que se dieron cuenta de que estaba siguiendo sus propios
pensamientos—. Con ese poder, pueden hacer lo que quieran.
Fue Wilcox, que entendía menos la cuestión,
pero cuyo problema era más inmediato, quien les trajo nuevamente a la realidad.
—Hombre o no, no nos ha dejado mejor que
antes —dijo—. Comandante, ¿recuerda lo que ha dicho?
El cerebro de Clowdis se sintió como un ojo
cegado por una luz demasiado poderosa, pero recordó.
—Sugirió que probáramos por nosotros mismos
el derecho de reclamar el mundo al que nos estamos acercando.
—No fue una sugerencia —corrigió Barbour—.
Tenía el tono de una orden, Ed. Y dijo mundos.
—Poder —murmuró Buehl. Miró hambrientamente
sus dedos, que se movían deseando tocar la botella y el vaso.
Los otros se mantuvieron sentados, perdidos
en la nada.
—El ha dicho que tendremos libres las manos
aquí si nos mostramos competentes —dijo Vesari—. Lo que me asusta es que no
dijo lo que sucedería si no lo lográramos.
—Precisamente —dijo Barbour. Pasó una mano
por su cráneo desnudo y se extrañó de encontrarlo mojado—. Si podemos probar
nuestra capacidad. El problema es... ¿Cómo?
Digirieron el asunto en un silencio
incómodo, dándole la cara por vez primera y sopesando, cada uno a su manera,
las posibilidades de resolverlo.
Clowdis se movió primero uniendo su cuarto
de conferencias mediante la pantalla con el cuarto de control. Shassil
respondió prontamente, su cara de cabra levemente incomunicativa.
—¿Cada raza que desarrolla el vuelo espacial
tiene que pasar esta prueba? —preguntó Clowdis—. ¿Y qué sucede cuando fallan?
El cetiano encogió sus extrañamente unidos
hombros.
—Los T'sai siempre han buscado las nuevas
culturas. Sois los primeros para los T'sai.
Se miraron los unos a los otros sin
comprender. Para Barbour la información tenía una pista muy significativa, pero
no podía identificarla.
—Entonces los T'sai les han dado a las demás
culturas el comienzo —dijo—. Deben tener...
—Deje de lado el punto —cortó Clowdis—. Lo
que queremos saber es esto, Shassil: ¿Qué
harán los T'sai si fallamos?
El cetiano levantó una mano hacia su propio
control de la pantalla.
—No lo sé. Los T'sai no confían en las
culturas menores, ni tampoco lo esperamos nosotros.
«La pantalla se quedó vacía —pensó Clowdis—
en el mismo punto en el que hemos comenzado.» Barbour sentía diferente, pero su
escondido sentido de la significación no se definía para ser analizado.
—Estoy fuera de mi ambiente aquí —dijo
Wilcox, y se levantó—. Con su permiso, comandante, volveré con mis amigos.
Clowdis dudó, viendo un riesgo más inmediato
que la acción de los T'sai. La tripulación de la nave, incluyéndole a él,
sumaba diecisiete personas, mientras que en los puentes inferiores ciento
cincuenta colonos estaban murmurando incómodamente entre ellos. Sí sucumbían al
pánico, las pocas posibilidades de sobrevivir se habrían esfumado.
Consideró la posibilidad de retener a Wilcox
hasta que se hubiera decidido, y descartó el pensamiento porque sabía por experiencia
que ningún ser humano podía mantenerse mucho tiempo en la incertidumbre sin que
pidiera explicaciones.
—Adelante —dijo Clowdis—. Pero recuerde
esto, Wilcox: nuestras posibilidades de sobrevivir dependen de usted casi tanto
como de nosotros. Si no puede ayudarnos, entonces mantenga a su gente
tranquila.
Cuando Wilcox se hubo ido, Clowdis, Vesari y
Barbour se miraron los unos a los otros dubitativamente, en un silencio roto
únicamente por el pesado respirar de Buehl.
—Quizá no sucumban al pánico —dijo Barbour,
sin mucha convicción—. Ninguno de ellos puede tener una idea clara de lo que
sucede aquí arriba.
Clowdis se encogió de hombros.
—¿La tenemos nosotros, Frank?
Wilcox fue directamente abajo y encontró a
los colonos perdidos en un mar de rumores y aprensiones. En el momento en que
puso un pie en la larga habitación de metal los hombres se dirigieron hacia él
instantáneamente, voces que clamaban que les tranquilizara.
Sorpresivamente, encontró en sí mismo la
tranquilidad para ofrecérsela a ellos. El papel de líder le había sido asignado
contra su deseo, pero la obvia dependencia que ellos sentían de él ahora le dio
una fuerza que no sabía que poseía.
—Estamos siendo demorados para examinarnos
—les dijo—. Un tipo de control de inmigración que tenemos que pasar antes de
que podamos pedir el planeta hacia el que nos dirigimos. No hay peligro. El
comandante Clowdis tiene la situación bajo control.
Pero más tarde, cuando los otros se habían
alejado para hablar en animados grupos, Wilcox se sentó con su mujer en su
pequeñísimo cubículo y descubrió que sus palabras no la habían terminado de
convencer.
—Te estás guardando algo, Cari —dijo su
mujer. Ella era más joven que Wilcox, estaba en sus últimos veinte, tenía el
cabello obscuro y era discretamente hermosa, incluso con su barata y fea ropa
de inmigrante—. Nos van a hacer volver atrás, ¿verdad?
El movió la cabeza con desánimo.
—No lo sé, Alice. Ninguno de nosotros lo
sabe, ni siquiera el comandante. Este T'sai parece un hombre, pero es más como
un dios. No hay forma de adivinar qué es lo que podrá hacer si fallamos en
probar nuestra valía.
Ella levantó la cabeza para poder mirarle
fijamente, sintiendo con una percepción más clara que la de él algunos de los
puntos que había detrás de aquello.
—Los T'sai nunca han hecho esto antes. Cari,
¿supones que van a juzgar a la humanidad entera por la gente de esta nave?
Se dio cuenta de lo que implicaba.
—¡Espero que no! La responsabilidad...
Las posibilidades se agolparon, haciéndole
temblar: ellos mismos rechazados, barridos o enviados nuevamente a la Tierra;
otras expediciones programadas desvanecidas en el espacio; el hombre
restringido para siempre, quizás, a su propio y superpoblado pequeño anillo de
mundos.
Pero inevitablemente, porque había nacido en
una compleja máquina económica y como tal sus experiencias se reducían a su
inmediato círculo de preocupaciones, su pensamiento volvió a sí mismo y a su
mujer y a su hijo aún no nacido y hacia los otros colonos que habían quemado
sus puentes para embarcarse en esta aventura en el espacio.
No podían volver atrás. No había lugar para
ellos en la Tierra, y las colonias eran amargos infiernos para sobrevivir peor
que esclavos.
«Podríamos también morir aquí, es igual», se
dijo a sí mismo. El pensamiento tomó raíces y se convirtió en una llama de
resentimiento que había estado ardiendo en él, sin que lo notara desde el
principio.
—Sólo estamos tratando de vivir —dijo en voz
alta, y no se enteró de que estaba hablando—. Los T'sai no tienen derecho a
negarnos esto. No usan para nada ese planeta, si no, ya lo hubieran colonizado
hace tiempo. No hay razón alguna por la cual no lo podamos tener.
Su mujer puso una mano en su brazo y el
toque le trajo otra vez, como siempre, el calor de algo más que el apoyo
físico.
—Entiendo —dijo ella—. Creo que los otros
colónos también lo entenderán. Cari. Si no nos podemos establecer aquí, después
de haber sacrificado lo poco que teníamos, no hay necesidad de continuar.
Se sentaron en silencio durante un rato
hasta que la resolución tomó cuerpo en Wilcox.
—Creo que será mejor que les diga la verdad
a los otros —dijo finalmente—. Le daremos al comandante Clowdis y a su grupo
todas las oportunidades, pero si no llegan a una solución.
Clowdis y Barbour estaban sentados solos en
el cuarto de conferencias cuando Wilcox llegó otra vez una hora más tarde; no
habían llegado a ningún tipo de conclusión. Buehl hacía largo rato que había
dejado una tarea para la cual no estaba cualificado y se había retirado a su
habitación en busca de whisky y Wagner. Vesari había seguido con extrañeza, y
en este momento estaba durmiendo el sueño de los faltos de imaginación en su
cubículo.
—No estamos mejor que cuando nos dejó —dijo
Barbour irritadamente, como respuesta a la pregunta de Wilcox—. Hay un abismo
entre la psicología de los T'sai y la nuestra, que hace imposible adivinar qué
es lo que quieren. No es un hombre, aunque se parezca mucho. Puede ser una
cuestión de ética, y la prueba que exige puede residir en una faceta
desconocida para nosotros.
«Suponga que uno de nuestros antiguos
aborígenes hubiese pedido la admisión en nuestra propia sociedad, que tuviese
que pasar una oficina de inmigración, y que su código ético se tuviera que
parecer suficientemente al nuestro como para admitirle en nuestra sociedad.
Suponga que viene de una cultura en la que se come carne humana; ¿podría ese
tipo de condicionamiento ser considerado aceptable? No lo sería, y usted lo
sabe. Lo incapacitaría para la vida ciudadana, y el hecho de que él no
entendiera nada de ello no nos haría dudar ni un minuto en denegarle la
entrada.
—Y si intentara entrar por la fuerza lo
deportaríamos o le mataríamos —añadió Clowdis. Encendió su cigarrillo número
cien y miró ceñudamente al colono con extraños reflejos rojizos en sus ojos—.
Frank está en lo cierto, Wilcox. Hemos visto una docena de culturas cercanas, y
escasamente hay algún punto en común entre nosotros y cualquiera de ellas. ¿No
está de acuerdo, Wilcox?
Wilcox se sorprendió un poco de su propia
dureza cuando dijo:
—Seguramente deberíamos saber cuánto tiempo
tenemos para superar nuestra prueba. ¿Lo ha preguntado a Shassil?
Clowdis y Barbour se miraron el uno al otro
con disgusto.
Clowdis se acercó al botón activador de la
pantalla de la sala de conferencias.
La respuesta de Shassil no tuvo ningún significado
para ellos en un primer momento.
—Tenéis hasta la puesta de sol en el planeta
Regulus al que os dirigís —dijo el cetiano—. Unas doce horas a partir de ahora,
por vuestro tiempo.
Clowdis ignoró la información,
—¿Dónde está la nave T'sai?
—El T'sai ha ido a conferenciar con su
consejo. Regresará en el tiempo convenido.
Se miraron los unos a los otros
desesperadamente cuando la pantalla del cetiano se obscureció.
—Transferencia instantánea —dijo
desganadamente Clowdis—. A través de la galaxia y de regreso en doce horas, con
una conferencia de por medio. ¿Qué significa, Frank? ¿Por qué no admitimos que
hemos sido barridos?
Barbour volvió las palmas de sus manos hacia
arriba en señal de derrota silenciosa.
—Pero tenemos doce horas para nosotros —dijo
Wilcox—. Podemos llegar a Régulus en diez horas.
Se irguió desafiadoramente cuando Clowdis se
giraba hacia él.
—Vamos a aterrizar en ese planeta,
comandante, aunque tengamos que morir en él.
No tuvieron oportunidad de discutir. A la
llamada de Wilcox, acudieron tres colonos con armas térmicas que habían cogido,
rompiendo los depósitos que había en los niveles más bajos, y así de rápido la
nave cambió de manos.
Shassil, con su invariable aire de galáctica
resignación, tomó la nueva orden con un murmullo. Con un arma térmica en su
espalda, se sentó ante el panel de control del comandante y tomó el mando de la
nave como si el T'sai y la nave korivia nunca hubieran aparecido.
Wilcox y su contingente, ahora que la muerte
podía estar esperándoles, parecían tranquilizados de la tensión y tan
resignados como el intérprete cetiano.
—Supongo que tendrá razón, señor —dijo
Wilcox una vez que Clowdis le maldijo por traer la aniquilación sobre ellos—.
Pero probablemente estuviéramos condenados a la ejecución de todas formas, y
nosotros los colonos preferimos morir que volver a la Tierra y ser enviados a
los alrededores de Marte o Venus o a las lunas de Júpiter. Ha visto esas
instalaciones por sí mismo y sabe lo que son.
Clowdis lo sabía. Conocía, también, la
amarga monotonía de ir y venir hacía delante y hacia atrás en esos malditos e
infernales agujeros en los corredores planetarios, donde había vivido hasta que
el vuelo interestelar le había liberado. El considerar que los T'sai podrían
devolverle a esa rutina le despertó una cierta simpatía hacia los colonos, pero
consideraba que la muerte era un precio excesivo.
Trajeron a Vesari de su habitación, en parte
para comprobar la navegación de Shassil y en parte para que le hiciera compañía
a Clowdis, pero a Buehl se vieron obligados a confinarlo en su cuarto. El jefe
de energía había salido disparado hacia los cuartos de los motores en el
momento que habían comenzado a funcionar, y en su furia, parecida a la de un
toro, lo tuvieron que atar de pies y manos para prevenir que interfiriera con
la tripulación del cuarto de energía.
Doce horas podría ser un tiempo
maravillosamente breve para medir la extensión de la vida de un hombre, pensó
Clowdis. Aun así, el vuelo se alargaba interminablemente; la nave parecía no
estar volando al doble de la velocidad de la luz, sino que se mantuviera
estática y sin movimiento. Sentado con Barbour y Vesari en un colchón de
aceleración, Clowdis se relajó por vez primera en doce horas y se encontró a sí mismo asintiendo
exhausto, antes de que notara la tensión bajo la cual había estado.
Se durmió durante el viaje. Cuando se despertó, fue para ver el suave
verdor del planeta Régulus acercándose bajo la nave; los horizontes volaban
hacia arriba con una repentina y mareante velocidad que los cambiaba de convexos
a cóncavos.
—Estamos aterrizando —dijo estúpidamente,
alejando el sueño.
—Para eso salimos de la Tierra —recordó
Wilcox. Su esposa estaba recostada en su hombro, su cálida feminidad
sorprendiendo la funcional y masculina ambientación del cuarto de control. Los
ojos de ella estaban fijos en las limpias colinas y praderas que había debajo—.
Deja que vengan los T'sai y nos barran si así lo desean. Hemos comenzado
aquello a lo que habíamos venido.
—Tontos —gruñó Clowdis—. Si querían
suicidarse, ¿por qué no han hecho sobrecargar los motores atómicos y que
estallaran?
Pero de todas formas se estremeció un tanto
cuando los motores rugieron en la desaceleración del último minuto y la nave se
quedó quieta como una alta vela de plata en la verde llanura.
—Ahora —dijo Wilcox. Su voz temblaba.
Alguien abrió las compuertas de los puentes
inferiores y Clowdis pudo sentir el aire de la nave salir y el olor de limpia
fragancia de las cosas en crecimiento que tomaba el lugar del aire que antes
saliera.
—Le devolveremos la nave —dijo Wilcox— tan
pronto como descarguemos nuestros abastecimientos y equipajes.
Clowdis miró a Barbour, quien movió la
cabeza interrogativamente.
—Hombres —dijo Barbour—. Los he estudiado
durante mi vida entera, Ed, y nunca he estado más lejos de conocerles.
Pero ambos, mientras observaban a los
colonos bajando rápidamente sus escasas posesiones, sintieron un inesperado
toque de envidia.
—Pienso que hemos estado demasiado tiempo en
el espacio, Ed —dijo Barbour cuando e! último colono hubo dejado la nave—.
Hemos estado demasiado interesados en la caza de nuevos mundos e investigando
problemas alienígenas como para poder apreciar a nuestra especie.
Clowdis, faltándole la entrenada capacidad
del psicólogo para enfatizar, aún sintió un cambio de perspectiva.
Había estado fuera del problema. Había olvidado la atracción del hombre
hacia la tierra, el hilo que hacía que los hombres lucharan y murieran por unos pocos metros de
tierra. Él, Barbour y Vesari, pioneros a su manera, Boones y Houstons y Carsons
de los últimos días, que huían cuando veían el humo representativo de la
ocupación humana. A ellos, en gran medida, se les debía el crédito del salto
temprano del hombre a través de la frontera espacial, pero ahora, como siempre,
eran los que venías a establecerse los que traían el inquebrantable espíritu de
la humanidad. Esos pobres y tontos idealistas que irían hasta la muerte, eran
de la misma pasta que todos los pioneros, para mantener la tierra conquistada a
perpetuidad para sus hijos y los hijos de sus hijos.
«Pero no esta vez —pensó Clowdis—. El
T'sai.»
Wilcox apareció brevemente sobre el verde
pasto de debajo, giró una ruborizada cara hacia Clowdis y Barbour, que estaban
en la abierta compuerta.
—Será mejor que se lleve la nave, comandante¾dijo—. La línea de muerte...
Clowdis echó una mirada hacia la puesta de
sol que lavaba las bajas colinas hacia el oeste, y desistió cuando la nave del
T'sai aparecía a la vista y bloqueaba el sol. Su inmediata reacción,
curiosamente, no fue de pánico como había supuesto, sino una explosión de roja
furia contra el T'sai.
—Que me aspen si la hago despegar ahora
—dijo.
Entonces, antes de que Barbour pudiera
moverse para detenerle, arrojó su bolsa personal hacia donde estaba Wilcox.
—Aquí estamos —gritó. Agitó su puño hacia la
nave que descendía—. Matadnos a todos y...
El T'sai apareció a su lado como una sólida
proyección que negaba el tránsito del tiempo, la pequeña cara inescrutable bajo
su campo de fuerza.
—Observa —dijo el T'sai.
La nave alienígena aterrizó, suave como una
pluma en el pasto. La policía korivia marchó, saliendo hacia la pradera como
ordenadas filas de rojizos autómatas parecidos a reptiles y bajaron hacía donde
estaban los amontonados colonos. Clowdis captó el brillo de la tardía luz solar
sobre las enigmáticas armas, y se envaró con un enfermizo escalofrío de horror
cuando vio que unos pocos de los colonos, los que se habían apropiado de sus
armas caloríficas, se habían alineado enfrente del resto.
Vio a Wilcox al frente con su mujer detrás,
de forma que su cuerpo protegiera el de ella. Su vida y la otra que no llegaría
hasta dentro de medio año, el hijo o la hija no nacido aún, que habían esperado
confiadamente que compartiera la nueva Tierra.
El T'sai levantó una mano y los korivios se
detuvieron como estatuas.
Los colonos se movieron incómodos y luego
quedaron quietos. Durante un momento la escena se mantuvo en estática
suspensión, una eternidad, en la cual Clowdis se olvidó de respirar.
Entonces los korivios se giraron como bajo
una señal ya convenida y marcharon nuevamente hacia la nave.
—La prueba es suficiente —dijo el T'sai. Su
voz, amplificada sin ningún mecanismo aparente, llegó a toda la extensión de la
pradera—. El mundo es vuestro.
Y los dejó solos con su victoria.
La nave no se elevó esa noche. Clowdis cogió
una rugiente borrachera con Barbour, Vesari y Buehl con el whisky del jefe de
energía, y estuvieron interrogando a Shassil hasta la tarde del día siguiente.
El cetiano dio las explicaciones cuando
estaban sobrios, su lúcido monólogo cayendo con clara lógica sobre sus
empañadas mentes.
—Los T'sai han gobernado la galaxia —dijo
Shassil— desde antes de que la primera vida saliera del océano de vuestro
mundo. Gobernaron porque poseen inteligencia e iniciativa, ambas cosas. La
iniciativa, que es el camino hacia la perfección, no se encuentra en las demás
razas. Los T'sai nos han ayudado a cada uno de nosotros a atravesar el largo
camino hacia la autosuficiencia, pero habían desesperado de encontrar otra raza
que tuviera los mismos propósitos que ellos, hasta que habéis aparecido
vosotros.
«Observaron vuestro crecimiento desde el
principio sin interferir; si vuestra especie era la apropiada encontraría el
camino hacia los T'sai cuando fuera el tiempo correcto, y entonces los T'sai os
sopesarían y os juzgarían. Habéis pasado su prueba porque vuestra especie posee
la misma iniciativa e idealismo que ha hecho de los T'sai lo que son, la
lealtad y beligerancia necesaria para ser sus dignos sucesores.
Le miraron fijamente y sin poder creer lo
que oían.
—¿Sucesores?
—repitió Clowdis—. Qué...
—Los T'sai se han vuelto viejos cumpliendo
con sus obligaciones para con el resto de la galaxia —dijo el cetiano—. Y la
renovación del perdido vigor racial depende de que encuentren nuevos campos
para explorar. Otras galaxias les esperan, como ésta espera por vosotros. Los
T'sai se irán y vosotros estaréis listos para ocupar el lugar de ellos.
Y, por primera vez, al retirarse Shassil se
tocó su barba en señal de respeto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.