De Herbert West, amigo mío durante
el tiempo de la universidad y posteriormente, no puedo hablar sino con extremo
terror.
Terror que no se debe totalmente a
la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo origen en la
naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquirió gravedad por primera vez
hará más de diecisiete años, cuando estábamos en tercer año de nuestra carrera,
en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de Arkham. Mientras
estuvo conmigo, lo prodigioso y diabólico de sus experimentos me tuvieron
completamente fascinado, y fui su más íntimo compañero.
Ahora que ha desaparecido y se ha roto el hechizo, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.
Ahora que ha desaparecido y se ha roto el hechizo, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.
El primer incidente horrible
durante nuestra amistad supuso la mayor impresión que yo había llevado hasta
entonces, y me cuesta tenerlo que repetir.
Ocurrió, como digo, cuando
estábamos en la Facultad de Medicina, donde West se había hecho ya famoso con
sus descabelladas teorías sobre la naturaleza de la muerte y la posibilidad de
vencerla artificialmente.
Sus opiniones, muy ridiculizadas
por el profesorado y los compañeros, giraban en torno a la naturaleza
esencialmente mecanicista de la vida, y se referían al modo de poner en
funcionamiento la maquinaria orgánica del ser humano mediante una acción química
calculada, después de fallar los procesos naturales.
Con el fin de experimentar
diversas soluciones reanimadoras, había matado y sometido a tratamiento a
numerosos conejos, cobayas, gatos, perros y monos, hasta convertirse en la
persona más enojosa de la Facultad.
Varias veces había logrado obtener
signos de vida en animales supuestamente muertos; en muchos casos, signos
violentos de vida; pero pronto se dio cuenta de que la perfección, de ser
efectivamente posible, comportaría necesariamente toda una vida dedicada a la
investigación.
Así mismo, vio claramente que,
puesto que la misma solución no actuaba del mismo modo en diferentes especies
orgánicas, necesitaba disponer de sujetos humanos si quería lograr nuevos y más
especializados progresos.
Y aquí es donde chocó, con
las autoridades universitarias, y le fue retirado el permiso para efectuar
experimentos, nada menos que por el propio decano de la Facultad de Medicina,
el sabio y bondadoso doctor Allan Hales, cuya obra en pro de los enfermos es recordada
por todos los vecinos antiguos de Arkham.
Yo siempre me había mostrado
excepcionalmente tolerante con los trabajos de West, y a menudo hablábamos de
sus teorías, cuyas derivaciones y corolarios eran casi infinitos. Sosteniendo
con Haeckel que toda vida es un proceso químico y físico, y que la supuesta
"alma" es un mito, mi amigo creía que la reanimación artificial de
los muertos podía depender sólo del estado de los tejidos; y que, a menos que
se hubiese iniciado una verdadera descomposición, todo cadáver totalmente
dotado de órganos era susceptible de recibir mediante el adecuado tratamiento,
esa condición peculiar que se conoce como vida.
West comprendía perfectamente
que el más ligero deterioro de las células cerebrales ocasionadas por un
período letal incluso fugaz podía dañar la vida intelectual y psíquica.
Al principio, tenia esperanzas de
encontrar un reactivo capaz de restituir la vitalidad antes de la verdadera
aparición de la muerte, y solo los repetidos fracasos en animales le habían
revelado que eran incompatibles los movimientos vitales naturales y los
artificiales. Entonces se procuró ejemplares extremadamente frescos y les
inyectó sus soluciones en la sangre, inmediatamente después de la extinción de
la vida.
Tal circunstancia volvió enormemente
escépticos a los profesores, ya que entendieron que en ningún caso se había
producido una verdadera muerte. No se pararon a considerar la cuestión detenida
y razonablemente.
Poco después de que el profesorado
le prohibiese continuar sus trabajos, West me confió su decisión de conseguir
ejemplares frescos de una manera o de otra, y reanudar en secreto los
experimentos que no podía realizar abiertamente. Era horrible oírle hablar
sobre el medio y manera de conseguirlos; en la Facultad nunca habíamos tenido
que ocuparnos nosotros de allegar ejemplares para las prácticas de anatomía.
Cada vez que mermaba el
depósito, dos negros de la localidad se encargaban de subsanar este déficit sin
que se les preguntase jamás su procedencia. West era por entonces un joven,
delgado y con gafas, de facciones delicadas, pelo amarillo, ojos azul pálido y
voz suave; y era extraño oírle explicar cómo la fosa común era relativamente
más interesante que el cementerio perteneciente a la Iglesia de Cristo dado que
casi todos los cuerpos de la Iglesia de Cristo estaban embalsamados; lo cual,
evidentemente, hacía imposibles las investigaciones de West.
Por entonces era yo su ferviente y
cautivado auxiliar, y le ayude en todas sus decisiones; no sólo en las que se
referían a la fuente de abastecimiento de cadáveres, sino también en las
concernientes al lugar adecuado, para nuestro repugnante trabajo.
Fui yo quien pensó en la granja
deshabitada de Chapman, al otro lado de Meadow Hill; allí habilitamos una
habitación de la planta baja para sala de operaciones y otra para laboratorio,
dotándolas de gruesas cortinas, a fin de ocultar nuestras actividades
nocturnas.
El lugar estaba retirado de la
carretera, y no había casas a la vista; de todos modos, había que extremar las
precauciones, ya que el más leve rumor sobre extrañas luces que cualquier
caminante nocturno hiciese correr podía resultar catastrófico para nuestra
empresa. Si llegaban a descubrirnos, acordamos decir que se trataba de un
laboratorio químico.
Poco a poco equipamos nuestra
siniestra guarida científica, con materiales comprados en Boston o sacados a
escondidas de la facultad (materiales cuidadosamente camuflados, a fin de
hacerlos irreconocibles, salvo para unos ojos expertos), y nos proveímos de
palas y picos para los numerosos enterramientos que tendríamos que efectuar en
el sótano.
En la facultad había un
incinerador, pero un aparato de ese género era demasiado costoso para un
laboratorio clandestino como el nuestro. Los cuerpos eran siempre un engorro...
incluso los minúsculos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos que
West realizaba en su habitación de la pensión donde vivía.
Seguíamos las noticias necrológicas
locales como vampiros, ya que nuestros ejemplares requerían condiciones
determinadas.
Lo que queríamos eran
cadáveres enterrados poco después de morir y sin preservación artificial
alguna; preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con
todos los órganos.
Nuestras mayores esperanzas
estaban en las víctimas de accidentes. Durante varias semanas no tuvimos
noticias de ningún caso apropiado, aunque hablábamos con las autoridades del
depósito y del hospital, fingiendo representar los intereses de la facultad, si
bien con no demasiada frecuencia en todos los casos, de manera que quizá
necesitáramos quedarnos en Arkham durante las vacaciones, en que sólo se
impartían las limitadas clases de los cursos de verano.
Al final nos sonrió la suerte; pues
un día nos enteramos de que iban a enterrar en la fosa común un caso casi ideal:
un obrero joven y fornido que se había ahogado el día anterior en Summer's
Pond, al que habían enterrado sin dilaciones ni embalsamamientos, por cuenta de
la ciudad. Esa tarde localizamos la nueva sepultura, y decidimos empezar a
trabajar poco después de la medianoche.
Fue una labor repugnante la que
acometimos en la oscuridad de las primeras horas de la madrugada, aún cuando en
aquella época no teníamos ese horror especial a los cementerios que nuestras
experiencias posteriores nos despertó.
Llevamos palas y lámparas de
petróleo porque, si bien ya habían linternas eléctricas entonces, no eran tan
satisfactorias como esos aparatos de tungsteno de hoy día. El trabajo de
exhumación fue lento y sórdido (podía haber sido horriblemente poético, si en
vez de científicos hubiéramos sido artistas); y sentimos alivio cuando nuestras
palas chocaron con madera.
Una vez que la caja de pino
quedó enteramente al descubierto bajo West, quitó la tapa, saco el contenido y
lo dejó apoyado.
Me incliné, lo agarré, y
entre los dos lo sacamos de la fosa; a continuación trabajamos denodadamente
para dejar el lugar como antes. La empresa nos había puesto algo nerviosos;
sobre todo, el cuerpo tieso y la cara inexpresiva de nuestro primer trofeo;
pero nos las arreglamos para borrar todas las huellas de nuestra visita.
Cuando quedó aplanada la ultima
paletada de tierra, metimos el ejemplar en un saco de lienzo y emprendimos el
regreso hacia la granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill.
En una improvisada mesa de disección
instalada en la vieja granja, a la luz de una potente lámpara de acetileno, el
ejemplar no ofrecía un aspecto demasiado espectral.
Había sido un joven robusto y poco
imaginativo, al parecer un tipo saludable, y plebeyo (constitución ancha, ojos
grises y cabello castaño); un animal sano, sin complejidades psicológicas, y
probablemente con unos procesos vitales de lo más simple y sanos.
Ahora bien, con los ojos cerrados,
parecía más dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo
disipó en seguida toda duda al respecto.
Al fin teníamos lo que West siempre
había deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la solución que
habíamos preparado con minuciosos cálculos y teorías; a fin de utilizar en el
organismo humano.
Nuestra tensión era enorme.
Sabíamos que las posibilidades de lograr un éxito completo eran remotas, y no
podíamos reprimir un miedo horrible a las grotescas consecuencias de una
posible animación parcial. Nos sentíamos especialmente aprensivos en lo que se
refiera a la mente y a los impulsos de la criatura, ya que podía haber sufrido
un deterioro en las delicadas células cerebrales con posterioridad a la muerte.
Por lo que a mí respecta, aún
conservaba una curiosa noción tradicional del "alma" humana, y sentía
cierto temor ante los secretos que podía revelar alguien que regresaba del
reino de los muertos.
Me preguntaba qué visiones
podía haber presenciado este plácido joven, si volvía plenamente a la vida.
Pero mi expectación no era excesiva, ya que compartía casi en su mayor parte el
materialismo de mi amigo.
Él se mostró más tranquilo
que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del
cadáver, y vendar inmediatamente el pinchazo.
La espera fue espantosa, pero West
no perdió el aplomo en ningún momento. De cuando en cuando, aplicaba su
estetoscopio al ejemplar, y soportaba filosóficamente los resultados negativos.
Al cabo de unos tres cuartos
de hora, viendo que no se producía el menor signo de vida, declaró decepcionado
que la solución era inapropiada; sin embargo decidió aprovechar al máximo esta
oportunidad, y probar una modificación de la formula, antes de deshacerse de su
macabra presa.
Esa tarde habíamos cavado una
sepultura en el sótano, y tendríamos que llenarla al amanecer, pues aunque habíamos
puesto cerradura a la casa, no queríamos correr el más mínimo riesgo de que se
produjera un desagradable descubrimiento.
Además, el cuerpo no estaría
ni medianamente fresco a la noche siguiente. De modo que trasladamos la
solitaria lámpara de acetileno al laboratorio contiguo, dejando a nuestro mudo
huésped a oscuras sobre la losa, y nos pusimos a trabajar en la preparación de
una nueva solución, tras comprobar West el peso y las mediciones casi con
fanático cuidado.
El espantoso suceso fue repentino y
totalmente inesperado. Yo estaba vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y
West se encontraba ocupado con la lámpara de alcohol (que hacía las veces de
mechero Bunsen en ese edificio sin instalación de gas), cuando de la habitación
que habíamos dejado a oscuras brotó la más horrenda y demoníaca sucesión de
gritos jamás oída por ninguno de los dos. No habría sido más espantoso el caos
de alaridos si el abismo se hubiese abierto para liberar la angustia de los
condenados, ya que en aquella cacofonía inconcebible se concentraba el supremo
terror y desesperación de la naturaleza animada.
No podían ser humanos, un
hombre no es capaz de proferir gritos así; y sin pensar en el trabajo que
estábamos realizando, ni en la posibilidad de que lo descubrieran, saltamos los
dos por la ventana más próxima como animales despavoridos, derribando tubos,
lámparas y matraces, y huyendo alocadamente a la estrellada negrura de la noche
rural.
Creo que gritamos mientras
corríamos frenéticamente hacia la ciudad; aunque al llegar a las afueras
adoptamos una actitud más contenida... lo suficiente como para pasar por un par
de juerguistas trasnochadores que regresaban a casa después de una francachela.
No nos separamos, sino que nos
refugiamos en la habitación de West, y allí estuvimos hablando, con la luz de
gas encendida, hasta que amaneció. A esa hora nos habíamos serenado un poco
discurriendo teorías plausibles y sugiriendo ideas prácticas para nuestra
investigación, de forma que pudimos dormir todo el día, en lugar de asistir a
clase. Pero esa tarde aparecieron dos artículos en el periódico, sin relación
alguna entre sí, que nos quitaron el sueño.
La vieja casa deshabitada de
Chapman había ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe montón
de cenizas; eso lo entendíamos, ya que habíamos volcado la lámpara. El otro,
informaba que habían intentado abrir la reciente sepultura de la fosa común,
como si hubieran hurgado en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos
resultaba incomprensible, ya que habíamos aplanado muy cuidadosamente la tierra
húmeda.
Y durante diecisiete años, West
anduvo mirando por encima del hombro, y quejándose de que le parecía oír pasos
detrás de él. Ahora ha desaparecido.
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