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Hal Clement - Mancha solar


La mano de Ron Sacco se extendió suavemente hacia el conmutador, y se detuvo. Miró al comandante, vio que los ojos de este estaban clavados en él, y dio una rápida ojeada al reloj. Welland apartó el rostro... ¿para ocultar una sonrisa?, y Sacco casi apretó el conmutador, irritado.
Solo uno de los centinelas podría seguir las consecuencias en verdadero detalle. Para la mayor parte de ellos, el cierre del circuito estuvo marcado un segundo más tarde por una trama sin sentido en la pantalla de un osciloscopio; para «Gruñón» Ries, que había construido e instalado el instrumento, ocurrió mucho más entre esos dos acontecimientos.
El ojo de su mente podía ver la actuación de los relés, el impulso de la energía eléctrica que fluía a los transistores situados en el hielo de afuera y las ondas de sonido que irradiaban a través de la materia congelada; podía visualizar su camino, y el igualmente apresurado regreso tras haber hecho eco en el vacío que limitaba el iceberg volador.
Podía seguirlas paso a paso a través del instrumental electrónico, e interpretar la imagen del osciloscopio casi tan bien como Sacco. Este lo vio, y le dio la espalda. Los otros mantenían sus miradas clavadas en el físico.
Sacco no dijo nada durante un instante. Había movido varios indicadores manuales hasta los límites de la extraña sombra en la pantalla, y estaba usando su regla de cálculo con los números resultantes. Pasaron varios segundos antes de que asintiese con la cabeza y volviera a introducir el instrumento en su funda.
—¿Y bien? —dijeron varias voces a la vez.
—No estamos hirviendo uniformemente. La pérdida máxima se produce en el polo sur, como cabía esperar; han sido sesenta centímetros desde la última lectura. Decrece casi uniformemente hasta llegar a cero a unos quince grados al norte; cualquier pérdida más al norte ha sido demasiado pequeña para que pueda registrarla nuestro instrumental. Si deseáis una lectura en ese lugar, tendréis que salir y usar una de las estacas de Gruñón.
Nadie le contestó a esto; la docena de científicos que flotaban en el aire de la sala de instrumentos habían iniciado ya una serie de discusiones entre sí. La mayor parte de ellos habían comenzado con la frase: «Ya te dije...» Ahora, el comandante estaba escuchando atentamente; era aquel tipo de cosas lo que le había llevado, unos días antes, a establecer que las medidas de diámetro se efectuarían únicamente un vez cada doce horas. Se había sentido tentado a acabar con ellas definitivamente, pero se daba cuenta de que eso sería descortés y poco práctico. Los hombres que viajaban en una bola de nieve hacia un horno quizá no adelantasen nada sabiendo la rapidez con la que la bola de nieve se estaba derritiendo pero, por el mismo hecho de ser hombres, tenían que saberlo.
Sacco se apartó de su panel y preguntó de un lado a otro de la habitación:
—¿Qué tal están ahora las posibilidades?
—Tal como antes —le contestó Ries—. ¿Cómo iban a haber cambiado? Nos hemos enterrado, cambiado la órbita de este gigantesco pastel helado hasta que los astrónomos estuvieron contentos, y luego pasado el tiempo en palear nieve hasta que el túnel de escape de gases estuvo tan lleno que no nos resulta posible cambiar de ruta aunque lo deseemos. Nuestras posibilidades permanecen constantes desde el último instante en que operaron los motores, y sabes eso tan bien como yo.
—Me considero reconvenido. ¿Me permitiría su señoría preguntarle qué sabemos de nuestras posibilidades en este momento?
Ries hizo una mueca, e hizo un gesto con la cabeza en dirección al comandante.
—Probablemente esa sea una información considerada como secreta. Será mejor que le preguntes al jefe ejecutivo del primer cometa tripulado de la Tierra cuanto tiempo espera que dure su mando.

Welland consiguió mantener imperturbable su expresión aunque lo que había cometido Ries era lo más parecido a una insolencia. El instrumentista era un descontento por naturaleza, al menos en lo que se refería a su vocabulario. Welland, que tenía algo de psicólogo, estaba casi seguro de que las cosas no iban más lejos. En realidad estaba bastante complacido de la presencia de Ries, pues servía para poner al descubierto una buena cantidad de preocupaciones que, de otra manera, hubieran estado bullendo ocultas, pero eso no quería decir que le agradase aquel tipo; a poca gente le caía bien. «Gruñón» Ries se había ganado bien su mote. Welland, en esta ocasión, no esperó a que Sacco repitiese la pregunta; la contestó como si Ries se la hubiera hecho directamente a él... y con corrección.
—Lo lograremos —dijo con calma—. Lo sabíamos hace mucho, y ninguna de las mediciones ha cambiado este hecho. Este cometa tiene más de tres kilómetros de diámetro, y aún después de que usáramos una buena parte de él como masa de reacción, sigue conteniendo casi treinta mil millones de toneladas de hielo. Quizá yo no sea un físico, pero puedo integrar, y sé cuanto calor radiante va a interceptar este iceberg en la siguiente semana. Y no es bastante, con un buen margen de seguridad, para hacer hervir las treinta mil millones de toneladas de hielo que nos rodean. Todos vosotros lo sabéis... y estáis perdiendo el tiempo al preocuparos por cuanto nos quedará después del perihelio, y ninguno de vosotros ha podido llegar a la conclusión de que vayamos a perder más de tres o cuatrocientos metros de radio. Si eso no es un margen de seguridad, no sé qué más queréis.
—No lo sabes, ni yo tampoco —le replicó Ries—. Se supone que vamos a pasar a algo así como ciento cincuenta mil kilómetros de la fotosfera. Sabes tan bien como yo que el único cometa que jamás hizo eso salió de las proximidades del sol convertido en dos cometas. Nadie dijo jamás que se hubiera fundido totalmente.
—Sabías eso cuando aceptaste venir. Nadie te obligó. Ni nadie pensaría hacerlo... al menos nadie de los que estamos aquí —al comandante le supo mal esta frase en el mismo instante en que la pronunció, pero no había forma en que retractarse. Temió por un instante que Ries lograse devolverle la pelota en una forma que no pudiese ignorar, y se sintió aliviado cuando el instrumentista aferró un asidero y se impulsó fuera de la habitación. Un momento más tarde se olvidó de todo el incidente cuando el físico situado en uno de los paneles exclamó repentinamente:
—¡Atentos todos! El conteo de los rayos X está incrementándose... quizá se trate de un erupción. ¡A todos los que les importe, que pongan en marcha sus equipos!
Durante un momento, hubo una escena de confusión. Algunos de los hombres flotaban libres, fuera del alcance de los asideros; a esos les costó algunos segundos comenzar a nadar. Otros, más hábiles en las maniobras a gravedad cero, se impulsaron con patadas a las paredes más próximas en la dirección del instrumento de registro que más preferían, pero no todos ellos habían pensado en el tráfico. Para cuando todo el mundo estuvo asegurado a su lugar correcto, Ries ya había regresado a la habitación, con su rostro tan desprovisto de expresión como si nada hubiera sido dicho unos momentos antes. Sus ojos iban de un puesto a otro; si alguien lo hubiera contemplado, hubiera supuesto que estaba esperando que algo fallase. Y así era.
Para su sorpresa, nada falló. La erupción siguió su curso, con los instrumentos zumbando y cliqueteando serenamente y sin palabra alguna de queja de sus usuarios. Ries casi pareció defraudado; al menos, eso es lo que supuso Pawlac, el ingeniero de los motores, que era casi el único hombre a bordo al que realmente le caía bien el especialista en instrumentos.
—Vamos, Gruñón —dijo éste cuando todo pareció haber vuelto de nuevo a la tranquilidad—. Salgamos fuera y recojamos el cartucho de la cámara monitora. Quizá algo vaya mal en ella; dijiste que no te fiabas de ese sistema de control remoto.
Ries casi sonrió.
—De acuerdo. De todas maneras, esos astrónomos comenzarán a chillar pidiendo fotos dentro de cinco minutos, para poderse decir los unos a los otros que lo predijeron todo correctamente. Ponte el traje —abandonaron juntos la sala, sin que nadie más que el comandante se fijase en su partida.
Había poco espacio fuera de la compuerta de presión de la nave. El cohete había sido llevado tan cerca del centro del cometa como era posible medir, a través del túnel que apenas tenía el tamaño adecuado para ello. Habían sido perforados otros cinco túneles pequeños, a lo largo de tres ejes mutuamente perpendiculares, para dejar escapar los gases de los motores nucleares a reacción que usarían la propia masa del cometa para cambiar su trayectoria. Otro pasadizo, deliberada y cuidadosamente perforado en zig-zag, había sido previsto para el personal. Una vez se había establecido la trayectoria hacia el sol, todos los túneles, excepto este último, habían sido rellenados con «nieve»: materia pulverizada del cometa tomada cerca de la nave, y aún así no estaba demasiado cercano. Nadie se había atrevido a debilitar la estructura del gran iceberg demasiado cerca del cohete; después de todo, se había visto partirse a un cometa al pasar junto al sol.
La cámara monitora estaba a cierta distancia de la boca del túnel; lo cual era necesario, ya que el pasadizo había sido trazado muy cuidadosamente. Se abría al hemisferio «norte», tal como quedaba determinado por la dirección de la rotación, de forma que la cámara pudiera ser situada a su boca durante el paso por el perihelio y así obtener una cobertura continua. Sin embargo, eso significaba que, dada la actual posición orbital del cometa, el sol no se alzaba en absoluto por la boca del túnel y, como de todas maneras debían ser tomadas imágenes, la cámara se hallaba en aquel momento en el hemisferio sur, a un kilómetro y medio de la boca del túnel.
Era necesario tener cuidado para llegar hasta ella. Un hombre con traje espacial con una masa de unos ciento diez kilos pesaba algo así como unos diez gramos en la superficie del cometa, y podía ser impulsado a varias veces la velocidad de escape necesaria en su superficie por un simple paso, si así lo deseaba... o si, simplemente, se olvidaba de dónde estaba. Una herramienta que se dejase caer, y a la que se diese el más mínimo golpe hacia un lado, podía fácilmente ser puesta en órbita alrededor del cometa... o abandonarlo definitivamente. No obstante, aquel problema había sido resuelto en cierta manera. Ries y Pawlac se unieron entre sí mediante un corto cable; luego, tomaron el extremo de algo que parecía una cadena de finos eslabones y que se extendía hacia el sudoeste, desapareciendo rápidamente tras el cercano horizonte... ¿o se debía decir al doblar la esquina? ¿Estaba la superficie del cometa bajo ellos, o al lado, o por encima? No había suficiente peso como para dar a un hombre la confortable sensación de un «arriba» y un «abajo» definidos. La cadena tenía una argolla al extremo, y ambos hombres introdujeron un brazo por ella. Entonces Ries agitó tres veces su brazo libre, como señal, y a la tercera vez saltaron juntos hacia arriba.
Si uno recordaba la cadena, no era una maniobra tan ridícula. Esta permanecía tensa mientras los hombres se alzaban, y tiraba de ellos gradualmente, en un arco, hacia el sudoeste.
Mientras subían, salieron de la sombra del cometa, y sus trajes metálicos brillaron como si fueran soles en miniatura. La gran envoltura gaseosa de un cometa parece impresionante desde el exterior, vista contra un fondo de negro espacio; pero no significa nada como protección contra la luz del sol ni siquiera a la distancia a que se hallaba la Tierra de éste. Y a treinta y cinco millones de kilómetros es mucho menos, si cabe hablar de eso. Los trajes eran unos reflectores excelentes, pero, como consecuencia necesaria, eran muy malos irradiadores. Su temperatura aumentaba más lentamente que la del proverbial cuerpo negro, pero subiría mucho con el tiempo. Pasarían quizá treinta minutos antes de que los trajes estuvieran demasiado calientes como para que no se pudiera vivir en su interior, y esta, naturalmente, era la razón del salto.
Un paseo de kilómetro y medio por la superficie del planeta llevaría mucho más de media hora si uno intentaba mantenerse por debajo de la velocidad de escape; trazando un arco hacia su objetivo como el peso de un péndulo invertido, con su velocidad limitada únicamente por la fuerza de sus piernas, solo emplearía entre diez y doce minutos. Sus trajes estaban provistos de cohetes con los que hubieran podido reducir aún más ese tiempo, pero ninguno de ellos pensó en utilizarlos. Eran para una emergencia; por ejemplo, si el cable que unía al cometa se rompía, los motores les serían de utilidad. Pero no antes.
Llegaron al punto máximo de su arco, con la cadena apuntando directamente hacia «abajo», en dirección al cometa. Su objetivo había sido visible desde hacía varios minutos. Un impacto en el objetivo era casi imposible; aún cuando hubieran sido lo bastante hábiles como para saltar justamente hacia arriba, el problema venía complicado por la rotación del cometa. Tal como resultaron las cosas, el error fue de unos doscientos metros, bastante pequeño para este tipo de operación.
La maniobra de aterrizaje parecía complicada, pero era lógica. Un minuto antes de tocar al suelo, Ries apoyó sus pies contra Pawlac y empujó. El ingeniero siguió agarrado a la cadena y permaneció en «órbita», mientras su compañero la abandonaba en una línea aparentemente recta. Unos quince segundos bastaron para separarlos hasta la máxima extensión permitida por el cable que los unía; la elasticidad del mismo pronto comenzó a unirlos de nuevo, aunque a una velocidad mucho más lenta de aquella con que se habían separado. Justamente antes de tocar la superficie, Ries notó en qué lado de la cámara iba a caer el cable de unión y, deliberadamente, lo sacudió para que cayese al otro lado; luego, cuando los dos hombres golpearon, quedó cogido en el montaje de la cámara. Aunque ambos rebotaron al chocar, pues era casi imposible el controlar su velocidad utilizando únicamente los músculos, ya estaban anclados. Ries envió un par de bucles más a lo largo del cable y alrededor del montaje de la cámara, una tarea que había requerido una cierta práctica para dominarla, pues no había gravedad que les ayudase, y ambos hombres se acercaron a su objetivo tirando del cable. La tendencia de girar alrededor del mismo como un yoyo incontrolado a medida que se iban acercando era una molestia, pero no una catástrofe; ambos estaban completamente familiarizados con la conservación del momento angular.
Ries abrió rápidamente la cámara, sacó el film ya impresionado en su cartucho, lo reemplazó con otro que colocó en las guías, comprobó el montaje durante algunos segundos, y su trabajo estuvo hecho. El viaje de regreso fue como el de ida, solo que había la complicación de que su punto de aterrizaje no estaba en el lado iluminado por el sol y era más difícil lograr un buen control. Cinco minutos después de conseguir enrollar su cable alrededor del poste situado en la boca del túnel, se hallaban en la nave. No había límite de velocidad en el interiordel cometa.
Una vez hubieron entrado en la cámara de presión, la profecía de Ries fue cumplida. Alguien pidió las fotos antes de que hubieran pasado dos minutos de haberse despojado de sus trajes. Pawlac vio como la presión sanguínea de su amigo comenzaba a subir, y, tras un momento de reflexión, decidió que resultaba necesaria una intervención: no se podía permitir que Gruñón se metiera en demasiadas peleas.
—Ve a revelar esa cosa —dijo—, yo calmaré a este idiota.
Por un momento pareció como si Ries hubiera preferido llevar a cabo sus propias discusiones, pero luego se relajó y desapareció en dirección al taller. Pawlac tomó como meta la voz del astrofísico que se quejaba y, en los tres minutos que empleó Ries en procesar el film, consiguió que el tipo se disculpase profusamente. Este estado de cosas duró unos diez segundos después de que el film hubiera sido entregado.
Un grupo de seis o siete científicos estaban esperando ansiosos, y casi instantáneamente lo colocaron en un proyector. Durante unos segundos tras el comienzo de la proyección hubo silencio; luego se alzó una babel de voces. El tema general parecía ser:
—¿Dónde está ese instrumentista?
Ries no se había ido muy lejos, y cuando apareció no se le veía demasiado sorprendido. No esperó a que le hicieran preguntas, sino que se aprovechó del instantáneo silencio con que fue recibida su entrada.
—No han cazado ni la erupción, ¿no es así? Ya me lo suponía. Esa cámara tiene un campo de medio grado, y el sol tiene más de dos grados visto desde aquí.
—¡Eso ya lo sabemos! —Sacco y dos o tres de los otros hablaron casi al unísono—. Pero se supone que debe recorrer todo el sol automáticamente cuando la conectamos desde aquí, y seguir haciéndolo hasta que la desconectemos.
—Lo sé. Y no efectuó su barrido. Ya me pareció que no lo había hecho cuando estaba recogiendo la película...
—¿Cómo podías saberlo? ¿Por qué no lo arreglaste? ¿O lo hiciste? ¿Qué es lo que estaba mal? ¿Por qué no lo arreglaste desde un principio?
—Podía ver que no había sido filmada la bastante película como para representar todo el tiempo que se suponía estuvo en marcha. En cuanto a arreglarla ahí afuera y mirar qué es lo que estaba mal... no digáis más idioteces de las necesarias. Tendré que traer la cámara al taller. No puedo deciros cuanto tiempo tardaré en arreglarla hasta saber qué es lo que anda mal en ella.
Las quejas aumentaron hasta casi ser un rugido ante su última afirmación. El comandante, que era el único de todo el grupo que había permanecido callado hasta el momento, hizo un gesto que silenció a los demás.
—Sé que es difícil, pero por favor recordad una cosa —dijo—. Estamos a treinta y cinco millones de kilómetros del sol. Estaremos en el perihelio dentro de sesenta y siete horas. Si pasamos por él sin esa cámara, nos perderemos nuestro principal método de correlacionar cualquier nueva observación con las antiguas. No diré que sin la cámara vaya a ser como si no estuviéramos aquí, pero...
—Ya lo sé —gruñó Ries—. De acuerdo. Sé que debiéramos haber dispuesto un cable de transporte desde aquí hasta esa maldita cosa cuando la colocamos por primera vez, pero con toda la gente hablando acerca del tiempo y la escasez, de clavos de anclaje y todas esas memeces...
—Creo que esa era una de las cosas en la que tú más insistías —intervino el comandante—. De todas maneras tenemos otras cosas que hacer que echarnos mutuamente las culpas. Dinos que ayuda necesitas para traer la cámara de vuelta a la nave.

Una hora más tarde, el aparato entraba a través de la cámara de aire. Su masa había necesitado una ligera modificación en la técnica del viaje: si la cadena se hubiera roto durante el arco, probablemente los cohetes no hubieran sido capaces de devolver a hombres y cámara al cometa. Por consiguiente, en lugar de trazar el arco, los miembros del equipo habían ido tirando de la cadena, incrementando su velocidad hasta llegar a su anclaje, y luego frenando al otro lado aplicando fricción a la cadena mientras esta se desenrollaba tras ellos. Un hombre extra con un cable en la boca del túnel había simplificado el problema de la parada en el viaje de regreso con la cámara.
Cuatro horas más tarde, Ries había desmontado totalmente la cámara y la había montado de nuevo, y estaba en condiciones de poder afirmar que no había nada estropeado en ella. No se sentía feliz con su descubrimiento, y los científicos que oyeron su informe aún lo estuvieron menos. Se mostraron bastante groseros acerca de ello y, naturalmente, eso hizo estallar la ira del instrumentista.
—¡De acuerdo, decidme pues vosotros qué es lo que está mal! —reventó por fin—. Puedo afirmar taxativamente que no hay nada roto o desajustado, y que funciona perfectamente aquí dentro. Cualquier genio que esté a punto de decirme que aquí dentro no es allí fuera puede ahorrarse la saliva. Lo sé y sé que la siguiente cosa que hay que hacer es sacarla fuera y ver si aún sigue funcionando. Y eso es lo que voy a hacer, si puedo dejar de oír vuestros útiles comentarios.
Partió abruptamente, se puso su traje y salió con el instrumento pero sin Pawlac. No tenía intención alguna de regresar al punto en que se hallaba colocada originalmente la cámara, y por consiguiente no necesitaba ayuda. Creía que la boca del túnel era lo bastante «afuera».
Le llevó varias horas más el probar que tenía razón. Al principio, el problema rehusó mostrarse. La cámara rastreaba maravillosamente cualquier cuadrado del cielo para el cual Ries dispusiera sus controles. Luego, tras media hora o más, el tamaño del cuadrado comenzó a hacerse más pequeño, hiciera él lo que hiciese con los controles. Finalmente, se hizo nulo. Esto lo llevó a investigar en su interior, tan bien como le era posible con su traje espacial, pero sin lograr información alguna. Luego, como burlándose de él, la cosa comenzó a funcionar de nuevo. Por voluntad propia, o al menos así le parecía a Ries. Pasó algún tiempo más tratando de averiguar el porqué. Al fin, entró a la carrera en la nave, maldiciendo a todo el que hubiera tenido algo que ver con el diseño o elección de aquella máquina, Estaba algo más feliz, puesto que ello demostraba que el problema no se debía a ningún fallo suyo, pero no mucho más feliz. Lo probó claramente al grupo tan pronto como se hubo quitado el casco.
—No sé qué genio fue el que se pasó de rosca en su habilidad con la subminiaturización —comenzó a decir—, pero el caso es que fue demasiado listo. Supongo que es bastante racional el usar un circuito de resistencia equilibrado en un sistema de control: trabaja a temperaturas regulares, y trabaja a temperaturas cometarias. El problema es que no trabaja a menos que los diferentes segmentos se hallen a una temperatura similar. De otra manera, los resistores no pueden equilibrarse. Cuando saqué la cosa al exterior, trabajaba maravillosamente, estaba a la temperatura de la nave. Luego comenzó a irradiar calor hacia el cometa, y enloqueció. Después, cuando todo el cacharro se enfrió hasta alcanzar la temperatura cometaria, funcionó de nuevo. ¡Un diseño maravilloso!
—Pero había estado fuera durante muchos días antes de... —comenzó a decir alguien, pero se detuvo cuando se dio cuenta de lo que había sucedido. De todas maneras, Ries no dejó de demolerlo verbalmente:
—Seguro... ahí fuera, a la luz del Sol. Acumulando calor radiante en un lado y haciendo todo lo que podía para lograr un equilibrio a un centenar de grados, conduciendo calor hacia el hielo a doscientos cincuenta grados más frío al otro lado. Bello, uniforme... ¡Aaagh!
—¿No puede ser diseñado un control sustituto? —intervino suavemente el comandante—. Después de todo, ese es tu campo. Seguro que puedes preparar algo...
—Oh, seguro. En un minuto. Estamos cargaditos de piezas de recambio y de instrumental. Los cohetes siempre van así. Y ya que estoy haciéndolo, trataré de que la cosa tenga tamaño de bolsillo para que quepa en el espacio disponible... lo único que necesitamos es el taller de un laboratorio de investigaciones. Haré lo que pueda, pero no os gustará. Ni a mí tampoco.
Salió apresuradamente hacia su taller.
—De lo que estoy seguro es de que tiene razón en eso último que ha dicho —murmuró alguien. El asentimiento fue general, pero no demasiado ruidoso.

A unos veintitrés millones de kilómetros del Sol, con un metro más o menos de espesor desaparecido en la superficie iluminada del cometa, Ries emergió con su artefacto. Evidentemente necesitaba un buen descanso, y su humor era mucho peor de lo habitual. Solo tenía una pregunta que hacer antes de meterse en su traje.
—¿No debería estar comenzando a verse el Sol, cerca de la boca del túnel?
Uno de los astrónomos hizo un cálculo mental.
—Sí —respondió—. No tendrás que ir muy lejos para comprobar el cacharro. ¿Necesitas ayuda?
—¿Para qué? —gruñó Ries en su habitual forma placentera, y desapareció de nuevo. El astrónomo se alzó de hombros. Para cuando la conversación volvió a lo normal, el instrumentista y su cámara se hallaban en la compuerta.
Llevar el pesado instrumento a través del túnel ofrecía un solo peligro, y únicamente en la última sección: el habitual de ir demasiado aprisa y abandonar el cometa para siempre. Para minimizar el riesgo de que la gente le dedicase sus últimos respetos y echase de menos la cámara, utilizó concienzudamente los bucles del cable de seguridad que había sido anclado a la pared del túnel. Apoyó el instrumento en la boca del túnel, en la dirección aproximada del norte, y esperó a que saliera el Sol. Esto se produjo pronto. Era la visión característica de un mundo sin aire, ya que el cometa no era lo bastante denso como para difuminar la luz apreciablemente. La luz zodiacal incrementó su intensidad cerca del horizonte; luego se unió para formar una corona perlosa; después apareció una prominencia eruptiva de un brillante color púrpura que a un no profesional le hubiera parecido que bien valía una foto o dos, y finalmente apareció la cegadora fotosfera en la que debía ser realizada la prueba. Fue entonces cuando surgió otro problema menor.
La fotosfera, comparando áreas angulares, no era, naturalmente, más brillante de lo que se veía justo por encima de la atmósfera de la Tierra, pero tampoco era más débil, y Ries no podía mirarla para enfocar su cámara. El único visor de la misma era una mira colimadora de visión directa, pues estaba diseñada para control automático. Tras un momento de reflexión, Ries decidió que también podía enfrentarse con esta situación, pero, dado que esta solución llevaría probablemente más tiempo del que el Sol permanecería sobre el horizonte, simplemente hizo que la cámara efectuara unos cuantos ciclos de rastreo, apuntándola mediante la dirección de su propia sombra. Luego, ancló la máquina en la boca del túnel y regresó a la nave.
Allí encontró lo que deseaba sin muchas dificultades: un filtro de interferencia de diez centímetros cuadrados. No era del tipo ajustable, aunque naturalmente su transmisión dependía del ángulo de incidencia de la luz que llegaba a él, pero estaba diseñado para seis mil quinientos angstroms y serviría perfectamente bien para lo que tenía pensado.
Antes de poderlo usar, no obstante, debía resolver otro problema. Casi con toda seguridad el alineado de la cámara y su nuevo control, es decir, el asegurarse que el centro de su campo de barrido coincidiera con la línea trazada por la visual del colimador, llevaría un cierto tiempo. A veintidós millones de kilómetros del Sol, uno simplemente no trabaja demasiado tiempo con solo un traje espacial como protección. Naturalmente, se había planeado la expedición de manera que nadie tuviera que hacer una tal cosa; pero los planes acababan de pasar de la historia a la mitología. Gruñón Ries iba a trabajar sin molestias a plena luz del Sol, probablemente durante una o dos horas seguidas, o pasar veinte minutos enfriándose en el túnel por cada diez que pasase calentándose fuera de él; y eso último añadiría horas y horas al tiempo necesario para el trabajo... con el período de calentamiento haciéndose más corto con cada hora que pasase. Una órbita parabólica tiene una característica muy notoria: su parte decreciente decrece muy rápidamente, y la velocidad aumenta con demasiada rapidez como para ser tranquilizadora. Le parecía que, si podía hallar algún método mediante el cual trabajar al exterior, valdría la pena. Y Ries creyó que podría hallar un método.
Tenía más de artesano que de científico, pero era un buen artesano. Un pintor sabe de pigmentos y superficies, un escultor conoce el metal y la piedra; Ries era experto en física básica. Usó sus conocimientos.
A pesar de lo limitadas que eran sus provisiones de equipo, incluían un cierto número de grandes rollos de hoja de aluminio y muchos ovillos de cable. Los utilizó, y en una hora tuvo dispuesto un escudo de hoja de un par de metros cuadrados, hecho con dos hojas a unos cinco centímetros de distancia la una de la otra, y cuyo espacio interior estaba lleno de hielo pulverizado tomado del túnel. En su centro estaba montado el filtro, y junto al mismo un agujero lo bastante grande como para meter por él la lente de la cámara. La distancia entre las dos aberturas había sido medida cuidadosamente; el filtro se hallaría frente al visor de la cámara.
Siguiendo su costumbre, no mostró el artilugio a nadie. Llevó a cabo la mayor parte de su trabajo fuera de la nave, sin siquiera pensar en ello, y cuando lo hubo realizado lo arrastró bastante trabajosamente a lo largo del túnel hasta el lugar en donde estaba la cámara. Cosa increíble, veinte minutos después el nuevo control estaba alineado, la cámara montada firmemente en su segunda colocación planeada, a la boca del túnel, y un cable de control corría a lo largo del mismo hasta la nave. Con su habitual sequedad, informó haber acabado su trabajo; cuando el sistema de control hubo sido probado desde el interior y lograron arrancarle el método que había usado para completar su tarea, la reacción de los científicos casi le hizo sonreír.
Casi; pero un gruñón endurecido no cambia de inmediato... si es que llega a cambiar.

A quince millones de kilómetros del centro del Sol. Quedaban veintiuna horas. La gente aún no contaba los minutos. El Sol subía algo más sobre el horizonte del norte desde la posición visual de la boca del túnel, y correspondientemente, permanecía más tiempo a la vista cada vez que se alzaba. Estaban siendo obtenidas algunas imágenes realmente excelentes; y no obstante, no eran nada que no hubiera podido ser obtenido desde una de las estaciones orbitales cercanas a la Tierra.
A ocho millones de kilómetros. Diez horas y cincuenta minutos. Ries estaba ahora dentro, y trataba de dormir. Ningún otro tenía tiempo para ello. El salir fuera, siquiera hasta la boca del túnel, era considerado, como imposible, aunque el instrumentista había hecho varios escudos más. Técnicamente, se hallaban en el interior de la corona solar, aunque solo en sus zonas externas más tenues. Naturalmente, existe una escuela de pensadores que considera que la corona se extiende mucho más allá de la órbita de la Tierra. Pero ninguno de los físicos estaban perdiendo tiempo tratando de decidir lo que era esencialmente una cuestión de definición; en lugar de ello estaban leyendo y tomando notas de cada instrumento cuyo campo de sensibilidad pareciese tener la más mínima relación con su actual entorno, y muchos otros que no parecían útiles en lo más mínimo, pero que, ¿quién sabía?
Ries estaba de nuevo despierto cuando llegaron al punto de los noventa grados: a un cuarto de su camino alrededor del Sol desde el perihelio. La distancia angular que la Tierra recorre en tres meses. Ligeramente algo más allá de millón y medio de kilómetros del centro del Sol. A novecientos cincuenta mil kilómetros de la fotosfera. Muy dentro de la corona, fuera cual fuese la definición que de ella se diese; al alcance de cualquier buena prominencia eruptiva, si hubieran hallado alguna en su camino. A una hora y dieciocho minutos del punto más próximo al Sol, o de su más profunda penetración, si es que uno deseaba pensar en ello así. Y pocos lo deseaban.
Estaban avanzando, a unos quinientos kilómetros por segundo, por una región en la que el espectroscopio indicaba que existían temperaturas por encima del millón de grados, en donde los iones de hierro y níquel y calcio erraban desprovistos de una docena y más de sus electrones, y en donde esos electrones casi formaban un gas por sí mismos, si bien se trataba de un gas realmente tenue.
Era con esta falta de densidad con lo que contaban ellos. Un único ion a una «temperatura» de un millón de grados no significa nada; no hay ningún ser humano en vida que no haya sido alcanzado por gran número de partículas con aún más energía. Nadie esperaba captar una cantidad de calor demasiado importante de la corona en sí.
La fotosfera era ya otro asunto. Era una «superficie» opaca, aunque aún gaseosa, a la que se aproximarían a una distancia de doscientos cuarenta mil kilómetros... lo cual era mucho menos que su propio diámetro. Tenía una temperatura de equilibrio de irradiación de unos tres mil grados, y llenaría una buena parte del cielo; eso significaba que la temperatura de equilibrio de un cuerpo negro en su situación no estaría muy por debajo de ese mismo valor. Naturalmente, el cometa no era un cuerpo negro; y ni siquiera retenía el calor que no lograba reflejar. En el momento en que una porción de su superficie se calentaba lo bastante, esa porción se vaporizaba, llevándose consigo la recién adquirida energía calorífica. Una nueva capa, que aún se hallaba a unos pocos grados por encima del cero absoluto, quedaba entonces expuesta a su vez al flujo de la radiación.
Naturalmente, este flujo era inconcebiblemente intenso; un pensamiento despreocupado y no cuantitativo podía imaginarse al cometa desvaneciéndose bajo tal bombardeo como una bola de nieve en un horno; pero el flujo no era infinito. Una cantidad definida y mensurable de energía golpeaba a la gigantesca bola de nieve; una cantidad definida era reflejada; una cantidad definida y mensurable era absorbida, calentaba, hacía hervir y vaporizaba a las masas heladas de agua, amoníaco y metano que la componían.
Y había mucho que vaporizar. Los índices de aceleración e impulso habían dado hacía mucho a los científicos la masa de su refugio, y aún a doscientos cuarenta mil kilómetros un haz de luz solar de cuatro kilómetros de grosor tenía que emplear algún tiempo para vaporizar treinta y cinco mil millones de toneladas de hielo. El cometa solo estaría algo más de veintiuna horas a ocho millones de kilómetros del Sol y, a menos que varios físicos se hubieran equivocado en colocar la misma coma decimal, debía durar lo bastante, con un buen margen de seguridad. El límite de una lectura cada doce horas para el medidor de eco de Sacco había sido cancelado ya, y sus lecturas estaban al alcance de todos; pero ninguna de ellas causaba ansiedad.
Siguieron adelante. Naturalmente, nadie podía verlo; no había nada así como el asombrado contemplar de una prominencia que se acercase o el observar la aparente concavidad de una mancha solar en lo cual muchos de ellos habían soñado irracionalmente. Si hubieran podido ver una mancha solar, les hubiera resultado tan cegadora como el resto de la fotosfera: los ojos humanos no pueden discriminar entre los dos niveles de sobrecarga. Por lo que a ellos se refería, podían pasar a través de una prominencia en cualquier momento dado; no podrían decirlo hasta que se revelaran y estudiaran las películas de los instrumentos. La única gente que podía «ver» de alguna manera eran aquellos cuyos instrumentos daban lecturas inmediatamente legibles. Los fotómetros y radiómetros daban una cierta imagen para aquellos que podían comprenderlos; los magnetómetros, los contadores de ionización y de partículas lograban casi lo mismo; pero los espectrógrafos, los interferómetros y las cámaras zumbaban y cliqueteaban y gemían sin dar ninguna pista acerca de la naturaleza de lo que estaban digiriendo. Los acelerómetros pedían su parte de ojos vigilantes: si había algo que los frenase de una forma notable en el medio externo, poco se podría dar por el futuro del cometa y el suyo mismo; pero hasta el momento, no habían mostrado nada.
Se hallaban a diecinueve minutos del perihelio cuando la creciente sensación de complacencia fue rudamente hecha añicos... No hubo previo aviso; nadie podría haberlo esperado a quinientos kilómetros por segundo.
Un instante estaban flotando sobre sus instrumentos, haciendo su trabajo, en paz con el universo; al siguiente hubo una violenta sacudida, saltaron chispas de los terminales metálicos no protegidos, y cada indicador remoto del navío quedó inutilizado.
Durante un momento hubo silencio; el fenómeno terminó tan abruptamente como había empezado. Entonces hubo un coro mezcla de aullidos de sorpresa y de desencanto, aunque también algunos de dolor. Ciertos de entre ellos habían sido quemados por las chispas, y uno había sido dejado sin sentido por una descarga eléctrica, y fue realmente afortunado el que las luces de emergencia no hubieran sido afectadas; se encendieron automáticamente al fallar las principales, y el orden fue restablecido de inmediato. Uno de los ingenieros aplicó la respiración boca a boca a la víctima de la descarga: estética o no, es la única práctica en una situación de ingravidez. E inmediatamente cada uno de los científicos comenzó a buscar el problema.
Ninguno de los aparatos de control remoto registraba nada, pero muchos de los instrumentos del interior de la nave seguían funcionando, y rápidamente se llegó a una hipótesis explicativa.
—Campo magnético —fue el escueto comentario de Mallion—. De un tamaño imposible de calcular, tal como es imposible decir qué es lo que lo formó o lo que lo mantuvo. Lo atravesamos a quinientos kilómetros por segundo, o más. Si esta nave hubiese sido de metal, probablemente hubiera estallado; cuando se construyó se consideró posible que sucediera esto y no hay conductibilidad en ninguna parte de la nave, excepto en los controles de los instrumentos. La intensidad de campo se hallaba entre los diez y un centenar de gauss. Me temo que ya hayamos tomado todas las lecturas exteriores de este viaje.
—¡Pero no podemos detenernos ahora! —aulló Donegan—. Necesitamos fotos... cientos más de ellas. ¿Cómo vamos a correlacionar todos los datos que tenemos y las cosas que aún mostrarán los instrumentos interiores que todavía siguen en uso, a menos que haya fotos? Está muy bien decir que esto o aquello está causado por una prominencia, o una erupción, o lo que se quiera, pero no sabremos que es así, ni tampoco nada acerca del tamaño de la erupción...
—Te comprendo, estoy de acuerdo contigo, y respeto tu argumento; pero ¿que es lo que propones que hagamos al respecto? Apostaría una cantidad pequeña pero significativa a que el cable que había en el túnel de acceso sí estalló. Ciertamente algo detuvo el flujo de corriente antes de que todos los instrumentos de aquí se quemaran.
—Vamos, doctor Donegan. Ponte el traje —naturalmente, era Ries. El físico lo miró, debió leer en su mente, y saltó hacia su armario.
—¿Qué queréis hacer, so locos? —gritó Mallion—. No podéis ir hasta esa cámara... ¡seríais como un par de polillas en la llama de una vela, y eso para decirlo de una forma suave!
—Usa el cerebro y no tu tálamo, Doc —dijo Ries por encima del hombro.
Welland no dijo nada. Dos minutos más tarde, el par de locos se hallaban en la cámara de aire, y sesenta segundos después estaban flotando tan rápidamente como se atrevían a lo largo del túnel.
Las luces estaban apagadas, pero era fácil ver. Llegaba muchísima iluminación de la boca del túnel, a pesar de lo zigzagueante que era éste; y los dos tuvieron que usar los filtros del casco de sus escafandras mucho antes de que llegaran a la abertura. Por aquel entonces, la misma nieve de su alrededor parecía estar brillando, y quizá estuviese haciéndolo, puesto que la luz debía filtrarse hasta una cierta distancia a través de los cristaloides, al igual que rebotaba por los vericuetos del túnel.
Ries había dejado sus escudos de hoja de estaño en el primer recodo. Había aún mucha nieve suelta a mano, procedente de sus primeros experimentos, y metieron tanta como pudieron entre las delgadas capas metálicas, y llevaron varios de los escudos consigo mientras se aproximaban cuidadosamente a la abertura. Avanzaron llevando el mayor de ellos, de un metro y medio cuadrados, ante sí; pero resultó insuficiente cuando llegaron a unos pocos metros de la abertura. El problema no era que fallase el escudo, sino que no era bastante grande; por mucho que se acercasen a la abertura, todo el cielo continuaba siendo un mar de llamas. Se retiraron un poco hacia atrás, y Ries alteró rápidamente el escudo, doblando las hojas y uniéndolas hasta que tuvo algo parecido a una colmena lo bastante grande como para proteger a un hombre. Usó el resto de la nieve en esta creación.
Cubierto casi completamente, fue hasta la boca del túnel, solo, y esta vez no tuvo problemas. Pudo usar un bucle de cable de control como asidero, y sirviéndose de él llegó hasta el instrumento. Se había hundido bastante: su carcasa y montura habían transmitido el calor, tal como estaba planeado, a las amplias patas plateadas, y estas habían mantenido un buen contacto con la superficie. Naturalmente, buena cantidad de material cometario se había vaporizado bajo ellas, y todo el aparato se encontraba en un pozo de medio metro de profundidad y dos metros y medio de anchura. La disminución generalizada del grosor de la superficie del cometa resultaba menos obvia.
Las bases de las patas estaban bastante hundidas en la superficie, pero con la gravedad existente, la única dificultad para liberarlas era la perenne: el riesgo de dar un impulso demasiado grande hacia arriba. Ries lo evitó, alzó la cámara y montura; y tan rápidamente como le fue posible las llevó de regreso al túnel. No hubo necesidad de desconectar el cable de control del principal; tal como Mallion había predicho, ambos habían desaparecido. Su explosión había producido una profunda señal a lo largo del túnel en varios puntos en los que se habían hallado junto a la pared. Ries lamentó esta pérdida; sin ellos, tuvo algunas dificultades para bajar con su carga, y deseaba llevar la cámara al relativo refugio del túnel tan pronto como le fuera posible. Con sus patas transmisoras del calor fuera del contacto con el suelo, no tardaría mucho en calentarse peligrosamente. Asimismo, con el cometa acercándose más y más al perihelio, había ya una laguna demasiado amplia y molesta en el registro fotográfico.

De regreso al túnel, Ries improvisó otra serie de escudos para la cámara y su operador, y comprobó el que antes había usado, para ver cuanta nieve quedaba en él. Había algo, pero descorazonadoramente poca. Colocó su casco en contacto con el de Donegan y habló: las radios resultaban inútiles dada la estática del Sol.
—No podrás salir hasta que consigamos algo más de nieve para este cacharro, y tendrás que regresar cada pocos minutos para volverlo a llenar. Yo haría las fotografías, pero tú sabes mejor que yo lo que debe ser fotografiado. Espero que puedas ver lo que necesites a través del filtro que coloqué en el escudo para el visor. Ahora vuelvo.
Comenzó a regresar por el túnel, pero al segundo recoveco vio otra figura que se acercaba... con un gran saco repleto de nieve. Reconoció a Pawlac por el número del traje, ya que el rostro de su ocupante resultaba invisible tras el filtro. Ries tomó el saco e hizo un gesto de agradecimiento; Pawlac indicó que regresaría a traer más, y comenzó esta tarea. Ries reapareció junto a la cámara lo bastante pronto como para sorprender a su compañero, pero el físico no perdió el tiempo en preguntas. Ambos volvieron a rellenar los escudos de nieve, y Donegan fue a la boca del túnel a hacer su trabajo.
A través del filtro, la airada superficie del Sol brillaba con un terrible color naranja. Los accidentes de su superficie resultaban lo suficientemente claros, aunque no siempre fáciles de interpretar. Se veían claramente los «granos de arroz» individualizados; muy lejos hacia un lado se veía una pequeña mancha, bastante deformada debido a la perspectiva. Moviendo la cabeza tanto como le permitía el escudo, el observador podía ver bastante más allá de la línea de visión de la cámara; claro que al hacer esto el sol se tornaba de color azul al hacerse más pequeña la diferencia de los caminos recorridos por los rayos entre las superficies reflectantes del filtro. No podía decir exactamente qué longitud de onda estaba usando en un ángulo determinado, pero aprendió rápidamente a usar ese método bastante burdo de «sintonización» que le permitía el cambio de ángulo. Comenzó a fotografiar, primero la mancha y sus cercanías, alterando regularmente la longitud de onda del filtro mientras lo hacía. Luego, halló algo que podría haber sido un floculo de calcio y tomó una serie de fotos de sus alrededores; luego, accidente tras accidente fue llamando su atención, y disparó y disparó, tratando de obtener cada campo a través de toda la extensión de longitudes de onda de la cámara, a intervalos de unos cincuenta angstroms, además de longitudes definidas que sabía debían hallarse allí: las diversas series de líneas del hidrógeno y, en especial, del helio neutral e ionizado, aunque sin dejar de lado a metales tales como el calcio y el sodio.
Fue distraído por un tirón en sus pies desprotegidos; Ries se le había acercado, inadecuadamente protegido por el único «parasol» que quedaba, para advertirle que debía cambiar su propio escudo. Lo hizo a desgana, maldiciendo la pérdida de tiempo. Ries acumuló nieve contra las patas del montaje de la cámara, mientras Donegan la introducía entre las chapas de hoja metálica, tan rápidamente como le permitían sus manos dentro del traje. En el momento en que lo hubo hecho, regresó a la boca del túnel, que ahora no estaba tan lejana como antes, y reinició sus operaciones.
Entonces debían de hallarse exactamente en el perihelio. Donegan ni lo sabía, ni le importaba. Sabía que la cámara tenía la película bastante como para permitirle tomar una foto por segundo durante unos noventa minutos, y proyectaba usarla toda, si le era posible. Simplemente barría el sol tanto como le permitían su vista, el filtro protector y sus conocimientos, y fotografiaba tan completamente como le era posible cualquier cosa que veía, por poco fuera de lo ordinario que pareciese. Sabía que muchos instrumentos seguían funcionando en la nave, aunque otros muchos hubiesen dejado de hacerlo, y que algunos de los instrumentos en la superficie del cometa debían funcionar, era de esperarlo, automáticamente, a pesar de que hubiera desaparecido el control remoto; y pretendía obtener una serie completa de fotos de todo aquello que pudiera ser responsable de los fenómenos que aquellas máquinas debían estar registrando. Hizo un buen trabajo.
A no muchos metros por debajo de él, y de hecho cada vez a menos, a medida que iba transcurriendo el tiempo, Ries también estaba trabajando. Si el ser un especialista en mantenimiento de instrumentos implicaba palear nieve, y en esta parte del universo parecía implicar poca cosa más, entonces, palearía nieve. Y tenía toda la que quería; Pawlac le traía y más sacos de ella. Igualmente, en su segundo viaje, el ingeniero le trajo un largo trozo de cable; y a la primera oportunidad, Ries ató uno de los extremos del mismo a la cintura de Donegan. Servía para dos propósitos: ya no era necesario ir hacia afuera para hacerle saber, mediante un contacto físico, que se le estaba acabando el tiempo, y permitía que el observador regresase a trabajar más rápidamente. Como estaba asegurado a Ries, que a su vez podía aferrarse a las paredes del túnel, más allá del recoveco, no cabía la preocupación de regresar demasiado rápidamente a la superficie y ser incapaz de detenerse.

Ries se atareaba. Nadie pudo saber jamás si lo hacía en silencio o no, ya que las radios no funcionaban. Generalmente, se dio por supuesto que gruñía como siempre, y quizá fuera eso lo que hacía, o tal vez se superase a sí mismo. Flotando sin peso en un túnel que brillaba lechoso, tratando de mirar la hora de su reloj a través del filtro solar más potente jamás incorporado a un casco espacial, manteniendo el extremo del cable cuyo otro extremo asía a un hombre y a una cámara de un valor fantástico, impidiéndoles que se escaparan para ir a formar parte de la corona solar, mientras al mismo tiempo trataba de organizar un cierto número de grandes sacos de plástico llenos de agua, amoníaco y metano congelados y pulverizados, que persistentemente se agolpaban a su alrededor, eran tareas que hubieran hecho que un hombre con mucho más control que Ries hubiera caído en la blasfemia.
Naturalmente, Donegan no fotografió toda la superficie. Esto hubiera necesitado mucho tiempo, usando una cámara con un campo de medio grado sobre una superficie de más de noventa y cinco grados de ancho, aún cuando la superficie en cuestión se hallase parcialmente oculta por el horizonte local. Y esto era imposibilitado aún más por su índice de aceleración; la velocidad parabólica a una distancia de novecientos mil kilómetros del centro del Sol es de algo más de quinientos kilómetros por segundo, y esto producía un apreciable movimiento relativo aún frente a un fondo situado a doscientos cuarenta mil kilómetros de distancia. Los accidentes de la superficie desaparecían a veces bajo el horizonte solar antes de que Donegan pudiera fotografiarlos. Ni siquiera Ries podía pensar en una solución para esta dificultad, cuando el físico se quejó de ella en uno de sus viajes a por más nieve.
En este punto, el movimiento aparente del Sol en latitud era más rápido que en longitud: el cometa estaba cambiando su dirección con respecto al Sol más rápidamente de lo que estaba rotando. El movimiento resultante a través del cielo era un poco difícil de predecir, pero el físico sabía que el centro del disco solar se ocultaría permanentemente a la latitud de la boca del túnel una hora y tres cuartos después del perihelio. Teniendo en cuenta el tamaño angular del disco, habría algunas observaciones después de eso, pero cuantas más era algo que dependía de lo que podía ser llamado el tiempo local del día, y no había tratado de calcular eso. Simplemente, observaba y fotografiaba, excepto cuanto Ries tiraba de él a la fuerza, para hacer que regresase a rellenar su escudo.
Gradualmente, el gigantesco disco fue disminuyendo. Nunca se hallaba muy por encima del horizonte local, así que siempre había algo con que compararlo, y su disminución podía ser apreciada. Igualmente, Ries podía ver, a medida que pasaba el tiempo, que quedaba más nieve en el escudo de Donegan cada vez que regresaba para rellenarlo. Evidentemente, habían pasado lo peor.

Pero el Sol se había cobrado su precio. La boca del túnel estaba mucho más cercana a la nave de lo que había estado antes; varias veces Ries había sido obligado a retroceder hacia otra sección del túnel con sus sacos de nieve, y a cada reanudación de las observaciones, Donegan había tenido que efectuar un viaje más corto hasta la superficie que antes. Ries, Donegan y Pawlac eran los únicos miembros de la expedición que sabían lo mucho que estaba progresando la vaporización, dado que el medidor de eco había sido averiado por el campo magnético; y nunca pudieron decir luego si eso era bueno o no. Probablemente, los del interior seguían confiados por su fe en las matemáticas. Para los físicos, eso era adecuado, pero no hubiera sido bastante para Ries si hubiera estado con ellos. En cualquier caso, no se preocupó mucho por el destino del cometa una vez hubieron pasado el perihelio; tenía muchos otros problemas, aunque su actividad se había convertido rápidamente en rutinaria. Esto lo dejó libre para maldecir, aunque estrictamente solo pudiera hacerlo para sí mismo.
Donegan se mostró furioso cuando finalmente se dio cuenta de que el sol iba a ocultarse con respecto a su estación de observación, mientras aún estaba lo bastante cerca como para poder ser fotografiado. Sin embargo, tal como le sucedía a Ries, no tenía forma de expresar su preocupación de ninguna manera en que alguien pudiera oírle; y, según resultó, hubiera sido malgastar saliva. Las observaciones fueron finalizadas aún antes por otra cosa.

Habían retrocedido hasta lo que originalmente fue el tercer recoveco del túnel, y en este punto el pasadizo corría horizontalmente durante un trecho. Pawlac acababa de llegar al otro extremo de este tramo recto con lo que esperaba sería la última carga de nieve, cuando algo cayó suavemente a través del techo entre él y Ries. Saltó hacia ello, dejando caer su carga, y descubrió que era uno de los instrumentos que habían estado en la superficie. Su carcasa de plata estaba ligeramente corroída, y las patas de su montura lo estaban mucho. Aparentemente, su capacidad de reflexión había disminuido a causa de los cambios superficiales, y estaba absorbiendo más energía que un área equivalente del cometa; así que su temperatura había subido consecuentemente, y se había abierto paso por fusión hasta las profundidades.
Aunque el Sol se hallaba muy bajo, brillaba por el agujero dejado por el instrumento, evidentemente el pozo que había hecho era muy ancho y poco profundo. Pawlac rodeó el instrumento y fue hasta Ries, cuya atención estaba fijada en otra parte, y le informó de lo que había sucedido. El instrumentista miró hacia atrás por el túnel y comenzó a tirar del cable unido a Donegan. El físico estaba furioso cuando llegó, y el hecho resultó evidente cuando los tres cascos se hubieron unido.
—¿Qué infiernos sucede aquí? —fulminó—. No querrás hacerme creer que mi escudo ha sido vaporizado de nuevo. No llevo ahí ni cinco minutos, y las cargas duran más ahora. So idiota, estamos perdiendo el Sol; no puedes hacerme regresar porque alguien tenga dolor de cabeza o no pueda leer un reloj...
Pawlac le interrumpió repitiendo su información. No afectó a Donegan.
—¿Y qué? —estalló—. Ya esperábamos eso. Todos los instrumentos alrededor de la boca del túnel se han hundido... De todas maneras, ahora estamos en un gran pozo. Eso no hace que las cosas sean peores... perderemos la visión del Sol mucho antes. ¡Ahora, dejadme volver a trabajar!
—Vuelve a trabajar si quieres, siempre que lo hagas solo con tu vista —le replicó Ries—. Pero la cámara va a volver a la nave inmediatamente. Hay una cosa que olvidamos... o quizá fue simplemente que asumimos que el amoníaco gaseoso en esta concentración y a esta temperatura no afectaría a la plata. Quizá no se trate del amoníaco; tal vez sea algo que hayamos captado de la corona, ¡pero mira a esa cámara tuya! Ha desaparecido todo su brillo. Está absorbiendo calor mucho más aprisa de lo que se esperaba, y sin embargo no lo pierde con mayor rapidez. Si ese cartucho de película ya expuesta que tienes ahí dentro se calienta demasiado, habrás malgastado todo el trabajo. Ahora vamos, o bien déjame que yo mismo me lleve la cámara de regreso.
Ries comenzó a caminar a lo largo del túnel sin más palabras, y el físico lo siguió a regañadientes.
Dentro de la nave, Donegan desapareció con su preciosa película, sin tomarse tiempo de dar las gracias a Ries.
—Menudo egoísta —murmuró Pawlac—. Ni una palabra a nadie... simplemente se va a revelar su película antes de que alguien le abra el cartucho.
—No puedo echarle las culpas —le dijo suavemente Ries—. Ha trabajado mucho para obtenerla.
—¿Qué él ha trabajado mucho? ¿Y qué hay de nosotros? ¿Y qué de ti? Después de todo, tú fuiste quien tuvo la idea...
—Cuidado, Joe, o me van a quitar el apodo para pasártelo a ti. Ven; quiero ir a ver a Doc Sonne. Me duelen los pies —se dirigió hacia la cubierta principal, y Pawlac trotó tras él, gruñendo. Para cuando llegó el ingeniero, el resto del grupo estaba avasallando a Ries con sus felicitaciones, y el tipo estaba sonriendo abiertamente. Comenzaba a parecer que el apodo «Gruñón» tendría que buscarse un nuevo usuario.
Pero los hábitos son difíciles de romper. El doctor se aproximó y, sin sacarle las botas al paciente, tomó un tubo de ungüento de su maletín.
—Ungüento para quemaduras —dijo el doctor—. Probablemente será bastante; no puede ser demasiado malo. Te tendré arreglado en un minuto. Saquemos esas botas.
—Pues vaya —dijo Ries en voz alta—. Ni siquiera el doctor sabe ya hacer las cosas bien por aquí. Físicos que quieren que el equipo «A» sea reparado durante el momento «B»... que no le dejan a un hombre hacer su trabajo en la única forma en que se puede hacer... que no le dan a una persona el tiempo necesario para descansar... y ahora —era el viejo gruñón de nuevo— un hombre se pasa un par de horas o así nadando entre sacos de metano helado, que se funde a unos ciento ochenta y cinco grados bajo cero, y el doctor quiere usar ungüento para quemaduras. ¿Quieres hacer el favor de traer el remedio para los casos de congelación, por favor? Me duelen los pies.


FIN

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