Jane
Cleveland hojeó las páginas del Daily Leader y un profundo suspiro salió
de lo más recóndito de su ser. Contempló con disgusto la mesa de mármol, el
huevo escalfado reposando sobre una tostada, y la pequeña tetera. No era porque
no tuviese apetito. Ése no era su caso. Jane tenía un hambre canina, y en
aquellos momentos hubiera consumido una libra y media de bistec bien
condimentado con patatas fritas, y a ser posible con guisantes franceses. Todo
ello, acompañado mejor de un buen vino que con té.
Pero las
jovencitas que se hallan en precaria situación económica no pueden escoger, y
Jane tuvo la suerte de poder pedir un huevo escalfado, y un poco de té. No era
muy probable que pudiera hacerlo al día siguiente. Es decir, a menos que...
Volvió a
repasar las columnas de anuncios del Daily Leader. Para hablar sin
ambages, Jane estaba sin empleo, y su situación se estaba haciendo apurada, y
ya la patrona de la humilde pensión en que se hospedaba comenzaba a mirarla con
desprecio.
—Y no
obstante —se decía Jane alzando su barbilla con indignación, gesto habitual en
ella—. Y no obstante, soy inteligente, y bonita... y bien educada. ¿Qué más se
puede pedir?
Según el Daily
Leader, solicitaban mecanógrafas de gran experiencia, directores para
negocios que tuvieran un capital que invertir, señoras que pudieran dedicarse
al cultivo de una granja agrícola (también se requería disponer de capital), e
innumerables cocineras, doncellas, camareras... sobre todo camareras.
—No me
importaría hacer de camarera —se dijo Jane—. Pero tampoco me aceptarán sin
experiencia. Podría presentarme como aprendiza... pero no pagan gran cosa.
Y volviendo
a suspirar dejó el periódico ante ella y se dispuso a atacar el huevo escalfado
con todo el vigor de su juventud.
Cuando hubo
terminado el último bocado, volvió a ocuparse del periódico y estudió la
columna de anuncios, mientras bebía el té. Aquélla era siempre la última
esperanza.
De haber
tenido un par de miles de libras, la cosa hubiera sido sencilla. Por lo menos
había siete oportunidades únicas... todas produciendo por lo menos tres mil al
año. Jane se mordió el labio.
—Si tuviera
dos mil libras —murmuró—, no sería fácil separarme de ellas.
Repasó
rápidamente la columna desde el principio al fin con la natural facilidad que
proporciona la práctica.
Había una
señora que pagaba espléndidamente la ropa usada, y que inspeccionaba los
guardarropas femeninos a domicilio. Caballeros que lo compraban «todo»... pero
principalmente «dientes». Señoras que marchaban al extranjero y vendían sus
pieles por cifras ridículas. Sacerdotes desesperados y viudas, oficiales
retirados... todos precisando sumas que oscilaban desde las cincuenta libras a
las doscientas. Y de pronto Jane se detuvo ante un anuncio que volvió a leer
dejando la taza de té que saboreaba.
—Claro que
debe haber alguna pega —murmuró—. Siempre las hay en estas cosas. Tendré que
andar con cuidado. Pero sin embargo...
El anuncio
que tanto intrigaba a Jane Cleveland decía así:
«Si una
joven de veinticuatro a treinta años, ojos azul oscuro, cabello muy rubio,
pestañas y cejas negras, nariz recta, figura esbelta, de un metro sesenta y
ocho de estatura, buena imitadora, y que hable francés, se presenta en la calle
Endersleigh, número 7, entre las cinco y las seis de la tarde, se enterará de
algo que le interesa.»
—Así es
como se descarrían muchas chicas —murmuró Jane—. Desde luego, tendré que tener
cuidado. Pero la verdad es que dan demasiados detalles para que se trate de una
cosa así. Quisiera saber... Volvamos a repasarlo.
—De
veinticinco a treinta años... yo tengo veintiséis. Ojos azul oscuro, eso está
bien. Cabello muy rubio... pestañas y cejas negras... de acuerdo. ¿Nariz
recta...? Ssíííí... por lo menos bastante recta. No la tengo jorobada ni
respingona. Y tengo una figura esbelta... incluso para lo que se estila hoy en
día. Sólo mido un metro sesenta y cinco, pero podría ponerme tacones altos.
Buena imitadora lo soy... nada del otro jueves, pero sé copiar las voces de los
demás, y hablo francés como un ángel o una francesa. En resumen, soy
precisamente lo que necesitan. Tendrán que desmayarse de placer al verme. Jane
Cleveland, preséntate y gana el puesto.
Con
resolución rasgó el anuncio, guardándolo en su bolso. Luego pidió la cuenta con
nuevos bríos.
A los diez
minutos se encontraba en las cercanías de la calle Endersleigh, que era una
callejuela situada entre dos mayores en la vecindad de Oxford Circus. Modesta,
pero respetable.
El número
siete no se diferenciaba nada de las demás casas colindantes, pero al mirarla,
Jane cayó en la cuenta, por primera vez, que no era ella la única rubia de ojos
azules, nariz recta, y figura esbelta entre los veinticinco y los treinta años.
Evidentemente, Londres estaba lleno de muchachas semejantes, y por lo menos
cuarenta o cincuenta de ellas se agrupaban ante el número siete de la calle
Endersleigh.
«Competencia
—pensó Jane—. Será mejor que me apresure a reunirme con la masa.»
Y mientras
lo hacía otras tres muchachas más doblaron la esquina de la calle. Otras las
siguieron, y Jane se entretuvo en buscar defectos a sus vecinas más inmediatas.
En cada caso lograba encontrar alguno... pestañas rubias en vez de oscuras,
ojos más bien grises que azules, cabellos rubios que lo eran gracias al agua
oxigenada; interesante variedad de narices, y figuras que sólo un alma
caritativa habría calificado de esbeltas. Jane se animó.
—Creo que
tengo tantas posibilidades como cualquiera —murmuró para sí—. Quisiera saber de
qué se trata. Supongo que de escoger un grupo de coristas.
La cosa se
movía lenta, pero continuamente, y no tardaron en empezar a desfilar las que
iban saliendo de la casa, unas meneando la cabeza, otras sonriendo con aire
estúpido.
«Rechazadas
—se decía Jane con alegría—. Espero que no tengan ya bastantes cuando me toque
a mí.»
Y la cola
seguía avanzando. Todas dirigían miradas nerviosas a sus espejitos y se
empolvaban la nariz.
«¡Ojalá
tuviera un sombrero más elegante!», se dijo Jane con pesar.
Al fin le
tocó el turno. En el interior de la casa, había una puerta de cristal con la
leyenda: Señores Cuthbertsons. Y era por esa puerta por donde entraban las
aspirantes una por una. Le llegó la vez a Jane, y entró tomando aliento.
Dentro
había una oficina, sin duda para los empleados, y al final otra puerta de
cristal. Jane fue acompañada hasta allí y se encontró en una habitación muy
reducida, donde había un gran escritorio, y detrás del escritorio un hombre de
mediana edad, de aspecto extranjero, con un gran bigote. Luego de dirigir a
Jane una mirada, le indicó una puerta que había a la izquierda.
—Espere
ahí, por favor —le dijo en tono seco.
Jane
obedeció. El departamento en donde entrara estaba ya ocupado por cinco
muchachas, todas muy erguidas, que se miraban unas a otras. Jane comprendió al
punto que había sido incluida entre las candidatas probables y sus esperanzas
crecieron. Sin embargo, vióse obligada a admitir que aquellas cinco chicas
tenían tantas probabilidades de ser elegidas como ella misma: en cuanto a las
condiciones del artículo se refería estaban de conformidad.
El tiempo
fue pasando. Sin duda continuaban pasando muchachas por la oficina interior. La
mayoría eran despedidas por otra puerta, que daba al pasillo, pero de cuando en
cuando una nueva elegida iba a reunirse con las seleccionadas. A las seis y
media eran catorce las allí reunidas.
Jane oyó un
murmullo de voces en la oficina exterior, y luego el caballero de aspecto
extranjero a quien ella había bautizado mentalmente con el sobrenombre de «El
Coronel», debido al aire marcial de sus bigotes, apareció en el umbral de la
puerta.
—Ahora,
señoritas, si me hacen el favor, las iré recibiendo de una en una —anunció—.
Por el orden en que han ido llegando.
Jane,
naturalmente, era la sexta, y transcurrieron veinte minutos antes de que la
llamaran. «El Coronel» estaba de pie con las manos a la espalda. Rápidamente
examinó su francés y midió su altura.
—Señorita,
es posible que usted nos sirva —dijo en francés—. No lo sé, pero es probable.
—¿Cuál es
el empleo, si puedo preguntarlo? —dijo Jane de pronto.
Él se
encogió de hombros.
—Eso
todavía no puedo decírselo. Si la escogen... entonces lo sabrá.
—Eso
resulta muy sospechoso —objetó Jane—. Yo no puedo comprometerme a nada sin
saber de qué se trata. ¿Tiene relación con la escena?
—¿La
escena? Desde luego que no.
—¡Oh!
—exclamó Jane muy sorprendida.
Él la
miraba fijamente.
—¿Es usted
inteligente? ¿Y discreta?
—Tengo
toneladas de inteligencia y discreción —repuso Jane con calma—. ¿Y qué hay del
sueldo?
—El sueldo
asciende a dos mil libras... por quince días de trabajo.
—¡Oh!
—exclamó Jane con desmayo. Estaba demasiado aturdida por la esplendidez de la
suma para recobrarse en seguida. «El Coronel» continuó hablando.
—He
seleccionado ya a otra señorita. Las dos son igualmente aceptables. Tal vez
haya otras que aún no he visto. Le daré instrucciones sobre lo que debe hacer a
continuación. ¿Conoce el Hotel Harridge?
Jane tragó
saliva. ¿Quién no conocía el Hotel Harridge en Inglaterra? Era un famoso establecimiento
situado modestamente en una calle secundaria de Mayfair, donde celebridades y
realezas entraban y salían como quien no hace la cosa. Aquella misma mañana,
Jane había leído la llegada al hotel de la gran duquesa Paulina de Ostrova,
quien había venido para inaugurar una gran tómbola pro ayuda de los refugiados
rusos, y naturalmente, se hospedaba en el Harridge.
—Sí —dijo
Jane respondiendo a la pregunta del «Coronel».
—Muy bien.
Vaya allí. Pregunte por el coronel Strepttich. Enséñele su tarjeta... ¿tiene
usted una tarjeta?
Jane le
mostró una, en la que él escribió una P. diminuta en una esquina. Luego volvió
a dársela.
—Así es
seguro que la recibirá. Sabrá que yo la envío. La decisión final depende de
él... y de otra persona. Si él la considera aceptable, le explicará de qué se
trata, y usted puede aceptar o rechazar su proposición. ¿Satisfecha?
—Sí —repuso
Jane.
—Hasta
ahora —murmuró para sí mientras salía a la calle—, no veo la pega por ningún
lado. Y no obstante, debe haberla. Nadie da dinero por nada. ¡Debe tratarse de
un crimen! ¡No se me ocurre nada más!
Se fue
animando. Jane no tenía nada contra el crimen... moderado. Últimamente los
periódicos no hablaban más que de las hazañas de varias muchachas bandidos, y
Jane había pensado en ser una de ellas si le fallaba todo lo demás.
Penetró en
el vestíbulo del Harridge con ligera inquietud. Deseaba más que nunca haber
tenido un sombrero nuevo.
Pero avanzó
valientemente hacia la conserjería, donde mostró la tarjeta sin la menor
vacilación. Imaginóse que el encargado la miraba con cierta curiosidad. Sin
embargo, tomó su tarjeta y luego la entregó a un botones, dándole instrucciones
en voz baja, que Jane no pudo entender. Al fin regresó el botones y Jane fue
invitada a acompañarle. Subieron en el ascensor y atravesaron un pasillo al que
daban varias habitaciones de doble puerta, y a una de ellas llamó el botones.
Un instante después, Jane encontróse en una amplia estancia, frente a un hombre
alto de barba rubia, que sostenía su tarjeta en su mano blanca y distinguida.
—Señorita
Cleveland —leyó despacio—. Yo soy el conde Strepttich.
Sus labios
se separaron, en un gesto que sin duda quería ser una sonrisa, mostrando dos
hileras de blancos dientes, pero sin conseguir animar su rostro lo más mínimo.
—Tengo
entendido que ha venido usted por nuestro anuncio —continuó el conde—. Y la
envía aquí el buen coronel Kranin.
«Era
coronel», pensó Jane satisfecha de su perspicacia, mas limitóse a inclinar la
cabeza.
—¿Me
permitirá que le haga algunas preguntas?
Y sin
esperar respuesta le hizo una serie semejante a las que ya le hiciera el
coronel Kranin. Sus contestaciones parecieron complacerle, y de cuando en
cuando asentía con la cabeza.
—Ahora
quisiera pedirle que anduviera hasta la puerta y luego regresara lentamente.
«Quizá me
quieran para maniquí —pensó Jane obedeciendo—. Pero no pagarían dos mil libras.
No obstante creo que de momento será mejor no hacer preguntas.»
El conde
Strepttich tenía el ceño fruncido, y golpeaba la mesa con sus dedos pálidos. De
pronto se puso en pie, y abriendo la puerta de una habitación contigua, habló a
alguien que se encontraba en su interior. Luego volvió a sentarse, y una mujer
de mediana edad entró por aquella puerta, cerrándola tras sí. Era rolliza y
extremadamente fea, pero a pesar de todo tenía el aire de una persona de
importancia.
—Bueno, Ana
Michaelovna —dijo el conde—. ¿Qué te parece esta joven?
La dama
estuvo mirando a Jane de arriba abajo, como si la muchacha fuera un trabajo de
artesanía expuesto en una exposición. No hizo el menor comentario, ni la
saludó.
—Puede
servir —dijo al fin—. El parecido real, en el sentido de la palabra, es bien
poco, pero la figura y el colorido son mucho mejores que en las demás. ¿Qué
opinas tú, Feodor Alejandrovitch?
—Estoy
completamente de acuerdo contigo, Ana Michaelovna.
—¿Habla
francés?
—Su francés
es excelente.
Jane estaba
cada vez más confundida. Ninguno de aquellos dos desconocidos parecía darse
cuenta de que ella era un ser humano.
—¿Pero será
discreta? —preguntó la dama frunciendo el ceño.
—Ésta es la
princesa Poporensky —dijo el conde Strepttich dirigiéndose a Jane en francés—.
Pregunta si sabrá usted ser discreta.
Jane
dirigió su respuesta a la princesa.
—A menos
que no conozca cuál es su proposición, no puedo prometer nada.
—Tienes
razón, pequeña —observó la dama—. Creo que es inteligente, Feodor
Alexandrovitch... más inteligente que las otras. Dígame, pequeña, ¿es usted
también valiente?
—No lo sé
—replicó Jane extrañada—. No me gusta que me hagan daño, pero puedo soportarlo.
—¡Ah! No me
refiero a eso. ¿Le importa el peligro?
—¡Oh!
—exclamó Jane—. ¡Peligro! No me importa. Me gusta el peligro.
—¿Y usted
es pobre? ¿Le gustaría ganar mucho dinero?
—Pruébeme —dijo
Jane casi con entusiasmo.
El conde
Strepttich y la princesa Poporensky cambiaron una mirada y luego asintieron de
común acuerdo.
—¿Puedo
explicarle de qué se trata, Ana
Michaelovna? —preguntó el primero.
La princesa
meneó la cabeza.
—Su alteza
desea hacerlo ella misma.
—Es
innecesario... e imprudente.
—Sin
embargo, ésas son sus órdenes. Tengo que llevarle a la joven en cuanto usted
haya terminado con ella.
Strepttich
se alzó de hombros. Era evidente que no estaba satisfecho, y también que no
estaba dispuesto a desobedecer. Volvióse hacia Jane.
—La
princesa Poporensky le presentará a su alteza la Gran Duquesa Paulina. No se
asuste.
Jane no
estaba nada asustada, sino contentísima ante la perspectiva de ser presentada a
un personaje de sangre real como la Gran Duquesa. En Jane no había la menor
idea socialista. Y en aquel momento hasta había dejado de preocuparse por su
sombrero.
La princesa
Poporensky abrió la marcha, avanzando con un aire que ella lograba revestir de
cierta dignidad, a pesar de las circunstancias adversas. Pasaron por la
habitación contigua, que era una especie de antecámara, y la princesa llamó a
otra puerta que había en la pared del fondo. Una voz contestó desde dentro, y
la princesa entró seguida de Jane, que le pisaba los talones.
—Permítame
presentarle, madame —dijo la princesa en tono solemne—, a la señorita Jane
Cleveland.
Una joven
que estaba sentada en un gran butacón al otro extremo de la estancia, se puso
en pie rápidamente avanzando hacia ellas. Estuvo mirando fijamente a Jane
durante unos minutos y luego se echó a reír regocijada.
—Pero si es
espléndida, Ana —exclamó—. Nunca imaginé que tuviéramos tanto éxito. Vamos,
veamos qué tal resultamos de lado.
Y cogiendo
a Jane del brazo la llevó delante de un gran espejo que colgaba de la pared.
—¿Lo ve?
—exclamó vivamente—. Es un conjunto perfecto.
Jane, a la
primera ojeada, había empezado a comprender. La gran duquesa era una joven un
año o dos mayor que Jane. Tenía el mismo color de pelo y la misma figura
esbelta. Era, tal vez, un poco más alta, pero ahora que estaban al lado su
parecido era evidente. Detalle por detalle su colorido era exactamente el
mismo.
La Gran
Duquesa aplaudió con entusiasmo. Parecía una joven muy alegre.
—No
podíamos haber encontrado nada mejor —declaró—. Debes felicitar a Feodor
Alexandrovitch de mi parte, Ana. Lo ha hecho muy bien.
—Madame,
esta joven no sabe todavía lo que queremos de ella —dijo la princesa en voz
baja.
—Cierto
—repuso la Gran Duquesa hablando con un poco más de calma—. Lo había olvidado.
Bueno, se lo aclararé. Déjenos solas, Ana Michaelovna.
—Pero,
madame,..
—Te digo
que nos dejes solas...
Y golpeó el
suelo con el pie. De mala gana, Ana Michaelovna abandonó la habitación. La Gran
Duquesa se dispuso a tomar asiento, indicando a Jane que hiciera lo propio.
—Estas
viejas son muy pesadas —observó Paulina—. Pero hay que tenerlas. Ana
Michaelovna es mejor que la mayoría. Y ahora, señorita... ah, sí, señorita
Cleveland. Me gusta el nombre. Y usted también me gusta. Es simpática. Adivino
en seguida si una persona es simpática.
—Es usted
muy inteligente, madame —dijo Jane hablando por primera vez.
—Sí, lo soy
—repuso Paulina con calma—. Vamos. Voy a explicárselo todo. Usted conoce la
historia de Ostrova. Prácticamente toda mi familia ha muerto... asesinada por
los comunistas. Yo soy tal vez la última descendiente de esta rama, pero soy
una mujer y no puedo ocupar el trono. ¿Usted cree que aún así me dejan en paz?
Que va, dondequiera que voy se organizan atentados para asesinarme. ¿Absurdo,
no? Esos brutos bebedores de vodka nunca tuvieron el menor sentido de la
proporción.
—Comprendo
—dijo Jane empezando a darse cuenta de lo que iban a pedirle.
—La mayor
parte de mi vida la paso retirada... donde puedo tomar precauciones, pero de
cuando en cuando tengo que tomar parte en ceremonias públicas. Por ejemplo,
mientras esté aquí tengo que asistir a varios actos semipúblicos. Y también en
París a mi regreso. Ya sabe usted que tengo una finca en Hungría. Allí los
deportes son magníficos.
—¿De veras?
—dijo Jane.
—Soberbios.
Yo adoro los deportes. Además... no debiera decírselo, pero lo haré porque me
es simpática... allí se han hecho ciertos planes, muy calladamente, ¿comprende?
Y es muy importante que yo no sea asesinada durante las dos próximas semanas.
—Pero sin
duda la policía... —comenzó a decir Jane.
—¿La
policía? Oh, sí, creo que es muy buena. Y nosotros también... tenemos nuestros
espías. Es posible que se me avise antes de que tenga lugar el atentado. Pero
también es posible que ocurra lo contrario.
Se encogió
de hombros.
—Empiezo a
comprender —dijo Jane lentamente—. ¿Quiere que yo ocupe su puesto?
—Sólo en
ciertas ocasiones —replicó la Gran Duquesa—. ¿Comprende? Usted ha de estar a
mano. Tal vez la necesite dos, tres o cuatro veces durante los próximos quince
días. Cada vez con motivo de algún acto público, naturalmente que no tendrá que
representarme para nada en la intimidad.
—Desde
luego —convino Jane.
—Usted lo
hará muy bien. Feodor Alexandrovitch fue muy listo al pensar en el anuncio, ¿no
le parece todo bien meditado?
—Supongamos
—dijo Jane— que en uno de los actos me asesinaran.
La Gran
Duquesa se encogió de hombros.
—Existe ese
riesgo, por supuesto, pero según nuestra información secreta, quieren raptarme,
y no quitarme de en medio. Pero voy a serle sincera... siempre es posible que
arrojen una bomba.
—Ya —dijo
Jane, tratando de imitar el tono despreocupado de Paulina. Deseaba llegar a la
cuestión del dinero, pero no sabía cómo desviar la conversación por aquel
terreno, mas Paulina le ahorró la molestia.
—Claro que
le pagaremos bien —dijo Paulina con despreocupación—. No recuerdo exactamente
cuánto dijo Feodor Alexandrovitch. Hablamos en francos o coronas.
—El coronel
Kranin —dijo Jane— habló de unas dos mil libras.
—Eso es
—replicó Paulina con el rostro iluminado—. Ahora lo recuerdo. Es bastante,
supongo. ¿O preferiría que le diéramos tres mil?
—Pues —dijo
Jane—, si le es lo mismo, prefiero las tres mil.
—Ya veo que
entiende usted de negocios —repuso la Gran Duquesa en tono amable—. Ojalá yo
fuese así. Pero no tengo la menor idea de lo que vale el dinero. Lo que quiero
tener, lo tengo; eso es todo.
A Jane le
pareció que poseía una admirable disposición de ánimo.
—Y claro
está, como usted dice, existe peligro —continuó Paulina, tranquilamente—.
Aunque no me parece que a usted le asuste el peligro. A mí tampoco. Espero que
no me crea una cobarde por querer que usted ocupe mi puesto. Comprenda, es muy
importante para Ostrova que yo me case y tenga por lo menos dos hijos. Después,
ya no importa lo que pueda ocurrirme.
—Comprendo.
—¿Y acepta?
—Sí
—replicó Jane con resolución—. Acepto.
Paulina
aplaudió con entusiasmo, e inmediatamente apareció la princesa Poporensky.
—Se lo he
contado todo, Ana —anunció la Gran Duquesa—. Hará lo que queremos y recibirá a
cambio tres mil libras. Dile a Feodor que tome nota. Se parece mucho a mí,
¿verdad? Aunque creo que ella es mucho más bonita.
La princesa
salió de la habitación regresando con el conde Strepttich.
—Todo
arreglado, Feodor Alexandrovitch —le dijo la Gran Duquesa.
—¿Sabrá
representar su papel? —preguntó mirando a Jane con aire dudoso.
—Se lo demostraré —dijo la joven
de pronto—. ¿Me permite, madame?
—preguntó a la Gran Duquesa.
La aludida
asintió encantada. Jane se puso de pie.
—¡Pero si
es magnífica, Ana —dijo—. Nunca pensé que nos saliera tan bien. Vamos, veamos
qué tal resultamos de lado.
Y, lo mismo
que hiciera Paulina, la arrastró hasta el espejo.
—¿Lo ves?
¡Un conjunto perfecto!
Palabras, gestos
y maneras fueron una excelente imitación del recibimiento de
Paulina. La princesa asintió
demostrando su aprobación.
—Muy bien
—declaró—. Engañará a todo el mundo.
—Es usted
muy inteligente —dijo Paulina—. Yo no podría imitar a nadie, ni siquiera para
salvar la vida.
Jane la
creyó. Ya se había dado cuenta de que Paulina era una joven de gran
personalidad.
—Ana
dispondrá todos los detalles —dijo la Gran Duquesa—. Llévala a mi dormitorio,
Ana, y pruébale algunos trajes.
Le dedicó
un gracioso saludo de despedida, y Jane fue acompañada por la princesa
Poporensky.
—Éste es el
que su alteza se pondrá para inaugurar la tómbola —explicó la anciana
mostrándole una atrevida creación en blanco y negro—. Eso será dentro de tres
días. En esa ocasión es posible que sea necesario que usted ocupe su puesto. No
lo sabemos. Aún no hemos recibido información.
A una
indicación de Ana, Jane se quitó el vestido para probarse el de la Gran
Duquesa. Le sentaba perfectamente y la anciana asintió con aire aprobador.
—Casi
perfecto... Una pizca demasiado largo para usted... porque es un poco más baja
que su alteza.
—Eso puede
remediarse fácilmente —apresuróse a decir Jane—. La Gran Duquesa lleva zapatos
bajos, según he observado. Yo puedo llevar la misma clase de zapatos, pero con
tacón alto, y así su ropa me sentará perfectamente bien.
Ana
Michaelovna le enseñó los zapatos que la Gran Duquesa solía llevar con aquel
vestido. Eran de piel de lagarto e iban sujetos por una tirita. Jane se propuso
agenciarse un par semejante, pero con tacones altos.
—Sería
conveniente —dijo Ana Michaelovna— que usted tuviera un vestido de forma y
color bien distinto al de su alteza. Así, en caso de que fuera necesario
que ocupara su puesto en un momento dado, sería menos probable que se notara la
sustitución.
Jane
reflexionó unos instantes.
—¿Qué le
parece uno de marocain rojo fuego? Y tal vez sería conveniente que me
pusiera unos lentes de cristal normales. Eso desfigura mucho.
Ambas
sugerencias fueron aprobadas y pasaron a tratar de otros detalles.
Jane
abandonó el hotel con cien libras en billetes de Banco e instrucciones para
comprar las ropas necesarias y encargar habitaciones en el Hotel Britz bajo el
nombre de señorita Montresor, de Nueva York.
Al cabo de
dos días fue a verla el conde Strepttich.
—Buena
transformación —le dijo al saludarla.
Jane le
hizo una ridícula reverencia para corresponder. Le divertía mucho el estrenar
ropa y el lujo de su nueva vida.
—Todo esto
es muy agradable —suspiró—. Pero supongo que su visita significa que debo darme
prisa y ganar mi dinero.
—Eso es.
Hemos recibido información. Se cree posible que intenten secuestrar a su alteza
durante el camino de regreso de la tómbola. Como usted ya sabe, esto tendrá
lugar en Orion House, que está a unos diecisiete kilómetros de Londres. Su
alteza se ve obligada a asistir a esa inauguración en persona, puesto
que la condesa de Anchester la conoce personalmente. Pero luego he trazado un
plan.
Jane
escuchó atentamente mientras se lo explicaban. Hizo algunas preguntas y al fin
declaró que había comprendido a la perfección la parte que debía representar.
El día
siguiente amaneció claro y radiante... un día perfecto para uno de los mayores
acontecimientos de la temporada londinense, organizado por la condesa de
Anchester en pro de los refugiados ostrovianos en su país.
Habiendo
tenido en cuenta la inestabilidad del clima inglés, la tómbola se había
instalado en las espaciosas salas de Orion House, que llevaba varios siglos en
posesión de los condes de Anchester. Se habían donado varias colecciones y una
encantadora idea fue que cien damas de la sociedad dieran una perla de sus
respectivos collares cada una, que serían subastadas en el segundo día. Además,
había numerosas atracciones en los jardines.
Jane fue
allí muy temprano en su papel de señorita Montresor. Llevaba un vestido de marocain
rojo llama, y un sombrero pequeño igualmente rojo, y calzaba zapatos de
lagarto de altos tacones.
La llegada
de la Gran Duquesa fue un gran acontecimiento. La escoltaron hasta la
plataforma y allí la obsequiaron con un ramo de rosas que le entregó un niño.
Pronunció un encantador discurso declarando inaugurada la tómbola. El conde
Strepttich y la princesa Poporensky la asistieron.
Vestía el
traje que Jane había visto, blanco con un atrevido estampado en negro, y su
sombrero era una pequeña cloche negra con gran profusión de plumas
blancas cayendo sobre el ala, y un diminuto velo de encaje que cubría medio
rostro. Jane sonrió para sí. La Gran Duquesa recorrió la tómbola, visitando
todos los departamentos, haciendo algunas compras, siempre con su donaire
acostumbrado. Luego se dispuso a abandonar el local.
Jane se
apresuró a intervenir. Habló con la princesa Poporensky, solicitando ser
presentada a la Gran Duquesa.
—¡Ah, sí!
—dijo Paulina con voz clara—. Señorita Montresor... recuerdo su nombre. Creo
que es una periodista americana, según tengo entendido. Ha hecho mucho por
nuestra causa. Celebraré concederle una breve entrevista para su periódico.
¿Hay algún sitio donde podamos hablar tranquilamente?
En seguida
pusieron a disposición de la Gran Duquesa una reducida antecámara, y el conde
Strepttich fue enviado a buscar a la señorita Montresor. En cuanto lo hubo
hecho y se retiró de nuevo, con la ayuda de la princesa Poporensky se verificó
el cambio de ropas.
Tres
minutos después, se abría la puerta dando paso a la Gran Duquesa con el ramo de
rosas junto a su rostro.
Saludando
graciosamente y murmurando unas palabras de despedida a lady Anchester en
francés, logró salir e introducirse en el coche que la estaba esperando. La
princesa Poporensky tomó asiento a su lado y el automóvil partió.
—Bien —dijo
Jane—, ya está. Quisiera saber qué tal le va a la señorita Montresor.
—Nadie se
fijará en ella y podrá salir tranquilamente.
—Es cierto
—observó Jane—. Yo lo hice muy bien, ¿no le parece?
—Representó
su comprometido papel con gran discreción.
—¿Por qué
no viene el conde con nosotras?
—Se ha
visto obligado a quedarse. Alguien tiene que velar por la seguridad de su
alteza.
—Espero que
no nos arrojen bombas —dijo Jane con recelo—. ¡Eh! Estamos abandonando la
carretera principal. ¿Qué es esto?
A toda
velocidad el automóvil había tomado una carretera secundaria.
Jane pegó
un respingo y se asomó a la ventanilla que comunicaba con el chófer, el cual se
limitó a reír y a aumentar la velocidad.
Jane volvió
a dejarse caer en su asiento.
—Sus espías
tenían razón —dijo riendo—. Nos han pescado. Supongo que cuanto más tiempo se
sostenga el error, más segura estará la Gran Duquesa. Sea como fuere, debemos
darle tiempo para que regrese a Londres sana y salva.
Ante la
perspectiva del peligro, Jane se animó. No le atraía la perspectiva de una
bomba, pero aquel tipo de aventura subyugaba su instinto temerario.
De pronto
el automóvil se detuvo con gran chirrido de frenos y un hombre abrió la
portezuela enarbolando un revólver.
—¡Manos
arriba! —les dijo.
La princesa
Poporensky alzó las manos rápidamente, pero Jane limitóse a mirarle con
disgusto, conservando las manos en su regazo.
—Pregúntale
qué significa este ultraje —dijo en francés a su compañera.
Pero antes
de que ésta tuviera tiempo de hablar, el hombre soltó un torrente de palabras
en idioma extranjero.
Sin
comprender una sola palabra, Jane limitóse a encogerse de hombros sin decir
nada. El chófer se había apeado para reunirse con el otro hombre.
—¿Tiene a
bien descender, ilustre dama? —le preguntó con una sonrisa.
Volviendo a
llevarse las rosas a la cara, Jane bajó del coche, seguida de la princesa.
—¿Quiere la
ilustre dama venir por aquí?
Jane hizo
caso omiso del tono burlón y la insolencia de aquel hombre, y por su propia
voluntad avanzó hacia una casucha destartalada que se alzaba a unos cien metros
del lugar donde se detuviera el coche. El camino terminaba ante la verja de la
avenida que conducía a aquel edificio, al parecer deshabitado.
El hombre,
todavía blandiendo la pistola, se acercó a las dos mujeres, y al subir los
escalones pasó delante de ellas y abrió una puerta que había a la izquierda.
Era una
habitación vacía con una mesa y dos sillas.
Jane entró,
ocupando una de las sillas. Ana Michaelovna la siguió, y el hombre, cerrando la
puerta de golpe, echó la llave.
Jane se
acercó a la ventana y atisbo al exterior.
—Claro que
podría saltar —observó—. Pero no iría muy lejos. No, de momento hemos de
quedarnos aquí y pasarlo lo mejor posible. Quisiera saber si van a traernos
algo de comer.
Cosa de
media hora más tarde su pregunta fue contestada.
Le trajeron
un gran bol lleno de sopa humeante y dos pedazos de pan seco.
—Es
evidente que no gastan ningún lujo con los aristócratas —observó Jane
alegremente cuando la puerta se hubo cerrado de nuevo—. ¿Empieza usted o lo
hago yo?
La princesa
descartó, horrorizada, la idea de comer.
—¿Cómo voy
a poder comer? ¿Quién sabe en qué peligro puede hallarse mi señora?
—Ella está
perfectamente —repuso Jane—. Soy yo la que me preocupa. Esta gente no se
alegrará mucho al descubrir que han raptado a otra. La verdad es que pueden
ponerse desagradables. Me haré la altiva Gran Duquesa mientras pueda, e
intentaré huir si se presenta la ocasión.
La princesa
Poporensky nada contestó.
Jane, que
estaba hambrienta, tomó la sopa, que tenía un gusto extraño, pero estaba
caliente y sabrosa.
Después
comenzó, a sentir sueño. La princesa Poporensky sollozaba quedamente, y Jane se
acomodó en una silla lo mejor que pudo y dejó caer la cabeza. Dormía.
• •
• •
Despertóse
sobresaltada. Tenía la sensación de haber estado durmiendo mucho tiempo. Sentía
la cabeza pesada.
Y entonces
vio algo que despertó de nuevo todas sus facultades. Llevaba puesto el traje de
marocain rojo llama.
Se puso en
pie mirando a su alrededor. Sí, todavía estaba en la misma habitación de la
casa deshabitada. Todo estaba exactamente igual que estuviera cuando se durmió,
excepto dos cosas. La primera era que la princesa Poporensky ya no estaba
sentada en la otra silla. Y la segunda, el inexplicable cambio de vestido.
«No puedo
haberlo soñado —pensó Jane—. Porque de ser un sueño no estaría aquí.»
Al mirar
hacia la ventana observó otro factor significativo. Cuando se quedó dormida el
sol penetraba por la ventana y ahora la casa proyectaba una larga sombra sobre
la avenida bañada de luz.
—La casa
mira hacia el oeste —reflexionó—. Y cuando me quedé dormida era por la tarde.
Por consiguiente, ahora debe ser la mañana de otro día. La sopa debía tener
alguna droga. Por lo tanto... oh, no sé. Estoy hecha un lío.
Se puso en
pie, acercándose a la puerta. Estaba abierta y se dispuso a explorar la casa,
que halló silenciosa y vacía.
Jane se
tocó su frente dolorida tratando de pensar.
Y entonces
vio un periódico roto caído delante de la puerta principal. Fue uno de los
titulares lo que llamó su atención.
«Mujer
bandido americana en Inglaterra» —leyó—. «La atracadora vestida de rojo.
Sensacional robo en la tómbola de Orion House.»
Jane salió
a la luz del sol, y sentada en los escalones fue leyendo la noticia cada vez
con los ojos más abiertos. El relato era breve y conciso.
Poco
después de la marcha de la Gran Duquesa Paulina, tres hombres y una mujer
vestida de rojo sacando sendos revólveres habían logrado acorralar a la
multitud y luego de apoderarse de las cien perlas huyeron en un veloz coche de
carreras. Hasta el momento no habían sido detenidos.
En las
noticias de última hora (era un periódico de la tarde) se decía que «la mujer
bandido vestida de rojo» había estado hospedada en el Britz como señorita
Montresor, de Nueva York.
—Estoy
lista —se dijo Jaén—. Completamente perdida. Siempre supuse que debía haber
alguna pega.
Y entonces
se sobresaltó. Un extraño grito había rasgado el aire. La voz de un hombre,
murmurando una palabra a intervalos regulares.
—¡Maldición!
—decía—. ¡Maldición! —y luego volvió a repetir—: ¡Maldición!
Jane se
emocionó puesto que expresaba exactamente sus propios sentimientos, y bajó
corriendo el tramo de escalones. En uno de sus lados yacía un hombre que
intentaba levantar la cabeza del suelo, y su rostro era uno de los más hermosos
que viera Jane en su vida. Era pecoso y de expresión ligeramente burlona.
—¡Maldita
cabeza! —decía el joven—. ¡Maldita sea...! Yo...
Se
interrumpió para mirar a Jane.
—Debo estar
soñando —dijo con desmayo.
—Eso mismo dije
yo —repuso Jane—. Pero no soñamos. ¿Qué le ocurre a su cabeza?
—Alguien me
golpeó. Por suerte la tengo bastante dura.
Y consiguió
incorporarse hasta quedar sentado.
—Espero que
mi cerebro no tarde en volver a funcionar. Sigo sin entender nada.
—¿Cómo llegó
aquí? —le preguntó Jane con curiosidad.
—Es una
larga historia. A propósito, no será usted la Gran Duquesa como se llame,
¿verdad?
—No. Soy la
vulgar Jane Cleveland.
—Usted no
es vulgar —replicó el joven, mirándola con franca admiración. Jane enrojeció.
—Debería
traerle un poco de agua, o alguna cosa, ¿no le parece? —le dijo, vacilando.
—Supongo
que es lo acostumbrado —convino el joven—. De todas formas, preferiría whisky,
si logra encontrarlo.
A Jane le
fue imposible encontrar whisky, y el joven, después de beber un vaso de agua,
anunció que se encontraba mejor.
—¿Quiere
que le cuente mis aventuras, o me cuenta usted las suyas? —le preguntó a Jane.
—Usted
primero.
—No tengo
mucho que contar. Observé por casualidad que la Gran Duquesa entraba en aquella
habitación con zapatos bajos y salía con tacones altos. Me pareció bastante
extraño, y a mí no me gustan las cosas raras. Seguí el automóvil en mi
motocicleta y vi que la llevaban a usted a la casa. Unos diez minutos más tarde
llegó un gran coche de carreras, del que se apearon una joven vestida de rojo y
tres hombres. Ella llevaba zapatos de tacón bajo. Poco después volvió a salir
vestida de blanco y negro y se marchó en el primer automóvil, con una vieja y
un hombre alto de barba gris. Los otros se fueron en el coche de carreras.
Pensé que se habían ido todos y estaba intentando entrar por esa ventana y
rescatarla a usted cuando alguien me golpeó en la cabeza por la espalda. Eso es
todo. Ahora le toca a usted.
Jane le
relató sus aventuras.
—Y ha sido
una gran suerte que usted me siguiera —terminó—. ¿Se da cuenta en qué aprieto
estaría, de lo contrario? La Gran Duquesa hubiera tenido una coartada perfecta.
Ella abandonó la tómbola antes de que empezara el atraco, llegando a Londres en
su automóvil. ¿Acaso hubiera creído alguien mi fantástica historia?
—Nadie lo
hubiese creído jamás —replicó el joven.
Habían
estado tan absortos escuchando sus respectivos relatos que se olvidaron de
dónde estaban, y ahora alzaron la cabeza sorprendidos al ver un hombre alto, de
expresión triste, que se apoyaba contra la casa. Les saludó con una inclinación
de cabeza.
—Muy
interesante —comentó.
—¿Quién es
usted? —le dijo Jane.
El hombre
triste parpadeó.
—El
detective inspector Farrell —dijo en tono amable—. Me ha interesado mucho su
historia y la de esta señorita. Nos hubiera resultado difícil creerla por uno o
dos detalles.
—¿Por
ejemplo?
—Pues
verán, esta mañana hemos sabido que la auténtica Gran Duquesa se había fugado
con un chófer en París.
Jane
contuvo la respiración.
—Y luego
supimos que esa «joven bandido americana» había llegado a este país, y
esperábamos que diese algún golpe. Les prometo que les cogeremos muy pronto.
Perdónenme un minuto, ¿quieren?
—¡Vaya!
—exclamó Jane, poniendo mucho énfasis en la expresión. Después, volviéndose
al joven, le dijo:
—Creo que
fue usted muy inteligente al fijarse en el detalle de los zapatos.
—Nada de
eso— replicó el muchacho—. Me he criado entre zapatos. Mi padre es una especie
de rey de la zapatería. Él quería que aprendiera el oficio... que me casara y
sentara la cabeza. Nada de particular, lo corriente, pero yo quería ser
artista... —suspiró.
—Lo siento
—le dijo Jane para consolarle.
—Lo he
estado intentado durante seis años. No hay duda posible. Soy un pintor pésimo.
Tengo intención de dejarlo y regresar a casa como el hijo pródigo. Allí me
espera un buen empleo.
—Un empleo
es una gran cosa —convino Jane, animándose—. ¿Usted cree que yo podría
encontrar uno, aunque fuese de dependienta de zapatería?
—Yo podía
darle uno mejor que éste... si usted quisiera.
—¿Oh, cuál?
—Ahora no
importa. Se lo diré más tarde. ¿Sabe? Hasta ayer nunca había visto una chica
con la que pensara en casarme.
—¿Ayer?
—Sí, en la
tómbola. Entonces la vi... ¡la única! ¡Ella! —Miró fijamente a Jane.
—¡Qué
hermosos están los jacintos! —dijo Jane, apresuradamente y con las mejillas
arreboladas.
—Son
nadalas —repuso el joven.
—No importa
—insistió Jane.
—Desde
luego —convino él, acercándose más a Jane.
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