Un muchacho mensajero trajo una carta que Poirot
leyó en silencio, y mientras leía asomaba a sus ojos el brillo del interés y de
la emoción. Después de despedir al mensajero con breves frases, se volvió a
mirarme.
—Corra, amigo, haga la maleta. Nos vamos a Sharples.
Yo di un salto al oírle mencionar la famosa
residencia campestre de lord Alloway. Presidente del recién formado Ministerio
de Defensa, lord Alloway era miembro distinguido del Gabinete.
Con el nombre de sir Ralph Curtis, director de una
gran empresa de ingeniería, había pasado por la Cámara de los Comunes y se
decía ahora de él que era un hombre de porvenir y que probablemente se le
llamaría a formar Ministerio en el caso que resultasen fundados los rumores que
corrían del mal estado de salud de mister David Mac Adam.
Un hermoso «Rolls Royce» nos aguardaba a la puerta y
mientras corríamos en la oscuridad, abrumé con mis preguntas a Poirot.
—Son más de las once —le dije—. ¿Para qué nos llaman
a esta hora avanzada de la noche?
Poirot meneó la cabeza.
—Debe tratarse de algo muy urgente, sin duda
—repuso.
—Recuerdo —expliqué— que la conducta seguida por
Ralph Curtis con relación a determinadas acciones dio lugar a un escándalo
formidable. Al final se le declaró inocente de la acusación que se le dirigía,
pero es improbable que vuelva a repetirse ahora el hecho, o que haya sucedido
algo por el estilo.
—No creo que me llamasen, aunque así fuera, a hora
tan intempestiva —repuso mi amigo.
Callé porque tenía razón y continuamos el viaje en
medio del mayor silencio. Una vez fuera de la ciudad, el coche redobló la
velocidad y en menos de lo que se cuenta llegamos a Sharples.
Un mayordomo, vestido de pontifical, nos condujo al
punto al pequeño estudio donde nos aguardaba lord Alloway. Al vernos, el digno
caballero se puso en pie de un salto lleno de vigor y de vitalidad.
—Encantado de volver a verle, monsieur Poirot —dijo
a mi amigo—. Ésta es la segunda vez que necesita el Gobierno de sus servicios.
Recuerdo muy bien lo que hizo por nosotros durante la guerra y cómo logró
liberar al Primer Ministro de su secuestro, verificado de manera tan hábil. Sus
magníficas deducciones y su descripción, permítame que lo diga así, despejaron
la situación.
Poirot parpadeó un poco.
—¿Puedo deducir de esto, milord, que va a ofrecerme
la solución de un caso parecido?
—Sí, señor. Sir Harry y yo... oh, permítame que les
presente. Sir Harry Weardale, Primer Lord del Almirantazgo... Monsieur
Poirot... y el capitán...
—Hastings —dije yo.
—He oído hablar de usted con elogio, monsieur Poirot
—dijo sir Harry estrechándonos la mano—. Nos encontramos frente a un
problema insoluble al parecer, y si acierta usted a resolverlo le quedaremos
por siempre extraordinariamente agradecidos.
El Primer Lord del mar era un marino, cuadrado de
hombros, de la antigua escuela, que se granjeó al punto toda mi simpatía.
Poirot les dirigió una mirada de interrogación y
Alloway se encargó de darles las explicaciones necesarias.
—Ante todo, monsieur Poirot, dése cuenta de que todo
lo que voy a decirle es confidencial. Acabamos de sufrir una pérdida muy grave.
Nos han robado los planos del nuevo submarino tipo Z.
—¿Cuándo?
—Esta misma noche, hará cosa de unas tres horas.
Supongo que se dará cuenta de la magnitud del desastre, por qué es esencial que
no se divulgue la noticia de esta pérdida. Mis huéspedes, en estos momentos,
son aquí, el almirante, su mujer y su hija y mistress Conrad, una dama muy
conocida de la buena sociedad. Las señoras se retiraron temprano a descansar...
sobre las diez si mal no recuerdo, lo mismo que mister Leonard Weardale. Sir
Harry estaba aquí porque quería hablar, conmigo de la construcción de ese nuevo
tipo de submarino. De acuerdo con esto rogué a mister Fitzroy, mi secretario,
que sacara los planos de la caja que ve ahí, en el rincón, y que los ordenara
junto con otros documentos diversos que tratan del asunto que traemos entre
manos.
»Mientras obedecía mis instrucciones, el almirante y
yo nos paseábamos por la terraza, fumando y disfrutando del aire tibio de
junio. Cuando concluimos de fumar y de charlar decidimos tratar de negocios.
Cuando dimos media vuelta, en el extremo opuesto de la terraza, yo creí ver una
sombra salir de aquí por la puerta-ventana, cruzar la terraza y desaparecer.
Sin embargo, no presté gran atención al hecho. Sabía que Fitzroy estaba aquí,
en esta misma habitación, y no me pasó por las mientes que pudiera haber ocurrido nada desagradable. Creí mal,
naturalmente. Bien, volviendo sobre nuestros pasos, como ya he dicho, entramos
en el estudio por la puerta de la terraza en el mismo momento en que entraba
Fitzroy por la del vestíbulo.
»—¿Tiene ya preparado todo lo que necesitamos,
Fitzroy? —pregunté.
»—Sí, lord Alloway —me contestó—. He dejado los papeles
encima de la mesa.
»Dicho esto nos
dio las buenas noches. Se dispuso a retirarse a su habitación.
»—¡Un momento! —exclamé acercándome a la mesa—. Voy
a ver si está todo lo que he pensado.
»E hice un rápido examen de los papeles.
»—¿Ve, Fitzroy? Se ha olvidado de lo más importante.
¡De los planos del submarino!
«—Están encima de todo, lord Alloway.
»—Nada de eso, no están.
»Fitzroy avanzó unos pasos, aturdido. La cosa
parecía increíble. Examinamos todos los documentos que había sobre la mesa;
buscamos dentro de la caja de caudales; pero al fin tuvimos que convencernos de
que los planos habían desaparecido en el corto espacio de tres minutos en que
Fitzroy se ausentó de la habitación.
—¿Por qué salió de ella? —interrogó vivamente
intrigado Poirot.
—Eso mismo le pregunté yo —exclamó sir Harry.
—Según parece —explicó lady Alloway— le sobresaltó
un gemido de mujer que oyó cuando acababa de poner en orden los papeles. Salió
corriendo al vestíbulo y encontró allí a la doncella francesa de mistress
Conrad. La muchacha estaba pálida y trastornada y dijo que acababa de ver a un
fantasma, a una alta figura de blanco que avanzaba sin hacer ruido.
Fitzroy se rió de sus temores y le recomendó, en lenguaje más o menos cortés,
que no fuera necia. Luego volvió a esta habitación en el momentos mismo en que
entrábamos por la terraza.
—Todo está muy claro —dijo Poirot pensativo—.
Únicamente cabe preguntar: ¿Ha sido la doncella cómplice del robo? ¿Gimió de
acuerdo con su aliado que acechaba en la sombra o aguardaba en el exterior la
ocasión de poder llegar hasta aquí? Digo aliado porque supongo que sería un
hombre y ¿hombre fue, verdad, no mujer, lo que usted vio?
—No puedo decirlo, monsieur Poirot. Era... una
sombra.
Aquí el almirante emitió un resoplido tan
significativo que no dejó de llamar nuestra atención.
—Se me figura que el señor tiene algo que decir
—manifestó con leve sonrisa Poirot—. ¿Vio usted también a la sombra, sir Harry?
—No, no la vi... ni tampoco Alloway. Supongo que
debió ver la rama de un árbol agitada por el viento y luego, cuando descubrimos
el robo, dedujo que había visto pasar una sombra por la terraza. Su imaginación
le gastó una broma; esto es todo.
—Nadie ha dicho nunca que yo posea imaginación —dijo
lord Alloway con ligera sonrisa.
—¡Bah! Todos la tenemos y todos somos capaces de
convencernos de que hemos visto más de lo que en realidad vimos. Yo me paso la
vida en el mar y tengo experiencia de estas cosas. Miraba, lo mismo que usted,
delante de mí y no vi nada en la terraza.
Parecía tan excitado, que Poirot se puso de pie y se
acercó vivamente a la puerta de cristales, dispuesto a centrar la cuestión.
—¿Me permiten? —dijo—. Vamos a dejar sentado este
punto si nos es posible.
Salió a la terraza y todos le seguimos. Había sacado
una lámpara de bolsillo y paseaba la luz por el borde del césped que ornaba la
terraza.
—¿Por dónde cruzó la sombra, milord? —preguntó.
—Por delante de la puerta de cristales.
Poirot siguió manejando la luz unos minutos más,
yendo y viniendo de aquí para allá hasta que, finalmente, la apagó y enderezó
el cuerpo.
—Sir Harry tiene razón, usted se equivoca, milord
—dijo tranquilamente—. Ha llovido mucho durante toda la tarde y cualquiera que
hubiera hollado el césped hubiera dejado huella. Pero no he visto ninguna
pisada, absolutamente ninguna.
Sus ojos fueron del rostro de uno al rostro del
otro. Lord Alloway parecía aturdido y poco convencido; el almirante expresó
ruidosamente su satisfacción.
—Sabía que no me equivocaba —declaró—. Siempre he
tenido buena vista.
Tenía un aspecto tan típico de honrado lobo de mar
que sonreí sin querer.
—Bien, esto concentra nuestra atención en los demás
habitantes de la casa —dijo Poirot sin alzar la voz—. Volvamos dentro. Veamos,
milord: mientras mister Fitzroy hablaba con la doncella en la escalera, ¿pudo
alguien aprovechar la ocasión para entrar en el estudio por el vestíbulo?
Lord Alloway meneó la cabeza.
—Es absolutamente imposible. Para hacerlo así
hubiera tenido que pasar por delante del secretario.
—¿Está usted seguro de mister Fitzroy?
Lord Alloway se puso encarnado.
—En absoluto, monsieur Poirot. Tengo en él completa
confianza. Es imposible que tenga nada que ver con este asunto.
—Todo parece tan imposible —le aseguró con acento
seco mi amigo— que lo más probable es que los planos desplegaran unas alas
minúsculas y que espontáneamente echasen a volar...
Poirot frunció los labios y sus carrillos asumieron
la forma de un cómico querubín.
—En efecto, todo parece imposible —declaró lord
Alloway con impaciencia—, pero le ruego, monsieur Poirot, que no sueñe en
sospechar de mister Fitzroy. Suponiendo por un momento que hubiera deseado
coger esos planos, ¿no le hubiera sido más fácil sacar copia de ellos que
tomarse el trabajo de robarlos?
—Su observación es bien juste, milord —repuso
Poirot con aire de aprobación—, y ya veo que posee una inteligencia metódica y
ordenada. L'Anglaterre puede sentirse orgullosa de poseerle.
Esta súbita alabanza originó visible embarazo en
lord Alloway y Poirot volvió a nuestro asunto.
—Ustedes estuvieron sentados durante toda la noche
en...
—¿En el salón? Así es.
—Esa pieza tiene también puerta de cristales que da
a la terraza y recuerdo que ha dicho usted que salieron de ella por dicha
puerta. ¿Sería posible que alguien les hubiera imitado y que volviera a entrar
mientras mister Fitzroy estaba fuera del estudio?
—No, porque en ese caso le hubiéramos visto —repuso
el almirante.
—No, si al dirigirse al otro extremo de la terraza
volvían la espalda.
—Fitzroy sólo estuvo fuera del estudio unos minutos,
o sea lo que nosotros tardamos en llegar al extremo de la terraza y volver.
—No importa... es una posibilidad... la única de que
podemos echar mano de momento.
—Pero cuando nosotros salimos del salón no quedó
nadie más en él —dijo el almirante.
—Pudo entrar después.
—¿Quiere decir —manifestó lentamente lord Alloway—
que cuando Fitzroy oyó gritar a la doncella alguien que estaba escondido en el
salón se apresuró a salir tras él y luego entrar por la puerta de cristales y
que sólo dejó el salón cuando hubo vuelto al estudio Fitzroy?
—Mente metódica otra vez —dijo Poirot saludando—.
Expresa usted lo ocurrido perfectamente.
—¿Quizá fue un criado?
—O un huésped. La que chilló fue la doncella de
mistress Conrad. ¿Qué sabe usted de esa señora?
Lord Alloway reflexionó un instante.
—Como ya he dicho, es muy bien vista de la buena
sociedad. Da grandes fiestas y reuniones y va a todas partes. Pero en realidad
nadie sabe de dónde sale, ni conoce su vida pasada. Es una señora que frecuenta
el domicilio de los diplomáticos, así como los círculos del Ministerio de
Asuntos Exteriores lo más posible. El Servicio Secreto se pregunta: «¿Por qué?»
—Comprendo —dijo Poirot—. ¿Y la han invitado a pasar
con ustedes el fin de semana?
—Sí, al objeto de... ¿cómo diría yo...?, de poder
observarla más de cerca.
—Parfaitement! Es posible, no obstante, que
se le vuelva la tortilla, como suele decirse.
En el rostro de lord Alloway se pintó la
consternación y Poirot continuó:
—Dígame, milord, ¿usted o el almirante han hecho
alusión, delante de ella, de lo que pensaban hacer?
—Sí —confesó Alloway—. Sir Harry dijo: «¡Y ahora a
trabajar en nuestro submarino!» o algo parecido. Los demás invitados estaban ya
en el salón, pero mistress Conrad había vuelto para buscar un libro.
—Comprendo —murmuró Poirot pensativo—. Milord, es
muy tarde, pero el caso urge. Me gustaría interrogar cuanto antes a sus
huéspedes.
—Nada más fácil. Sin embargo, le recomiendo que no
hable sino lo más preciso. Lady Julieta Weardale y el joven Leonardo son de
toda confianza, naturalmente, pero aun cuando no sea culpable, mistress Conrad
es un factor diferente. Diga que un documento de cierta importancia ha
desaparecido sin especificar qué es ni dar explicaciones de las circunstancias
en que se verificó su desaparición, ¿entiende?
—Sí. Es precisamente lo que iba a proponer a usted
—repuso Poirot con el rostro resplandeciente—. Que monsieur l'Almiral me
perdone, pero aun la mejor de las esposas...
—No me ofende —dijo sir Harry—. Todas las mujeres
hablan de más. ¡Dios las bendiga! Claro que yo desearía que Julieta hablase más
y jugase menos al bridge, pero ninguna mujer moderna se siente por lo
visto dichosa sin bailes ni sin juegos. Voy a ver si levanto de la cama a
Julieta y a Leonardo, ¿qué le parece, Alloway?
—Si, gracias. Yo voy a llamar a la doncella francesa.
Monsieur Poirot desea verla y ella puede despertar a su señora. Voy a ocuparme
de esto. Entretanto, le enviaré a Fitzroy.
Mister Fitzroy era un joven pálido, usaba lentes y
su expresión era glacial. Su declaración fue, palabra por palabra, idéntica a
la que nos había hecho lord Alloway.
—¿Cuál es su creencia, mister Fitzroy?
El joven se encogió de hombros.
—Creo que es indudable —dijo— que una persona
enterada de lo que sucede en esta casa aguardaba fuera una ocasión favorable.
Vio lo que sucedía por la abierta puerta de cristales y entró en el estudio en
cuanto salí yo de él. Es una lástima que lord Alloway no echara a correr tras
él en cuanto le echó la vista encima.
Poirot no quiso desengañarle. En vez de ello
interrogó:
—¿Cree en el cuento de la doncella francesa?
—¡No, monsieur
Poirot!
—¿No le parece que pudo creer que veía un fantasma
en realidad?
—Eso sí que no lo sé. Se llevó las manos a la cabeza
y parecía trastornada.
—¡Ajá! —exclamó Poirot con aire del que acaba de
verificar un descubrimiento—. ¿Y es bonita la muchacha?
—La verdad es que no reparé en ello —dijo Fitzroy
con acento reprimido.
—¿Vio a su señora?
—Sí, señor, la vi. Estaba arriba, en la galería, y
llamó a la doncella: «¡Leonie!» Al verme se retiró.
—¿Sin bajar la escalera? —preguntó Poirot con el
ceño fruncido.
—Ya me doy cuenta de lo desagradable que es todo
esto para mí... O lo hubiera podido ser si lord Alloway no hubiera visto salir
del estudio al ladrón. De todos modos estoy dispuesto a consentir el registro
de mi habitación... y de mi persona.
—¿De verdad lo desea?
—Sí, señor, ciertamente.
Ignoro lo que Poirot iba a contestar, porque en
aquel mismo momento reapareció lord Alloway para anunciar que las dos señoras y
mister Leonard aguardaban en el salón.
Las mujeres llevaban unos saltos de cama que les
sentaban bien. Mistress Conrad era una mujer muy bonita, de unos treinta y
cinco años, de cabellos dorados y una leve tendencia al embonpoint. Lady
Julieta Weardale representaba cuarenta años, era alta y morena, muy delgada,
bella todavía con manos y pies exquisitos y un aire inquieto y atormentado. Su
hijo era un muchacho algo afeminado, que ofrecía notable contraste con el
cordial y varonil autor de sus días.
Poirot dio a los tres la explicación convenida y
luego manifestó que sentía el deseo de saber si alguno de ellos había oído o
visto algo por la noche, que pudiera sernos de utilidad.
Volviéndose primero a mistress Conrad, le preguntó
si sería tan amable como para informarle, con exactitud, de cuáles habían sido
sus movimientos.
—¿A ver...? Subí la escalera, llamé a la doncella.
Luego, como no comparecía, salí de la habitación, llamándola, y la oí hablar en
la escalera. Después que me cepilló el cabello la despedí en un estado
particular de nervios y me puse a leer un rato antes de meterme en la cama.
—Y, ¿usted lady Julieta, entonces...?
—Me fui directamente a la cama porque estaba muy
fatigada.
—Así, pues, ¿para qué quería un libro, querida?
—dijo mistress Conrad con una suave sonrisa.
—¿Un libro? —lady Julieta se ruborizó.
—Sí, recuerde que cuando yo despedí a Leonie usted
subía la escalera. Venía, según dijo, del salón adonde había entrado para coger
un libro.
—Es verdad. Se me había olvidado.
Lady Julieta inmediatamente unió las manos con
visible nerviosismo.
—¿Oyó gritar entonces a la doncella de mistress
Conrad, milady?
—No, no la oí... No oí nada —repuso lady Julieta con
voz mucho más firme.
—Es curioso, porque en aquel momento debía usted
hallarse en el salón.
Poirot se volvió al joven Leonard.
—¿Monsieur?
—Yo subí directamente la escalera y entré en mi
habitación, de la que ya no volví a salir.
Poirot se atusó el bigote.
—Bien, ya veo que de aquí no sacaremos nada.
Señoras, caballeros, lamento infinitamente haberles sacado de su sueño para tan
escaso resultado. Acepten mis excusas, por favor.
Gesticulando y excusándose, les hizo salir de la
habitación. Luego se encaró con la doncella francesa, una muchacha viva y de
rostro despierto. Alloway y Weardale habían ido a acompañar a las señoras.
—Ahora, mademoiselle, sepamos la verdad —dijo—. No
me endose ningún cuento, ¿entendido? ¿Por qué chilló en la escalera?
—Ah, monsieur, porque vi una figura alta... toda
vestida de blanco...
Poirot la hizo callar mediante un ademán enérgico.
—Repito que no me cuente un cuento. Voy a adivinar
lo ocurrido y usted me dirá si tengo o no razón. Chilló usted porque él la
besó. Me refiero a mister Leonard Weardale.
—Eh bien, monsieur, ¿qué es un beso después
de todo?
—Una cosa muy natural en estas circunstancias
—repuso Poirot con galantería—. Ahora explíqueme usted todo lo ocurrido.
—Pues el señor Weardale llegó por detrás y me asió
por la cintura, yo me sobresalté y lancé un grito. No hubiera chillado si no
hubiera llegado así, sigiloso como un gato. Entonces salió monsieur le
secretaire y monsieur Leonard huyó escaleras arriba. Señores, pónganse en
mi caso: ¿qué podía hacer yo, sobre todo, tratándose de un jeune homme comme
ça... tellement comme il faut? Ma foi, inventé una aparición.
—Ahora todo se explica —exclamó gozoso Poirot—. Y
después subió usted a la habitación de su señora, que se halla ¿en qué parte
del pasillo del primer piso?
—En un extremo. Por ahí; monsieur.
—Es decir, encima del estudio. Bien, mademoiselle,
no le entretengo más. Y la prochaine fois no grite.
La acompañó hasta la puerta y luego volvió a mi lado
con la sonrisa en los labios.
—¡Qué caso más interesante! ¿No le parece, Hastings?
Comienzo a tener varias ideas. ¿Y usted?
—¿Qué hacía Leonard Weardale en la escalera? No me
gusta ese muchacho, Poirot, Es un inútil.
—Estoy de acuerdo, mon ami.
—En cambio Fitzroy parece hombre honrado.
—Es lo que opina lord Alloway.
—Pero tiene un aspecto...
—...demasiado bueno, ¿verdad? Opino lo mismo.
Tampoco creo que sea buena persona nuestra bella amiga mistress Conrad.
—Cuya habitación se halla encima del estudio, no lo
olvidemos —insinué dirigiendo a mi amigo una mirada penetrante.
Pero Poirot movió la cabeza y en sus labios se
dibujó una leve sonrisa.
—No, mon ami. No es posible creer, en serio,
que esa inmaculada señora haya bajado a ella por la chimenea o descolgándose
por un balcón.
Aquí se abrió la puerta y apareció lady Julieta.
—Monsieur Poirot —dijo visiblemente agitada—. ¿Puedo
decirle a solas dos palabras?
—Milady, el capitán Hastings es como mi otro yo.
Hable con la misma libertad que si no le tuviera delante. Ante todo, tome
asiento.
Milady obedeció sin separar la vista de mi amigo.
—Bien. Lo que tengo que decir es fácil. A usted se
le ha encargado por lo visto la solución de este caso. ¿Qué le parece? ¿Se
concluiría si le devolviera yo esos planos? ¿Se abstendría después de dirigirme
una sola pregunta?
Poirot la miró fijamente.
—No sé si la comprendo bien, madame —respondió—.
¿Quiere decir que se me pondrán los planos en mis manos siempre que al
devolvérselos a lord Alloway se abstenga de averiguar su procedencia?
Lady Julieta afirmó con un ademán.
—Eso es —dijo—. Lo que ante todo deseo es que no se
dé publicidad al hecho.
—La publicidad no le conviene a lord Alloway
—replicó con aire sombrío Poirot.
—Entonces, ¿acepta usted? —dijo con visible ansiedad
lady Julieta.
—¡Un momento, milady! Mi aceptación dependerá de lo
que tarde en poner esos planos en mis manos.
—Los tendrá inmediatamente.
Poirot miró el reloj.
—¿A qué hora exactamente? —preguntó.
—Digamos... dentro de diez minutos —murmuró la dama.
—Acepto, milady.
Lady Julieta salió precipitadamente. Yo lancé un
silbido.
—¿Podría hacer un resumen de la situación, Hastings?
—Bridge —contesté brevemente.
—¡Ah, veo que recuerda lo que dijo el almirante!
¡Qué memoria! ¡Le felicito, Hastings!
No dijimos más porque entró lord Alloway mirando a
Poirot con aire de interrogación.
—Temo que las respuestas recibidas constituyan una
decepción —dijo—. ¿Tiene alguna idea?
—Ninguna, milord. Esas respuestas son, por el
contrario tan esclarecedoras que no necesito perder aquí más tiempo y con su
permiso voy a volver en seguida a Londres.
Lord Alloway se quedó asombrado.
—Pero..., pero... ¿qué es lo que ha descubierto?
¿Sabe quién ha cogido los planos?
—Sí, milord, lo sé. Dígame, suponiendo que le
devolvieran esos planos anónimamente, ¿dejaría en el acto de hacer
averiguaciones?
Lord Alloway le miró sin comprender.
—¿Querrá decir si me avengo a pagar una cantidad
determinada?
—No, milord. Los planos serán devueltos
inmediatamente sin condiciones.
—Recobrarlos es, en sí misma, una gran cosa —repuso
lentamente el lord. Pero seguía perplejo.
—Entonces recomiendo a usted, muy en serio, que
adopte esa regla de conducta. Únicamente usted, su secretario y el almirante
conocen esa pérdida. Únicamente ustedes sabrán que se han restituido los
planos. Y puede contar conmigo, que estoy dispuesto a ayudarle en todo... y a
cargar con el peso del misterio. Usted me pidió que le devolviera esos
papeles... y lo hago. No necesita saber más. —Levantándose, tendió su mano a
lord Alloway—. Milord, celebro haberle conocido. Tengo fe en usted... y en su
amor por Inglaterra. Estoy seguro que presidirá su destino con mano firme.
—Juro a usted, monsieur Poirot, que haré cuanto
pueda por ella. Ignoro si es defecto o virtud, pero la verdad es que creo en mí
mismo.
—Todos los grandes hombres poseen esa fe —dijo
Poirot—. Yo también la tengo —agregó con voz majestuosa.
Poco después se detenía el coche delante de la
puerta y lord Alloway se despidió de nosotros con renovada cordialidad.
—Es un gran hombre, Hastings —dijo Poirot cuando
arrancamos—. Posee inteligencia, recursos, voluntad. Es el hombre fuerte que
Inglaterra necesita para atravesar estos tiempos difíciles de reconstrucción.
—Convengo en ello,
Poirot, pero hábleme de lady Julieta. ¿De verdad piensa devolver los documentos
a Alloway? ¿Qué pensará cuando sepa que se le ha marchado usted sin decir una
sola palabra?
—Hastings, voy a dirigirle una pregunta. ¿Por qué no
me entregó los planos cuando me habló?
—Porque no los tenía.
—Perfectamente. ¿Cuánto supone usted que la hubiera
llevado ir a buscarlos a su habitación o a cualquier lugar de la casa donde los
tuviera ocultos? No me contesta. Lo haré yo. ¡Probablemente dos minutos y
medio! Sin embargo dijo diez minutos. ¿Por qué? Está claro. Porque tenía que
recibirlos de manos de otra persona y que razonar o discutir con ella para que
dicha persona se los entregase. Ahora bien: ¿quién era esa persona? Mistress
Conrad, no; con seguridad un miembro de su familia, su marido o su hijo. ¿Cuál
de los dos supone usted que sería? Leonard Weardale dijo que se fue
directamente a la cama después de cenar, aunque sabemos que no es cierto. Vamos
a suponer que su madre entró en su habitación y que la halló vacía; vamos a
suponer que bajó presa de temor inconfesable, porque conoce bien a su hijo, que
no es una monada precisamente. No le halló y más tarde él dijo que no había
salido de su habitación. De manera que ella dedujo que era un ladrón y por ello
solicitó la entrevista conmigo.
»Pero, mon ami, nosotros sabemos algo que
ignora lady Julieta. Sabemos que su hijo no estuvo en el estudio porque se
hallaba en la escalera haciendo el amor a la linda francesa. De modo que,
aunque él no lo sabe, Leonard Weardale tiene su coartada.
—¿Quién robó entonces los documentos? Porque hemos
estado eliminando a todo el mundo: a lady Julieta, a su hijo, a mistress
Conrad, a la doncella francesa.
—Precisamente. Pero sírvase, se lo ruego, de las
células grises, mon ami. La solución salta a la vista.
Yo lo negué con un movimiento de cabeza.
—¡Sí! Persevere usted. Vea. Fitzroy sale del estudio
y deja los planos sobre la mesa. Poco después entra lord Alloway en la
habitación y ve, al acercarse a la mesa, que los planos han desaparecido. Sólo
son dos cosas posibles: que Fitzroy no dejó los planos encima de la mesa, sino
que se los guardó en el bolsillo, lo que pudo hacer mucho antes y no
precisamente en aquella ocasión, o continuaban sobre ella cuando entró el lord,
en cuyo caso... fue él quien se los metió en el bolsillo.
—¡Lord Alloway el ladrón! —exclamé asustado—. Pero,
¿por qué? ¿Por qué?
—Usted me habló de un escándalo relacionado con su
vida pasada, ¿recuerda? Más adelante se reconoció públicamente su inocencia,
pero ¿sería cierto el hecho que se le achacaba? Porque todos sabemos que no
puede haber escándalo en la vida pública de una persona destacada en
Inglaterra. Y si lo hay y alguien lo saca a relucir, ¡adiós carrera política!
Yo supongo que lord Alloway ha sido víctima de un chantaje y que el precio exigido
a cambio del silencio del chantajista fueron los planes del submarino.
—Sí, así es, ¡ese hombre es un redomado traidor!
—exclamé.
—Oh, no. No lo es. Por el contrario, es hábil y
hombre de recursos. Sabemos que es un buen ingeniero, por lo que creo que debió
sacar una copia de ellos que alteró levemente para que fueran impracticables.
Hecho esto, entregó al agente del enemigo, es decir, a mistress Conrad, los
falsos planos y para que no se concibieran sospechas acerca de su autenticidad
simuló que se los habían robado. Entretanto, declaró que había visto salir a un
hombre del estudio, para que las sospechas no recayeran sobre ningún habitante
de la casa. Pero aquí tropezó con la obstinación del almirante y por ello
defendió con ahínco a su secretario.
—Pero usted se limita a adivinar, Poirot. Es usted
muy sagaz.
—Hago uso de psicología, mon ami. Un hombre
que hubiera entregado los verdaderos planos no se hubiera mostrado tan
escrupuloso. Dígame: ¿por qué no quiso que se dieran explicaciones a mistress
Conrad? Porque le había entregado ya, por la tarde, los falsos planos y no
quería que se enterase del robo perpetrado más tarde.
—Comienzo a creer que en absoluto tiene toda la
razón —manifesté.
—Pues ¡claro que la tengo! Hablé a Alloway como lo
hubiera hecho un gran hombre a otro de su talla y me comprendió perfectamente.
Ya lo verá.
Pasó el tiempo. Un día nombraron a lord Alloway
Primer Ministro. Poco después recibió Poirot un cheque al que acompañaba una
fotografía firmada con esta dedicatoria: «A mi discreto amigo Hércules Poirot.
Alloway.»
Hoy el nuevo tipo Z de submarino causa sensación en
los centros navales, y está llamado a originar una transformación de la guerra
moderna. Sé que determinada potencia extranjera trató de construir uno
parecido, pero que fracasó rotundamente, mas sigo creyendo que Poirot tan sólo
se limitó a adivinar lo ocurrido.
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