En
la época en que compartía mi habitación con Hércules Poirot contraje el hábito
de leerle, en voz alta, los epígrafes del Daily Blare, diario de la
mañana.
Este
periódico sabía sacar siempre un gran partido de los sucesos del día para crear
sensación. A sus páginas asomaban a la luz pública, robos y asesinatos. Y los
grandes caracteres de sus títulos herían la vista ya desde la primera página.
He
aquí varios ejemplos:
«Empleado
de una casa de Banca que huye con unas acciones negociables cuyo valor es de
cincuenta mil libras.» «Marido que mete la cabeza en un horno de gas para
escapar a la mísera vida de familia.» «Mecanógrafa desaparecida. Era una
hermosa muchacha de veinte años.» «¿Dónde se halla Edna Field?»
—Vea,
Poirot. Aquí tiene dónde escoger. ¿Qué prefiere: un huidizo empleado de Banca,
un suicidio misterioso o una muchacha desaparecida?
Pero
mi amigo, que estaba de buen humor, movió la cabeza.
—No
me atrae ninguno de esos casos, mon ami —dijo—. Hoy me inclino a una
existencia sosegada. Sólo la solución de un problema interesante me movería a
levantarme de este sillón. Tengo que atender a asuntos particulares más
importantes.
—¿Cómo,
por ejemplo...?
—Mi
guardarropa, Hastings. Me ha caído una mancha, una sola, Hastings, en el traje
nuevo y me preocupa. Luego tengo que dejar en poder de Keatings el abrigo de
invierno. Y me parece que voy a recortarme el bigote antes de aplicarle la pomade.
—Bueno,
ahí tiene un cliente —dije después de asomarme a mirar por la ventana—. Se me
figura que no va a poder poner en obra tan fantástico programa. Ya suena el
timbre.
—Pues
si no se trata de un caso excepcional —repuso Poirot con visible dignidad— que
no piense ni por asomo que voy a encargarme de él.
Poco
después irrumpió en nuestro santasanctórum una señora robusta, de rostro
colorado, que jadeaba a causa de su rápida ascensión de la escalera.
—¿Es
usted Hércules Poirot? —preguntó dejándose caer en una silla.
—Sí,
madame. Soy Hércules Poirot.
—¡Hum!
Qué poco se parece usted al retrato que me habían hecho... —repuso la recién
llegada mirándole con cierto desdén—. ¿Ha pagado el artículo encomiástico en
que se habla de su talento, o lo escribió el periodista por su cuenta y riesgo?
—¡Madame!
—dijo incorporándose a medias mi amigo.
—Usted
perdone, pero ya sabe lo que son los periódicos de hoy día. Comienza usted a
leer un bello artículo titulado: «Lo que dice la novia a la amiga fea», y al
final descubre que se trata del anuncio de una perfumería que desea despachar
determinada marca de champú. Todo es bluf. Pero no se ofenda, ¿eh?, que
voy al grano. Deseo que busque a mi cocinera, que ha desaparecido.
Poirot
tenía la lengua expedita, mas en esta ocasión no acertó a hacer uso de ella y
miraba a la visitante, desconcertado. Yo me volví para disimular una sonrisa.
—No
sé por qué se entretiene hoy la gente en meter ideas extravagantes en la cabeza
de los sirvientes —siguió diciendo la señora—. Les ilusionan con el señuelo de
la mecanografía y qué sé yo más. Pero como digo: basta de estratagemas. Me
gustaría saber de qué pueden quejarse mis criados que no sólo tienen permiso
para salir entre semana, sino también los domingos alternos y festivos, que no
tienen que lavar ni tomar margarina porque no la hay en casa. Yo uso siempre
mantequilla superior.
—Temo
que comete una equivocación, madame. Yo no dirijo ninguna investigación
encaminada a averiguar las condiciones actuales del servicio doméstico. Soy
detective particular.
—Ya
lo sé —repuso nuestra visitante—. Ya he dicho que deseo que busque a mi
cocinera, que salió de casa el miércoles pasado, sin decir una palabra, y que
no ha regresado.
—Lo
siento, madame, pero yo no trato de esta clase de asuntos. Le deseo muy buenos
días.
La
visitante lanzó un resoplido de indignación.
—¿Sí,
buen amigo? ¿Conque es orgulloso, verdad? ¿Conque sólo trata de secretos de
Estado y de las joyas de las condesas? Pues permítame que le diga que una
sirvienta tiene tanta importancia como una tiara para una mujer de mi posición.
No todas podemos ser señoras elegantes, de coche, cargadas de brillantes y
perlas. Una buena cocinera os una buena cocinera, pero cuando se la pierde
representa tanto para una como las perlas para cualquier dama de la
aristocracia.
La
dignidad de Poirot libró batalla con su sentido del humor; finalmente volvió a
sentarse y se echó a reír.
—Tiene
razón, madame; era yo el equivocado: sus observaciones son justas e
inteligentes. Este caso constituirá para mí una novedad, porque aún no había
andado a la caza de una doméstica desaparecida. Éste es, precisamente, el
problema de importancia nacional que yo le pedía a la suerte cuando llegó
usted. En avant! Dice usted que la cocinera salió el miércoles de su
casa y que todavía no ha vuelto a ella. Y el miércoles fue anteayer...
—Sí,
era su día de salida.
—Pues
probablemente, madame, habrá sufrido un accidente. ¿Ha preguntado ya en los
hospitales?
—Pensaba
hacerlo ayer, pero esta mañana me ha mandado a pedir el baúl, ¡sin ponerme
cuatro líneas siquiera! Si hubiera estado yo en la casa le aseguro que no la
hubiera dejado marchar así. Pero había ido a la carnicería.
—¿Quiere
darme sus señas?
—Se
llama Elisa Dunn y es de edad madura, gruesa, de cabello negro canoso y de
aspecto respetable.
—¿Habían
reñido ustedes antes?
—No,
señor. Y esto es lo raro del caso.
—¿Cuántos
criados tiene, madame?
—Dos.
Annie, la doncella, es una buena muchacha. Es olvidadiza y tiene la cabeza algo
a pájaros, pero es buena sirvienta siempre que se esté encima de ella.
—¿Se
avenían ella y la cocinera?
—En
general sí, aunque tenían sus altercados de vez en cuando.
—¿Y
la doncella no puede arrojar alguna luz sobre el misterio?
—Dice
que no, pero ya conoce usted a los sirvientes, se tapan unos a otros.
—Bien,
bien, ya veremos esto. ¿Dónde reside, madame?
—En
Clapham; Albert Road, número 88.
—Bien,
madame, le deseo muy buenos días y cuente con verme en su residencia en el
curso del día.
Luego
mistress Todd, que así se llamaba la nueva clienta, se despidió de nosotros.
Poirot
me miró con cierta rudeza.
—Bien,
bien. Hastings, éste es un caso nuevo. ¡La desaparición de una cocinera!
¡Seguramente que el inspector Japp no habrá oído jamás cosa parecida!
A
continuación calentó una plancha y con ella quitó, con ayuda de un trozo de
papel de estraza, la mancha de grasa del nuevo traje gris. Dejando con
sentimiento para otro día el arreglo de los bigotes, marchamos en dirección a
Clapham.
Prince
Albert Road demostró ser una calle de pocas casas, todas exactamente iguales,
con ventanas ornadas de cortinas de encajes y llamadores de brillante latón en
las puertas.
Al
pulsar el timbre del número 88 nos abrió la puerta una bonita doncella, vestida
pulcramente. Mistress Todd salió al vestíbulo para saludarnos.
—No
se vaya, Annie —exclamó—. Este caballero es detective y desea dirigir a usted
algunas preguntas.
El
rostro de Annie reveló la alarma y una excitación agradable.
—Gracias,
madame —dijo Poirot inclinándose—. Me gustaría interrogar a su doncella ahora y
sin testigos.
Nos
introdujeron en un saloncito, y cuando se fue mistress Todd, a disgusto,
comenzó Poirot el interrogatorio.
—Voyons,
mademoiselle Annie, todo cuanto nos explique revestirá la mayor
importancia. Sólo usted puede arrojar alguna luz sobre nuestro caso y sin su
ayuda no haremos nada.
La
alarma se desvaneció del semblante de la doncella y la agradable excitación se
hizo más patente.
—Esté
seguro, señor, de que diré todo lo que sé.
—Muy
bien —dijo Poirot con el rostro resplandeciente—. Ante todo, ¿qué opina usted?
Porque posee una inteligencia notable. ¡Se ve en seguida! ¿Cuál es su
explicación de la desaparición de Elisa?
Animada
de esta manera, Annie se dejó llevar de una verbosidad abundante.
—Se
trata de los esclavistas blancos, señor. Lo he dicho siempre. La cocinera me
ponía siempre en guardia contra ellos. «Por caballeros que te parezcan —me
decía—, no olfatees ningún perfume ni comas ningún dulce de los que le
ofrezcan.» Éstas fueron sus palabras. Y ahora se han apoderado de ella, estoy
segura. Han debido llevársela a Turquía o a uno de esos lugares de Oriente donde,
según se dice, gustan de las mujeres entradas en carnes.
—Pero
en tal caso, y es admirable su idea, ¿hubiera mandado a buscar el baúl?
—Bien,
no lo sé, señor. Pero supongo que aun en aquellos lugares exóticos, necesitará
ropa.
—¿Quién
vino a buscar el baúl? ¿Un hombre?
—Carter
Peterson, señor.
—¿Lo
cerró usted?
—No,
señor. Ya estaba cerrado y atado.
—¡Ah!
Es interesante. Eso demuestra que cuando salió el miércoles de casa estaba ya
decidida a no volver a ella. ¿Se da cuenta de esto, no?
—Sí,
señor. —Annie pareció sorprenderse—. No había caído en ello. Pero aun así puede
tratarse de los esclavistas, ¿no cree? —agregó con tristeza.
—¡Claro!
—dijo gravemente Poirot—. ¿Duermen ustedes en una misma habitación?
—No,
señor. En distintas habitaciones.
—¿Le
había dicho Elisa si estaba descontenta de su puesto actual? ¿Se sentían
felices las dos aquí?
—La
casa es buena —replicó Annie titubeando—. Ella nunca habló de que pensara
dejarla.
—Hable
con franqueza. No se lo diré a la señora —dijo Poirot con acento afectuoso.
—Bien,
la señora es algo difícil, naturalmente. Pero la comida es buena. Y abundante.
Se come caliente a la hora de la cena, hay buenos entremeses y se nos da mucha
carne de cerdo. Yo estoy segura de que aunque hubiera querido cambiar de casa,
Elisa no se hubiera marchado así. Hubiera dado un mes de tiempo a la señora;
sobre todo porque de lo contrario no hubiera cobrado el salario.
—¿Y
el trabajo es muy duro?
—Bueno,
la señora es muy meticulosa y anda buscando siempre polvo por todos los
rincones. Además hay que cuidar del alojado, del huésped, como a sí mismo se
llama. Pero únicamente desayuna y cena en casa, como el amo. Los dos pasan el
día en la City.
—¿Le
es simpático el amo?
—Sí,
es bueno, muy callado y algo picajoso.
—¿Recuerda,
por casualidad, lo último que dijo Elisa antes de salir de casa?
—Sí,
lo recuerdo. Dijo: «Esta noche cenaremos una loncha de jamón con patatas
fritas. Y luego, melocotón en conserva.» Se moría por los melocotones.
—¿Salía
regularmente los miércoles?
—Sí,
ella los miércoles y yo los jueves.
Poirot
dirigió todavía a Annie varias preguntas y luego se dio por satisfecho. Annie
marchóse y entró mistress Todd con el rostro iluminado por la curiosidad.
Estaba algo resentida, estoy seguro, de que la hubiéramos hecho salir de la habitación
durante nuestra conversación con Annie. Poirot se cuidó, no obstante, de
aplacarla con tacto.
—Es
difícil —explicó— que una mujer de inteligencia tan excepcional como la suya,
madame, soporte con paciencia el procedimiento que nosotros, pobres detectives,
tenemos que emplear. Porque tener la paciencia con la estupidez es difícil para
las personas de entendimiento vivo.
Habiendo
sido disipado el resentimiento que mistress Todd pudiera albergar, hizo recaer
la conversación sobre el marido y obtuvo la información de que trabajaba para
una firma de la City
y de que no llegaría hasta las seis a casa.
—Este
asunto debe traerle preocupado e inquieto, ¿no es así?
—Oh,
no se preocupa por nada —declaró mistress Todd—. «Bien, bien, toma otra,
querida.» Esto es todo lo que dijo. Es tan tranquilo que en ocasiones me saca
de quicio: «Es una ingrata. Vale más que nos desembaracemos de ella.»
—¿Hay
otras personas en la casa, mistress Todd?
—¿Se
refiere a míster Simpson, el realquilado? Pues tampoco se preocupa de nada
mientras se le dé de desayunar y de cenar.
—¿Cuál
es su profesión, madame?
—Trabaja
en un Banco. —Mistress Todd mencionó el nombre y yo me sobresalté recordando la
lectura del Daily Blare.
—¿Es
joven?
—Tiene
veintiocho años. Es muy simpático.
—Me
gustaría poder hablar con él y también con su marido, si no tienen
inconveniente. Volveré por la tarde. Entretanto, le aconsejo que descanse,
madame. Parece fatigada.
Poirot
murmuró unas palabras de simpatía y nos despedimos de la buena señora.
—Es
una coincidencia curiosa —observé—, pero Davis, el empleado fugitivo, trabajaba
en la misma casa de Banca que Simpson. ¿Qué le parece, existirá alguna relación
entre las dos personas?
Poirot
sonrió.
—Coloquemos
en un extremo al empleado poco escrupuloso y en el otro a la cocinera
desaparecida. Es difícil hallar relación entre ambas personas a menos que si
Davis visitaba a Simpson se hubiera enamorado de la cocinera y la convenciera
de que le acompañase en su huida.
Yo
reí, pero Poirot conservó la seriedad.
—Pudo
escoger peor. Recuerde, Hastings, que cuando se va camino del destierro, una
buena cocinera puede proporcionar más consuelo que una cara bonita. —Hizo una
pausa momentánea y luego continuó—: Éste es un caso de los más curiosos, lleno
de hechos contradictorios. Me interesa, sí, me interesa extraordinariamente.
Por
la tarde volvimos a la calle Prince Albert, número 88, y entrevistamos a
Todd y a Simpson. Era el primero un melancólico caballero, de unos cuarenta
años.
—¡Ah,
sí, sí, Elisa! Era una buena cocinera, mujer muy económica. A mí me gusta la
economía.
—¿Alcanza
a comprender por qué les dejó a ustedes de manera tan repentina?
—Verá:
los criados son así —repuso con un aire vago—. Mi mujer se disgusta por todo.
Le agota la preocupación constante. Y el problema es muy sencillo en realidad.
Yo le digo: «Busca otra, querida. Busca otra cocinera. ¿De qué sirve llorar por
la leche derramada?»
Míster
Simpson se mostró igualmente vago. Era un joven taciturno, poco llamativo, que
gastaba gafas.
—Era
una mujer madura. Sí, la conocía. La otra es Annie, muchacha simpática y
servicial.
—¿Sabe
si se llevaban bien?
Míster
Simpson lo suponía. No podía asegurarlo.
—Bueno,
no hemos obtenido ninguna noticia interesante, mon ami —me dijo Poirot
cuando salimos de la casa después de volver a escuchar de labios de mistress
Todd la explicación, ampliada, de lo ocurrido, que conocíamos desde por la
mañana.
—¿Está
decepcionado porque esperaba saber algo nuevo? —dije.
—Hombre,
siempre existe una posibilidad, naturalmente —repuso Poirot—. Pero tampoco lo
creí probable.
Al
día siguiente recibió una carta que leyó, rojo de indignación y me entregó
después.
«Mistress
Todd —decía— lamenta tener que prescindir de los servicios de monsieur Poirot,
ya que después de hablar con su marido se da cuenta de lo innecesario que es
llamar a un detective para la solución de un problema de índole doméstica.
Mistress Todd le incluye una guinea como retribución a su consulta...»
—¡Aja!
—exclamó mi amigo lleno de cólera—. ¿Será posible que crean que van a desembarazarse
de mí, Hércules Poirot, con tanta facilidad? Como favor, un gran favor,
consentí en investigar ese asunto tan miserable y mezquino y me despiden ¿comme
ça? Aquí anda, o mucho me engaño, la mano de míster Todd. Pero ¡no y mil
veces no!
Gastaré
veinte, treinta guineas, si fuere preciso, hasta llegar al fondo de la
cuestión.
—Sí.
Pero, ¿cómo?
Poirot
se calmó un poco.
—D'abord
—contestó—; pondremos un anuncio en los periódicos. Un anuncio que diga,
sobre poco más o menos... sí, eso es: «Si Elisa Dunn quiere molestarse en
darnos su dirección le comunicaremos algo que le interesa mucho.» Insértelo en
los periódicos de mayor circulación, Hastings. Entretanto, verificaré algunas
pesquisas. Vaya, vaya, no hay tiempo que perder!
No
volví a verle hasta por la tarde, en que se dignó referirme en un corto espacio
de tiempo lo que había estado haciendo.
—He
hecho averiguaciones en la casa donde trabaja míster Todd. Tiene buen carácter
y no faltó al trabajo el miércoles por la tarde. Tanto mejor para él. El
martes, Simpson cayó enfermo y no fue al Banco, pero sí estuvo también el
miércoles por la tarde. Era amigo de Davis, pero no muy amigo. De modo que no
hay novedades por ese lado. Confiemos en el anuncio.
Éste
apareció en los principales periódicos de la ciudad. Las órdenes de Poirot eran
que siguiera apareciendo por espacio de una semana. Su ansiedad en este caso,
tan poco interesante, de la desaparición de una cocinera, era extraordinaria,
pero me di cuenta de que consideraba cuestión de honor perseverar hasta obtener
el éxito. En esta época se le ofreció la solución de otros casos, más
atrayentes, pero se negó a encargarse de ellos. Todas las mañanas abría
precipitadamente la correspondencia y luego dejaba las cartas con un suspiro.
Pero nuestra paciencia obtuvo su recompensa al fin. El miércoles que sucedió a
la visita de mistress Todd la patrona nos anunció a una visitante que decía
llamarse Elisa Dunn.
—En
fin! —exclamó
Poirot—. Dígale que suba. En seguida, Inmediatamente.
Al
verse así incitada, la patrona salió a escape y poco después reapareció seguida
de miss Dunn. Nuestra mujer era tal y como nos la habían descrito, alta,
vigorosa, enteramente respetable.
—He
leído su anuncio, y por si existe alguna dificultad vengo a decirles lo que
ignoran; que ya he cobrado la herencia.
Poirot,
que la observaba con atención, tiró de una silla y se la ofreció con un saludo.
—Su
ama, mistress Todd —explicó—, se sentía inquieta. Temía que hubiera sido
víctima de un accidente realmente serio.
Elisa
Dunn pareció sorprenderse mucho.
—Entonces,
¿no ha recibido mi carta? —interrogó.
—No.
—Poirot hizo una pausa y luego dijo con acento persuasivo—: Ea, cuéntenos
lo ocurrido.
Y
Elisa, que no necesitaba que se la incitase a ello, inició al punto una larga
explicación.
—Al
volver el miércoles por la tarde a casa, y cuando casi me hallaba delante de la
puerta, me salió al paso un caballero. "Miss Elisa Dunn, ¿estoy en lo
cierto?", preguntó. "Sí, señor", respondí. Acabo de preguntar
por usted en el número 88 y me han dicho que no tardaría en llegar. Miss Dunn,
he venido de Australia dispuesto a dar con su paradero. ¿Cuál era el nombre de
soltera de su madre?" "Jane Ermott." "Precisamente. Bien,
pues, aun cuando usted lo ignore,, miss Dunn, su abuela tenía una amiga muy
querida que se llamaba Elisa Leech. Esta muchacha se expatrió, se fue a
Australia, y allí contrajo matrimonio con un hombre acaudalado. Sus dos hijos
murieron en la infancia y ella heredó la propiedad de su marido. Ha muerto hace
unos meses y le deja a usted en herencia una casa y una considerable cantidad
de dinero."
»La
noticia me impresionó tanto que hubieran podido derribarme con una pluma
—prosiguió miss Dunn—. Además, de momento, aquel hombre me inspiró recelos, de
lo que se dio cuenta, porque dijo sonriendo: "Veo que es prudente, y hace
bien en ponerse en guardia, pero mire mis credenciales." Me entregó una
carta y una tarjeta de los señores Hurts y Crotchet, notarios de Melbourne. Él
era míster Crotchet. "Ahora, que la difunta le impone dos condiciones para
que pueda percibir la herencia (era algo excéntrica, ¿comprende?) Primero debe
tomar posesión de su casa de Cumberland mañana a mediodía; luego, cláusula
menos importante, no debe prestar servicios domésticos." Yo quedé
consternada. "Pero, míster Crotchet, soy cocinera", dije. "¿No
se lo han dicho en casa?" "¡Caramba, caramba! No tenía la menor idea
de semejante cosa. Creí que era aya o señorita de compañía. Es muy sensible,
muy sensible, desde luego."
«"¿Quiere
decir que deberé renunciar a esta fortuna?", pregunté con la ansiedad que
pueden ustedes suponer. Míster Crotchet se paró a reflexionarlo un instante.
"Miss Dunn —dijo después—, siempre existe un medio de burlar la Ley , y nosotros, los hombres
de leyes, lo sabemos. Lo mejor será que haya usted salido a primera hora de la
tarde de la casa en que sirve." "Pero ¿y mi mes?", interrogué.
"Mi querida miss Dunn —repuso el abogado con una sonrisa—. Usted puede
libremente dejar a su ama si renuncia al pago de sus servicios. Ella
comprenderá en vista de las circunstancias. Aquí lo esencial es el tiempo. Es
imperativo que tome usted el tren de las once y cinco en King's Cross para
dirigirse al Norte. Yo le adelantaré diez libras para que pueda tomar el
billete y para que pueda enviar unas líneas desde la estación a su señora. Se
las llevaré yo mismo y le explicaré el caso."
«Naturalmente
me avine a ello y una hora después me hallaba en el tren tan aturdida que no
sabía dónde tenía la cabeza. Cuando llegué a Carlisle empecé a pensar que había
sido víctima de una de esas jugarretas de que nos hablan los periódicos. Pero
las señas que se me habían dado eran, en efecto, de unos abogados que me
pusieron en posesión de la herencia, es decir, de una casita preciosa y de una
renta de trescientas libras anuales. Como dichos abogados sabían poquísimos
detalles, se limitaron a darme a leer la carta de un caballero de Londres en
que se les ordenaba que me pusieran en posesión de la casa y de ciento
cincuenta libras para los primeros seis meses. Míster Crotchet me envió la
ropa, pero no recibí la respuesta de mistress Todd. Yo supuse que debía estar
enojada y que envidiaba mi racha de buena suerte. Se quedó con mi baúl y me
envió la ropa en paquetes. Pero si no le entregaron mi carta es muy natural que
esté resentida.
Poirot
había escuchado con atención tan larga historia y movió la cabeza como si
estuviese satisfecho.
—Gracias,
mademoiselle. En este asunto ha habido, como dice muy bien, una pequeña
confusión. Permítame que le recompense la molestia —Poirot le puso un sobre
cerrado en la mano—. ¿Piensa volver a Cumberland en seguida? Una palabrita al
oído: No se olvide de guisar. Siempre es útil tener algo con qué contar
cuando van mal las cosas.
—Esa
mujer es crédula —murmuró Poirot cuando partió la visitante—, pero no más
crédula que las personas de su clase. —Su rostro adoptó una expresión grave—.
Vamos, Hastings, no hay tiempo que perder. Llame un taxi mientras escribo unas
líneas a Japp.
Cuando
volví con el taxi encontré a Poirot esperándome.
—¿Adonde
vamos? —preguntó con viva curiosidad.
—Primero
a despachar esta carta por medio de un mensajero.
Una
vez hecho esto, Poirot dio unas señas al taxista.
—Calle
Prince Albert, número 88, Clapham.
—Conque,
¿nos dirigimos allí?
—Mais
oui. Aunque si he de serle franco temo que lleguemos tarde. Nuestro pájaro
habrá volado, Hastings.
—¿Quién
es nuestro pájaro?
—El
desvaído míster Simpson —replicó Poirot, sonriendo.
—¡Qué!
—exclamé.
—Vamos,
Hastings, ¡no diga que no lo ve claro ahora!
—Supongo
que se ha tratado de alejar a la cocinera —observé, algo picado—. Pero ¿por
qué? ¿Por qué deseaba Simpson alejarla de la casa? ¿Es que sabía algo?
—Nada.
—¿Entonces...?
—Deseaba
algo que tenía ella.
—¿Dinero?
¿El legado de Australia?
—No,
amigo mío. Algo totalmente distinto. —Poirot hizo una pausa y dijo gravemente—:
Un baulito deteriorado.
Yo
le miré de soslayo. La respuesta me pareció tan absurda que sospeché por un
momento que trataba de burlarse de mí. Pero estaba perfectamente grave y serio.
—Pero
digo yo —exclamé— que, de querer uno, podía adquirirlo.
—No
necesitaba uno nuevo. Deseaba uno usado y viejo.
—Poirot,
esto pasa de raya —exclamé—. ¡No me tome el pelo!
El
detective me miró.
—Hastings,
usted carece de la inteligencia y de la habilidad de míster Simpson —repuso—.
Vea cómo se desarrollaron los acontecimientos el miércoles por la tarde.
Simpson aleja, sirviéndose de una estratagema, de casa a la cocinera. Lo mismo
una tarjeta impresa que el papel timbrado son fáciles de adquirir y además se
desprende con gusto de ciento cincuenta libras, así como de un año de alquiler
de la finca de Cumberland, para asegurar el éxito de sus planes. Miss Dunn no
le reconoce: el sombrero, la barba, el leve acento extranjero, la confunden y
desorientan por completo. Y así se da fin al miércoles... si pasamos por alto
el hecho trivial, en apariencia: el de haberse apoderado Simpson de cincuenta
mil libras en acciones.
—
¡Simpson! ¡Pero si fue Davis!
—Déjeme
proseguir, Hastings. Simpson sabe que el robo se descubriría el jueves por la
tarde y no va el jueves al Banco, se queda en la calle a esperar a Davis, que
debe salir a la hora de comer. Es posible que se hable del robo que ha cometido
y que prometa a Davis la devolución de las acciones. Sea como quiera, logra que
el muchacho le acompañe a Clapham. La casa está vacía porque la doncella ha
salido, ya que es su día, y mistress Todd está en la subasta. De modo que
cuando, más adelante, se descubra el robo y se eche a Davis de menos, ¡se le
acusará de haber sustraído las acciones! Míster Simpson se sentirá para
entonces seguro y podrá volver al trabajo a la mañana siguiente como empleado
fiel a quien todos conocen.
—Pero
¿y Davis?
Poirot
hizo un gesto expresivo y meneó la cabeza.
—Así,
a sangre fría, parece increíble. Sin embargo, no le encuentro al hecho otra
explicación, mon ami. La única dificultad con que se tropieza siempre el
criminal es la de desembarazarse de su víctima. Pero Simpson lo ha planeado de
antemano. A mí me llamó la atención el hecho siguiente: ya recordará que Elisa
pensaba volver, cuando salió de casa, a ella por la noche, de aquí su
observación acerca de los melocotones en conserva. Sin embargo, su baúl estaba
cerrado y atado cuando fueron a buscarlo. Simpson fue quien pidió a
Carter Peterson que pasara el viernes, de modo que fue Simpson quien ató el
baúl el jueves por la tarde. ¿Quién iba a sospechar de un hecho tan natural y
corriente? Una sirvienta que se sale de la casa en que sirve manda a por su
baúl, que ya está cerrado, y con una etiqueta que lleva probablemente las señas
de una estación cercana. El sábado por la tarde, Simpson, con su disfraz de
colono australiano, reclama el baúl, le pone un nuevo rótulo y lo manda a un
sitio «donde permanecerá hasta que manden por él». Así cuando las autoridades,
recelosas, ordenen que sea abierto, ¿a quién se culpará del crimen cometido? A
un colonial barbudo que lo facturó desde una estación vecina a la de Londres y
por consiguiente que no tendrá la menor relación con el número 88 de la calle
Prince Albert de Clapham.
Los
pronósticos de Poirot resultaron ciertos, Simpson había salido de la casa de
los Todd dos días antes, pero no escaparía a las consecuencias de su crimen.
Con la ayuda de la telegrafía sin hilos fue descubierto, camino de América, en
el Olimpia.
Un
baúl de metal que ostentaba el nombre de míster Henry Wintergreen atrajo la
atención de los empleados de la estación de Glasgow y al ser abierto se halló
en su interior el cadáver del infortunado Davis.
El
talón de una guinea que mistress Todd regaló a Poirot no se cobró jamás. Poirot
le puso un marco y lo colgó de la pared de nuestro salón.
—Me
servirá de recuerdo, Hastings —dijo—. No desprecie nunca lo trivial, lo menos
digno. Repare que en un extremo está una doméstica desaparecida... y en el otro
un criminal de sangre fría. ¡Para mí, éste ha sido el más interesante de los
casos en que he intervenido!
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