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Al responder á su vocación por el estado eclesiástico, resolvió también Alfonso
retirarse completamente del mundo, entrando en la Congregación de San Felipe de
Neri, para lo cual tenía ya hechas sus diligencias, con la seguridad de ser
admitido en ella.
No pudo, sin embargo, conseguirlo, porque su padre se opuso obstinadamente á
ello: se conformaba á duras penas con que vistiese el traje talar; pero de
ningún modo quería verlo en una comunidad religiosa.
Admiremos aquí nuevamente las inexplicables contradicciones del corazón humano
y los incomprensibles juicios de Dios: un hombre tan inflexible en negar el
permiso á su hijo para dejar la casa paterna, estuvo un año entero sin querer
verle ni hablarle, ni siquiera á las horas de comer. Al cabo de este tiempo,
como le encontrara por casualidad con hábitos, aquel soldado y marino endurecido
en los trabajos, se echó á llorar y se retiró á su cuarto como agobiado por una
gran pesadumbre.
El Padre Pagano, y el venerable Obispo Cavalieri, tío carnal del Santo,
aconsejaron á éste que desistiese del pensamiento de hacerse Filipense,
contemporizando en cierto modo con su padre; y véase por qué medios disponía
Dios las cosas para que Alfonso llegara diez años después, á fundar una nueva y
esclarecida Congregación religiosa.
Pasando desde los triunfos y aplausos del foro, desde el prestigio y celebridad
del bufete á los primeros oficios de un clérigo de menores, era nuestro Santo
en aquellos primeros tiempos de su vocación eclesiástica, el escarnio y
ludibrio de sus compañeros en la tribuna, y víctima también de los amigos de la
casa, que creyendo lisonjeará su padre, murmuraban de las nuevas ocupaciones
del hijo. Pero éste seguía impertérrito por la senda que se había trazado,
ayudando como acólito á cuantas misas podía, llevando el incensario y los
ciriales en la parroquia de S. Angelo-á-Segno á que el Arzobispo le había
adscrito, buscando y llamando además alrededor de sí á cuantos niños podía
atraer, para instruirlos y enseñarles la doctrina cristiana.
Fuera de estas ocupaciones, entregábase con ardor al estudio de la teología
dogmática y moral, en la que había de brillar como universal lumbrera; siendo
su maestro el famoso canónigo Torni, autor de varias obras muy estimadas y á
quien el Santo cita con veneración en las suyas.
El P. Tannoya, su primer biógrafo, que le conoció y trató familiarmente por
espacio de muchos años, nos describe en estos términos la vida que llevaba
entonces el nuevo eclesiástico: estudio, oración y frecuente asistencia al
templo; sobre todo, ponía empeño en mortificar su cuerpo, no sólo negándole
todo alivio ó recreación, sino atormentándole con ayunos, cilicios y disciplinas
cotidianas. Distinguíase más especialmente en el ayuno, haciéndolo á pan y agua
todos los sábados en honor de la Santísima Virgen, y los demás días era tan
parco en su comida, que parecía prodigio que pudiera sostenerse y darse al
trabajo con tan grande anhelo. Por complacer á su padre admitió al principio
los servicios de un lacayo; pero se desprendió de él, apenas pudo hacerlo sin
faltar á la obediencia, y lo mismo del coche y de todo distintivo de nobleza, siguiendo
la carrera eclesiástica con tanta sencillez y modestia, como aplicación,
aprovechamiento de espíritu y extraordinaria edificación de todo Nápoles.
Apenas recibió el diaconado, le autorizó el Cardenal Arzobispo para predicar,
siendo su primer sermón en la iglesia parroquial de San Juan, con ocasión de
celebrarse en ella las Cuarenta Horas. Aun se conserva memoria de aquella
sublime plática. Siendo extraordinaria su devoción a Jesús Sacramentado y tan
vivo su afán de ensalzarle públicamente, desatóse aquella lengua de serafín en
dardos de fuego que traspasaban el corazón de los oyentes. Para comprender el
efecto que la predicación produjo, baste decir que desde aquel momento, y á
pesar de no haber recibido aún la orden sacerdotal, apenas se pasaba día en que
no subiese al púlpito. Todo Nápoles quiso oirle. Y con ser tan vasto el campo
espiritual de la ciudad, todavía la Congregación de las misiones apostólicas de
clérigos seculares, á que Alfonso pertenecía, le destinó a las misiones de los
pueblos inmediatos, donde se recogía á brazadas la mies de pecadores
arrepentidos á la voz del nuevo apóstol.
Tanto trabajo, tanto celo por la gloria de Dios, arruinaron su salud, ya
quebrantada por una vida de estudio, de trabajo y continua penitencia, y cayó
enfermo de suma gravedad, hasta que, desahuciado por los médicos, se le
administró el Viático.
Alfonso no desmayó, sin embargo: lleno de confianza en María Santísima, hizo
que le llevaran la prodigiosa Virgen de las Mercedes, en cuyo altar había
depuesto su espada de caballero, y desde el punto en que la veneranda imagen
entró en su aposento, empezó á sentirse bien, en términos de que aquella misma
noche, según declaró el médico, se hallaba fuera de peligro.
El 21 de Diciembre de 1726 fué ordenado Sacerdote y ¡cosa notable y que no dejó
de asombrar a todos! aquel joven que acababa de ser elevado á la dignidad de
presbítero, fue inmediatamente destinado por el Arzobispo para dar los santos
ejercicios á todo el clero napolitano. Obedeció, siendo en el desempeño la
admiración de la ciudad. Concurrían á oirle los hombres más eminentes:
consumados teólogos, párrocos, canónigos y misioneros, y el mismo Cardenal
Arzobispo, que se gozaba de su elección, en un principio censurada.
Prodigio de aquella fecunda actividad que hemos visto germinar en su alma desde
los primeros años, y que de día en día se desplegaba al calor de la divina
gracia, su vida sacerdotal era casi humanamente inexplicable: cualquiera diría
que estaba siempre orando, predicando y confesando siempre, estudiando sin
cesar, y sin separarse de los enfermos. Y en medio de tantas y tan varias
ocupaciones, cada una de las cuales podía absorber la vida de un hombre, ya
principiada á escribir esa multitud de obras inmortales que le han elevado á la
suprema categoría de Doctor de la Iglesia. ¿Cómo hacía? ¿Cómo tenía tiempo y
fuerzas corporales para todo? No lo sabemos.
Por lo incomprensible, parece este uno de los milagros más patentes y más
estupendos, uno de los misterios sobrenaturales que forman como el ambiente de
su portentosa vida. No sólo tenía tiempo para todo, sino que todo lo hacía con
la perfección posible en las obras humanas. La virtud y la ciencia del nuevo
sacerdote arrastraban á las cercanas muchedumbres en torno del púlpito y del
confesionario, y las atraían también hasta de lejos los ecos de su fama y el
encanto de sus escritos.
Su padre que, siendo tan bueno y piadoso, se había opuesto a su vocación, ó por
debilidad ó por figurársele que no era verdadera, fué un día á oirle predicar,
y prorrumpió en copioso llanto, diciendo entre sollozos: «Mi hijo me ha hecho
conocer á Dios.»
Sí; Dios había puesto el dedo en el corazón de D. José de Ligorio, porque Dios
iba á hacer entrar á su hijo Alfonso por las puertas de su verdadera vocación
de religioso observante, á que desde el momento de su retirada del mundo había
querido consagrarse.
Veamos cómo sucedió este hecho, que es acaso el más notable en la vida del
Santo.
Por efecto de sus tareas apostólicas en varias provincias del reino de Nápoles,
su salud había vuelto á quebrantarse, y se le prescribió por algún tiempo la
vida del campo. En una ermita cerca de la ciudad de Scala, halló un lugar
retirado donde pudo consagrarse con algunos compañeros á la vida contemplativa.
Pero en los alrededores de esta ermita, llamada de Santa María de los Montes,
había una multitud de pastores que vivían sin alimento alguno espiritual.
Alfonso había conseguido permiso para tener en la capilla el Santísimo
Sacramento, y en aquel horno de amor se abrasaba su alma, y al calor que
despedía eran, como á dulce abrigo, atraídos los pobres campesinos, á quienes
comenzó á hablar, a catequizar, y á preparar convenientemente para ser
purificados en el tribunal de la Penitencia. Aquellos pastores llamaron á
otros, y Santa María de los Montes se convirtió dentro de poco en centro de
misión á donde acudían los aldeanos y campesinos de muchas leguas á la redonda.
La temporada de recreo quedó convertida en una especie de agosto espiritual, de
mucho trabajo, pero de copiosísimo fruto.
Aquel espectáculo hirió vivamente la imaginación del Santo, que inspirado por
Dios, comprendió la necesidad de esparcir la palabra divina entre aquellas
gentes abandonadas y pobres, predicándolas con sencillez acomodada á su inculta
inteligencia, y sobre todo, con la unción de la caridad y la eficacia del buen
ejemplo.
Al propio tiempo y en comprobación de que semejantes pensamientos eran de
inspiración sobrenatural, una religiosa de extraordinaria virtud llamada Sor
María Celeste, que vivía en el monasterio del Salvador en Scala, é ignoraba por
completo los designios del Santo, le dijo un día: «Dios quiere que seáis el
fundador de una Congregación de obreros evangélicos, para bien de los pobres
que más lo necesitan.»
Estas palabras, juntas con el relato de las visiones y revelaciones que tuvo
acerca de ello la venerable monja, impresionaron vivamente el ánimo de San
Alfonso. Regresó á Nápoles y consultó el proyecto con su director espiritual el
P. Pagano, con el célebre é ínclito P. Fiorilli, dominico, con los Obispos de
Castellamare y de Scala. Todos le aseguraron que era obra de Dios, para
realizar la cual encontraría persecuciones; pero que las superaría todas.
No le arredraban éstas, no las temió jamás, antes bien las creía indispensables
en toda santa empresa, y aun signo característico de ellas.
Mas cuando volvía los ojos hacia sí mismo reputándose flaco, miserable, desnudo
de virtudes y talento, sentía la más penosa inquietud, y su voluntad quedaba
suspensa entre el deseo de corresponder al llamamiento divino y el temor de
acometer una obra temeraria y superior á sus fuerzas.
Pero los consejos, y en lo que cabe, el mandato de sus directores y de personas
constituídas en alta dignidad, le animaron y sostuvieron contra tantas otras
que ya le combatían á banderas desplegadas, y el Santo, venciendo los reparos
de su humildad y el miedo de su siempre recelosa modestia, reunió algunos de
los compañeros que le habían manifestado deseos de concurrir al nuevo Instituto,
se dirigió con ellos á Scala, y con aprobación y aplausos del Diocesano,
estableció en esta ciudad la primera fundación.
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