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Nacimiento y juventud de Alfonso. Renuncia al mundo y toma el hábito eclesiástico


Divinamente predestinado para modelo de jóvenes y caballeros cristianos, de sacerdotes seculares, de religiosos observantes y superiores de una Congregación, de Obispos y ancianos agobiados, no sólo bajo el peso de la edad y los achaques á ella consiguientes, sino de crueles enfermedades del cuerpo y tenaces tribulaciones de espíritu, nació San Alfonso María de Ligorio el día 27 de Septiembre de 1696, en una quinta de los alrededores de Nápoles, llamada Marianella, propia de sus nobilísimos padres D. José de Ligorio y Doña Ana Cavalieri.
Pertenecía entonces aquel reino, y siguió perteneciendo algunos años después, á la corona de España, y el padre de Alfonso, que se distinguía por sus cristianas y piadosas costumbres, servía al rey en la milicia, y era capitán de las galeras napolitanas. Su esposa, dama de elevada alcurnia, sobresalía por sus notables prendas y acendrada devoción.
Acababa esta señora de reponerse completamente de las molestias del parto, cuando la fué á ver el grande apóstol de Nápoles, San Francisco de Jerónimo, de la Compañía de Jesús. Presentóle la madre al recién nacido para que lo bendijera. Hízolo así, con toda caridad y efusión de espíritu, el padre Jesuíta, y la dijo: -«Este niño llegará a muy avanzada edad, pues no morirá antes de los noventa años; será Obispo, y hará grandes cosas en la Iglesia de Jesucristo.»
Podía haber añadido: -«Este niño será canonizado el mísmo día que yo» - si Dios también se lo hubiese revelado, y su humildad le hubiera consentido manifestarlo.
Humanamente hablando, no se comprende cómo, después de este suceso, los padres de Alfonso, que escuchaban con fervoroso recogimiento la profecía, que debieron de darle completo asenso, a juzgar por el respeto y veneración que profesaban al santo Jesuíta, no dirigieron desde luego la educación de aquel niño hacia el estado eclesiástico a que el Señor lo llamaba, y mucho más cuando en ese estado había de brillar, según el vaticinio, por obras de gran resonancia en la religión católica, y por su categoría de Príncipe de la Iglesia.
Pero esta contradicción de miras y aun de carácter que, en el padre sobre todo, duró muchos años, sostenida con singular y desusado empeño, tiene una explicación: en traba en el orden de la Divina Providencia que el recién nacido brillase en diferentes estados como diamante de mil facetas, como espejo donde pudiesen contemplarse el estudiante y el Prelado, el caballero que ciñe espada y el misionero que enarbola el crucifijo, el abogado y el fundador de órdenes religiosas, el poeta y el maestro de moral, el músico y el escritor ascético. De todos debía de ser dechado San Alfonso, y para que así fuese, sus padres, secretamente movidos por Dios, tenían que llevar á su hijo por caminos en apariencia opuestos á su definitiva vocación.
Por otro aspecto, cautiva también nuestra meditación la historia de tan sublime varón apostólico. Está muy cerca de nosotros por el tiempo; -no conocemos otro más próximo que, después de elevado a los altares, haya sido revestido con el insigne título de Doctor de la Iglesia; - y si paramos mientes en su vida asombrosamente mortificada, en sus escritos doctrinales y prácticas de piedad, parécenos ver juntos en Alfonso un cristiano de los primitivos tiempos, un maestro de la Edad Media y un contemporáneo nuestro; de manera que en él se encuentran maravillosamente unidas tres edades del cristianismo: la edad de las grandes penitencias de la doctrina y de las grandes luchas con los Estados, para que campee como única verdadera grandeza la de la Iglesia, que en todos los siglos cuenta con la asistencia de Dios, y á quien nunca faltan ni los santos, ni los institutos, ni los hombres que necesita.
La madre de Alfonso no quiso encargará personas extrañas, como generalmente se acostumbra entre los nobles, la sagrada obligación de enseñará su hijo la doctrina cristiana, y la de habituarle á los ejércitos de piedad; ella le amamantó en la religión desde su propio regazo. El niño se empapaba en la devoción con verdadera delicia; rezaba el Santo Rosario con toda la familia; oraba solo también; y algo más tarde, dos veces por semana se purificaba con el sacramento de la penitencia. A los diez años recibió por vez primera la Santísima Eucaristía, bajo la dirección del P. Pagano, religioso de San Felipe de Neri. Asistía constantemente á los actos de la devota Congregación de jóvenes nobles, establecida en Nápoles, dando admirable ejemplo de piedad á todos, y principalmente á sus hermanos. Amaba el retiro, y con la mayor humildad obedecía á sus superiores.
Puede inferirse la inocencia en que el tierno adolescente vivía, por el siguiente suceso:
Acompañaba un día de recreación á los Padres Filipenses en la Quinta del Príncipe de la Riccia, donde fué invitado por sus condiscípulos á tomar parte en un juego, que nada tenía en sí de pecaminoso. Excusábase Alfonso por no conocer el juego; pero importunado por sus compañeros, que se lo explicaban, entró en la partida, y la ganó. Esto que vió uno de sus amigos, prorrumpió despechado en imprecaciones y palabras malsonantes. Corrigiólo Alfonso, y afligido al oirle, y al pensar que había sido causa, aunque involuntaria, de aquel pecado, retiróse al fondo de un bosquecillo del jardín en que estaban entreteniéndose, puso en un laurel la imagen de la Virgen Santísima, que siempre llevaba consigo, y postrado ante ella, se entregó a la oración, y quedó luego en éxtasis, hasta que á la noche sus compañeros, que por todas partes lo buscaban, lo sorprendieron en dulce arrobamiento.
Desde los primeros años adquirió la salvadora costumbre de estar ocupado siempre, y miró con horror la ociosidad, y como pecado el perder un solo momento; descansando del estudio en la oración, y del trabajo material con obras de misericordia. Convertida en hábito diligencia tan fecunda, sostenida y santificada por voto especial, puede decirse que imprimió carácter singularísimo á la vida del Santo; y ciñéndonos á la época de su juventud, debemos añadir que sólo su actividad y aplicación, juntas al peregrino ingenio de que Dios tan copiosamente le había dotado, explican los progresos que hizo en humanas letras, con asombro de sus maestros y gran satisfacción y esperanzas de sus buenos padres.
Sin salir apenas de su niñez, aprendió con suma facilidad, después de las primeras letras, las lenguas latina, griega, francesa y española, la música, el dibujo y aun la pintura, y luego la filosofía y las matemáticas. Y concluída esta enseñanza preparatoria, por orden de su padre, dedicóse al estudio de las leyes y cánones, llegando al extremo de que poco después de haber cumplido diez y seis años, es decir, cuando otros principian una carrera universitaria, pudo recibir la borla de Doctor en ambos derechos con dispensa de edad.
Un joven que tan alta meta alcanzaba, entrado apenas en la adolescencia, y que al propio tiempo componía en música, pintaba cuadros y hacía versos con aquella suavidad, dulzura é inspiración de que tenemos muestra en las canciones que forman parte de sus inmortales obras; un joven que conservaba como vestidura propia la virginal pureza, la gracia bautismal, sostenida por la más ardiente piedad bien puede ser escogido como dechado de estudiantes.
Dios lo guiaba: sus padres, que siempre debían estar recordando la profecía de San Francisco de Jerónimo, lo encaminaban por sendas, al parecer diversas de la carrera eclesiástica; pero así lo disponía el Señor, y quien lo puso por modelo de estudiantes en el siglo, no lo dió luego por espejo de abogados en el foro.
Diez y ocho años bien cumplidos tenía cuando apareció por vez primera en los tribunales de Nápoles, y aun no llegaba a los veinte, cuando había adquirido numerosísima clientela. Así debía de ser por el orden regular de las cosas: tenía natural perspicacia, conocimiento de la legislación, elocuencia sencilla y arrebatadora y suma facilidad y paciencia para oír a sus consultantes. Todo esto en un caballero de gallarda presencia, de elevada posición social, de intachables costumbres y de prácticas religiosas, en las cuales se dejaba conducir por el P. Pagano, su director espiritual desde la infancia; todo esto, repetimos, atraía y edificaba. Alfonso, sin saberlo, comenzaba ya el oficio de predicador, en que había de resplandecer el resto de su vida; porque hasta de seglar y de abogado predicaba con el ejemplo. Y sólo su ejemplo bastó para convertir á un moro que su padre había traído en sus expediciones marítimas, y que destinó al servicio de su hijo. «La fe en que mi amo vive con tanta honestidad y devoción no puede ser falsa», dijo el mahometano, y pidió el bautismo.
Descollaban ya entre sus devociones la del Santísimo Sacramento y la de la Virgen, Madre de Dios, y conmovía dulcemente ver aquel simpático joven siempre recogido y enfervorizado delante del altar, cuando Su Divina Majestad estaba expuesto en alguna iglesia. En los Ejercicios espirituales que dirigió en el Colegio de la Compañía el P. Baglione, era propuesto á los demás jóvenes como ejemplar modelo.
Tan grande fué el crédito que adquirió en la sociedad más distinguida, y muy especialmente en el foro, por su talento y virtud, que se le encomendaban las causas más difíciles en la capital y en las provincias de aquel reino.
Varios príncipes, admirados de las hermosas prendas que adornaban al santo caballero, ambicionaban darle alguna de sus hijas por esposa; pero el padre de Alfonso tenía ya proyectado su matrimonio con la noble dama Doña Teresa de Ligorio, hija única del príncipe de Presiccio, su pariente. Alfonso no dio respuesta alguna á las indicaciones paternales, confiando la resolución al tiempo, al consejo de su director y á la oración.
Continuaba ejerciendo cada vez con más crédito su profesión de abogado: en los siete años que llevaba de bufete, ni un solo pleito había perdido; pero precisamente cuando sostenía uno muy importante contra el Gran Duque de Toscana, y esperaba ganarlo como todos, por haber echado en la defensa todo el peso de su elocuencia y sabiduría, el abogado de la parte contraria le advierte una equivocación en que involuntariamente había incurrido, y en la que fundaba precisamente toda su argumentación... «Tenéis razón, exclamó Alfonso con sinceridad, pero confundido: me he equivocado.»
Bajó humildemente la cabeza, y se retiró a su casa diciendo: «Quedad con Dios, tribunales.»
Y aun otro adiós debió dar también en el fondo de su corazón, porque añadió:
-«¡Oh mundo, mundo, ya te he conocido!»
Y ocultándose en su aposento, permaneció tres días encerrado, llorando delante de su Crucifijo, sin ver á nadie y sin tomar alimento alguno.
A esta larga turbación de ánimo sucedió una calma apacible. Resuelto á no presentarse ya en el foro, se despidió de su numerosa clientela y se apartó aun de sus más íntimos amigos. No hallaba consuelo sino en la iglesia, en el hospital de incurables y en su casa leyendo las vidas de los Santos y meditando libros espirituales; pero su mayor regalo era visitar á Jesús Sacramentado expuesto en las Cuarenta Horas, perseverando dos y tres horas arrodillado delante de su amado Señor.
Estando cierto día en su favorito hospital consolando á los enfermos, aliviándoles y sirviéndoles, de repente se ve rodeado de brillantísima luz, siente estremecerse violentamente la casa, y oye una voz que le dice: «Deja el mundo y entrégate del todo a mí.» Creyendo fuese una ilusión, siguió en su tarea hasta la hora de volver á su casa. Al bajar las escaleras siente de nuevo conmoverse el edificio, y la misma voz que le dice: «Deja el mundo y entrégate todo á mí.» Reconoció entonces el extraordinario favor del cielo, y deshecho en llanto exclama: «Dios mío, demasiado he resistido a vuestra gracia; aquí me tenéis; haced de mí lo que queráis.» Y en vez de regresar á su casa, dirigióse a la iglesia de la Redención de Cautivos, y allí, delante de Nuestra Señora de las Mercedes, desciñóse su espada de caballero, y la colgó en el altar por prenda de la completa renuncia que hacía del mundo. Poco después pasó a ver a Monseñor Cavalieri, su tío, al Padre Pagano, su director espiritual, y á otro respetable sacerdote, para manifestarles su firmísisma resolución.
Quedábale la grande, la terrible dificultad de vencer la oposición de su padre y las lágrimas de su querida madre; pero acudiendo al cielo, redoblando sus obras de piedad, las visitas á los hospitales, al Santísimo Sacramento y a la Virgen María, y sus ejercicios de mortificación, consiguió, por fin, el consentimiento por que tanto anhelaba, y renunciando todos sus derechos de primogenitura y la mano de la joven y bella Princesa que le estaba destinada, abandonó el mundo, sus dignidades, grandezas y placeres el día 27 de Octubre de 1723, cuando contaba veintiséis años, y vistió el traje eclesiástico.

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