La fundación de una orden religiosa, como remedio de
la necesidad social más hondamente sentida en cada época entra en las miras de
la Providencia que inspira y escoge a los hombres para llevar á feliz remate la
salvadora empresa. A fin de que en ella resplandezca y se manifieste más clara
la intervención divina, ó faltan muchas veces los medios que humanamente
hablando pueden conducir al buen éxito de la obra, ó se encuentran en tan
enorme desproporción con la grandeza del intento, que éste, á los ojos de la
razón, parece temerario y absurdo. El mundo suele calificarlo de locura, y lo
es en cierto nobilísimo sentido: locura como la de la cruz en los primeros
siglos del cristianismo: locura de fe, de confianza en la voluntad de Dios y
negación de sí propio; locura semejante a la de querer renovar la faz de la tierra
con la predicación de unos cuantos pescadores.
Fué nuestro Santo uno de esos hombres providenciales. Sintió en su corazón la
necesidad de pasto espiritual en que se encontraban innumerables gentes
desparramadas en chozas, aldeas y caseríos, en páramos y montes casi desiertos,
sin poder apenas asistirá misa, ni oir la palabra divina, ni acercarse al
tribunal de la Penitencia, sumidas en el embrutecimiento de la ignorancia religiosa;
y comprendiendo que para enseñarles lo más esencial del Catecismo no bastaban
ni el celo mismo de los párrocos rurales, ni el incentivo de solemnes actos de
piedad y el espléndido culto de las ciudades, Dios le inspiró el pensamiento de
fundar un instituto especialmente dedicado á dar misiones, instrucción y ejercicios
devotos á todas esas pobres almas encenagadas en la sordidez de una vida casi
exclusivamente material.
La idea, sencilla y no de suma importancia al parecer, respondía, sin embargo,
a la necesidad de acudir al remedio del ponzoñoso virus de rebeldía y
desesperación que ya se notaba en las últimas capas de la sociedad civil, y que
había de producir con el tiempo los profundos trastornos que hoy miramos
espantados, y que aun parecen definitivos, sino precursores de otros más hondos
y terribles para lo porvenir. Eran también á la sazón punto menos que
irrealizables los generosos deseos del Santo.
En efecto, corrían ya malos vientos en aquellos días contra las congregaciones
religiosas: los jansenistas más ó menos francos, preparando el campo á la
revolución francesa, se habían desatado principalmente contra la Compañía de
Jesús; y se miraba ya con prevención y hasta con despreciativa sonrisa por los
mismos gobiernos católicos, todo lo que trascendiese á comunidades de
observantes.
Personas que al parecer querían y estimaban á San Alfonso por su vida ejemplarísima,
por la persuasiva de su palabra avasalladora, por su ciencia y extraordinario
talento; desde el punto en que lo vieron empeñado en la creación de un nuevo
instituto, comenzaron á juzgarle lastimosamente caído en debilidad y flaqueza,
como un iluso que se dejaba engañar por las falsas revelaciones de una pobre
monja visionaria.
Nada de esto le perturbó ni le infundió desconfianza. Blando, compasivo,
deferente con el prójimo, era inflexible, imperturbable cuando conocía la
voluntad de Dios. Y estaba seguro de conocerla en aquel trance, por haber hecho
renuncia de la suya en manos de sus directores espirituales. Seguía ciegamente los
preceptos, los deseos, las insinuaciones de su confesor el P. Pagano; pero como
personas de autoridad y respeto le aconsejaran que tomase el parecer del
célebre dominico P. Fiorilli, contestó: «Pediré la venia á mi director, y si él
me lo manda, iré á ver á ese padre.» Debidamente autorizado, fué San Alfonso á
los pies del venerable y docto hijo de Santo Domingo, y fué con abnegación perfecta,
resuelto, no á cumplir lo que él creía voluntad de Dios, sino lo que el nuevo
director le indicase como voluntad divina.
Ya hemos dicho antes que el padre Fiorilli le sostuvo con todas sus fuerzas.
Asegurado en el terreno firme de la obediencia, y fortalecido por sus inmediatos
superiores, ya no vaciló; y como una saeta rompe el aire, así él se propuso
romper cuantos muros se alzaron contra su propósito, importándole poco estar
solo ó acompañado, antes bien, siguiendo á San Ignacio de Loyola y Santa Teresa
de Jesús, á quien había escogido por su especial abogada, tomaba los
inconvenientes, dificultades y obstáculos de todo género por prenda singularísima
de la protección del cielo.
Así llegó protegido por Monseñor Santoro, Obispo de la Scala, á fundar, como
hemos dicho, la primera casa del Instituto el día 9 de Noviembre de 1732.
Era tan pequeña, que aparte de un devoto oratorio, sólo constaba de tres piezas
y una sala de cortas dimensiones. Allí se cobijaron unos diez eclesiásticos,
que siguieron á Alfonso, y dos abogados legos, uno de los cuales, joven de brillante
posición, tuvo que aprender el oficio de cocinero para el servicio de la
comunidad. El menaje se reducía á unos cuantos jergones y mantas, con pobre y
tosco servicio de mesa y cocina. Pero todos los congregantes estaban inflamados
en amor de Dios, y su delicia era pasar largo rato, noche y día, delante del
Santísimo Sacramento. Su comida escasa y ordinaria se reducía á una sopa sazonada,
por lo general con hierbas ó pócimas amargas, para hacerla menos grata al paladar.
Comían unos de rodillas, otros postrados y otros con una gruesa piedra colgada
al cuello. Todos los días tomaban una disciplina, y pasaban el tiempo en la
oración, en la mortificación, en el púlpito y el confesionario. Establecieron
al punto cuatro congregaciones, a saber: para nobles, para artesanos y jóvenes
de uno y otro sexo, y comenzaron luego á difundir el evangelio por aldeas y
cabañas, á instruir á los ignorantes campesinos y guiarlos por el camino de la
salvación.
El fruto que de esta predicación conseguía el Santo era ya tan fecundo y
sabroso, que los Obispos de las diócesis inmediatas le llamaban para dar
misiones, y se palparon los beneficiosos resultados de la Congregación y la
necesidad de extenderla por todas partes.
Dios, sin embargo, quiso probar al fundador con la más cruel amargura. Al poco
tiempo de haber instituído la Congregación, se propuso, como era natural, darla
algunas reglas por escrito, lo cual suscitó por la diversidad de pareceres no
pocas dificultades. Algunos congregantes querían, entre otras cosas, establecer
escuelas de niños; pero San Alfonso, iluminado por Dios y guiado por sus
consejos, se opuso con razones que le dictaba la prudencia. Los compañeros le
abandonaron entonces, y el Santo se quedó solo con tres, á saber: el P.
Sarnelli, el P. César Sportelli y el hermano lego, el famoso abogado Vito
Curcio.
No por eso se acobardó, seguro como estaba de la protección divina, la cual fué
tan visible, que á los pocos días ingresaron en la Congregación muchos más de
los que se habían ido.
Así empezó el Instituto y se difundieron sus obras, y fué aumentando rápidamente
el número de sus casas religiosas.
Escribió la santa regla, reunió á sus compañeros, se la propuso, y después la
envió al Sumo Pontífice Benedicto XIV, que la aprobó en Breve Pontificio de 25
de Febrero de 1749. San Alfonso quiso entonces quedarse de simple religioso
dentro del Instituto; pero en vano, y fué aclamado por todos sus compañeros,
reunidos en Capítulo, Rector mayor, y Superior General de la Congregación, que
tomó el nombre del Santísimo Redentor. Todos los asistentes hicieron su
profesión, renovando los votos simples de pobreza, castidad y obediencia, con
el voto y juramento de perseverancia hasta la muerte; de los cuales sólo podían
ser dispensados por el Sumo Pontífice ó por el Rector mayor. El Santo pronunció
además el voto de hacer siempre lo que creyera más perfecto y más agradable á
Dios Nuestro Señor. Voto dificilísimo y que sin embargo observó puntualmente
hasta la muerte.
Apenas fué aprobada la Regla para que rigiese en la Iglesia universal, vió San
Alfonso proclamado en muchas partes su Instituto.
Además de los colegios existentes en el reino de Nápoles, se establecieron
otros siete en los Estados Pontificios, y hasta en la misma Roma. En Sicilia se
hicieron también fundaciones. Progresó tanto la Orden, que apenas muerto el
Santo se fundaron tres colegios en Polonia, y el día de su canonización,
acaecida 52 años después de su muerte, hubo Redentoristas en todos los países
de Europa, y hasta en las lejanas regiones de la América.
Su objeto principal eran las misiones, y por eso mandó el Santo que sus hijos,
después de algunos años de preparación, saliesen como misioneros á predicar la
divina palabra, y estableció academias especiales en las que se instruían
sólidamente en el santo ejercicio de la predicación. Conocía cuán necesaria es
la administración del sacramento de la Penitencia, para la cual examinaba con rigor
a los jóvenes misioneros sobre Teología moral. Tres son los libros que necesita
todo misionero, decía: el Santo Crucifijo para el espíritu interior; la Sagrada
Escritura explicada por los Santos Padres, para la predicación, y la Teología dogmático-moral
para la administración de los Sacramentos.
Llevó a cabo con tanta perfección la obra de las misiones, que con razón le llamaban
todos «el verdadero misionero de nuestra época.»
En memoria y como perpetuo aviso de los propósitos hechos durante la misión,
solían dejarse cinco grandes cruces en las afueras del pueblo, y se exhortaba á
los fieles a visitarlas á menudo para ganar las muchas indulgencias concedidas
por este acto de piedad. Las casas de Redentoristas eran centros de conversión
de pecadores: las cruces que los padres misioneros dejaban en cada misión
venían á ser centros de perseverancia.
De esta suerte la obra del Instituto del Santísimo Redentor quedaba completa,
según los deseos de su fundador San Alfonso.
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