Una historia real
—Todo va bien —decía el médico—. Ahora, recuéstese y relájese.
Su voz sonaba a kilómetros de distancia y parecía que le estaba
gritando.
—Tiene usted un hijo.
—¿Cómo?
—Que tiene usted un hermoso hijo. Lo comprende, ¿verdad? Un hermoso
niño. ¿Le ha oído llorar?
—¿Está bien, doctor?
—Claro que sí.
—Déjeme verlo, por favor.
—Lo verá usted en seguida.
—¿Está seguro de que se encuentra bien?
—Completamente seguro.
—¿Sigue llorando?
—Intente descansar. No debe preocuparse por nada.
—¿Por qué ha dejado de llorar, doctor? ¿Qué ha pasado?
—No se excite, por favor. Todo va bien.
—Quiero verle. Déjeme verle, se lo ruego.
—Querida señora —dijo el médico, dándole un golpecito en la mano—. Tiene
usted un hermoso niño, fuerte y sano. ¿Es que no me cree?
—¿Qué está haciendo aquella mujer?
—Está poniendo guapo a su niño para que usted lo vea —dijo el doctor—. Sólo lo están lavando un
poco. Tiene que darnos unos minutos.
—¿Me jura usted que está bien?
—Se lo juro. Ahora, recuéstese y relájese. Cierre los ojos. Eso es. Así
está mejor. Buena chica...
—He rezado sin parar para que viva, doctor.
—¡Claro que vivirá! ¿De qué está usted hablando?
—Los otros no vivieron.
—¿Cómo?
—Ninguno de mis otros hijos ha sobrevivido, doctor.
El médico estaba al lado de la cama, mirando la cara pálida y exhausta
de la joven. No la había visto hasta entonces. Ella y su esposo eran nuevos en
la ciudad. La dueña de la fonda, que había ido a ayudar en el parto, le había
dicho que el marido trabajaba en la aduana, en la frontera, y que habían
llegado a la fonda sin avisar, hacía tres meses, con un baúl y una maleta. El
marido era un borracho, según la dueña de la fonda; un borrachuzo chulo,
arrogante y tiránico, pero la joven era amable y religiosa. Y estaba siempre
muy triste. Nunca sonreía. En las pocas semanas que llevaban allí, la dueña de
la fonda no la había visto sonreír ni una sola vez.
También corría el rumor de que era el tercer matrimonio del marido, que
su primera esposa había muerto y que la otra se había divorciado de él por
razones bastante deshonrosas. Pero era sólo un rumor.
El médico se inclinó y tiró de la sábana para tapar el pecho de la
paciente.
—No debe preocuparse por nada —dijo amablemente—. Es un niño
absolutamente normal.
—Eso mismo me dijeron de los otros. Pero los perdí a todos, doctor. En
los últimos dieciocho meses he perdido a mis tres hijos, así que no puede usted
reprocharme que esté preocupada.
—¿Tres?
—Éste es el cuarto... en cuatro años.
El médico movió, incómodo, los pies sobre el suelo desnudo.
—Doctor, no creo que sepa usted lo que supone perderlos a todos, a los
tres, lentamente, uno a uno. Aún los estoy viendo. En este momento veo la cara
de Gustavo tan claramente como si estuviera aquí, en la cama, a mi lado.
Gustavo era un niño precioso, doctor, pero siempre estaba enfermo. Es terrible
que siempre estén enfermos y no se pueda hacer nada para ayudarles.
—Sí, lo comprendo.
La mujer abrió los ojos, miró fijamente al médico unos segundos y los
volvió a cerrar:
—La niña se llamaba Ida. Murió unos días antes de Navidad, hace sólo
cuatro meses. Me gustaría que hubiera visto a Ida, doctor.
—Ahora tiene usted otro hijo.
—Pero Ida era tan guapa...
—Sí —dijo el médico—. Lo sé.
—¿Cómo puede usted saberlo? —exclamó.
—Estoy seguro de que era una niña preciosa, pero éste también lo es.
El doctor se separó de la cama, se dio la vuelta, fue hasta la ventana y
se quedó mirando afuera. Era una tarde de abril, lluviosa y gris, y en la acera
de enfrente vio los techos rojos de las casas y las enormes gotas de agua que
se aplastaban contra las tejas.
—Ida tenía dos años, doctor... Era tan guapa que no podía dejar de
mirarla, desde que la vestía por la mañana hasta que la acostaba por la noche.
Entonces vivía aterrorizada de que le ocurriese algo a aquella criatura.
Gustavo había muerto, y también el pequeño Otto; ella era lo único que me
quedaba. A veces me levantaba por la noche, iba de puntillas hasta la cuna y le
ponía el oído junto a la boca para comprobar que respiraba.
—Intente descansar —dijo el médico, volviendo a acercarse a la cama—.
Por favor, intente descansar.
El rostro de la mujer estaba blanco y exangüe, con un ligero tinte gris
azulado en torno a la nariz y la boca. Unos mechones de pelo húmedo le caían
sobre la frente y se le pegaban a la piel.
—Cuando murió... Ya
estaba embarazada otra vez cuando ocurrió aquello, doctor. Estaba de cuatro
meses cuando murió Ida. «¡No lo quiero!», gritaba después del funeral. «¡No
quiero tenerlo! ¡Ya he enterrado bastantes hijos!» Y mi marido... se paseaba
entre los asistentes con un gran vaso de cerveza en la mano... Se volvió hacia
mí y me dijo: «Tengo buenas noticias para ti, Clara, buenas noticias.» ¿Se lo
imagina usted, doctor? Acabábamos de enterrar a nuestro tercer hijo y él, tan
tranquilo, con un vaso de cerveza en la mano, me dice que tiene buenas
noticias. «Hoy me han destinado a Brunau, así que ya puedes hacer el equipaje.
Así empezarás desde cero, Clara. Es un sitio nuevo, y tendrás otro médico...»
—No hable usted más,
se lo ruego.
—Usted es el médico
nuevo, ¿no doctor?
—Sí.
—Y estamos en Brunau.
—Sí.
—Estoy asustada,
doctor.
—Intente
tranquilizarse.
—¿Qué posibilidades
tiene el cuarto?
—Tiene usted que
dejar de pensar en esas cosas.
—No lo puedo
remediar. Estoy segura de que es algo hereditario, que hace que mis niños se
mueran de ese modo. Tiene que ser eso.
—No diga tonterías.
—¿Sabe usted lo que
me dijo mi marido cuando nació Otto, doctor? Entró en la habitación, miró la
cuna en la que estaba el niño y dijo: «¿Por qué todos mis hijos tienen que ser tan pequeños y débiles?»
—Estoy seguro de que
no dijo eso.
—Metió la cabeza en
la cuna de Otto, como si estuviese examinando un insecto, y dijo: «Lo único que
quiero saber es por qué no pueden ser mejores ejemplares. Es lo único que quiero saber.» Y tres días después Otto había
muerto. Le bautizamos rápidamente. Y luego murió Gustavo. Y después Ida. Todos
murieron, doctor..., y la casa se quedó vacía de repente.
—No piense ahora en
eso.
—¿Éste es igual de
pequeño?
—Es un niño normal.
—¿Pero pequeño?
—Un poco, sí, pero a veces los pequeños son mucho más fuertes que los
grandes. Imagíneselo, señora Hitler, el año que viene por estas fechas estará
casi aprendiendo a andar. ¿No es una idea maravillosa?
La mujer no contestó.
—Y dentro de dos años probablemente hablará por los codos y la volverá
loca con su parloteo. ¿Ha decidido ya qué nombre ponerle?
—¿El nombre?
—Claro.
—No sé. No estoy segura. Creo que mi marido dijo que si era niño le
pondríamos Adolfo.
—Entonces le llamarán Adolfo.
—Sí. A mi marido le gusta ese nombre porque se parece un poco a Alois.
Él se llama Alois.
—Estupendo.
—¡Oh, no! —exclamó,
incorporándose bruscamente sobre la almohada—. ¡Es lo mismo que me preguntaron
cuando nació Otto! ¡Eso significa que se va a morir! ¿Quieren bautizarlo inmediatamente?
—Vamos, vamos —dijo el médico cogiéndola suavemente por los hombros—.
Está usted completamente equivocada. Es que soy un viejo curioso, pero nada
más. Me gusta hablar de nombres. Me parece que Adolfo es un nombre muy bonito,
uno de mis favoritos. Mire, aquí le tenemos.
La dueña de la fonda, con el niño apretado contra su enorme pecho,
atravesó majestuosamente la habitación y llegó hasta la cama.
—¡Aquí tiene a esta hermosura! —exclamó rebosante de alegría—. ¿Quiere
usted cogerlo? ¿Se lo pongo a su lado?
—¿Está bien abrigado? —preguntó el médico—. Aquí hace muchísimo frío.
—Claro que está bien abrigado.
El bebé iba apretadamente envuelto en un chal de lana blanca, del que
sólo sobresalía la cabecita sonrosada. La dueña de la fonda lo colocó con
cuidado en la cama, al lado de la madre.
—Bueno, aquí lo tiene —dijo—. Ahora puede mirarlo todo lo que quiera.
—Creo que le gustará —dijo el médico, sonriendo—. Es un niño muy
hermoso.
—¡Tiene unas manos preciosas! —exclamó la dueña de la fonda—. ¡Qué dedos
tan largos y delicados!
La madre no se movió. Ni siquiera volvió la cabeza para mirar.
—¡Vamos! —exclamó la dueña de la fonda—. ¡No le va a morder!
—Me da miedo mirar. No me atrevo a creer que tengo otro niño y que está
bien.
—No sea usted tonta.
Muy despacio, la madre volvió la cabeza y miró la carita increíblemente
serena que reposaba en la almohada, a su lado.
—¿Es éste mi niño?
—¡Claro!
—¡Pero..., pero si es muy guapo!
El médico se dio la vuelta, fue hasta la mesa y empezó a guardar sus
cosas en el maletín. La madre, tumbada en la cama, miraba al niño, le sonreía,
le tocaba y emitía ruiditos de contento.
—¡Hola, Adolfo! —susurraba—. ¡Hola, Adolfito mío...!
—¡Chiss! —dijo la dueña de la fonda—. ¡Escuche! Creo que llega su
marido.
El médico se dirigió a la puerta, la abrió y miró al pasillo.
—¿Señor Hitler?
—Sí, soy yo.
—Entre usted, por favor.
Un hombre bajo, de uniforme verde oscuro, entró en la habitación sin
hacer ruido y miró a su alrededor.
—Le felicito —dijo el médico—. Tiene usted un hijo. Aquel hombre llevaba
bigote y unas patillas enormes, meticulosamente recortadas al estilo del
emperador Francisco José, y apestaba a cerveza.
—¿Un hijo?
—Sí.
—¿Cómo está?
—Muy bien. Y su esposa también.
—Estupendo.
El padre se dio la vuelta y, con un andar curiosamente saltarín, se
acercó a la cama en la que descansaba su mujer.
—Vamos a ver, Clara —dijo, sonriendo bajo el bigote—. ¿Qué tal ha ido
todo?
Se inclinó para mirar al niño y siguió inclinándose con una serie de
movimientos sincopados, hasta que su cara quedó a unos cuarenta centímetros de
la cabeza de la criatura. La mujer estaba tumbada de lado, apoyada en la
almohada, y lo observaba con una mirada suplicante.
—Tiene unos pulmones fantásticos —le hizo saber la dueña de la fonda—.
Tendría usted que haberle oído gritar nada más llegar al mundo.
—Pero, por Dios, Clara...
—¿Qué pasa, cariño?
—¡Que éste es aún más pequeño que Otto!
El doctor dio rápidamente unos pasos hacia adelante.
—Este niño no tiene absolutamente nada anormal —dijo.
El marido se enderezó despacio, se separó de la cama y miró al médico.
Parecía herido y desconcertado.
—No sirve de nada mentir, doctor —dijo-. Yo sé lo que pasa. Será lo de
siempre.
—Haga el favor de escucharme —replicó el médico.
—¿Pero sabe usted lo que ocurrió con los otros, doctor?
—Tiene que olvidarse de los otros. Concédale a éste una oportunidad.
—¡Pero es tan pequeño y tan débil!
—¡Mire usted, señor mío, no es más que un recién nacido!
—Aun así...
—¿Qué es lo que quiere hacer? —gimió la dueña de la fonda—. ¿Cavarle la tumba?
—¡Basta ya! —exclamó el médico con brusquedad.
En aquel momento la madre se echó a llorar. Fuertes sollozos le sacudían
el cuerpo.
El doctor se acercó al marido y le puso una mano en el hombro.
—Sea bueno con ella, se lo ruego —susurró—. Es muy importante.
Apretó el hombro del marido con más fuerza y
lo empujó disimuladamente hacia el borde de la cama. El marido dudaba. El
médico apretó aún más, mientras le hacía gestos apremiantes con la mano. Por
fin, el marido se agachó de mala gana y besó ligeramente a su mujer en la
mejilla.
—Vamos, Clara —dijo—, deja de llorar.
—He rezado tanto para que viva, Alois...
—Ya.
—Durante meses he ido todos los días a la iglesia para pedir de rodillas
que éste pueda vivir.
—Sí, Clara, ya lo sé.
—Tres hijos muertos es lo máximo que puedo soportar. ¿No te das cuenta?
—Sí.
—Tiene que vivir, Alois. Tiene que
hacerlo. ¡Oh, Dios mío, ten misericordia de él!
* * *
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