El único comentario que se antoja es el del lector al terminar la lectura: "¡Oh, no!"
El hombre del News preguntó:
—¿Qué piensa de los visitantes, señor Nathen? ¿Son amistosos? ¿Parecen humanos?
—Muy humanos —aseguró el hombre delgado.
Afuera, la lluvia golpeaba los grandes ventanales con un constante y leve tamborileo, que disminuía la visibilidad del campo aéreo donde Ellos llegarían. Sobre el piso de concreto, los charcos eran acribillados por la lluvia, y el pasto que crecía entre las pistas de aterrizaje, no utilizadas en la actualidad, brillaba húmedo, doblándose ante el empuje del viento.
A una respetable distancia del sitio donde aterrizaría la gran nave espacial estaban las grises formas de los camiones, donde se agazapaban los integrantes de los equipos de TV dentro de las unidades móviles, aguardando. Más allá, en el paisaje desierto y arenoso, tras las dunas, la artillería se desplegaba en un gran círculo, y en el horizonte, los bombarderos permanecían alertas en sus bases, guardando al mundo contra una posible traición de la primera nave espacial extraterrestre que llegara a la Tierra.
—¿Sabe algo acerca de su planeta de origen? —preguntó el hombre del Herald.
El enviado del Times permaneció entre los demás, escuchando distraídamente, pensando preguntas, pero reservándolas. Joseph R. Nathen, el joven delgado, de lacios cabellos negros y líneas cansadas en el rostro, era tratado con respeto por sus entrevistadores. Obviamente se le notaba con los nervios de punta, y no querían abrumarlo con demasiadas respuestas a la vez. Deseaban conservar su buena voluntad. Mañana sería una de las mayores celebridades que nunca hubieran aparecido en los encabezados periodísticos.
—No. Nada directamente.
—¿Algunas ideas o deducciones? —insistió el del Herald.
—Su mundo debe ser como la Tierra, para ellos —respondió el joven, con incertidumbre—. El medio ambiente evoluciona al animal. Pero sólo en términos relativos, por supuesto. —Los miró brevemente, y después desvió la vista, evasivo, mientras los negros cabellos empezaban a pegarse en su frente, debido al sudor.
—De tipo terrestre —murmuró un periodista, escribiendo como si fuera lo único comprensible.
El hombre del Times miró de reojo al del Herald, preguntándose si lo notó, y en respuesta recibió una mirada rápida.
El del Herald preguntó a Nathen:
—¿Cree usted que sean peligrosos?
Era la clase de pregunta que habitualmente rompía la reticencia y rápidamente hacía surgir hechos cuando daba en el blanco. Todos sabían de los preparativos militares, aunque se suponía que era un secreto.
La pregunta falló. Nathen miró vagamente a través de la ventana.
—No. Yo diría que no.
—¿Cree, entonces, que son amistosos? —persistió el del Herald, igualmente positivo en la posición opuesta.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Nathen.
—Los que conozco, lo son.
No había nada en esa dirección, y tenían que tener los hechos básicos de la historia antes de que llegara la nave. El del Times preguntó:
—¿Qué los llevó a entrar en contacto con usted?
Nathen respondió, tras una breve vacilación:
—Estática. Estática de radio. El ejército les informó de mi trabajo, ¿no es así?
El ejército no les dijo nada en lo absoluto. El oficial que los llevó para la entrevista permanecía vigilante, como si instintivamente objetara que se dijera cualquier cosa al público.
Nathen lo miró suspicazmente.
—Mi trabajo es el de descodificador en el Departamento de Inteligencia Militar. Uso un receptor direccional. Sintonizo bandas extranjeras, grabo cualquier mensaje en clave o enmarañado, que pueda captar, y construyo descodificadores para todos los patrones básicos de los códigos.
El oficial tosió discretamente, pero no dijo nada.
Los reporteros sonrieron, anotando todo.
Los reglamentos de seguridad cambiaron desde que las Naciones Unidas legalizaron la inspección de armamentos. La información completa era la única seguridad contra el rearme secreto, y el espionaje se convirtió en una especie de servicio público. Ahora el admitirlo era un acto de buenas relaciones públicas.
—En mi tiempo libre empecé a dirigir mi receptor hacia las estrellas —prosiguió Nathen—. Como ustedes saben, hay ondas radiales de las estrellas. Suenan como ruidos estáticos y, ocasionalmente, como una aglomeración de chillidos. Se han escuchado durante largo tiempo, y se ha investigado, tratando de encontrar la razón de que la radiación estelar en esas bandas, viniera en tales estallidos de irregularidad. No parecían naturales.
Hizo una pausa y sonrió con incertidumbre, consciente de que lo que diría a continuación era lo que lo haría famoso, una idea que se le ocurrió mientras escuchaba, una idea tan simple y tan perfecta como la que tuvo Newton cuando vio caer la manzana.
—Decidí que no era natural y traté de descifrarlo.
Apuradamente trató de explicarlo, para que se viera que era obvio.
—Verán, hay un viejo truco para ocultar un mensaje, y es acelerarlo en una grabación hasta que suene como un breve crujido de estática, antes de transmitirlo. He oído antes esa clase de sonidos.
—¿Quiere decir que ellos transmitían en clave? —preguntó el del News.
—No exactamente en clave. Todo lo que se necesita es grabarlo y ponerlo a tiempo más lento. Ellos no transmiten para nosotros. Si una estrella tiene planetas, planetas habitados, y hay transmisiones de radio entre ellos, harían la transmisión en un rayo muy angosto, para ahorrar energía. —Miró para ver si lo entendían—. Como un reflector. En teoría, un estrecho rayo de luz puede prolongarse indefinidamente, sin perder poder. Pero apuntarlo entre dos planetas resultaría difícil. No se puede esperar que un rayo así permanezca sobre el blanco más de algunos segundos, a través de tales distancias. Así es que, naturalmente, ellos comprimirían cada mensaje, hasta que su duración fuera de medio segundo, y lo enviarían un centenar de veces en una larga descarga, para asegurarse de que es recibido durante el instante en que el rayo pasa a través del blanco.
Hablaba lenta y cuidadosamente, recordando que la explicación era para la prensa.
—Cuando un rayo al garete pasa por nuestra sección de espacio, hay una abrupta cima en esa dirección, al nivel del sonido. Los rayos barren el espacio siguiendo a sus propios planetas y la distancia entre allá y aquí exagera tan tremendamente la velocidad del paso del rayo que no captamos más que un bip cuando pasan.
—¿Cómo explica la cantidad de ruidos de ese tipo que vienen? —preguntó el del Times—. ¿Acaso los sistemas estelares giran en el plano de la galaxia? —Era una pregunta personal; hablaba impulsivamente, por su propio interés y excitación.
El descifrador radial sonrió, desapareciendo durante unos instantes las líneas de tensión en su rostro.
—Tal vez estemos interceptando las llamadas telefónicas de todos, y la galaxia entera hierve en razas que pasan el día entero chachareando unos con otros a través de la radio. Quizá el tipo humano es un modelo patrón.
—¿Cómo ocurrió que captaran imágenes de televisión en lugar de voces? —preguntó el del News.
—No fue un accidente —explicó pacientemente Nathen—. Reconocí un patrón particular, y quise transformarlo en imágenes. Estas son comprensibles en cualquier lenguaje.
Cerca de los entrevistadores, un senador caminaba de arriba abajo, murmurando su discurso de bienvenida aprendido de memoria, y mirando nerviosamente la lluvia gris, a través de los ventanales.
Opuesta a las ventanas del gran salón se hallaba una pequeña plataforma elevada, flanqueada por las altas figuras de las cámaras de TV y los micrófonos y reflectores, preparadas para que el senador dijera a los visitantes, y al mundo, el memorable discurso. Un frágil transmisor de radio estaba a un lado, sin una caja que ocultara sus partes, con dos tubos cátodos de televisión surgiendo desnudos en un extremo y la bocina zumbando en el otro. Un panel vertical de diales y perillas estaba unido a ellos, y a un lado se asentaba un pequeño micrófono de mano. Estaba conectado a un instrumento empacado cuidadosamente, con las letras impresas encima, que indicaban "Propiedad de U.S.A. Radio. Lab.".
—Grabé un par de transmisiones condensadas de Sagitarius y empecé a trabajar en ellas —añadió Nathen—. Me llevó un par de meses encontrar las señales sincronizadas y ajustar los buscadores, con la necesaria aproximación al tiempo correcto para captar un patrón. Cuando mostré éste al Departamento, me dieron tiempo completo para trabajar en ello, y ayudantes. Nos tomó ocho meses escoger las bandas de color y asignarles los colores correctos, antes de ver algo visuable en la pantalla.
El desgarbado conjunto de partes electrónicas era el receptor original que elaboraron a lo largo de diez meses, ajustando y reajustando para reducir las interminables bandas de combinaciones de color, hasta una imagen congruente.
—A base de ensayos y errores —continuó Nathen—, finalmente todo salió bien. La onda larga extendió los ruidos que sugerían TV de color, desde el principio.
Caminó hasta el aparato. La bocina hizo unos ruidos ligeros y la pantalla gris lanzó algunos destellos de color. El aparato estaba alerta y sensitivo, sintonizado con la gran nave interestelar que circulaba ya en la atmósfera.
—Nos preguntábamos acerca de la razón del gran número de bandas, pero cuando tuvimos trabajando el aparato y empezamos a grabar y a reproducir todo lo que llegaba, encontramos que se trataba de algo así como una biblioteca circulante. Todo era ficción, teatro.
Entre las pausas de la voz de Nathen, el del Times trató de escuchar, inconscientemente, el sonido de motores cohete que se aproximaban rugiendo.
—¿Cómo hicieron contacto con la nave? —indagó el del Post.
—Grabé y condensé una copia fílmica de La Consagración de la Primavera, en la versión de Disney-Stravinsky, y la transmití por la misma línea de recepción. Probando tan sólo. No llegaría allá por su buen número de años, si es que llegaba, pero pensé que gustaría a la biblioteca tener una nueva grabación.
"Dos semanas más tarde, cuando captamos y pusimos un nuevo grupo de grabaciones a velocidad más lenta, encontramos una respuesta. Era para nosotros, obviamente. Se trataba de una toma de la película de Disney presentada ante un gran auditorio, y después, la misma audiencia sentada y esperando ante una pantalla vacía. La señal era muy clara y fuerte. Habíamos interceptado una nave espacial. Nos pedían un escorre. Les gustó la película y deseaban más...
"Los verán ustedes mismos —indicó sonriendo—. En el otro extremo del vestíbulo, donde los lingüistas están trabajando con el traductor automático.
El oficial presente frunció el ceño y tosió de nuevo, pero el joven delgado se volvió rápidamente hacia él.
—No hay razones de seguridad por las cuales no puedan ver las transmisiones, ¿no es así? Quizá usted deba mostrárselas —y aseguró a los periodistas—: Está al extremo del vestíbulo. Se les informará cuando se aproxime la nave espacial.
La entrevista terminó definitivamente. El nervioso joven tomó asiento ante el aparato de radio, mientras que el oficial se tragaba sus objeciones y guiaba a los periodistas hacia una puerta cerrada.
La abrieron y entraron a un cuarto oscuro lleno de sillas plegadizas, dominado por una brillante pantalla. La puerta se cerró a sus espaldas.
En la oscuridad se escuchó el ruido de los periodistas tanteando para buscar acomodo en las sillas, pero el representante del Times permaneció en pie, consciente de una enorme sorpresa, como si hubiera estado dormido y despertara para encontrarse en otro país.
Los brillantes colores de la doble imagen parecían lo único real en la oscura sala. Aún borrosas como estaban podía ver que la acción era algo diferente, las formas no eran las normales.
Estaba mirando a seres de otro planeta.
La impresión era la de dos seres humanos disfrazados, seres que se movían de un modo extraño, casi danzando medio encogidos. Cuidadosamente, temeroso de que las imágenes se alejaran, llevó la mano al bolsillo del pecho, sacó sus lentes polarizados, hizo girar uno de los lentes hasta quedar en el ángulo debido con respecto al otro, y se los puso.
Inmediatamente, los dos seres quedaron en foco, reales y sólidos, y la pantalla se convirtió en una amplia e ilusa ventana a través de la cual podía verlos.
Estaban conversando entre sí en una habitación de paredes grises, discutiendo algo con restringido entusiasmo. El hombre grande, con la túnica verde, cerró sos ojos púrpura durante un instante y algo dijo el otro, gesticulando y haciendo un movimiento con los dedos, como si alejara algo de sí.
Melodrama.
El segundo, más pequeño y con ojos amarillo verdoso, se aproximó, hablando más rápidamente en voz baja. El primero permaneció inmóvil, sin tratar de interrumpirlo.
Obviamente, la proposición encerraba alguna traición, y trataba de persuadirlo. El del Times buscó a tientas una silla y tomó asiento.
Quizá los gestos son universales; deseo y aversión, inclinarse hacia adelante o hacia atrás, tensión, relajación. Tal vez esos actores eran maestros en su parte. La escena cambió: un corredor, un salón de lectura en lo que él supuso era una nave espacial. Otros individuos hablaban y trabajaban; se dirigían al hombre de la túnica verde, y nunca resultó dudoso lo que ocurría o lo que sentían.
Hablaban en un lenguaje fluido, con muchas vocales cortas y cambios de tono, y gesticulaban al calor de la conversación, con las manos moviéndose con cierto extraño movimiento retardado, no lento, pero flotante.
Ignoraba el lenguaje, mas después de algún tiempo, la diferencia del movimiento empezó a despertar su interés. Algo en el modo de caminar...
Con un esfuerzo apartó su atención de la trama y dedicó su observación a las diferencias físicas. Cabellos color café, arreglados en sedosos bucles cortes, variación en el color de los ojos, mostrándose claramente los colores debido a que los iris eran muy grandes, colocados muy separados en rostros de forma tringular. Los cuellos y hombros eran gruesos, del modo que indicarían fuerza poco usual en los humanos, pero sus muñecas se veían delgadas y sus dedos largos, finos y delicados.
Parecían tener un número mayor de dedos que el usual.
Desde que llegó, una máquina zumbaba haciendo ruidos de murmullos de voces a su lado. Miró y vio a un individuo de aspecto inteligente, con audífonos, mirando y escuchando con atención concentrada. Frente a él se encontraba una caja de líneas aerodinámicas. De la escena venía el sonido del extraño lenguaje. El hombre movió abruptamente un apagador en la caja, murmuró una palabra en el pequeño micrófono de mano y operó nuevamente el apagador con nerviosa rapidez.
Al hombre del Times le recordó a los intérpretes que portan audífonos en las Naciones Unidas. La máquina era, probablemente, un traductor vocal, y su operador, un lingüista auxiliar de su vocabulario. Cerca de la pantalla otros dos lingüistas tomaban notas.
El del Times pensó en el senador caminando de arriba abajo en el salón observatorio, ensayando su discurso de bienvenida. El discurso no sería tan sólo el pomposo gesto sin ningún significado, que imaginara. Sería traducido mecánicamente y entendido por los visitantes.
Del otro lado de la brillante ventana que era la pantalla, el hombre de la túnica verde hablaba a un piloto con uniforme gris. Estaban en el cuarto de controles de una nave espacial, brillantemente iluminada en amarillo canario.
El del Times trató de captar el hilo de la trama. A estas alturas le interesaba la suerte del héroe, y simpatizaba con él. Probablemente era el efecto de una buena actuación, ya que una parte del arte de actuar es ganar la simpatía de la audiencia, y este actor pudiera ser un ídolo de varios sistemas solares.
El hombre actuaba soberbiamente, controlando la tensión, traicionándose apenas por un movimiento brusco de la mano o por una respuesta demasiado ansiosa. El hombre uniformado de gris, sin sospechar, le volvía la espalda, ocupado en alguna tarea que atraía su atención sobre una especie de mapa con puntos de luz brillante, compartiendo sus movimientos la misma gracia fluida de los otros, como si estuvieran bajo el agua o en una película de movimiento retardado. El otro miraba un apagador en el panel, y se aproximaba hablando casualmente, con música de fondo que acentuaba la tensión del momento.
Un acercamiento del rostro del actor destacó el hecho de que las orejas eran semicírculos simétricos, sin agujeros auditivos perceptibles. La voz del hombre uniformado respondió con una breve palabra, articulada voz profunda y preocupada. Aún estaba vuelto de espaldas. El otro miraba el apagador, aproximándose, continuando su conversación, mientras que la toma acercaba más y más el apagador hasta que llenó totalmente la pantalla. Apareció la mano en el campo de visión, cerrándose sobre el apagador...
Un sonido seco y la mano se abrió, inmovilizada por el dolor. A su lado, al levantar la vista, estaba la figura del oficial uniformado, inmóvil, con un arma en la mano, en la posición de quien se ha dado vuelta y disparado simultáneamente, mirando caer al suelo al hombre de la túnica verde.
El uniformado miraba su mano que sostenía el arma con la que acababa de matar, mientras que la música de fondo aumentaba de volumen. Durante un instante, los colores se invirtieron en un negativo de color, mostrando los colores complementarios de los reales: un hombre verde, de pie en un cuarto de controles color violeta, mirando el cuerpo de un hombre verde con túnica roja. Antes de que transcurriera un segundo, volvió a caer en su fase el sintonizador y los colores tornaron a la normalidad.
Otro hombre uniformado vino y tomó el arma de la mano inerte del otro, quien empezó a explicarse en voz baja mientras la música aumentaba aún más su volumen, hasta cubrir sus palabras, y la pantalla se oscurecía lentamente como una ventana velada por la niebla.
La música se desvaneció.
El hombre con los audífonos se los quitó y dijo:
—No puedo sacar nada más en claro. A menos que deseen que lo pasemos de nueva cuenta.
Hubo un breve silencio hasta que el lingüista más cercano a él comentó:
—Creo que ya hemos exprimido ésta. Pasemos la cinta hasta donde Nathen y el radioperador de la nave experimentaban con las ondas. Tengo el presentimiento de que aquel chico está diciendo lo de rutina al probar con la vieja cuenta de uno-dos-tres-probando.
Hubo algunos manejos en la semioscuridad, y la pantalla se animó nuevamente.
Mostró la imagen de una audiencia sentada ante una pantalla, y se escucharon los acordes de una sinfonía familiar.
—Stravinsky y Mozart los vuelven locos —afirmó el lingüista al del Times, colocándose nuevamente los audífonos—. Pero no soportan a Gershwin. ¿Puede entender eso? —Volvió su atención a la pantalla, al retornar a la frecuencia adecuada.
El del Post, que se sentaba al frente, se volvió al del Times y observó:
—Es curioso lo que se asemejan a la gente. —Escribía mientras, para preparar su reporte telefónico—. ¿Qué color de pelo tenían?
—No lo noté. —Se preguntó si debiera recordar al reportero que Nathen dijo que asignó las bandas de color al azar, escogiendo los colores que proporcionaran las imágenes más plausibles. Los invitados, cuando llegaran, podían resultar de color verde con cabellos azules. Únicamente las graduaciones de color en las imágenes eran seguras, sólo las similitudes y contrastes, la relación de un color con otro.
De la pantalla llegó de nuevo el sonido del extraño lenguaje. Esta raza tenía, por lo general, voces más graves que los humanos. Voces agradables. ¿Mencionaría eso en sus artículos?
No, también había algo extraño en eso. ¿Cómo estableció Nathen el timbre adecuado en las bandas de sonido? ¿Se tomaron las modulaciones como venían o se estimaron mediante ensayos y cálculos? Probablemente así lo hicieron.
Sería más seguro afirmar que a Nathen le gustaban las voces de registro bajo.
Mientras dudaba y miraba, la ansiedad e incertidumbre que observara en Nathen se unió a la suya propia, y se dio cuenta de que aquella incertidumbre estaba muy cerca de parecer un temor reprimido.
—Lo que no entiendo es por qué se tomó la molestia de grabar todos estos programas de televisión, en vez de comunicarse directamente con ellos —se quejó el hombre del News—. Son buenos programas; pero, ¿qué caso tiene?
—Quizá fue para que también aprendiéramos el idioma —insinuó el del Herald.
En la pantalla aparecía la escena, obviamente real y no teatral, de un joven ser trabajando en un aparato. Se volvió, saludó con la mano y abrió la boca en la cómica forma de O que el del Times empezaba a identificar como su equivalente de una sonrisa, y después trató de explicar algo acerca del equipo, con gestos torpes, elaborados, y palabras cuidadosamente moduladas.
El del Times se puso en pie calladamente, salió al corredor y regresó al salón de la conferencia de prensa, guardando pensativamente sus anteojos de estéreo.
Nadie lo detuvo. Las restricciones secretas eran muy ambiguas. La reticencia del Ejército parecía más bien una cosa de hábito, un simple reflejo, debido a que todo se iniciara en el Departamento de Inteligencia, y no una política razonada de mantener el aterrizaje en secreto.
La sala estaba más llena de gente que cuando la dejara. Las cámaras de TV y los operadores de éstas y de los equipos de sonido permanecían al lado de sus aparatos. El senador leía sentado en un sillón y, al fondo, ocho hombres se agrupaban sentados en círculo, discutiendo algo con apasionada concentración. El del Times reconoció a algunos que conocía personalmente, nombres eminentes en la ciencia y la técnica.
Una frase al azar le llegó:
—...referencia a las constantes universales en razón de...
Era, probablemente, una discusión acerca de los modos de convertir fórmulas de una clase de matemáticas a otra, para obtener un rápido intercambio de información.
Tenían motivo para estar ansiosos de la oleada de nuevos conocimientos y puntos de vista novedosos que traerían los visitantes. Le hubiera gustado acercarse y escuchar, pero quedaba muy poco tiempo antes de la llegada de la nave, y tenía una pregunta que hacer.
El receptor original aún emitía sonidos, sintonizando a la banda transmisora de la nave que circulaba encima. El joven que iniciara todo estaba sentado en el borde de la plataforma de TV, con la barbilla descansando en la mano. No levantó la vista al aproximarse el del Times, pero ello se debía a la indiferencia de la preocupación, y no a la descortesía.
El del Times se sentó a su lado, sacó un paquete de cigarrillos y recordó entonces la transmisión de TV y la prohibición de fumar. Los guardó, mirando pensativamente cómo disminuía la lluvia contra las ventanas.
—¿Pasa algo malo? —preguntó.
Nathen demostró su atención y actitud con un ligero movimiento de cabeza.
—Dígamelo usted.
—Un simple presentimiento —señaló el hombre del Times—. Todo va demasiado bien, todos confían en exceso.
Nathen se relajó ligeramente.
—Continúe. ..
—Hay algo raro en el modo en que se mueven...
Nathen lo miró directamente.
—También eso me preocupa.
—¿Está usted seguro de que están ajustadas las transmisiones a la velocidad real?
Nathen cruzó las manos y las miró con aire de duda.
—No lo sé. Cuando les doy más velocidad, todos se mueven con tal prisa, que uno se pregunta por qué sus ropas no ondean tras de ellos, por qué las puertas se cierran tan rápidas, sin que se oiga ningún ruido brusco, por qué las cosas caen tan precipitadamente. Si la operación de la cinta es a ritmo más lento, parecen estar nadando. —Miró de reojo al del Times, con aire de interrogación—. No escuché bien su nombre.
Un modo provinciano de preguntar, pensó el del Times.
—Jacob Luke, del Times —aclaró extendiendo la mano.
Nathen la estrechó con firmeza, reconociendo el nombre.
—Encargado de la Sección Científica de la Revista Dominical. La leo. Me agrada encontrarlo aquí.
—Es un honor para mí —sonrió el del Times—. Mire, ¿ha atacado esto racionalmente, con fórmulas? —buscó un lápiz en su bolsillo—. Es obvio que hay algo erróneo en su juicio de la relación peso-a-velocidad-a-momento. Quizá sea algo simple, como un fenómeno de baja gravedad en la nave, con zapatos magnéticos. Quizá en realidad están flotando ligeramente.
—¿Para qué preocuparnos? —le interrumpió Nathen—. No veo la razón para cavilar acerca de eso, cuando dentro de veinte minutos los veremos. —Rió nerviosamente, pasando una mano por sus negros cabellos.
—¿Los veremos? —preguntó lentamente el del Times. Hubo unos momentos de silencio en los que sólo se escuchó al senador volver una página de su revista con un leve crujir del papel y los murmullos de los científicos al otro extremo de la sala.
—Seguro —rió el joven nerviosamente, hablando con rapidez—. Claro que los veremos. ¿Por qué no habríamos de verlos, cuando el gobierno está listo con los discursos, el ejército oculto tras las colinas, los reporteros por todas partes, cámaras de televisión... todo preparado para transmitir la llegada, a todo el mundo? El presidente en persona estrechándome la mano a mi llegada a Washington...
Y pasó a la realidad, sin detenerse a tomar aliento.
—Demonios, no —exclamó—, no llegarán. Hay un error en alguna parte. Debí habérselo dicho ayer a los altos militares, cuando empecé a recapacitar. No sé por qué no dije nada. Por temor, me imagino. Demasiados personajes de por medio. Perdí el nervio.
Se aferró a la manga del hombre del Times.
—Mire, no sé qué...
Una luz verde destelló en el aparato receptor-transmisor. Nathen no volvió el rostro en esa dirección, pero interrumpió su charla.
El altavoz del aparato dejó escapar una voz en el lenguaje de los visitantes. El senador miró nerviosamente en esa dirección, arreglándose la corbata. La voz se detuvo.
Nathen se volvió y miró al altavoz. Sus preocupaciones parecieron haber desaparecido.
—¿Qué fue eso? —preguntó nerviosamente el del Times.
—Dicen que han desacelerado lo suficiente para entrar en la atmósfera. Espero que estén aquí en cinco o diez minutos. Ése fue Bud. Está muy excitado. Dice que qué clase de planeta tan lóbrego es éste en el que vivimos. —Nathen sonrió—. ¿Bromas?
El del Times estaba desconcertado.
—¿Qué quiere decir con lóbrego? No puede estar lloviendo en una área muy grande. —Afuera, la lluvia amainaba y grandes claros de cielo azul vivo brillaban a través de huecos en la capa de nubes, reflejándose luminosamente en las gotas que escurrían sobre los cristales de las ventanas. Trató de pensar en una explicación—. Quizá están tratando de aterrizar en Venus. —Sabía que el pensamiento era ridículo—. La nave seguía la dirección del rayo transmisor de Nathen. No podía equivocarse. Se trataba, posiblemente, de una broma de "Bud".
La luz verde brilló de nuevo en el aparato, y ambos dejaron de hablar, esperando que el mensaje fuera grabado a menor velocidad, y reproducido. La pantalla del cátodo se animó repentinamente con la imagen de un joven sentado ante un transmisor, de espaldas, mirando una pantalla que mostraba la visión de un masivo plano oscuro que se acercaba. Al aproximarse la nave, la ilusión de solidez se convirtió en una hirviente turbulencia de nubes oscuras. Se expandieron en un torbellino pardusco y, después, la negrura absoluta cubrió la pantalla de la nave. El joven se volvió para encarar la cámara, diciendo algunas palabras al hacerlo; mostró nuevamente la O de una sonrisa, accionó un apagador y se oscureció la pantalla del salón de recepciones.
La voz de Nathen pareció sometida a una grave preocupación, al informar:
—Dijo algo así como "Preparen las bebidas, que allá vamos".
—La atmósfera no parecía real —comentó el del Times, sabiendo que decía algo demasiado obvio—. No parecía la atmósfera terrestre.
Algunas personas se aproximaron.
—¿Qué han dicho?
—Están entrando a la atmósfera, deberán de aterrizar en cinco o diez minutos —les informó Nathen.
Un murmulló de excitación recorrió la sala. Los camarógrafos empezaron a ajustar sus lentes, a comprobar los micrófonos y a afocar las luces. Los científicos se pusieron en pie y se acercaron a las ventanas, aún platicando animadamente. Los reporteros salieron en tropel de la sala de proyección y también se aproximaron a las ventanas para presenciar el gran acontecimiento.
Los tres lingüistas los siguieron, llevando la gran caja que contenía el mecanismo electrónico traductor revisándolo concienzudamente mientras lo conectaban al sistema general de sonido público.
—¿Dónde aterrizarán? —preguntó brutalmente el del Times a Nathen—. ¿Por qué no hace usted algo?
—Dígame qué, y lo haré —respondió Nathen, sin moverse. No era un sarcasmo. Jacob Luke miró de reojo su rostro pálido y moderó su tono.
—¿No puede hacer contacto con ellos?
—No, mientras aterrizan.
—¿Y ahora qué? —El del Times sacó un paquete de cigarrillos, recordó la prohibición y lo guardó en seguida.
—Esperar. —Nathen descansó un codo en la rodilla, y la barbilla en la mano.
Aguardaron.
Todos esperaban en la sala. Las conversaciones se apagaron. Un hombre calvo, del grupo de científicos, se mordía las uñas; otro limpiaba distraídamente sus anteojos, los miraba contra la luz, se los ponía, y un momento después tornaba a limpiarlos. Los técnicos de televisión se concentraban en su trabajo, moviéndose con eficiencia, arreglando prolijamente cosas que no necesitaban serlo y comprobando detalles que ya fueron cotejados.
Sería uno de los momentos más grandes de la historia de la humanidad, y todos ellos trataban de olvidar ese hecho para permanecer impasibles y concentrados en su trabajo, como compete a los buenos especialistas.
Tras una espera que pareció interminable, el del Times consultó su reloj. Habían pasado tres minutos. Trató de contener el aliento un instante, intentando percibir el lejano sonido de los cohetes al acercarse. No pudo oir nada.
El sol salió de detrás de las nubes e iluminó el campo, como un gran reflector enfocando un escenario vacío.
Abruptamente, la luz verde brilló de nuevo en el aparato de contacto con los visitantes, indicando que un mensaje condensado acababa de llegar. La grabadora lo tomó, disminuyó su velocidad y lo transmitió al amplificador de sonido. La voz se escuchó con intensidad, en la tensión reinante en la sala.
La pantalla permaneció oscura, pero la voz de Bud dijo unas palabras en su lenguaje. Se detuvo, se escuchó un sonido metálico y se apagó la luz verde. Cuando se hizo patente que no continuaría y que no sería hecho ningún anuncio de lo que habló, la gente se volvió nuevamente hacia las ventanas y se reiniciaron las conversaciones.
Uno de los lingüistas permaneció contemplando la bocina del amplificador, miró hacia los cada vez más amplios jirones de cielo azul, a través de la ventana, con expresión confundida.
—Está oscuro —tradujo en voz baja Nathen al hombre del Times—. Su atmósfera es espesa. Eso es precisamente lo que ha dicho Bud.
Tres minutos más. El del Times se sorprendió a sí mismo a punto de encender un cigarrillo y maldijo en voz baja, apagando el cerillo y guardando otra vez el cigarrillo en el paquete. Ya era tiempo de que se hubiera realizado el aterrizaje. Aún no se escuchaban los sonidos de los cohetes.
La luz verde apareció en el receptor.
Instintivamente se puso de pie. Nathen estuvo a su lado en un instante. Entonces se escuchó el mensaje en la voz que ya había identificado como la de Bud. Habló e hizo una pausa. El del Times lo supo antes de escuchar la traducción.
—Hemos aterrizado. —Nathen susurró las palabras.
El viento soplaba a través de los abiertos espacios de concreto blanco y suelo mojado, que era el desnudo campo aéreo, agitando el pasto húmedo. La gente de la sala de espera miraba al exterior, aguardando oir el rugido de los motores, buscando el plateado casco de la nave en el cielo.
Nathen se movió, tomando asiento ante el transmisor, conectando apagadores y moviendo los controles. Jacob Luke, del Times, se movió suavemente para colocarse a sus espaldas, esperando ser de alguna utilidad. Nathen hizo un leve movimiento con la cabeza, descolgó dos de los audífonos que estaban al lado del aparato traductor electrónico, los conectó y los pasó, por encima de su hombro, al hombre del Times.
La voz se dejó escuchar en el altavoz.
Rápidamente, Jacob Luke se ajustó los auriculares. Le pareció notar un temblor en la voz de Bud. Durante un momento sólo escuchó el lenguaje extraño, y después, en tono distante pero claro, la voz grabada de los lingüistas que pronunciaban una palabra en inglés; después, un sonido metálico y otra palabra claramente articulada en la voz de otro de los traductores; y luego, otra al fluir la voz de los visitantes de los altavoces, apenas audibles las palabras aisladas, sobreponiéndose y mezclándose como pensamientos traducidos, evitando palabras poco familiares y, sin embargo, con una claridad asombrosa.
—El radar no muestra edificios o civilización cercanos. La atmósfera que nos rodea parece ser tan espesa como el engrudo. Hay una tremenda presión gaseosa, baja gravedad, ninguna luz. Tú no lo describiste así. ¿Dónde estás, Joe? ¿Es esto algún truco? —Bud vaciló y fue urgido por una voz más profunda, con tono autoritario, que acentuó las palabras.
—Si es una emboscada, estamos listos para repeler el ataque.
El lingüista continuó escuchando. Llamó a los otros lingüistas y habló en voz baja con ellos.
Joseph Nathen los miró con hostilidad, mientras tomaba el micrófono de mano, enchufándolo en el traductor.
—Joe llamando —anunció con calma, pronunciando con claridad las palabras en inglés—. No hay ninguna trampa. No sabemos dónde están ustedes. Estoy tratando de identificar la dirección de tu señal. Descríbenos el sitio donde están, si te es posible.
En las cercanías, las luces de los reflectores iluminaban la plataforma preparada para la bienvenida oficial. Los canales de televisión de todo el mundo estaban advertidos para que dejaran de lado su programación habitual, y transmitiesen el suceso sin precedentes. En la gran sala, todos aguardaban, esperando escuchar el ruido de los cohetes de la nave.
Esta vez, tras aparecer la luz, hubo una prolongada demora. El sonido de la bocina tartamudeó hasta convertirse en un rechinido en el que difícilmente se podía ubicar una apagada voz. Débilmente pareció articular algunas palabras antes de volverse inaudible. La máquina tradujo a través de los auriculares.
—Tratamos... pareció... reparación... —Repentinamente llegó con toda claridad—: No puedo decir si también se descompuso el auxiliar. Lo probaremos. Tal vez los recibamos con toda claridad en su siguiente intento. He disminuido el volumen. ¿Dónde está la pista de aterrizaje? Repito. ¿Dónde está la pista de aterrizaje? ¿Dónde están ustedes?
Nathen dejó el micrófono de mano, ajustó cuidadosamente un dial en la grabadora y conectó un apagador, hablando por sobre el hombro:
—Esto hace que se repita una y otra vez lo que dije anteriormente. —Permaneció en una inmovilidad poco natural, con la cabeza aún vuelta a medias, como si repentinamente hubiese captado un asomo de la respuesta y tratara de acabar de entenderla, sin conseguirlo.
La luz verde interrumpió sus pensamientos, y el rostro de Bud apareció de nuevo en la pantalla, mientras su voz se dejó oir por el altavoz:
—Escuchamos unas cuantas palabras, Joe, y el receptor se descompuso nuevamente. Estamos ajustando una pantalla receptora para que capten las ondas largas que pasen a través de la neblina y las conviertan en luz visible. Pronto estaremos en posibilidad de ver al exterior. El ingeniero dice que algo anda mal con los cohetes traseros, y el capitán me ha ordenado que transmita una llamada de auxilio a nuestra base espacial más cercana. —Hizo con la boca la O de una sonrisa—. El mensaje tardará años en llegar. Confío en ti, Joe, pero sácanos de aquí, ¿quieres?... Me avisan que la pantalla está lista. Aguarden.
La pantalla se oscureció y la luz verde se apagó.
El del Times consideró el lapso requerido para la llamada de auxilio, la emisión y grabación del mensaje recibido, el tiempo necesario para arreglar la pantalla.
—Trabajan rápido. —Cambió de postura con incomodidad y añadió, al azar—: Algo anda mal con el factor tiempo. Todo está mal. Trabajan demasiado rápido.
La luz verde apareció casi en seguida. Nathen se volvió a medias, hablando rápidamente mientras el mensaje era grabado y puesto a un tiempo más lento.
—Están lo suficientemente cerca como para que la potencia de nuestro transmisor perjudique su receptor.
Si estaban en la Tierra, ¿por qué esa oscuridad alrededor de la nave?
—Quizá ellos vean con los rayos ultravioleta, si la atmósfera es opaca en esa banda —sugirió ávidamente el del Times mientras se oía de nuevo la voz del joven ultraterrestre.
Ahora la voz temblaba realmente.
—Aquí va la descripción.
Todos esperaron tensamente. El del Times representó en su mente el mapa del Estado.
—Un semicírculo de acantilados bordea el horizonte. Un amplio lago cenagoso, lleno de cosas que nadan. Un enorme y extraño follaje blanco alrededor de la nave, y monstruos increíblemente grandes que se atacan y devoran unos a otros, por todos lados. Casi aterrizamos en el lago, estamos en la orilla. El fango no puede sostener el peso de la nave y nos hundimos. El ingeniero dice que tal vez nos sea posible despegar, pero los tubos están semiobstruidos por el lodo y pudieran volar la nave en pedazos. ¿Cuándo pueden ustedes llegar al rescate?
El del Times pensó vagamente en la era carbonífera. Obviamente, Nathen vio algo que él ignoraba.
—¿Dónde están? —le preguntó quedamente el del Times. Nathen señaló el indicador de posición. El del Times dejó que sus ojos siguieran las líneas imaginarias convergentes a través de la ventana y hacia el desierto campo aéreo, ahora iluminado por el sol, donde se encontraban las líneas.
¡La nave se encontraba allá, donde las líneas se cruzaban!
El temor de algo desconocido hizo repentinamente presa en él.
La nave del espacio volvía a transmitir:
—¿Dónde están? Respondan si les es posible! ¡Nos hundimos! ¿Dónde están ustedes?
Vio que Nathen lo sabía.
—¿Qué es esto? —preguntó roncamente el del Times—. ¿Están en otra dimensión, en el pasado, en otro mundo, o qué?
Nathen sonreía amargamente, y Jacob Luke recordó que el joven tenía un amigo en esa nave.
—Creo que ellos proceden de un planeta de alta gravedad, con una tenue atmósfera, cercano a una estrella blanca. Claro, ellos ven en la frecuencia ultravioleta. Nuestro sol es anormalmente pequeño, tenue y amarillo. Nuestra atmósfera es tan espesa que opaca los rayos ultravioleta. —Rió amargamente—. ¡Buena broma ha sido el sitio en que nos tocó evolucionar, y lo que ha hecho de nosotros!
—¿Dónde están ustedes? —llamó la nave de los visitantes—. ¡De prisa, por favor! ¡Nos estamos hundiendo!
Nathen habló lentamente, buscando la comprensión en el rostro del hombre del Times:
—Los rescataremos. Usted tenía razón acerca del factor tiempo, tiene razón al pensar que se mueven a distinta velocidad. Yo me equivoqué. Todo lo que pensé acerca del sistema de la alta velocidad para mejorar la transmisión, estaba equivocado.
—¿Qué quiere decir?
—Ellos no aceleran sus transmisiones.
—¿Que no... ?
Repentinamente, en la mente del hombre del Times empezó a aparecer el drama que viera en la pantalla, pero con los actores moviéndose a velocidad vertiginosa, con las palabras saltando en un aflautado torrente de gorjeos, los pensamientos y decisiones pasando con rapidez única, y los rostros congestionados en un alucinante cambio de expresiones, mientras que los actores saltaban dentro y fuera de la escena.
No, más rápido aún. Su visualización no era tan rápida como la realidad, una hora de diálogo y acción en un ruido casi instantáneo, ¡un breve ruido interfiriendo una sola palabra en una transmisión terrestre! Más rápido, más rápido. Era imposible. La materia no podía soportar tal esfuerzo, cuestiones de masa, de inercia, de peso... Era algo insano.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Cómo?
Nathen rió nuevamente, con amargura, mientras extendía la mano para tomar el micrófono.
—¿Rescatarlos? —preguntó el del Times—. ¡No hay un lago o un río a menos de un par de centenares de metros de aquí! ¿En dónde están? ¿Por qué no podemos ver su nave?
Nathen conectó el micrófono con un gesto que indicaba la amargura de su desencanto.
—Para ello, necesitaremos un lente de aumento.
FIN
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