Era una de esas noches que le hacían pensar que
sabía lo que era ser ciego: sus ojos no podían distinguir ni la sombra de una
imagen, ni siquiera la silueta de los árboles recortada contra el cielo.
En la oscuridad empezó a oír leves crujidos en
el seto, la respiración de un caballo en el prado, a cierta distancia, el ruido
apagado de un casco al mover las patas, y en un momento dado oyó el precipitado
vuelo de un pájaro que pasaba cerca de su cabeza.
Se dio la vuelta y empezó a subir el sendero
empinado. El perro tiraba de él para indicarle el camino en la oscuridad.
Debe ser casi medianoche, pensó. Eso
significaba que pronto sería mañana. Mañana era peor que hoy, el peor día de
todos, porque iba a convertirse en hoy, y el hoy era ahora.
El día de hoy no había sido muy agradable,
sobre todo por lo de la dichosa astilla. Basta ya, se dijo. No tiene sentido
pensar en eso. No sirve de nada pensar en cosas así. Piensa en algo distinto,
para variar. Se puede desechar una idea peligrosa sustituyéndola por otra.
Retrocede en el tiempo lo más posible. Recuerda cosas de los días felices. Las
vacaciones de verano en la playa, la arena mojada, los cubos rojos, las redes
para pescar camarones, las rocas resbaladizas por las algas, las pequeñas
charcas transparentes, las anémonas de mar, los bígaros, los mejillones y de
cuando en cuando una quisquilla gris y transparente flotando en las
profundidades de las hermosas aguas verdes.
Pero, ¿cómo demonios pudo haberse clavado
aquella astilla en la planta del pie sin darse cuenta?
No tiene importancia. Recuerda los cauríes que
buscabas por la orilla, tan deliciosos y perfectos que los llevabas
cuidadosamente en la mano hasta llegar a casa, como si fueran joyas; y las
pequeñas veneras anaranjadas, las nacaradas conchas de las ostras, los
diminutos trocitos de cristal como esmeraldas, un cangrejo ermitaño vivo, un
berberecho, la raspa de una raya, y una vez, una sola vez, la mandíbula
blanqueada por el mar de un ser humano, con dientes, reluciente y fantástica entre
las conchas y los guijarros. ¡Mamá, mira lo que he encontrado! ¡Mira, mamá,
mira!
Pero volvamos a lo de la astilla. La verdad es
que ella se lo había tomado bastante mal.
«¿Cómo que no lo notaste?», preguntó
despectiva.
«Pues que sencillamente no lo noté.»
«Y si te clavo un alfiler en el pie, también
dirás que no lo sientes, ¿verdad?»
«Yo no he dicho eso.»
De repente le clavó en el tobillo el alfiler
que había usado para sacarle la astilla y como él no se había fijado, no lo
notó hasta que la oyó gritar horrorizada. Al mirar hacia abajo vio que el
alfiler estaba clavado en la carne casi hasta la mitad, detrás del hueso del
tobillo.
«Sácalo», dijo. «Con eso se puede uno
envenenar.»
«Pero, ¿es que no lo notas?»
«¿Quieres sacarlo, por favor?»
«¿No te duele?»
«Es un dolor espantoso. Sácamelo.»
«¿Qué diablos te pasa?»
«Ya te he dicho que me duele muchísimo. ¿Es que
no me has oído?»
¿Por qué le hacían esas cosas?
Cuando estaba en la playa me daban una pala de
madera para que cavase en la arena. Los hoyos estaban completamente vacíos, y
cada vez que subía la marea se llenaban hasta que no cabía más agua.
Hace un año el médico le dijo: «Cierre los
ojos. Ahora dígame si le tiro del dedo del pie hacia arriba o hacia abajo.»
«Hacia arriba», contestó.
«¿Y ahora?»
«Hacia abajo. No, hacia arriba. Creo que es
hacia arriba.» Qué curioso que un cirujano se empeñara en jugar con sus dedos
de los pies.
«¿He acertado, doctor?»
«Se ha portado usted muy bien.»
Pero de aquello hacía un año. Entonces se
encontraba muy bien. Antes no le pasaban las cosas que le pasaban ahora. Por
poner un ejemplo, lo del grifo del cuarto de baño.
¿Por qué una mañana el grifo del agua caliente
del cuarto de baño apareció en otro lado? Eso para empezar.
Como comprenderán, no tiene la menor
importancia, pero sería interesante saber por qué.
¿Será posible que ella lo haya cambiado, que
haya cogido una llave inglesa y lo haya cambiado por la noche, a escondidas?
¿Creen que es posible? Pues, si quieren saber
mi opinión, la verdad es que sí. A juzgar por su comportamiento de la última
temporada, es muy capaz de haberlo hecho.
Una mujer rara y difícil, eso es lo que era.
Hay que reconocer que antes no era así, pero no cabe duda de que últimamente
estaba de lo más rara y difícil, sobre todo por la noche.
Sí, por la noche. Ése era el peor momento: la
noche.
¿Por qué cuando sacaba la mano derecha de la
cama sus dedos no sentían lo que tocaban? Cuando tiró la lámpara ella se
despertó y se levantó bruscamente, mientras él buscaba por el suelo a tientas,
en la oscuridad.
«¿Qué haces?»
«Se me ha caído la lámpara. Lo siento.»
«¡Dios mío!», exclamó. «Ayer fue un vaso de
agua. ¿Pero qué te pasa?»
Una vez, el médico le pasó una pluma por el
dorso de la mano y tampoco sintió nada, pero cuando le arañó con un alfiler sí
que lo notó.
«Cierre los ojos. No, no mire. Ciérrelos con
fuerza y dígame si esto es caliente o frío.»
«Caliente.»
«¿Y esto?»
«Frío.»
«¿Y esto otro?»
«Frío. No; quiero decir caliente. Sí, está
caliente, no?»
«Muy bien», dijo el médico, «se ha portado
usted muy bien.»
Pero de aquello hacía un año.
¿Por qué, cuando buscaba a tientas en la
oscuridad los interruptores de la luz, últimamente los encontraba a unos
cuantos centímetros del sitio que él recordaba perfectamente?
No pienses en eso, se dijo. Lo único que se
puede hacer es no pensarlo.
Y siguiendo con el tema, ¿por qué las paredes
del salón tenían un tono ligeramente distinto cada día?
Verde, azul verdoso y azul; y a veces..., a
veces se entrecruzaban lentamente, como los colores que se ven a través de la
neblina que despide el calor de un brasero.
Estos pequeños interrogantes se deslizaban uno
a uno, como fichas que van saliendo de una máquina.
¿De quién era la cara que aparecía en la
ventana a la hora de cenar, sólo un segundo? ¿De quién eran aquellos ojos?
«¿Qué miras?»
«Nada», contestó, «pero podíamos correr las
cortinas, ¿no te parece?»
«Robert, ¿qué estabas mirando?»
«Nada.»
«Entonces, ¿por qué tenias los ojos clavados en
la ventana?»
«Podíamos correr las cortinas, ¿no?», repitió.
En ese momento pasaba junto al lugar en que
había oído al caballo del prado y volvió a oírlo: la respiración, el golpe
sordo de los cascos y el crujido que hacía al pacer, parecido al ruido que se
hace al masticar apio.
—Hola, caballito —dijo en voz alta, en la
oscuridad—. Hola, tú, caballito.
De pronto oyó los pasos detrás de él, unos
pasos lentos y largos que sonaban muy cerca, a sus espaldas, y se paró. Los
pasos también se pararon. Se dio la vuelta, escrutando la oscuridad.
—Buenas noches —dijo.—. ¿Usted por aquí otra
vez?
En el silencio oyó el viento que agitaba las
hojas del seto.
—¿Va usted en la misma dirección que yo?
—preguntó.
Dio media vuelta y siguió andando. El perro
seguía tirando de él. Los pasos se reanudaron, aunque en esta ocasión se oían
más apagados, como si quien fuera anduviese de puntillas.
Se detuvo y se dio la vuelta una vez mas.
—No le veo —dijo— porque está muy oscuro. ¿Nos
conocemos de algo?
De nuevo el silencio, y la fresca brisa de
verano en sus mejillas, y el perro que tiraba de la correa, deseoso de llegar a
casa.
—Muy bien —gritó—. No me conteste si no quiere,
pero acuérdese de que sé que está usted ahí.
Alguien que quería hacerse el gracioso.
Allá lejos en las alturas, al oeste, oyó el
débil zumbido de un avión. Se detuvo y levantó la cabeza, atento.
—Está lejísimos. No se acercará por aquí -dijo.
Pero ¿por qué cuando pasaba un avión por encima
de la casa todo parecía parársele dentro, su conversación y todo lo que
estuviera haciendo, y se quedaba como paralizado, ya estuviera sentado o de
pie, esperando el agudo silbido de la bomba?
«¿Por qué te encoges así?», preguntó ella.
«¿Quién? ¿Yo?»
«¿Por qué te has encogido? ¿Para qué?»
«¿Quién? ¿Yo?», repitió. «No sé a qué te
refieres.»
«Seguro que no», replicó ella, lanzándole una
mirada con aquellos ojos suyos tan duros, de un azul casi blanco, los párpados
ligeramente caídos, como siempre que estaban cargados de desprecio. A él la
caída de sus párpados le parecía una cosa muy bonita, los ojos entrecerrados y
aquel modo de entornar los párpados y los ojos velados cuando su desprecio era
infinito.
Ayer, tumbado en la cama al amanecer, cuando
acababa de empezar el estrépito de la artillería allá abajo, en el valle,
extendió la mano izquierda y tocó el cuerpo de la mujer para tranquilizarse.
«¿Qué diablos haces?»
«Nada, cariño.»
«Me has despertado.»
«Lo siento.»
Sentiría alivio sólo con que al amanecer,
cuando empezaba a oír el ruido de los disparos, ella le dejara acercarse un
poco.
Pronto llegaría a casa. Al doblar la última
curva del camino vio un resplandor rosa por las cortinas de la ventana del
salón; se dirigió a la verja con rapidez, la atravesó y recorrió el sendero que
llevaba a la puerta. El perro seguía tirando de él.
Se detuvo en el porche y buscó a tientas el
picaporte.
Cuando salió estaba a la derecha. Se acordaba
perfectamente de que, hacía media hora, cuando cerró la puerta, el picaporte
estaba a la derecha.
¡No podía haber cambiado aquello también! ¿Para
qué? ¿Para confundirlo? ¿Sería posible que hubiera cogido la caja de las
herramientas y lo hubiera colocado al otro lado mientras él estaba fuera
paseando al perro?
Movió la mano hacia la izquierda, y en el
preciso instante en que sus dedos tocaron el picaporte, en su cabeza se
desencadenó una explosión pequeña pero violenta, que le provocó una oleada de
ira, de indignación y de miedo. Abrió la puerta, la cerró rápidamente y gritó:
—¡Edna! ¿Estás ahí?
Como no contestó nadie, volvió a gritar, y ella
le oyó.
—¿Qué quieres? Me has despertado.
—Baja un momento, haz el favor. Quiero hablar
contigo.
—¡Dios del cielo! —exclamó ella—. ¡Vamos,
cállate y sube!
—¡Ven aquí! —gritó él—. ¡Ven aquí
inmediatamente!
—¡Estás tú listo! Sube tú.
El hombre se detuvo, con la cabeza echada hacia
atrás, y miró a lo alto de la escalera, intentando penetrar en la oscuridad del
segundo piso. La barandilla se curvaba hacia la izquierda y seguía hacia arriba
hasta perderse de vista en la oscuridad del rellano, y al cruzar éste se
llegaba al dormitorio, que también estaría a oscuras.
—¡Edna! —gritó—. ¡Edna!
—¡Vete al infierno!
Empezó a subir lentamente la escalera. Caminaba
en silencio, apoyándose en la barandilla para guiarse hasta torcer a la
izquierda e internarse en las tinieblas del piso superior. Al llegar al final
dio un paso en falso al subir un escalón inexistente, pero ya estaba preparado
y no hizo ruido. Se paró un momento a escuchar; no estaba seguro, pero le
pareció oír de nuevo el ruido de la artillería, a lo lejos, en el valle. Era
sobre todo material pesado, setenta y cincos, y al fondo, quizás un par de
morteros.
Le quedaba por atravesar el rellano y traspasar
la puerta, que estaba abierta —era fácil hacerlo a oscuras, porque lo conocía
muy bien— para llegar a la alfombra del dormitorio, que era gruesa y mullida,
de color gris pálido, aunque ni la sentía ni la veía.
Esperó en el centro de la habitación, pendiente
de los ruidos. Ella se había vuelto a dormir. Respiraba ruidosamente, y el aire
expulsado producía un ligerísimo silbido al pasar entre los dientes. La cortina
se agitaba suavemente en la ventana abierta y se oía el tic-tac del despertador
al lado de la cama.
Ahora que sus ojos se iban acostumbrando a la
oscuridad podía distinguir el borde la
cama, la manta blanca remetida bajo el colchón, el bulto de sus pies
bajo las sábanas. Como si notara la presencia del hombre en la habitación, la
mujer se movió. La oyó darse una vuelta y luego otra. El ruido de su
respiración cesó. Hubo una sucesión de movimientos y ruiditos y una vez
crujieron los muelles del somier, que en la oscuridad sonaron como un grito.
—¿Eres tú, Robert?
El hombre no hizo ningún movimiento, ningún
ruido.
—Robert, ¿estás ahí?
La voz le resultó extraña y bastante
desagradable.
—¡Robert! —se había despertado por completo—.
¿Dónde estás?
¿Dónde había oído aquella voz? Tenía un tono
estridente, discordante, como al tocar dos notas agudas y disonantes. Además,
pronunciaba mal la R de Robert. ¿Quién lo llamaba siempre Wobert?
—Wobert —repitió la voz—, ¿qué haces?
¿Era aquella enfermera del hospital, la alta
del pelo rubio? No, era mucho antes. Tenía que acordarse de una voz tan
espantosa como aquélla. Recordaría el nombre en poco tiempo.
En ese momento oyó el chasquido del interruptor
de la lamparita de la mesilla de noche y el haz de luz le permitió ver a la
mujer, que estaba medio incorporada en la cama, con un especie de camisón rosa.
En su rostro y en sus ojos, muy abiertos, había una expresión de sorpresa.
Tenía las mejillas y la barbilla grasientas de crema.
—Será mejor que sueltes eso —decía—, no vaya a
ser que te cortes.
—¿Dónde está Edna?
La miraba con dureza.
La mujer, casi sentada, le observaba
atentamente. Él seguía a los pies de la cama. Era un hombre fuerte, enorme;
estaba inmóvil y erguido, con los talones juntos, casi en posición de firmes,
embutido en su grueso traje de lana marrón oscuro.
—Venga, deja éso —le ordenó.
—¿Dónde está Edna?
—¿Qué te pasa, Wobert?
—No me pasa nada. Lo único que quiero saber es
dónde está mi esposa.
La mujer se incorporó poco a poco en la cama
hasta sentarse y deslizó las piernas hacia el borde de la cama.
—Pues para que te enteres —respondió al cabo de
un rato, con una voz distinta y una expresión furtiva y astuta en sus ojos
duros, de un azul casi blanco—, Edna se ha marchado. Acaba de salir ahora
mismo, mientras tú estabas fuera.
—¿Adónde ha ido?
—No me lo ha dicho.
—¿Y usted quién es?
—Una amiga suya.
—No tiene que gritarme —dijo-. ¿A qué viene
tanta excitación?
—Sólo quiero que te enteres de que no soy Edna.
El hombre reflexionó unos momentos y dijo:
—¿Cómo sabe usted mi nombre?
—Me lo ha dicho Edna.
El hombre se calló y la examinó detenidamente,
aún sorprendido, pero mucho más tranquilo. Sus ojos también estaban tranquilos
y miraban a la mujer con un aire ligeramente divertido.
—Creo que prefiero a Edna.
Los dos se quedaron inmóviles, en silencio. La
mujer estaba en tensión, erguida, con los brazos rígidos pegados al cuerpo,
ligeramente doblados por los codos, y las manos con las palmas apretadas contra
el colchón.
—Es que yo quiero a Edna. ¿No se lo ha contado?
La mujer no respondió.
—Pienso que es una zorra, pero lo más gracioso
es que la quiero a pesar de todo.
La mujer no le miraba a la cara; tenía los ojos
clavados en la mano derecha de Robert.
—Edna es una zorra, mala y cruel.
—Pienso que es una zorra, mala y cruel. Volvió
a hacerse el silencio. El hombre seguía inmóvil, y la mujer, sentada en la
cama, igualmente inmóvil. El silencio era tan profundo que por la ventana
abierta oyeron caer agua del molino a la presa en una lejana granja del valle.
El hombre volvió a hablar tranquila y
lentamente, en un tono impersonal:
—En realidad, creo que ya ni siquiera le gusto.
La mujer se acercó más al borde de la cama.
—Deja ese chuchillo —dijo-, no vaya a ser que
te cortes.
—Por favor, no grite. ¿No puede hablar más
bajo? De repente se inclinó hacia adelante y se puso a observar con atención el
rostro de la mujer. Alzó las cejas.
—Es extraño —dijo—. Muy extraño. Dio un paso y
tocó la cama con las rodillas.
—Se parece usted un poco a Edna.
—Le he dicho que Edna se ha ido.
Continuó observándola y la mujer siguió inmóvil,
apretando el colchón con las palmas de las manos.
—Sí —dijo él—. Es curioso.
—Ya le he dicho que Edna ha salido. Yo soy una
amiga suya. Me llamo Mary.
—Mi mujer —añadió el hombre— tiene un lunarcito
marrón detrás de la oreja izquierda. No lo tendrá usted también, ¿verdad?
—Claro que no.
—Vuelva la cabeza y déjeme verlo.
—Le he dicho que no tengo un lunar.
—Pero yo quiero comprobarlo.
El hombre rodeó lentamente la cama.
—Quédese ahí —dijo—. No se mueva, por favor.
Se acercó a ella despacio, sin dejar de mirarla,
esbozando una ligera sonrisa.
La mujer esperó hasta tenerlo a su alcance; le
golpeó con todas sus fuerzas en plena cara con la mano derecha, con tal rapidez
que no le dio tiempo a verla. Cuando el hombre se sentó en la cama y se puso a
llorar, ella le quitó el cuchillo, salió apresuradamente de la habitación y
bajó la escalera hasta el vestíbulo, donde estaba el teléfono.
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