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| San Alfonso María de Ligorno |
A modo introductório
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| Francisco Navarro Villoslada |
De aquí resulta que la historia de un santo, cuya Teología moral anda en manos de todos los Sacerdotes, y en cuyos libros ascéticos se apacientan cotidianamente las almas devotas, sea menos conocida de lo que debiera, siendo así que los admirables hechos que forman su tejido interesan, conmueven y edifican.
A suplir esta falta, dentro de los límites de nuestra pequeñez, se endereza el presente opúsculo, breve resumen de la obra del P. Loyódice, que acaso por lo que de ella copia excite el apetito de verla íntegra. ¡Ojalá que así sea, porque cuanto más se conoce al insigne fundador de la Congregación de Redentoristas, más se le quiere! Es un santo á quien principia uno por venerar de rodillas, para concluir arrojándose á sus brazos con filial ternura y abandono.
Tiene su vida ese encanto singular de la santidad, que fluye como el agua de la fuente, y se revela espontánea y amable como la inocencia en el rostro de un niño. Si fuesen investigables los altos juicios de Dios, diríamos que al siglo más perverso y presuntuoso de todos los siglos correspondía por contrapeso un Santo tan grande y sencillo, tan sabio y humilde como el Doctor de la Iglesia Alfonso María de Ligorio.
Floreció en una época de conspiración universal contra el catolicismo. Todo el mundo entraba en ella, y principalmente los que presumían de sabios y los que más alarde hacían de austera devoción. Conspiraban los filósofos y los sectarios, los reyes y sus ministros: Federico II en Prusia, José II en Austria, Catalina en el imperio moscovita, Pombal en Lisboa, Tanucci en Nápoles, el Conde de Aranda y otros ministros de Carlos III en España, y conspiraban sobre todo en Francia reyes y príncipes, literatos y magnates, cortesanos, y más que nadie, cortesanas, en hediondo fermento de impiedad y corrupción, de jansenismo y libertinaje, de regalismo y de negación de toda autoridad. Conspiración vasta y multiforme, cesarista y demagógica á la vez, pero que tenía un mismo fin; la destrucción del reino de Jesucristo en las naciones y en las almas.
Pues bien: en esos tiempos de angustia para la Iglesia y de esperanzas para el infierno nace un hombre que se propone saber lo que Dios manda, practicar lo que Dios manda y enseñar lo que nos manda Dios. Ese hombre es santo y Doctor de la Iglesia. Santo cuando la santidad era puesta en caricatura por los jansenistas, o sacrílegamente profanada por aristocráticas saturnales, y maestro de la Verdad en pleno imperio de la mentira filosófica, parece haber venido al mundo para mantener la causa de Jesucristo, haciendo y enseñando lo que hacía y enseñaba nuestro divino modelo.
¿Y á qué medios apela tan insigne Doctor para difundir la luz evangélica en las tinieblas que van enseñoreándose del orbe? ¿Qué armas toma para la liza el nuevo campeón de la Iglesia?
San Alfonso no inventa nada, no hace nada que no hayan hecho los demás santos. Guarda los mandamientos, y aspirando á la perfección, renuncia todo lo que tiene: deja á su padre y a su madre, y sigue á Jesucristo. Ayuna, reza, se mortifica; busca la Cruz y se abraza con ella, y busca á los pecadores para llevarlos al pie de la Cruz.
No levanta con su voz toda la Europa para precipitarla sobre el Asia como Pedro el Ermitaño; no descubre nuevos mundos como Cristóbal Colón; no funda imperios para Cristo como Constantino ó Carlomango; fué un hombre que amaba a Dios por todas cuantas legiones de satanás le aborrecían, y un hombre, por consiguiente, en quien se complacían las miradas del Señor.
Aquel que sabe la doctrina de Jesucristo lo sabe todo; el que la practica todo lo resuelve: Cristo es la solución de todas las dificultades.
Cuando se ponían en tela de juicio las grandes cuestiones políticas, sociales y religiosas, San Alfonso enseñaba la moral que todas las pone en claro; cuando se agitaban contra Jesucristo los poderosos de la tierra, San Alfonso apelaba á Dios, contra el cual los poderosos del mundo, los mundos mismos, no son más que polvo que barre el huracán.Y esto es lo que hay que hacer; esto lo que hay que ser; y siendo todos así, todas las cuestiones están resueltas, todas las dificultades desaparecen, lo mismo en el siglo XVIII que en el XIX.
Y esto se nos figura que principalmente enseña la vida de un Doctor de la Iglesia en medio de un siglo de perseguidores de la Iglesia. Que todo hombre, todo cristiano lleva en sí con la señal de la Cruz el remedio de todos los males del mundo.
En efecto: ¿queremos que el mundo se santifique? Pues principiemos por hacernos santos; el mundo podrá perecer si no nos sigue, pero de fijo nos salvamos nosotros.
¿Queremos ser santos de veras? Pues no descansemos hasta que lo sean nuestros hijos, si somos padres, nuestra esposa, nuestros hermanos, nuestros criados, nuestros amigos, nuestros prójimos. Cada uno de nosotros está llamado á ser un apóstol; el que no puede predicar con la palabra desde la cátedra del Espíritu Santo que predique con las obras, con el ejemplo, que predique sobre todo con la oración. Para convertir al mundo, convertirme yo, convertir á los míos; y desde el momento en que este apostolado de la palabra, de la pluma, de las obras, de la oración se extienda, la conversión está hecha. La verdad se propaga en progresión más que geométrica; la lleva la divina gracia infinitamente más rápida que la luz.
Para ser yo feliz, Cristo; para que lo sea mí familia Cristo; para mi pueblo, Cristo; para mi patria, Cristo. Cristo en todo y para todo. Y celo ardiente, pero completamente sometido á los directores de nuestras almas para que el Espíritu Santo preste su divina eficacia á las obras mismas emprendidas en nombre de Jesucristo.
Así lo hizo San Alfonso: la santidad que rebosaba de su corazón se derramó sobre sus padres, sobre sus hermanos; y viendo hermanos en Jesucristo en los pobres sumidos en la ignorancia y el pecado, los buscó para santificarlos, y buscó compañeros que le ayudaran en esta tarea apostólica. Todo era poco para su celo por la salvación de las almas, y aspiraba siempre á la perfección, y ni un momento estaba ocioso; oraba siempre y trabajaba sin cesar. Su vida fué larga, pero cada hora, cada minuto, fué un acto de heroísmo, formando ese inmenso conjunto de virtudes heroicas una vida cristiana, santa, si bien en apariencia regular, ordinaria. ¡Oh santidad modesta, santidad oculta, por decirlo así, dentro del cumplimiento de los deberes que nos impone nuestro estado! Por estas almas, que arden en amor divino como lámparas solitarias delante del Sagrario, parece que Dios mira todavía al mundo con ojos de piedad y misericordia; por estas virtudes ocultas que están murmurando preces ante el trono del Altísimo, parece que el Señor se hace el sordo al grito de los vicios que llenan de escándalo al universo.
Y he aquí explicado cómo la vida de San Alfonso, que enseña á los seglares, á los Sacerdotes, á los religiosos, á los Obispos, á los perseguidos y atribulados cómo han de cumplir con su deber, enseña también cómo han de salvarse los pueblos. Porque, así como las leyes físicas son las mismas para los innumerables mundos que pueblan el espacio, como para los innumerables átomos de que se compone el cuerpo más imperceptible, así la ley moral es una para las naciones y para los individuos: la ley de Cristo.


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