Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Francisco Navarrete y Ribera - El caballero invisible

Novela compuesta
en equívocos burlescos

En lo bajo de Andalucía, y vente luego, había un caballero, a quien llamaban y no respondía; era nacido de un brazo, gentilhombre en la ley, y de su color blanco, donde tiran; tenía el juicio pintado, la memoria en inventario, su condición era de arrendamiento, su calidad la tenía en su complexión, su cantidad era en escudos de armas, vivía en la casa de la muerte, la cual tenía puerta de calzón, la llave de la mano, ventanas de nariz, con rejas de arados, el poyo de alcalde, dos salas de audiencia, un retrete que apenas, los corredores de lonja, el pozo airón, el brocal de daga, el cubo de molino, el carrillo hinchado, la soga arrastrando, corral de concejo, secreta que calla. Este confuso caballero se admiraba en sí, considerando su extraña naturaleza, deseando con extremo ser casado, mirando a que no se perdiese generación tan notable, y como no faltan terceros de la cuerda, ciertos amigos de dinero hicieron diligencia, buscando con quién casase, y hallaron una hermosa dama tan a medida del buen caballero, que pareció haberla trazado el sastre de su naturaleza. Era una niña de un ojo, hija de un padre de yeguas, y de una madre de sumidero; llamábanla Blanca, de cuatro al ochavo, al padre Domingo de la tentación, y a la madre Ana de tapicería; era esta niña gallarda tañida, tenía muchas gracias de Roma, buenas manos de labor de campo, tañía campanas, cantaba kyries, y bailaba el agua adelante, leía cátedras, escribía en un oficio público, y contaba lo que le sucedía; su risa era de un arroyo, su donaire del que tiene don y es nada, y en todas estas gracias atinando a ser casada como pensión.
Pues como el tal caballero supiese las partes de esta niña como la voluntad de sus padres, generoso como enamorado, le envió las donas siguientes: en el arca de Noé, un apretador de dificultades, el chapín de la reina con listones de madera, dos guantes, el uno de desafío, el otro de pedir para un pobre, una sortija corrida con cinco piedras tiradas, y por arracadas dos calabazas fritas, y para su servicio cuatro moras de zarza, dos negros ojuelos, y una negra pascua. Estimaron los padres el regalo, y agradecidos le dieron en dote a la ira mala dos mil ducados de títulos, mitad en reales de ferias, y mitad en cuartos de luna, el horno de Babilonia, dos molinos de viento, la manta de Cazalla, sillas de encerrar trigo, escritorios de escribanos, mesas de guarnición, una cama de un melón, que todo lo dicho vino a montar cuatro cuentos de horno; de tal suerte satisfizo al desposado la grandeza de este dote, que apresurando plazos, llegó el deseado día de las bodas, a cuya contemplación los nobles de aquel lugar, que eran unos caballeros que vendían caballos, trataron de hacerle unas fiestas de guardar, y habiendo entrado en junta de médicos, nombraron cuatro cuadrilleros de la hermandad, para que cada uno vistiese a ocho del mes y escogiese colores; lo cual se hizo tan breve, como para el día siguiente hubo aquella noche muy costosos fuegos de san Antón, con muchos heladores de garzas.
Amaneció el deseado día, y empezaron las Gestas de esta suerte. Estaba la plaza de un soldado bien aderezada, colgada de doseles de cartilla. Asistió a ellas el rey, que la mandó matar, con los consejos de un padre, tres cardenales de un ojo, y otros muchos señores de lo ajeno; muchas y hermosas damas de ajedrez, y en andamios de albañiles los desposados y sus padres. Entró alegrando la plaza un clarín de valonas, y seguíanle los atabales del«que ha corrido el mundo. Entró un alguacil de moscas en un caballo de oros, a quien acompañaban doce corchetes de un sayo, llevando en la mano por insignia una vara y una cuarta, y comisión en el despejo, hízolo, dando lugar a que los caballeros hiciesen la estrada con esta solemnidad. Entró la primera cuadrilla, que era un aposento pequeño en caballos rodados de una sierra, las libreas de tela de cebolla, cosa nueva y de grande primor. La segunda entró en caballos de poner sillas, seguros, poco briosos, con librea de tela de los sesos, que a los ojos se venia. Entró la tercera de un negocio en caballos de llagas, rica casta a no ser zainos, con libreas de tela de juicio. La cuarta y última entró en caballos castaños con su fruto, con libreas de tela de araña brillante, si de poca costa, todos conformes en lanzas de coches, bauderolas de campanarios, mochilas de caminantes, bozales negros, espuelas de cuidado, estribos de la paciencia, riendas de reformación, cabezadas en una esquina y bocados rabiosos. Entraron en solemne paseo, haciendo a quien se debía dos reverencias y una paternidad, y dada la vuelta y media, trataron de correr la posta, lo cual se hizo a parejas de sotas con mucha bizarría. Acabada la carrera de Indias, entraron seis machos de herrero cargados de cañas de vacas, con reposteros vivos y garrotes de necios; tomaron las cañas, y en dos partes divididos empezaron el juego de quínolas, donde anduvieron en las vueltas de Guadalquivir, y en las revueltas de un mentiroso, tan bien, que se midieron a compás de música. Fuese el juego calentando hasta que los padrinos de un bautismo hicieron las paces de Inglaterra, a cuyo tiempo soltaron el toro del signo, que con su braveza alegró la gente de a caballo. Y un caballero llamado y no escogido dio una lanzada de viña venturosa, porque dio al toro en el gatillo de una escopeta, y le salió a la cola del dragón; tocaron la trompeta del juicio en señal que desjarretasen, cosa fácil por ser tantos contra uno. Empezaron un caracol de escalera bien ordenado, porque el que lo guiaba sabía bien como buen guisado.
Acabadas las fiestas con el día, llevaron en solemne acompañamiento a los desposados a su casa, donde a todos se dio rica colación de capellanía, en que hubo cajas de difuntos, canelones de disciplina, y en ricos almíbares limones de carreta, peras de cama, y muchos cubiertos que nadie los veía. Amaneció el alegre día de la boda, donde juntos los huéspedes se les dio la comida siguiente. Pusiéronles en mesas de escaleras manteles de muralla, cuchillos de capa, limas de herrero; sirviéronles en fuentes de piernas pan de opilados, en bollos de la frente, y roscas de tornillo; había ¿ un lado de la mesa una cantarera que vendía cántaros, con muy curiosos barros en la cara, y en la otra parte muchas macetas de zapatero, con diferentes flores de tahúres; sirviéronles pasas de negro, un melón de un corcovado, un adobado de un coleto, un picado del juego, perdigones de plomo, capones de música, gallinas que huyen, una olla del río, con vaca de una prebenda y carnero de enterrar, manjar blanco como la nieve, y por sainete del convite algunos platos de pescado, en que hubo lenguados de guardar viñas, acedías de estómago y pámpanos de parra, y de postre conserva de una flota, con otros dulces de navajas, castañuelas de bailar, nueces de ballesta, manzanas de espadas y peros de inconvenientes, vino quien faltaba, y aguas de diferentes chamelotes.
Alzadas las mesas y despedidos los huéspedes, quedaron en felice concordia, donde algunos días se gozaron sin celos y con amores, dulce golfo de la paz; y en medio de este sosiego se les recreció un disgusto, porque el tal caballero se resolvió a ser soldado de una pierna, y dejar su mujer a beneficio de natura, y pasando acaso un tercio de fin de abril, que iba a los estados de hondo, y vio que el capitán mandaba la jineta de silla, y el alférez llevaba la bandera para su ropa, y el sargento a la barda de una huerta. Habló al general, que era un poder para pleitos, y asentáronle la plaza de Vivarambla. Despidióse de su mujer, diciendo que por ser aquella jornada de pan no la podía excusar. Fue en una compañía de cien infantes, hijos de rey, y marchando en su hilera, que era una que vendía hilo, llegó a su viaje, donde se ofreció salir a una escaramuza picada, donde dio muchas cuchilladas de calzas, y al fin salió con dos heridas mujeres, la una en las espaldas de un monte, y la otra en la coronilla de un pastel, de que vino a morir de otra parte. Ordenó su testamento, y mandó a sus criados muchas cosas de su servicio; salió su alma de cántaro para la gloria de un vencimiento, quedó su cuerpo de libro desalmado, cual rufián, y tendido como camisa al sol; cubriéronlo con un paño que sale a la cara, y puesto en una caja de conserva, hicieron las campanillas del paladar señal por hombre con tres dobles de cientos y una sencilla mujer de Castilla.
Vinieron a su entierro frailes de haba, de la orden de Moyano, los hábitos en sus costumbres, y capillas de hornos, y en sus manos de papel velas de navío. Vinieron los niños del limbo con hachas de partir leña, y lo llevaron a cuestas arriba cuatro hermanos de padre y madre, y le cantaron las tres ánades madre. Llegaron a San Ciruelo el Verde, y vieron un hombre jugado que había hecho un hoyo en la barba en un cimenterio de un viejo, donde lo arrojaron como pelota, y se quedó como espada de Bilbao. Hechos los oficios de zapatero y sastre, pusieron sobre su sepultura una piedra de la ijada, con letras de cambio, en que decía quien las leía: Aquí no hace este caballero ninguna cosa. Llegó la triste nueva a la sin ventura Blanca, porque tuvo dos cartas de marear por dos vías, la ordinaria y la ejecutiva; cubrió su cabeza de ajo, y recogióse, donde acabó algunas cosas que tenía empezadas a trece por docena del mes del obispado en el año fatal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.