Novela compuesta
en equívocos burlescos
en equívocos burlescos
En lo bajo de Andalucía, y vente luego, había un caballero, a
quien llamaban y no respondía; era nacido de un brazo, gentilhombre en la ley,
y de su color blanco, donde tiran; tenía el juicio pintado, la memoria en
inventario, su condición era de arrendamiento, su calidad la tenía en su
complexión, su cantidad era en escudos de armas, vivía en la casa de la muerte,
la cual tenía puerta de calzón, la llave de la mano, ventanas de nariz, con
rejas de arados, el poyo de alcalde, dos salas de audiencia, un retrete que
apenas, los corredores de lonja, el pozo airón, el brocal de daga, el cubo de
molino, el carrillo hinchado, la soga arrastrando, corral de concejo, secreta
que calla. Este confuso caballero se admiraba en sí, considerando su extraña
naturaleza, deseando con extremo ser casado, mirando a que no se perdiese
generación tan notable, y como no faltan terceros de la cuerda, ciertos amigos de
dinero hicieron diligencia, buscando con quién casase, y hallaron una hermosa
dama tan a medida del buen caballero, que pareció haberla trazado el sastre de
su naturaleza. Era una niña de un ojo, hija de un padre de yeguas, y de una
madre de sumidero; llamábanla Blanca, de cuatro al ochavo, al padre Domingo de
la tentación, y a la madre Ana de tapicería; era esta niña gallarda tañida, tenía
muchas gracias de Roma, buenas manos de labor de campo, tañía campanas, cantaba
kyries, y bailaba el agua adelante, leía cátedras, escribía en un oficio
público, y contaba lo que le sucedía; su risa era de un arroyo, su donaire del
que tiene don y es nada, y en todas estas gracias atinando a ser casada como pensión.
Pues como el tal
caballero supiese las partes de esta niña como la voluntad de sus padres,
generoso como enamorado, le envió las donas siguientes: en el arca de Noé, un
apretador de dificultades, el chapín de la reina con listones de madera, dos
guantes, el uno de desafío, el otro de pedir para un pobre, una sortija corrida
con cinco piedras tiradas, y por arracadas dos calabazas fritas, y para su
servicio cuatro moras de zarza, dos negros ojuelos, y una negra pascua.
Estimaron los padres el regalo, y agradecidos le dieron en dote a la ira mala dos mil ducados de títulos, mitad
en reales de ferias, y mitad en cuartos de luna, el horno de Babilonia, dos
molinos de viento, la manta de Cazalla, sillas de encerrar trigo, escritorios
de escribanos, mesas de guarnición, una cama de un melón, que todo lo dicho
vino a montar cuatro cuentos de horno; de tal suerte satisfizo al desposado la
grandeza de este dote, que apresurando plazos, llegó el deseado día de las
bodas, a cuya contemplación los nobles de aquel lugar, que eran unos caballeros
que vendían caballos, trataron de hacerle unas fiestas de guardar, y habiendo
entrado en junta de médicos, nombraron cuatro cuadrilleros de la hermandad,
para que cada uno vistiese a ocho del mes y escogiese colores; lo cual se hizo
tan breve, como para el día siguiente hubo aquella noche muy costosos fuegos de
san Antón, con muchos heladores de garzas.
Amaneció el deseado día,
y empezaron las Gestas de esta suerte. Estaba la plaza de un soldado bien
aderezada, colgada de doseles de cartilla. Asistió a ellas el rey, que la mandó
matar, con los consejos de un padre, tres cardenales de un ojo, y otros muchos
señores de lo ajeno; muchas y hermosas damas de ajedrez, y en andamios de
albañiles los desposados y sus padres. Entró alegrando la plaza un clarín de
valonas, y seguíanle los atabales del«que ha corrido el mundo. Entró un
alguacil de moscas en un caballo de oros, a quien acompañaban doce corchetes de
un sayo, llevando en la mano por insignia una vara y una cuarta, y comisión en
el despejo, hízolo, dando lugar a que los caballeros hiciesen la estrada con
esta solemnidad. Entró la primera cuadrilla, que era un aposento pequeño en
caballos rodados de una sierra, las libreas de tela de cebolla, cosa nueva y de
grande primor. La segunda entró en caballos de poner sillas, seguros, poco briosos,
con librea de tela de los sesos, que a los ojos se venia. Entró la tercera de
un negocio en caballos de llagas, rica casta a no ser zainos, con libreas de
tela de juicio. La cuarta y última entró en caballos castaños con su fruto, con
libreas de tela de araña brillante, si de poca costa, todos conformes en lanzas
de coches, bauderolas de campanarios, mochilas de caminantes, bozales negros,
espuelas de cuidado, estribos de la paciencia, riendas de reformación,
cabezadas en una esquina y bocados rabiosos. Entraron en solemne paseo,
haciendo a quien se debía dos reverencias y una paternidad, y dada la vuelta y
media, trataron de correr la posta, lo cual se hizo a parejas de sotas con
mucha bizarría. Acabada la carrera de Indias, entraron seis machos de herrero
cargados de cañas de vacas, con reposteros vivos y garrotes de necios; tomaron
las cañas, y en dos partes divididos empezaron el juego de quínolas, donde
anduvieron en las vueltas de Guadalquivir, y en las revueltas de un mentiroso,
tan bien, que se midieron a compás de música. Fuese el juego calentando hasta
que los padrinos de un bautismo hicieron las paces de Inglaterra, a cuyo tiempo
soltaron el toro del signo, que con su braveza alegró la gente de a caballo. Y
un caballero llamado y no escogido dio una lanzada de viña venturosa, porque
dio al toro en el gatillo de una escopeta, y le salió a la cola del dragón;
tocaron la trompeta del juicio en señal que desjarretasen, cosa fácil por ser
tantos contra uno. Empezaron un caracol de escalera bien ordenado, porque el
que lo guiaba sabía bien como buen guisado.
Acabadas las fiestas
con el día, llevaron en solemne acompañamiento a los desposados a su casa,
donde a todos se dio rica colación de capellanía, en que hubo cajas de
difuntos, canelones de disciplina, y en ricos almíbares limones de carreta,
peras de cama, y muchos cubiertos que nadie los veía. Amaneció el alegre día de
la boda, donde juntos los huéspedes se les dio la comida siguiente. Pusiéronles
en mesas de escaleras manteles de muralla, cuchillos de capa, limas de herrero;
sirviéronles en fuentes de piernas pan de opilados, en bollos de la frente, y
roscas de tornillo; había ¿ un lado de la mesa una cantarera que vendía
cántaros, con muy curiosos barros en la cara, y en la otra parte muchas macetas
de zapatero, con diferentes flores de tahúres; sirviéronles pasas de negro, un
melón de un corcovado, un adobado de un coleto, un picado del juego, perdigones
de plomo, capones de música, gallinas que huyen, una olla del río, con vaca de
una prebenda y carnero de enterrar, manjar blanco como la nieve, y por sainete
del convite algunos platos de pescado, en que hubo lenguados de guardar viñas,
acedías de estómago y pámpanos de parra, y de postre conserva de una flota, con
otros dulces de navajas, castañuelas de bailar, nueces de ballesta, manzanas de
espadas y peros de inconvenientes, vino quien faltaba, y aguas de diferentes
chamelotes.
Alzadas las mesas y
despedidos los huéspedes, quedaron en felice concordia, donde algunos días se
gozaron sin celos y con amores, dulce golfo de la paz; y en medio de este
sosiego se les recreció un disgusto, porque el tal caballero se resolvió a ser
soldado de una pierna, y dejar su mujer a beneficio de natura, y pasando acaso
un tercio de fin de abril, que iba a los estados de hondo, y vio que el capitán
mandaba la jineta de silla, y el alférez llevaba la bandera para su ropa, y el
sargento a la barda de una huerta. Habló al general, que era un poder para
pleitos, y asentáronle la plaza de Vivarambla. Despidióse de su mujer, diciendo
que por ser aquella jornada de pan no la podía excusar. Fue en una compañía de
cien infantes, hijos de rey, y marchando en su hilera, que era una que vendía
hilo, llegó a su viaje, donde se ofreció salir a una escaramuza picada, donde
dio muchas cuchilladas de calzas, y al fin salió con dos heridas mujeres, la
una en las espaldas de un monte, y la otra en la coronilla de un pastel, de que
vino a morir de otra parte. Ordenó su testamento, y mandó a sus criados muchas
cosas de su servicio; salió su alma de cántaro para la gloria de un
vencimiento, quedó su cuerpo de libro desalmado, cual rufián, y tendido como
camisa al sol; cubriéronlo con un paño que sale a la cara, y puesto en una caja
de conserva, hicieron las campanillas del paladar señal por hombre con tres
dobles de cientos y una sencilla mujer de Castilla.
Vinieron a su entierro frailes de haba, de la orden
de Moyano, los hábitos en sus costumbres, y capillas de hornos, y en sus manos
de papel velas de navío. Vinieron los niños del limbo con hachas de partir
leña, y lo llevaron a cuestas arriba cuatro hermanos de padre y madre, y le
cantaron las tres ánades madre. Llegaron a San Ciruelo el Verde, y vieron un
hombre jugado que había hecho un hoyo en la barba en un cimenterio de un viejo,
donde lo arrojaron como pelota, y se quedó como espada de Bilbao. Hechos los
oficios de zapatero y sastre, pusieron sobre su sepultura una piedra de la
ijada, con letras de cambio, en que decía quien las leía: Aquí no hace este
caballero ninguna cosa. Llegó la triste nueva a la sin ventura Blanca, porque
tuvo dos cartas de marear por dos vías, la ordinaria y la ejecutiva; cubrió su
cabeza de ajo, y recogióse, donde acabó algunas cosas que tenía empezadas a
trece por docena del mes del obispado en el año fatal.
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