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Alfonso publica varias obras. Renuncia el Obispado


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En medio de los crueles padecimientos que muy de ligero acabamos de indicar, no profirió el Santo una palabra de queja, no exhaló un gemido; y con asombro de cuantas personas le rodeaban, nunca dejo de ocuparse en los negocios del Obispado. Hasta en lo más recio de su enfermedad, como se supo después por el Hermano que le asistía, practicaba sus ejercicios devotos. Todas las noches rezaba el Rosario con sus familiares, y no le habían de faltar ni el examen de conciencia ni la lectura espiritual, que frecuentemente le hacía en alta voz alguno de sus acompañantes.
De tal manera llegó á dominar sus quebrantos físicos, y los atroces dolores de la ciática y la artritis, que aun atormentado por ellos pudo perfeccionar y disponer para la imprenta aquel célebre libro suyo intitulado: Práctica de amar a Jesucristo, que deja sentir el dulcísimo fuego en que se consumía el corazón del Santo autor.
Habiéndose publicado por entonces cierto libro, que combatía, en varios puntos, la autoridad de la Iglesia, y más especialmente la inmunidad eclesiástica, Alfonso, casi agonizante, lo mandó traer, y sintiéndose con la cabeza despejada se puso á rebatirlo, tomando con ardor la defensa de la buena doctrina, y llegó á escribir una obra con este objeto. No la concluyó, sin embargo, por obedecer á su Director el P. Villani, que, consultando á cierta prudente circunspección, le hizo desistir del intento.
Sin salir de su enfermedad, dió también á luz un opúsculo acerca de las ceremonias de la Misa, y como llegase a sus manos, mientras se estaba imprimiendo, una ponzoñosa disertación sobre los honorarios por la celebración del Santo Sacrificio, se apresuró á dictar un apéndice muy erudito, en refutación de aquella doctrina.
Dios le había dotado de tanta facilidad para escribir como para predicar. Comenzó la predicación antes de ser Sacerdote, y publicó su primer libro destinado a sus penitentes, apenas se sentó en el confesionario. Su vocación al púlpito le condujo á fundar una Congregación de Misioneros apostólicos; sus inmortales escritos le han hecho merecedor del gloriosísimo título de Doctor de la Iglesia, mucho antes de haber transcurrido un siglo, desde su santa muerte.
Ya hemos visto que su talento lo abarcaba todo; idiomas, música, pintura, poesía, legislación, teología, filosofía: añádase á tan vasto ingenio una fisonomía dulce y simpática, una sonrisa llena de atractivo, que llamaba hacia sí á los más indiferentes; y póngase sobre todas estas prendas naturales la unción que el Espíritu divino prestaba a sus palabras, los rayos de la gracia que vibrando en amor celestial salían de sus labios, y se comprenderán los prodigios de su predicación, ante la cual se derretían las rocas endurecidas en el pecado, y caían derribadas las añosas encinas de la soberbia.
Eran los sermones del Santo diáfanos como el agua del manantial; espontáneos siempre y elocuentes, sin resabios de retórica ni de frases rebuscadas, como todo lo que sale de un corazón embriagado, según decía Santa Teresa, en el vino celestial.
Predicar para el Santo era pensar en alta voz, hacer sentir sintiendo, derramar su pecho todo lleno de amor de Dios, buscando a Dios en el amor del prójimo. Predicaba con sus virtudes, con su inmensa caridad, con sus acerbos dolores, con su maceración y penitencia: predicaba haciendo amable á todos la vida cristiana, guardando sólo para sí lo que á otros hubiera parecido demasiado severo. El que habitualmente comía, mezclando a sus alimentos acíbar y ajenjos, guardaba «la miel y la manteca» del Cantar de los Cantares para endulzar y suavizar las viandas de los demás.
Pues bien: así como su predicación, fueron sus escritos. Principió el Santo á escribir, desde que se dedicó al estado eclesiástico y no lo dejó hasta los últimos años de su vida. Escribió la mayor parte de sus libros, ya acabado por extraordinarios y heroicos trabajos en defensa de la Iglesia de Dios, y agobiado por continuas enfermedades.
Sus obras son por cierto innumerables si se tienen en cuanta las cartas que dirigió á diferentes personajes, llenas de erudición, de doctrina y de vigorosa argumentación, que pueden considerarse como otras tantas disertaciones.
Pueden dividirse en cuatro grupos: de Moral, ascéticas, históricas y dogmáticas.
Descuella entre las primeras su Teología moral, que le ha hecho celebérrimo en todo el orbe católico. Agitábase en aquellos tiempos la insidiosa herejía jansenista, al combatir la cual, no pocos autores y moralistas se inclinaban quizás insensiblemente al error diametralmente opuesto. En aquel revuelto mar de opiniones más ó menos tocadas de herética ponzoña, en que los contendientes de uno y otro bando procuraban esquivar las censuras eclesiásticas, una obra como la de San Alfonso fué la tabla de salvación para las conciencias zozobrantes de muchos directores de almas. En ese libro supo el Santo evitar, con suma prudencia, los dos extremos de laxo probabilismo y de rígido tutiorismo, ambos igualmente funestos.
Apoyado en la doctrina de la Iglesia, aplicóla con tanto acierto y con firmeza tal, que dió la norma á los confesores y directores espirituales. Su libro es y será la base de cuantos se escriban sobre moral.
Cayó ciertamente como una bendición de Dios sobre los fieles.
Dedicólo al Papa Benedicto XIV, el cual le contestó en un Breve que va al frente de la edición, diciendo que con sólo hojearlo había hallado el libro lleno de buenas doctrinas, y añadía que el autor podía estar seguro del agradecimiento universal y de la pública aceptación. Después que el Sumo Pontífice lo hubo leído despacio, interrogado acerca de determinados puntos de moral, dijo á un religioso de Nápoles: «Tenéis ahí a vuestro Ligorio, consultad el caso con él. «Sin contar las muchas ediciones que de esta obra se hicieron en aquella capital, sólo en Venecia se imprimió diez veces. Por Francia, España y Alemania se esparció con igual rapidez.
Para facilitar su adquisición, hizo el Santo un compendio en lengua vulgar, con el título de Hombre apostólico, que luego, á instancias de un editor, tuvo que escribir en latín para que se difundiese por toda la Iglesia.
Tanto este libro como otro que publicó sobre la Maldición de los difuntos, sufrieron fuertes impugnaciones, á las que contestó el Santo en escritos, modelo de polémicas religiosas.
También compuso la Historia de las Herejías y la admirable de las Victorias de los mártires, como un dique contra la impiedad reinante.
Entre sus libros ascéticos no puede menos de citarse el de La Conformidad con la voluntad de Dios, el muy precioso que se intitula: Conducta admirable de la Divina Providencia en salvar al hombre por medio de Jesucristo, y las Reflexiones y afectos sobre la Pasión de Jesucristo, traducido en España con el título de Reloj de la Pasión.
Apenas hay persona piadosa que no conozca y ame á nuestro Santo por sus Visitas al Santísimo Sacramento y á María Santísima y por las Glorias de María.
Cuentan los historiadores de su vida que una vez se le apareció la Virgen mostrándole su verdadero y divino rostro, al través de un cuadro: San Alfonso vió el semblante de María tal cual es, tal cual está junto al trono del Altísimo. Pues bien: en el libro del Santo parece que se vislumbra también á la Santísima Virgen, su alma purísima y siempre inmaculada, su rostro celestial y gloriosísimo: algo de lo que San Alfonso vió nos ha dejado en las páginas de las Glorias de María.
Testimonio igualmente de un alma enamorada de Dios son sus poesías, ó cánticos devotos que se hicieron populares, y á muchos de los cuales puso el Santo mismo la música correspondiente.
Por último, no quiso despedirse de la vida mortal, sin trazar á los reyes los deberes que tienen para con sus súbditos, y á éstos sus obligaciones para con los reyes, en un libro que escribió en sus últimos años, como en previsión de las grandes tormentas políticas que amenazaban á toda la cristiandad.
Todas estas obras y otras muchísimas, que por falta de espacio no podemos siquiera mencionar, fueron escritas en medio de los trabajos de predicación, de confesonario y de fundaciones; en las tareas episcopales y de Rector mayor de la Congregación, con la poca salud que habitualmente tenía, y las gravísimas enfermedades que le ponían con frecuencia á las puertas de la muerte. Y es preciso tener presente que, muchas de estas obras requieren grandísima erudición y meditación profunda; que sobre algunos puntos de moral consultaba el autor á diferentes personas, y que para resolverá veces una cuestión, tardaba meses y meses, y leía y releía libros antiguos y modernos.
Tenía también, con gran frecuencia, turbaciones de espíritu que, á no sostenerle la Divina gracia, debían imposibilitarle para el trabajo; tentaciones fuertes, sequedades espantosas, persecuciones infernales de toda clase.
Una de sus mayores angustias provino del estado de la cristiandad, en tiempos de Clemente XIV, cuando este Pontífice se vió obligado á firmar el decreto de extinción de la Compañía de Jesús. El Santo estaba profundamente afligido por el triunfo que iban á alcanzar los enemigos de la Iglesia; pero cuando recibió el Breve de supresión publicado el 22 de junio de 1773, bajó la cabeza y exclamó: «Voluntad del Papa, voluntad de Dios»; y no volvió á decir una sola palabra. Mas ¡ay! cuál era la situación de su espíritu puede inferirse por el siguiente hecho milagroso, que consta auténticamente probado hasta la evidencia.
Después de haber celebrado Misa el día 21 de Septiembre de 1774, se quedó, contra su costumbre, echado en un sillón, abatido y taciturno. Así permaneció todo aquel día hasta el siguiente, sin que nadie se atreviese á despertarlo. Pero en la mañana del 22, en el momento mismo en que espiraba en Roma el Sumo Pontífice, llamó el Santo, tirando de la campanilla, y dijo á las muchas y «respetables personas que acudieron con la inquietud en que las tenía aquel estado del Obispo: « Encomendad á Dios el alma del Sumo Pontífice, «que acaba de espirar en este momento.»
Y ante el asombro, y quizás ante la incredulidad de los circunstantes, añadió: «He estado en Roma asistiendo á Clemente XIV: acaba de espirar.»
Pocos días después llegó el correo y trajo la fatal noticia, confirmando cuanto el Santo había dicho el 22. Este hecho lo consigna la historia diciendo, que el Papa en su enfermedad había perdido la razón; pero que la recobró momentos antes de morir, siendo medianero entre Dios y Clemente XIV el Obispo Alfonso de Ligorio, que se halló presente á su muerte, aunque á la sazón residía en Arienzo.Tantos trabajos, tantas tribulaciones imposibilitaron al Santo para el desempeño de su cargo episcopal, y como solamente por obediencia á la Santa Sede la había aceptado, tuvo que renunciarlo, no por conveniencia propia, sino por bien de la misma Iglesia; y el Vicario de Jesucristo, con harto duelo, le admitió la renuncia.
De esta manera volvió el Santo al seno de su Instituto, retirándose á su casa conventual de Pagani en los últimos días de Julio de 1775.
Al pasar por Nola dió vista á un ciego, y como todos sus diocesanos de Santa Águeda querían quedarse con alguna reliquia de su prelado, materialmente le costó trabajo el llegar vestido al Colegio de su Congregación, porque le cortaban pedazos hasta de la ropa que llevaba puesta.
Los milagros del Santo iban multiplicándose en proporción asombrosa, conforme se acercaba el día de su feliz tránsito al seno de Dios.

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