Íbanse cumpliendo las profecías del santo jesuíta Francisco
de Jerónimo: aquel niño á quien había bendecido en la cuna era ya Obispo, para
ser modelo de Prelados, como lo había sido de estudiantes, de jurisconsultos,
de sacerdotes seculares, y religiosos congregantes. Era Obispo el que parecía
destinado por sus padres, como primogénito, para perpetuar el nombre de su
ilustre familia, y darla nuevos timbres con los resplandores de las letras, las
artes y las ciencias.
El día 11 de Julio de 1762 entró Alfonso en su diócesis, y en los confines de ella le esperaba inmensa muchedumbre de fieles, que al verle exclamaron: « ¡Ya viene el Santo, ya viene el Santo! «Como bajado del cielo le recibieron, y apenas cabía en sus entrañas el gozo de tener por Prelado á un santo de carne y hueso, como ellos decían. Le acompañaron a la Catedral, donde estaba expuesto el Santísimo, y descendiendo Alfonso del solio pontificio, les predicó, acabando de conmover y entusiasmar á los fieles con palabras tan dulces y penetrantes, cual nunca las habían oído.
Fué el sermón como el programa de la nueva empresa que Dios le había encomendado: y no se crea que se proponía el Santo practicar cosas nuevas, ni hacerlas de manera extraña y recóndita. La misión del Obispo es de por sí altísima y santa, es la continuación de la obra de los apóstoles. San Alfonso se propuso sencillamente cumplirla. «Deseo sobre todo el bien de mis ovejas y dar por ellas hasta mil vidas que tuviera, les dijo; vengo á procurar la salvación de todos y cada uno de mis diocesanos; vengo, no á mandar, sino á hacerme todo para todos, para que todos seáis de Jesucristo.»
Esto, como se ve, ni es nuevo, ni estaba expresado con selectas y retumbantes frases; pero hizo viva impresión en el ánimo de los oyentes.
Y es que las palabras, las obras, los escritos de San Alfonso, tenían el dón particular de conmover profundamente, por la secreta fuerza que la divina gracia les prestaba; porque todo lo suyo parecía impregnado en olor de santidad y derramaba la suavidad de los cielos y el fuego en que se templan los corazones enamorados del Corazón de Jesús.
Ya hemos visto á las muchedumbres como fuera de sí, por tener de Obispo a un santo en carne mortal, es decir, a un hombre á quien principiaban á venerar de cierto modo, en la persuasión de que algún día, ellos ó sus hijos, habían de venerarlo en los altares; pues bien, todo cuanto veían en el Prelado desde que tomó posesión de la mitra, todo les iba confirmando en esta idea.
La primera noche de su llegada á Santa Águeda se quedó sin cena. La que le tenían preparada se componía toda de espléndidos regalos que las familias y gentes principales le habían hecho: el Santo no quiso probar nada, y mandó que inmediatamente se devolviesen los manjares, declarando que jamás recibiría ningún regalo. Tampoco quiso admitir el suntuoso lecho que le habían aderezado; y como no se hallase á mano el jergón de paja de que solía servirse, antes que acostarse en los colchones de aquella cama, quiso dormir sobre el desnudo suelo.
Tal fué su entrada en el palacio episcopal, y por ella pudieron inferir sus familiares cuál sería en adelante la vida del nuevo Prelado.
Estableció un método conventual que no quebrantaba sino en caso de enfermedad, ó cuando las necesidades del prójimo lo exigían.
Todas las mañanas al levantarse tomaba una larga disciplina, después reunía á sus familiares y dedicaba con ellos media hora, por lo menos, á la meditación y oraciones, rezaba las horas canónicas, y se preparaba para celebrar el Santo Sacrificio. Oía luego otra misa en acción de gracias, y después de cumplidos sus deberes para con Dios, recibía en audiencia á cuantos querían hablarle tan pronto como lo solicitaban, si sus ocupaciones se lo permitían.
Los párrocos, confesores y vicarios foráneos no necesitaban dar aviso, ni anunciarse: eran siempre inmediatamente recibidos. Sólo las mujeres estaban excluídas; pero cuando tenía precisión de recibir alguna, jamás lo hacía sino en pieza determinada, abierta á todo el mundo, y acompañado siempre de alguno de sus familiares.
Su comida muy parca, se reducía al simple cocido; pero á los suyos no quería que les faltara ni principio, ni postre, aunque él no los probase jamás.
Después de la siesta tomaba una taza de café porque los médicos se la habían prescrito. Por la noche, los días de ayuno, que eran para él la mayor parte del año, su colación se reducía á un vaso de agua.
No tenía consigo más gente que el Vicario general, el Secretario, el P. Mayone, Redentorista, un hermano lego, también de la Congregación, y tres criados para todos, contando con el cocinero y el cochero, porque su salud no le permitía andar á pie.
A los ocho días de haber llegado á su diócesis comenzó una misión en la Catedral que produjo extraordinario efecto. Por razones de prudencia no quiso que los Padres de la Congregación fundada por él diesen misiones en su diócesis; pero buscó sacerdotes, ó regulares, ó seculares, que las llevasen por pueblos y campiñas sin cesar, dirigiéndolas el Prelado, según su método y con el espíritu a que estaba acostumbrado. Él, por su parte, de la Catedral pasó á otras iglesias de Santa Águeda, y de allí á las demás ciudades y aldeas. Y cuando todo lo hubo recorrido, volvió a empezar, pues como solía decir con la gracia que le caracterizaba: «en las tierras duras es menester cargar la mano de simiente, si se ha de recoger alguna miés.»
Ordenó después en toda su diócesis la predicación cuaresmal, procurando que no se hiciese por rutina y como por compromiso, sino conmoviendo, enseñando y preparando las almas para el cumplimiento del precepto pascual, como en unos ejercicios.
Agregábase á esto su incesante predicación particular. No necesitaba el Santo que lo llamaran: como él viese que á tal ó cual función religiosa concurría mucha gente, allá se presentaba de improviso, y se pasaba horas enteras predicando, si notaba que se le oía con gusto.
Renovado, por decirlo así, el espíritu de su diócesis, emprendió la visita pastoral para enderezar lo que estaba torcido, corregir abusos y remediar en lo posible toda clase de necesidades.
Uno de los institutos en cuya reforma desplegó más celo fué el Seminario Conciliar. En esta obra no perdió un momento, poniendo en ella mano desde el principio de su pontificado, y celebrando repetidas conferencias con los principales miembros del clero y de las comunidades religiosas. «Si los eclesiásticos, decía, no salen del Seminario siendo lo que deben ser, todos los demás cuidados y diligencias por el bien de las almas son inútiles.» Decretó un examen general de seminaristas, á que él asistió, donde fueron inexorablemente separados los que adolecían de falta de virtudes ó de estudios, y después de haber dotado las cátedras de excelentes maestros, no admitió ningún alumno que no fuese digno de serlo.
Fué severísimo en exigir la residencia á los párrocos, la enseñanza del catecismo para los niños, y á todos los clérigos el uso del traje que les correspondía.
Trató de reunir un Sínodo diocesano, y alcanzó de Su Santidad indulgencia plenaria para el día en que se inaugurara; pero consultado el caso con personas respetables, opinaron éstas que no convenía por lo crítico de las circunstancias, pues se temía que el Gobierno de Nápoles suscitase contra la reunión serias dificultades. Para suplir al Sínodo, dictó el Santo una serie de decretos que son vivo y perenne testimonio de su celo y pastoral vigilancia, del admirable dón de sabiduría con que le inspiraba el Espíritu Santo.
Estas disposiciones, modelo de prudencia y previsión, alcanzan á todo el clero, desde el cabildo catedral hasta los jóvenes que aspiran á las Sagradas órdenes.
En suma; si nada hizo el Santo que saliese de una manera extraordinaria de lo que está mandado, procuró cumplir en todo con su obligación; pero como la obligación es santa y la cumplió heroicamente con un celo que superaba todas las dificultades, con la maestría que en todas las cosas buenas le era habitual, con la más completa negación de sí mismo, resulta que en los trece años que duró su pontificado, se santificó más y más y convirtió la diócesis en un verjel de santidad.
Pero, ¡cuánto, cuánto tuvo que sufrir para lograrlo el pobre Obispo! Dios quiso probarlo de mil maneras, y todas las aceptó como de la mano de un padre misericordioso que en el castigo busca sólo el bien de sus hijos.
Al año de haber llegado á su diócesis, fué ésta, como todo el reino de Nápoles, afligida por el hambre. El Santo la había anunciado primero en la capital, antes de ser Obispo, y luego en su obispado, excitando a los fieles á la penitencia para aplacar la cólera divina; pero ¡cosa singular y que sólo la caridad explica! El Señor permitió que no se aprovechase de su propio vaticinio: el azote le cogió desprovisto de todo recurso, pues habían vendido la mayor parte del trigo de los diezmos y rentas de la mitra, para satisfacer las necesidades ordinarias de los pobres. Y es que la caridad no le permitía cálculos ni reservas, ni dejar marchar á nadie sin socorro, mientras tuviese algo que dar. Vino la carestía, y el santo se quedó pronto sin nada. El hambre era espantosa: acudió el Obispo á su hermano Hércules, que vivía en Nápoles, y pudo conseguir de él gran cantidad de trigo: lo pagó á cinco duros la fanega, precio exorbitante sobre todo para aquella época; pero al punto llegó á valer el doble, y más. Apurados todos sus recursos, pidió el Prelado dinero á rédito, y vendió todas sus alhajas, deshaciendo hasta los pocos cubiertos de plata que había para los huéspedes, pues él sólo comía con un cubierto de latón.En fin, no teniendo nada de que echar mano, un día quiso vender hasta el roquete; pero sus familiares no se lo consintieron, haciéndole notar el poco dinero que podría sacar de él.
Viendo que las gentes se retraían de darle prestado por las pocas garantías que ofrecía un Obispo tan viejo y achacoso, acudió al Sumo Pontífice pidiéndole permiso para hipotecar los bienes de la mitra; pero cuando llegó la autorización, la hizo innecesaria la abundante cosecha del año 1764. Entre tanto el buen Prelado no sosegaba buscando recursos: excitó á las comunidades religiosas á vivir con lo estrictamente necesario en beneficio de los menesterosos, estimuló á los particulares, y dando á todos ejemplo, vivía como por milagro, sustentándose con una sopa al día, pareciéndole que permitirse otro gasto era robárselo a los pobres.
Y no se demostraba en esto sólo su caridad, sino en la paciencia con que sufría los insultos de la plebe hambrienta y desenfrenada que le echaba en cara el haber vendido el trigo, aunque invirtió su importe en socorrer á los mismos que ahora contra él se enfurecían.
Grandes, terribles debieron ser los trabajos que padeció el Santo en aquella ocasión, porque no bien llegó la abundancia de 1764, cuando á consecuencia de ellos, el Señor se dignó visitarle con otra nueva enfermedad que le puso al borde del sepulcro. Era, sin duda, que no tenía naturaleza bastante fuerte para resistir las aflicciones de sus diocesanos.
Sin pérdida de tiempo le administraron los santos Sacramentos del Viático y la Extremaunción, tendido como estaba sobre un miserable jergón de paja con una manta raída y remendada. Agonizante ya, rogó al Deán de la Catedral que le dijese algo para ayudarle á bien morir, á lo que el digno eclesiástico le contestó: «Señor Obispo, la oración de San Martín es la que ha de repetir ahora. «Señor, si aún hago falta para vuestro pueblo, no rehuso el trabajo.» Y Alfonso, que apenas podía mover los labios, hizo un esfuerzo, y repitió balbuciente: «No rehuso el trabajo.»
Dios le oyó, y lo curó, y Dios ilustró aquel miserable lecho con milagros que el Santo procuraba ocultar, pero que trascendían en todas partes.
Retirado á su colegio de Pagani por prescripción del médico y mandato expreso de su director espiritual, allí también era como perseguido, si es lícito expresarse así, por celestiales favores, y se le vió con frecuencia arrebatado en éxtasis, sobre todo cuando fijaba sus ojos en la imagen de la Virgen.
Vuelto á su diócesis, volvió también cuatro años después á ser atacado por otra terrible enfermedad, que si no le quitó la vida le dejó casi baldado y desfigurado para siempre. Padecía atrozmente, y no pudiendo estar echado, ni permanecer en cama, hubo necesidad de sacarle de ella y colocarle en un sillón, donde recibió los últimos Sacramentos. Los dolores, que al principio estaban limitados á las piernas, se le subieron al cuello, haciéndole doblar la cabeza en términos de que, mirado el cuerpo por detrás, parecía decapitado. Es más; con la inclinación, el hueso de la barba se apoyaba tan fuertemente sobre el pecho, que le produjo una úlcera, de la que no dió cuenta á nadie, sufriéndola en silencio, con admirable paciencia, hasta que la descubrió el facultativo por la fetidez de la llaga. Era ya profunda y purulenta, y con dificultad se logró la curación.
La úlcera pudo al fin curarse; pero la torcedura del cuello y la inclinación de la cabeza, no; y con ellas quedó el Santo hasta la muerte.
El día 11 de Julio de 1762 entró Alfonso en su diócesis, y en los confines de ella le esperaba inmensa muchedumbre de fieles, que al verle exclamaron: « ¡Ya viene el Santo, ya viene el Santo! «Como bajado del cielo le recibieron, y apenas cabía en sus entrañas el gozo de tener por Prelado á un santo de carne y hueso, como ellos decían. Le acompañaron a la Catedral, donde estaba expuesto el Santísimo, y descendiendo Alfonso del solio pontificio, les predicó, acabando de conmover y entusiasmar á los fieles con palabras tan dulces y penetrantes, cual nunca las habían oído.
Fué el sermón como el programa de la nueva empresa que Dios le había encomendado: y no se crea que se proponía el Santo practicar cosas nuevas, ni hacerlas de manera extraña y recóndita. La misión del Obispo es de por sí altísima y santa, es la continuación de la obra de los apóstoles. San Alfonso se propuso sencillamente cumplirla. «Deseo sobre todo el bien de mis ovejas y dar por ellas hasta mil vidas que tuviera, les dijo; vengo á procurar la salvación de todos y cada uno de mis diocesanos; vengo, no á mandar, sino á hacerme todo para todos, para que todos seáis de Jesucristo.»
Esto, como se ve, ni es nuevo, ni estaba expresado con selectas y retumbantes frases; pero hizo viva impresión en el ánimo de los oyentes.
Y es que las palabras, las obras, los escritos de San Alfonso, tenían el dón particular de conmover profundamente, por la secreta fuerza que la divina gracia les prestaba; porque todo lo suyo parecía impregnado en olor de santidad y derramaba la suavidad de los cielos y el fuego en que se templan los corazones enamorados del Corazón de Jesús.
Ya hemos visto á las muchedumbres como fuera de sí, por tener de Obispo a un santo en carne mortal, es decir, a un hombre á quien principiaban á venerar de cierto modo, en la persuasión de que algún día, ellos ó sus hijos, habían de venerarlo en los altares; pues bien, todo cuanto veían en el Prelado desde que tomó posesión de la mitra, todo les iba confirmando en esta idea.
La primera noche de su llegada á Santa Águeda se quedó sin cena. La que le tenían preparada se componía toda de espléndidos regalos que las familias y gentes principales le habían hecho: el Santo no quiso probar nada, y mandó que inmediatamente se devolviesen los manjares, declarando que jamás recibiría ningún regalo. Tampoco quiso admitir el suntuoso lecho que le habían aderezado; y como no se hallase á mano el jergón de paja de que solía servirse, antes que acostarse en los colchones de aquella cama, quiso dormir sobre el desnudo suelo.
Tal fué su entrada en el palacio episcopal, y por ella pudieron inferir sus familiares cuál sería en adelante la vida del nuevo Prelado.
Estableció un método conventual que no quebrantaba sino en caso de enfermedad, ó cuando las necesidades del prójimo lo exigían.
Todas las mañanas al levantarse tomaba una larga disciplina, después reunía á sus familiares y dedicaba con ellos media hora, por lo menos, á la meditación y oraciones, rezaba las horas canónicas, y se preparaba para celebrar el Santo Sacrificio. Oía luego otra misa en acción de gracias, y después de cumplidos sus deberes para con Dios, recibía en audiencia á cuantos querían hablarle tan pronto como lo solicitaban, si sus ocupaciones se lo permitían.
Los párrocos, confesores y vicarios foráneos no necesitaban dar aviso, ni anunciarse: eran siempre inmediatamente recibidos. Sólo las mujeres estaban excluídas; pero cuando tenía precisión de recibir alguna, jamás lo hacía sino en pieza determinada, abierta á todo el mundo, y acompañado siempre de alguno de sus familiares.
Su comida muy parca, se reducía al simple cocido; pero á los suyos no quería que les faltara ni principio, ni postre, aunque él no los probase jamás.
Después de la siesta tomaba una taza de café porque los médicos se la habían prescrito. Por la noche, los días de ayuno, que eran para él la mayor parte del año, su colación se reducía á un vaso de agua.
No tenía consigo más gente que el Vicario general, el Secretario, el P. Mayone, Redentorista, un hermano lego, también de la Congregación, y tres criados para todos, contando con el cocinero y el cochero, porque su salud no le permitía andar á pie.
A los ocho días de haber llegado á su diócesis comenzó una misión en la Catedral que produjo extraordinario efecto. Por razones de prudencia no quiso que los Padres de la Congregación fundada por él diesen misiones en su diócesis; pero buscó sacerdotes, ó regulares, ó seculares, que las llevasen por pueblos y campiñas sin cesar, dirigiéndolas el Prelado, según su método y con el espíritu a que estaba acostumbrado. Él, por su parte, de la Catedral pasó á otras iglesias de Santa Águeda, y de allí á las demás ciudades y aldeas. Y cuando todo lo hubo recorrido, volvió a empezar, pues como solía decir con la gracia que le caracterizaba: «en las tierras duras es menester cargar la mano de simiente, si se ha de recoger alguna miés.»
Ordenó después en toda su diócesis la predicación cuaresmal, procurando que no se hiciese por rutina y como por compromiso, sino conmoviendo, enseñando y preparando las almas para el cumplimiento del precepto pascual, como en unos ejercicios.
Agregábase á esto su incesante predicación particular. No necesitaba el Santo que lo llamaran: como él viese que á tal ó cual función religiosa concurría mucha gente, allá se presentaba de improviso, y se pasaba horas enteras predicando, si notaba que se le oía con gusto.
Renovado, por decirlo así, el espíritu de su diócesis, emprendió la visita pastoral para enderezar lo que estaba torcido, corregir abusos y remediar en lo posible toda clase de necesidades.
Uno de los institutos en cuya reforma desplegó más celo fué el Seminario Conciliar. En esta obra no perdió un momento, poniendo en ella mano desde el principio de su pontificado, y celebrando repetidas conferencias con los principales miembros del clero y de las comunidades religiosas. «Si los eclesiásticos, decía, no salen del Seminario siendo lo que deben ser, todos los demás cuidados y diligencias por el bien de las almas son inútiles.» Decretó un examen general de seminaristas, á que él asistió, donde fueron inexorablemente separados los que adolecían de falta de virtudes ó de estudios, y después de haber dotado las cátedras de excelentes maestros, no admitió ningún alumno que no fuese digno de serlo.
Fué severísimo en exigir la residencia á los párrocos, la enseñanza del catecismo para los niños, y á todos los clérigos el uso del traje que les correspondía.
Trató de reunir un Sínodo diocesano, y alcanzó de Su Santidad indulgencia plenaria para el día en que se inaugurara; pero consultado el caso con personas respetables, opinaron éstas que no convenía por lo crítico de las circunstancias, pues se temía que el Gobierno de Nápoles suscitase contra la reunión serias dificultades. Para suplir al Sínodo, dictó el Santo una serie de decretos que son vivo y perenne testimonio de su celo y pastoral vigilancia, del admirable dón de sabiduría con que le inspiraba el Espíritu Santo.
Estas disposiciones, modelo de prudencia y previsión, alcanzan á todo el clero, desde el cabildo catedral hasta los jóvenes que aspiran á las Sagradas órdenes.
En suma; si nada hizo el Santo que saliese de una manera extraordinaria de lo que está mandado, procuró cumplir en todo con su obligación; pero como la obligación es santa y la cumplió heroicamente con un celo que superaba todas las dificultades, con la maestría que en todas las cosas buenas le era habitual, con la más completa negación de sí mismo, resulta que en los trece años que duró su pontificado, se santificó más y más y convirtió la diócesis en un verjel de santidad.
Pero, ¡cuánto, cuánto tuvo que sufrir para lograrlo el pobre Obispo! Dios quiso probarlo de mil maneras, y todas las aceptó como de la mano de un padre misericordioso que en el castigo busca sólo el bien de sus hijos.
Al año de haber llegado á su diócesis, fué ésta, como todo el reino de Nápoles, afligida por el hambre. El Santo la había anunciado primero en la capital, antes de ser Obispo, y luego en su obispado, excitando a los fieles á la penitencia para aplacar la cólera divina; pero ¡cosa singular y que sólo la caridad explica! El Señor permitió que no se aprovechase de su propio vaticinio: el azote le cogió desprovisto de todo recurso, pues habían vendido la mayor parte del trigo de los diezmos y rentas de la mitra, para satisfacer las necesidades ordinarias de los pobres. Y es que la caridad no le permitía cálculos ni reservas, ni dejar marchar á nadie sin socorro, mientras tuviese algo que dar. Vino la carestía, y el santo se quedó pronto sin nada. El hambre era espantosa: acudió el Obispo á su hermano Hércules, que vivía en Nápoles, y pudo conseguir de él gran cantidad de trigo: lo pagó á cinco duros la fanega, precio exorbitante sobre todo para aquella época; pero al punto llegó á valer el doble, y más. Apurados todos sus recursos, pidió el Prelado dinero á rédito, y vendió todas sus alhajas, deshaciendo hasta los pocos cubiertos de plata que había para los huéspedes, pues él sólo comía con un cubierto de latón.En fin, no teniendo nada de que echar mano, un día quiso vender hasta el roquete; pero sus familiares no se lo consintieron, haciéndole notar el poco dinero que podría sacar de él.
Viendo que las gentes se retraían de darle prestado por las pocas garantías que ofrecía un Obispo tan viejo y achacoso, acudió al Sumo Pontífice pidiéndole permiso para hipotecar los bienes de la mitra; pero cuando llegó la autorización, la hizo innecesaria la abundante cosecha del año 1764. Entre tanto el buen Prelado no sosegaba buscando recursos: excitó á las comunidades religiosas á vivir con lo estrictamente necesario en beneficio de los menesterosos, estimuló á los particulares, y dando á todos ejemplo, vivía como por milagro, sustentándose con una sopa al día, pareciéndole que permitirse otro gasto era robárselo a los pobres.
Y no se demostraba en esto sólo su caridad, sino en la paciencia con que sufría los insultos de la plebe hambrienta y desenfrenada que le echaba en cara el haber vendido el trigo, aunque invirtió su importe en socorrer á los mismos que ahora contra él se enfurecían.
Grandes, terribles debieron ser los trabajos que padeció el Santo en aquella ocasión, porque no bien llegó la abundancia de 1764, cuando á consecuencia de ellos, el Señor se dignó visitarle con otra nueva enfermedad que le puso al borde del sepulcro. Era, sin duda, que no tenía naturaleza bastante fuerte para resistir las aflicciones de sus diocesanos.
Sin pérdida de tiempo le administraron los santos Sacramentos del Viático y la Extremaunción, tendido como estaba sobre un miserable jergón de paja con una manta raída y remendada. Agonizante ya, rogó al Deán de la Catedral que le dijese algo para ayudarle á bien morir, á lo que el digno eclesiástico le contestó: «Señor Obispo, la oración de San Martín es la que ha de repetir ahora. «Señor, si aún hago falta para vuestro pueblo, no rehuso el trabajo.» Y Alfonso, que apenas podía mover los labios, hizo un esfuerzo, y repitió balbuciente: «No rehuso el trabajo.»
Dios le oyó, y lo curó, y Dios ilustró aquel miserable lecho con milagros que el Santo procuraba ocultar, pero que trascendían en todas partes.
Retirado á su colegio de Pagani por prescripción del médico y mandato expreso de su director espiritual, allí también era como perseguido, si es lícito expresarse así, por celestiales favores, y se le vió con frecuencia arrebatado en éxtasis, sobre todo cuando fijaba sus ojos en la imagen de la Virgen.
Vuelto á su diócesis, volvió también cuatro años después á ser atacado por otra terrible enfermedad, que si no le quitó la vida le dejó casi baldado y desfigurado para siempre. Padecía atrozmente, y no pudiendo estar echado, ni permanecer en cama, hubo necesidad de sacarle de ella y colocarle en un sillón, donde recibió los últimos Sacramentos. Los dolores, que al principio estaban limitados á las piernas, se le subieron al cuello, haciéndole doblar la cabeza en términos de que, mirado el cuerpo por detrás, parecía decapitado. Es más; con la inclinación, el hueso de la barba se apoyaba tan fuertemente sobre el pecho, que le produjo una úlcera, de la que no dió cuenta á nadie, sufriéndola en silencio, con admirable paciencia, hasta que la descubrió el facultativo por la fetidez de la llaga. Era ya profunda y purulenta, y con dificultad se logró la curación.
La úlcera pudo al fin curarse; pero la torcedura del cuello y la inclinación de la cabeza, no; y con ellas quedó el Santo hasta la muerte.
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