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Al cabo de trece años, dejó Alfonso el gobierno de su diócesis, como un
inválido las filas del ejército; mas no depuso las armas, pues la vida del
hombre es perpetua milicia sobre la tierra, sino que siguió riñendo las
batallas del Señor con las fuerzas que Dios le concedía, y en el campo que le
deparaba.
Aun le restaban doce años de extrema senectud, de enfermedades, de debilidad,
de ruina, durante los cuales tenía que pasar trabajos inauditos, los mayores de
su vida.
Para alcanzar la corona inmarcesible que Dios le reservaba, debía padecer cada
día más, y quiso Alfonso vivir, porque quiso padecer y santificarse en la
paciencia y resignación.
Ha sido hasta aquí modelo para determinadas clases á que todos pertenecemos;
mas ahora lo vamos á contemplar como espejo de afligidos y atribulados, y en él
podemos mirarnos todos los desterrados hijos de Eva, pues todos sin excepción
cruzamos por un valle de lágrimas.
En el último período de la vida de Alfonso, es decir, de los ochenta á los
noventa años, le acosaron á porfía los trabajos y tribulaciones, y lo que es
más admirable, estuvo sumergido en profunda desolación por diferentes
escrúpulos, quien tantos había disipado en las conciencias con discreta y
sólida doctrina; fué mal visto por el Vicario de Jesucristo, calumniado
acerbamente, depuesto de su cargo de Superior general y separado de la
Congregación que él mismo había fundado, disponiéndolo todo el Señor para
provecho espiritual de su Siervo escogido, á quien tan alto asiento destinaba
en el reino celestial.
Desde su llegada á Pagani estableció, como en todas partes, un método de vida á
que procuraba ajustarse con el mayor rigor. Oraba y meditaba mucho, sin que le
arredrasen sus dolencias, asistía á todos los actos de la comunidad, como el
más observante de sus misioneros, y practicaba además particularmente los
devotos ejercicios que se había impuesto.
Escribía sin descanso; y para trabajar, tenía que ponerse en la cabeza un
lienzo mojado, á fin de evitar los vahídos que con frecuencia le acometían. Y
sólo así podía despachar la numerosa correspondencia que seguía por necesidad,
concluir las obras que tenía empezadas, ó escribir de nuevo las que le sugerían
su caridad y celo por el bien de las almas.
Ni aun en aquel tiempo dejó de cumplir su voto de predicar los sábados en loor
de la Virgen, y al ir á hacerlo recién llegado a Pagani no pudo subir al
púlpito sino en brazos ajenos. El llanto en que prorrumpieron los fieles no le
permitió principia la plática. Predicó, no obstante, con entera y robusta voz,
inspirado del divino Espíritu y sostenido por la Virgen misma, en cuyo amor
hacía aquel esfuerzo. Cuando no podía predicar, dirigía la predicación de los
demás y daba frecuentes conferencias espirituales para preparar el púlpito, no
sólo á los suyos, sino á los sacerdotes, seculares.
Hallándose en aquella avanzadísima edad, destituído ya de fuerzas corporales y
sin otro sostén que el de la divina gracia, se recrudecieron las antiguas
persecuciones contra la Congregación. Pensando racionalmente, parecía imposible
que ni ella, ni mucho menos su Fundador dejasen de sucumbir; pero Dios los
sostenía, y nunca faltaron al Santo la conformidad con la voluntad del Altísimo
y la confianza en su protección. He aquí lo que escribía al padre que estaba
entonces encargado de los asuntos de la Congregación en Nápoles: «Esta mañana
he recibido excelentes noticias: digo excelentes, porque nos precisan á hacer
actos de conformidad con la voluntad de Dios, el cual es más poderoso que Tanucci
y que todos los demás contrarios nuestros.»
A pechos que ciñen semejante coraza, no hay miedo de que ningún dardo les
alcance. La persecución arreciaba, es cierto; pero el Santo no dejaba de
trabajar, ni de hacer que trabajasen sus misioneros. -«Las almas convertidas
con nuestras misiones, decía, han de defender nuestra causa.»
Y en efecto, en aquel tiempo por los años de 1777 a 1778- se dieron con muy
copioso fruto por los Colegios de la Congregación, tan combatida en el reino de
Nápoles, 35 misiones, se dirigieron los ejercicios espirituales de ocho
cabildos, siete seminarios y 19 monasterios de religiosas, sin contar infinidad
de triduos, novenas y funciones particulares en que predicaban los Padres del
Instituto.
Con intrigas y astucias verdaderamente infernales, cuya explicación sería
demasiado prolija para este resumen, alteróse en Nápoles la regla de la
Congregación sin conocimiento del Santo, por un abuso de la confianza que éste
había depositado en personas que hasta la sazón la merecían. Esas personas
creían de buena fé, sin duda, conseguir de este modo que el Instituto tuviese
en aquel reino la existencia legal de que tanto había menester.
Pero los enemigos de Alfonso, tomando pretexto de la alteración que ellos
mismos secretamente habían patrocinado, y que, lo repetimos, Alfonso no
conocía, con diabólica astucia infundieron en Roma sospechas contra los colegios
de la Congregación en el reino napolitano y lograron que fuese allí suprimida y
separado nuestro Santo de su propio Instituto.
Por su mucha edad y sus dolencias estaba privado hasta del inefable consuelo de
celebrar el Santo Sacrificio de la Misa; pero todos los días recibía la Sagrada
Comunión. Un día, al amanecer, cuando se preparaba para ella, entró en su celda
el Padre Villani á darle la fatal noticia, por haber creído aquella hora la más
oportuna.
Alfonso, al oirle, quedó mudo y como herido de muerte; pero rehaciéndose al
punto, exclamó con edificante y conmovedora resignación: -«Yo solamente quiero
lo que Dios quiere. Basta que no me falte la divina gracia. El Papa lo quiere
así: ¡Que Dios sea bendito!» No dijo ni una palabra más: siguió sus ejercicios
con toda tranquilidad, asistió a la Misa que se celebraba en su oratorio y comulgó
tan devotamente como de costumbre.
Pero a la tarde, enfurecido el demonio con aquella sublime victoria del pobre y
débil anciano sobre sí mismo, se desencadenó contra él, acosándole con la
inmensa batería de infernales tentaciones. Había salido á paseo en carruaje,
como se lo tenían prescrito, y hallándose en el campo, sintióse de repente
acometido de mil maneras por los espíritus malignos. Alfonso no sabía que hacer
para desechar las sugestiones del enemigo. Mandó al cochero volver á casa, y al
llegar á la portería prorrumpió en copioso llanto, gritando a los Padres que
habían salido a recibirle: «Ayudadme por Dios, hermanos míos; porque el demonio
me quiere ver desesperado. Ayudadme, porque no quiero ofender á Dios.»
Excusado es decir cómo los compañeros del Santo le confortaron, y entre qué
socorros espirituales y expansiones de caridad pasaría aquellas amarguísimas
horas. Asegurado más y más por su confesor de que todo era obra del demonio, y
puesto su espíritu en el regazo de la Santísima Virgen, volvióse hacia su
imagen muy tranquilo y alegre diciendo: «Gracias os doy, Madre mía, porque me
habéis ayudado; hacedlo así siempre, Madre mía. ¡Jesús, esperanza mía, non
confundar in aeternun!»
A la noche estaba ya completamente sereno y animoso, y decía á los Padres que
entraban á verle: «La Virgen ha venido en mi socorro, y por la gracia de Dios,
no he cometido ningún acto de desconfianza.»
La lucha del Santo con el enemigo tentador fué verdaderamente heroica; pero
encantaba á todos la profunda humildad con que se creía hasta fuera de la
Congregación, y queriendo á todo trance morir en ella, escribió al Padre de
Paula, Superior General del Instituto en los Estados Pontificios, declarándose
súbdito suyo, y solicitando su permiso para trasladarse á dichos Estados, toda
vez que en Nápoles se había suprimido el Instituto. El Padre de Paula le
contestó que continuase en Pagani y que estuviese seguro de pertenecer siempre
á la Congregación.
Sin embargo, el Santo siguió de amargura en amargura, cumpliéndose la profecía
que repetidamente hacía de que las cosas de la Congregación en el reino de
Nápoles no se habían de arreglar hasta después de su muerte.
Personas del mayor respeto llegaron á mirarle casi como cismático, y se retraían
de él, pobre víctima propiciatoria, que á semejanza del Divino Redentor, y
abrazado á la cruz, podía alzar la voz en su última hora, y exclamar: «¡Dios,
Dios mío, por qué me has desamparado!»
Después de golpes tan fuertes y redoblados, quedó como un cadáver, á quien
colocaban los hermanos, ora en el lecho, ora en el sillón, sin lograr descanso
en ninguna parte; apenas comía, ni se movía por sí solo, y sin embargo de esta
gran debilidad y de aquellas horribles tribulaciones, acrecentadas por las
tentaciones más espantosas que había tenido en toda su larga vida, aquel
anciano, próximo ya á los noventa años, lo sufrió todo alegremente, porque Dios
se lo mandaba, y se esforzaba en predicar, desde donde podía, todos los sábados
y en las novenas de la Virgen, para obtener su patrocinio.
Y aun de este consuelo, que era de los postreros que le quedaban, se vio
privado, por haberle prohibido predicar tanto el médico como el confesor. Iban
cayendo de aquel árbol una por una las hojas de sus facultades y sentidos;
íbase extinguiendo la savia de sus regalos espirituales; pero Dios le
conservaba el consuelo principal, el gozo de padecer, haciendo en ello la
voluntad de Dios. No podía decir Misa, no podía predicar, llegó á no poder
rezar las horas canónicas; pero podía amar, y amaba á Dios, y le amaba tanto más,
cuanto mayores trabajos le mandaba. Era un alma que Dios quería purificar en el
crisol de todos los dolores, para recibirla inmediatamente en el cielo, desde
el mismo instante en que abandonara el mundo.
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Bienvenido a Cultus Sapientiae.
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En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
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