La Congregación aprobada por el Papa y rápidamente difundida
en sus Estados, no cabía duda, era obra de Dios, y por lo mismo tenía que ser odiada
y perseguida por el mundo.
Guerra implacable se le declaró desde el campo enemigo de toda institución católica, y guerra también por amigos del Santo que le suscitaron la más temible de las contradicciones; la oposición de los buenos.
Descuella entre las primeras persecuciones la del tristemente célebre marqués Tanucci, ministro y consejero aúlico de los reyes de Nápoles, alma de su gobierno por espacio de medio siglo. Poseído del mal espíritu de su tiempo, tan pronto parecía regalista exagerado, como jansenista, ó filósofo de la escuela enciclopédica. De todos modos, en pugna siempre con la Santa Sede, veía con malos ojos que la Congregación del Santísimo Redentor se propagase en aquel reino, se empeñaba en sostener que el Estado no debía proteger á ninguna nueva orden religiosa, sino extinguir poco á poco las antiguas.
Y lo singular es que un hombre como este, elevado á los más altos puestos desde el seno de una familia humilde y pobre, quizá más que por su talento, por la guerra que emprendió desde la cátedra de Pisa contra los derechos de la Iglesia, se hubiese apoderado del espíritu de Carlos III, que ciertamente no era un impío. Esta contradicción se explica, sin embargo: era el monarca hombre de buena intención, pero de cortos alcances; devoto, pero mal dirigido; aferrado á las que él creía opiniones suyas, pero en realidad dominado por las ajenas. Lo mismo mientras reinaba en las dos Sicilias, que cuando vino á España á suceder á su hermano Fernando VI, Tanucci disponía de la real mano, y la hacía firmar, aquí el decreto de expulsión de los Jesuítas, y allá tantos otros que lastimaron profundamente á la Sede Apostólica.
Fué uno de ellos la negativa del pase regio á la Bula de aprobación del Instituto fundado por San Alfonso, con lo cual faltó poco para que perdiese la Congregación aun aquella existencia precaria, y por decirlo así, de tolerancia, que hasta la sazón había tenido en Nápoles. Quedaron las cosas en el estado primitivo; pero con la diferencia de que el estado primitivo antes de la Bula, podía significar un estado de expectación y de vivísima esperanza, y ahora sólo indicaba un estado de pugna y amenaza.
Al calor de esta oposición, bullían en la corte calumnias y más calumnias contra la Congregación y contra el Santo Fundador, cuya honra despiadadamente rasgaban los impíos, sin respeto á su santidad que en todas partes se imponía.
Era la corte un hervidero de hablillas, de injurias y de injusticias que llegaron á desvanecer algún tiempo la dura cabeza del monarca, el cual, á pesar de la estimación que profesaba á San Alfonso, mandó abrir una información judicial sobre cada Colegio, y aun puede decirse, sobre cada individuo de la Congregación. Todos y cada uno de ellos, sus papeles, sus actos y sus palabras, tuvieron que pasar por el tamiz de las autoridades, tanto administrativas como judiciales; pero de todo salió el Santo y salieron sus hijos limpios y puros, quedando el Rey poco antes de partirse para España, más convencido que nunca de la conveniencia de proteger á los Redentoristas; pero sin valor, cual de costumbre, para contrariar los planes de Tanucci.
Siguió éste en Nápoles á la cabeza del gobierno, como Presidente de la regencia; y libre de los escrúpulos de su augusto protector, con quien ya no tenía que andar en contemplaciones, arrojó la máscara, disminuyendo arbitrariamente el número de Obispados, suprimiendo en igual forma setenta y ocho conventos, atentando á los derechos de la Nunciatura; en suma, poniendo el reino al borde del cisma.
Contando con el apoyo, ó por lo menos, con la secreta complacencia de gobierno, personas poderosas y de valimiento, tornaron otra vez á sus diabólicas sugestiones para la destrucción del Instituto, sólo porque lastimaba de alguna manera sus intereses particulares: y tales fueron las armas que manejaban, que más de una vez se creyó verle postrado y vencido.
A todos estos ataques no oponía el Santo otra defensa que el cumplimiento de sus deberes como Superior de la Orden, la humildad y la oración acompañada de la penitencia. Jamás se torcía la regla ni arriba, ni abajo, por nada ni para nadie: el estudio era constante y sólido, con firmeza de doctrina en lo cierto, con amplia libertad en lo opinable: desde el noviciado á las rectorías, en todas partes reinaba un mismo espíritu dentro de la Congregación.
Cuanto más apurado estaba San Alfonso por sus perseguidores, más procuraba avalorar las oraciones con la mortificación. Hizo que se aplicaran sin cesar misas para impetrar la divina misericordia, que se rezase todos los días el salmo Qui habitat, y que se aumentaran los cilicios, ayunos y disciplinas.
No desdeñaba ciertamente los medios humanos de defensa, como Dios lo dispone; pero su principal recurso eran los medios espirituales. «El Señor quiere que vaya adelante la Congregación (decía alegre á los suyos), no con aplausos y protección de príncipes y monarcas, sino con desprecios, pobreza y contradicciones. San Ignacio de Loyola nunca se mostraba tan contento como cuando recibía noticias de persecuciones y trabajos.»
Pero no eran estos los mayores: los más duros procedían de la que hemos llamado oposición de los buenos; esto es, de la que hacen á una obra santa quizá los santos mismos, ó por lo menos, personas que obran con recta intención, que creen obra meritoria contrariar los planes y proyectos que en el fondo tienen por dignos de loa, accidentalmente consideran perniciosos.
Esta contradicción suele ser más eficaz que ninguna, y desde luego es la que más mortifica, la que más cuesta sufrir, la que muchas veces hace desmayar, y quebranta las fuerzas de los varones más animosos.
Alfonso principió á sentir esta guerra casi desde los primeros momentos en que concibió la idea de su Instituto. Pertenecía el Santo, mientras fué sacerdote secular, al Colegio llamado de los Chinos, compuesto de jóvenes de aquella nación que se educaban para misioneros de sus compatriotas, bajo la dirección del célebre P. Ripa, dechado de varones apostólicos y sostén de la cristiandad en aquel vastísimo imperio: y aunque á este Colegio se había retirado Alfonso, no como congregante, sino como huésped, sentía tanto el director verle salir de la casa, que trabajó cuanto pudo para disuadirle de su propósito, y combatir la nueva fundación.
Los padres de la Congregación de las misiones apostólicas á que también perteneció como sacerdote secular, se pronunciaron al propio tiempo contra él, y hasta su maestro en teología dogmática y moral D. Julio Torni y un canónigo tío de Alfonso y rector del seminario, se le opusieron abiertamente.
Acusábanle de muy buena fe; pero con suma crudeza, de falta de seso, y aseguraban que el proyecto era obra de una mujercilla, y nada más. La oposición alcanzó á esta religiosa, á quien lograron expulsar de su convento, por más que Dios quiso distinguirla y favorecerla con señales evidentes de alto espíritu de piedad y discreción.
Dios estaba con el Santo. Su tío el canónigo Gizio, que era acaso el más tenaz y violento de sus opositores, le dijo un día creyendo con ello desbaratar su proyecto: -«¿Por qué no sigues mi consejo, Alfonso, y vas á consultar tu idea con el P. Fiorilli?» y ya sabemos el resultado: la Congregación no tuvo defensor más acérrimo, ni más constante que el célebre padre dominico.
De contradicciones de esta especie estuvo llena la vida de San Alfonso. Eran su ambiente; no le faltaron jamás, siendo maravilloso verle cruzar incólume por entre nubes de flechas y senderos de espinas. Pero llevaba por escudo la oración, la conformidad y la paciencia, y por guía la gloria de Dios y un deseo constante del bien espiritual y temporal del prójimo y muy especialmente el de sus más encarnizados contradictores.
Nadie como él alentaba á los pusilánimes y sostenía á los que flaqueaban. Él predijo que el instituto saldría de la persecución más glorioso que antes de padecerla, y que no llegaría á su apogeo hasta después de su muerte. Con tanto talento, con tanta moderación y prudencia, se defendió de los ataques que se le dirigían, que no escribió jamás una sola palabra contra sus adversarios, encargando á todos los congregantes que los favorecieran en vez de aborrecerlos. Habiéndose arruinado la familia del que más se había ensañado contra los Redentoristas, San Alfonso encargó al P. Tannoya que se consagrase á la educación y acomodo de los hijos de aquel enemigo suyo que acababa de fallecer en la miseria.
En medio de esta lucha, no descuidaba en lo más mínimo el adelantamiento de sus Misioneros. Él era el primero en observar la regla y los votos, y predicaba más con el ejemplo que con las palabras. A pesar de todas sus ocupaciones, jamás faltaba á ninguno de los actos de la comunidad: tres veces al día, media hora de meditación, un cuarto de hora de visita al Santísimo, media hora de preparación para celebrar la misa, otra media hora en acción de gracias, dos exámenes de conciencia diarios, tres horas de silencio, media hora de lectura espiritual, disciplina dos veces por semana, todos los lunes conferencia litúrgica ó ascética, todos los viernes academia dogmática ó moral, un día de retiro cada mes y diez días seguidos cada año.
Tal era el método de vida de San Alfonso en las comunidades donde se hallaba, y tal es aún el que observan los Padres que viven reunidos en los Colegios de la Congregación.
Siendo Superior, elegía siempre para sí la habitación más humilde y más incómoda. En Ciorani tenía por celda un miserable hueco debajo de la escalera; su traje era el desecho de los demás. Ayudaba á los legos en la limpieza de la casa y en las más humildes faenas; anualmente visitaba todos los Colegios de la Congregación. Amaba á sus subordinados con amor de padre, sin hacer alarde de su autoridad; consolaba á los afligidos con la mayor caridad y corregía con ruegos y lágrimas sus faltas. No quería que hubiese nunca ni tristes ni melancólicos en la casa: profesaba cariño especial á los enfermos, ofreciendo al Señor su vida por la salud de los que padecían, y recomendaba á los Rectores que antes que dejarles sin la debida asistencia vendiesen las alhajas de las Iglesias.
Este espíritu de caridad fué confirmado por un estupendo milagro. A una pobre, á quien había convertido, socorría el Santo mensualmente durante su permanencia en Nocera. El día fijado para recibir la pobre su limosna vino á buscarla al Colegio, y como le dijesen que el Santo se había marchado hacía ya días a Nápoles, la buena mujer se fué á la iglesia, y allí llorando amargamente, pedía á Dios que la socorriese, cuando vió de repente aparecer á San Alfonso que desde un confesonario la llamaba para entregarla la cantidad acostumbrada. La infeliz quedó sorprendida, y tanto ella como los individuos todos del Colegio bendecían á Dios, pues se hizo constar que aquel día y aquella misma hora se hallaba el Santo en la capital del reino.
Así dirigía Alfonso la Congregación cuyo superior gobierno Dios le había encomendado; así la iba sacando victoriosas de todo linaje de peligros, cuando quiso el Señor que cesara en la dirección del Instituto por un suceso inesperado que vamos á referir en el siguiente capítulo.
Guerra implacable se le declaró desde el campo enemigo de toda institución católica, y guerra también por amigos del Santo que le suscitaron la más temible de las contradicciones; la oposición de los buenos.
Descuella entre las primeras persecuciones la del tristemente célebre marqués Tanucci, ministro y consejero aúlico de los reyes de Nápoles, alma de su gobierno por espacio de medio siglo. Poseído del mal espíritu de su tiempo, tan pronto parecía regalista exagerado, como jansenista, ó filósofo de la escuela enciclopédica. De todos modos, en pugna siempre con la Santa Sede, veía con malos ojos que la Congregación del Santísimo Redentor se propagase en aquel reino, se empeñaba en sostener que el Estado no debía proteger á ninguna nueva orden religiosa, sino extinguir poco á poco las antiguas.
Y lo singular es que un hombre como este, elevado á los más altos puestos desde el seno de una familia humilde y pobre, quizá más que por su talento, por la guerra que emprendió desde la cátedra de Pisa contra los derechos de la Iglesia, se hubiese apoderado del espíritu de Carlos III, que ciertamente no era un impío. Esta contradicción se explica, sin embargo: era el monarca hombre de buena intención, pero de cortos alcances; devoto, pero mal dirigido; aferrado á las que él creía opiniones suyas, pero en realidad dominado por las ajenas. Lo mismo mientras reinaba en las dos Sicilias, que cuando vino á España á suceder á su hermano Fernando VI, Tanucci disponía de la real mano, y la hacía firmar, aquí el decreto de expulsión de los Jesuítas, y allá tantos otros que lastimaron profundamente á la Sede Apostólica.
Fué uno de ellos la negativa del pase regio á la Bula de aprobación del Instituto fundado por San Alfonso, con lo cual faltó poco para que perdiese la Congregación aun aquella existencia precaria, y por decirlo así, de tolerancia, que hasta la sazón había tenido en Nápoles. Quedaron las cosas en el estado primitivo; pero con la diferencia de que el estado primitivo antes de la Bula, podía significar un estado de expectación y de vivísima esperanza, y ahora sólo indicaba un estado de pugna y amenaza.
Al calor de esta oposición, bullían en la corte calumnias y más calumnias contra la Congregación y contra el Santo Fundador, cuya honra despiadadamente rasgaban los impíos, sin respeto á su santidad que en todas partes se imponía.
Era la corte un hervidero de hablillas, de injurias y de injusticias que llegaron á desvanecer algún tiempo la dura cabeza del monarca, el cual, á pesar de la estimación que profesaba á San Alfonso, mandó abrir una información judicial sobre cada Colegio, y aun puede decirse, sobre cada individuo de la Congregación. Todos y cada uno de ellos, sus papeles, sus actos y sus palabras, tuvieron que pasar por el tamiz de las autoridades, tanto administrativas como judiciales; pero de todo salió el Santo y salieron sus hijos limpios y puros, quedando el Rey poco antes de partirse para España, más convencido que nunca de la conveniencia de proteger á los Redentoristas; pero sin valor, cual de costumbre, para contrariar los planes de Tanucci.
Siguió éste en Nápoles á la cabeza del gobierno, como Presidente de la regencia; y libre de los escrúpulos de su augusto protector, con quien ya no tenía que andar en contemplaciones, arrojó la máscara, disminuyendo arbitrariamente el número de Obispados, suprimiendo en igual forma setenta y ocho conventos, atentando á los derechos de la Nunciatura; en suma, poniendo el reino al borde del cisma.
Contando con el apoyo, ó por lo menos, con la secreta complacencia de gobierno, personas poderosas y de valimiento, tornaron otra vez á sus diabólicas sugestiones para la destrucción del Instituto, sólo porque lastimaba de alguna manera sus intereses particulares: y tales fueron las armas que manejaban, que más de una vez se creyó verle postrado y vencido.
A todos estos ataques no oponía el Santo otra defensa que el cumplimiento de sus deberes como Superior de la Orden, la humildad y la oración acompañada de la penitencia. Jamás se torcía la regla ni arriba, ni abajo, por nada ni para nadie: el estudio era constante y sólido, con firmeza de doctrina en lo cierto, con amplia libertad en lo opinable: desde el noviciado á las rectorías, en todas partes reinaba un mismo espíritu dentro de la Congregación.
Cuanto más apurado estaba San Alfonso por sus perseguidores, más procuraba avalorar las oraciones con la mortificación. Hizo que se aplicaran sin cesar misas para impetrar la divina misericordia, que se rezase todos los días el salmo Qui habitat, y que se aumentaran los cilicios, ayunos y disciplinas.
No desdeñaba ciertamente los medios humanos de defensa, como Dios lo dispone; pero su principal recurso eran los medios espirituales. «El Señor quiere que vaya adelante la Congregación (decía alegre á los suyos), no con aplausos y protección de príncipes y monarcas, sino con desprecios, pobreza y contradicciones. San Ignacio de Loyola nunca se mostraba tan contento como cuando recibía noticias de persecuciones y trabajos.»
Pero no eran estos los mayores: los más duros procedían de la que hemos llamado oposición de los buenos; esto es, de la que hacen á una obra santa quizá los santos mismos, ó por lo menos, personas que obran con recta intención, que creen obra meritoria contrariar los planes y proyectos que en el fondo tienen por dignos de loa, accidentalmente consideran perniciosos.
Esta contradicción suele ser más eficaz que ninguna, y desde luego es la que más mortifica, la que más cuesta sufrir, la que muchas veces hace desmayar, y quebranta las fuerzas de los varones más animosos.
Alfonso principió á sentir esta guerra casi desde los primeros momentos en que concibió la idea de su Instituto. Pertenecía el Santo, mientras fué sacerdote secular, al Colegio llamado de los Chinos, compuesto de jóvenes de aquella nación que se educaban para misioneros de sus compatriotas, bajo la dirección del célebre P. Ripa, dechado de varones apostólicos y sostén de la cristiandad en aquel vastísimo imperio: y aunque á este Colegio se había retirado Alfonso, no como congregante, sino como huésped, sentía tanto el director verle salir de la casa, que trabajó cuanto pudo para disuadirle de su propósito, y combatir la nueva fundación.
Los padres de la Congregación de las misiones apostólicas á que también perteneció como sacerdote secular, se pronunciaron al propio tiempo contra él, y hasta su maestro en teología dogmática y moral D. Julio Torni y un canónigo tío de Alfonso y rector del seminario, se le opusieron abiertamente.
Acusábanle de muy buena fe; pero con suma crudeza, de falta de seso, y aseguraban que el proyecto era obra de una mujercilla, y nada más. La oposición alcanzó á esta religiosa, á quien lograron expulsar de su convento, por más que Dios quiso distinguirla y favorecerla con señales evidentes de alto espíritu de piedad y discreción.
Dios estaba con el Santo. Su tío el canónigo Gizio, que era acaso el más tenaz y violento de sus opositores, le dijo un día creyendo con ello desbaratar su proyecto: -«¿Por qué no sigues mi consejo, Alfonso, y vas á consultar tu idea con el P. Fiorilli?» y ya sabemos el resultado: la Congregación no tuvo defensor más acérrimo, ni más constante que el célebre padre dominico.
De contradicciones de esta especie estuvo llena la vida de San Alfonso. Eran su ambiente; no le faltaron jamás, siendo maravilloso verle cruzar incólume por entre nubes de flechas y senderos de espinas. Pero llevaba por escudo la oración, la conformidad y la paciencia, y por guía la gloria de Dios y un deseo constante del bien espiritual y temporal del prójimo y muy especialmente el de sus más encarnizados contradictores.
Nadie como él alentaba á los pusilánimes y sostenía á los que flaqueaban. Él predijo que el instituto saldría de la persecución más glorioso que antes de padecerla, y que no llegaría á su apogeo hasta después de su muerte. Con tanto talento, con tanta moderación y prudencia, se defendió de los ataques que se le dirigían, que no escribió jamás una sola palabra contra sus adversarios, encargando á todos los congregantes que los favorecieran en vez de aborrecerlos. Habiéndose arruinado la familia del que más se había ensañado contra los Redentoristas, San Alfonso encargó al P. Tannoya que se consagrase á la educación y acomodo de los hijos de aquel enemigo suyo que acababa de fallecer en la miseria.
En medio de esta lucha, no descuidaba en lo más mínimo el adelantamiento de sus Misioneros. Él era el primero en observar la regla y los votos, y predicaba más con el ejemplo que con las palabras. A pesar de todas sus ocupaciones, jamás faltaba á ninguno de los actos de la comunidad: tres veces al día, media hora de meditación, un cuarto de hora de visita al Santísimo, media hora de preparación para celebrar la misa, otra media hora en acción de gracias, dos exámenes de conciencia diarios, tres horas de silencio, media hora de lectura espiritual, disciplina dos veces por semana, todos los lunes conferencia litúrgica ó ascética, todos los viernes academia dogmática ó moral, un día de retiro cada mes y diez días seguidos cada año.
Tal era el método de vida de San Alfonso en las comunidades donde se hallaba, y tal es aún el que observan los Padres que viven reunidos en los Colegios de la Congregación.
Siendo Superior, elegía siempre para sí la habitación más humilde y más incómoda. En Ciorani tenía por celda un miserable hueco debajo de la escalera; su traje era el desecho de los demás. Ayudaba á los legos en la limpieza de la casa y en las más humildes faenas; anualmente visitaba todos los Colegios de la Congregación. Amaba á sus subordinados con amor de padre, sin hacer alarde de su autoridad; consolaba á los afligidos con la mayor caridad y corregía con ruegos y lágrimas sus faltas. No quería que hubiese nunca ni tristes ni melancólicos en la casa: profesaba cariño especial á los enfermos, ofreciendo al Señor su vida por la salud de los que padecían, y recomendaba á los Rectores que antes que dejarles sin la debida asistencia vendiesen las alhajas de las Iglesias.
Este espíritu de caridad fué confirmado por un estupendo milagro. A una pobre, á quien había convertido, socorría el Santo mensualmente durante su permanencia en Nocera. El día fijado para recibir la pobre su limosna vino á buscarla al Colegio, y como le dijesen que el Santo se había marchado hacía ya días a Nápoles, la buena mujer se fué á la iglesia, y allí llorando amargamente, pedía á Dios que la socorriese, cuando vió de repente aparecer á San Alfonso que desde un confesonario la llamaba para entregarla la cantidad acostumbrada. La infeliz quedó sorprendida, y tanto ella como los individuos todos del Colegio bendecían á Dios, pues se hizo constar que aquel día y aquella misma hora se hallaba el Santo en la capital del reino.
Así dirigía Alfonso la Congregación cuyo superior gobierno Dios le había encomendado; así la iba sacando victoriosas de todo linaje de peligros, cuando quiso el Señor que cesara en la dirección del Instituto por un suceso inesperado que vamos á referir en el siguiente capítulo.
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