Pasaba Alfonso de los ochenta y ocho años. Baldado, sordo y
sumamente débil de la vista, sacábanle sus hijos á tomar el sol y respirar el
aire libre en la portería del convento, y allí, deseosas de verle, de oirle
hablar y de recibir su bendición, acudían las gentes del pueblo, que tanto le
querían y veneraban. Los niños, sobre todo, le rodeaban cariñosos y le besaban
la mano con filial respeto; y no parece sino que procuraban aliviar sus penas,
y darle consuelos con su inocente sonrisa y gracias infantiles. Hermoso
espectáculo que el Santo con profunda humildad describía en estos términos: «Se
me figura ver una bandada de inocentes pajaritos que revolotean alrededor de un
bicho.»
Hacíase conducir también a la iglesia, donde se quedaba horas enteras oyendo misas y consumiéndose en derretimiento de divino amor. Pero tuvo que renunciar el goce de orar en el templo y la subidísima dulcedumbre que de allí sacaba, porque tan frecuentes iban siendo sus éxtasis, que los fieles, con el afán de verle en aquel estado, se atropellaban y cometían mil irreverencias.
De día en día aumentaban sus privaciones: por humildad, por ocultar á su mano izquierda los milagros que hacía su mano derecha, se abstenía á veces hasta de bendecir a los enfermos, y por obediencia, no rezaba un Ave María más de lo acostumbrado, sin permiso de sus superiores, que se vieron en la precisión de regularle rezos y obras piadosas. Una de sus devociones cotidianas era de muy antiguo el Vía crucis; pero el pobre anciano ya no podía moverse de estación en estación, y se contentaba con andarlas mentalmente delante del Crucifijo de su oratorio. Conforme se iba acercando el día de su muerte, crecía su amor á la Santísima Virgen, de tal manera, que cuando tocaban al Angelus se quedaba contemplando el misterio de la Encarnación, y no volvía en sí hasta que se le llamaba al mundo exterior en una ú otra forma.
Tenemos un precioso documento que nos indica algo de lo que era entonces su vida interior. Es una nota que redactó, sin duda, para ayudar á su memoria, tan debilitada en aquella época. Según estos apuntes, practicaba al día: diez actos de amor de Dios, diez de confianza, diez de dolor de sus pecados, diez de conformidad con la voluntad divina, diez de amor á Jesucristo, diez de confianza en María Santísima, diez de resignación en padecer, diez de ponerse en manos de Dios, diez de entregarse completamente a Jesucristo, diez igualmente á María Santísima, y por último, diez veces una oración para alcanzar la gracia de hacer en todo la voluntad divina.
Era su mayor recreo tratar de misiones, dirigirlas en cuanto podía, y oir hablar del fruto que se sacaba de ellas convirtiendo a los pecadores. Gozaba entonces tan visiblemente que hasta se reponía de sus males, y por el contrario nada le daba tanta pesadumbre como los que afligían á la Iglesia por la obstinación del Gobierno napolitano.
El Santo, según indicamos, había predicho que los negocios de la Congregación no se arreglarían en las Dos Sicilias hasta que él muriese; pero aquí añadiremos que aún vivía Alfonso cuando llegó Pío VI á conocer, en parte al menos, su inocencia; pues, al fin, tanto a él como a sus Misioneros residentes en aquel reino, les concedió las indulgencias y gracias espirituales de que gozaban los Sacerdotes de la Congregación del Santísimo Redentor en los Estados pontificios. Consuelo extraordinario recibió el Santo con esta gracia, que le auguraba la completa restauración del Instituto suprimido en Nápoles, y ya pudo exclamar como Simeón: Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace.
Y el Señor le oyó. Desde el día 18 de julio de 1786 á sus enfermedades crónicas se agregaron la fiebre cada vez más intensa, la disentería y una dolorosa retención de orina, síntomas todos de próxima disolución corporal. Y sin embargo, no llegó tan pronto como era de temer.
Todavía, en aquel terrible estado en que apenas podía moverse, ni menos manejarse por sí propio, lleno de dolores, vivió más de un año, como un mártir que se goza en los tormentos.
Hay motivos para creer que le fué revelado el día de su muerte; desde aquel momento se desvanecieron todos sus escrúpulos y aflicciones de espíritu; su semblante apareció risueño, su buen humor se revelaba en los chistes que con edificante espontaneidad se le escapaban muchas veces.
Tanta paz, tanta dulzura en medio de tantos padecimientos eran el asombro de cuantas personas le asistían, virtuosas y hechas al espectáculo de la virtud, y que sin embargo salían de la celda de Alfonso como si nunca se hubiesen imaginado virtud tan grande.
Celebrábase Misa en su cuarto, y se le daba la Comunión siempre que era posible, pero á veces llegaba á perder la cabeza. Sus delirios parecían jaculatorias dirigidas á Jesús y su Santísima Madre. Cuando, vencido el último, recobró el conocimiento, que por cierto conservó hasta la muerte, recibió el Viático y la Extremaunción, y con un Santo Cristo en la mano y una imagen de María Santísima al pecho, permaneció largas horas en la agonía, bendiciendo a los circunstantes, á la Comunidad y á la Congregación. El médico mismo que le había asistido se le puso de rodillas y le pidió la bendición.
Le rogaron entonces que se acordase de su antigua diócesis y de las monjas de Santa Águeda y la Scala, y el Santo las bendijo también añadiendo: «Bendigo al rey, á todos los generales, á los ministros y á todos los jueces que administran justicia.» Esta última y espontánea bendición edificó a todos los presentes, que no tenían más que volver atrás la vista y recordar las persecuciones de que el Santo había sido y estaba siendo víctima, para apreciar aquel acto de caridad en todo su valor.
Los dos ó tres días que precedieron á su muerte parecía que en la casa de Pagani se celebraba algún jubileo; pues era un continuo entrar y salir gentes que, de cerca y de lejos, iban á informarse del estado del moribundo y á orar por él, para que el Señor le diese la salud ó le concediese una muerte tan santa como lo había sido su vida. Todos llevaban rosarios, escapulatorios ó medallas para que el Santo los bendijera, ó para tocarlos á su cuerpo y llevárselos como reliquias. El Canónigo Villani, que hacía tres años que estaba cojo y con muletas, pudo aplicarse al muslo un escapulario que había llevado Alfonso, y de repente quedó sano. Un Padre capuchino se acercó al lecho del moribundo y tomando su mano casi yerta, se la puso en un oído que tenía enfermo y también se curó en el acto.
El Santo había pedido en sus libros á la Virgen que viniese á visitarle en su última hora, y todo induce á creer fundadísimamente que la Reina de los cielos descendió para asistirle y llevárselo en sus maternales brazos. Pudo vislumbrarse la sublime aparición en el divino resplandor que despedía entonces la Dolorosa que tenía el Santo en su aposento, resplandor que se reflejaba contra el orden natural en el rostro agonizante. Pero además lo estaba diciendo la celestial sonrisa de sus labios, que en inefable transporte, murmuraban el nombre de nuestra Santísima Madre la Virgen María.
Así espiró aquel bienaventurado: espiró al sonar la campana para el Angelus del medio día; espiró el 1.º de Agosto de 1787, en el momento mismo en que principiaba la fiesta de la Porciúncula: no hay duda, espiró en el regazo de María, ceñido de milagros y de favores de María.
Aquel varón justo que tanto había trabajado por la gloria de Dios y salvación de las almas, perseguido por todo linaje de trabajos y persecuciones, por grandes y pequeños, modelo de personas que viven en el siglo y fuera del siglo, rico por su cuna y pobre por vocación, abogado, escritor, predicador, misionero, obispo, nuevo Job recostado en un lecho de dolores, Fundador y Superior de una Orden para morir luego subordinado y bajo la obediencia de los mismos á quienes había enseñado y dirigido, confesor de la fe y mártir de corazón por sus padecimientos, murió en el ósculo del Señor, que por tantas y tan diversas maneras lo había probado.
Y desde el punto en que muere, aclamado, va como Santo mucho antes de morir, al espirar y después de su muerte, consigue en el cielo lo que no pudo obtener en la tierra por inescrutables juicios de Dios; consigue el pase regio para su Congregación en el reino de Nápoles, consigue que el Papa proclame la santidad, la virtud, la constante obediencia de Alfonso a la Sede Apostólica, lo mismo en sus últimos tiempos que en los anteriores, y haga esa proclamación solemne en un Breve Pontificio el mismo Pío VI, que había suprimido el Instituto en aquella monarquía.
¡Oh admirables juicios de la Divina Sabiduría! Por todas partes, de los labios mismos de sus antiguos adversarios, brotan himnos y loores en honor del Santo, y entre las aclamaciones que se levantan de la tierra y los milagros que llueven del cielo, parece que hay una especie de universal porfía en acelerar los tiempos en que Alfonso María de Ligorio sea venerado en los altares y en que su doctrina, tan combatida al ser presentada al público, sea aprobada por la Sede Apostólica, la cual antes, mucho antes de celebrarse el centenario de su gloriosa muerte, lo coloca solemnemente, en 26 de Mayo de 1839, en el catálogo de los Santos, y en 7 de Julio de 1871 lo eleva á la categoría de Doctor de la Iglesia.
¡Gloria á Dios! ¡Gloria al ínclito varón tan próximo á nosotros que ha conocido á los reyes, á los hombres á quienes alguno de nosotros pudo haber conocido, y que, sin embargo, ha alcanzado en nuestros días el supremo título que en el orden sobrenatural reconoce la Iglesia! ¡Gloria al Santo que nos traza en su vida y en sus escritos el camino seguro del cielo; la constante ocupación en obras buenas y la devoción á Jesús Sacramentado y á la Madre de Dios y Madre Nuestra!
Hacíase conducir también a la iglesia, donde se quedaba horas enteras oyendo misas y consumiéndose en derretimiento de divino amor. Pero tuvo que renunciar el goce de orar en el templo y la subidísima dulcedumbre que de allí sacaba, porque tan frecuentes iban siendo sus éxtasis, que los fieles, con el afán de verle en aquel estado, se atropellaban y cometían mil irreverencias.
De día en día aumentaban sus privaciones: por humildad, por ocultar á su mano izquierda los milagros que hacía su mano derecha, se abstenía á veces hasta de bendecir a los enfermos, y por obediencia, no rezaba un Ave María más de lo acostumbrado, sin permiso de sus superiores, que se vieron en la precisión de regularle rezos y obras piadosas. Una de sus devociones cotidianas era de muy antiguo el Vía crucis; pero el pobre anciano ya no podía moverse de estación en estación, y se contentaba con andarlas mentalmente delante del Crucifijo de su oratorio. Conforme se iba acercando el día de su muerte, crecía su amor á la Santísima Virgen, de tal manera, que cuando tocaban al Angelus se quedaba contemplando el misterio de la Encarnación, y no volvía en sí hasta que se le llamaba al mundo exterior en una ú otra forma.
Tenemos un precioso documento que nos indica algo de lo que era entonces su vida interior. Es una nota que redactó, sin duda, para ayudar á su memoria, tan debilitada en aquella época. Según estos apuntes, practicaba al día: diez actos de amor de Dios, diez de confianza, diez de dolor de sus pecados, diez de conformidad con la voluntad divina, diez de amor á Jesucristo, diez de confianza en María Santísima, diez de resignación en padecer, diez de ponerse en manos de Dios, diez de entregarse completamente a Jesucristo, diez igualmente á María Santísima, y por último, diez veces una oración para alcanzar la gracia de hacer en todo la voluntad divina.
Era su mayor recreo tratar de misiones, dirigirlas en cuanto podía, y oir hablar del fruto que se sacaba de ellas convirtiendo a los pecadores. Gozaba entonces tan visiblemente que hasta se reponía de sus males, y por el contrario nada le daba tanta pesadumbre como los que afligían á la Iglesia por la obstinación del Gobierno napolitano.
El Santo, según indicamos, había predicho que los negocios de la Congregación no se arreglarían en las Dos Sicilias hasta que él muriese; pero aquí añadiremos que aún vivía Alfonso cuando llegó Pío VI á conocer, en parte al menos, su inocencia; pues, al fin, tanto a él como a sus Misioneros residentes en aquel reino, les concedió las indulgencias y gracias espirituales de que gozaban los Sacerdotes de la Congregación del Santísimo Redentor en los Estados pontificios. Consuelo extraordinario recibió el Santo con esta gracia, que le auguraba la completa restauración del Instituto suprimido en Nápoles, y ya pudo exclamar como Simeón: Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace.
Y el Señor le oyó. Desde el día 18 de julio de 1786 á sus enfermedades crónicas se agregaron la fiebre cada vez más intensa, la disentería y una dolorosa retención de orina, síntomas todos de próxima disolución corporal. Y sin embargo, no llegó tan pronto como era de temer.
Todavía, en aquel terrible estado en que apenas podía moverse, ni menos manejarse por sí propio, lleno de dolores, vivió más de un año, como un mártir que se goza en los tormentos.
Hay motivos para creer que le fué revelado el día de su muerte; desde aquel momento se desvanecieron todos sus escrúpulos y aflicciones de espíritu; su semblante apareció risueño, su buen humor se revelaba en los chistes que con edificante espontaneidad se le escapaban muchas veces.
Tanta paz, tanta dulzura en medio de tantos padecimientos eran el asombro de cuantas personas le asistían, virtuosas y hechas al espectáculo de la virtud, y que sin embargo salían de la celda de Alfonso como si nunca se hubiesen imaginado virtud tan grande.
Celebrábase Misa en su cuarto, y se le daba la Comunión siempre que era posible, pero á veces llegaba á perder la cabeza. Sus delirios parecían jaculatorias dirigidas á Jesús y su Santísima Madre. Cuando, vencido el último, recobró el conocimiento, que por cierto conservó hasta la muerte, recibió el Viático y la Extremaunción, y con un Santo Cristo en la mano y una imagen de María Santísima al pecho, permaneció largas horas en la agonía, bendiciendo a los circunstantes, á la Comunidad y á la Congregación. El médico mismo que le había asistido se le puso de rodillas y le pidió la bendición.
Le rogaron entonces que se acordase de su antigua diócesis y de las monjas de Santa Águeda y la Scala, y el Santo las bendijo también añadiendo: «Bendigo al rey, á todos los generales, á los ministros y á todos los jueces que administran justicia.» Esta última y espontánea bendición edificó a todos los presentes, que no tenían más que volver atrás la vista y recordar las persecuciones de que el Santo había sido y estaba siendo víctima, para apreciar aquel acto de caridad en todo su valor.
Los dos ó tres días que precedieron á su muerte parecía que en la casa de Pagani se celebraba algún jubileo; pues era un continuo entrar y salir gentes que, de cerca y de lejos, iban á informarse del estado del moribundo y á orar por él, para que el Señor le diese la salud ó le concediese una muerte tan santa como lo había sido su vida. Todos llevaban rosarios, escapulatorios ó medallas para que el Santo los bendijera, ó para tocarlos á su cuerpo y llevárselos como reliquias. El Canónigo Villani, que hacía tres años que estaba cojo y con muletas, pudo aplicarse al muslo un escapulario que había llevado Alfonso, y de repente quedó sano. Un Padre capuchino se acercó al lecho del moribundo y tomando su mano casi yerta, se la puso en un oído que tenía enfermo y también se curó en el acto.
El Santo había pedido en sus libros á la Virgen que viniese á visitarle en su última hora, y todo induce á creer fundadísimamente que la Reina de los cielos descendió para asistirle y llevárselo en sus maternales brazos. Pudo vislumbrarse la sublime aparición en el divino resplandor que despedía entonces la Dolorosa que tenía el Santo en su aposento, resplandor que se reflejaba contra el orden natural en el rostro agonizante. Pero además lo estaba diciendo la celestial sonrisa de sus labios, que en inefable transporte, murmuraban el nombre de nuestra Santísima Madre la Virgen María.
Así espiró aquel bienaventurado: espiró al sonar la campana para el Angelus del medio día; espiró el 1.º de Agosto de 1787, en el momento mismo en que principiaba la fiesta de la Porciúncula: no hay duda, espiró en el regazo de María, ceñido de milagros y de favores de María.
Aquel varón justo que tanto había trabajado por la gloria de Dios y salvación de las almas, perseguido por todo linaje de trabajos y persecuciones, por grandes y pequeños, modelo de personas que viven en el siglo y fuera del siglo, rico por su cuna y pobre por vocación, abogado, escritor, predicador, misionero, obispo, nuevo Job recostado en un lecho de dolores, Fundador y Superior de una Orden para morir luego subordinado y bajo la obediencia de los mismos á quienes había enseñado y dirigido, confesor de la fe y mártir de corazón por sus padecimientos, murió en el ósculo del Señor, que por tantas y tan diversas maneras lo había probado.
Y desde el punto en que muere, aclamado, va como Santo mucho antes de morir, al espirar y después de su muerte, consigue en el cielo lo que no pudo obtener en la tierra por inescrutables juicios de Dios; consigue el pase regio para su Congregación en el reino de Nápoles, consigue que el Papa proclame la santidad, la virtud, la constante obediencia de Alfonso a la Sede Apostólica, lo mismo en sus últimos tiempos que en los anteriores, y haga esa proclamación solemne en un Breve Pontificio el mismo Pío VI, que había suprimido el Instituto en aquella monarquía.
¡Oh admirables juicios de la Divina Sabiduría! Por todas partes, de los labios mismos de sus antiguos adversarios, brotan himnos y loores en honor del Santo, y entre las aclamaciones que se levantan de la tierra y los milagros que llueven del cielo, parece que hay una especie de universal porfía en acelerar los tiempos en que Alfonso María de Ligorio sea venerado en los altares y en que su doctrina, tan combatida al ser presentada al público, sea aprobada por la Sede Apostólica, la cual antes, mucho antes de celebrarse el centenario de su gloriosa muerte, lo coloca solemnemente, en 26 de Mayo de 1839, en el catálogo de los Santos, y en 7 de Julio de 1871 lo eleva á la categoría de Doctor de la Iglesia.
¡Gloria á Dios! ¡Gloria al ínclito varón tan próximo á nosotros que ha conocido á los reyes, á los hombres á quienes alguno de nosotros pudo haber conocido, y que, sin embargo, ha alcanzado en nuestros días el supremo título que en el orden sobrenatural reconoce la Iglesia! ¡Gloria al Santo que nos traza en su vida y en sus escritos el camino seguro del cielo; la constante ocupación en obras buenas y la devoción á Jesús Sacramentado y á la Madre de Dios y Madre Nuestra!
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.