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U
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n anciano y respetado
caballero haitiano, cuya esposa era de nacionalidad francesa, tenía una hermosa
sobrina llamada Camille, una joven mulata de piel clara a quien presentó y
apadrinó en la sociedad de Port—au—Prince, donde se hizo popular, y para quien
esperaba arreglar un matrimonio brillante.
Sin embargo, su
propia familia era pobre; apenas se podía esperar que su tío, lo cual
entendían, le diera una dote —era un hombre próspero, pero no rico, y tenía una
familia propia—, y el sistema francés de la dot
es el que prevalece en Haití, de modo que al tiempo que los jóvenes apuestos de
la élite se apiñaban para llenar sus citas a los bailes, poco a poco se hizo
evidente que ninguno de ellos tenía intenciones serias.
Al acercarse
Camille a la edad de veinte años, Matthieu Toussel, un rico cultivador de café
de Morne Hôpital, se convirtió en su pretendiente, y después de un tiempo la
solicitó en matrimonio. Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico,
cosmopolita y bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en
la falda de las colinas y que daba a Port—au—Prince, no tenía techo de paja y
paredes de barro, sino que era un hermoso bungalow de madera, con techo de
tejas y amplias terrazas, entre un jardín de vivas flores de fuego, palmeras y
buganvillas. Allí Matthieu Toussel había construido un camino, guardaba su
coche grande y a menudo se lo veía en los cafés y clubes de moda.
Corría un
antiguo rumor de que estaba asociado de algún modo con el vudú o la brujería,
pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que han
adquirido poder en las montañas, y en el caso de los hombres como Toussel rara
vez se toman en serio. No pidió ninguna dote, prometió ser generoso, tanto con
ella como con su apremiada familia, y ésta la convenció para que se casara.
El plantador
negro se llevó a su pálida esposa con él de vuelta a la montaña, y durante casi
un año, eso parece, ella no fue infeliz, o, por lo menos, no dio muestras de
ello. Aún bajaban a Port—au—Prince, y asistían de manera esporádica a las soirées de los clubes. Toussel le
permitió visitar a su familia siempre que lo deseó, le prestó dinero a su padre
y arregló todo para enviar a su hermano menor a un colegio en Francia.
Pero poco a
poco su familia, y también sus amigos, comenzaron a sospechar que no todo
marchaba tan felizmente como parecía allá arriba. Empezaron a darse cuenta de
que ella se mostraba nerviosa en presencia de su marido, que daba la impresión
de que había adquirido un vago y creciente temor de él. Se preguntaron si
Toussel la estaba maltratando o descuidándola. La madre intentó conseguir las
confidencias de su hija, y la muchacha gradualmente le abrió el corazón. No, su
marido jamás la había maltratado, jamás le había dirigido una palabra brusca;
siempre era amable y considerado, pero había noches en las que parecía
extrañamente preocupado, y en tales noches ensillaba su caballo y cabalgaba
rumbo a las colinas, a veces sin regresar hasta después de que hubiera amanecido,
momento en el que se mostraba aún más extraño y más perdido en sus propios
pensamientos que la noche anterior. Y había algo en el modo en que a veces se
sentaba y la miraba que la hacía sentir que ella estaba, de algún modo,
relacionada con esos pensamientos secretos. Le tenía miedo a los pensamientos y
le temía a él. De modo intuitivo sabía, como lo saben las mujeres, que en sus
excursiones nocturnas no se hallaba involucrada ninguna otra mujer. No estaba
celosa. Se encontraba poseída por un miedo irracional. Una mañana, cuando
pensaba que él se había pasado toda la noche en las colinas, mirando por
casualidad por la ventana, así se lo contó a su madre, le había visto salir por
la puerta de una construcción baja que había en su gran jardín, apartada de los
otros bloques, y que él le había dicho que era su despacho, donde guardaba la
contabilidad, los papeles de negocios, y donde la puerta siempre estaba cerrada
con llave.
—Entonces
—comentó la madre, aliviada y tranquila—, ¿a qué se debe todo esto? Con toda
probabilidad, esos pensamientos secretos suyos se deben a problemas de
negocios... a alguna mezcla de café que está preparando y que, quizá, no va muy
bien, así que se queda despierto toda la noche en su despacho meditando y
calculando, o se marcha a caballo para ir a reunirse y consultar con otros. Los
hombres son así. El asunto se explica por sí solo. Lo demás no es más que tu
imaginación nerviosa.
Y ésta fue la
última conversación racional que mantuvieron madre e hija. Lo que sucedió
posteriormente allá arriba en la noche fatal del primer aniversario de bodas lo
entresacaron de los intervalos medio lúcidos de una criatura aterrorizada,
temerosa e histérica, que finalmente se volvió loca de remate. No obstante, los
acontecimientos por los que tuvo que pasar se le quedaron grabados de forma
indeleble en la cabeza; hubo tempranos períodos en los que parecía bastante
cuerda, y la secuencia de la tragedia se pudo deducir poco a poco.
La noche de su
primer aniversario Toussel había partido a caballo, diciéndole que no lo
esperara, y ella había supuesto que en su preocupación se había olvidado de la
fecha, lo cual le dolió y la hizo
guardar silencio. Se fue a la cama pronto y, por último, se quedó dormida.
Cerca de la
medianoche su marido la despertó; estaba de pie junto a la cama y sostenía una
lámpara. Debía de haber vuelto hacía cierto tiempo, pues ahora se lo veía
vestido de etiqueta.
—Ponte el
vestido que usaste en la boda y arréglate —dijo—, vamos a ir a una fiesta.
—Ella estaba somnolienta y aturdida, pero inocentemente complacida, imaginando
que un tardío recuerdo de la fecha le había hecho prepararle una sorpresa.
Supuso que la iba a llevar a cenar y a bailar al club, donde la gente a menudo
aparecía bastante después de la medianoche—. Tómate tu tiempo —añadió él—, y
ponte tan hermosa como puedas... no hay prisa.
Una hora más
tarde, cuando se reunió con él en la terraza, preguntó:
—Pero, ¿dónde
está el coche?
—No, —repuso
él—, la fiesta se va a celebrar aquí.
Y ella notó que
había luz en la cabaña, su “oficina”, en el otro extremo del jardín. No le dio
tiempo para interrogarlo o protestar. La cogió del brazo, la condujo por el
oscuro jardín y abrió la
puerta. La oficina, si alguna vez había sido tal cosa, se
había transformado en un comedor, iluminado por una luz difusa procedente de
las velas altas. Había una mesa antigua con un buffet, sobre la que colgaba un espejo, y donde había platos de
carnes frías y ensaladas, botellas de vino y frascas de ron.
En el centro de
la estancia estaba puesta una elegante mesa con un mantel de damasco, flores y
reluciente plata. Cuatro hombres, también con trajes de etiqueta, pero que les
sentaban mal, ya se hallaban sentados a la mesa. Había dos sillas
vacías en los extremos. Los hombres sentados no se levantaron cuando la joven
enfundada en su vestido de boda entró del brazo de su marido. Se sentaban
encorvados y ni siquiera giraron las cabezas para saludarla. Delante tenían
copas de vino llenas a medias, y pensó que ya estaban borrachos.
Mientras
Camille se sentaba con movimiento mecánico en la silla a la que la condujo Toussel ,
ocupando él mismo la que estaba enfrente, con los cuatro invitados situados
entre ellos, dos a cada lado, de una forma antinaturalmente tensa, aumentando
dicha tensión a medida que hablaba, dijo:
—Te pido... que
perdones la aparente rudeza... de mis invitados. Ha pasado mucho tiempo...
desde... que... probaran el vino... y se sentaran así a una mesa... con... una
anfitriona tan hermosa... Pero, eh, ahora... beberán contigo, sí... alzarán...
sus brazos, como yo alzo el mío... brindarán contigo... más... se levantarán
y... bailarán contigo... más... harán...
Cerca de ella,
los dedos negros de un silencioso invitado estaban cerrados con rigidez en
torno al frágil pie de una copa de vino, ladeada, derramándose. El horror
acumulado en Camille se desbordó. Cogió una vela, la aproximó a la cara
macilenta y caída, y vio que el hombre estaba muerto. Se encontraba sentada a
la mesa de un banquete con cuatro muertos apuntalados.
Sin aliento
durante un instante, luego gritando, se puso en pie de un salto y salió
corriendo. Toussel llegó a la puerta demasiado tarde para frenarla. Era pesado
y la doblaba en edad. Ella corrió gritando aún a través del jardín oscuro, un
destello blanco entre los árboles, y atravesó el portón. La juventud y el
absoluto terror le prestaron alas a sus pies, y escapó...
Una procesión
de mujeres madrugadoras del mercado, con sus cestos llenos cargados en burros,
que bajaba por la falda de la montaña al amanecer, la encontró allí abajo sin
sentido. Su vaporoso vestido estaba roto y desgarrado, sus pequeños zapatos de
satén blanco deshilachados y sucios, uno de los tacones arrancado allí donde
tropezó con una raíz y cayó.
Le mojaron la
cara para revivirla, la subieron a un burro y caminaron a su lado,
sosteniéndola. Sólo estaba medio consciente, incoherente, y las mujeres
comenzaron a discutir entre sí, tal como lo hacen las campesinas. Algunas
creyeron que se trataba de una dama francesa que había sido tirada o se había
caído de un coche; otras que se trataba de una Dominicaine, que había sido sinónimo en el dialecto criollo desde
los primeros días coloniales de “prostituta de lujo”. Ninguna la reconoció como
Madame Toussel; quizá ninguna de ellas la había visto jamás. Estaban discutiendo
si dejarla en el hospital de las Hermanas Católicas en las afueras de la
ciudad, en cuya dirección iban, o si sería más seguro —para ellas— llevarla
directamente al cuartel de la policía y contar la historia. Su sonora
discusión pareció despertarla; dio la impresión de haber recuperado en parte
los sentidos y comprender lo que hablaban. Les dijo cómo se llamaba, el nombre
de soltera, y les rogó que la llevaran a casa de su padre.
Una vez allí,
habiéndola metido en la cama y llamado a los médicos, la familia fue capaz de
conseguir por el farfulleo histérico de la joven una comprensión parcial de lo
que había sucedido. Ese mismo día subieron a ver a Toussel... a registrar la casa. Pero Toussel
se había ido, y todos los sirvientes habían desaparecido salvo un anciano,
quien dijo que Toussel se hallaba en Santo Domingo. Entraron en la así llamada
oficina y encontraron aún la mesa puesta para seis personas, el vino sobre el
mantel, una botella volcada, las sillas tiradas, los platos de comida todavía
intactos sobre la mesilla, pero aparte de eso no descubrieron nada.
Toussel jamás
regresó a Haití. Se dice que ahora está viviendo en Cuba. La investigación
criminal era inútil. ¿Qué esperanza razonable podían haber tenido de condenarlo
basándose en las pruebas que no se sustentaban solas de una esposa de mente
desequilibrada?
Y en ese punto,
tal como me fue relatada, la historia se acababa con un encogimiento de
hombros, quedando en un misterio inconcluso.
¿Qué había
estado planeando ese Toussel... qué siniestra, quizá criminal necromancia en la
que su esposa iba a ser la víctima o el instrumento? ¿Qué habría ocurrido
si ella no hubiera escapado?
Formulé estas
preguntas, pero no tuve ninguna explicación convincente o incluso una teoría en
respuesta. Hay historias de abominaciones más bien horrendas, impublicables,
practicadas por algunos brujos que afirman levantar a los muertos, pero hasta
donde yo sé, sólo se trata de historias. Y en cuanto a lo que de verdad sucedió
aquella noche, la credibilidad depende de la prueba aportada por una muchacha
demente.
Entonces, ¿qué
queda?
Lo que queda se
puede exponer con unas pocas palabras:
Matthieu
Toussel preparó una cena de aniversario de boda para su esposa en la que se
dispusieron seis platos, y cuando ella miró las caras de los otros cuatro
invitados, se volvió loca.
W. B. Seabrook
Trad. Elías Sarhan
Amanecer Vudú. Valdemar
Antologías 3
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