El
Oriente es la patria de todo lo maravilloso. En la antigüedad y en los inicios
de las costumbres de tan lejanos países, se hallan consejas y enigmas
extremadamente raros que aún se resisten a la razón, según ella misma más
sabia. Viven también en estos parajes seres extraños que nosotros consideramos
locos pero que, en aquellas tierras, son adorados como seres sobrenaturales. El
espíritu oriental considera a estos santos desnudos como depositarios
maravillosos de un genio más elevado que, desde el firmamento, se ha
precipitado en el cuerpo humano, que ahora no sabe comportarse humanamente.
Pues, según vemos, todas las cosas en el mundo son ya de una u otra manera, según
las observemos. La razón humana es un filtro maravilloso que, a su solo
contacto, convierte todo cuanto existe de acuerdo con nuestros deseos.
Así,
uno de estos santos desnudos vivía en una remota caverna o gruta, a cuyo lado
corría un hilo de agua. Nadie podía decir cómo había llegado hasta allí. Como
quiera que haya sido, su presencia se había notado desde hacía pocos años. Lo
descubrió una caravana y, desde entonces, se sucedieron frecuentes
peregrinaciones hasta su solitaria morada.
Este
curioso ser no gozaba de paz ni en la noche ni en el día, tenía siempre la
impresión de estar bajo el continuo zumbido de las rotaciones de la Rueda del
Tiempo.
Nada
podía hacer frente a ese ruido, nada podía proponerse. Un miedo inmenso lo
agotaba en su trabajo continuo, impidiéndole también escuchar otra cosa que no
fuese —en su incansable movimiento— el estrépito de la terrible rueda, la cual
llegaba hasta las mismas estrellas o incluso las sobrepasaba. Como una cascada
de caudalosas y retumbantes corrientes que caían desde el firmamento,
derramándose para la eternidad, suspendida en el instante, carente del sosiego
de un segundo, así sonaba en sus oídos, y sus sentidos todos se hallaban
fijamente concentrados sólo en ella. La efusión de su miedo, cautiva cada vez
más en el remolino de una salvaje confusión, era arrastrada a su yo interior, y
los sonidos, mezclados unos con otros, se tornaban atrozmente indómitos. No
podía descansar, día y noche se le veía en el ajetreo más laborioso y enérgico,
como si intentara darle vueltas a una enorme rueda. De sus incoherentes frases
podía sacarse en limpio que se sentía repelido por ella, que quería reforzar la
veloz y desenfrenada rotación con todo el esfuerzo de su cuerpo, con objeto de
que el tiempo no cayera en peligro de inmovilizarle un solo instante. Como se
le preguntara qué estaba haciendo, gritaba entonces convulsivamente:
—¡Infelices!
¿No estáis oyendo la fragorosa Rueda del Tiempo?
Y
acto seguido continuaba trabajando más desenfrenadamente aún, derramando sudor
sobre la tierra, y con gestos desarticulados posaba la mano sobre su palpitante
pecho, como si quisiera sentir el enorme engranaje de la perpetua marcha. Se
enfurecía cuando los peregrinos llegaban a él y permanecían de pie,
tranquilamente, observándolo o susurrando entre sí. Se estremecía
apasionadamente al mostrarles la incontenible rotación de la perpetua Rueda del
Tiempo, veloz, uniforme y regular. Crecía su cólera frente a aquellos que no
sentían ni notaban nada del mecanismo, en el que estaban también engranados
férreamente; los apartaba de sí cuando, en medio de su furor, alguien se le
aproximaba demasiado.
Si
no querían verse expuestos, tenían que imitar vivazmente su esforzado
movimiento. Pero su enojo volvíase mucho más feroz y peligroso sí a su lado un
desconocido emprendía cualquier trabajo físico, como sembrar en las
proximidades de su caverna o bien arrancar yerbas o cortar ramas. Entonces, en
virtud de que, hallándose bajo el terrible fluir del tiempo, alguien fuera
capaz de pensar en estas míseras ocupaciones, él solía reírse
inconteniblemente. Saltaba de su cueva como un tigre y, si llegaba a alcanzar a
un infeliz, le arrancaba la vida de un solo golpe. Regresaba de inmediato a su
caverna y con mayor vehemencia que antes, daba vuelta a la Rueda del Tiempo.
Sin embargo, durante varios días seguía enfurecido; les hablaba a los hombres
con frases sin sentido, reclamándoles cómo era posible que se ocuparan de otras
cosas y emprendiesen trabajos tan indignos. No era capaz de alargar el brazo
hacia cualquier cosa para tomarla con la mano, no podía dar ningún paso como
otro cualquiera. Un miedo estremecedor lo recorría por dentro al intentar,
aunque fuera una sola vez, interrumpir ese vertiginoso caos. Apenas en contadas
ocasiones, cuando las noches lucían hermosas y la luna se elevaba delante de su
oscura gruta, se abrazaba de pronto a sí mismo, gemía y lloraba desesperado,
pues el ruido de la gigantesca Rueda del Tiempo no lo dejaba en paz para que
él, que era un santo, pudiera realizar y crear algo sobre la faz de la tierra.
En aquellos momentos sentía un anhelo por todo lo hermoso y desconocido, y
hacía esfuerzos por levantarse y poner manos y pies en movimientos suaves y
tranquilos, ¡pero todo esfuerzo era inútil! Buscaba algo especial, desconocido, que pudiera tocar y a lo cual quería
entregarse. Aspiraba a salvarse de sí mismo dentro o fuera de sí mismo, pero
¡era imposible! Su desesperación y su llanto no podían ser mayores. Lanzando un
fuerte bramido, se levantaba de un salto y empujaba de nuevo la tremendamente
ruidosa Rueda del Tiempo.
Así
continuó durante varios años, días y noches enteros. En cierta ocasión, en
verano, en una hermosa noche de luna llena, el santo estaba, como otras veces,
en el suelo de su caverna, gimoteando y retorciéndose las manos. La noche era fascinante:
en el azuloso firmamento las estrellas lucían como adornos dorados sobre un
amplio y sólido escudo; de las claras mejillas del rostro de la luna irradiaba
una tenue luz bajo la cual la verde tierra se bañaba. Las copas de los árboles
emergían, bajo esa maravillosa iluminación, como nubes que navegaban sobre
troncos, y las chozas de los lugareños se hallaban convertidas en oscuras
figuras rocosas y en albeantes palacios fantasmagóricos. Los hombres, no más
cegados por los rayos del sol, vivían con sus miradas en el firmamento, y sus
almas reflejábanse hermosamente en el celestial esplendor de la noche de luna.
Dos
amantes, que gustaban de abandonarse a las maravillas de la soledad nocturna,
remontaron esa noche el río en un bote ligero, que pasó ante la caverna del
santo. Los penetrantes rayos lunares habían alumbrado y diluido sus más íntimos
y oscuros rincones en las almas de los amantes. Habían fundido sus sentimientos
más delicados y, unidos, navegaban dentro de las ilimitadas corrientes. Desde
su embarcación se esparcía una música etérea que flotaba ascendiendo hacia el
espacio celeste. Dulces trompetas y algunos otros encantadores instrumentos
recrearon un mundo de flotantes sonidos melodiosos y, a través de ellos, se
escuchaba la siguiente canción:
Una ansiada y dulce lluvia
Recorre los campos y los ríos.
Tersos rayos de luna preparan el tálamo
A los arrobados sentidos del amor.
¡Ay! ¡Cómo murmuran las aguas! ¡Cómo reflejan
Sus rizados hilos en la bóveda celeste!
Amor habita el firmamento,
Como oleaje puro nos inflama
En una gloria luminar que no se encendería
Si Amor no infundiera fortaleza.
Y, tocado por el hálito del cielo,
Cielo, agua y tierra se sonrien.
El claro de luna se prolonga en las flores,
Robadas por el sueño fueron las palmeras,
El follaje corona los santuarios
Y, elevando sus tiernos suspiros,
Desde su quimera, palmeras y flores,
Hijas de Amor, esparcen todos sus sonidos.
Recorre los campos y los ríos.
Tersos rayos de luna preparan el tálamo
A los arrobados sentidos del amor.
¡Ay! ¡Cómo murmuran las aguas! ¡Cómo reflejan
Sus rizados hilos en la bóveda celeste!
Amor habita el firmamento,
Como oleaje puro nos inflama
En una gloria luminar que no se encendería
Si Amor no infundiera fortaleza.
Y, tocado por el hálito del cielo,
Cielo, agua y tierra se sonrien.
El claro de luna se prolonga en las flores,
Robadas por el sueño fueron las palmeras,
El follaje corona los santuarios
Y, elevando sus tiernos suspiros,
Desde su quimera, palmeras y flores,
Hijas de Amor, esparcen todos sus sonidos.
A
las primeras notas de la música y los versos, desapareció en el santo la
frenética Rueda del Tiempo. Eran las primeras notas que se habían escuchado en
esos solitarios parajes. El incierto anhelo se había cumplido dando fin al
hechizo, el genio perdido se había librado de su envoltura terrenal. El cuerpo
del santo desapareció; esta forma espiritual, bella como un ángel, tejida en
ligeros perfumes, se elevó desde la cueva, alargó sus delgados brazos, pleno de
ansiedad, hacia el cielo, y fue ascendiendo acorde con la melodía de la música,
en movimientos danzantes, hacia las alturas.
Cada
vez más alto, hacia el firmamento, la eterna y diáfana figura flotó, elevada
por los tonos suavemente ondulantes de las trompetas y el canto. Con alegría
celestial, la figura danzaba aquí y allá, intermitentemente, sobre las blancas
nubes que nadaban en el espacio aéreo, balanceándose cada vez más alto en
rítmicos movimientos hasta que, finalmente, voló hacia los astros en espirales
ascendentes. Entonces el firmamento se dejó oír a través de los aires con estruendoso
clamor, puro y celestial, hasta que el genio penetró en su inmensidad.
Caravanas
de viajeros admiraron la milagrosa aparición nocturna, y los amantes creían
estar viendo al genio del amor y de la música.
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