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Bienvenido a Cultus Sapientiae.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
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Búsqueda interna
Susan Carper - Jack dedos de muelle
Sabía a dónde iba tan pronto como entró en la sala de juegos
electrónicos. Dejó atrás las filas de atareados chiquillos, las
estridentes y electrónicas voces que surgían de las máquinas, los
centelleos luminosos y los incesantes pitidos. Pasó frente a las
viejas máquinas del millón, todas ellas desocupadas,
relampagueando con lucecitas y timbres como anticuados
voceadores mecánicos que intentaban vanamente tentar a un
público que pasaba de largo.
La máquina que él buscaba estaba al fondo, en un rincón
iluminado tenuemente, y dejó escapar un suspiro de alivio al ver
que nadie la utilizaba. Su pantalla, que miraba sin decir nada,
estaba encajada en un armazón amarillo, por encima de una
hilera de palancas y botones. En el costado, debajo de la ranura
para echar las monedas, había un dibujo chillón que representaba
a una mujer ataviada según la antigua moda victoriana. El
sombrero, grande y adornado, estaba ligeramente ladeado en lo
alto de su cabeza y de allí caía hacia los lados una cabellera
cuidadosamente peinada. La mujer estaba gritando, con los ojos
muy abiertos y el dorso de la mano casi cubriéndole la
encantadora boca. Y detrás suyo, bosquejada en un tono blanco
borroso, se adivinaba una figura acechante.
Dejó su cartera de mano en el suelo, al lado de la máquina. Con
dedos inseguros, buscó una moneda y la metió en la ranura. La
pantalla adquirió vida y luz. Un hombre siniestro, con gorro de
cazador, agitó un cuchillo con la punta manchada de carmesí y
desapareció detrás de una hilera de edificios. Las imágenes eran
excelentes, extremadamente realistas. La pantalla se llenó con
hileras de instrucciones de color azul oscuro contra un fondo azul
claro, y él las miró superficialmente, esperando con impaciencia a
que empezara el juego.
Apretó un botón y la imagen volvió a cambiar, convirtiéndose en
un laberinto de calles miserables con hileras de edificios ruinosos.
Una figura única, la suya, ocupaba el centro de la pantalla. Una
mujer con un vestido de la época victoriana, sobre la que figuraba
el nombre de Polly, andaba hacia él. Recordó que tenía que
hacerle quitar el gorro al hombre; de lo contrario, ella no querría ir
con él. Se pusieron a andar juntos, y él, cuidadosamente, la hizo
pasar de largo la primera intersección. La vieja calle Montague era
una trampa para principiantes en la cual él no había caído desde
hacía tiempo. La primera calle por la que se tenía que ir era
Buck's Row.
A un lado, un policía estaba separando a un par de harapientas
mujeres que peleaban. Allí, él tenía que llevar cuidado porque si
era localizado le costaría puntos. Llevó a su pareja por el callejón
apropiado y tuvo la satisfacción de ver que estaba desierto.
Los latidos de su corazón se hicieron más fuertes cuando hizo
situar a su figura detrás de la figura de la mujer; notó una
respiración fuerte y ronca, que salía de su boca. Esta parte del
juego tenía limitación de tiempo, por lo que tendría que actuar
contra el reloj. Sacó un cuchillo del interior de su chaqueta.
Tapando la boca de Polly con una mano, le abrió malignamente la
garganta de oreja a oreja. En la pantalla aparecieron unas líneas
de color rojo brillante, pero apartadas de él. Buena cosa. No se
había manchado de sangre. Ahora venía la parte más dura.
Tendió a la mujer en el suelo y la empezó a destripar, abriéndole
cuidadosamente el abdomen casi hasta el diafragma y
manteniendo la mirada sobre el reloj. Terminó con veinte
segundos de ventaja y movió a su figura, alejándola triunfalmente
del policía que se acercaba poco a poco. Una vez hubo
encontrado la primera fuente pública donde lavarse, concluyó la
primera parte.
Su figura quedó de nuevo centrada en la pantalla. Esta vez, la
figura que se acercó fue Annie La Sombría y él la llevó a la calle
Hanbury. Pero esta vez se olvidó de taparle la boca cuando la
apuñaló y ella pudo soltar un grito; un grito estridente y terrorífico.
Inmediatamente la pantalla empezó a relampaguear con una
tonalidad roja brillante mientras resonaban los ensordecedores
pitidos del silbato de un policía. Dos agentes se materializaron
uno a cada lado de su figura y lo sujetaron firmemente por los
brazos. Un nudo de horca se agitó en la pantalla mientras sonaba
una marcha fúnebre. Y la pantalla se oscureció.
Se quedó mirándola, temblando, sintiéndose agitado y enfermo,
y se maldijo amargamente a sí mismo. ¡Había cometido un error
de principiante! Había sido demasiado impaciente. Enfadado,
metió otra moneda en la ranura.
Esta vez anduvo con mucho cuidado al acercarse a Kate,
logrando acumular puntos de ventaja y no cometer errores fatales.
Ahora estaba sudando y tenía la boca seca. Le dolían las
mandíbulas a causa de la tensión. Era realmente difícil vencer al
reloj en esta parte y requería una intensa concentración. Se
acordó de hacer cortes en los párpados, lo cual era esencial;
sacar los intestinos y ponerlos encima del hombro derecho no era
demasiado duro, pero cortar correctamente el riñón... eso era
espantoso. Finalmente el reloj le ganó y tuvo que quedarse sin el
riñón, lo cual le costó una pérdida de puntos. Estaba tan
desconcertado que casi tropezó con un policía al avanzar por los
callejones que conducían a Mitre Square. Los obstáculos fueron
haciéndose más difíciles a medida que superaba cada parte con
éxito y ahora la cosa se estaba poniendo particularmente dura,
porque el tiempo se acortaba y era necesario evitar a los
enjambres de mirones, a los periodistas, a las rondas de comités
de vigilancia y a un mayor número de policías. Nunca había
encontrado aún la calle correcta para Mary La Negra...
Una voz gritó «última partida» y poco después su hombre fue
atrapado de nuevo. Dio un manotazo a la máquina con frustración
y después se arregló el vestido y cogió la cartera de mano. Echó
una mirada a su Roloflex. Las diez y cinco minutos: era temprano
aún. Las máquinas parpadearon desde sus puestos mientras los
últimos clientes salían por las puertas de cristal. El los siguió
hasta la calle. Una vez fuera, bajo el cálido aire nocturno, empezó
a pensar de nuevo en el juego y a planear su estrategia para el
día siguiente, reparando sólo superficialmente en los borrachos
que farfullaban en los portales, en las busconas ligeras de ropa de
la esquina. Tenues luces de neón que anunciaban locales de cine
porno, librerías para «adultos» y pensiones de baja categoría
desfilaron ante sus ojos como imágenes de video, y sus dedos
oprimieron imaginarios botones y palancas mientras se abría paso
a través de las poco recomendables multitudes de última hora de
la noche.
Se metió por un callejón estrecho, que se adentraba en las
sombras, y después se detuvo y se apoyó de espaldas contra los
fríos y húmedos ladrillos. Hizo girar las tres esferas de la
combinación del cierre, dejando cada una en su número
adecuado, y abrió la cartera de mano.
La máquina; había pensado en ella durante todo el día en el
trabajo; había pensado en ella hasta el último segundo mientras
esperaba impacientemente que fuesen las cinco y ahora había
tenido y perdido otra oportunidad, y aún no la había vencido.
Rebuscó entre los papeles de la cartera y sacó un largo y pesado
cuchillo.
Esta noche practicaría y mañana derrotaría a la máquina.
FIN
Título original: Spring-Fingered Jack ©1983
Edición digital: Questor
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