CUANDO me ofrecieron esta misión dudé. A trescientos millones
de kilómetros de distancia; posado como una gaviota en un témpano de hielo de
10 kilómetros de diámetro, que danza silenciosamente alrededor de su planeta
madre a razón de cincuenta kilómetros por segundo, con seis meses de día (un
día gris, fúnebre) y. seis meses de noche indescriptible, en la que sólo
penetran las glaciales miradas de los lejanos astros, no era una opción muy
atractiva que digamos.
Lo peor no era esto. La misión tenía que desempeñarla SOLO,
así, con mayúsculas. No era la primera vez que me enfrentaba al gran vacío, a
la verdadera noche infinita donde el azul, el rojo, el blanco... son conceptos
del hombre arraigado a la Tierra.
En esta ocasión, quizás por cansancio, o porque habían pasado
algunos años sobre mis hombros, no me resultaba muy atractivo el trabajo.
Lo que más me golpeaba era, váyase a saber por qué. la
perspectiva de estar solo. No, no es que no lo hubiera experimentado antes, aunque
casi siempre se procuraba que fueran dos los encargados de estas tediosas
misiones exploratorias.
Así lo planteé a mis superiores. Utilicé toda clase de
razonamientos, gasté parsecs de energía mental para convencerlos, pero todo fue
inútil. Siempre. la misma sonrisa irónica y la frasecita:
-¿Te estás poniendo viejo? ¿O acaso tienes miedo?
Me picaba el orgullo. ¿Miedo yo? ¿Viejo yo? Quizá tuvieran
razón pero yo soy más testarudo queun mulo (animal prehistórico utilizado por
el Hombre Antiguo para cargar pesados fardos, que cuando se empecinaba, no se
movía ni con candela). Así que Insistí tanto que ¡al fin! logré una promesa: “Tratarían de resolver la
situación”.
Llegó el día de la partida. Hasta el último momento me
mantuvieron en la zozobra. Poco antes de entrar al elevador que me conduciría
hasta la flamante navecilla cósmica, llegó el oficial al mando de la operación,
leyó en mis OJOS la interrogación muda, sonrió y dijo:
-Ya Ella está arriba. ¡Buena suerte!
Nos las manos. No sé por qué el corazón me batía alocado en el
pecho. Subí al elevador y mientras ascendía no pude evitar un indignado
pensamiento: -¿Por qué c... les gustará tanto el misterio?’
Entré en la nave. Tenía que cumplir el ritual de siempre.
Chequear la hermeticidad. La atmósfera artificial, etc. Una ver dado el visto
bueno me acomodé en el sillón de mando y esperé.
Todo transcurrió como es usual en estos casos. Un gran tirón
hacia atrás y en menos de lo que se cuenta la ingravidez. A partir de este
momento comenzó a funcionar la débil gravitación interna de la nave que nos
permite sentirnos como “en casa” sin temor a ganarnos unos cuantos golpes o
magulladuras.
El piloto automático, una pequeña pastilla microprocesadora,
se ocuparía de corregir cualquier desviación de vuelo, hasta situarnos en la
órbita deseada.
Me disponía a levantarme para descansar un poco, cuando una
voz chillona, demasiado pera mi gusto, se dirigió a mi a través del, magnetófono:
-¡Bienvenido Capitán! Le habla Ella, su compañera de viaje.
Tengo preparado su baño. Después podrá descansar un poco y más tarde me
presentaré ante usted. Cambio.
-Entendido -contesté, no sin cierta aprensión.
¿Dónde estaría Ella? Me habla hablado desde el dormitorio y
hacia allá me dirigía. No recordaba que hubiera mas espacio en la nave. ¿Cómo
era posible entonces el no encontrarnos?
Lo cierto es que me sentía cansado y opté por hacer Io
indicado. Me di un baño y me acosté. Dormí.
Varias horas estuve sumido en un profundo sueño. A pesar de
ello, sentía una presencia ajena que velaba junto a mí. Incluso, en algún
momento, al moverme en la cama tropecé con alguien a quien en mi subconciente
di un nombre: Ella.
Cuando desperté mis sentidos fueron golpeados por agradables
sensaciones. El dormitorio estaba perfumado, en la mesa deliciosos “manjares”
cósmicos atraían la vista con su colorido y aromas.
¡Esto va bien! Empiezo* a creer que mis jefes hicieron una
magnífica selección al enviar a Ella. Desayuné opíparamente. Satisfecho, me
arrellané en el butacón y accioné el sistema de comunicación general:
-¡Aquí, Capitán de la nave llamando! Ella, preséntese en mi
cámara inmediatamente.
Repetí el llamado varias veces hasta que Ia misma estridente y
chillona voz contestó:
-Recibido, Capitán enseguida estaré con usted.
Esperé unos minutos que m parecieron eternos. Al fin, se abrió
la portezuela y entró ella.
De talla mediana, con largos cabellos rubios que caían sobre
sus hombros, donde nacían unos delicado y bien formados brazos, graciosamente acomodados en los flancos de su
cuerpo, notable por sus prominente
aunque no exageradas caderas, estaba mi compañera de viaje.
Sus ojos, azules, de un azul metálico, tenían una expresión
difícil de precisar, algo indefinible que me turbó un poco.
Su nariz y sus rosados labios (sin cosméticos, ese pigmento
venenoso que usaban las mujeres del mundo antiguo para “realzar” su belleza)
hacían un conjunto armonioso difícil de describir.
La recorrí con mi vista una vez más y quedé aun más satisfecho
en ese segundo examen.
-Siéntese compañera Ella -dije.
-Gracias, capitán.
Se acomodó en una butaca frente 8 mi y me miró amablemente.
¡Maravillosa!, pensé. Sólo me resultaba desagradable su voz
bastante aguda, aunque personalmente no era tan estridente como a través del
magnetófono.
-Debido a la precipitación con que me avisaron no pude
presentarme antes a usted.
-Lo sé -contesté-. Para mí ha sido una verdadera sorpresa muy
agradable por cierto, que me dieron a última hora.
Al decir esto y por más que quise evitarlo, mis ojos la
devoraban como el Lobo a la Caperucita Roja.
Reprimí mis tumultuosos pensamientos y comencé el
interrogatorio de rigor en cuanto a origen, nivel de conocimientos, etc., etc.
Aunque todo esto me importaba un comino, pues la nave era una
obra perfecta de la ingeniería humana. Lo fundamental para mí era y lo sería
con más fuerza a partir de haberla viste, su compañía, su presencia, en todo momento,
durante este largo viaje.
Después de contestar mis preguntas, casi todas con una
precisión matemática y algunas, las menos, sin precisión alguna, de lo que yo
hice el menor caso, Ella, me echó este pequeño discurso:
-Capitán, esta misión es muy importante. Lo sé, y usted fue
escogido por su gran pericia y confiabilidad. Mi papel a su lado, es el de
garantizar que la soledad, tan mala consejera para el hombre, no pueda
menoscabar el buen éxito de su trabajo. En mí encontrará usted todo lo que
necesita: conocimientos básicos para discutir con usted variados temas, la
mujer hacendosa que le haga la cama, prepare su baño y comidas, cuide su ropa
y... todo lo demás. Esa será mi contribución a esta importante misión.
Calló. La miré a los ojos. Me asustó un poco la frialdad, la
disciplina, la obediencia que emanaba de aquella mirada. Yo cambiaría el hielo
por el fuego, con mi amor, mi pasión (ya desatada y quizás desmedida).
Con todos los recursos de nuestra supercivilización a la mano,
la misión que me fue encomendada se desarrollaba sin mayores tropiezos. En
cierta ocasión, el refractor me dio colores inusitados. Empecé a creer en algún
factor misterioso entre objeto-sujeto. Y así fue: Ella había sacado al espació
exterior sus diminutos panties multicolores y éstos se hablan enredado un el
lente de mi equipo.
En otra ocasión creí ver dos ojos luminosos observándome a
través de la escotilla. Su penetrante mirada metálica me causaba escalofríos.
Los estudié atentamente, tomé fotos seriadas y al analizarlas descubrí que sólo
se trataba de dos latas de judías que flotaban cerca de la nave y reflejaban la
luz cegadora de mi querido satélite. ¿Que cómo habían ido a parar allí? ¿No lo
suponen ustedes? Ella las habla lanzado al espacio exterior en lugar de
cocerlas en el horno para desperdicios. Y así, muchas cositas más, que harían
interminable la relación.
Nada había pues de maravilloso, a no ser nosotros mismos.
Todo estaba perfectamente programado.
Desde la operación más compleja hasta la más insignificante, Y
el descanso también por supuesto. El verdadero descanso, música sideral (muy
suave). Relajamiento muscular y nada de conversación. Esto en honor a la verdad
cósmica no se podía lograr. Imposible. Ella no me dejaba. Hablaba y hablaba
sin parar y cuando le hacía sentir mi condición de Capitán al mando, se
callaba, casi, y digo casi, pues mantenía un murmullo zumbón que me recordaba
al ruido de las abejas en su colmena.
Lo “otro” también estaba normado. A pasar de la distancia, era
inviolable la regla de hacerlo periódicamente: ni antes, ni después.
Confieso que una o dos veces quise violar la norma pero Ella
era inconmovible. I ¡No, no y no! Si no estaba programador ni hablar.
¡Ah! Pero cuando se podía. Bueno... ¿Para qué intentar
describirlo? Me sería imposible. ¿Comprenderían ustedes si les dijera que era
como si estallara una supernova a mis pies?
No, no lo entenderían. Había que vivirlo. Pasar por esa
increíble experiencia. Ser yo y estar con Ella.
¡Cuánta ternura! ¡Cuánta pasión al mismo tiempo!
Después de esas cósmicas explosiones amatorias, me invadía
una lasitud que duraba varias horas. A Ella le sucedía todo lo contrario, se
quedaba como si nada y yo diría que con más deseos de trabajar y de “hablar”
que antes.
Llegué a tomarle cariño. Era una parte integral de mi paisaje,
de mí pequeño mundo flotante y también de mi ego. Cada día la necesitaba más.
Y la sentía más cerca de mí. Tomé dos determinaciones: la primera, romper con
mi leyenda de solterón empedernido y la segunda no decírselo a Ella hasta
nuestro regreso a la Tierra.
El viaje de retorno se hizo sin tropiezos. Por mí parte muy
contento, no sólo por haber cumplido el programa sino por el vuelco radical que
Iba a darle a mi vida de lobo solitario.
Aterrizamos en un cosmodromo pequeño, perdido en medio del
desierto. Nuestro arribo fue ignorado por completo. Solamente el Jefe de la
misión que me había despedido al partir estaba presente.
Esperó que nos acercáramos más y avanzó unos pasos hacia
nosotros. Me sonrió con malicia, observó a Ella con curiosidad y dijo:
-¡Bienvenidos! ¿Están bien?
-¡Maravillosamente! -respondí yo por ambos. Y añadí:
-¿Todo bien, comandante?
-¡Perfectamente! -Extendió sus manos y con la mía aún entre
las suyas preguntó:
-¿Qué planes tiene?
-Me alegra su pregunta, comandante. Eso me facilita
contestarle y al mismo tiempo darle una sorpresa a Ella.
Le rodeé el talle con mi brazo y continué:
-Me he cansado de estar solo. Quiero casarme con ella.
La observé en espere del efecto de mis palabras, pero no hubo
nl el más ligero cambio en su expresión.
-¿Qué dices, Ella? -pregunté ansiosamente.
El comandante se anticipó a Ella y me dijo:
-Me temo que eso no podrá ser, capitán.
-¿Cómo? ¿Por qué?
--Porque aún no han sido autorizados los matrimonios con
humanoides. Capitán, Ella es un autómata...
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