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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

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Robert Bloch - Una botella de gin



El señor Collins subió la escalera. Su barbilla carnosa, sus orejas largas en forma de trompo, sus ojillos inyectados en sangre, le daban el aspecto de un conejo asustado. Temerosamente, como un conejo, miró por encima del hombro, y se escurrió a la madriguera del edificio.
El pequeño y paticorto señor Collins recorrió un largo pasillo. El corredor del museo estaba desierto, y no obstante sus ojillos sonrosados se movían asustados. Con un suspiro de alivio, se dirigió a una puerta que tenía el letrero: «Oficina del gerente», y pasó al interior.
La joven secretaria se puso en pie con una mirada de vaga solicitud.
-Tom... -exclamó-. Tom, ¿dónde has estado? Me has tenido angustiada estos tres últimos días. ¿Por qué no me llamaste?
El señor Collins le dirigió una mirada fugaz.
-Lo siento, Edith. Ahora no puedo darte explicaciones. ¿Está el doctor?
La joven salió de detrás de su escritorio. Sus labios no se curvaron solícitos sino súbitamente burlones.
-Tom..., has vuelto a beber. Claro, has pillado otra borrachera. ¡Mira cómo estás! Eres un pingajo. Supongo que llevas estos tres días sin acostarte.
-Exacto -gruñó el señor Collins-. No me he acostado, pero no es por lo que piensas, querida Edith. seguro. No he bebido una sola gota...
-¡Hum...! -gruñó despectivamente Edith.
Fue un sonido poco grato y el señor Collins parpadeó. Luego se enderezó.
-He de ver al doctor Sweet al momento -insistió.
-Está ocupado. No es posible molestarle. Y ahora, Tom, mírame. Quiero que me expliques ahora mismo dónde has estado, qué has hecho y...
El señor Collins, de pronto, corrió hacia la puerta del despacho interior. La cerró tras de sí con su sudorosa mano.
Se quedó de pie, jadeando, en el despacho privado del doctor Sweet. El santuario del gerente era necesariamente amplio. La estancia se hallaba atestada de objetos. Filas de libros. Estantes con libros. Montones de libros. Estatuas. Ídolos. Figuritas. Mesas llenas de redomas. Mesas llenas de jarrones. Mesas llenas de botellas. El suelo estaba alfombrado con papeles y manuscritos. El escritorio del centro de la habitación se hallaba totalmente invisible bajo una aglomeración de objetos a cual más diverso.
El señor Collins tardó casi un minuto en divisar la figura del doctor Sweet, enterrada detrás del amontonamiento caótico del escritorio. Luego, el doctor se puso en pie, como deseando dar plena cuenta de su presencia.
-¿Y bien? -exclamó.
Sus manos ascendieron hacia una frente abombada y una mata de rebelde pelo blanco. Finalmente, hallaron un par de gafas, que el doctor Sweet bajó al nivel de los ojos.
-¡Por Bel y Astarté! -exclamó-. ¡Collins!
El pequeño señor Collins dio un paso al frente y tragó saliva.
-He vuelto -anunció innecesariamente.
-Ya lo veo. Que me queme en la boca de Moloch si no lo veo. Bien, ¿lo tiene? ¿Lo ha traído?
-Aquí está.


El señor Collins hurgó dentro de su chaqueta y extrajo un objeto envuelto en papel de seda.
El doctor Sweet lo cogió con cuidadosa premura. Lo desenvolvió y lo sostuvo entre sus manos.
-¡Perfecto! -alabó-. Coreano primitivo. Este jarro completa la colección. ¡Por la Kábala, que es una joya! Le felicito.
El señor Collins palideció.
-Sería mejor que me expresase sus condolencias -susurró.
-¿Por qué?
-¿Por qué? ¿No lo sabe?
-Hijo, he estado muy ocupado. Sí, muy ocupado. Repasando mi colección. Ya hace tres días..
-Bien, pues mientras usted repasaba su colección, yo pasaba por un infierno.
-Muy interesante -el doctor Sweet se volvió, acariciando el jarro-. Ya me lo contará en otro momento, pero ahora estoy muy atareado. Perdóneme.
-Oiga, doctor Sweet -la voz de Collins era tensa-, si no me escucha ahora, tal vez no haya otro momento.
-No diga más sandeces, hijo. Le pedí que fuese a la casa del señor Sung a comprar este jarro. Y lo ha traído. Lo que estuvo haciendo durante esos tres días no me interesa. Seguro que no ha hecho más que tonterías.
El viejo doctor carraspeó de pronto, imitando una risita.
Collins perdió los estribos.
-¡Usted me asquea! -gritó-. ¡Usted y su secretaria! Conque haciendo tonterías, ¿eh? De modo que emborrachándome, ¿verdad? Pues sepa que durante los tres últimos días estuve en el Metro para defender mi vida.
-Los Metros son muy peligrosos -observó el doctor Sweet-. Nunca los cojo.
Collins exhaló un gemido.
-¡Métase esto en la cabeza! -rugió-. Cuando subí a casa de Sung a comprar este jarro, robaron abajo. Unos bandidos atracaron la tienda de antigüedades y nosotros los oímos. Sung bajó rápidamente tras ellos y lo mataron. Luego me vieron con el jarro en la mano y me persiguieron... Eran tres. Tres gorilas.
-¡Dios mío! -rió el doctor, como intentando apaciguar a un niño-. Debían querer apoderarse de aquella magnífica colección de antigüedades de Sung.
-Naturalmente -casi gimoteó Collins-. Pero esto no importa. Lo que sí importa es que también querían acabar conmigo.
-Este jarro vale indudablemente veinte mil pavos -sonrió el doctor-. No les censuro. Por Eblis, que no les censuro.
Collins musitó algo para su capote y continuó:
-Bien, corrí hacia la salida trasera y me encaminé al Metro. Me siguieron. Durante estos tres días les he estado esquivando de tren en tren. Me han perseguido por turnos. Ya me los sé de memoria. Naturalmente, no podía acudir a la policía porque no tengo pruebas de que Sung me vendiese el jarrón antes de ser asesinado. Por tanto, tuve que continuar cambiando de un Metro a otro hasta que conseguí despistarlos, sin dormir, sin descansar, sin comer ni...
-¡Terrible! -comentó el doctor Sweet dejando cuidadosamente el jarrón en un estante-. Bien, esta joya ya está a salvo. ¿Por qué no se marcha a su casa y se afeita? Ofrece un aspecto lamentable.
El señor Collins bailoteó de miedo por la estancia.
-Mi aspecto será mucho peor si me atrapan -contestó-. No quiero irme por si están esperándome fuera.
-¡Por los Cuatro Libros! -exclamó el doctor-. Esto es muy excitante, ¿eh? Yo, en su lugar, no saldría.
De pronto, Collins se hundió en una silla.
-¿Qué le pasa?
-Me muero -gruñó-. Me muero de hambre. Por favor, deme algo que comer.
-Me quedó un bocadillo del almuerzo, y está en la otra habitación -murmuró dudosamente el doctor Sweet-. ¿Le gusta el jamón picado?
-Me tragaré lo que sea -jadeó Collins.
Bruscamente, el hombrecito se fijó en la hilera de botellas y latas del escritorio. Había frascos altos y pequeños, algunos tapados y otros abiertos. Verdes y pardos.
-Esto es lo que necesito -murmuró para sí-. Un trago.
-¿Qué dice? -inquirió el doctor, deteniéndose en el umbral.
-Sólo le he preguntado qué hay en aquella botella.
Collins levantó un dedo al azar, indicando una botella en forma de huso que estaba un poco separada de las demás, a un lado de la mesa.
-¿En aquella botella? -repitió el doctor, mirando a Collins con curiosidad.
-Sí.
El doctor Sweet pronunció una sola palabra. Y salió del cuarto.


Dos segundos más tarde, Collins estaba junto a la mesa. Sus frenéticos dedos asieron la botella y arrancaron el apretado corcho. Luego se llevó apresuradamente el gollete a sus labios y bebió con avidez. Por fin. volvió a hundirse en la silla.
Cuando el doctor Sweet regresó al despacho, halló a Collins derrumbado en su asiento con una expresión sumamente peculiar en su rostro.
De repente, Collins hipó.
El doctor ignoró aquel ruido y alargó un bocadillo.
-Aquí tiene el jamón picado -anunció.
Collins miró el ofrecimiento con aversión.
-No lo quiero -gruñó.
-¿Cómo?
Collins volvió a hipar.
-¿Le ocurre algo?
-Hip...
-Collins, ¿qué le pasa?
-Hip...
El doctor Sweet sacudió al hombrecito por los hombros.
-¿Qué ha hecho? -exigió.
-Tomé... Hip... un trago de aquella... hip... botella de gin...
-¿De gin? -se asombré el doctor Sweet-. ¡Por las barbas de Alá! Allí no hay ginebra.
-Usted lo dijo antes de ir en busca del bocadillo -le acusó Collins-. Usted me dijo... Hip... que había gin en aquella botella.
-¡Por los grandes derviches brincadores!
-¿Qué... Hip... ocurre?
-Yo no dije que hubiese gin en la botella.
-¿No?
-No. Dije que dentro había un djinn.
El doctor Sweet entornó los ojos.
-Un djinn -repitió-. Un genio. Un espíritu elemental encerrado en esa botella. ¡Y usted se lo ha tragado!
Collins asintió débilmente.
-Sólo tomé un trago -susurró-. Y algo duro descendió hacia mi estómago. Hip...
-¡Santo cielo! -gimió el doctor-. Uno de mis mejores tesoros. Una botella que tiene cientos de años de existencia. Pescada en el golfo Pérsico. Y siempre he tenido buen cuidado de tenerla cerrada. Si se les libera, estos djinn son mortalmente peligrosos. Por esto Salomón los aprisionó, y ahora va usted y se traga uno.
Collins se puso en pie tambaleándose.
-¿Quiere decir que tengo un tipo en el estómago? -chilló-. ¡Pues sáquemelo de ahí!
La excitación ahogó su hipo.
El doctor Sweet se pasó una mano por su algodonoso cabello.
-Creo que será imposible -murmuró. Tras una leve pausa agregó-: ¿No lo entiende? Si liberamos al djinn se volverá salvaje. No, tiene que conservarlo dentro de su estómago.
-¡No en mis días! -anunció Collins-, ¡Quiero tener alimentos en mi estómago, no un enano!
-Sí, esto es -asintió el doctor-. El djinn es muy pequeño cuando está encerrado, pero una vez que se le suelta, su sustancia se expande como una nube de humo y se convierte en una inmensa columna en forma humana. Tal vez de veinte metros de altura. Y sólo ansía destruir, matar, derribar.


Collins no le escuchaba. Estaba muy atareado metiéndose un dedo por la garganta.
El doctor Sweet dio un salto para cogerle la mano.
-¡No haga eso! -advirtió-. ¡Se escapará!
-Eso quiero. ¿Piensa que voy a pasear por ahí con este... monstruo en mi interior? Haga que vuelva a la botella.
-Ojalá pudiera -pirá el doctor-. Pero no querrá volver. A partir de ahora, usted será su botella.
-¿Yo? -Collins se contempló la panza-. O sea que soy una botella humana para un demonio oriental.
-Eso temo. Bien, tendremos que encontrar un medio para solucionar esto.
Collins miró ávidamente el bocadillo de jamón.
-Tengo tanto apetito...
Alargó la mano hacia el pan.
-No puede comer ahora -el doctor Sweet le golpeó la mano-. ¿No lo entiende? La comida desplazaría al djinn.
-¿Qué hacemos, pues? ¿Bombear el estómago?
-Ni hablar de eso... ¡claro que no!
-Pues tiene que pensar algo rápidamente.
-Lo sé, lo sé -el doctor se fue hacia la ventana, con la cabeza inclinada. De pronto dio media vuelta-. ¿Ronca usted?
-¿Si ronco? ¿Qué tiene que ver .?
-¿Ronca usted? -repitió el doctor.
-Supongo que sí.
-Entonces -decidió el doctor-, tendré que prohibirle que duerma. Porque si se duerme y abre la boca, el djinn saldrá.
-¡Oh! -rezongó Collins-, Pues sí que me ayuda usted.
-Naturalmente -musitó el doctor-, usted puede formular tres deseos.
-¿Tres deseos?
-Sí. Los djinn tienen la costumbre de ofrecer a sus captores tres deseos antes de ser liberados, Podría hacer un trato con este djinn.
-¿Cómo?
-Tal vez pueda hablar con él -sugirió el doctor.
-¿Hablar con mi propio estómago?
-Igual que hacen los ventrílocuos.
El señor Collins respiró lentamente.
-De acuerdo -musitó-, de acuerdo.
Calló un instante. Luego, su voz pareció retroceder en su garganta.
-Eh, ¿estás ahí abajo?
Por la boca de Collins surgió un sonido. No era su voz, pero hablaba algo. Una voz hueca. Una voz de ultratumba.
-Sí, mi amo.


La respuesta desconcertó a ambos hombres. Collins se estremeció. Cuando intento continuar, descubrió que su voz temblorosa no sabía qué decir. ¿Qué podía decirle, en efecto, a un djinn en tales circunstancias?
-¿Qué tal..., qué tal por ahí abajo? -fue la única estupidez que se le ocurrió.
-Muy mal, mi amo. Por favor, déjame salir.
-Quiere salir -susurró Collins.
-Es natural -asintió el doctor.
-¿Y mis tres deseos? -pregunto Collins.
La voz procedente de su estómago se tornó más suave:
-Claro está, mi amo. Tres deseos... los que tu querida presencia anhele.
Collins volvióse hacia el doctor Sweet.
-¿Ha oído? ¿Y si deseo que vuelva a la botella?


Sweet meneó la cabeza.
-No serviría de nada. Temo que esto sería como deshacer el pacto.
-Sí, opino lo mismo.
El doctor asió a Collins por los hombros.
-Pensándolo bien, no creo que le sirva de nada desear algo. Porque al cumplirse el tercer deseo, el djinn saldrá.
-Podría formular sólo dos deseos...
Les interrumpió una voz Era el djinn:
-¿Me libertarás después, mi amo?
-He de reflexionar -respondió Collins.
Miró hacia la ventana con un suspiro de desesperación. De pronto, hizo girar los ojos en sus cuencas.
-¡Allí! -jadeó-. ¡Allí abajo!
-¿Qué pasa?
-¿Ve a aquellos tres tipos?
-Sí.
-Son los gorilas que me persiguen. Van a entrar... He de largarme de aquí.
-Pero el djinn...
-¡Me importa un bledo!
Collins corrió hacia la puerta.
El doctor corrió tras él.
-¡Eh! -le gritó-. ¡Llévese esto! ¡Y buena suerte!
Le tendía la botella y el tapón. Collins lo cogió todo apresuradamente.
-Y recuérdelo -le advirtió el doctor Sweet-. No permita que le maten ni nada por el estilo, porque el djinn escaparía por los agujeros de las balas.
Con un sollozo, Collins cruzó el umbral.


La chica de la recepción le contempló con mirada helada. Sus ojos se posaron en la botella que Collins apretaba bajo el brazo.
-¡Ya! -le acusó.
-Pero, Edith..., está vacía. ¿Lo ves?
Collins la puso boca abajo.
-Naturalmente, ahora sí. Te la has zumbado de un trago, ¿eh?
-No bebí ni una gota -tartamudeó Collins.
Pero sonó otra voz:
-¿Quién es esta hurí, mi amo?
Edith dio media vuelta.
-¿Qué has dicho, Tom?
-¿Deseas destruirla, mi amo? -interrogó el djinn.
-No, no... nada, nada -respondió Collins al mismo tiempo que hablaba el genio.
Aquel esfuerzo fue excesivo y volvió a hipar.
-Tom, estás enfermo.
-Me duele el estómago -asintió Collins.
-Te daré un poco de bicarbonato -se ofreció Edith, menos arisca.
-No, no... A él no le gustaría.
-¿A quién no le gustaría?
-Pues a..., a eso que tengo dentro -balbuceó Collins.
Luego, se rehízo.
-¿Estás majareta, Tom?
-¡No lo sé! -los ojillos del hombrecillo parpadearon rápidamente-. ¡Quiero salir de aquí! ¡De prisa! O me atraparán dentro de un momento.
-¿Qué te pasa, Tom Collins? Ya sé lo que te pasa: estás como una cuba.
-Contén tu lengua, víbora -la interrumpió la voz del estómago.
Edith abrió la boca y Collins aprovechó aquel respiro para huir hacia la puerta.
Tambaleándose por el pasillo se acercó a la salida. Allí se detuvo, súbitamente aterrado.
De pie en los peldaños de la calle se hallaban los tres individuos: el forzudo del abrigo azul, el alto y delgado que llevaba sombrero, y el caballero gordo y feo con las manos metidas significativamente dentro del bolsillo de la chaqueta.
Collins contempló los tres semblantes de mejillas azulíneas. Vio los apretados labios y los ojillos chispeantes; divisó un conjunto de nudillos peludos, mandíbulas proyectadas al frente y cejas muy pobladas.
Esperaban a que saliese.
Collins se metió la botella en la chaqueta. Luego se agazapó junto al portal y se enjugó la frente.
«Que esperen», decidió. Era obstinado. Mientras él estuviese dentro y los otros fuera...
Pero no pensaban quedarse fuera.
Collins les vio hablar entre sí. El del sombrero susurró algo, gesticulando de manera harto significativa hacia el edificio. Luego, los tres dieron media vuelta y empezaron a subir lentamente los peldaños.
-¡Oh..., oh! -suspiró Collins.
-¿Mi amo? -inquirió la voz del estómago.
Pero «mi amo» no tenía tiempo de contestar. Con un valor hijo de la desesperación, Collins decidió jugarse el todo por el todo. Si lograba cruzar por entre los tres, mientras subían...
Salió disparado del edificio y bajó como un rayo. Ellos le vieron y trataron de esquivarle. Pero Collins cargó contra los tres, arrojando el peso de su desmedrado cuerpo contra el caballero gordo del centro.


Con un gruñido de sorpresa, el gordo trastabilló. Sus dos compañeros se enredaron con sus piernas y cayeron sobre los escalones.
Collins saltó sobre aquellos cuerpos y siguió corriendo. Ya en la acera se volvió. Los tres se habían levantado ya, y ahora el gordo blandía una pistola. No la blandió mucho, sino que empezó a apuntar. Y la apuntó directamente al sitio de Tom Colllns donde pudiese hacerle más daño.
Collins miró salvajemente a su alrededor en busca de un agujero en la acera. No había ninguno. Ningún lugar donde ocultarse, ningún sitio adonde correr en busca de refugio. Estaba al descubierto; era un blanco visible.
-¡Estoy listo! -gruñó al fin.
-¿Qué, mi amo?
La voz llegó a través de una bruma. Y entonces, Collins se acordó.
-Djinn -masculló-. Ahora ha llegado la ocasión de que demuestres tu poder. Deseo que te cuides de esos bebés.
-Escucho y obedezco -repuso el djinn con estilo muy oriental.
Casi sin voluntad, Collins echó a correr hacia el tipo que empuñaba la pistola.
Los tres bandidos le contemplaron atónitos. El gordo afinó su puntería, listo para disparar. Y entonces...
Collins sintió cómo sucedió La sensación de aumento pasando por su garganta. El trío que tenía delante vio lo que sucedió.
Y se quedaron boquiabiertos ante la boca de Collins. Era una boca pequeña, pero de la misma salió proyectada la lengua más monumental del mundo. La lengua... o algo.
Algo..., algo largo y negro. Algo musculoso y amenazador. Algo que se retorcía como una serpiente de humo, y que se hinchaba hasta unas dimensiones inverosímiles al salir de la boca abierta de Collins. Algo que se agitaba en el aire, alargando unas garras y un puño.
-¡Cuidado! -chilló el delgado, de pronto-. ¡Echa fuego por la boca! ¡Le sale humo!
 Pero no era humo lo que se proyectó a unos cuatro metros por delante del atacante Collins.
El gordo lo comprendió cuando sintió la negra columna contra su barbilla. En realidad, no tuvo ocasión de comprender nada antes de caer derribado al suelo.
La pistola se escapó de su mano. Su compañero más robusto la recogió y soltó una maldición.
-¡Ahí va eso! -gritó.
Una bala salió disparada contra la negra columna que surgía de la garganta de Collins. El proyectil dio en el blanco, pero la zarpa oscura de humo se limitó a revolotear encima de su cabeza y descendió.
Se oyó el ruido de una nuez al ser partida, ampliado diez veces.
-¡Eh! -chilló el tercer granuja, cuando Collins se volvió y el horrible miembro se proyectó una vez más-. ¡Sagrado Moisés!
Pero Moisés, santificado o no, no hizo nada por ayudarle. El negro tridente descendió y envió al último individuo a reunirse con sus compañeros en la acera, en confuso montón.
Lentamente, la emanación fue desapareciendo de nuevo al interior de la garganta.
Collins permaneció quieto un instante, frotándose la dolorida mandíbula.
-¡Diantre! -exclamó-. ¿Cómo lo has hecho?
-Es muy sencillo, mi amo. «Oír es obedecer.»
-¿Realmente es éste tu brazo? -se asombró Collins, débilmente.
-En efecto. ¿Acaso no tengo muchos codos de estatura?
-No me hables de esto. Me revuelve el estómago sólo pensarlo.
-¿Y tus otros dos deseos? -prosiguió la voz del djinn-. ¿Tal vez quieres pastillas para el dolor de estómago? -añadió con sarcasmo.
-Oh, no, no -rechazó Collins-. Necesito refiexionar un poco más.
-¡Pero yo deseo verme libre de esta prisión! -se quejó el djinn-. Yo no soy Jonás.
-Ni yo la ballena -replicó Collins-. Créeme, esto me fastidia más que a ti.
Era verdad. Collins padecía un terrible dolor de estómago. El djinn no hacía más que dar vueltas en su interior. «Bien -meditó el pobre-, si podía estar dentro de la botella, es porque puede reducirse a unos doce centímetros. Sin embargo, me molesta muchísimo.»
Demasiado para Collins. Pero por el momento, tenía que cavilar en otros asuntos.


Volvió a echar una ojeada hacia las tres figuras tumbadas en la acera. Empezó a temblar, pensando en lo que podía haber ocurrido si algún transeúnte hubiese pasado por la calle mientras tenía lugar el combate.
-He de alejarme de aquí antes de que pase alguien -musitó.
A buen paso llegó a la esquina. Durante diez minutos continuó con el mismo paso, antes de aflojarlo un poco.
Mientras tanto, a cada instante que transcurría se daba más y más cuenta del lastre que llevaba bajo el cinturón. El djinn, que no estaba acostumbrado a aquel ambiente en que se hallaba, se paseaba indudablemente de arriba abajo.
-¿Quieres, por favor, dejar de andar de este modo por mi interior? -suplicó Collins, esperando que no le oyese nadie más.
-¿Es otro deseo? -preguntó el djinn.
-No. Oh, déjalo...
Collins se encogió de hombros. Una anciana que andaba delante de él volvió la cabeza. Collins cerró la boca y trató de aparentar serenidad.
Pero no tuvo tiempo. De entre sus labios se escapó un hipo.
-Perdone -murmuró Collins.
-Y a mí también -añadió la voz del estómago.
La mujer giró de nuevo la cabeza.
-¡Maldito borracho! -refunfuñó.
Collins enrojeció.
-¡Ojalá que...!
No, no podía decirlo. Tenía que andar precavido con sus deseos. No podía decir que ansiaba dormir, comer o tener un momento de paz. De lo contrario, el precio seria demasiado grande.
Pero tenía que hacer algo. Y rápidamente. Collins comprendía la imposibilidad de su situación. Tenía que hacer algo con el djinn.
«¿Podría desear que no estuviera en mi estómago? -reflexionó-. ¿O estaba en lo cierto el doctor Sweet al afirmar que no podría librarme de él de este modo?»
Contempló la botella que todavía llevaba bajo el brazo. La botella del djinn. ¿Cómo lograr que volviera a introducirse en su interior? Este era el problema. Esto debía desear.
-¡Uf!
Evidentemente el djinn estaba bailando claqué en su estómago. Collins se lo acarició tristemente.
-¿Quién está ahí? -inquirió la voz.
-¡Oh, cállate! -ladró Collins.
Un individuo que caminaba a su lado huyó como un loco. Antes, no obstante, echó una mirada significativa a la botella que llevaba Collins.
Éste se metió en un callejón.
-Bien, a ver qué hago -se quejó-. Todo el mundo cree que estoy borracho y esto no puede continuar.
-Formula un deseo -le tentó el djinn.
Collins blandió la botella en un fútil gesto de rabia.
De pronto sonrió al sentirse inspirado. Luego estudió la botella con curiosidad. ¡Vaya, ya había hallado la solución!
-Está bien -murmuró-. Formularé un deseo. Escucha bien, djinn, y no te equivoques porque es importante.
-Oír es obedecer.
Collins respiró profundamente con ávida anticipación. Luego, casi escupió las palabras:
-Deseo que esta botella en la que llegaste nunca haya existido.
Por un momento reiné un asombroso silencio. Después...
Collins lo sintió en sus dedos. Una pérdida de peso. Miró la botella que tenía en la mano. ¡No había botella! No había nada entre sus dedos.


Con un estupor inmenso, Collins comprendió que en sus manos nunca había tenido nada. Jamás había llevado una botella, nunca la había visto. Ni siquiera recordaba cómo era.
Collins suspiró hondamente.
-Ya está... -murmuró satisfecho.
-¿Has hablado, mi amo?
Otra vez aquella voz. Y desde su estómago.
-Oh..., yo... pensé que habías desaparecido.
-Yo, no -le corrigió el djinn-. Sólo la botella. Pero recuerda que ya no estoy en ella. Estoy en tu cuerpo.
Collins se golpeó la frente con ambas manos.
-De acuerdo -rezongó-, no puedo librarme de ti. Me rindo.
-¿Y me sueltas? -insistió la voz del djinn.
-No lo sé.
Collins salió del callejón como realmente bebido. Anduvo un buen trecho como en sueños.
-Está bien -musitó para sí-, la botella ha desaparecido. Y ese maldito genio ya no puede meterse en lo que no existe.
-¡Mi amo!
Otra vez la voz odiosa.
-¿Qué pasa?
-Tu tercer deseo, mi amo.


Collins no pudo contestar. ¿Su tercer deseo? Tenía tantos... Por un lado, ojalá aquel diabólico genio no le llamara «mi amo», porque en realidad, el djinn era su amo. El djinn le impedía comer, dormir, asociarse con seres humanos. ¡Y hay que ver de qué modo ansiaba Collins poder comer, dormir y charlar con sus amigos!
Pero no se atrevió a formular este deseo en voz alta. No se atrevía a liberar a aquel horrible ser ni podía continuar de esta manera. No, no podía.
Automáticamente sus pies le condujeron a las escaleras de su apartamento. Por el camino, el djinn pirueteó y giró de arriba abajo a cada peldaño. Tuvo la desvergüenza de quejarse de la subida. Collins se alegró de no encontrar a nadie en el corredor.
Bueno, ya no duraría mucho.
Ya dentro, Collins se dirigió directamente a la despensa. Allí guardaba un cuartillo de ginebra. ¡Gin, la gran ironía! Descorchó el frasco y tomó un trago. Un trago saludable. Esto le dio el valor que necesitaba para lo que había proyectado.
Collins sentóse ante el teléfono y marcó el número del museo. Tenía que llamar allí. Se lo tenía que contar a la chica. Esta contestó al instante.
-¿Edith?
-Sí... Oh, Tom, ¿eres tú?
-Edith, quería decirte adiós.
-Pero, Tom, ¿adónde vas?
Collins no vaciló al responder:
-Al muelle.
-¡Tom, no pensarás...!
Collins colgó al momento. Iba a cometer otra tontería. No, era imposible. No podía decirle a Edith lo que intentaba hacer respecto al djinn. Ni del modo que la amaba.
Era este amor lo que ante todo le había arrastrado a la bebida. El sentimiento de inferioridad. Edith se mostraba siempre tan serena, tan imperturbable, tan fría. Tan inabordable... Y él no era más que un empleado subalterno del museo.
Por esto había llevado entre sus manos aquel jarrón durante tres días, incluso perseguido por los tres bandidos. Porque el doctor Sweet le había prometido un empleo de ayudante de la gerencia si lograba llevarle el jarrón sano y salvo. Y entonces él y Edith se casarían. Pero se había interpuesto el djinn y ya no tenía ninguna salida.
Era todo esto lo que había querido contarle. Pero no pudo. Además, ¿para qué? Bajaría al muelle y se zambulliría. Él y el djinn, juntos. Era la única salida.
Collins guardó en el bolsillo el frasco de ginebra y se marchó. Antes de salir del portal se tomó otro trago. Le consoló. Y le permitió recorrer las cinco manzanas hasta el muelle.
El djinn estaba afortunadamente callado. De vez en cuando se movía, pero a Collins ya no le importaba. Dentro de unos momentos, todo habría terminado.


Collins escrutó la desierta vista otoñal de la costa. Con pasos inciertos se aproximó a la escollera. El agua lamía las pilastras.
Se le iba despejando la cabeza. No le convenía.
Collins sacó el frasco y bebió otra vez. Largamente. Luego, se sentó extremo de la escollera y contempló las profundidades verdinegras del agua ¡El agua...! ¡Cómo la odiaba! Prefería el gin.
Tomó otro sorbo. El frasco ya contenía menos ginebra. Lo rebajaría un poco más y actuaría. Volvió a beber. Le calentó el estómago.
-Mi amo...
¡Otra vez la maldita voz! Collins se obligó a contestar.
-¿Qué pasa?
-¿Dónde estamos? Tengo mucho calor.
-No te importe.
-Pero me siento muy raro, mi amo.
¡Bravo! El gin no le gustaba a aquel demonio. Collins tomó otro sorbo, paladeándolo maliciosamente. Luego, con gran satisfacción, inclinó más el frasco.
-¡Oh, mi amo..., esto quema!
-Sienta muy bien.
Y le sentaba bien. Collins estaba achispado. Una sensación muy agradable.
-¡Me estoy mojando! -se quejó el djinn.
-Dentro de un minuto estarás mucho más mojado -rió Collins.
Y también él. Porque cuando Collins saltase al agua...
Pero esto aún podía esperar. Ahora, otro trago.
Collins empezaba a encontrarse a gusto. Ya anticipaba el momento de la liberación. El agua parecía una tentación.
-Amo, ¿qué es esto?
-Una medicina para el estómago. Lo que tú me aconsejaste.
-¡Pero huele muy mal!
-Ya te acostumbrarás.
-Es muy fuerte. Como fuego.
Collins volvió a reír.
-El mejor alcohol que he bebido en mi vida.
-¿Tú bebes esto? -exclamó el djinn con incredulidad.
-Claro.
-¡Oh!
Reinó el silencio. Collins bebía incansablemente.
-Pues es bueno -murmuró la voz del djinn como ante un descubrimiento.
-Encantado de que te guste.
-Dame un poco más.
-¿Por qué no?
Collins tomó otro trago.
-Tienes razón, mi amo. Es excelente. Reconforta.


Aquello fue la última gota. El djinn se estaba emborrachando con la ginebra que Collins absorbía.
-Da... dame un poco.. más -pidió la voz con sospechosa pastosidad.
Collins obedeció con entusiasmo.
-Oye, mi amo.
-¿Sí?
-¿Y tu otro deseo?
-Olvídalo.
-Muy ama... amable, mucho. Trae un tra... tra... trago.
Bebieron.
-Uf, cómo ca.. lienta. Y me da s... sed -al djinn se le trababa ya la lengua-. No puedo... estar de pie.
-Entonces, túmbate.
-No puedo. Quiero otro... traguito, ¿eh?
El frasco volvió a elevarse hasta los labios de Collins. Este apuró hasta la última gota.
-¡Bueno! Eres el más estu... estupendo de todos los amos, mi amo.
Collins sentía cómo el djinn se tambaleaba en su estómago. Se incorporó. No había más ginebra y era el momento de actuar. La fiesta había sido magnífica mientras duró, pero ya estaba concluida. La idea de llevar dentro dos resacas a la vez era idiota. Collins volvió a contemplar el agua y respiró profundamente.
-¡Mi amo!
-¿Qué ocurre?
-Quiero... otro trago.
-No -replicó Collins secamente-. No hay más bebida.
-¡Por favor! Uno... uno solo.
Collins se alborozó. El djinn le suplicaba. Le estaba bien merecido por el mal rato que le había hecho pasar.
-Sólo uno... ¡Por..., por favor!
-¡No! ¿Por qué he de darte otro trago? ¿Qué has hecho tú por mí? Has destrozado mi vida, has conjurado contra mí, te has posesionado de mi lindo y caliente estómago y no has cesado de saltar ¿Crees que me gustaría continuar llevándote dentro, como si estuviese a punto de dar a luz?
-¡Sólo un traguito! -rogó el djinn.
-Nada absolutamente.
-Pero... yo quiero... ese líquido milagroso... un poco.
Collins sentía que el djinn, totalmente borracho, se movía agitadamente. Examinó el frasco vacío y luego contempló otra vez el agua.
De pronto, Collins volvió a sentarse.
-Escucha -susurró.
-Escuch... cho.
-¿De veras quieres otro trago?
-Lo ju... juro, mi amo.
-Entonces -manifestó Collins-, ven a tomarlo.
-¿Cómoooo?
-Digo que vengas a tomar el trago... Estoy cansado de servírtelo.
-¿Me dejas salir?
-¿Por qué no? Si quieres un trago, ven a buscarlo.
-Escucho y obedezco -murmuró estropajosamente el djinn.
Collins abrió la boca para contestar.


La respuesta no llegó a ser expresada. Su garganta pareció asfixiarse... con humo. Una nube surgió por entre sus separados labios y una columna de ébano se elevó en el aire. No fue un brazo esta vez, sino una ola gigante que empezó a girar como un remolino en el aire.
Collins captó una visión de una forma incandescente, de un torso inmenso, increíble, de unas extremidades negras como el carbón y grandes como torres, y un par de ojos inyectados en sangre, como bolas de billar estriadas.
-¡Espera! -susurró-. Está ahí dentro.
Su tembloroso dedo señaló el frasco de ginebra.
La negra columna se agitó como ebria. La materialización quedó en suspenso.
-De esta manera no podrás beber -le indicó Collins-. Eres demasiado grande.
El humo trazó una espiral de manera indecisa. De repente, se encogió hasta la dimensión humana, y después como de la altura de un niño. Una muñequita de humo negro danzó encima del frasco.
-Más pequeño aún -insistió Collins.
Obediente, el djinn se contrajo. La voluta de ébano revoloteó en torno al gollete del frasco.
-Ahí dentro -le indicó Collins.
La voluta vaciló, Se oyó una vocecita estridente.
-¡Pero está dentro de la botella! -protestó.
Collins tragó saliva.
-Sí -suspiró-. ¡Lo mismo que tú!
Su mano, muy veloz, empujó el tenue humo por el cuello del frasco vacío. Acto seguido, enroscó el tapón con todas sus fuerzas.
Dentro del frasco de ginebra, el djinn bailoteaba arriba y abajo, consumido por la rabia. Su arrucado rostro nero estaba contorsionado, y Collins adivinó las maldiciones que profería por su boca, maldiciones que, afortunadamente, no podía oír.
Tampoco oyó el estridente bocinazo que resonó a sus espaldas.
Hasta que Edith no saltó del coche y corrió por la escollera hasta él, Collins no volvió la cabeza.
De pronto, la joven estuvo entre sus brazos, sollozando un poco, mientras murmuraba entrecortadamente palabras llenas de ternura.
-¡Oh, Tom! ¡Gracias a Dios que llego a tiempo...! ¡Oh, pobrecito mío...! ¡Suicidarte por mí...! El doctor Sweet me explicó todo lo ocurrido por culpa de ese jarrón... La promocion... Sí, el ascenso... Y cuando miré por la ventana y vi a aquellos tres bandidos tendidos en la acera... ¿Qué les hiciste...? Ignoraba que fueses tan valiente, tan fuerte, tan maravilloso... Nos casaremos...
Dijo algo así, entre sollozos, abrazos y besos poco dignos.
A Collins le gustó mucho.
Edith recobró su dignidad una sola vez y sólo por un instante. Divisó el frasco de ginebra al borde de la escollera y desvió la mirada.
-¡Pero, Tom..., has de prometerme que dejarás de beber!
-Seguro, querida -susurró el hombrecito-. A partir de ahora, nunca más volveré a tomar nada embotellado.
Edith sonrió contenta. Agachándose, cogió el frasco con gesto impulsivo y lo tiró al agua.
Collins la contempló con cariño. Un tiro excelente. El frasco empezó a balancearse sobre las olas.
-Esto me quita un gran peso de encima -suspiró ella.
-Y esto me ha quitado un gran peso de mi...
Pero Collins no terminó la frase. Se limitó a estrechar a Edith contra su pecho, a fin de no ver más el frasco de djinn que flotaba alejándose hacia alta mar.

Una botella de Gin. Robert Bloch
A bottle of Gin. Trad. M. Giménez Sales
Las mejores historias de brujería. Libro Amigo 423
Editorial Bruguera, 1976

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