El
señor Collins subió la escalera. Su barbilla carnosa, sus orejas largas en
forma de trompo, sus ojillos inyectados en sangre, le daban el aspecto de un
conejo asustado. Temerosamente, como un conejo, miró por encima del hombro, y
se escurrió a la madriguera del edificio.
El pequeño
y paticorto señor Collins recorrió un largo pasillo. El corredor del museo
estaba desierto, y no obstante sus ojillos sonrosados se movían asustados. Con
un suspiro de alivio, se dirigió a una puerta que tenía el letrero: «Oficina
del gerente», y pasó al interior.
La
joven secretaria se puso en pie con una mirada de vaga solicitud.
-Tom...
-exclamó-. Tom, ¿dónde has estado? Me has tenido angustiada estos tres últimos
días. ¿Por qué no me llamaste?
El
señor Collins le dirigió una mirada fugaz.
-Lo siento,
Edith. Ahora no puedo darte explicaciones. ¿Está el doctor?
La
joven salió de detrás de su escritorio. Sus labios no se curvaron solícitos
sino súbitamente burlones.
-Tom...,
has vuelto a beber. Claro, has pillado otra borrachera. ¡Mira cómo estás! Eres
un pingajo. Supongo que llevas estos tres días sin acostarte.
-Exacto
-gruñó el señor Collins-. No me he acostado, pero no es por lo que piensas,
querida Edith. seguro. No he bebido una sola gota...
-¡Hum...!
-gruñó despectivamente Edith.
Fue un
sonido poco grato y el señor Collins parpadeó. Luego se enderezó.
-He de
ver al doctor Sweet al momento -insistió.
-Está
ocupado. No es posible molestarle. Y ahora, Tom, mírame. Quiero que me
expliques ahora mismo dónde has estado, qué has hecho y...
El
señor Collins, de pronto, corrió hacia la puerta del despacho interior. La
cerró tras de sí con su sudorosa mano.
Se
quedó de pie, jadeando, en el despacho privado del doctor Sweet. El santuario
del gerente era necesariamente amplio. La estancia se hallaba atestada de
objetos. Filas de libros. Estantes con libros. Montones de libros. Estatuas.
Ídolos. Figuritas. Mesas llenas de redomas. Mesas llenas de jarrones. Mesas
llenas de botellas. El suelo estaba alfombrado con papeles y manuscritos. El
escritorio del centro de la habitación se hallaba totalmente invisible bajo una
aglomeración de objetos a cual más diverso.
El
señor Collins tardó casi un minuto en divisar la figura del doctor Sweet,
enterrada detrás del amontonamiento caótico del escritorio. Luego, el doctor se
puso en pie, como deseando dar plena cuenta de su presencia.
-¿Y
bien? -exclamó.
Sus
manos ascendieron hacia una frente abombada y una mata de rebelde pelo blanco.
Finalmente, hallaron un par de gafas, que el doctor Sweet bajó al nivel de los
ojos.
-¡Por
Bel y Astarté! -exclamó-. ¡Collins!
El
pequeño señor Collins dio un paso al frente y tragó saliva.
-He
vuelto -anunció innecesariamente.
-Ya lo
veo. Que me queme en la boca de Moloch si no lo veo. Bien, ¿lo tiene? ¿Lo ha
traído?
-Aquí
está.
El señor
Collins hurgó dentro de su chaqueta y extrajo un objeto envuelto en papel de
seda.
El
doctor Sweet lo cogió con cuidadosa premura. Lo desenvolvió y lo sostuvo entre
sus manos.
-¡Perfecto!
-alabó-. Coreano primitivo. Este jarro completa la colección. ¡Por la Kábala,
que es una joya! Le felicito.
El
señor Collins palideció.
-Sería
mejor que me expresase sus condolencias -susurró.
-¿Por
qué?
-¿Por
qué? ¿No lo sabe?
-Hijo,
he estado muy ocupado. Sí, muy ocupado. Repasando mi colección. Ya hace tres
días..
-Bien,
pues mientras usted repasaba su colección, yo pasaba por un infierno.
-Muy
interesante -el doctor Sweet se volvió, acariciando el jarro-. Ya me lo contará
en otro momento, pero ahora estoy muy atareado. Perdóneme.
-Oiga,
doctor Sweet -la voz de Collins era tensa-, si no me escucha ahora, tal vez no
haya otro momento.
-No
diga más sandeces, hijo. Le pedí que fuese a la casa del señor Sung a comprar
este jarro. Y lo ha traído. Lo que estuvo haciendo durante esos tres días no me
interesa. Seguro que no ha hecho más que tonterías.
El
viejo doctor carraspeó de pronto, imitando una risita.
Collins
perdió los estribos.
-¡Usted
me asquea! -gritó-. ¡Usted y su secretaria! Conque haciendo tonterías, ¿eh? De
modo que emborrachándome, ¿verdad? Pues sepa que durante los tres últimos días
estuve en el Metro para defender mi vida.
-Los
Metros son muy peligrosos -observó el doctor Sweet-. Nunca los cojo.
Collins
exhaló un gemido.
-¡Métase
esto en la cabeza! -rugió-. Cuando subí a casa de Sung a comprar este jarro,
robaron abajo. Unos bandidos atracaron la tienda de antigüedades y nosotros los
oímos. Sung bajó rápidamente tras ellos y lo mataron. Luego me vieron con el
jarro en la mano y me persiguieron... Eran tres. Tres gorilas.
-¡Dios
mío! -rió el doctor, como intentando apaciguar a un niño-. Debían querer
apoderarse de aquella magnífica colección de antigüedades de Sung.
-Naturalmente
-casi gimoteó Collins-. Pero esto no importa. Lo que sí importa es que también
querían acabar conmigo.
-Este
jarro vale indudablemente veinte mil pavos -sonrió el doctor-. No les censuro.
Por Eblis, que no les censuro.
Collins
musitó algo para su capote y continuó:
-Bien,
corrí hacia la salida trasera y me encaminé al Metro. Me siguieron. Durante
estos tres días les he estado esquivando de tren en tren. Me han perseguido por
turnos. Ya me los sé de memoria. Naturalmente, no podía acudir a la policía
porque no tengo pruebas de que Sung me vendiese el jarrón antes de ser
asesinado. Por tanto, tuve que continuar cambiando de un Metro a otro hasta que
conseguí despistarlos, sin dormir, sin descansar, sin comer ni...
-¡Terrible!
-comentó el doctor Sweet dejando cuidadosamente el jarrón en un estante-. Bien,
esta joya ya está a salvo. ¿Por qué no se marcha a su casa y se afeita? Ofrece
un aspecto lamentable.
El
señor Collins bailoteó de miedo por la estancia.
-Mi
aspecto será mucho peor si me atrapan -contestó-. No quiero irme por si están
esperándome fuera.
-¡Por
los Cuatro Libros! -exclamó el doctor-. Esto es muy excitante, ¿eh? Yo, en su
lugar, no saldría.
De
pronto, Collins se hundió en una silla.
-¿Qué
le pasa?
-Me
muero -gruñó-. Me muero de hambre. Por favor, deme algo que comer.
-Me
quedó un bocadillo del almuerzo, y está en la otra habitación -murmuró
dudosamente el doctor Sweet-. ¿Le gusta el jamón picado?
-Me
tragaré lo que sea -jadeó Collins.
Bruscamente,
el hombrecito se fijó en la hilera de botellas y latas del escritorio. Había
frascos altos y pequeños, algunos tapados y otros abiertos. Verdes y pardos.
-Esto
es lo que necesito -murmuró para sí-. Un trago.
-¿Qué
dice? -inquirió el doctor, deteniéndose en el umbral.
-Sólo
le he preguntado qué hay en aquella botella.
Collins
levantó un dedo al azar, indicando una botella en forma de huso que estaba un
poco separada de las demás, a un lado de la mesa.
-¿En
aquella botella? -repitió el doctor, mirando a Collins con curiosidad.
-Sí.
El
doctor Sweet pronunció una sola palabra. Y salió del cuarto.
Dos
segundos más tarde, Collins estaba junto a la mesa. Sus frenéticos dedos
asieron la botella y arrancaron el apretado corcho. Luego se llevó
apresuradamente el gollete a sus labios y bebió con avidez. Por fin. volvió a
hundirse en la silla.
Cuando
el doctor Sweet regresó al despacho, halló a Collins derrumbado en su asiento
con una expresión sumamente peculiar en su rostro.
De
repente, Collins hipó.
El
doctor ignoró aquel ruido y alargó un bocadillo.
-Aquí
tiene el jamón picado -anunció.
Collins
miró el ofrecimiento con aversión.
-No lo
quiero -gruñó.
-¿Cómo?
Collins
volvió a hipar.
-¿Le
ocurre algo?
-Hip...
-Collins,
¿qué le pasa?
-Hip...
El
doctor Sweet sacudió al hombrecito por los hombros.
-¿Qué
ha hecho? -exigió.
-Tomé...
Hip... un trago de aquella... hip... botella de gin...
-¿De
gin? -se asombré el doctor Sweet-. ¡Por las barbas de Alá! Allí no hay ginebra.
-Usted
lo dijo antes de ir en busca del bocadillo -le acusó Collins-. Usted me dijo...
Hip... que había gin en aquella botella.
-¡Por
los grandes derviches brincadores!
-¿Qué...
Hip... ocurre?
-Yo no
dije que hubiese gin en la botella.
-¿No?
-No.
Dije que dentro había un djinn.
El
doctor Sweet entornó los ojos.
-Un djinn
-repitió-. Un genio. Un espíritu elemental encerrado en esa botella. ¡Y usted
se lo ha tragado!
Collins
asintió débilmente.
-Sólo
tomé un trago -susurró-. Y algo duro descendió hacia mi estómago. Hip...
-¡Santo
cielo! -gimió el doctor-. Uno de mis mejores tesoros. Una botella que tiene
cientos de años de existencia. Pescada en el golfo Pérsico. Y siempre he tenido
buen cuidado de tenerla cerrada. Si se les libera, estos djinn son
mortalmente peligrosos. Por esto Salomón los aprisionó, y ahora va usted y se
traga uno.
Collins
se puso en pie tambaleándose.
-¿Quiere
decir que tengo un tipo en el estómago? -chilló-. ¡Pues sáquemelo de ahí!
La
excitación ahogó su hipo.
El
doctor Sweet se pasó una mano por su algodonoso cabello.
-Creo
que será imposible -murmuró. Tras una leve pausa agregó-: ¿No lo entiende? Si
liberamos al djinn se volverá salvaje. No, tiene que conservarlo dentro
de su estómago.
-¡No
en mis días! -anunció Collins-, ¡Quiero tener alimentos en mi estómago, no un
enano!
-Sí,
esto es -asintió el doctor-. El djinn es muy pequeño cuando está
encerrado, pero una vez que se le suelta, su sustancia se expande como una nube
de humo y se convierte en una inmensa columna en forma humana. Tal vez de
veinte metros de altura. Y sólo ansía destruir, matar, derribar.
Collins
no le escuchaba. Estaba muy atareado metiéndose un dedo por la garganta.
El
doctor Sweet dio un salto para cogerle la mano.
-¡No
haga eso! -advirtió-. ¡Se escapará!
-Eso
quiero. ¿Piensa que voy a pasear por ahí con este... monstruo en mi interior?
Haga que vuelva a la botella.
-Ojalá
pudiera -pirá el doctor-. Pero no querrá volver. A partir de ahora, usted será
su botella.
-¿Yo?
-Collins se contempló la panza-. O sea que soy una botella humana para un
demonio oriental.
-Eso
temo. Bien, tendremos que encontrar un medio para solucionar esto.
Collins
miró ávidamente el bocadillo de jamón.
-Tengo
tanto apetito...
Alargó
la mano hacia el pan.
-No
puede comer ahora -el doctor Sweet le golpeó la mano-. ¿No lo entiende? La
comida desplazaría al djinn.
-¿Qué
hacemos, pues? ¿Bombear el estómago?
-Ni
hablar de eso... ¡claro que no!
-Pues
tiene que pensar algo rápidamente.
-Lo
sé, lo sé -el doctor se fue hacia la ventana, con la cabeza inclinada. De
pronto dio media vuelta-. ¿Ronca usted?
-¿Si
ronco? ¿Qué tiene que ver .?
-¿Ronca
usted? -repitió el doctor.
-Supongo
que sí.
-Entonces
-decidió el doctor-, tendré que prohibirle que duerma. Porque si se duerme y
abre la boca, el djinn saldrá.
-¡Oh!
-rezongó Collins-, Pues sí que me ayuda usted.
-Naturalmente
-musitó el doctor-, usted puede formular tres deseos.
-¿Tres
deseos?
-Sí.
Los djinn tienen la costumbre de ofrecer a sus captores tres deseos
antes de ser liberados, Podría hacer un trato con este djinn.
-¿Cómo?
-Tal
vez pueda hablar con él -sugirió el doctor.
-¿Hablar
con mi propio estómago?
-Igual
que hacen los ventrílocuos.
El
señor Collins respiró lentamente.
-De
acuerdo -musitó-, de acuerdo.
Calló
un instante. Luego, su voz pareció retroceder en su garganta.
-Eh,
¿estás ahí abajo?
Por la
boca de Collins surgió un sonido. No era su voz, pero hablaba algo. Una voz
hueca. Una voz de ultratumba.
-Sí,
mi amo.
La
respuesta desconcertó a ambos hombres. Collins se estremeció. Cuando intento
continuar, descubrió que su voz temblorosa no sabía qué decir. ¿Qué podía
decirle, en efecto, a un djinn en tales circunstancias?
-¿Qué
tal..., qué tal por ahí abajo? -fue la única estupidez que se le ocurrió.
-Muy
mal, mi amo. Por favor, déjame salir.
-Quiere
salir -susurró Collins.
-Es
natural -asintió el doctor.
-¿Y
mis tres deseos? -pregunto Collins.
La voz
procedente de su estómago se tornó más suave:
-Claro
está, mi amo. Tres deseos... los que tu querida presencia anhele.
Collins
volvióse hacia el doctor Sweet.
-¿Ha
oído? ¿Y si deseo que vuelva a la botella?
Sweet
meneó la cabeza.
-No
serviría de nada. Temo que esto sería como deshacer el pacto.
-Sí,
opino lo mismo.
El
doctor asió a Collins por los hombros.
-Pensándolo
bien, no creo que le sirva de nada desear algo. Porque al cumplirse el tercer
deseo, el djinn saldrá.
-Podría
formular sólo dos deseos...
Les
interrumpió una voz Era el djinn:
-¿Me
libertarás después, mi amo?
-He de
reflexionar -respondió Collins.
Miró
hacia la ventana con un suspiro de desesperación. De pronto, hizo girar los
ojos en sus cuencas.
-¡Allí!
-jadeó-. ¡Allí abajo!
-¿Qué
pasa?
-¿Ve a
aquellos tres tipos?
-Sí.
-Son
los gorilas que me persiguen. Van a entrar... He de largarme de aquí.
-Pero
el djinn...
-¡Me
importa un bledo!
Collins
corrió hacia la puerta.
El
doctor corrió tras él.
-¡Eh!
-le gritó-. ¡Llévese esto! ¡Y buena suerte!
Le
tendía la botella y el tapón. Collins lo cogió todo apresuradamente.
-Y
recuérdelo -le advirtió el doctor Sweet-. No permita que le maten ni nada por
el estilo, porque el djinn escaparía por los agujeros de las balas.
Con un
sollozo, Collins cruzó el umbral.
La
chica de la recepción le contempló con mirada helada. Sus ojos se posaron en la
botella que Collins apretaba bajo el brazo.
-¡Ya!
-le acusó.
-Pero,
Edith..., está vacía. ¿Lo ves?
Collins
la puso boca abajo.
-Naturalmente,
ahora sí. Te la has zumbado de un trago, ¿eh?
-No
bebí ni una gota -tartamudeó Collins.
Pero
sonó otra voz:
-¿Quién
es esta hurí, mi amo?
Edith
dio media vuelta.
-¿Qué
has dicho, Tom?
-¿Deseas
destruirla, mi amo? -interrogó el djinn.
-No,
no... nada, nada -respondió Collins al mismo tiempo que hablaba el genio.
Aquel
esfuerzo fue excesivo y volvió a hipar.
-Tom,
estás enfermo.
-Me
duele el estómago -asintió Collins.
-Te
daré un poco de bicarbonato -se ofreció Edith, menos arisca.
-No,
no... A él no le gustaría.
-¿A
quién no le gustaría?
-Pues
a..., a eso que tengo dentro -balbuceó Collins.
Luego,
se rehízo.
-¿Estás
majareta, Tom?
-¡No
lo sé! -los ojillos del hombrecillo parpadearon rápidamente-. ¡Quiero salir de
aquí! ¡De prisa! O me atraparán dentro de un momento.
-¿Qué
te pasa, Tom Collins? Ya sé lo que te pasa: estás como una cuba.
-Contén
tu lengua, víbora -la interrumpió la voz del estómago.
Edith
abrió la boca y Collins aprovechó aquel respiro para huir hacia la puerta.
Tambaleándose
por el pasillo se acercó a la salida. Allí se detuvo, súbitamente aterrado.
De pie
en los peldaños de la calle se hallaban los tres individuos: el forzudo del
abrigo azul, el alto y delgado que llevaba sombrero, y el caballero gordo y feo
con las manos metidas significativamente dentro del bolsillo de la chaqueta.
Collins
contempló los tres semblantes de mejillas azulíneas. Vio los apretados labios y
los ojillos chispeantes; divisó un conjunto de nudillos peludos, mandíbulas
proyectadas al frente y cejas muy pobladas.
Esperaban
a que saliese.
Collins
se metió la botella en la chaqueta. Luego se agazapó junto al portal y se
enjugó la frente.
«Que
esperen», decidió. Era obstinado. Mientras él estuviese dentro y los otros
fuera...
Pero
no pensaban quedarse fuera.
Collins
les vio hablar entre sí. El del sombrero susurró algo, gesticulando de manera
harto significativa hacia el edificio. Luego, los tres dieron media vuelta y
empezaron a subir lentamente los peldaños.
-¡Oh..., oh! -suspiró Collins.
-¿Mi
amo? -inquirió la voz del estómago.
Pero
«mi amo» no tenía tiempo de contestar. Con un valor hijo de la desesperación,
Collins decidió jugarse el todo por el todo. Si lograba cruzar por entre los
tres, mientras subían...
Salió
disparado del edificio y bajó como un rayo. Ellos le vieron y trataron de
esquivarle. Pero Collins cargó contra los tres, arrojando el peso de su
desmedrado cuerpo contra el caballero gordo del centro.
Con un
gruñido de sorpresa, el gordo trastabilló. Sus dos compañeros se enredaron con
sus piernas y cayeron sobre los escalones.
Collins
saltó sobre aquellos cuerpos y siguió corriendo. Ya en la acera se volvió. Los
tres se habían levantado ya, y ahora el gordo blandía una pistola. No la
blandió mucho, sino que empezó a apuntar. Y la apuntó directamente al sitio de
Tom Colllns donde pudiese hacerle más daño.
Collins
miró salvajemente a su alrededor en busca de un agujero en la acera. No había
ninguno. Ningún lugar donde ocultarse, ningún sitio adonde correr en busca de
refugio. Estaba al descubierto; era un blanco visible.
-¡Estoy
listo! -gruñó al fin.
-¿Qué,
mi amo?
La voz
llegó a través de una bruma. Y entonces, Collins se acordó.
-Djinn
-masculló-. Ahora ha llegado la ocasión de que demuestres tu poder. Deseo que
te cuides de esos bebés.
-Escucho
y obedezco -repuso el djinn con estilo muy oriental.
Casi
sin voluntad, Collins echó a correr hacia el tipo que empuñaba la pistola.
Los
tres bandidos le contemplaron atónitos. El gordo afinó su puntería, listo para
disparar. Y entonces...
Collins
sintió cómo sucedió La sensación de aumento pasando por su garganta. El trío
que tenía delante vio lo que sucedió.
Y se
quedaron boquiabiertos ante la boca de Collins. Era una boca pequeña, pero de
la misma salió proyectada la lengua más monumental del mundo. La lengua... o
algo.
Algo...,
algo largo y negro. Algo musculoso y amenazador. Algo que se retorcía como una
serpiente de humo, y que se hinchaba hasta unas dimensiones inverosímiles al
salir de la boca abierta de Collins. Algo que se agitaba en el aire, alargando
unas garras y un puño.
-¡Cuidado!
-chilló el delgado, de pronto-. ¡Echa fuego por la boca! ¡Le sale humo!
Pero no era humo lo que se proyectó a unos
cuatro metros por delante del atacante Collins.
El
gordo lo comprendió cuando sintió la negra columna contra su barbilla. En
realidad, no tuvo ocasión de comprender nada antes de caer derribado al suelo.
La
pistola se escapó de su mano. Su compañero más robusto la recogió y soltó una
maldición.
-¡Ahí
va eso! -gritó.
Una
bala salió disparada contra la negra columna que surgía de la garganta de
Collins. El proyectil dio en el blanco, pero la zarpa oscura de humo se limitó
a revolotear encima de su cabeza y descendió.
Se oyó
el ruido de una nuez al ser partida, ampliado diez veces.
-¡Eh!
-chilló el tercer granuja, cuando Collins se volvió y el horrible miembro se
proyectó una vez más-. ¡Sagrado Moisés!
Pero
Moisés, santificado o no, no hizo nada por ayudarle. El negro tridente
descendió y envió al último individuo a reunirse con sus compañeros en la
acera, en confuso montón.
Lentamente,
la emanación fue desapareciendo de nuevo al interior de la garganta.
Collins
permaneció quieto un instante, frotándose la dolorida mandíbula.
-¡Diantre!
-exclamó-. ¿Cómo lo has hecho?
-Es
muy sencillo, mi amo. «Oír es obedecer.»
-¿Realmente
es éste tu brazo? -se asombró Collins, débilmente.
-En
efecto. ¿Acaso no tengo muchos codos de estatura?
-No me
hables de esto. Me revuelve el estómago sólo pensarlo.
-¿Y
tus otros dos deseos? -prosiguió la voz del djinn-. ¿Tal vez quieres
pastillas para el dolor de estómago? -añadió con sarcasmo.
-Oh,
no, no -rechazó Collins-. Necesito refiexionar un poco más.
-¡Pero
yo deseo verme libre de esta prisión! -se quejó el djinn-. Yo no soy
Jonás.
-Ni yo
la ballena -replicó Collins-. Créeme, esto me fastidia más que a ti.
Era
verdad. Collins padecía un terrible dolor de estómago. El djinn no hacía
más que dar vueltas en su interior. «Bien -meditó el pobre-, si podía estar
dentro de la botella, es porque puede reducirse a unos doce centímetros. Sin
embargo, me molesta muchísimo.»
Demasiado
para Collins. Pero por el momento, tenía que cavilar en otros asuntos.
Volvió
a echar una ojeada hacia las tres figuras tumbadas en la acera. Empezó a
temblar, pensando en lo que podía haber ocurrido si algún transeúnte hubiese
pasado por la calle mientras tenía lugar el combate.
-He de
alejarme de aquí antes de que pase alguien -musitó.
A buen
paso llegó a la esquina. Durante diez minutos continuó con el mismo paso, antes
de aflojarlo un poco.
Mientras
tanto, a cada instante que transcurría se daba más y más cuenta del lastre que
llevaba bajo el cinturón. El djinn, que no estaba acostumbrado a aquel
ambiente en que se hallaba, se paseaba indudablemente de arriba abajo.
-¿Quieres,
por favor, dejar de andar de este modo por mi interior? -suplicó Collins,
esperando que no le oyese nadie más.
-¿Es
otro deseo? -preguntó el djinn.
-No.
Oh, déjalo...
Collins
se encogió de hombros. Una anciana que andaba delante de él volvió la cabeza.
Collins cerró la boca y trató de aparentar serenidad.
Pero
no tuvo tiempo. De entre sus labios se escapó un hipo.
-Perdone
-murmuró Collins.
-Y a
mí también -añadió la voz del estómago.
La
mujer giró de nuevo la cabeza.
-¡Maldito
borracho! -refunfuñó.
Collins
enrojeció.
-¡Ojalá
que...!
No, no
podía decirlo. Tenía que andar precavido con sus deseos. No podía decir que
ansiaba dormir, comer o tener un momento de paz. De lo contrario, el precio
seria demasiado grande.
Pero
tenía que hacer algo. Y rápidamente. Collins comprendía la imposibilidad de su
situación. Tenía que hacer algo con el djinn.
«¿Podría
desear que no estuviera en mi estómago? -reflexionó-. ¿O estaba en lo cierto el
doctor Sweet al afirmar que no podría librarme de él de este modo?»
Contempló
la botella que todavía llevaba bajo el brazo. La botella del djinn.
¿Cómo lograr que volviera a introducirse en su interior? Este era el problema.
Esto debía desear.
-¡Uf!
Evidentemente
el djinn estaba bailando claqué en su estómago. Collins se lo acarició
tristemente.
-¿Quién
está ahí? -inquirió la voz.
-¡Oh,
cállate! -ladró Collins.
Un
individuo que caminaba a su lado huyó como un loco. Antes, no obstante, echó
una mirada significativa a la botella que llevaba Collins.
Éste
se metió en un callejón.
-Bien,
a ver qué hago -se quejó-. Todo el mundo cree que estoy borracho y esto no
puede continuar.
-Formula
un deseo -le tentó el djinn.
Collins
blandió la botella en un fútil gesto de rabia.
De
pronto sonrió al sentirse inspirado. Luego estudió la botella con curiosidad.
¡Vaya, ya había hallado la solución!
-Está
bien -murmuró-. Formularé un deseo. Escucha bien, djinn, y no te
equivoques porque es importante.
-Oír
es obedecer.
Collins
respiró profundamente con ávida anticipación. Luego, casi escupió las palabras:
-Deseo
que esta botella en la que llegaste nunca haya existido.
Por un
momento reiné un asombroso silencio. Después...
Collins
lo sintió en sus dedos. Una pérdida de peso. Miró la botella que tenía en la
mano. ¡No había botella! No había nada entre sus dedos.
Con un
estupor inmenso, Collins comprendió que en sus manos nunca había tenido nada.
Jamás había llevado una botella, nunca la había visto. Ni siquiera recordaba
cómo era.
Collins
suspiró hondamente.
-Ya
está... -murmuró satisfecho.
-¿Has
hablado, mi amo?
Otra
vez aquella voz. Y desde su estómago.
-Oh...,
yo... pensé que habías desaparecido.
-Yo,
no -le corrigió el djinn-. Sólo la botella. Pero recuerda que ya no
estoy en ella. Estoy en tu cuerpo.
Collins
se golpeó la frente con ambas manos.
-De
acuerdo -rezongó-, no puedo librarme de ti. Me
rindo.
-¿Y me
sueltas? -insistió la voz del djinn.
-No lo
sé.
Collins
salió del callejón como realmente bebido. Anduvo un buen trecho como en sueños.
-Está
bien -musitó para sí-, la botella ha desaparecido. Y ese maldito genio ya no
puede meterse en lo que no existe.
-¡Mi
amo!
Otra
vez la voz odiosa.
-¿Qué
pasa?
-Tu
tercer deseo, mi amo.
Collins
no pudo contestar. ¿Su tercer deseo? Tenía tantos... Por un lado, ojalá aquel
diabólico genio no le llamara «mi amo», porque en realidad, el djinn era
su amo. El djinn le impedía comer, dormir, asociarse con seres humanos.
¡Y hay que ver de qué modo ansiaba Collins poder comer, dormir y charlar con
sus amigos!
Pero
no se atrevió a formular este deseo en voz alta. No se atrevía a liberar a
aquel horrible ser ni podía continuar de esta manera. No, no podía.
Automáticamente
sus pies le condujeron a las escaleras de su apartamento. Por el camino, el djinn
pirueteó y giró de arriba abajo a cada peldaño. Tuvo la desvergüenza de
quejarse de la subida. Collins se alegró de no encontrar a nadie en el
corredor.
Bueno,
ya no duraría mucho.
Ya
dentro, Collins se dirigió directamente a la despensa. Allí guardaba un
cuartillo de ginebra. ¡Gin, la gran ironía! Descorchó el frasco y tomó un
trago. Un trago saludable. Esto le dio el valor que necesitaba para lo que
había proyectado.
Collins
sentóse ante el teléfono y marcó el número del museo. Tenía que llamar allí. Se
lo tenía que contar a la chica. Esta contestó al instante.
-¿Edith?
-Sí...
Oh, Tom, ¿eres tú?
-Edith,
quería decirte adiós.
-Pero,
Tom, ¿adónde vas?
Collins
no vaciló al responder:
-Al
muelle.
-¡Tom,
no pensarás...!
Collins
colgó al momento. Iba a cometer otra tontería. No, era imposible. No podía
decirle a Edith lo que intentaba hacer respecto al djinn. Ni del modo
que la amaba.
Era
este amor lo que ante todo le había arrastrado a la bebida. El sentimiento de
inferioridad. Edith se mostraba siempre tan serena, tan imperturbable, tan
fría. Tan inabordable... Y él no era más que un empleado subalterno del museo.
Por
esto había llevado entre sus manos aquel jarrón durante tres días, incluso
perseguido por los tres bandidos. Porque el doctor Sweet le había prometido un
empleo de ayudante de la gerencia si lograba llevarle el jarrón sano y salvo. Y
entonces él y Edith se casarían. Pero se había interpuesto el djinn y ya
no tenía ninguna salida.
Era
todo esto lo que había querido contarle. Pero no pudo. Además, ¿para qué?
Bajaría al muelle y se zambulliría. Él y el djinn, juntos. Era la única
salida.
Collins
guardó en el bolsillo el frasco de ginebra y se marchó. Antes de salir del
portal se tomó otro trago. Le consoló. Y le permitió recorrer las cinco
manzanas hasta el muelle.
El djinn
estaba afortunadamente callado. De vez en cuando se movía, pero a Collins ya no
le importaba. Dentro de unos momentos, todo habría terminado.
Collins
escrutó la desierta vista otoñal de la costa. Con pasos inciertos se aproximó a
la escollera. El agua lamía las pilastras.
Se le
iba despejando la cabeza. No le convenía.
Collins
sacó el frasco y bebió otra vez. Largamente. Luego, se sentó extremo de la
escollera y contempló las profundidades verdinegras del agua ¡El agua...! ¡Cómo
la odiaba! Prefería el gin.
Tomó
otro sorbo. El frasco ya contenía menos ginebra. Lo rebajaría un poco más y
actuaría. Volvió a beber. Le calentó el estómago.
-Mi
amo...
¡Otra
vez la maldita voz! Collins se obligó a contestar.
-¿Qué
pasa?
-¿Dónde
estamos? Tengo mucho calor.
-No te
importe.
-Pero
me siento muy raro, mi amo.
¡Bravo!
El gin no le gustaba a aquel demonio. Collins tomó otro sorbo, paladeándolo
maliciosamente. Luego, con gran satisfacción, inclinó más el frasco.
-¡Oh,
mi amo..., esto quema!
-Sienta
muy bien.
Y le
sentaba bien. Collins estaba achispado. Una sensación muy agradable.
-¡Me
estoy mojando! -se quejó el djinn.
-Dentro
de un minuto estarás mucho más mojado -rió Collins.
Y
también él. Porque cuando Collins saltase al agua...
Pero
esto aún podía esperar. Ahora, otro trago.
Collins
empezaba a encontrarse a gusto. Ya anticipaba el momento de la liberación. El
agua parecía una tentación.
-Amo,
¿qué es esto?
-Una
medicina para el estómago. Lo que tú me aconsejaste.
-¡Pero
huele muy mal!
-Ya te
acostumbrarás.
-Es
muy fuerte. Como fuego.
Collins
volvió a reír.
-El
mejor alcohol que he bebido en mi vida.
-¿Tú
bebes esto? -exclamó el djinn con incredulidad.
-Claro.
-¡Oh!
Reinó
el silencio. Collins bebía incansablemente.
-Pues
es bueno -murmuró la voz del djinn como ante un descubrimiento.
-Encantado
de que te guste.
-Dame
un poco más.
-¿Por
qué no?
Collins
tomó otro trago.
-Tienes
razón, mi amo. Es excelente. Reconforta.
Aquello
fue la última gota. El djinn se estaba emborrachando con la ginebra que
Collins absorbía.
-Da...
dame un poco.. más -pidió la voz con sospechosa pastosidad.
Collins
obedeció con entusiasmo.
-Oye,
mi amo.
-¿Sí?
-¿Y tu
otro deseo?
-Olvídalo.
-Muy
ama... amable, mucho. Trae un tra... tra... trago.
Bebieron.
-Uf,
cómo ca.. lienta. Y me da s... sed -al djinn se le trababa ya la
lengua-. No puedo... estar de pie.
-Entonces,
túmbate.
-No
puedo. Quiero otro... traguito, ¿eh?
El
frasco volvió a elevarse hasta los labios de Collins. Este apuró hasta la
última gota.
-¡Bueno!
Eres el más estu... estupendo de todos los amos, mi amo.
Collins
sentía cómo el djinn se tambaleaba en su estómago. Se incorporó. No
había más ginebra y era el momento de actuar. La fiesta había sido magnífica
mientras duró, pero ya estaba concluida. La idea de llevar dentro dos resacas a
la vez era idiota. Collins volvió a contemplar el agua y respiró profundamente.
-¡Mi
amo!
-¿Qué
ocurre?
-Quiero...
otro trago.
-No
-replicó Collins secamente-. No hay más bebida.
-¡Por
favor! Uno... uno solo.
Collins
se alborozó. El djinn le suplicaba. Le estaba bien merecido por el mal
rato que le había hecho pasar.
-Sólo
uno... ¡Por..., por favor!
-¡No!
¿Por qué he de darte otro trago? ¿Qué has hecho tú por mí? Has destrozado mi
vida, has conjurado contra mí, te has posesionado de mi lindo y caliente
estómago y no has cesado de saltar ¿Crees que me gustaría continuar llevándote
dentro, como si estuviese a punto de dar a luz?
-¡Sólo
un traguito! -rogó el djinn.
-Nada
absolutamente.
-Pero...
yo quiero... ese líquido milagroso... un poco.
Collins
sentía que el djinn, totalmente borracho, se movía agitadamente. Examinó
el frasco vacío y luego contempló otra vez el agua.
De
pronto, Collins volvió a sentarse.
-Escucha
-susurró.
-Escuch...
cho.
-¿De
veras quieres otro trago?
-Lo ju...
juro, mi amo.
-Entonces
-manifestó Collins-, ven a tomarlo.
-¿Cómoooo?
-Digo
que vengas a tomar el trago... Estoy cansado de servírtelo.
-¿Me
dejas salir?
-¿Por
qué no? Si quieres un trago, ven a buscarlo.
-Escucho
y obedezco -murmuró estropajosamente el djinn.
Collins
abrió la boca para contestar.
La
respuesta no llegó a ser expresada. Su garganta pareció asfixiarse... con humo.
Una nube surgió por entre sus separados labios y una columna de ébano se elevó
en el aire. No fue un brazo esta vez, sino una ola gigante que empezó a girar
como un remolino en el aire.
Collins
captó una visión de una forma incandescente, de un torso inmenso, increíble, de
unas extremidades negras como el carbón y grandes como torres, y un par de ojos
inyectados en sangre, como bolas de billar estriadas.
-¡Espera!
-susurró-. Está ahí dentro.
Su
tembloroso dedo señaló el frasco de ginebra.
La
negra columna se agitó como ebria. La materialización quedó en suspenso.
-De
esta manera no podrás beber -le indicó Collins-. Eres demasiado grande.
El
humo trazó una espiral de manera indecisa. De repente, se encogió hasta la
dimensión humana, y después como de la altura de un niño. Una muñequita de humo
negro danzó encima del frasco.
-Más
pequeño aún -insistió Collins.
Obediente,
el djinn se contrajo. La voluta de ébano revoloteó en torno al gollete
del frasco.
-Ahí
dentro -le indicó Collins.
La
voluta vaciló, Se oyó una vocecita estridente.
-¡Pero
está dentro de la botella! -protestó.
Collins
tragó saliva.
-Sí
-suspiró-. ¡Lo mismo que tú!
Su
mano, muy veloz, empujó el tenue humo por el cuello del frasco vacío. Acto
seguido, enroscó el tapón con todas sus fuerzas.
Dentro
del frasco de ginebra, el djinn bailoteaba arriba y abajo, consumido por
la rabia. Su arrucado rostro nero estaba contorsionado, y Collins adivinó las
maldiciones que profería por su boca, maldiciones que, afortunadamente, no
podía oír.
Tampoco
oyó el estridente bocinazo que resonó a sus espaldas.
Hasta
que Edith no saltó del coche y corrió por la escollera hasta él, Collins no
volvió la cabeza.
De
pronto, la joven estuvo entre sus brazos, sollozando un poco, mientras
murmuraba entrecortadamente palabras llenas de ternura.
-¡Oh,
Tom! ¡Gracias a Dios que llego a tiempo...! ¡Oh, pobrecito mío...! ¡Suicidarte
por mí...! El doctor Sweet me explicó todo lo ocurrido por culpa de ese
jarrón... La promocion... Sí, el ascenso... Y cuando miré por la ventana y vi a
aquellos tres bandidos tendidos en la acera... ¿Qué les hiciste...? Ignoraba
que fueses tan valiente, tan fuerte, tan maravilloso... Nos casaremos...
Dijo
algo así, entre sollozos, abrazos y besos poco dignos.
A
Collins le gustó mucho.
Edith
recobró su dignidad una sola vez y sólo por un instante. Divisó el frasco de
ginebra al borde de la escollera y desvió la mirada.
-¡Pero,
Tom..., has de prometerme que dejarás de beber!
-Seguro,
querida -susurró el hombrecito-. A partir de ahora, nunca más volveré a tomar
nada embotellado.
Edith
sonrió contenta. Agachándose, cogió el frasco con gesto impulsivo y lo tiró al
agua.
Collins
la contempló con cariño. Un tiro excelente. El frasco empezó a balancearse
sobre las olas.
-Esto
me quita un gran peso de encima -suspiró ella.
-Y
esto me ha quitado un gran peso de mi...
Pero
Collins no terminó la frase. Se limitó a estrechar a Edith contra su pecho, a
fin de no ver más el frasco de djinn que flotaba alejándose hacia alta
mar.
Una botella de Gin. Robert Bloch
A bottle of Gin. Trad.
M. Giménez Sales
Las mejores historias de
brujería. Libro Amigo 423
Editorial Bruguera, 1976
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