Así pues, había transcurrido un año. Justamente un
año desde el momento en que llegué a esta misma casa. También entonces colgaba
una cortina de lluvia detrás de las ventanas y también entonces las últimas
hojas de los abedules se marchitaban melancólicamente. Parecía que nada había
cambiado a mi alrededor. Pero yo sí había cambiado mucho. Decidí festejar, en
la más completa soledad, esta noche de recuerdos...
Me dirigí por el crujiente suelo a mi dormitorio y
me miré en el espejo. Sí, había una gran diferencia. Un año antes, en el espejo
recién sacado de la maleta se había reflejado un rostro afeitado. En ese
entonces, la raya a un lado adornaba la cabeza de veinticuatro años. Ahora la
raya había desaparecido. Los cabellos estaban echados hacia atrás sin ninguna
pretensión. Es imposible seducir a nadie con la raya en el pelo si te
encuentras a treinta verstas de la línea del ferrocarril. Lo mismo en cuanto al
afeitado: sobre mi labio superior se había establecido firmemente una franja
que parecía un cepillo de dientes amarillento y duro y mis mejillas se habían
vuelto como un rallador, de modo que si durante el trabajo sentía comezón en el
antebrazo, era muy agradable rascármelo con la mejilla. Suele
ocurrir así si en vez de tres veces a la semana te afeitas sólo una.
En alguna ocasión, en algún lugar..., no recuerdo en
dónde..., leí algo acerca de un inglés que fue a parar a una isla desierta. Era un
inglés muy interesante. Estuvo en esa isla hasta tener alucinaciones. Y cuando
un barco se acercó y la lancha arrojó a los hombres salvavidas él —anacoreta—
los recibió con disparos de revólver, creyendo que se trataba de un espejismo,
de un engaño del desierto campo de agua. Pero ese inglés estaba afeitado. Cada
día se afeitaba en la isla deshabitada. Recuerdo que este orgulloso hijo de
Britania me produjo la más grande admiración. Cuando vine a este lugar, puse en
mi maleta una maquinilla de afeitar Gillette, con una docena de hojas de
recambio, una navaja y una brocha. Había decidido firmemente que me afeitaría
cada tercer día, porque este lugar no era en nada inferior a una isla
deshabitada.
Pero sucedió que, en cierta ocasión, un claro día
del mes de abril, después de que yo hubiera colocado todos esos encantos
ingleses bajo un dorado y oblicuo rayo de luz y hubiera dejado impecable mi
mejilla derecha, irrumpió, trotando como un caballo, Egórich, calzado con unas
enormes botas rotas, y me informó que una mujer estaba dando a luz en los
matorrales del vedado, junto al riachuelo. Recuerdo que con la toalla me limpié
la mejilla izquierda y salí a toda prisa acompañado de Egórich. Éramos tres los
que corríamos hacia el riachuelo, turbio y crecido en medio de los desnudos
sotos de mimbres: la comadrona llevando las pinzas de torsión, un rollo de gasa
y un frasco de yodo, yo con los ojos extraviados y saltones y, detrás, Egórich.
Este, a cada cinco pasos, se sentaba en la tierra y, maldiciendo, arrancaba pedazos
de su bota izquierda: se le había despegado la suela. El viento volaba
a nuestro encuentro, el dulce y salvaje viento de la primavera rusa. La comadrona Pelagueia
Ivánovna había perdido su pasador y sus cabellos recogidos en
un moño se habían soltado y le golpeaban el hombro.
—¿Por qué demonios te bebes todo tu dinero?
—farfullé al vuelo a Egórich—. Es una canallada. Eres el guardián de una
clínica y vas vestido como un mendigo.
—Eso no es dinero —dijo Egórich haciendo rechinar
con rabia los dientes—. Por veinte rublos al mes todo este sufrimiento... ¡Ah,
maldita seas! —Egórich golpeaba el suelo con el pie como un furioso caballo
trotón—. Dinero..., con eso no sólo no me alcanza para botas, ni siquiera para
comer y beber...
—Beber, eso es lo principal para ti —dije con voz
afónica, asfixiándome—, por eso vas tan desarrapado...
Junto al puente podrido se oyó un lastimero y débil
gemido, que voló sobre el impetuoso torrente y se apagó. Llegamos corriendo y
vimos a una mujer desgreñada, que se retorcía de dolor. El pañuelo se le había
caído de la cabeza y los húmedos cabellos estaban pegados a su frente sudorosa.
La mujer, en su sufrimiento, ponía los ojos en blanco y con las uñas desgarraba
su pelliza. Una brillante sangre había salpicado la primera hierba verde, clara
y pálida, que había brotado en la tierra fértil y embebida de agua.
—No alcanzó a llegar, no alcanzó a llegar —dijo
apresuradamente Pelagueia Ivánovna mientras ella misma, con la cabeza descubierta y parecida a una bruja, deshacía
el rollo de gasa.
Allí, con el alegre rugido de las aguas que se
precipitaban a través de los oscurecidos pilares de madera del puente,
Pelagueia Ivánovna y yo recibimos a un bebé de sexo masculino. Lo recibimos
vivo y salvamos a la
madre. Luego las dos enfermeras y Egórich, con el pie
izquierdo descalzo, libre ya de la odiada suela podrida, llevaron a la
parturienta hasta el hospital en una camilla.
Cuando ésta, ya tranquila y pálida, yacía cubierta
por las sábanas, cuando el bebé ya había sido colocado en una cuna junto a ella
y cuando todo estuvo en orden, le pregunté:
—¿No podías encontrar un lugar mejor que el puente
para dar a luz? ¿Por qué no viniste a caballo?
Ella contestó:
—Mi suegro no me dio el caballo. Son sólo cinco
verstas, me dijo, llegarás. Eres una mujer fuerte. Para qué cansar en vano al
caballo...
—Tu suegro es un tonto y un cerdo —respondí.
—Ah, qué gente tan ignorante —añadió compasivamente
Pelagueia Ivánovna, y luego, por alguna razón, se rió.
Capté su mirada, que se había detenido en mi mejilla
izquierda.
Salí, y en la sala de partos me miré al espejo. El
espejo me mostró lo que mostraba normalmente: una fisonomía contraída de tipo
claramente degenerativo, con un ojo derecho que aparentemente había recibido un
golpe. Pero —y de eso el espejo no tenía la culpa— en la mejilla derecha del
degenerado se podía haber bailado como sobre parquet, mientras que en la
izquierda se extendía un espeso vello rojizo. El mentón servía de línea
divisoria. Me vino a la memoria un libro de tapas amarillas: Sajalín. En ese
libro había fotografías de distintos hombres.
«Asesinato, robo, un hacha ensangrentada —pensé yo—,
diez años... Qué vida tan original llevo, después de todo, en esta isla
deshabitada. Debo ir a terminar de afeitarme...»
Y aspirando el aire de abril que llegaba de los
negros campos, escuchando el estruendo que producían los cuervos desde las
copas de los abedules y entrecerrando los ojos a causa del primer sol, atravesé
el patio dispuesto a terminar de afeitarme. Eran alrededor de las tres de la tarde. Terminé de
afeitarme a las nueve de la
noche. Nunca , según había podido observar, las cosas
inesperadas —como un parto en medio de los matorrales— llegaban solas a
Múrievo. En cuanto puse la mano en la abrazadera de la puerta de mi porche, el
hocico de un caballo apareció en el portón de la entrada, junto con una carreta
cubierta de suciedad, que se zarandeaba fuertemente. La conducía una campesina
que gritaba con voz aguda:
—¡Arre, maldito!
Desde el porche oí cómo, entre un montón de trapos,
gimoteaba un muchachito.
Por supuesto, resultó que tenía la pierna rota y
durante dos horas el enfermero y yo estuvimos atareados colocando el vendaje de
yeso al niño, que durante esas dos horas estuvo dando alaridos. Después, había
que comer y después tuve pereza de afeitarme: quería leer alguna cosa. Después
llegó arrastrándose el crepúsculo, el horizonte se oscureció y yo, apresuradamente, por fin terminé de afeitarme.
Pero como la dentada
Gillette se había quedado olvidada en el agua jabonosa, para
siempre quedó en ella una franja oxidada como recuerdo del parto de primavera
junto al puente.
Sí..., no tenía sentido afeitarse dos veces a la semana. En
ocasiones estábamos completamente cubiertos de nieve, aullaba la tormenta, y
nos quedábamos sin salir del hospital de Múrievo durante un par de días; ni
siquiera había quien fuera a Voznesensk, a nueve verstas de distancia, a traer
los periódicos. Durante las largas noches, yo paseaba arriba y abajo por mi
gabinete y deseaba ardientemente leer un periódico, como en la infancia había
deseado leer El rastreador de Cooper. Pero los aires ingleses no se
extinguieron por completo en la isla deshabitada de Múrievo y, de tiempo en
tiempo, sacaba del estuche negro el brillante juguetito, me afeitaba con
indolencia y salía limpio y terso como el orgulloso habitante de la isla. Lástima que no
hubiera nadie que pudiera admirarme.
Pero... sí..., hubo, además de éste, otro caso
similar. En cierta ocasión, según recuerdo, ya había sacado la maquinilla de
afeitar y Axinia me había traído al gabinete el mellado jarro con agua
caliente, cuando tocaron amenazadoramente a la puerta y me llamaron. Pelagueia
Ivánovna y yo debíamos ir a un lugar terriblemente lejano. Y atravesamos,
envueltos en nuestras pellizas de cordero y más parecidos a un negro fantasma
que a nosotros mismos, aquel enloquecido océano blanco. La tormenta silbaba
como una bruja, aullaba, escupía, reía. Todo había desaparecido y yo
experimentaba una conocida sensación de frío en algún lugar de la región del
plexo solar ante la sola idea de que pudiéramos confundir el camino en medio de
aquella oscuridad que giraba satánicamente alrededor de nosotros y muriéramos
todos: Pelagueia Ivánovna, el cochero, el caballo y yo. También, recuerdo,
surgió en mí la tonta idea de que, cuando nos estuviéramos congelando y nos
encontráramos cubiertos a medias por la nieve, inyectaría morfina a la
comadrona, al cochero y a mí mismo... ¿Para qué? Simplemente para no sufrir...
«Aun sin morfina te congelarás espléndidamente, médico —recuerdo que me contestó
una voz seca y fuerte—, nada te...» ¡Uh-uh-uh!... ¡Ah-ah-ah!..., soplaba la
bruja, y nos sacudíamos en el trineo... Seguramente publicarán en algún
periódico de la capital, en la última página, que en tales y tales
circunstancias perecieron en el cumplimiento de su deber el doctor fulano de
tal, junto con Pelagueia Ivánovna, el cochero y un par de caballos. Paz a sus
restos en el mar de nieve. Púa..., las cosas que pueden venir a la cabeza
cuando el así llamado deber te arrastra y te arrastra...
No perecimos, ni nos extraviamos, sino que llegamos
a la aldea Gríshievo ,
donde, sujetando al bebé por la piernecita, realicé el segundo viraje de mi
vida. La parturienta era la esposa del maestro de la aldea y, mientras
Pelagueia Ivánovna y yo —ensangrentados hasta los codos y cubiertos de sudor
hasta los ojos— a la luz de la lámpara nos ocupábamos del viraje, se oía cómo,
al otro lado de la puerta de tablones, el marido sollozaba y se paseaba por la
parte oscura de la
isba. Acompañado de los gemidos de la parturienta y de los
incesantes sollozos del marido, debo confesar que le rompí el brazo al bebé. El
niño nació muerto. ¡Ah, cómo me corría el sudor por la espalda!
Instantáneamente me vino a la cabeza la idea de que aparecería alguien
amenazador, negro y enorme, que irrumpiría en la isba y diría con voz de
piedra: «Aja. ¡Retiradle el título!»
Yo, sintiendo desfallecer mis fuerzas, miraba aquel
cuerpecito amarillo e inerte y a la madre del color de la cera, que yacía
inmóvil, inconsciente a causa del cloroformo. Por el postigo de la ventana que
habíamos abierto para disipar el asfixiante olor del cloroformo, entraba una
ráfaga de viento y nieve que se transformaba en una nube de vapor. Cerré el
postigo y de nuevo fijé la mirada en la manita fláccida que sostenía la enfermera. Ah , no
puedo expresar la desesperación con la que regresé a casa solo, ya que había
dejado a Pelagueia Ivánovna para que cuidara de la madre. El trineo se
sacudía en medio de la tormenta, que ya había amainado; los sombríos bosques me
miraban con reproche, sin esperanza, con desesperación. Me sentía derrotado,
deshecho, aplastado por el cruel destino. El me había arrojado a este lugar
perdido y me había obligado a luchar solo, sin ningún tipo de apoyo ni
indicaciones. ¡Cuántas dificultades tan increíbles me veo obligado a soportar!
A mí pueden traerme cualquier caso complicado o difícil, la mayoría de las
veces quirúrgico, y yo debo hacerle frente, con mi rostro sin afeitar, y
vencerlo. Y cuando no lo venzo, sufro como ahora, que voy dando tumbos por los
baches del camino y he dejado atrás el cadáver de un recién nacido y a su
madre. Mañana, en cuanto cese la tormenta, Pelagueia Ivánovna la traerá al
hospital y la gran interrogante será: ¿podré salvarla? ¿Y cómo debo salvarla?
¿Cómo entender esa grandiosa palabra? En realidad actúo al azar, no sé nada.
Hasta ahora había tenido suerte, algunos casos asombrosos han terminado bien,
pero hoy, hoy no he tenido suerte. Ah, mi corazón se siente agobiado por la soledad,
el frío, porque no hay nadie alrededor. Quizá he cometido un crimen —con el
bracito—. Quisiera irme a algún sitio, caer ante los pies de alguien y decirle
que las cosas son así, que yo, el médico tal, he roto el brazo de un bebé.
Quitadme el título, soy indigno de él, queridos colegas, enviadme a Sajalín.
¡Oh, qué neurastenia!
Me tumbé en el fondo del trineo y me encogí, para
que el frío no me devorara con tanta crueldad. Me sentí como un perro
miserable, sin hogar ni experiencia.
Viajamos durante mucho, mucho tiempo, hasta que
vimos los destellos del pequeño pero alegre y eternamente familiar farol del
portón de entrada del hospital. El farol parpadeaba, se desvanecía, aparecía y
desaparecía de nuevo, nos atraía hacia sí. Al verlo, mi alma solitaria se
sintió menos apesadumbrada y cuando ya finalmente se afirmó ante mis ojos,
cuando creció y se acercó, cuando las paredes del hospital dejaron de ser
negras para adquirir su habitual tono blanquecino, yo, mientras atravesaba el
portón, me decía a mí mismo:
«Preocuparse por el brazo es una tontería. No tiene
ninguna importancia. Se lo rompiste a un bebé que ya estaba muerto. No es en el
brazo en lo que debes pensar ahora, sino en que la madre está viva.»
El farol me animó, el familiar porche también, pero
ya dentro de la casa, cuando subía hacia mi gabinete y comencé a sentir el
calor de la estufa y a saborear por anticipado el sueño liberador de todos los
tormentos, farfullé de la siguiente manera:
«Las cosas son así, pero de todas maneras tengo
miedo y me siento muy solo. Muy solo.»
La maquinilla de afeitar estaba sobre la mesa y
junto a ella el jarro con el agua, que se había enfriado ya. Con desprecio
arrojé la maquinilla al cajón. Sí, en verdad que era un momento muy adecuado
para afeitarse...
Había transcurrido un año. Mientras transcurría
lentamente me había parecido multifacético, variado, complicado y terrible,
pero ahora comprendo que ha pasado como un huracán. Me miro en el espejo y veo
las huellas que ha dejado en mi rostro. Los ojos se han vuelto más severos e
intranquilos, la boca más firme y viril, la arruga del entrecejo me quedará
para toda la vida, como me quedan los recuerdos. Los veo en el espejo correr en
un impetuoso torrente. Pero... en otra ocasión también temblé al pensar en mi
título y en que algún fantástico tribunal me juzgaría y los terribles jueces me
preguntarían:
«¿Dónde está la mandíbula del soldado? ¡Eh!
¡Contesta, malvado sinvergüenza con título universitario!»
¡Cómo no voy a recordarlo! El asunto es que, aunque
en el mundo existe el enfermero Demián Lukich que extrae los dientes con la
misma habilidad con que un carpintero saca los clavos herrumbrosos de las
tablas viejas, el tacto y el sentimiento de mi propia dignidad me sugirieron,
desde mis primeros pasos en el hospital de Múrievo, que debía aprender a extraer
muelas. Demián Lukich podría ausentarse o enfermar y nuestras comadronas saben
hacerlo todo, menos una cosa: extraer muelas. Ese no es asunto de ellas.
En consecuencia... Recuerdo perfectamente un rostro
sonrosado pero consumido por el sufrimiento que estaba en el taburete frente a
mí. Era el de un soldado que, como muchos otros, había vuelto del frente que se
desmoronaba después de la revolución. Recuerdo con exactitud la enorme
muela agujereada, fuertemente enclavada en la mandíbula. Frunciendo
el ceño con expresión de sabiduría y tosiendo con preocupación, coloqué las
tenazas en aquella muela. Debo añadir, sin embargo, que en ese momento
recordaba con toda claridad el conocido relato de Chéjov acerca de cómo le
extrajeron una muela al sacristán. Entonces, por primera vez, me pareció que
ese relato no era gracioso. Algo crujió con fuerza en el interior de la boca y
el soldado dio un corto alarido:
—|Ay!
Después de eso, cesó la resistencia a mis manos y
las tenazas salieron de la boca con un objeto blanco y ensangrentado apretado
entre ellas. En ese instante sentí que el corazón me daba un vuelco porque ese
objeto superaba, por sus dimensiones, a cualquier diente, aunque éste fuera una
muela de soldado. Al principio no comprendí nada, pero luego estuve a punto de
echarme a llorar: de las tenazas verdaderamente colgaba una muela de raíces muy
largas, pero de la muela colgaba un enorme trozo de hueso, inmaculadamente
blanco e irregular.
«Le he roto la mandíbula...», pensé, y las piernas
me flaquearon. Dando gracias al destino porque no se encontraban en ese momento
junto a mí ni el enfermero ni las comadronas, con un movimiento subrepticio
envolví el fruto de mi audaz trabajo en una gasa y lo escondí en mi bolsillo.
El soldado se balanceaba en el taburete aferrándose con una mano a la pata del
sillón ginecológico y con la otra a la pata del taburete, y me miraba con ojos
saltones y completamente atontados. Confundido, le di un vaso con una solución
de permanganato de potasio y le ordené:
—Enjuágate la boca.
Fue una acción tonta. El soldado se llenó la boca de
la solución y cuando la escupió, ésta salió mezclada con la sangre de color
escarlata que ya por el camino se había convertido en un líquido espeso de un
color nunca antes visto. Luego, la sangre comenzó a manar de tal forma de la
boca del soldado, que yo mismo me asusté. Si le hubiera hecho un corte en la
garganta con una navaja de afeitar, seguramente no habría manado con tanta
fuerza. Dejé el vaso con el permanganato y me lancé hacia el soldado con bolas
de gasa con las que intentaba taparle el agujero abierto en la mandíbula. La gasa
se volvió inmediatamente escarlata y, al sacarla, vi con horror que en aquel
agujero fácilmente se podía acomodar una ciruela de las de gran tamaño.
«He arruinado a este pobre soldado», pensé con
desesperación mientras sacaba largas franjas de gasa de un frasco. Finalmente
la sangre se detuvo y unté con yodo el agujero de la mandíbula.
—No comas nada durante tres horas —dije con voz
temblorosa a mi paciente.
—Se lo agradezco profundamente —respondió el
soldado, mirando con cierto asombro la taza, llena de su sangre.
—Tú, amigo mío —dije con voz lastimera—, haz lo
siguiente... Ven mañana o pasado mañana a verme. Necesito..., sabes..., será
necesario examinarte... Tienes al lado una muela sospechosa... ¿De acuerdo?
—Se lo agradezco profundamente —repitió el soldado
con aire sombrío, y se alejó sujetándose la mandíbula. Yo me
lancé hacia el consultorio y estuve sentado allí durante un tiempo, cogiéndome
la cabeza con las manos y balanceándome, como si yo mismo tuviera dolor de
muelas. Unas cinco veces saqué del bolsillo la dura y ensangrentada bola, pero
siempre volvía a esconderla rápidamente.
Durante una semana viví como extraviado en la
niebla, adelgacé y me debilité.
«El soldado tendrá gangrena, o septicemia... ¡Ah,
demonios! ¿Para qué le habré metido las tenazas en la boca?»
Escenas absurdas me cruzaban por la mente. Por ejemplo, el
soldado comienza a temblar. Primero camina, y relata cosas sobre Kérenski y el
frente, pero se va poniendo cada vez más silencioso. Ya no está para Kérenski.
El soldado está acostado sobre una almohada de percal y delira. Tiene cuarenta
grados de temperatura. Todos los aldeanos visitan al soldado. Al final el
soldado ya está tendido sobre la mesa, bajo los iconos, con la nariz afilada.
En la aldea comienza el cotilleo.
«¿Cómo habrá podido pasarle esto?»
«El doctor le sacó una muela...»
«Ahí está el asunto...»
Más días, más cotilleo. Una investigación. Aparece
un hombre de rostro severo.
«¿Usted le extrajo una muela al soldado...?»
«Sí..., yo.»
Exhuman al soldado. Un juicio. El oprobio. Yo soy la
causa de la muerte. Y
he aquí que ya no soy un médico, sino un hombre desdichado, arrojado por la
borda, mejor dicho, un ex hombre.
El soldado no volvía al hospital, yo me deprimía y
la bola se llenaba de herrumbre y se secaba sobre el escritorio. Una semana más
tarde debía ir a la capital de distrito por el salario del personal. Me marché
a los cinco días y, ante todo, fui a ver al médico del hospital de distrito.
Ese hombre, con una barbita ahumada por el humo del tabaco, había trabajado
durante veinticinco años en el hospital. Había visto de todo. Esa noche, en su
gabinete, yo tomaba melancólicamente té con limón y hurgaba en el mantel, hasta
que finalmente no resistí y, hablando con rodeos, le conté una historia confusa
y falsa: a veces... ocurren ciertas cosas... si alguien extrae una muela... y
rompe la mandíbula... puede producirse la gangrena, ¿verdad...? Sabe, un
trozo... he leído...
El médico me escuchó un buen rato fijando en mí sus
ojos descoloridos bajo cejas hirsutas, y de pronto me dijo:
—Usted le ha roto el alvéolo... En el futuro
extraerá muy bien las muelas... Deje el té y vamos a beber un poco de vodka
antes de la cena.
En ese momento, y para toda la vida, el soldado que
me atormentaba salió de mi cabeza.
¡Ah, el espejo de los recuerdos! Había transcurrido
un año. ¡Qué gracioso me resulta ahora recordar ese alvéolo! Yo, a decir
verdad, nunca extraeré los dientes como Demián Lukich. ¡Faltaría más! El extrae
unos cinco dientes cada día, mientras que yo uno cada dos semanas. Pero, pese a
eso, los extraigo como muchos quisieran poder hacerlo. Y ya no rompo los
alvéolos, y si lo hiciera, no me asustaría.
Pero ¿qué importancia tienen los dientes? Cuántas cosas
no habré visto y hecho en este año inolvidable.
La noche entraba en la habitación. La
lámpara estaba ya encendida y yo, flotando en el amargo olor a tabaco, hacía un
balance. Mi corazón se llenó de orgullo. Había hecho dos amputaciones desde la
cadera (las de dedos ni siquiera las cuento).
¿Y cuántos raspados? Los tengo anotados dieciocho veces. ¿Y la hernia?
¿Y la traqueotomía? Todo lo he hecho, y ha salido bien. ¡Cuántos abscesos
gigantescos he abierto! ¿Y los vendajes en las fracturas? Los he hecho de yeso
y almidonados. He arreglado dislocaciones. He hecho intubaciones. Y partos. ¡De
todo tipo! Es verdad que no haría cesáreas. Siempre se puede enviar a la
parturienta a la ciudad.
Pero fórceps, virajes, todos los que queráis.
Recuerdo mi último examen estatal de medicina legal.
El profesor me dijo:
—Hable de las heridas a quemarropa.
Comencé a hablar con soltura, y hablé durante mucho
rato; por mi memoria visual pasaba flotando la página de un grueso libro de
texto. Finalmente quedé agotado; el profesor me miró con repugnancia y dijo con
voz cascada:
—Nada parecido a lo que usted acaba de decir ocurre
en las heridas a quemarropa. ¿Cuántos sobresalientes tiene?
—Quince —contesté.
El profesor puso frente a mi apellido un aprobado y
yo salí de allí rodeado de niebla y vergüenza...
Salí y muy pronto me marché a Múrievo, y aquí estoy,
solo. El diablo sabrá lo que ocurre en las heridas a quemarropa. Yo sé que
cuando aquí había una persona acostada en la mesa de operaciones y una espuma
de burbujas —rosada por la sangre— le salía de la boca no perdí el dominio de
mí mismo. No, aunque su pecho había sido destrozado a quemarropa con perdigones
para lobos, hasta tal punto que se veía un pulmón y la carne del pecho colgaba
a pedazos. Y un mes y medio más tarde ese mismo hombre salió vivo de mi
hospital. En la universidad nunca tuve el honor de tener entre mis manos unos
fórceps, en cambio aquí, aunque temblando, aprendí a utilizarlos en un momento.
No oculto que recibí a un bebé extraño: la mitad de su cabeza estaba hinchada,
de color azul purpúreo y sin un ojo. Sentí que me helaba. Escuché vagamente las
palabras de consuelo de Pelagueia Ivánovna:
—No es nada, doctor, simplemente le ha puesto en el
ojo una de las paletas de los fórceps.
Estuve temblando durante dos días, pero dos días más
tarde la cabeza recuperó su estado normal.
Y cuántas heridas he cosido. Cuántas pleuritis
purulentas he visto, cuántas neumonías, tifus, cánceres, sífilis, hernias (y
las he curado), hemorroides, sarcomas...
Inspirado, abrí el libro de registros y estuve
contando durante una hora. ¡Y los conté todos! En un año, hasta esa misma
noche, había atendido a 15.613 enfermos. Internados había tenido 200 y sólo
habían muerto seis.
Cerré el libro y me dispuse a dormir. A mis
veinticuatro años, estaba acostado en mi cama en espera de poder conciliar el
sueño, y pensaba que mi experiencia era ahora enorme. ¿De qué podía tener
miedo? De nada. Había sacado guisantes de los oídos de los niños, había
cortado, cortado, cortado... Mi mano era valiente, no temblaba. Había visto
toda clase de picardías y aprendido a comprender incomprensibles frases de
labios de las campesinas. Me orientaba en ellas como Sherlock Holmes en los
documentos misteriosos... El sueño estaba cada vez más cerca...
—Yo... —farfullé, mientras me quedaba dormido—, yo
verdaderamente ya no puedo imaginar que me traigan un caso que me ponga en un
callejón sin salida..., quizá allá, en la capital, dirán que actúo como un
enfermero..., qué importa..., ellos están bien... en las clínicas y universidades...,
en los gabinetes de rayos X...,
en cambio yo aquí... soy todo... y los campesinos no pueden vivir sin
mí... Cómo temblaba cuando llamaban a la puerta, cómo me contraía mentalmente
por el miedo... En cambio ahora...
* * *
—¿Cuándo ocurrió esto?
—Hace una semana, padrecito, hace una semana... Lo
echó...
Y la campesina comenzó a sollozar.
Era una mañana grisácea del mes de octubre: el
primer día de mi segundo año. La noche anterior me había sentido orgulloso y me
había jactado de mí mismo mientras lograba conciliar el sueño, y esta mañana
estaba de pie, con mi bata, y observaba desorientado...
La mujer sostenía en sus brazos a su hijito de un
año como si fuera un tronco; al chiquillo le faltaba el ojo izquierdo. En lugar
de un ojo, de su estirado y delgadísimo párpado asomaba un globo de color
amarillo, del tamaño de una manzana pequeña. El chiquillo gritaba y pataleaba
de dolor, y la campesina sollozaba. Yo no sabía qué hacer. Le examiné desde
todos los ángulos. Demián Lukich y la comadrona estaban de pie detrás de mí.
Callaban. Nunca habían visto nada semejante.
«¿Qué puede ser esto...? Una herida cerebral...
Hmm... pero está vivo... Sarcoma... Hmm... es demasiado blando... Un horrible
tumor nunca visto... Pero a partir de dónde... De lo que fuera el ojo... O
quizá el ojo nunca haya existido... en todo caso, ahora no está...»
—Pues bien —dije con aire inspirado—, es necesario
operar este problema...
E inmediatamente me imaginé cómo haría una incisión
en el párpado, cómo lo abriría y...
«¿Y qué...? ¿Qué ocurrirá más adelante? Tal vez eso
provenía del cerebro... Diablos... Es bastante suave..., se parece al
cerebro...»
—¿Qué? ¿Cortarle? —preguntó la campesina
palideciendo—. ¿Cortar en el ojo? No doy mi consentimiento...
Y, horrorizada, se puso a envolver al chiquillo en
trapos.
—No tiene ningún ojo —contesté categóricamente—.
Observa, no hay lugar para el ojo. Tu niño tiene un extraño tumor...
—Déle unas gotas —dijo la campesina, aterrorizada.
—¿Te estás burlando acaso? ¿Qué tienen que ver las
gotas aquí? ¡Ninguna gota le puede ayudar!
—Entonces qué, ¿se va a quedar sin ojo?
—Te estoy diciendo que no tiene ojo...
—¡Pues hace tres días tenía uno! —exclamó con
desesperación la mujer.
«¡Diablos...!»
—No lo sé, quizá en realidad lo tenía... Diablos...
Pero es que ahora no lo tiene... Y por último, querida, es mejor que lleves a
tu niño a la ciudad. Allí
le harán inmediatamente una operación... ¿No es verdad, Demián Lukich?
—Sí —respondió meditabundo el enfermero,
evidentemente sin saber qué decir—, es algo nunca visto.
—¿Que lo operen en la ciudad? —preguntó la campesina
con horror—. No lo permitiré.
El asunto terminó con que la mujer se llevó a su
niño sin permitir que le tocaran el ojo.
Durante dos días estuve rompiéndome la cabeza, me
encogía de hombros, hurgaba en la biblioteca, miraba ilustraciones que
representaban a niños con ampollas emergiendo en lugar de ojos... Diablos.
Dos días más tarde me había olvidado del chiquillo.
* * *
Transcurrió una semana.
—¡Ana Zhújova! —grité.
Entró una alegre campesina con un niño en brazos.
—¿De qué se trata? —pregunté como de costumbre.
—El costado me duele, no puedo respirar —comunicó la
campesina, y por alguna razón sonrió burlonamente.
El sonido de su voz me hizo estremecer.
—¿No me reconoce? —preguntó la campesina con tono
burlón.
—Espera..., espera..., sí... Espera... ¿Este es el
mismo niño?
—El mismo. ¿Recuerda, señor doctor, que usted dijo
que no había ojo y que era necesario operar para...?
Me quedé atontado. La campesina me miraba con aire
victorioso, la risa jugueteaba en sus ojos.
El niño estaba sentado tranquilo en sus brazos y
miraba el mundo con sus ojos castaños. No había ni rastro del tumor amarillo.
«Esto es brujería...», pensé desconcertado.
Después, cuando me hube recobrado un poco, tiré
cuidadosamente el párpado hacia atrás. El niño lloriqueó, trató de girar la
cabeza, pero de todas formas pude ver... una pequeñísima cicatriz en la mucosa... Vaya.. .
—En cuanto salimos de aquí la otra vez... se
reventó...
—No hace falta que me cuentes nada, mujer —dije yo
confundido—, lo he comprendido ya...
—Y usted decía que no tenía ojo... Pues le ha salido
uno. —Y la campesina rió burlonamente.
«Lo he comprendido, ¡que el diablo me lleve...! Un
enorme absceso se había desarrollado en el párpado inferior, y había hecho a un
lado el ojo, lo había cubierto completamente... y cuando se reventó, la pus
salió... y todo quedó en su lugar...»
* * *
No. Nunca, ni siquiera cuando esté quedándome
dormido, murmuraré con orgullo que nada me puede asombrar. No. Ha transcurrido
un año, y pasará otro y será tan rico en sorpresas como el primero... Eso
significa que hay que aprender con humildad.
1926
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.