Llegó el invierno "con sus
nieves cano". De tarde en tarde podíamos tomar un sol de tan pocos
alientos, que más bien parecía querer robarnos el humilde calor que cada cual
lleva debajo del abrigo, que prestarnos buenamente un haz de rayos tibios para
ir viviendo.
Una noche disponíame yo a leer
metido en la cama, cuando oí a mi lado el aleteo de una mosca. Era flaca,
desmirriada y tenía las alas rotas. Debía de ser la última del invierno. Los
restos mortales de sus hermanas, pegados a las vidrieras, habían desaparecido
como mísero polvo ahuyentado por el plumero de la criada.... ¡La última mosca
que aun luchaba!...
Ardía en mi candelera la mitad
de una vela, y en ella se posó, alicaída y débil; luego, poco a poco, fue
ascendiendo, como granuja por cucaña, hasta colocarse a distancia tal de la
llama que sintiera el halago del calor sin peligro de quemarse.
Comencé a leer. Entró mi
espíritu de tan buena gana en los laberintos del libro, que en vano el reloj me
dijo: ¡las once, las doce! No oí maldita la campanada. Al fin el sueño empezó a
vencerme; la voz que me hablaba escondida en el bosque de las páginas se
hizo más confusa y suave, y mi alma, como vieja miedosa, que cuida de cerrarse
por dentro, dejaba plegarse a los párpados rendidos... Incorpóreme
pesadamente para apagar la luz. Sólo quedaba un pequeño cabo de vela; y la
mosca solitaria había ido descendiendo, a medida que la llama bajaba,
mendigando al fuego un instante de vida, pero disfrutando del calorcillo
agradable que exhalaba la muerte. .. Sí, la muerte estaba en mi cuarto. La
víctima iba a ser una mosca; ¡pero era la muerte! El día señalado, tan polvo
será mi cuerpo como el de ese animalejo... Como el más respetable homo
sapiens, esa mosca nace, vive, muere, y ansía el alimento y tiene apego a
la vida... La llama y la mosca seguían bajando...
Con gran arranque fui a soplar
la luz y me detuve. No. Que la mate el frío o que la mate el "Tato",
como decían nuestros padres. No todos los días está uno para quebrantar
Mandamientos. Soy hombre que no mata una mosca.
Volvíme hacia la pared y dije
para mí: Quédate aquí, desdichada, ya que te condena quien puede a morir con
los últimos alientos de esa vela. Día llegará en que el calor huya también de
mí y de nada han de valerme entonces estas mantas felpudas, ante los témpanos
con que la muerte rodeará mi lecho...
Y hubiera continuado este
discurso grave, si no me cortara los vuelos el sopor del sueño. Recuerdo
vagamente la agonía de la luz: claridades y sombras que aleteaban en las
paredes de la alcoba en medio del silencio...
Desperté al día siguiente y
vieron mis ojos el sol de invierno que iluminaba el dormitorio.. La vela había
desaparecido, y en el mármol blanco de la mesa de noche yacía, chamuscado y
patas arriba, el cadáver de una mosca.
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