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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

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Michel Ftiz-James - ¿Qué fue eso?

 Uno de los primeros y casi desconocidos discípulos de Poe, cuya 
     prometedora obra inicial que dó truncada a causa de su prematura muerte, 
     fue el irlandés nacionalizado norteamericano Michel Ftiz-James DeCourcy 
     O’Brien (1828-1862). De gustos refinados y costumbres bohemias, el llamado "Poe celta" dilapidó en un par de años la herencia de sus antepasados y tuvo que emigrar a Estados Unidos en 1851 a probar fortuna, instalándose 
     en Nueva York, donde pronto vivió de su pluma escribiendo de todo: poemas, críticas, obras teatrales, y sobre todo artículos y cuentos, que se 
     publicaron con gran éxito en las mejores revistas de la época (en 1858 
     apareció en la "Atlantic Magazine" su primer relato de importancia, "The 
     Diamond Lens", notable antecedente de la ciencia-ficción), 
     proporcionándose una celebridad pareja a la de Poe Hawthorne.
     Su espíritu inquieto y aventurero le llevó a alistarse en el ejército de 
     la Unión durante la guerra de secesión americana, alcanzando el grado de 
     capitán en un brillante aunque efímero historial que culminó súbitamente 
     en Cumberland (Virginia), donde falleció en abril de 1862 a consecuencia 
     de un tratamiento médico inadecuado a las graves heridas padecidas en la 
     batalla de Bloomery Gap. Su muerte - como apunta Lovecraft - "nos ha 
     privado sin duda de algunos relatos magistrales de terror, aunque su genio 
     no posee, propiamente, esa titánica calidad que caracteriza a Poe o a 
     Hawthorne".
     Su celebradísimo "¿Qué fue eso?" constituye "el primer relato bien 
     pergeñado sobre un ser tangible pero invisible" y fue el prototipo de 
     obras tan memorables como "El Horla" de Maupassant, "El maldito engendro" de Bierce o "El hombre invisible" de Wells. El mismo Lovecraft lo debió tener muy en cuenta cuando le revisó y reescribió a Sonia Green su cuento "Horror at Martin’s Beach" que finalmente publicaría en "Weird Tales" a 
     finales de 1923 firmado por su mujer y retitulado "El monstruo Invisible".


*****

     Siento grandes escrúpulos, lo confieso, al abordar la extraña narración 
     que estoy a punto de relatar. Los acontecimientos que me propongo detallar 
     son de una índole tan singular que estoy completamente seguro de suscitar 
     desacostumbradas dosis de incredulidad y desprecio. Las acepto de 
     antemano. Confío en tener el suficiente valor literario para afrontar el 
     escepticismo. Tras madura reflexión, he decidido narrar, de la manera mas 
     sencilla y sincera que me sea posible, ciertos hechos misteriosos que pude 
     observar el pasado mes de julio, y que no tienen precedentes en los anales 
     de la física. 
     Vivo en Nueva York, en el número... de la calle Veintiséis. En cierto modo 
     es una casa un tanto singular. Ha gozado en los dos últimos años de la 
     fama de estar habitada por espíritus. Se trata de un enorme e 
     impresionante edificio, rodeado de lo que antaño fuera un jardín, pero que 
     ahora no es mas que un espacio verde destinado a tender al sol la colada. 
     La seca taza de lo que fue una fuente, y unos pocos frutales descuidados y 
     sin podar, denotan que el lugar fue en otros tiempos un agradable y 
     sombreado refugio, lleno de flores y frutos y del suave murmullo de las 
     aguas.
     La casa es muy amplia. Un vestíbulo de majestuosas proporciones conduce a 
     una amplia escalera de caracol, y las demás habitaciones son, igualmente, 
     de impresionantes dimensiones. Fue construida hace unos quince o veinte 
     años por el Sr. A., conocido hombre de negocios de Nueva York, que cinco 
     años atrás sembró el pánico en el mundo de las finanzas a causa de un 
     formidable fraude bancario. Como todos saben, el Sr. A. escapó a Europa y 
     poco después murió de un ataque al corazón. Tan pronto como la noticia de 
     su fallecimiento llegó a este país y fue debidamente verificada, corrió el 
     rumor por la calle Veintiséis de que la casa número... estaba encantada.
     La viuda del anterior propietario fue legalmente desposeída de la 
     propiedad, la cual desde entonces fue únicamente habitada por un guarda y 
     su mujer, puestos allí por el agente inmobiliario a cuyas manos había 
     pasado para su alquiler o venta. El matrimonio declaró sentirse perturbado 
     por ruidos sobre naturales. Las puertas se habrían solas. El escaso 
     mobiliario disperso aún en las diferentes habitaciones era apilado durante 
     la noche por manos desconocidas. Pies invisibles subían y bajaban la 
     escalera en pleno día, acompañados del crujir de vestidos de seda 
     igualmente invisibles, y del deslizar de imperceptibles manos a lo largo 
     de la imponente balaustrada. El guardia y su mujer afirmaron no querer 
     vivir mas tiempo en aquel lugar. El agente inmobiliario se rió, los 
     despidió y puso a otros en su puesto. Los ruidos y las manifestaciones 
     sobrenaturales continuaron. La historia se difundió por el vecindario, y 
     la casa permaneció desocupada durante tres años. Varias personas trataron 
     de alquilarla. Pero, de una forma u otra, antes de cerrar el trato se 
     enteraban de los desagradables rumores y rehusaban concluir la operación.
     Así estaban las cosas cuando mi patrona, que en aquel tiempo dirigía una 
     casa de huéspedes en Bleecker Street y deseaba trasladarse más al centro 
     de la ciudad, concibió la audaz idea de alquilar el número... de la calle 
     Veintiséis. Como quiera que sus huéspedes éramos personas más bien 
     animosas y sensatas, nos expuso su plan, sin omitir lo que había oído 
     acerca de las características fantasmagóricas del edificio a donde deseaba 
     que nos trasladásemos.. A excepción de dos personas timoratas - un capitán 
     de barco y un diputado californiano, que nos notificaron de inmediato su 
     marcha- los restantes huéspedes de la Sra. Moffat declaramos que la 
     acompañaríamos en su caballeresca incursión en el reino de los espíritus.
     La mudanza se llevó a cabo en el mes de mayo, y quedamos todos encantados 
     con nuestra nueva residencia. La zona de la calle Veintiséis donde estaba 
     situada nuestra casa, entre la Séptima y la Octava Avenida, es uno de los 
     lugares más agradables de Nueva York. Los jardines traseros de las casas, 
     que casi descienden hasta el Hudson, forman en verano una verdadera 
     avenida cubierta de vegetación. El aire es puro y estimulante, dado que 
     llega directamente de las colinas de Weehawken a través del río. Incluso 
     en el descuidado jardín que rodea la casa, aunque en los días de colada 
     muestre demasiados tendederos, ofrece no obstante un poco de césped que 
     contemplar y un fresco refugio donde fumarse un cigarro en la oscuridad 
     observando los destellos de las luciérnagas entre la crecida hierba.
     Por supuesto, nada más instalarnos en el número... de la calle Veintiséis 
     empezamos a esperar la aparición de los fantasmas. Aguardábamos su llegada 
     con auténtica impaciencia. Nuestras conversaciones en la mesa versaban 
     sobre lo sobrenatural. Uno de los huéspedes que había adquirido para su 
     propio deleite El lado oscuro de la naturaleza de la Sra. Crowe, fue 
     considerado enemigo público número uno del resto de la casa por no haber 
     comprado veinte ejemplares más. El pobre llevó una vida tristísima 
     mientras leía el libro. Estableciéndose una red de espionaje en torno 
     suyo. Si tenía la imprudencia de dejar el libro por un instante y 
     abandonar su habitación, nos apoderábamos inmediatamente de él y lo 
     leíamos en voz alta en lugares secretos ante un auditorio selecto. No 
     tardé en convertirme en un personaje importante cuando se descubrió que 
     estaba bastante versado en el campo de lo sobrenatural, y que en una 
     ocasión había escrito un cuento cuyo protagonista era un fantasma. Si por 
     casualidad crujía una mesa o un panel del zócalo de madera cuando 
     estábamos reunidos en el amplio salón, inmediatamente hacíase el silencio, 
     y todos esperábamos oír un rechinar y ver una figura espectral.
     Después de un mes de tensión psicológica, nos vimos obligados a admitir de 
     mala gana que no había sucedido nada que pareciese ni remotamente fuera de 
     lo normal. En cierta ocasión, el mayordomo negro aseveró que una noche su 
     vela había sido apagada de un soplo por un ser invisible mientras se 
     desnudaba. pero como yo había descubierto más de una vez a este caballero 
     de color en un estado en el que una vela debía parecerle doble, supuse 
     que, habiéndose excedido aún más en sus libaciones, podía haberse 
     invertido el fenómeno y ahora no veía ninguna donde tenía que haber 
     percibido una.
     Así estaban las cosas cuando tuvo lugar un incidente tan espantoso e 
     inexplicable que mi razón vacila con sólo recordarlo. Fue el diez de 
     julio. Terminada la cena acudí al jardín con mi amigo el doctor Hammond 
     para fumar mi acostumbrada pipa vespertina. Aparte de cierta afinidad 
     intelectualmente el doctor y yo, nos unía el mismo vicio. Ambos fumábamos 
     opio. Cada uno de nosotros conocía el secreto del otro y lo respetaba. 
     Compartíamos esa maravillosa expansión del pensamiento, esa prodigiosa 
     agudización de las facultades perceptivas, esa ilimitada sensación de 
     existir que nos da la impresión de estar en íntimo contacto con el 
     universo entero. En resumen, esa inimaginable dicha espiritual, que no 
     cambiaría por un trono, pero que deseo, amable lector, que nunca jamas 
     experimentes.
     Aquellas horas de éxtasis proporcionado por el opio, que el doctor y yo 
     pasábamos juntos en secreto, estaban reguladas con precisión científica. N 
     fumábamos irreflexivamente aquella droga paradisíaca, abandonando nuestros 
     sueños al azar, sino que dirigíamos con cuidado nuestra conversación por 
     los más luminosos y tranquilos cauces del pensamiento. Hablábamos de 
     Oriente, procurando imaginar la magia de sus deslumbrantes paisajes. 
     Comentábamos a los poetas más sensuales, aquellos que describían una vida 
     saludable, rebosante de pasión, dichosa de poseer juventud, fuerza y 
     belleza. Si hablábamos de La tempestad de Shakespeare, nos concentrábamos 
     en Ariel, enviado a Calibán. Al igual que los güebros, volvíamos nuestras 
     miradas a Oriente, y sólo contemplábamos el aspecto risueño del universo.
     El hábil colorido de nuestros pensamientos determinaba un tono adecuado a 
     nuestras ulteriores visiones. Los esplendores de la mágica Arabia teñían 
     nuestros sueños. Recorríamos esa angosta franja de verdor con paso 
     majestuoso y porte real. El croar de la rana arbórea al aferrarse a la 
     corteza del áspero ciruelo nos parecía música celestial. Casas, paredes y 
     calles se desvanecían como nubes de verano, y paisajes de indescriptible 
     belleza se extendían ante nosotros. Era aquella una camaradería 
     desbordante. Disfrutábamos más intensamente de aquellas inmensas delicias 
     porque, aún en los momentos de mayor éxtasis, éramos conscientes de 
     nuestra mutua presencia. Nuestros placeres, aunque individuales, eran sin 
     embargo gemelos; vibraban y crecían en exacta armonía.
     Durante la velada en cuestión, el diez de julio, el doctor y yo nos 
     dejamos llevar por insólitas especulaciones metafísicas. Encendimos 
     nuestras largas pipas de espuma de mar, repletas de exquisito tabaco 
     turco, en medio del cual ardía una diminuta bola negra de opio que, como 
     la nuez del cuento de hadas, encerraba en sus estrechos límites maravillas 
     fuera del alcance de los reyes. Mientras conversábamos, paseamos de un 
     lado para otro. Una extraña perversidad dominaba el curso de nuestros 
     pensamientos. Nos solían fluir estos por los luminosos cauces por los que 
     tratábamos de encauzarlos. Por alguna inexplicable razón, se desviaban 
     continuamente por oscuros y solitarios derroteros, donde las tinieblas 
     habían sentado sus reales. En vano nos lanzábamos a las costas de Oriente, 
     según la vieja costumbre, y evocábamos sus alegres bazares, el esplendor 
     de la época de Harún, los harenes y los palacios dorados. Negros ifrits 
     surgían incesantemente de las profundidades de nuestra plática, y crecían, 
     como aquél que el pescador liberó de la vasija de cobre, hasta oscurecer 
     cuanto brillaba ante nuestros ojos. Insensiblemente cedimos a la fuerza 
     oculta que nos dominaba, dejándonos levar por sombrías especulaciones. 
     Llevábamos algún tiempo hablando de la tendencia al misticismo del 
     espíritu humano y de la afición casi universal por lo atroz, cuando 
     Hammond me dijo repentinamente:
     - ¿Qué es, a tu juicio, lo más terrorífico que existe? La pregunta me 
     desconcertó. Sabía que había muchas cosas espantosas. tropezar con un 
     cadáver en la oscuridad. O contemplar, como me sucedió a mí en cierta 
     ocasión, a una mujer arrastrada por un abrupto y rápido río, agitando 
     frenéticamente los brazos, con el rostro descompuesto, y lanzando 
     chillidos que le partían a uno el corazón, en tanto que los espectadores 
     permanecían paralizados por el terror, desde una venta a sesenta pies de 
     altura, incapaces de hacer el más mínimo esfuerzo para salvarla, 
     observando en silencio, no obstante, el último y supremo estertor de su 
     agonía y su consiguiente desaparición bajo las aguas. Los restos de un 
     naufragio, sin vida aparente a bordo, flotando indiferentemente en medio 
     del océano, constituyen un espectáculo terrible, pues sugieren un terror 
     descomunal de proporciones desconocidas. Por ello aquella noche por vez 
     primera se me ocurrió pensar que tenía que haber una suprema y primordial 
     encarnación del miedo, un terror soberano ante el cual todos los demás 
     deben rendirse. ¿Cuál podía ser? ¿A qué cúmulo de circunstancias podía 
     deber su existencia?
      - Te confieso, Hammond - respondía a mi amigo -, que hasta ahora nunca 
     había considerado esa cuestión. Presiento que de haber algo mas terrible 
     que todo lo demás. Sin embargo, me resulta imposible definirlo, siquiera 
     vagamente.
      - A mí me ocurre algo parecido, Harry - contestó -. Presiento que soy 
     capaz de experimentar un terror mayor que todo lo que la mente humana 
     puede concebir; algo que combine, en espantosa y sobrenatural amalgama, 
     elementos tenidos hasta ahora como incompatibles. El clamor de voces en 
     Wielan, novela de Brockden Brown, es algo terrible. Lo mismo que la 
     descripción del Morador del Umbral en Zanoni, de Bulder. Pero - añadió, 
     agitando la cabeza melancólicamente- hay algo más horrible que todo eso.
      - Escucha, Hammond - expliqué yo -, abandonemos este tipo de 
     conversación, ¡por el amor de Dios!
     - No sé lo que me pasa esta noche - me respondió -, pero por mi mente 
     pasan toda clase de pensamientos misteriosos y espantosos. Me parece que 
     es noche podría escribir un cuento como los de Hoffmann, si poseyera al 
     menos un estilo literario.
      - Bueno, si vamos a ponernos hoffmanescos en nuestra charla, me voy a la 
     cama. El opio y las pesadillas no deben mezclarse nunca. ¡Qué sofoco! 
     Buena noches Hammond.
      - Buenas noches, Harry. Que tengas sueños agradables.
      - Y tú, pájaro del mal agüero, que sueñes con ifrits gules y brujos.
     Nos separamos y cada uno buscó su cámara respectiva. Me desvestí con 
     presteza y me metí en la cama, cogiendo, como de costumbre, un libro para 
     leer un poco antes de dormirme. Abrí el volumen apenas hube apoyado la 
     cabeza en la almohada, pero enseguida lo arrojé al otro extremo de la 
     habitación. Era la Historia de los monstruos, de Goudon, una curiosa obra 
     francesa que me habían enviado recientemente desde París, pero que, dado 
     el estado de ánimo en que me encontraba, era la compañía menos indicada. 
     Debí dormirme sin más; de modo que, bajando el gas hasta dejar solamente 
     un resplandor azulado en lo alto del muro, me dispuse a descansar.
     La habitación estaba completamente a oscuras. la débil llama que todavía 
     permanecía encendida apenas alumbraba a una distancia de tres pulgadas en 
     torno a la lámpara. Desesperadamente me tapé los ojos con un brazo, como 
     para librarme incluso de la oscuridad, y traté de no pensar en nada. Todo 
     fue inútil. Los malditos temas que Hammond había tratado en el jardín no 
     cesaban de agitarse en mi cerebro. Luché contra ellos. Erigí murallas 
     mentales, traté de poner en blanco mi mente a fin de mantenerlos alejados, 
     pero seguían agolpándose sobre mi. Mientras yacía como un cadáver, con la 
     esperanza de que una completa inactividad física aceleraría mi reposo 
     mental, ocurrió un espantoso accidente. Algo pareció caer del techo sobre 
     mi pecho y un instante después sentí que dos manos húmedas rodeaban mi 
     garganta, intentando estrangularme.
     No soy cobarde y además poseo una considerable fuerza física. Lo 
     imprevisto del ataque, en lugar de aturdirme, templó al máximo mis 
     nervios. Mi cuerpo reaccionó instintivamente antes de que mi cerebro 
     tuviera tiempo de percatarse del horror de la situación. Inmediatamente 
     rodeé con mis musculosos brazos a la criatura y la apreté contra mi pecho 
     con toda la fuerza de la desesperación. En pocos segundos la huesudas 
     manos que se aferraban a mi garganta aflojaron su presa y volví a respirar 
     libremente. Comenzó entonces una lucha atroz. Inmerso en la más profunda 
     oscuridad, ignorando por completo la naturaleza de aquello que me había 
     atacado tan repentinamente, sentí que la presa se me escapaba de las 
     manos, aprovechando, según me pareció, su completa desnudez. Unos dientes 
     afilados me mordían en los hombros, el cuello y el pecho, teniendo que 
     protegerme la garganta, a cada momento, de un par de vigorosas y ágiles 
     manos, que no lograba apresar ni con los mayores esfuerzos. Ante tal 
     cúmulo de circunstancias, tenía que emplear toda la fuerza, la destreza y 
     el valor de que disponía.
     Finalmente, después de una silenciosa, encarnizada y agotadora lucha, 
     logré abatir a mi asaltante a costa de una serie de esfuerzos increíbles. 
     Una vez que los tuve inmovilizado, con mi rodilla sobre lo que consideré 
     debía ser su pecho, comprendí que había vencido. descansé unos instantes 
     para tomar aliento. Oía jadear en la oscuridad a la criatura que tenía 
     debajo y sentía los violentos latidos de su corazón. por lo visto estaba 
     tan exhausta como yo; eso fue un alivio. En ese momento recordé que antes 
     de acostarme solía guardar bajo la almohada un pañuelo grande de seda 
     amarilla. Inmediatamente lo busqué a tientas: allí estaba. En pocos 
     segundos até de cualquier forma los brazos de aquella criatura.
     Me sentía entonces bastante seguro. No tenía más que avivar el gas y, una 
     vez visto quién era mi asaltante nocturno, despertar a toda la casa. 
     Confesaré que un cierto orgullo me movió a no dar la alarma antes; quería 
     realizar la captura yo solo, sin ayuda de nadie.
     Sin soltar la presa ni un instante, me deslicé de la cama al suelo, 
     arrastrando conmigo a mi cautivo. Sólo tenía que dar unos pasos para 
     alcanzar la lámpara de gas. Los di con la mayor cautela, sujetando con 
     fuerza a aquella criatura como en un torno de banco. Finalmente, el 
     diminuto punto de luz azulada que me indicaba la posición de la lámpara de 
     gas quedó al alcance de mi mano. Rápido como el rayo, solté una mano de la 
     presa y abrí todo el gas. Seguidamente me volví para contemplar a mi 
     prisionero.
     No es posible siquiera intentar definir la sensación que experimenté 
     después de haber abierto el gas. Supongo que debí gritar de terror, pues 
     en menos de un minuto se congregaron en mi habitación todos los huéspedes 
     de la casa. Aún me estremezco al pensar en aquel terrible momento. ¡No vi 
     nada! Tenía, si, un brazo firmemente aferrado en torno a una forma 
     corpórea que respiraba y jadeaba, y con la otra mano apretaba con todas 
     mis fuerzas una garganta tan cálida y, en apariencia, tan carnal como la 
     mía; y, a pesar de aquella sustancia viva apresada entre mis brazos, de 
     aquel cuerpo apretado contra el mío ¡no percibí absolutamente nada al 
     brillante resplandor del gas! Ni siquiera una silueta, ni una sombra.
     Aún ahora no acierto a comprender la situación en la que me encontraba. No 
     puedo recordar por completo el asombroso incidente. En vano trata la 
     imaginación de explicarse aquella atroz paradoja.
     Aquello respiraba. Notaba su cálido aliento en mis mejillas. Se debatía 
     con ferocidad. Tenía manos: me habían agarrado. Su piel era tersa como la 
     mía. Aquel ser estaba ahí, apretado contra mí, firma como una piedra, y 
     sin embargo ¡completamente invisible!
     Me sorprende que no me desmayara o perdiera la razón en el acto. Algún 
     milagroso instinto debió sostenerme, porque, en lugar de aflojar mi 
     presión en torno a aquel terrible enigma, el horror que sentí en aquel 
     momento pareció darme nuevas fuerzas, y estreche mi presa con tanto vigor 
     que sentí estremecerse de angustia a aquel ser.
     En aquel preciso momento, Hammond entró en mi habitación al frente del 
     resto de los huéspedes. Apenas vio mi rostro - que, supongo, debía 
     presentar un aspecto espantoso- se precipitó hacia mí gritando:
     - ¡Cielo santo, Harry! ¿Qué ha pasado?
     - ¡Hammond, Hammond! - exclamé -. Ven aquí. ¡Ah, es terrible! He sido 
     atacado en mi cama por algo que tengo sujeto pero no puedo ver. ¡No puedo 
     verlo!
     Sobrecogido sin duda por el horror no fingido que se leía en mi rostro, 
     Hammond dio dos pasos hacia delante con expresión anhelante y confusa. El 
     resto de los visitantes prorrumpió en una risa entre dientes, 
     perfectamente audible. Aquella risa contenida me puso furioso. ¡Reírse de 
     un ser humano en mi situación! Era la peor de las crueldades. Hoy puedo 
     comprender que el espectáculo de un hombre luchando violentamente contra, 
     al parecer, el vacío, y pidiendo ayuda para protegerse de una visión, 
     pudiera parecer ridículo. Pero en aquel momento fue tanta mi rabia contra 
     aquel infame grupo de burlones que, si hubiera podido, les habría golpeado 
     a todos allí mismo.
     - ¡Hammond, Hammond! - grité de nuevo con desesperación -. ¡Por el amor de 
     Dios, ven en seguida! No puedo sujetar... esta cosa por mucho mas tiempo. 
     Me está venciendo. ¡Socorro! ¡Ayúdame!
     - Harry - susuró Hammond acercándose a mi -. Has fumado demasiado opio.
     - Te juro, Hammond, que no se trata de una alucinación - respondí, también 
     en voz baja -. ¿No ves cómo sacude todo mi cuerpo de tanto como se agita? 
     Si no me crees, convéncete por ti mismo. ¡Tócala!
     Hammond avanzó y puso su mano en el lugar que yo le indiqué. Un insensato 
     grito de horror brotó de sus labios ¡Lo había palpado!
     Al momento descubrió en algún rincón de mi habitación un trozo largo de 
     cuerda y en seguida lo enrolló y lo ató en torno al cuerpo del ser 
     invisible que yo sujetaba entre mis brazos.
     - Harru - dijo con voz ronca y temblorosa, pues, aunque conservaba su 
     presencia de ánimo, estaba profundamente emocionado -. Harry, ahora ya 
     está segura. Puedes soltarla si estas cansado, viejo amigo. Esta Cosa está 
     inmovilizada.
     Me encontraba completamente extenuado y abandoné gustoso mi presa.
     Hammond sostenía los cabos de la cuerda con que había atado al ser 
     invisible y los enrolló alrededor de su mano. Ante él podía contemplar, 
     como si se sostuviera por sí misma, una cuerda entrelazada y apretada 
     alrededor de un espacio vacío. Nunca he visto un hombre tan completamente 
     afectado por el miedo. Sin embargo, su rostro expresaba todo el valor y la 
     determinación que yo sabía que poseía. Sus labios, aunque pálidos, estaban 
     firmemente apretados, y a simple vista se podía percibir que, aunque presa 
     del miedo, no estaba intimidado.
     La confusión que se produjo entre los demás huéspedes de la casa se fueron 
     testigos de aquella extraordinaria escena entre Hammond y yo, que 
     contemplaron la pantomima de atar a esa Cosa que forcejeaba y vieron casi 
     desplomarse de agotamiento físico una vez terminada la tarea del 
     carcelero, así como el terror que se apoderó de ellos al ver todo eso, son 
     imposibles de describir. Los más débiles huyeron de la habitación. Los 
     pocos que se quedaron, se agruparon cerca de la puerta y no pudimos 
     convencerles para que se aproximaran a Hammond y su Carga. Por encima de 
     su terror afloraba la incredulidad. No tenían el valor de cerciorarse por 
     si mismos y, sin embargo, dudaban. Fue inútil que rogase a algunos de 
     aquellos que se acercaran y se convencieran por el tacto de la presencia 
     en aquella habitación de un ser vivo e invisible. Eran escépticos pero no 
     se atrevían a desengañarse. Se preguntaban cómo era posible que un cuerpo 
     sólido, vivo y dotado de respiración fuera invisible. He aquí mi 
     respuesta: hice una señal a Hammond y ambos, vencimos nuestra tremenda 
     repugnancia a tocar aquella criatura invisible, la levantamos del suelo, 
     atada como estaba, y la llevamos a mi cama. Pesaba poco más o menos como 
     un chico de catorce años.
     - Ahora, amigos míos - dije, mientras Hammond y yo sosteníamos a la 
     criatura en alto sobre la cama -, puedo darles una prueba evidente de que 
     se trata de un cuerpo sólido y pesado que, sin embargo, no pueden ustedes 
     ver. Tengan la bondad de observar con atención la superficie de la cama.
     Me asombraba mi propio valor al tratar aquel extraño suceso con tanta 
     serenidad, pero me había sobrepuesto al terror inicial y experimentaba una 
     especie de orgullo científico que conminaba cualquier otro sentimiento.
     Los ojos de los presentes se posaron inmediatamente en la cama. A una 
     señal dada, Hammond y yo dejamos caer a la criatura. Se oyó el ruido sordo 
     de un cuerpo pesado al caer sobre una masa blanda. Los maderos de la cama 
     crujieron. Una profunda depresión quedo claramente marcada sobre la 
     almohada y el colchón. Los testigos de aquella escena lanzaron un débil 
     grito y huyeron rápidamente de la habitación. Hammond y yo nos quedamos 
     solos con nuestro Misterio.
     Durante algún tiempo permanecimos en silencio, escuchando la débil e 
     irregular respiración de la criatura tendida en la cama, y observando cómo 
     removía la ropa de la cama mientras luchaba vanamente por liberarse de las 
     ataduras. Luego Hammond tomó la palabra.
     - Harry, esto es espantoso
     - Si, espantoso.
     - Pero no inexplicable.
     - ¿Que no es inexplicable? ¿Qué quieres decir? No ha ocurrido nada 
     parecido desde el origen del mundo. No sé qué pensar, Hammond. ¡Dios 
     quiera que no haya enloquecido y que no sea esto una fantasía insensata!
     - Razonemos un poco, Harry. Tenemos aquí un cuerpo sólido que podemos 
     tocar pero no ver. El hecho es tan insólito que nos llena de terror. Sin 
     embargo, ¿acaso no existen fenómenos similares? Tomemos un pedazo de 
     cristal puro. Es tangible y transparente. Una cierta impureza en su 
     composición química es lo único que impide que sea enteramente 
     transparente, hasta el punto de tornarse del todo invisible. En realidad 
     no es teóricamente imposible fabricar un cristal que no refleje ni 
     siquiera un rayo de luz, un cristal tan puro y tan homogéneo en sus átomos 
     que los rayos solares lo atraviesen como pasan a través del aire, es 
     decir, refractados pero no reflejados. No vemos el aire y, sin embargo, lo 
     sentimos.
     - Todo eso está muy bien, Hammond, pero se trata de sustancia inanimadas. 
     El cristal no respira y el aire tampoco. Esta cosa tiene un corazón que 
     late, la voluntad que la mueve, pulmones que funcionan, que aspiran y 
     respiran.
     - Te olvidas de los fenómenos de que tanto hemos oído hablar últimamente - 
     respondió el doctor gravemente -. En las reuniones llamadas 
     "espiritistas", manos invisibles han sido tendidas a las personas sentadas 
     en torno a la mesa; manos cálidas, carnales, en las que parecía palpitar 
     la vida.
     - ¿Cómo? ¿Crees tú, entonces, que esta cosa es...?
     - Ignoro lo que pueda ser - fue la solemne respuesta -. Pero, el cielo lo 
     permita, con tu ayuda la investigaré a fondo.
     Velamos juntos toda la noche, fumando sin parar, a la cabecera de aquel 
     ser sobrenatural que no cesó de agitarse y jadear hasta quedar, al 
     parecer, extenuado. Luego, según pudimos deducir por su débil y regular 
     respiración, se quedó dormido.
     A la mañana siguiente toda la casa estaba en movimiento. Los huéspedes se 
     congregaron en el umbral de mi habitación; Hammond y yo nos habíamos 
     convertido en celebridades. Tuvimos que contestar a miles de preguntas 
     acerca del estado de nuestro extraordinario prisionero, pero nadie salvo 
     nosotros consintió en poner los pies en el cuarto.
     La criatura estaba despierta. Era evidente por la manera convulsiva con 
     que agitaba las ropas de la cama en su esfuerzo por liberarse. Era 
     evidentemente horrendo contemplar las muestras indirectas de aquellas 
     terribles contorsiones y aquellos angustiosos forcejeos invisibles.
     Hammond y yo habíamos estrujado nuestros cerebros durante esta larga noche 
     a fin de encontrar algún medio que nos permitiese averiguar la forma y el 
     aspecto general de aquel Enigma. Por lo que pudimos deducir pasando 
     nuestras manos a lo largo de la criatura, sus contornos y sus rasgos eran 
     humanos. Tenía boca, una cabeza lisa y redonda sin pelo, una nariz que, 
     empero, sobresalía apenas de las mejillas, y manos y pies como los de un 
     muchacho. Al principio pensamos colocar aquel ser sobre una superficie 
     lisa y trazar su contorno con tiza, del mismo modo que los zapateros 
     trazan el contorno de un pie. Pero desechamos este plan por insuficiente. 
     Un dibujo de esa clase no nos proporcionaría ni la mas ligera idea de su 
     conformación.
     Me asaltó una idea feliz. Sacaríamos un molde en escayola. Con ello 
     obtendríamos su figura exacta, u satisfaríamos todos nuestros deseos. Pero 
     ¿cómo hacerlo? Los movimientos de la criatura impedían en modelado de la 
     envoltura plástica y destruirían el molde. Tuve otra idea. ¿Por qué no 
     cloroformizarla? Tenía órganos respiratorios, era evidente por sus 
     resoplidos. Una vez insensibilizada, podríamos hacer con ella lo que 
     quisieramos.
     Mandamos llamar al doctor X, y cuando aquel respetable médico su hubo 
     repuesto de su primer estupor, él mismo procedió a administrar el 
     cloroformo. Tres minutos después pudimos quitar las ligaduras del cuerpo 
     de aquella criatura, y un modelista se dedicó afanosamente a cubrir su 
     invisible figura con arcilla húmeda. Cinco minutos más tarde teníamos un 
     molde, y antes de la noche, una tosca reproducción del Misterio. Tenía 
     forma humana; deforme, grotesca y horrible, pero al fin y al cabo humana. 
     Era pequeño: no sobrepasaba los cuatro pies y algunas pulgadas, y sus 
     miembros revelaban un desarrollo muscular sin parangón. Su rostro superaba 
     en fealdad a todo cuanto yo había visto hasta entonces. Ni Gustave Doré, 
     ni Callot, ni Tony Johannor concibieron nunca algo tan horrible. En una de 
     las ilustraciones de este último para Un voyage où il vous plaira, hay un 
     rostro que puede dar una idea aproximada del semblante de esta criatura, 
     aun sin igualarlo. Era la fisonomía que yo hubiera imaginado para un gul. 
     Parecía capaz de alimentarse de carne humana. 
     Una vez satisfecha nuestra curiosidad, y después de haber exigido a los 
     demás huéspedes que guardaran el secreto, se planteó la cuestión de qué 
     haríamos con nuestro Enigma. Era imposible conservar en casa algo tan 
     horroroso, pero no se podía siquiera pensar en dejar suelto por el mundo 
     un ser tan espantoso. Confieso que hubiera votado gustosamente por la 
     destrucción de esa criatura. Pero ¿quién asumirá la responsabilidad? 
     ¿Quién se encargaría de la ejecución de ese horrible remedo de ser humano? 
     Día tras día discutimos seriamente de la cuestión. Todos los huéspedes 
     abandonaron la casa. La señora Mofftat estaba desesperada y nos amenazó a 
     Hammond y a mi con denunciarnos si no hacíamos desaparecer aquella 
     Abominación. Nuestra respuesta fue:
     - Nos iremos si éste es su deseo, pero nos negamos a llevarnos con 
     nosotros esta criatura. Hágala desaparecer usted, si lo desea. Apareció en 
     su casa. Queda bajo su responsabilidad.
     Naturalmente no hubo respuesta. La señora Moffat no logró encontrar a 
     nadie que, por compasión o interés, osara a acercarse al Misterio.
     Lo más extraño de todo este asunto era que ignorábamos por completo cómo 
     se alimentaba habitualmente aquella criatura. Pusimos ante ella todos los 
     alimentos que se nos ocurrió, pero nunca los tocó. Resultaba espantoso 
     estar junto a ella, día tras día, viendo agitarse las sábanas, oyendo su 
     difícil respiración y sabiendo que se estaba muriendo de hambre.
     Pasaron diez, doce, quince días y todavía continuaba viviendo. Sin 
     embargo, los latidos de su corazón se debilitaban día a día y casi se 
     habían detenido. Era evidente que la criatura se estaba muriendo por falta 
     de alimento. Mientras duró aquella terrible lucha agónica me sentí fatal. 
     No podía dormir. Por muy horrible que fuera aquella criatura, era penoso 
     pensar en los tormentos que estaba sufriendo.
     Finalmente murió. Una mañana Hammond y yo la encontramos fría y rígida 
     sobre la cama. Su corazón había dejado de latir, y sus pulmones de 
     respirar. Nos apresuramos a enterrarla en el jardín. Fue un extraño 
     entierro arrojar aquél cadáver invisible a la húmeda fosa. Doné el molde 
     de su cuerpo al doctor X, que lo conserva todavía en su museo de la calle 
     Décima.
     He escrito este relato del suceso más insólito del que he tenido 
     conocimiento, porque estoy a punto de emprender un largo viaje del que 
     nunca regresaré.


    


     

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