Uno de los primeros y casi desconocidos discípulos de Poe, cuya
prometedora obra inicial que dó truncada a causa de su prematura muerte,
fue el irlandés nacionalizado norteamericano Michel Ftiz-James DeCourcy
O’Brien (1828-1862). De gustos refinados y costumbres bohemias, el llamado "Poe celta" dilapidó en un par de años la herencia de sus antepasados y tuvo que emigrar a Estados Unidos en 1851 a probar fortuna, instalándose
en Nueva York, donde pronto vivió de su pluma escribiendo de todo: poemas, críticas, obras teatrales, y sobre todo artículos y cuentos, que se
publicaron con gran éxito en las mejores revistas de la época (en 1858
apareció en la "Atlantic Magazine" su primer relato de importancia, "The
Diamond Lens", notable antecedente de la ciencia-ficción),
proporcionándose una celebridad pareja a la de Poe Hawthorne.
Su espíritu inquieto y aventurero le llevó a alistarse en el ejército de
la Unión durante la guerra de secesión americana, alcanzando el grado de
capitán en un brillante aunque efímero historial que culminó súbitamente
en Cumberland (Virginia), donde falleció en abril de 1862 a consecuencia
de un tratamiento médico inadecuado a las graves heridas padecidas en la
batalla de Bloomery Gap. Su muerte - como apunta Lovecraft - "nos ha
privado sin duda de algunos relatos magistrales de terror, aunque su genio
no posee, propiamente, esa titánica calidad que caracteriza a Poe o a
Hawthorne".
Su celebradísimo "¿Qué fue eso?" constituye "el primer relato bien
pergeñado sobre un ser tangible pero invisible" y fue el prototipo de
obras tan memorables como "El Horla" de Maupassant, "El maldito engendro" de Bierce o "El hombre invisible" de Wells. El mismo Lovecraft lo debió tener muy en cuenta cuando le revisó y reescribió a Sonia Green su cuento "Horror at Martin’s Beach" que finalmente publicaría en "Weird Tales" a
finales de 1923 firmado por su mujer y retitulado "El monstruo Invisible".
*****
Siento grandes escrúpulos, lo confieso, al abordar la extraña narración
que estoy a punto de relatar. Los acontecimientos que me propongo detallar
son de una índole tan singular que estoy completamente seguro de suscitar
desacostumbradas dosis de incredulidad y desprecio. Las acepto de
antemano. Confío en tener el suficiente valor literario para afrontar el
escepticismo. Tras madura reflexión, he decidido narrar, de la manera mas
sencilla y sincera que me sea posible, ciertos hechos misteriosos que pude
observar el pasado mes de julio, y que no tienen precedentes en los anales
de la física.
Vivo en Nueva York, en el número... de la calle Veintiséis. En cierto modo
es una casa un tanto singular. Ha gozado en los dos últimos años de la
fama de estar habitada por espíritus. Se trata de un enorme e
impresionante edificio, rodeado de lo que antaño fuera un jardín, pero que
ahora no es mas que un espacio verde destinado a tender al sol la colada.
La seca taza de lo que fue una fuente, y unos pocos frutales descuidados y
sin podar, denotan que el lugar fue en otros tiempos un agradable y
sombreado refugio, lleno de flores y frutos y del suave murmullo de las
aguas.
La casa es muy amplia. Un vestíbulo de majestuosas proporciones conduce a
una amplia escalera de caracol, y las demás habitaciones son, igualmente,
de impresionantes dimensiones. Fue construida hace unos quince o veinte
años por el Sr. A., conocido hombre de negocios de Nueva York, que cinco
años atrás sembró el pánico en el mundo de las finanzas a causa de un
formidable fraude bancario. Como todos saben, el Sr. A. escapó a Europa y
poco después murió de un ataque al corazón. Tan pronto como la noticia de
su fallecimiento llegó a este país y fue debidamente verificada, corrió el
rumor por la calle Veintiséis de que la casa número... estaba encantada.
La viuda del anterior propietario fue legalmente desposeída de la
propiedad, la cual desde entonces fue únicamente habitada por un guarda y
su mujer, puestos allí por el agente inmobiliario a cuyas manos había
pasado para su alquiler o venta. El matrimonio declaró sentirse perturbado
por ruidos sobre naturales. Las puertas se habrían solas. El escaso
mobiliario disperso aún en las diferentes habitaciones era apilado durante
la noche por manos desconocidas. Pies invisibles subían y bajaban la
escalera en pleno día, acompañados del crujir de vestidos de seda
igualmente invisibles, y del deslizar de imperceptibles manos a lo largo
de la imponente balaustrada. El guardia y su mujer afirmaron no querer
vivir mas tiempo en aquel lugar. El agente inmobiliario se rió, los
despidió y puso a otros en su puesto. Los ruidos y las manifestaciones
sobrenaturales continuaron. La historia se difundió por el vecindario, y
la casa permaneció desocupada durante tres años. Varias personas trataron
de alquilarla. Pero, de una forma u otra, antes de cerrar el trato se
enteraban de los desagradables rumores y rehusaban concluir la operación.
Así estaban las cosas cuando mi patrona, que en aquel tiempo dirigía una
casa de huéspedes en Bleecker Street y deseaba trasladarse más al centro
de la ciudad, concibió la audaz idea de alquilar el número... de la calle
Veintiséis. Como quiera que sus huéspedes éramos personas más bien
animosas y sensatas, nos expuso su plan, sin omitir lo que había oído
acerca de las características fantasmagóricas del edificio a donde deseaba
que nos trasladásemos.. A excepción de dos personas timoratas - un capitán
de barco y un diputado californiano, que nos notificaron de inmediato su
marcha- los restantes huéspedes de la Sra. Moffat declaramos que la
acompañaríamos en su caballeresca incursión en el reino de los espíritus.
La mudanza se llevó a cabo en el mes de mayo, y quedamos todos encantados
con nuestra nueva residencia. La zona de la calle Veintiséis donde estaba
situada nuestra casa, entre la Séptima y la Octava Avenida, es uno de los
lugares más agradables de Nueva York. Los jardines traseros de las casas,
que casi descienden hasta el Hudson, forman en verano una verdadera
avenida cubierta de vegetación. El aire es puro y estimulante, dado que
llega directamente de las colinas de Weehawken a través del río. Incluso
en el descuidado jardín que rodea la casa, aunque en los días de colada
muestre demasiados tendederos, ofrece no obstante un poco de césped que
contemplar y un fresco refugio donde fumarse un cigarro en la oscuridad
observando los destellos de las luciérnagas entre la crecida hierba.
Por supuesto, nada más instalarnos en el número... de la calle Veintiséis
empezamos a esperar la aparición de los fantasmas. Aguardábamos su llegada
con auténtica impaciencia. Nuestras conversaciones en la mesa versaban
sobre lo sobrenatural. Uno de los huéspedes que había adquirido para su
propio deleite El lado oscuro de la naturaleza de la Sra. Crowe, fue
considerado enemigo público número uno del resto de la casa por no haber
comprado veinte ejemplares más. El pobre llevó una vida tristísima
mientras leía el libro. Estableciéndose una red de espionaje en torno
suyo. Si tenía la imprudencia de dejar el libro por un instante y
abandonar su habitación, nos apoderábamos inmediatamente de él y lo
leíamos en voz alta en lugares secretos ante un auditorio selecto. No
tardé en convertirme en un personaje importante cuando se descubrió que
estaba bastante versado en el campo de lo sobrenatural, y que en una
ocasión había escrito un cuento cuyo protagonista era un fantasma. Si por
casualidad crujía una mesa o un panel del zócalo de madera cuando
estábamos reunidos en el amplio salón, inmediatamente hacíase el silencio,
y todos esperábamos oír un rechinar y ver una figura espectral.
Después de un mes de tensión psicológica, nos vimos obligados a admitir de
mala gana que no había sucedido nada que pareciese ni remotamente fuera de
lo normal. En cierta ocasión, el mayordomo negro aseveró que una noche su
vela había sido apagada de un soplo por un ser invisible mientras se
desnudaba. pero como yo había descubierto más de una vez a este caballero
de color en un estado en el que una vela debía parecerle doble, supuse
que, habiéndose excedido aún más en sus libaciones, podía haberse
invertido el fenómeno y ahora no veía ninguna donde tenía que haber
percibido una.
Así estaban las cosas cuando tuvo lugar un incidente tan espantoso e
inexplicable que mi razón vacila con sólo recordarlo. Fue el diez de
julio. Terminada la cena acudí al jardín con mi amigo el doctor Hammond
para fumar mi acostumbrada pipa vespertina. Aparte de cierta afinidad
intelectualmente el doctor y yo, nos unía el mismo vicio. Ambos fumábamos
opio. Cada uno de nosotros conocía el secreto del otro y lo respetaba.
Compartíamos esa maravillosa expansión del pensamiento, esa prodigiosa
agudización de las facultades perceptivas, esa ilimitada sensación de
existir que nos da la impresión de estar en íntimo contacto con el
universo entero. En resumen, esa inimaginable dicha espiritual, que no
cambiaría por un trono, pero que deseo, amable lector, que nunca jamas
experimentes.
Aquellas horas de éxtasis proporcionado por el opio, que el doctor y yo
pasábamos juntos en secreto, estaban reguladas con precisión científica. N
fumábamos irreflexivamente aquella droga paradisíaca, abandonando nuestros
sueños al azar, sino que dirigíamos con cuidado nuestra conversación por
los más luminosos y tranquilos cauces del pensamiento. Hablábamos de
Oriente, procurando imaginar la magia de sus deslumbrantes paisajes.
Comentábamos a los poetas más sensuales, aquellos que describían una vida
saludable, rebosante de pasión, dichosa de poseer juventud, fuerza y
belleza. Si hablábamos de La tempestad de Shakespeare, nos concentrábamos
en Ariel, enviado a Calibán. Al igual que los güebros, volvíamos nuestras
miradas a Oriente, y sólo contemplábamos el aspecto risueño del universo.
El hábil colorido de nuestros pensamientos determinaba un tono adecuado a
nuestras ulteriores visiones. Los esplendores de la mágica Arabia teñían
nuestros sueños. Recorríamos esa angosta franja de verdor con paso
majestuoso y porte real. El croar de la rana arbórea al aferrarse a la
corteza del áspero ciruelo nos parecía música celestial. Casas, paredes y
calles se desvanecían como nubes de verano, y paisajes de indescriptible
belleza se extendían ante nosotros. Era aquella una camaradería
desbordante. Disfrutábamos más intensamente de aquellas inmensas delicias
porque, aún en los momentos de mayor éxtasis, éramos conscientes de
nuestra mutua presencia. Nuestros placeres, aunque individuales, eran sin
embargo gemelos; vibraban y crecían en exacta armonía.
Durante la velada en cuestión, el diez de julio, el doctor y yo nos
dejamos llevar por insólitas especulaciones metafísicas. Encendimos
nuestras largas pipas de espuma de mar, repletas de exquisito tabaco
turco, en medio del cual ardía una diminuta bola negra de opio que, como
la nuez del cuento de hadas, encerraba en sus estrechos límites maravillas
fuera del alcance de los reyes. Mientras conversábamos, paseamos de un
lado para otro. Una extraña perversidad dominaba el curso de nuestros
pensamientos. Nos solían fluir estos por los luminosos cauces por los que
tratábamos de encauzarlos. Por alguna inexplicable razón, se desviaban
continuamente por oscuros y solitarios derroteros, donde las tinieblas
habían sentado sus reales. En vano nos lanzábamos a las costas de Oriente,
según la vieja costumbre, y evocábamos sus alegres bazares, el esplendor
de la época de Harún, los harenes y los palacios dorados. Negros ifrits
surgían incesantemente de las profundidades de nuestra plática, y crecían,
como aquél que el pescador liberó de la vasija de cobre, hasta oscurecer
cuanto brillaba ante nuestros ojos. Insensiblemente cedimos a la fuerza
oculta que nos dominaba, dejándonos levar por sombrías especulaciones.
Llevábamos algún tiempo hablando de la tendencia al misticismo del
espíritu humano y de la afición casi universal por lo atroz, cuando
Hammond me dijo repentinamente:
- ¿Qué es, a tu juicio, lo más terrorífico que existe? La pregunta me
desconcertó. Sabía que había muchas cosas espantosas. tropezar con un
cadáver en la oscuridad. O contemplar, como me sucedió a mí en cierta
ocasión, a una mujer arrastrada por un abrupto y rápido río, agitando
frenéticamente los brazos, con el rostro descompuesto, y lanzando
chillidos que le partían a uno el corazón, en tanto que los espectadores
permanecían paralizados por el terror, desde una venta a sesenta pies de
altura, incapaces de hacer el más mínimo esfuerzo para salvarla,
observando en silencio, no obstante, el último y supremo estertor de su
agonía y su consiguiente desaparición bajo las aguas. Los restos de un
naufragio, sin vida aparente a bordo, flotando indiferentemente en medio
del océano, constituyen un espectáculo terrible, pues sugieren un terror
descomunal de proporciones desconocidas. Por ello aquella noche por vez
primera se me ocurrió pensar que tenía que haber una suprema y primordial
encarnación del miedo, un terror soberano ante el cual todos los demás
deben rendirse. ¿Cuál podía ser? ¿A qué cúmulo de circunstancias podía
deber su existencia?
- Te confieso, Hammond - respondía a mi amigo -, que hasta ahora nunca
había considerado esa cuestión. Presiento que de haber algo mas terrible
que todo lo demás. Sin embargo, me resulta imposible definirlo, siquiera
vagamente.
- A mí me ocurre algo parecido, Harry - contestó -. Presiento que soy
capaz de experimentar un terror mayor que todo lo que la mente humana
puede concebir; algo que combine, en espantosa y sobrenatural amalgama,
elementos tenidos hasta ahora como incompatibles. El clamor de voces en
Wielan, novela de Brockden Brown, es algo terrible. Lo mismo que la
descripción del Morador del Umbral en Zanoni, de Bulder. Pero - añadió,
agitando la cabeza melancólicamente- hay algo más horrible que todo eso.
- Escucha, Hammond - expliqué yo -, abandonemos este tipo de
conversación, ¡por el amor de Dios!
- No sé lo que me pasa esta noche - me respondió -, pero por mi mente
pasan toda clase de pensamientos misteriosos y espantosos. Me parece que
es noche podría escribir un cuento como los de Hoffmann, si poseyera al
menos un estilo literario.
- Bueno, si vamos a ponernos hoffmanescos en nuestra charla, me voy a la
cama. El opio y las pesadillas no deben mezclarse nunca. ¡Qué sofoco!
Buena noches Hammond.
- Buenas noches, Harry. Que tengas sueños agradables.
- Y tú, pájaro del mal agüero, que sueñes con ifrits gules y brujos.
Nos separamos y cada uno buscó su cámara respectiva. Me desvestí con
presteza y me metí en la cama, cogiendo, como de costumbre, un libro para
leer un poco antes de dormirme. Abrí el volumen apenas hube apoyado la
cabeza en la almohada, pero enseguida lo arrojé al otro extremo de la
habitación. Era la Historia de los monstruos, de Goudon, una curiosa obra
francesa que me habían enviado recientemente desde París, pero que, dado
el estado de ánimo en que me encontraba, era la compañía menos indicada.
Debí dormirme sin más; de modo que, bajando el gas hasta dejar solamente
un resplandor azulado en lo alto del muro, me dispuse a descansar.
La habitación estaba completamente a oscuras. la débil llama que todavía
permanecía encendida apenas alumbraba a una distancia de tres pulgadas en
torno a la lámpara. Desesperadamente me tapé los ojos con un brazo, como
para librarme incluso de la oscuridad, y traté de no pensar en nada. Todo
fue inútil. Los malditos temas que Hammond había tratado en el jardín no
cesaban de agitarse en mi cerebro. Luché contra ellos. Erigí murallas
mentales, traté de poner en blanco mi mente a fin de mantenerlos alejados,
pero seguían agolpándose sobre mi. Mientras yacía como un cadáver, con la
esperanza de que una completa inactividad física aceleraría mi reposo
mental, ocurrió un espantoso accidente. Algo pareció caer del techo sobre
mi pecho y un instante después sentí que dos manos húmedas rodeaban mi
garganta, intentando estrangularme.
No soy cobarde y además poseo una considerable fuerza física. Lo
imprevisto del ataque, en lugar de aturdirme, templó al máximo mis
nervios. Mi cuerpo reaccionó instintivamente antes de que mi cerebro
tuviera tiempo de percatarse del horror de la situación. Inmediatamente
rodeé con mis musculosos brazos a la criatura y la apreté contra mi pecho
con toda la fuerza de la desesperación. En pocos segundos la huesudas
manos que se aferraban a mi garganta aflojaron su presa y volví a respirar
libremente. Comenzó entonces una lucha atroz. Inmerso en la más profunda
oscuridad, ignorando por completo la naturaleza de aquello que me había
atacado tan repentinamente, sentí que la presa se me escapaba de las
manos, aprovechando, según me pareció, su completa desnudez. Unos dientes
afilados me mordían en los hombros, el cuello y el pecho, teniendo que
protegerme la garganta, a cada momento, de un par de vigorosas y ágiles
manos, que no lograba apresar ni con los mayores esfuerzos. Ante tal
cúmulo de circunstancias, tenía que emplear toda la fuerza, la destreza y
el valor de que disponía.
Finalmente, después de una silenciosa, encarnizada y agotadora lucha,
logré abatir a mi asaltante a costa de una serie de esfuerzos increíbles.
Una vez que los tuve inmovilizado, con mi rodilla sobre lo que consideré
debía ser su pecho, comprendí que había vencido. descansé unos instantes
para tomar aliento. Oía jadear en la oscuridad a la criatura que tenía
debajo y sentía los violentos latidos de su corazón. por lo visto estaba
tan exhausta como yo; eso fue un alivio. En ese momento recordé que antes
de acostarme solía guardar bajo la almohada un pañuelo grande de seda
amarilla. Inmediatamente lo busqué a tientas: allí estaba. En pocos
segundos até de cualquier forma los brazos de aquella criatura.
Me sentía entonces bastante seguro. No tenía más que avivar el gas y, una
vez visto quién era mi asaltante nocturno, despertar a toda la casa.
Confesaré que un cierto orgullo me movió a no dar la alarma antes; quería
realizar la captura yo solo, sin ayuda de nadie.
Sin soltar la presa ni un instante, me deslicé de la cama al suelo,
arrastrando conmigo a mi cautivo. Sólo tenía que dar unos pasos para
alcanzar la lámpara de gas. Los di con la mayor cautela, sujetando con
fuerza a aquella criatura como en un torno de banco. Finalmente, el
diminuto punto de luz azulada que me indicaba la posición de la lámpara de
gas quedó al alcance de mi mano. Rápido como el rayo, solté una mano de la
presa y abrí todo el gas. Seguidamente me volví para contemplar a mi
prisionero.
No es posible siquiera intentar definir la sensación que experimenté
después de haber abierto el gas. Supongo que debí gritar de terror, pues
en menos de un minuto se congregaron en mi habitación todos los huéspedes
de la casa. Aún me estremezco al pensar en aquel terrible momento. ¡No vi
nada! Tenía, si, un brazo firmemente aferrado en torno a una forma
corpórea que respiraba y jadeaba, y con la otra mano apretaba con todas
mis fuerzas una garganta tan cálida y, en apariencia, tan carnal como la
mía; y, a pesar de aquella sustancia viva apresada entre mis brazos, de
aquel cuerpo apretado contra el mío ¡no percibí absolutamente nada al
brillante resplandor del gas! Ni siquiera una silueta, ni una sombra.
Aún ahora no acierto a comprender la situación en la que me encontraba. No
puedo recordar por completo el asombroso incidente. En vano trata la
imaginación de explicarse aquella atroz paradoja.
Aquello respiraba. Notaba su cálido aliento en mis mejillas. Se debatía
con ferocidad. Tenía manos: me habían agarrado. Su piel era tersa como la
mía. Aquel ser estaba ahí, apretado contra mí, firma como una piedra, y
sin embargo ¡completamente invisible!
Me sorprende que no me desmayara o perdiera la razón en el acto. Algún
milagroso instinto debió sostenerme, porque, en lugar de aflojar mi
presión en torno a aquel terrible enigma, el horror que sentí en aquel
momento pareció darme nuevas fuerzas, y estreche mi presa con tanto vigor
que sentí estremecerse de angustia a aquel ser.
En aquel preciso momento, Hammond entró en mi habitación al frente del
resto de los huéspedes. Apenas vio mi rostro - que, supongo, debía
presentar un aspecto espantoso- se precipitó hacia mí gritando:
- ¡Cielo santo, Harry! ¿Qué ha pasado?
- ¡Hammond, Hammond! - exclamé -. Ven aquí. ¡Ah, es terrible! He sido
atacado en mi cama por algo que tengo sujeto pero no puedo ver. ¡No puedo
verlo!
Sobrecogido sin duda por el horror no fingido que se leía en mi rostro,
Hammond dio dos pasos hacia delante con expresión anhelante y confusa. El
resto de los visitantes prorrumpió en una risa entre dientes,
perfectamente audible. Aquella risa contenida me puso furioso. ¡Reírse de
un ser humano en mi situación! Era la peor de las crueldades. Hoy puedo
comprender que el espectáculo de un hombre luchando violentamente contra,
al parecer, el vacío, y pidiendo ayuda para protegerse de una visión,
pudiera parecer ridículo. Pero en aquel momento fue tanta mi rabia contra
aquel infame grupo de burlones que, si hubiera podido, les habría golpeado
a todos allí mismo.
- ¡Hammond, Hammond! - grité de nuevo con desesperación -. ¡Por el amor de
Dios, ven en seguida! No puedo sujetar... esta cosa por mucho mas tiempo.
Me está venciendo. ¡Socorro! ¡Ayúdame!
- Harry - susuró Hammond acercándose a mi -. Has fumado demasiado opio.
- Te juro, Hammond, que no se trata de una alucinación - respondí, también
en voz baja -. ¿No ves cómo sacude todo mi cuerpo de tanto como se agita?
Si no me crees, convéncete por ti mismo. ¡Tócala!
Hammond avanzó y puso su mano en el lugar que yo le indiqué. Un insensato
grito de horror brotó de sus labios ¡Lo había palpado!
Al momento descubrió en algún rincón de mi habitación un trozo largo de
cuerda y en seguida lo enrolló y lo ató en torno al cuerpo del ser
invisible que yo sujetaba entre mis brazos.
- Harru - dijo con voz ronca y temblorosa, pues, aunque conservaba su
presencia de ánimo, estaba profundamente emocionado -. Harry, ahora ya
está segura. Puedes soltarla si estas cansado, viejo amigo. Esta Cosa está
inmovilizada.
Me encontraba completamente extenuado y abandoné gustoso mi presa.
Hammond sostenía los cabos de la cuerda con que había atado al ser
invisible y los enrolló alrededor de su mano. Ante él podía contemplar,
como si se sostuviera por sí misma, una cuerda entrelazada y apretada
alrededor de un espacio vacío. Nunca he visto un hombre tan completamente
afectado por el miedo. Sin embargo, su rostro expresaba todo el valor y la
determinación que yo sabía que poseía. Sus labios, aunque pálidos, estaban
firmemente apretados, y a simple vista se podía percibir que, aunque presa
del miedo, no estaba intimidado.
La confusión que se produjo entre los demás huéspedes de la casa se fueron
testigos de aquella extraordinaria escena entre Hammond y yo, que
contemplaron la pantomima de atar a esa Cosa que forcejeaba y vieron casi
desplomarse de agotamiento físico una vez terminada la tarea del
carcelero, así como el terror que se apoderó de ellos al ver todo eso, son
imposibles de describir. Los más débiles huyeron de la habitación. Los
pocos que se quedaron, se agruparon cerca de la puerta y no pudimos
convencerles para que se aproximaran a Hammond y su Carga. Por encima de
su terror afloraba la incredulidad. No tenían el valor de cerciorarse por
si mismos y, sin embargo, dudaban. Fue inútil que rogase a algunos de
aquellos que se acercaran y se convencieran por el tacto de la presencia
en aquella habitación de un ser vivo e invisible. Eran escépticos pero no
se atrevían a desengañarse. Se preguntaban cómo era posible que un cuerpo
sólido, vivo y dotado de respiración fuera invisible. He aquí mi
respuesta: hice una señal a Hammond y ambos, vencimos nuestra tremenda
repugnancia a tocar aquella criatura invisible, la levantamos del suelo,
atada como estaba, y la llevamos a mi cama. Pesaba poco más o menos como
un chico de catorce años.
- Ahora, amigos míos - dije, mientras Hammond y yo sosteníamos a la
criatura en alto sobre la cama -, puedo darles una prueba evidente de que
se trata de un cuerpo sólido y pesado que, sin embargo, no pueden ustedes
ver. Tengan la bondad de observar con atención la superficie de la cama.
Me asombraba mi propio valor al tratar aquel extraño suceso con tanta
serenidad, pero me había sobrepuesto al terror inicial y experimentaba una
especie de orgullo científico que conminaba cualquier otro sentimiento.
Los ojos de los presentes se posaron inmediatamente en la cama. A una
señal dada, Hammond y yo dejamos caer a la criatura. Se oyó el ruido sordo
de un cuerpo pesado al caer sobre una masa blanda. Los maderos de la cama
crujieron. Una profunda depresión quedo claramente marcada sobre la
almohada y el colchón. Los testigos de aquella escena lanzaron un débil
grito y huyeron rápidamente de la habitación. Hammond y yo nos quedamos
solos con nuestro Misterio.
Durante algún tiempo permanecimos en silencio, escuchando la débil e
irregular respiración de la criatura tendida en la cama, y observando cómo
removía la ropa de la cama mientras luchaba vanamente por liberarse de las
ataduras. Luego Hammond tomó la palabra.
- Harry, esto es espantoso
- Si, espantoso.
- Pero no inexplicable.
- ¿Que no es inexplicable? ¿Qué quieres decir? No ha ocurrido nada
parecido desde el origen del mundo. No sé qué pensar, Hammond. ¡Dios
quiera que no haya enloquecido y que no sea esto una fantasía insensata!
- Razonemos un poco, Harry. Tenemos aquí un cuerpo sólido que podemos
tocar pero no ver. El hecho es tan insólito que nos llena de terror. Sin
embargo, ¿acaso no existen fenómenos similares? Tomemos un pedazo de
cristal puro. Es tangible y transparente. Una cierta impureza en su
composición química es lo único que impide que sea enteramente
transparente, hasta el punto de tornarse del todo invisible. En realidad
no es teóricamente imposible fabricar un cristal que no refleje ni
siquiera un rayo de luz, un cristal tan puro y tan homogéneo en sus átomos
que los rayos solares lo atraviesen como pasan a través del aire, es
decir, refractados pero no reflejados. No vemos el aire y, sin embargo, lo
sentimos.
- Todo eso está muy bien, Hammond, pero se trata de sustancia inanimadas.
El cristal no respira y el aire tampoco. Esta cosa tiene un corazón que
late, la voluntad que la mueve, pulmones que funcionan, que aspiran y
respiran.
- Te olvidas de los fenómenos de que tanto hemos oído hablar últimamente -
respondió el doctor gravemente -. En las reuniones llamadas
"espiritistas", manos invisibles han sido tendidas a las personas sentadas
en torno a la mesa; manos cálidas, carnales, en las que parecía palpitar
la vida.
- ¿Cómo? ¿Crees tú, entonces, que esta cosa es...?
- Ignoro lo que pueda ser - fue la solemne respuesta -. Pero, el cielo lo
permita, con tu ayuda la investigaré a fondo.
Velamos juntos toda la noche, fumando sin parar, a la cabecera de aquel
ser sobrenatural que no cesó de agitarse y jadear hasta quedar, al
parecer, extenuado. Luego, según pudimos deducir por su débil y regular
respiración, se quedó dormido.
A la mañana siguiente toda la casa estaba en movimiento. Los huéspedes se
congregaron en el umbral de mi habitación; Hammond y yo nos habíamos
convertido en celebridades. Tuvimos que contestar a miles de preguntas
acerca del estado de nuestro extraordinario prisionero, pero nadie salvo
nosotros consintió en poner los pies en el cuarto.
La criatura estaba despierta. Era evidente por la manera convulsiva con
que agitaba las ropas de la cama en su esfuerzo por liberarse. Era
evidentemente horrendo contemplar las muestras indirectas de aquellas
terribles contorsiones y aquellos angustiosos forcejeos invisibles.
Hammond y yo habíamos estrujado nuestros cerebros durante esta larga noche
a fin de encontrar algún medio que nos permitiese averiguar la forma y el
aspecto general de aquel Enigma. Por lo que pudimos deducir pasando
nuestras manos a lo largo de la criatura, sus contornos y sus rasgos eran
humanos. Tenía boca, una cabeza lisa y redonda sin pelo, una nariz que,
empero, sobresalía apenas de las mejillas, y manos y pies como los de un
muchacho. Al principio pensamos colocar aquel ser sobre una superficie
lisa y trazar su contorno con tiza, del mismo modo que los zapateros
trazan el contorno de un pie. Pero desechamos este plan por insuficiente.
Un dibujo de esa clase no nos proporcionaría ni la mas ligera idea de su
conformación.
Me asaltó una idea feliz. Sacaríamos un molde en escayola. Con ello
obtendríamos su figura exacta, u satisfaríamos todos nuestros deseos. Pero
¿cómo hacerlo? Los movimientos de la criatura impedían en modelado de la
envoltura plástica y destruirían el molde. Tuve otra idea. ¿Por qué no
cloroformizarla? Tenía órganos respiratorios, era evidente por sus
resoplidos. Una vez insensibilizada, podríamos hacer con ella lo que
quisieramos.
Mandamos llamar al doctor X, y cuando aquel respetable médico su hubo
repuesto de su primer estupor, él mismo procedió a administrar el
cloroformo. Tres minutos después pudimos quitar las ligaduras del cuerpo
de aquella criatura, y un modelista se dedicó afanosamente a cubrir su
invisible figura con arcilla húmeda. Cinco minutos más tarde teníamos un
molde, y antes de la noche, una tosca reproducción del Misterio. Tenía
forma humana; deforme, grotesca y horrible, pero al fin y al cabo humana.
Era pequeño: no sobrepasaba los cuatro pies y algunas pulgadas, y sus
miembros revelaban un desarrollo muscular sin parangón. Su rostro superaba
en fealdad a todo cuanto yo había visto hasta entonces. Ni Gustave Doré,
ni Callot, ni Tony Johannor concibieron nunca algo tan horrible. En una de
las ilustraciones de este último para Un voyage où il vous plaira, hay un
rostro que puede dar una idea aproximada del semblante de esta criatura,
aun sin igualarlo. Era la fisonomía que yo hubiera imaginado para un gul.
Parecía capaz de alimentarse de carne humana.
Una vez satisfecha nuestra curiosidad, y después de haber exigido a los
demás huéspedes que guardaran el secreto, se planteó la cuestión de qué
haríamos con nuestro Enigma. Era imposible conservar en casa algo tan
horroroso, pero no se podía siquiera pensar en dejar suelto por el mundo
un ser tan espantoso. Confieso que hubiera votado gustosamente por la
destrucción de esa criatura. Pero ¿quién asumirá la responsabilidad?
¿Quién se encargaría de la ejecución de ese horrible remedo de ser humano?
Día tras día discutimos seriamente de la cuestión. Todos los huéspedes
abandonaron la casa. La señora Mofftat estaba desesperada y nos amenazó a
Hammond y a mi con denunciarnos si no hacíamos desaparecer aquella
Abominación. Nuestra respuesta fue:
- Nos iremos si éste es su deseo, pero nos negamos a llevarnos con
nosotros esta criatura. Hágala desaparecer usted, si lo desea. Apareció en
su casa. Queda bajo su responsabilidad.
Naturalmente no hubo respuesta. La señora Moffat no logró encontrar a
nadie que, por compasión o interés, osara a acercarse al Misterio.
Lo más extraño de todo este asunto era que ignorábamos por completo cómo
se alimentaba habitualmente aquella criatura. Pusimos ante ella todos los
alimentos que se nos ocurrió, pero nunca los tocó. Resultaba espantoso
estar junto a ella, día tras día, viendo agitarse las sábanas, oyendo su
difícil respiración y sabiendo que se estaba muriendo de hambre.
Pasaron diez, doce, quince días y todavía continuaba viviendo. Sin
embargo, los latidos de su corazón se debilitaban día a día y casi se
habían detenido. Era evidente que la criatura se estaba muriendo por falta
de alimento. Mientras duró aquella terrible lucha agónica me sentí fatal.
No podía dormir. Por muy horrible que fuera aquella criatura, era penoso
pensar en los tormentos que estaba sufriendo.
Finalmente murió. Una mañana Hammond y yo la encontramos fría y rígida
sobre la cama. Su corazón había dejado de latir, y sus pulmones de
respirar. Nos apresuramos a enterrarla en el jardín. Fue un extraño
entierro arrojar aquél cadáver invisible a la húmeda fosa. Doné el molde
de su cuerpo al doctor X, que lo conserva todavía en su museo de la calle
Décima.
He escrito este relato del suceso más insólito del que he tenido
conocimiento, porque estoy a punto de emprender un largo viaje del que
nunca regresaré.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.