El sombrero, el abrigo y la
maleta del señor Winfield estaban en el vestíbulo de su piso y, cuando le
telefonearon desde abajo para decirle que el coche lo esperaba, ya estaba
listo. Bajó las escaleras, saludó a Roberto, el gigantesco chofer negro, le
entregó la maleta y lo siguió al coche. Fue entonces cuando se enteró de que no
iba a hacer el viaje solo con su nieta, porque había otras dos jóvenes con
Sheila, quien procedió a presentárselas:
-Abuelo, quiero que conozcas
a mis amigas. Esta es Elena Wales y esta otra, Kay Farnsworth. Mi abuelo, el
señor Winfield.
Aquellos nombres no le
dijeron nada al señor Winfield. Lo que sí le decía era que iba a tercer que
sentarse en el asiento supletorio, o si no, afuera con Roberto, lo cual no le
convenía. No es que Roberto fuese mala compañía como chofer, peco él llevaba un
gabán de mapache y el señor Winfield no tenía gabán de mapache. Así que, o se
helaba en el asiento delantero, o tenía que ocupar el pequeño asiento
supletorio de dentro.
Aparentemente a Sheila le
tenía sin cuidado. El se metió en el interior, y oyó decir a su nieta cuando
cerró la puerta:
-¿Qué estará deteniendo a
Roberto?
-Atando mi maleta en ese
trasto de atrás -le contestó el señor Winfield.
Aparentemente, a Sheila no
le hacía mucha gracia aquel retraso, pero, en uno o dos minutos, se pusieron
en marcha. El señor Winfield admiró la manera en que Sheila llevaba la
conversación con sus dos amigas, mientras, al mismo tiempo, iba indicando a
Roberto todos los vericuetos por donde tenía que meterse; de manera que
estuvieron fuera de la ciudad en poco tiempo. Para el señor Winfield,
resultaba grato y era un poco como en los viejos tiempos, el que alguien se
encargase de la dirección de la ruta y de la conducción del vehículo. No es que
él condujera todavía; pero, cuando alquilaba un automóvil, siempre tenía que ir
indicando al chofer dónde tenía que dar vuelta y por dónde tenía que seguir
derecho. Sheila lo sabía.
Las muchachas eran -de la
misma edad. Referíanse a los nombres: Teodoro, Beto, Gwen, Juana, María, Liz.
Prestó un poco de atención a lo que decían y se enteró !de que en cambio, mencionaban
los apellidos de los conocidos y amigos del colegio con quienes tenían menos
relaciones.
Desde donde estaba sentado,
no podía ver los rostros de las jóvenes, pero fue formando su juicio sobre las
señoritas Wales y Farnsworth. La primera metía baza a cada dos palabras que
pronunciaba Sheila. Era la más pequeña de las tres y pertenecía al tipo
:pizpireta. La señorita Farnsworth se pasaba casi todo el tiempo mirando por
la ventanilla, y apenas abría 'la boca. El señor Winfield podía verle mejor la
cara que a las otras, y se encontró de pronto pensando:
"Yo creo que esa joven
no quiere a nadie." Bueno, es una manera de ser. Obligar al mundo a que le
ande buscando la cara. Y, por cierto,
puede dar buenos resultados
esa táctica, seguía pensando, siendo tan bonita como la señorita Farnsworth.
Fueron pasando los kilómetros y el tiempo se enfrió. El señor Winfield siguió
escuchando, y no tardó en comprender que con él no se contaba para la
conversación.
-Aquí pararemos -dijo
Sheila. Estaban en Danbury, y se habían detenido a la puerta del viejo hotel-.
¿No quieres que paremos aquí, abuelo?
Estaba bien claro que su
hija había encargado a Sheila que se detuviesen allí; así que, dócilmente y sin
dignidad, salió del vehículo. Cuando volvió, las tres muchachas estaban
terminando sus cigarrillos. Al subir otra vez al automóvil observó que la
señorita Farnsworth había estado mirándolo y continuaba haciéndolo, casi para
subrayar deliberadamente que no quería ayudarlo... aunque él no necesitaba
ayuda. No era lo que se llamaba, un hombre viejo, un viejo. Sólo tenía sesenta
y cinco años de edad.
El vehículo estaba lleno de
humo de cigarrillos, y la señorita Farnsworth preguntó al señor Winfield si no
tenía inconveniente en abrir la ventanilla. La abrió. Entonces Sheila dijo que
una sola ventanilla no lo arreglaba, que convenía abrir las dos, aunque sólo
fuese el tiempo suficiente para que saliese el humo.
-¡Qué gusto! Este aire es
delicioso -exclamó la señorita Wales, añadiendo-: ¿Pero, y usted, señor
Winfield? Está ahí en medio de una corriente terrible.
El contestó, usando su voz
por primera vez, que no le parecía mal. En ese momento, las muchachas creyeron
ver el automóvil de un joven a quien conocían, y, antes de que la señorita
Farnsworth se diera cuenta de que 'las ventanillas seguían abiertas y que había
una corriente terrible, ya estaban en Shefield, al otro lado de la frontera de
Massachusetts. Lo advirtió cuando se le resbaló por la pierna la manta de
viaje. Entonces le preguntó al señor Winfield si no tenía inconveniente en
cerrarlas. Pero él no pudo menear fa manivela; porque le habían quedado tan
ateridas las! manos que no tenía fuerza.
-Bueno, ya no tardaremos en
llegar -dijo Sheila.
Sin embargo, subió los
cristales de ambas ven- tanillas, sin hacer el más mínimo caso de las disculpas
avergonzadas del señor Winfield.
Fue el primero que tuvo que
apearse cuando llegaron a la casa de Lenox. Entonces fue cuando se arrepintió
de haber optado por el asiento supletorio. Empezó a salir del vehículo; pero,
cuando tocó con los pies la tierra, se le vino a la cara la helada grava de la
pista. No tuvo fuerza en las rodillas y se cayó; quedó por unos segundos en el
duro suelo, tratando de disimular con una sonrisa. El servicial Roberto -casi
demasiado servicial, porque el señor Winfield no era tan viejo-saltó del
automóvil y le metió las manos por debajo de los sobacos. Las muchachas se asustaron,
y le pareció al señor Winfield que se concentraron en la ventana de la
biblioteca, como si tuviesen miedo de que ahí estuviera la madre de Sheila y
les culpara de la caída de él. Si ellas supieran que...
-Entra, abuelo, si no te has
hecho daño -le indicó Sheila-. Yo tengo que dar órdenes a Roberto sobre el
equipaje.
-No me ha pasado nada -dijo
el señor Winfield.
Entró en la casa y colgó su
abrigo y su sombrero en el ropero que había bajo las escaleras. . . Allí
estaba el teléfono y, delante de él, una tarjeta amarilla con los números que
se marcaban más frecuentemente. El no recordó más que unos cuantos de aquellos
nombres, pero supuso que la gente que iba a casa en esos días era completamente
nueva. Quince años hacían cambiar mucho las cosas, aun en un lugar como Lenox.
Sí, ya habían pasado quince años desde que vino aquí
a pasar el verano. Estos
viajes, estos viajes anuales para pasar el día de Acción de Gracias no servían
para percibir el carácter de aquel lugar. Nunca se encontraba uno más que con
los miembros de su familia y, en todo caso, como ocurría hoy, con sus
invitados.
Salió al sombrío vestíbulo.
Ula, la sirvienta pegó un brinco, sobresaltada.
-¡Ay! Oh. Es usted, señor
Winfield, cómo le gusta asustarme.
-Hola, Ula. Me alegro mucho
de verla defender todavía el fuerte. ¿Dónde está la señora Day? -Arriba,
creo... Acá viene.
La hija de] señor Winfield
iba bajando la escalera; lo único que al principio distinguió era la mano de
ella sobre el balaustre.
-¿Eres tú, padre? Me pareció
oír el automóvil.
-Hoja, María -la saludó él.
Cuando llegó ella al pie de
las escaleras, pasaron por el ceremonial de¡ beso que ambos se sabían de
memoria. El se inclinó sobre su !hija de manera tal que su cabeza quedó por
encima del hombro de ella. A Ula, acendrada católica, debió parecerle como -el
ósculo litúrgico de paz. Winfield tuvo ganas de decir: "Pax tibi".
Pero preguntó:
-¿Dónde has ... ?
-¡Padre! ¡Estás helado!
La señora Day hizo lo
posible por quitar de su voz todo eco de exasperación.
-Ha sido un viaje frío -le
explicó él-. Ya sabes lo que pasa en esta época del año. Tuvimos neviscas
entre Danbury y Shefield; pero las muchachas encantadas.
-Sube ahora mismo y tómate
un baño. Te mandaré... ¿qué te gustaría? ¿Té? ¿Chocolate? ¿Café"?
Estaba divertido. Lo natural
era ofrecerle licor, era tan obvio que ella, precisamente, hablaba muy aprisa
para evitar tocar el punto.
-Creo que me sentaría muy
bien un cacao, pero será mejor que prepares un trago en toda regla para Sheila
y sus amigas.
-¿Por qué hablas en ese
tono, padre? Podrías tomarte un trago si quisieras, pero has dejado de beber,
¿no?
-Exacto, no necesitas
recordármelo.
-Bueno, y además, el licor
no te da tanto calor como algo humeante. Te mandaré una taza de chocolate. Te
he preparado tu habitación de siempre, claro está. Tendrás que compartir el
cuarto de baño con una de las amigas de Sheila, pero no he podido arreglarlo de
otro modo. Ni siquiera Sheila sabía si iba a venir hasta el último momento.
-Por mí no te preocupes.
Según parece... es que no he traído ningún traje de etiqueta.
-No vamos a vestirnos de
etiqueta.
Subió las escaleras. Su
habitación, lo que se dice la habitación en sí, era poco más o menos la misma;
pero el mobiliario había cambiado de sitio y su sillón favorito no estaba donde
a él le gustaba; pero era una buena casa. Se veía en seguida que podía, ser
habitada, este año, hoy, mañana. Ligeros detalles, ceniceros, flores. Parecía
joven y blanco, fresco aunque con cierto ambiente cálido, confortable... y
absolutamente extraño para él y, sobre :todo él para la casa. Cuanto tenía la
casa de recuerdos, había desaparecido. Se sentó en el sillón y encendió un
cigarrillo. Los viejos pensamientos se agolparon en su mente como una ola,
como un tropel, como una ráfaga. 'La mayor parte del año, estaban en receso en
su cerebro; pero aquí, el señor Winfield pasaba una especie de revista anual a
los lejanos pero nunca olvidados remordimientos.
La casa fue suya hasta que
la compró el marido de María. A buen precio, y conste que, en 1921, le hacía
falta aquel dinero. Le hacía falta todo, y hoy percibía las rentas del dinero
que recibió por la casa, y eso era casi todo con lo que contaba.
Se acercó a él y le dijo:
Recordaba el día en que el
marido de María se -Señor Winfield, detesto tener que ser el que haga esto...
pero María, María no cree... bueno, piensa que usted no se portó muy bien con
la señora Winfield. Yo, claro está, no sé nada del caso, pero así es como
piensa María. Yo esperaba, naturalmente, que usted viniera con nosotros, ahora
que la señora Winfield ha muerto; pero... bueno, el caso es que sé que usted ha
:perdido una buena porción de dinero, y da la casualidad de que también
conozco el testamento de la señora Winfield. Por esa, estoy dispuesto a hacerle
una oferta bastante buena y rigurosamente legal, de conformidad con los
valores actuales, por la casa de Lenox. Pagaré los impuestos pendientes y le
daré ciento cincuenta mil dólares por el edificio y sus terrenos. Con eso
tendrá suficiente para pagar sus deudas y quedarse con una renta bastante
buena. Y ah, por cierto, tengo un amigo que conoce muy bien al señor Harding.
De hecho, se ve informalmente con el Presidente una noche ala semana, y estoy
seguro de que tendrá sumo gusto, si a usted le interesara...
Recordaba cómo le había
tentado aquello. Harding podría haber arreglado las cosas para que él fuese a
Londres, donde estaba Enid Walter. Pero, aun entonces, ya era demasiado tarde.
Enid se había vuelto a Londres, porque él no tuvo valor para divorciarse de su
mujer; y la razón por la cual no se divorciaba era que quería
"proteger" a María, y la posición de María y la posición del marido
de María, y la posición de la pequeña hija de María, y ahora estaba
"protegiéndolos" a todos otra vez, al vender su casa para no
convertirse en una carga familiar. . .protegiéndolos al mismo tiempo del
estorbo de un pariente :pobre.
-Puedes quedarte con la casa
-contestó a Day-. Vale eso, pero no más, y te agradezco que no me ofrezcas más.
En cuanto a un puesto político, creo que podría irme a California este invierno;
me gustaría. Tengo allí amigos a quienes no veo desde hace años.
Se enteró de que aquello era
exactamente lo que estaban deseando María y su esposo, y se fue. Sonó un toque
en la puerta. Era Ula que traía una bandeja.
-¿Por qué dos tazas, Ula?
-le preguntó.
-Oh ... ¿puse dos tazas? Es verdad. Estoy tan acostumbrada a
poner siempre dos tazas. .. Había dejado ella la puerta abierta y, mientras preparaba
las -cosas sobre la mesa de mármol, vio él a Sheila y a las otras dos muchachas
de pie y moviéndose por el pasillo.
-Esta es tu habitación,
Farnie -decía Sheila-. La tuya está por aquí, Elena. Recuerda lo que te
advertí Farnie. Vámonos, Elena.
-Gracias, Ula -dijo el señor
Winfield.
Ella salió y cerró la
puerta. El se quedó un momento, contemplando el chocolate. Luego llenó una
taza y se la tomó. Le dio un poco de sed, pero le supo bien y lo hizo entrar en
calor. Tenía razón María: era mejor que licor. Se sirvió otra taza y mordisqueó
un bizcocho. Se le ocurrió una idea: quizás le gustase también a la señorita
Farnsworth. Admiraba a aquella muchacha. Tenía fibra. Estaba seguro de que
sabía lo que quería, o parecía saberlo, y, por insignificantes que fuesen las
cosas que deseaba, eran las que deseaba, y no le importaban los demás. Tenía
motivos de sobra, además, para dar gracias a Dios porque era lo suficientemente
joven para intentar lo que se le antojaba. sin tener que esperar como él. Esa
joven se iba a decidir sobre un hombre, una fortuna o una carrera y con
seguridad conseguiría lo que quisiera. Si se encontraba, como seguramente se
encontraría, con que nada era suficiente, por lo menos lo averiguaría a
tiempo, y un desengaño temprano producía siempre, como compensación, una actitud
filosófica, la cual no arrebataría nada de su encanto a una mujer dura como
aquella. El señor Winfield había sentido su encanto, y empezó a considerarla
como la persona más interesante que había conocido en muchos años aburridos.
Sería interesante hablar con ella, sondearla y ver cuán lejos había penetrado
en el campo, digamos, de la ambición o de la desilusión. Le resultaría divertido
hacerlo; por otra parte, sería una amabilidad suya, como antiguo jefe de esta casa,
invitarla a saborear una taza de cacao con él. Buen cacao.
Estuvo pensando si debería
salir al pasillo y llamar a su puerta, o llamarla por la que iba a dar al
cuarto de baño. Se decidió por lo último, porque no quería que nadie lo viese
tocando a su puerta. Entró en el cuarto de baño y golpeó con los nudillos la
alcoba de ella.
-Un momento -creyó haberle
oído contestar. Pero estaba seguro de que se había equivocado. Tenía que
haberse equivocado. Sonó más bien como:
-Pase.
Aborrecía a la gente- que llamaba
a las puertas y necesitaba que se le repitiese dos o tres veces que podían
entrar; produciría mala impresión a la joven empezar de aquella manera su
amistad.
Abrió la puerta e
inmediatamente comprendió cuánta razón tuvo al creer que había dicho: "Un
momento." Porque la señorita Farnswort estaba de pie, en medio de la
habitación, casi desnuda. El señor Winfield comprendió inmediatamente que
aquello era el mentís de toda la vida digna que había llevado. En los ojos de
la muchacha había una fría chispa asesina, y una expresión de repugnancia,
desprecio y anticipo de la idea que para siempre iba a evocar en ella su
nombre. Esto fue ,lo que le dijo:
-¡Salga de aquí, viejo
asqueroso!
El hombre volvió a su cuarto
y a su sillón. Lentamente sacó un cigarrillo de su petaca, pero no lo
encendió. Todo lo !hizo despacio. Le sobraba tiempo, demasiado ya para él.
Sabía que habían de pasar horas antes de empezar a detestarse a sí mismo. Lo
mejor que podía hacer durante un rato era seguir sentado y proyectar sus propios
terrores.
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