No hay persona que escriba
para el público que no haya tenido alguna vez una visión maravillosa. Yo he
gozado por dos veces de este don. Yo vi una vez un dinosaurio, y recibí otra
vez la visita de una mujer de seis mil años. Las palabras que me dirigió,
después de pasar una noche entera conmigo, constituyen el tema de esta
historia.
Su voz llegóme no sé de
dónde, por vía radioestelar, sin duda, pero la percibí por vulgar teléfono,
tras insistentes llamadas a altas horas de la noche. He aquí lo que hablamos:
-¡Hola! -comencé.
-¡Por fin! -respondió una
voz ligeramente burlona, y evidentemente de mujer-. Ya era tiempo...
-¿Con quién hablo? -insistí.
-Con una señora. Debía
bastarle esto...
-Enterado. ¿Pero qué señora?
-¿Quiere usted saber mi
nombre?
-Precisamente.
-Usted no me conoce.
-Estoy seguro.
-Soy Eva.
Por un momento me detuve.
"
-¡Hola! -repetí.
-¡Sí, señor!
-¿Habla Eva?
-La misma.
-Eva... ¿Nuestra abuela?
-¡Sí, señor, Eva sí!
Entonces me rasqué la
cabeza. La voz que me hablaba era la de una persona muy joven, con un timbre
dulcísimamente salvaje.
-¡Hola! -repetí por tercera
vez.
-¡Sí!
-Y esa voz... fresca... ¿es
suya?
-¡Por supuesto!
-¿Y lo demás?
-¿Qué cosa?
-El cuerpo...
-¿Qué tiene el cuerpo?
Bien se comprende mi
titubeo; no demuestra sobrado ingenio el recordarle su cuerpo a una dama
anterior al diluvio. Sin embargo:
-Su cuerpo... ¿fresco
también?
-¡Oh, no! ¿Cómo quiere usted
que se parezca al de esas señoritas de ahora que le gustan a usted tanto?
Debo advertir aquí que esa
misma noche, en una reunión mundana, yo me había erigido en campeón del
sentimiento artístico de la mujer. Con un calor poco habitual en mí, había
sostenido que el arte en el hombre, totalmente estacionado después de recorrer
cuatro o cinco etapas alternativas e iguales en suma, había proseguido su
marcha ascendente de emociones en la mujer. Que en su indumentaria, en sus
vestidos, en el corte de sus trajes, en el color de las telas, en la
sutilísima riqueza de sus adornos, debía verse, vital y eterno, el sentimiento
del arte.
Esto había dicho yo. ¿Pero
cómo lo sabía ella?
-Lo sé -me respondió-,
porque todos ustedes piensan lo mismo. Igual pensaba Adán.
-Pero creo entender -repuse-
que en el paraíso no había más mujer que usted...
-¿Y usted qué sabe?
Cierto; yo nada sabía. Y
ella parecía muy segura. Así es que cambié de tono.
-Quisiera verla... -dije.
-¿A quién?
-A usted. -¿A mí?
-Sí.
-¡Ah!, es usted también
curioso... Le voy a causar horror. -Aunque me lo cause...
-Es que... (Y aquí una larga
pausa)... no estoy vestida. ¿Comprende usted? En el fondo del espacio donde me
hallo... Y además, soy demasiado vieja para no infundir horror... aun a usted.
Puedo sin embargo vestirme, si usted me proporciona ropas, con una condición...
-¡Todas!
-Oh, muy pocas... Que me
lleve con usted a ver señoras bien vestidas... como se visten ahora. ¡Oh,
condescienda usted!... Hace miles de años que tengo este deseo, pero nunca
como... desde anoche. Antes nos preocupábamos muy poco del vestido... Ahora ha
llegado la mujer al límite en el sentimiento del arte.
Mis propias palabras, como
se ve.
-Desde ese oscuro fondo del
tiempo y del espacio -argüí-, ¿cómo lo sabe usted?
-La serpiente de Adán, señor
mío...
-¿De Adán? No, señora; suya.
-No, de Adán. De las mujeres
son esas yararás que usted conoce, y una que otra serpiente de cascabel...
-Crotalus terrificus
-observé.
-Eso es. Pero no son las
víboras, sino el maravilloso vestido de la mujer de ahora lo que deseo ver. No
puedo imaginarme qué puede ser ese arte sutil que enloquece a las personas como
usted.
Por segunda o tercera vez la
ilustre anciana la emprendía conmigo. ¿Qué hacer? Yo podía proporcionar a mi
interlocutora las ropas que esperaba de mí, y podía también proseguir la
aventura que llegaba hasta mí desde el fondo de la eternidad, a través de un
trivial teléfono.
Fue lo que hice. Coloqué a
su pedido las ropas tras el biombo de la chimenea, y bruscamente surgió ella
ante mí, envuelta hasta los pies en negro manto. Llevaba antifaz con encaje, y
en las manos guantes negros. Yo podía haber presentido, de fijar un instante
más los ojos en su silueta, lo que había en realidad de esquelético en aquella
fosca aparición. No lo hice, y procedí mal.
Sin ver, pues, más que
aquella decrépita figura, terriblemente arrepentido de mi condescendencia,
salimos del escritorio, y media hora más tarde llegábamos a una casa de mi
relación, cuyas tres hermosísimas chicas reunían esa noche a unos cuantos amigos.
Lo que fue toda esa sesión:
mi presencia en compañía de una ilustre anciana que por razones de estado
deseaba conservar el incógnito; la burlesca estupefacción de las chicas que
charlaban sin perder de vista al fenómeno; los esfuerzos míos para alejar de
la situación un ridículo inexorable; las sonrisitas cruzadas de las damas
ojeándonos sin cesar a la momia y a mí, toda esa interminable noche fue mucho
más larga de sufrir que de contar.
Regresamos a casa sin haber
cambiado una palabra, ni en el auto ni en los instantes en que dejé el
sobretodo sobre una silla, y el sombrero no sé dónde. Pero cuando me hube
sentado de costado al fuego, sin mirar otra cosa que el hogar de la chimenea y
disgustado hasta el fondo de mi alma, la dama, de pie, tomó entonces la
palabra.
-Yo me voy, señor-me dijo-.
Ni por mi situación ni por mi edad estoy en estado de permanecer más en su
compañía, por grata que me sea, pues no soy desagradecida. He visto lo que
deseaba, y me vuelvo. Pero antes de partir deseo que usted oiga algunas
palabras.
"Ustedes, los hombres,
se han hartado de proclamar que la coquetería es patrimonio de las hijas de Eva
-mía, si usted quiere- y que el mundo marcha mal desde que la primera mujer
coqueteó con la serpiente... Yo podría aclarar este concepto, pero no quiero
volver sobre una historia demasiado vieja... aun para mí. Puedo decir, no
obstante, que el adorno, la coquetería en la mujer, era una cosa muy sencilla,
pues no teníamos para coquetear más que la cabellera. Después hubo otras muchas
cosas... Pero a pesar de nuestra orfandad al respecto, algo pude hacer con mis
diecisiete años... Usted debe saberlo por la Biblia.
"Pues bien: desde mucho
tiempo atrás yo quería reencarnar en la vida contemporánea; mas era
indispensable para ello, que viera cómo se visten las mujeres de ahora.
"¿Qué podía hacer yo,
con mi pobre coquetería del Paraíso, con mis escasos adornos de muchacha
anterior al diluvio? Por esto, y desesperanzada ya de reencarnar por largo
tiempo con una nueva vida, he tomado la determinación de hacerlo por unas
breves horas, y he elegido las horas pasadas para ponerme en contacto con el
escritor que me escucha... y con las señoritas que gustan a ese escritor.
"Por lo poco que he
visto, el mundo de ustedes ha progresado inmensamente en seis mil años, y hay
ahora cosas admirables. Lo que no hay -óigame usted bien-, es progreso en el
adorno de la mujer. Ustedes lo creen así, porque dichos adornos cuestan dinero.
En mi época, una chica estaba bien vestida cuando, a más de ser bella, llevaba
en los cabellos flores o plumas de garza, tapados de pieles sobre los hombros,
sartas de perlas en el cuello, y un abanico de grandes plumas en la diestra.
"Hoy, señor enamorado,
después de seis mil años de febril progreso, de incalculables esfuerzos de la
inteligencia y del arte, de sutiles refinamientos estéticos, hoy las mujeres
bien vestidas llevan, exactamente como en las edades salvajes, plumas en la
cabeza, pieles en los hombros, piedras en el cuello, flores en la cabeza y
grandes plumas en la mano.
"¿Dónde está el
progreso, quiere usted decirme? ¿Qué ha inventado de nuevo la mujer actual?
¿En qué revela su decantado refinamiento de arte?
"¡Bah, señor! Ustedes
se dejan engañar a sabiendas, con su devoción feminista; pero salvo uno que
otro detalle, la dama original y elegante de hoy debe recurrir fatalmente para
su adorno a los miserables elementos del oscuro mundo primitivo: las pieles,
las plumas, las piedritas que brillan. "Y no sólo no se ha conquistado
nada, sino que se ha rebajado el valor de tales adornos. El valor de una piel
sedosa está en la fatiga que ha costado el obtenerla. El amante primitivo que
a costa de su sangre conquistó al animal mismo la piel para adornar con ella a
su amada, consagró con ese precio el alto valor del adorno. Es bella la piel en
los hombros de una muchacha porque el hombre que la amaba se desangró por
conseguírsela. Este es su valor, como el de una obra de arte cualquiera, que
para ser tal debe dejar exhausto un corazón.
"Hoy no es la muchacha
más amada la que luce la piel, sino aquella cuyo padre tiene más dinero. Y
volveré a la nada en que he dormido seis mil años, sin comprender cómo las
amigas de usted, y las otras y todas las mujeres de hoy, sienten tanto orgullo
de lucir una piel que no ha conquistado el varón que aman, sino que han debido
pagar muy caro al peletero; y sin comprender tampoco como ustedes los hombres
no se mueren de vergüenza cuando se sienten orgullosos de ver a sus novias
lucir un adorno que ustedes mismos han sido incapaces de obtener, y por el que
otro hombre, también joven y buen mozo como ustedes dio todo su valor y su
sangre en una cacería salvaje.
"Sólo esto quería
decirle. Ahora, señor, me vuelvo. Le he sido a usted demasiado cargosa con mi
ancianidad y mis tonterías para que no conserve usted de mí ni el recuerdo...
Permanecí impasible, sin
apartar los ojos del fuego.
-¿Quiere usted, sin embargo,
guardar un vago recuerdo mío? Lo autorizaría a usted a sacarme una
fotografía...
Dijo; y sin hacerme rogar de
nuevo, pues deseaba concluir de una vez con aquel atroz absurdo, me levanté,
también sin mirar a la dama, volví con la máquina, y a toda prisa apreté el
obturador.
¡Por fin! Eché una mirada
salvadora al biombo que debía ocultarla de nuevo.
-¡Oh, esta vez no hay
necesidad!... -murmuró ella-. Con que cierre usted un instante los ojos,
basta...
¡Los cerré con rabia, y
cuando los abrí no había ya nadie allí!
Aquí concluye la historia. Y
lo que sigue no es sino un eterno remordimiento.
Al hallarme solo, me hallé
también sin sueño por el resto de la noche. Y mitad por distracción, mitad por
curiosidad fotográfica, revelé la placa. ¡Oh! ¿Qué razón no ha concebido a Eva
desnuda como el cielo, virgen y hermosísima en la primera alba del Edén?
No una decrépita momia
envuelta en negro: una criatura de diecisiete años, indescriptiblemente pura y
curiosa, era lo que revelaba la fotografía. Y yo no había sabido verlo.
Al día siguiente, a las
mismas altas horas de la noche, el teléfono sonó. Era ella.
Cuanto alcanza un hombre a
expresar de remordimiento, lo expresé en mi largo discurso.
-¡Vuelva! -supliqué por toda
conclusión.
-No puedo -repuso ella. Y
más burlonamente aún-: Estoy desnuda...
-Yo cazaré tigres para
usted...
-¿Usted, cazar tigres?...
Usted es un cazador de historietas y no siempre verosímiles... Pero le estoy
muy agradecida, sin embargo. Y si alguna vez vuelvo...
La voz se cortó. No oí más.
Ni al día siguiente, ni después, ni nunca, ha vuelto ella a llamarme a altas
horas. Sólo me queda su retrato. Y cuando alguna vez lo enseño a un amigo,
jamás se muestra él sorprendido. -Muy lindo -me dice- pero es una copia.
-¿Copia?...
-Sí, de cualquier cuadro...
Esas hermosuras del Edén no existen. Así es, en efecto. Hace seis mil años que
ella no existe. Pero más corpórea y cálida que la vida misma, ella vino una
vez a mí y las puertas que tras el pasado velan por los caprichos
sobrenaturales, han quedado entreabiertas...
Publicado en La
Vida Literaria ,
Buenos Aires, año, 1, N° 1, julio 1928.
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