I
Soñando que estabas muerta
Yo lloraba en sueños
H. HEINE.
Hermosos ojos que habéis
encantado mi alma, vosotros os apagaréis algún día bajo la tierra... Y vuestra
mirada ansiosa no volverá a lanzarse sobre el porvenir inexcrutable, porque su
vuelo estará encerrado en el ataúd... Y entonces tampoco os podréis tornar
hacia vosotros mismos para entristeceros, ni os podréis oscurecer entre la
niebla de la pena... La paz inmensa, la paz del no ser, la paz de la muerte,
vivirá en las pupilas de esos hermosos ojos que han sabido encantar mi alma...
Formas graciosas,
apariciones frágiles, escalofríos de salud, poder de la belleza, esperanza de
vida, vosotros os dormiréis un día bajo la tierra. El Pensamiento eterno os
había llevado al fondo de sus antros: y pálido, dulce, bello como el dolor,
vuestro conjunto vivirá en el sitio misterioso, sin que ser alguno pueda turbar
su sueño de congojas... Flor que vives en el mundo, tú te deshojarás un día
bajo la tierra!
Pero antes de desaparecer,
despierta un segundo ¡oh, tu, lirio adormecido!... Mira florecer el jardín de
mi corazón ¡oh rosa!... En vano soplan, en los caminos desiertos, los vientos
fríos del otoño; a mí se me figuran brisas de primavera; porque mientras tú
vivas en la tierra, la primavera vivirá en mi alma... El mundo vive porque tú
vives; el alma del universo palpita porque la tuya palpita; todo respira bajo
el cielo porque tú respiras; todo es luz y fiesta porque tú eres fiesta y
luz...
Pero despierta un segundo
¡oh pensamiento mío! antes de dormirte bajo la tierra.
II
CUANDO ELLA ESTUVO BAJO LA
TIERRA. ¡Ah! querida, tan largo tiempo muerta!...
D. G. ROSSETTI.
I.
Las flores que hoy te
enviamos, serán gratas a tu sepulcro, por que el año pasado -¡oh flor dormida
para siempre! - tú te marchaste bajo las flores...
II.
Yo he recogido para ti -en
un jardín de la aldea lejana donde vivo con tu recuerdo- una magnolia
entreabierta. Al contemplar sus grandes pétalos blancos, mis ojos se anublan y
algo de misterioso se desgarra en el fondo de mi ser. Y teniéndola entre las
manos, no me atrevo a tocarla con los labios a pesar de mi deseo... No me
atrevo porque en adelante su verdadero propietario es la muerte...
III.
En otro tiempo cuando tú
estabas viva y yo iba a verte, me parecía que el camino de tu morada era el
camino florido del paraíso. Mi cuerpo temblaba y mis nervios vibraban cuando yo
veía el esplendor de tu rostro... Hoy, bajo este cielo oscuro que entristece, me
figuro que el paraíso se ha perdido en el fondo del universo y que yo estoy
solo en la inmensidad desierta del mundo...
IV.
Hay ciertos días en que la
muerte de tu cuerpo y la muerte de mi alma me inspiran verdadera compasión,
porque la fiesta de la vida suele ser hermosísima. ¡Ah! si tú pudieras
despertar; si tú pudieras resucitar y hacer resucitar a mi alma difunta con el
bálsamo de tus caricias!...
V.
Yo querría visitar ese
país desconocido en donde crece la planta cuyo jugo calma el dolor.
Poco me importa que ahí se
trabaje o no; poco me importa que ahí se beba o se cante, con tal que el dolor
pueda dormir en paz bajo su cielo.
Hoy he visto una sierra
llena de árboles de la India, llena de calor tropical y llena de perfumes
penetrantes; pero ese no era el país donde se entierra el dolor...
He contemplado los grandes
lagos plateados, he visto los cisnes que volaban con el cuello recogido y las
alas abiertas, pero ese espectáculo no ha aliviado mi dolor.
Yo querría, pues, que
alguien me indicara el camino que conduce al país en donde el dolor se calma.
VI.
Mi alma comienza a
recobrar su paz de antaño. Esta noche envidio la suerte de los muertos. Ellos
duermen bajo los rayos del sol, bajo los polvos de oro que flotan en el aire,
bajo el perfume de las flores que adornan la cubierta de sus lechos marmóreos.
...Ella duerme pálida e
inmóvil... sí, yo la veo desde aquí, inmóvil y pálida, dormir tranquilamente...
VII.
El sol se pone detrás del
cementerio, bañando con sus últimos resplandores las cruces de las tumbas. La
sombra ha invadido ya un gran barrio de la ciudad de los muertos; el cielo azul
se ha puesto blanco; el viento fresco de la tarde sacude las ramas de los
cipreses. Mi alma continúa gozando de su tranquilidad y mi calma es inmensa.
VIII.
Día de los Santos.
Hoy es tu día... Y
mientras yo pienso en tí, tú duermes bajo una lluvia fría y triste.
La naturaleza se ha
vestido de duelo por ti... ¡Duerme, duerme en paz, duerme eternamente! ¡oh alma
mía!...
IX.
La estación de las flores
ha llegado y las rosas blancas de su tumba van a entreabrirse... pero las rosas
pálidas de sus mejillas no se entreabrirán nunca más...
El viento ligero de abril
besará las rosas de su tumba... pero mis labios no besarán nunca las rosas de sus
mejillas...
X.
Tú me has dicho:
-No me llores, no me
compadezcas; yo gozo de la paz eterna y soy dichosa. Soy inconsciente y no
sufro; soy alma y me confundo con el éter celeste. Mi cuerpo se ha convertido
en tierra y en savia de flor... No me llores...
XI.
Luego me hablaste de
nuevo:
-Consuélate porque yo
estaré a tu lado en la eternidad... Yo seré para ti la aparición sin igual, la
imagen que velará tus sueños... Consuélate...
III
Abril de 1886. Serafín del
cielo, estrella que brilla en medio de la tempestad. SHELLEY. EN EL CIELO
...Y ahora tú vives en el
paraíso de las almas; resucitaste transfigurada y adorada. Tus hermanas han
celebrado tu llegada y te han conducido al lado de Beatriz, la reina de todas.
Y Beatriz se puso de pie e imprimió un beso en tus labios. Su amigo te dio la
mano llamándote "hija mía". Y desde entonces tú vives sentada al lado
de ellas, gozando del Reino del Amor.
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