I
‑Un hombre estraordinario lo espera,
señor‑ dijo el hombre nuevo.
‑¿Por qué extraordinario?‑ preguntó
el doctor Silence, deslizando la punta de sus dedos a través de su barba
castaña. Sus ojos centellaron con placer.‑¿Por qué extraordinario, Baker?‑
repitió alentadoramente, dándose cuenta de la expresión perpleja en los ojos
del hombre.
‑Es tan...tan flaco señor. Casi no
podía verlo...al principio. Estuvo dentro de la casa antes que pudiera
preguntarle su nombre‑ acordándose de las ordenes estrictas.
‑¿Y quién lo trajo hasta acá?
‑Vino solo, señor, en un cabriolé
cerrado. Me apartó antes de que yo pudiera decir algo....sin hacer ningún
ruido, no que yo pudiera oír. Parecía moverse muy suavemente...
El hombre se detuvo obviamente
avergonzado, como si ya hubiese dicho suficiente para arriesgar su nueva
situación, pero tratando de mostrar que recordaba las instrucciones y
advertencias que había recibido respecto a la admisión de extraños sin una
acreditación apropiada.
‑¿Y dónde está ese caballero ahora?‑
preguntó el doctor Silence, apartándose para ocultar su diversión.
‑No podría decirlo exactamente,
señor. Lo dejé esperando en el vestíbulo...
El doctor lo miró agudamente.
‑¿Y por qué en el vestíbulo? ¿Por
qué no en la salita de espera?‑ fijó sus ojos penetrantes pero amables sobre el
rostro del hombre. ‑¿Te asustó?‑ preguntó rápidamente.
‑Creo que lo hizo, señor, si puedo
decirlo de esa manera. Me parecía perderlo de vista, como si....‑
balbuceó, evidentemente convencido de
que hasta el momento se había ganado su despido. ‑Entró de forma tan extraña,
tal como el viento helado ‑agregó llanamente, llevando la atención a sus
tacones y mirando a su amo directo a la cara.
El doctor tomó nota internamente de
la descripción vacilante del hombre; estaba
satisfecho de que la sutil evidencia de intuición que lo había inducido
a contratar a Baker no había fallado del todo al primer intento. El doctor
Silence buscaba esta cualidad en todos sus asistentes, desde el secretario
hasta el hombre del servicio, y aunque esto lo rodeaba de un personal algo
particular, los inconvenientes estaban más que compensados en su totalidad por
sus destellos ocasionales de perspicacia.
‑Así que el caballero te hizo sentir
extraño, ¿no es cierto?
‑Creo que así fue, señor ‑repitió el
hombre impasiblemente.
‑ ¿Y no trae ninguna clase de
presentación para mí...ninguna carta o algo así?...-preguntó el doctor con
fingida sorpresa, como si supiera lo que vendría.
‑Pido sus disculpas, señor ‑dijo,
tremendamente perturbado ‑el caballero me entregó esto para usted.
Era la nota de un perspicaz amigo,
quien hasta el momento jamás le había mandado un caso que no fuera vitalmente
interesante desde un punto de vista u otro.
"Por favor reciba al portador
de esta nota" ‑decía el breve mensaje‑, "aunque dudo que incluso
usted pueda hacer algo para ayudarlo"
John Silence se detuvo por un
momento, como para atrapar de la mente del escritor todo lo que se encontraba
detrás de las breves palabras de la carta. Luego observó a su sirviente con una
expresión más seria de la que hasta el momento había mostrado.
‑Regresa y encuentra a este
caballero ‑dijo‑ y dirígelo al estudio verde. No contestes a sus preguntas, o
hables más de lo realmente necesario; pero Barker, ten pensamientos amables,
serviciales, compasivos, tan fuertemente como te sea posible. Recuerda lo que
te dije cuando te contraté, acerca de la importancia de los pensamientos. Pon
curiosidad en tu mente, y piensa amablemente, compasivamente, afectuosamente,
si es que puedes.
Sonrió, y Barker, quien había
recuperado su compostura frente a la presencia del doctor, se inclinó
silenciosamente y salió.
Había dos salas de recepción
distintas en la casa del doctor Silence. Una, pensada para las personas que
creían necesitar ayuda espiritual cuando realmente eran sólo candidatos para el
manicomio; tenía paredes acolchadas, y estaba bien aprovisionada con varios
artilugios escondidos para enfrentar y superar cualquier violencia súbita. Sin
embargo, raramente era utilizada. La otra, pensada para la recepción de
genuinos casos de congoja espiritual y aflicciones extraordinarias de
naturaleza psíquica, estaba enteramente tapizada y amueblada en un
tranquilizante y profundo verde, calculado para inducir serenidad y descanso en
la mente. Y ésta era la habitación donde el doctor Silence entrevistaba a la
mayoría de sus casos "raros", y a la cual había ordenado a Baker
traer a su actual visitante.
Para comenzar, la silla en la cual el paciente se sentaba, estaba clavada al suelo, pues su
inmovilidad tendía a impartir esta misma excelente característica al ocupante.
Invariablemente, los pacientes se iban excitando al hablar de sí mismos, y su
entusiasmo tendía a confundir sus pensamientos y exagerar su lenguaje. La
inmovilidad de la silla ayudaba a contrarrestar esto. Luego de repetidos
esfuerzos por arrastrarla hacia adelante, o de empujarla hacia atrás,
terminaban por resignarse a quedarse sentados quietos. Y a la futilidad de la
impaciencia seguía un estado mental más tranquilo.
Sobre el suelo, y a intervalos en la
pared inmediatamente detrás, habían ciertos botoncitos verdes, prácticamente
invisibles, los cuales al ser presionados permitían la emanación invisible de
un narcótico tranquilizante y persuasivo que rodeaba al ocupante de la silla.
El efecto sobre el excitado paciente era rápido, admirable e inocuo. Más aún,
el estudio estaba provisto de un secreto ojo‑espía; pues a John Silence le
gustaba, cuando era posible, observar el rostro de su paciente antes de asumir
la máscara que los rasgos de la expresión humana llevan invariablemente en
presencia de otra persona. Un hombre sentado solo tiene una expresión psíquica;
y esta expresión es el hombre en sí mismo. Desaparece en el momento en que otra
persona se le une. Y el doctor Silence a menudo aprendía más de unos pocos
momentos de secreta observación de un rostro que en largas horas de
conversación con su dueño, posteriormente.
Un paso muy liviano, casi danzarín,
siguió las pesadas zancadas de Baker hacia la habitación verde, y un momento
después llegó el hombre anunciando que el caballero estaba esperando. Aún
estaba pálido y sus gestos nerviosos.
‑No te preocupes, Baker ‑dijo el
doctor amablemente‑; si no fueras intuitivo el hombre no te hubiera causado
ningún efecto. Sólo necesitas entrenamiento y desarrollo. Y cuando hayas
aprendido a interpretar mejor estos sentimientos y sensaciones, no sentirás
miedo, sino sólo una gran compasión.
‑Sí, señor; ¡Gracias Señor!. Y Barker
hizo una reverencia e hizo su escape, mientras el doctor Silence, una divertida
sonrisa acechando en las comisuras de su boca, se dirigió silenciosamente a lo
largo del pasaje, hacia abajo, y puso su ojo en el agujero espía en la puerta
del estudio verde.
Este agujero espía estaba emplazado
de tal manera que comandaba una visión de casi la habitación entera, y, mirando
a través de él, el doctor vio un sombrero, guantes y un paraguas sobre una
silla junto a la mesa, pero buscó en principio en vano a su dueño.
Ambas ventanas estaban cerradas y un
fuego vigoroso ardía en el hogar. Había varios signos ‑signos inteligibles, por
lo menos para un alma profundamente intuitiva ‑que la habitación estaba
ocupada, sin embargo, hasta a donde a seres humanos se refiere, parecía
innegablemente vacía. Nadie estaba sentado en las sillas; nadie estaba parado
en la esterilla frente al fuego; no había ni siquiera un signo de que un
paciente estuviera en algún lugar cerca de la pared, examinado la reproducción
de Böcklin ‑como suelen hacer los pacientes tan frecuentemente cuando pensaban
que estaban solos ‑y por lo mismo, difíciles de avistar desde el agujero.
Llanamente hablando, no había nadie en la habitación. Estaba desocupada.
Sin embargo, el doctor Silence
estaba completamente conciente de que un ser humano se encontraba en la
habitación. Su sistema sensorial nunca fallaba en darle a conocer la proximidad
de un ser real o irreal. Incluso en la oscuridad podía definirlo. Y ahora supo
fehacientemente que su paciente, el paciente que había alarmado a Barker, y
había viajado por el corredor con ese paso danzarín, estaba en alguna parte
escondido entre las cuatro paredes que eran dominadas desde su ojo espía.
También se dio cuenta ‑y esto era de lo más
inusual‑ que este individuo al que quería observar sabía que estaba
siendo vigilado. Y, más aún, que el mismo extraño, a su vez, también estaba observando. De hecho, era él,
el doctor, el que estaba siento observado ‑y por un observador tan agudo y
entrenado como él mismo.
Un indicio del verdadero estado del
caso comenzó a caer sobre él, y estaba a punto de entrar ‑de hecho su mano ya
tocaba la manilla de la puerta ‑cuando su ojo, aún adherido al agujero, detectó
un movimiento. En una posición directamente opuesta, entre él y la chimenea,
algo se agitó. Observó muy atentamente y se aseguró de no estar equivocado. Un
objeto sobre la mesa ‑era un vaso azul ‑desapareció de la vista. Pasó fuera de
la visión junto con la porción de mármol de la mesa, sobre la que reposaba.
Luego, aquella parte del fuego, hogar y guardafuego de bronce inmediatamente
debajo, se desvaneció completamente, como si una tajada hubiera sido
limpiamente sacada de ellos.
En ese momento, el doctor Silence
comprendió que algo entre él y aquellos objetos lentamente comenzaba a existir,
algo que los escondía y obstruía a su visión al insertarse a sí mismo en la
línea de visión entre ellos y él mismo.
Tranquilamente esperó por resultados
posteriores antes de entrar.
Al principio vio una delgada y
perpendicular línea que se trazaba por encima de la altura del reloj y
continuaba hacia abajo hasta que alcanzaba el lanudo felpudo de la chimenea. La
línea se hizo más ancha, ampliándose, haciéndose sólida. No era una sombra; era
algo con sustancia. Se iba definiendo más y más. Luego, repentinamente, en la
punta de la línea, al nivel de la cara del reloj, vio un pequeño disco luminoso
contemplándolo resueltamente. Era un ojo humano, mirando fijamente al suyo,
presionado allí contra el agujero. Y brillaba con inteligencia. El doctor
Silence contuvo su respiración por un momento ‑y nuevamente lo observó.
Luego, como alguien saliendo de una
profunda oscuridad hacia la luz, vio la figura de un hombre deslizarse a la
vista, una cara blancuzca siguiendo al ojo, y la línea perpendicular que al
principio había visto ensancharse y desarrollarse hasta la completa figura de
un ser humano. Era el paciente.
Aparentemente había estado ahí, parado frente al fuego todo el tiempo. Un
segundo ojo siguió al primero, y ambos miraban fijamente al ojo espía, gravemente concentrados, sin
embargo, con un leve destello de humor y diversión que le hicieron imposible al
doctor mantener su posición por más tiempo.
Abrió la puerta y entró rápidamente.
Al hacerlo notó por primera vez el sonido de una banda alemana que entraba
ruidosamente a través de los
ventiladores abiertos. De alguna forma intuitiva, inexplicable, la música se conectaba con el paciente al que
estaba a punto de entrevistar. Esta suerte de presagio no le era desconocida.
Siempre se explicaba a sí mismo más tarde.
Vio que el hombre era de mediana
edad y de apariencia ordinaria; de hecho, tan ordinaria, que era difícil de
describir ‑su única particularidad era su extrema delgadez. Unas agradables
vibraciones ‑eso es, buenas- emanaban de
su atmósfera y encontraron al doctor
Silence mientras avanzaba a saludarlo, sin embargo, eran vibraciones vivientes
llenas de corrientes y descargas que traicionaban la perturbada y desordenada
condición de su mente y su cerebro. Evidentemente había algo absolutamente
fuera de lo usual en el estado de sus pensamientos. Pero, aunque extraño, no
era del todo perturbador; no era la impresión que la quebrada y violenta
atmósfera del loco produce sobre la mente. El doctor Silence se dio cuenta en un
destello que allí había un caso de absorbente interés que podría requerir de
todo sus poderes para ser abordado apropiadamente.
‑Lo estaba observando a través de mi
pequeño ojo mágico, como notó ‑comenzó, con una agradable sonrisa, avanzando
para darle la mano‑. A veces lo encuentro de gran ayuda....
Pero el paciente lo interrumpió
inmediatamente. Su voz era apurada y tenía extraños y estridentes cambios,
quebrándose de agudo a grave de forma inesperada. En un momento tronaba, en el
otro casi chirriaba.
‑Comprendo sin que me explique ‑interrumpió
rápidamente‑. De esa forma obtiene la verdadera nota de un hombre, cuando no se
siente observado. Lo apoyo completamente. Sólo que en mi caso, me temo que vio
muy poco. Mi caso, como por supuesto usted comprende, doctor Silence, es
extremadamente peculiar, incómodamente peculiar. De hecho, Sir Williams me
aseguró que....
‑Mi amigo lo ha mandado a verme ‑el
doctor interrumpió seriamente, con una suave nota de autoridad ‑, y eso es
suficiente. Por favor siéntese, señor ......
‑Mudge...Racine Mudge ‑replicó el
otro.
‑Tome esta cómoda silla, señor Mudge
‑dirigiéndole hacia la silla arreglada ‑, y cuénteme acerca de su condición en
sus propias palabras y a su propio paso. Mi día entero está a su disposición si
así lo requiere.
El señor Mudge se dirigió hacia la
silla en cuestión y luego dudó.
‑Prométame que no usará los botones
narcóticos ‑dijo, antes de sentarse‑. No los necesito. Además, debo mencionar
que cualquier cosa que usted piense intensamente alcanzará mi mente. Esto es,
aparentemente, parte de mi peculiar caso‑. Se sentó con un suspiro y arregló
sus delgadas piernas y cuerpo hasta alcanzar una posición cómoda. Evidentemente
era muy sensible a los pensamientos de los otros, ya que la imagen de los
botones verdes había entrado solamente por un segundo a la mente del doctor,
mientras que el otro lo captó instantáneamente. El doctor Silence notó además,
que el señor Mudge se aferraba fuertemente con ambas manos a los brazos de la
silla.
‑Casi estoy feliz de que la silla
esté clavada al suelo ‑recalcó, mientras se establecía más cómodamente‑. Me
favorece admirablemente. El hecho es... y esto es mi caso en una cáscara de nuez... lo cual es todo lo que
un doctor de su maravilloso desarrollo requiere... el hecho es, doctor Silence,
que soy una víctima del Espacio Superior. Eso es lo que sucede conmigo...
¡Espacio Superior!
Ambos se miraron el uno al otro por
un momento, en silencio, el pequeño paciente sujetándose fuertemente a los
brazos de la silla que le "favorecían
admirablemente", y mirando hacia arriba con ojos fijos, su
atmósfera temblando por las ondas de alguna actividad desconocida; mientras que
el doctor sonreía amable y compasivamente, y ponía su mente lo más lejos
posible, dentro de la condición mental del otro.
‑Espacio Superior -repetía el señor
Mudge- eso es lo que es. Ahora, ¿piensa usted que puede ayudarme con eso?
Hubo una pausa durante la cual los
ojos de los hombres buscaron fijamente bajo la superficie de sus respectivas
personalidades. Entonces el doctor Silence habló.
‑Estoy completamente seguro de que
puedo ayudar- respondió serenamente- la compasión siempre debe ayudar, y el
sufrimiento siempre llama a mi compasión. Veo que usted ha sufrido cruelmente.
Debe contarme todo sobre su caso, y cuando escuche los pasos graduales por los
cuales usted ha llegado a este extraño estado, no tengo duda que puedo ser de
ayuda para usted.
Acercó la silla junto a su
interlocutor y posó su mano sobre su hombro por un momento. Todo su ser
irradiaba bondad, inteligencia, deseo de ayudar.
‑Por ejemplo-prosiguió- estoy seguro
de que fue el resultado de algo más que la coincidencia que usted se
familiarizara con los terrores de lo que usted llama Espacio Superior; pues
espacio superior no es sólo una medida externa. Es, por cierto, un estado
espiritual, una condición espiritual, un desarrollo interno, y uno que debemos
reconocer como anormal, pues se encuentra más allá del alcance de nuestros
sentidos en la presente etapa de evolución. El Espacio Superior es un estado
místico.
‑¡Oh!- exclamó el otro, frotándose
sus manos de pájaro con satisfacción-, ¡qué alivio para mí hablar con alguien
que pueda comprender! Por supuesto, lo que dice usted es la absoluta verdad. Y
tiene razón de que no fue la pura casualidad la que me condujo a mi actual
condición, sin embargo fue un estudio prolongado y deliberado. Pero es la
suerte, en un sentido, la que la gobierna. Me refiero a que, mi entrada a la
condición de espacio superior parece depender sobre la suerte de ésta y aquélla circunstancia. -Suspiró y se detuvo
por un momento‑. De hecho-continuó- el mero sonido de esa banda alemana me
disparó. No es que toda la música lo haga, sino que ciertos sonidos, ciertas
vibraciones me elevan de tono hasta alcanzar el nivel requerido, me
disparan. La música de Wagner siempre lo
hace, y aquella banda debe haber estado tocando una fuga de Wagner. Pero ya
llegaré a todo eso más adelante. Pero primero -sonrió modestamente- debo
pedirle que retire a su hombre del ojo espía.
II
John Silence miró sobresaltado, pues
el señor Mudge estaba de espaldas a la puerta, y no había ningún espejo. Vio el
ojo café de Barker pegado al pequeño círculo de vidrio, y cruzó la habitación
sin hablar y de golpe bajó la negra persiana provista para ese propósito, y
luego oyó a Barker alejarse arrastrando los pies por el pasadizo.
‑Ahora- continuó el pequeño hombre
en la silla-, puedo continuar. Usted ha logrado ponerme completamente
cómodo, y siento que podría contarle mi
caso completo sin vergüenza o reserva. Usted entenderá. Pero deberá ser
paciente conmigo si me extiendo en detalles que para usted ya son familiares...
detalles del espacio superior, o sea... si parezco estúpido tratando de
describir cosas que trascienden el poder del lenguaje y son realmente por lo
mismo, indescriptibles.
‑Mi querido amigo- añadió el otro
calmadamente-, eso no necesita decirlo. Conocer el espacio superior es una
experiencia que desafía cualquier descripción, y uno se ve obligado a hacer uso
de símbolos más o menos inteligibles. Pero, por favor, proceda. Sus intensos
pensamientos me dirán más que sus vacilantes palabras.
Un inmenso suspiro de alivio le
llegó desde la pequeña figura media perdida en las profundidades de la silla.
Aquella afinidad inteligente encontrándolo a medio camino era una experiencia
nueva, y al instante tocó su corazón. Se reclinó hacia atrás, relajando su
fuerte asidero de los brazos, y comenzó en su voz delgada y escamosa.
‑Mi madre era francesa y mi padre un
barquero de Essex- dijo abruptamente‑. De ahí mi nombre... Racine y Mudge. Mi padre murió aún antes de
que lo viera. Mi madre heredó dinero de sus parientes de Bordeaux, y cuando
murió, poco después, fui dejado solo con riquezas y una extraña libertad. No
tenía cuidadores, fiduciarios, hermanas, hermanos, o cualquier conexión en el
mundo que me cuidara. De esta forma, crecí absolutamente sin educación. Todo
esto fue en mi beneficio; no aprendí nada de esa basura engañosa que se enseña
en los colegios, así que no tenía nada que desaprender cuando desperté a mi
amor verdadero... las matemáticas, matemáticas superiores y geometría superior.
Sin embargo, parecía conocerlas instintivamente. Era como el recuerdo de algo
que había estudiado profundamente antes; los principios estaban en mi sangre, y
simplemente corrían a través de las etapas ordinarias, y más allá, y luego hice
lo mismo con la geometría. Luego, cuando leía los libros de estas materias,
comprendía cuán ligero y fielmente el conocimiento había retornado a mí.
Simplemente era memoria. Era simplemente recolectar los recuerdos de lo que
había sabido antes, en una existencia previa y no requería de libros para
enseñarme.
En su creciente entusiasmo, el señor
Mudge trataba de arrastrar la silla hacia delante, algo más cerca de su oyente,
y luego sonreía débilmente al resignarse instantáneamente a su inmovilidad, y
se sumergía nuevamente al relato de su extrañan "enfermedad".
‑Las audaces especulaciones de
Bolilla, las sorprendentes teorías de Gauss... que a través de un punto más de
una línea podía ser trazada paralela a la línea dada; la posibilidad de que los
ángulos de un triángulo fueran en conjunto mayor que dos ángulos rectos, si es
que eran dibujadas sobre inmensas curvaturas... las intuiciones de Beltrami y
Lobatchewsky... a través de todas estas me apresuré y emergí, jadeante pero
insatisfecho, sobre el límite de mi... mundo, mis posibilidades de espacio
superior... en una palabra, ¡mi enfermedad!
‑Cómo llegué hasta allí- retomó
luego de una breve pausa, durante la cual pareció haber estado esperando un
sonido que se acercaba-, es más que lo que puedo poner en palabras
inteligibles. Sólo puedo esperar dejar su mente con una comprensión intuitiva
de la posibilidad de lo que digo.
‑Aquí, sin embargo, se introdujo un
cambio. En este punto ya no estaba absorbiendo los frutos de los estudios que
había realizado anteriormente; era el comienzo de nuevos esfuerzos por aprender
por primera vez, y tenía que ir lenta y laboriosamente a través de un trabajo
terrible. Aquí busqué en las teorías y especulaciones de otros. Sin embargo,
los libros eran muy pocos y muy espaciados, y, con la excepción de un hombre_un
"soñador", como el mundo lo llamaba... cuya audacia y penetrante
intuición me sorprendieron y me encantaron más allá de toda descripción, no encontré
a nadie que me guiara o ayudara.
‑Por supuesto que usted, doctor
Silence, comprende algo de hacia dónde me estoy dirigiendo con estas
titubeantes palabras, aunque no pueda quizá todavía adivinar a qué
profundidades de dolor me llevó mi nuevo conocimiento, ni por qué una relación
con una nueva dimensión del espacio pudo resultar una fuente de misterio y
terror.
El señor Mudge, recordando que la silla no se movería, hizo
lo mejor que pudo en su deseo de acercarse al hombre atento que lo encaraba, y
se inclinó hacia adelante sobre el borde mismo de los cojines, cruzando sus
piernas y gesticulando con ambas manos como mirando esta región del nuevo
espacio que estaba intentando describir, y pudiera en cualquier momento saltar
dentro de él desde el borde de la silla y perderse de vista. John Silence,
separado de él por tres ases, se mantenía con los ojos fijos sobre la pálida
cara de enfrente, reparando en cada palabra y gesto con una profunda atención.
‑Esta habitación donde estamos
sentados, doctor Silence, tiene un lado abierto al espacio... al espacio
superior. Una caja cerrada sólo parece cerrada. Existe una entrada y una salida
de una burbuja de jabón, sin romper la membrana.
‑No me dice nada nuevo ‑interpuso
gentilmente el doctor.
‑Por lo tanto, si el espacio
superior existe y nuestro mundo limita con él y se encuentra parcialmente en
él, necesariamente se concluye que nosotros sólo vemos porciones de los
objetos. Jamás vemos su forma real y completa. Vemos tres dimensiones, pero no
la cuarta. La nueva dirección se encuentra escondida para nosotros, y cuando
sostengo este libro y muevo mi mano alrededor de él, no he hecho realmente el
circuito completo. Sólo percibimos aquellas porciones de cualquier objeto que
exista en nuestras tres dimensiones, el resto se nos escapa. Sin embargo, una
vez aprendido a ver en espacio superior, todos los objetos aparecerán como
realmente son. ¡Sólo que por lo mismo serán difícilmente reconocibles!
Ahora puede comenzar a comprender
hacia dónde me dirijo
‑Comienzo a comprender algo de lo
que usted debe haber sufrido- observó conciliadoramente el doctor- puesto que
yo mismo viví experimentos similares, sólo que me detuve justo a tiempo....
‑Usted es el único hombre en el
mundo que me puede comprender, y compadecer- exclamó el señor Mudge, asiendo su
mano y sosteniéndola fuertemente mientras hablaba. La silla clavada prevenía
mayores entusiasmos.
‑Bueno- continuó luego de una pausa
momentánea- me procuré con los implementos y los cubos de colores para la
experimentación práctica, y seguí las instrucciones cuidadosamente hasta que
llegué a una concepción imaginaria del espacio en cuatro dimensiones. Al
tesaracto, la figura cuyas fronteras son cubos, lo conocía de memoria. Me
refiero a que lo conocía y lo veía mentalmente, pues mi ojo, por supuesto,
jamás podría admitir una nueva medida, ni podrían mis manos o mis pies
manejarla.
De esta forma, al menos ‑agregó,
haciendo una mueca de desagrado-pensé que había llegado a la etapa en la que
podía imaginar en una nueva dimensión. Era capaz de concebir la forma de una
nueva figura que es intrínsecamente diferente a todo lo que conocemos... la
forma del tesaracto. Podía percibir en cuatro dimensiones. De esta forma,
cuando observaba un cubo, podía ver todos sus lados al instante. Su área
superior no estaba reducida, ni su lado más distante ni la base invisible. Veía
el todo plano, por así decirlo. Más aún, también veía su contenido... su
interior.
‑¿No fue usted capaz de entrar a
este nuevo mundo? ‑interrumpió el doctor Silence.
‑No entonces. Sólo era capaz de
concebir intuitivamente cómo sería y cómo debería realmente verse. Más tarde,
cuando me deslicé allí y vi los objetos en su completitud, ilimitados por la
insuficiencia de nuestras pobres tres medidas, casi estuve a punto de perder mi
vida. Pues usted sabe, el espacio no se detiene en una única nueva dimensión,
la cuarta. Se extiende a todas las nuevas posibles, y debemos imaginarlo como
conteniendo un número infinito de nuevas dimensiones. En otras palabras, no hay
un espacio, sino sólo una condición. Pero, mientras tanto, he llegado a
comprender el extraño hecho de que los objetos en nuestro mundo normal se nos
presentan sólo parcialmente.
El señor Mudge se adelantó aún más
en la silla balanceándose peligrosamente en el mismo borde de ésta.
‑Desde este punto de partida ‑retomó
‑comencé mis estudios y experimentos, y los continué por años. Tenía dinero, y
no tenía amigos. Vivía en soledad y experimentaba. Mi intelecto, por supuesto,
tenía poco espacio en el trabajo, pues intelectualmente era impensable. Nunca
se había visto más claramente demostrada la limitación de la mera razón. Fue
místicamente, intuitivamente, espiritualmente como empecé a avanzar. Y lo que
aprendí, sabía e hice, es imposible de poner en palabras, pues describen
experiencias que trascienden las experiencias de los hombres. Son sólo algunos
de los resultados ‑los que usted llamaría los síntomas de mi enfermedad ‑los
que puedo entregarle, e incluso estos pueden muchas veces parecer
contradicciones absurdas y paradojas imposibles.
Sólo puedo decirle, doctor Silence ‑repentinamente
sus maneras se volvieron graves_que a
veces he llegado a una posición en que todos los grandes misterios del mundo se
tornaron comprensibles para mí, y comprendí lo que en los libros de Yoga llaman
"La Gran Herejía de la Separatividad"; porqué los grandes maestros han urgido la necesidad de
que el hombre ame a su prójimo como a sí mismo; cómo los hombres son realmente
uno; y porqué la pérdida absoluta de uno mismo es necesaria para la salvación y
el descubrimiento de la vida verdadera del alma.
Se detuvo un instante y tomó
aliento.
‑Sus especulaciones fueron las mías
hace mucho tiempo atrás ‑dijo el doctor tranquilamente‑. Me doy completamente
cuenta de la fuerza de sus palabras. Sin duda los hombres no están del todo
separados... en el sentido que ellos imaginan.
‑Todo lo referente a este espacio
aún más elevado sólo lo concebía oscuramente, por supuesto, ‑prosiguió el otro,
elevando nuevamente su voz a tirones ‑; pero lo que me sucedió fue el accidente
más insignificante... un desastre simple... de, oh, Dios, ¿cómo decirlo?...
Balbuceó y mostró evidentes signos
de ansiedad.
‑Simplemente fue esto- retomó con
súbita prisa en sus palabras-, que, accidentalmente, como resultado de mis años
de experimentación, un día me deslicé corporalmente hacia el próximo mundo, el
mundo de las cuatro dimensiones, sin saber precisamente cómo había llegado
allí, o cómo podría regresar. Descubrí que mi cuerpo ordinario en tres
dimensiones, no era más que una expresión... una proyección parcial... ¡de mi
cuerpo superior en cuatro dimensiones!
Ahora comprenderá lo que mencioné
hace un rato en nuestra conversación, cuando hablé del azar. No puedo controlar
mi entrada o salida. Algunas personas, algunas atmósferas humanas, ciertas
fuerzas errantes, pensamientos, incluso deseos... la radiación de ciertas
combinaciones de colores, y sobretodo, las vibraciones de ciertos tipos de
música, me arrojan a un estado que sólo puedo describir como una vibración
interna, terrorífica e intensa... ¡y repentinamente me disparo! ¡Lejos, en
dirección de todos los ángulos rectos de nuestras direcciones conocidas!
¡Lejos, en la dirección que toma un cubo
cuando comienza a trazar los contornos de una nueva figura, el tesaracto!
¡Lejos, hacia mi espacio superior, intenso y semi‑divino!¡Lejos, dentro de mí
mismo, dentro del mundo de las cuatro dimensiones!
Quedó sin aliento y se dejó caer en
las profundidades de la silla inmóvil.
‑Y allí- murmuró, su voz surgiendo
de entre los cojines- allí debo quedarme hasta que dichas vibraciones cesen, o
hasta que hagan algo, que no puedo encontrar las palabras para describir de
forma apropiada o inteligible para usted_y entonces, de repente, estoy de
vuelta nuevamente. Primero, desaparezco. Luego reaparezco. Sólo que- suspiró-
no puedo controlar mi entrada ni mi salida.
‑Perfecto- exclamó el doctor
Silence- , y por eso hace unos pocos....
‑Por eso hace pocos momentos-
interrumpió el señor Mudge, quitándole las palabras de la boca-, me encontró ido, y luego me vio retornar. La
música de esa funesta banda Alemana me empujó. Sus intensos pensamientos sobre
mí me trajeron de vuelta... cuando la banda hubo terminado su Wagner. Lo vi
aproximarse al agujero y vi más tarde la intención de Barker de hacer lo mismo.
Para mí ningún interior está oculto. Yo veo dentro. Cuando estoy en ese estado
los contenidos de su mente, así como los de su cuerpo, están abiertos a mí como
el día. ¡OH Dios, oh Dios, oh Dios!
El señor Mudge se detuvo y enjuagó
su frente. Un ligero estremecimiento recorrió la superficie de su pequeño
cuerpo, como el viento sobre el pastizal. Aún se aferraba fuertemente a los
brazos de la silla.
‑Al principio- continuó-, mis nuevas
experiencias eran tan gráficamente interesantes que no me sentí alarmado. No
había espacio para eso. El miedo vino poco después.
‑¿Entonces, usted realmente penetró
en ese estado, lo suficientemente lejos como para experienciarse a sí mismo
como una parte normal de él?- preguntó el doctor, acercándose, profundamente
interesado.
El señor Mudge asintió con su rostro sudoroso como
respuesta.
‑Lo hice-murmuró-, indudablemente lo
hice. Ya llegaré a eso. Comenzó primero por la noche, cuando me di cuenta que el sueño no se
acompañaba de la pérdida de conciencia...
‑El espíritu, por supuesto, nunca
duerme. Sólo el cuerpo se vuelve inconciente- agregó John Silence.
‑Si, sabemos eso... teóricamente.
Durante la noche, por supuesto, el espíritu se encuentra activo en alguna otra
parte, y nosotros no conservamos recuerdos acerca del dónde ni del cómo, porque
simplemente el cerebro se queda atrás y no recibe ningún registro. Pero me di cuenta que, mientras me mantenía
conciente, también retenía la memoria. Había alcanzado el estado de conciencia
continua, pues en las noches, con los primeros signos de somnolencia, entraba nolens volens al mundo de cuatro
dimensiones.
Durante un tiempo esto sucedía
frecuentemente, y no podía controlarlo;
aunque más tarde descubrí un modo de regularlo mejor. Aparentemente el
sueño es innecesario para el cuerpo superior... el tetradimensional. Sí,
posiblemente. Sin embargo, hubiera preferido infinitamente el sueño insulso al
conocimiento. Puesto que, incapaz de controlar mis movimientos, vagaba de allá
para acá, atraído, debido a mi
desarrollo parcial y prematura llegada, hacia partes de este nuevo mundo que me alarmaban más y más. Era la
horrible desolación y el flujo de un mundo monstruoso, tan absolutamente
distinto a todo lo que conocemos y vemos, que ni siquiera puedo dar una pista
de la naturaleza de las visiones y objetos y seres en él. Más que eso, no puedo
ni siquiera recordarlos. No puedo imaginármelos ahora ni para mí mismo, sino
que sólo puedo evocar los recuerdos de la impresión que dejaron sobre mí, el
horror y el devastador terror de todo eso. Estar en varios lugares a la vez,
por ejemplo...
‑Perfectamente- interrumpió John
Silence, dándose cuenta del aumento de excitación del otro-, comprendo
exactamente. Pero ahora, por favor, cuénteme algo más de este temor que experimentaba,
y cómo lo afectó.
‑No
es desaparecer y reaparecer per se lo que me afecta- continuó el señor
Mudge-, tanto como otras cosas. Es ver a la gente y los objetos en su extraña
completitud, en sus formas reales y completas, eso es lo angustiante. Me he
introducido a un mundo de monstruos. Caballos, perros, gatos, a todos los
quería; personas, árboles, niños; todo lo que
había considerado hermoso en la vida... todo, desde el rostro humano
hasta una catedral... se me aparecía en un aspecto y forma diferente a todo lo que había conocido
antes. En vez de ver su forma parcial en tres dimensiones, las veía
completas... en cuatro. Tal vez no pueda explicarle por qué esto sería
terrible, pero le aseguro que así es. Escuchar la voz humana proveniente de
esta novedosa apariencia que difícilmente reconocía como un cuerpo humano, es
espantoso, simplemente espantoso. Poder ver en el interior de todo y todos es
una forma de discernimiento particularmente angustiosa. Estar tan confundido
geográficamente como para encontrarme en un momento en el Polo Norte, y al
siguiente en Claphan Junction... o posiblemente en ambos sitios a la vez..., es
absurdamente terrorífico. Su imaginación le suministrará prontamente otros
detalles sin multiplicar yo ahora mis experiencias. Pero usted no tiene
idea lo que todo esto significa, y cómo
sufro.
El señor Mudge interrumpió su
jadeante recuento y se reclinó en la silla. Aún se aferraba fuertemente a los
brazos como si pudieran mantenerlo en el mundo de la cordura y las tres dimensiones,
y sólo una que otra vez soltaba su mano izquierda para enjuagar su rostro. Se
veía muy delgado y pálido y extrañamente insubstancial, y observaba a su
alrededor como si mirara a este otro espacio, sobre el cual había estado
hablando.
John Silence también se sentía
animado. Había escuchado cada palabra y había tomado muchas notas. La presencia
de este hombre producía un efecto vivificante sobre él. Parecía como si el
señor Mudge aún llevara consigo algo de aquella intensa condición del espacio superior
que había estado describiendo. De cualquier forma, el doctor Silence había
avanzado por sí mismo lo suficientemente lejos para darse cuenta que las
visiones de esta extraordinaria y pequeña persona, tenían una base de verdad en
su origen.
III
Luego de una pausa que se prolongó
por minutos, cruzó la habitación y abrió un cajón de su librero, sacando un
pequeño libro de cubierta roja. Tenía un candado, y sacó una llave de su
bolsillo y procedió a abrir las cubiertas. El brillo en los ojos del señor Mudge
no lo dejó ni por un solo segundo.
‑Señor Mudge- dijo por fin-, casi me
parece una lástima curarlo. Usted está camino a descubrir grandes cosas. Aunque
pudiera perder la vida en este proceso... me refiero a la vida acá, en el mundo
de las tres dimensiones... no perdería, por lo mismo, nada de gran valor...
perdone mi aparente rudeza, lo sé... pero podría ganar algo que es
infinitamente superior. Su sufrimiento, por supuesto, se encuentra en el hecho
de que usted alterna entre dos mundos y no está nunca completamente en uno u
otro. Además, me atrevo a imaginar, aunque no puedo estar seguro de esto a
través de ningún experimento personal, que usted incluso ha penetrado aquí y
allá a un espacio de más de cuatro dimensiones, y de esta forma, ha experimentado
el terror al que se refiere.
El sudoroso hijo del barquero de
Essex y de una mujer de Normandía inclinó su cabeza varias veces asintiendo,
pero no pronunció ninguna palabra como respuesta.
‑Alguna extraña predisposición
psíquica, que data sin duda de alguna de sus vidas pasadas, ha favorecido el
desarrollo de su "enfermedad"; y el hecho de que usted no haya tenido
un entrenamiento normal en la escuela o la universidad, que no esté guiado por
el pobre intelecto hacia el culs‑de‑sac,
falsamente llamado conocimiento, ha
causado su excesivamente rápido movimiento a lo largo de las líneas directas de
la experiencia interna. Nada del conocimiento que ha presagiado ha venido a
usted a través de los sentidos, por cierto.
El señor Mudge, sentado en su silla
inamovible, comenzó a estremecerse débilmente. Nuevamente pareció como si una
brisa pasara sobre su superficie y como si de nuevo lo pusiera curiosamente en
movimiento, como una pradera.
‑Usted habla solamente para ganar
tiempo- dijo con voz presurosa y titubeante-. Este pensamiento en voz alta nos
demora. Vislumbro hacia dónde se dirige, por favor, apresúrese, porque algo va
a suceder. Nuevamente una banda se aproxima por la calle, y si interpretan...si
interpretan Wagner....saldré disparado en un destello.
‑Precisamente. Seré rápido. Me
dirigía al punto de cómo llevar a cabo su cura. Esta es la manera: simplemente
debe aprender a bloquear las entradas... prevenir que los centros actúen.
‑¡Es verdad, absolutamente verdad!
-exclamó el hombrecito, evadiendo las profundidades de la silla-. ¿Pero cómo,
en nombre del espacio, cómo puede eso lograrse?
‑Mediante la concentración. Todos
estos centros se encuentran dentro de usted, a pesar de que sean causas
exteriores como el color, la música y otros elementos, los que lo guían hacia
ellos. No puede esperar destruir estos
elementos externos, sin embargo, una vez que las entradas están bloqueadas, le
guiarán sólo hacia murallas de ladrillo y canales clausurados. No será capaz de
encontrar el camino nuevamente.
‑¡Rápido, rápido!-gritaba la figura
que se sacudía sobre la silla-. ¿Cómo se lleva a cabo esta concentración?
‑Este librito- continuó calmadamente
el doctor Silence-, le explicará la manera-. Dio unos golpecitos sobre la
cubierta-. Ahora, déjeme leerle algunas simples instrucciones y usted nunca más
volverá a entrar al estado de espacio superior. Los accesos estarán bloqueados
efectivamente.
El señor Mudge se irguió de golpe en
su silla para escuchar, y John Silence aclaró su garganta y comenzó a leer lentamente, en un tono de voz muy claro.
Mas antes de que hubiera pronunciado
una docena de palabras, algo pasó. El sonido de la música de la calle penetró
en la habitación a través de los ventiladores, ya que una banda había comenzado
a tocar en en callejón de los establos, en la parte trasera de la casa... era
la Marcha del Tannhäuser. Puede parecer muy extraño que una banda alemana
aparezca dos veces dentro del lapso de una hora, en los mismos callejones y
tocara Wagner, sin embargo, ese era el caso.
El señor Racine Mudge la oyó. Lanzó
un grito agudo y chirriante y nerviosamente
enroscó sus brazos alrededor de la silla. Una mirada que daba pena y que
no estaba lejos de las lágrimas se extendió sobre su pálido rostro. Grises
sombras lo siguieron... el gris del miedo. Comenzó a luchar convulsionadamente.
‑¡Sujéteme firme! ¡Atrápeme! Por el
amor de Dios, ¡manténgame aquí! Ya estoy en camino. ¡Oh, es espantoso!- gritó
en tonos de angustia, su voz tan delgada como un junco.
El doctor Silence se precipitó hacia
adelante para atraparlo, sin embargo, en un destello, antes de que pudiera
cubrir el espacio entre ellos, el señor Racine Mudge, gritando y luchando,
pareció dispararse hacia lo invisible. Desapareció como una flecha lanzada por
un arco a una velocidad infinita, y su voz ya no resonaba en el aire externo,
sino que de alguna curiosa manera, parecía hacerse audible a través de las
profundidades del ser del propio doctor. Era casi como un débil cántico en su
cabeza, como la voz de un sueño, una voz de visiones e irrealidad.
‑¡Alcohol, alcohol!- gritaba
débilmente, a la distancia- ¡deme alcohol! Es la manera más rápida. ¡Alcohol,
antes de que esté fuera de alcance!
El doctor, acostumbrado a las
decisiones rápidas y acciones aún más rápidas, recordó que había una botella de
brandy sobre la mesa, y en menos de un segundo la había cogido y la sostenía
hacia el espacio sobre la silla, recientemente ocupado por un visible Mudge.
Pero, frente a sus propios ojos, y mucho antes de que pudiera abrir la tapa
metálica, vio que el contenido del frasco cerrado se hundía y disminuía como si
alguien estuviera bebiendo su licor con violencia y avidez.
‑¡Gracias!¡Suficiente! ¡Espanta las
vibraciones!- clamó la vocecita en su interior, mientras retiraba el frasco y
lo restablecía sobre la mesa. Comprendió que la actual condición de un lado de
la botella estaba abierta al espacio y que él podía beber sin remover la tapa.
Difícilmente hubiera podido obtener una prueba más interesante acerca de lo que
había estado escuchando, descrito en tal detalle.
Pero al momento siguiente... casi
parecía que al mismo tiempo... , la banda alemana se detuvo a la mitad de su
tonada... ¡y ahí estaba el señor Mudge, de regreso nuevamente en su silla,
resollando y jadeando!
‑¡Rápido!- chilló‑ ¡detenga a la
banda!¡Envíelos lejos! ¡Sujéteme! ¡Bloquee las entradas! ¡Bloquee las entradas!
¡Deme
el libro rojo! ¡¡¡¡Oh, oh, oh‑h‑h‑h!!!!
La música había
comenzado nuevamente. Sólo había sido una interrupción momentánea. La Marcha
del Tannhäuser había comenzado nuevamente, esta vez a un ritmo tremendo que la
hacía sonar como un rápido paso doble, como si los instrumentos tocaran contra
el tiempo.
Sin embargo, la breve interrupción
dio al doctor Silence un momento para reunir sus pensamientos disgregados, y
antes que la banda hubiera llegado a la mitad del compás, se había precipitado
sobre la silla y sujetaba al señor Racine Mudge, la pequeña víctima del espacio
superior, en un abrazo de hierro. Sus brazos rodearon su diminuta persona,
tomando al mismo tiempo una buena parte de la silla. Si bien no era un hombre
grande, pareció sofocar por completo a
Mudge.
Sin embargo, incluso mientras
actuaba de esta manera, sintiendo la agitación bajo suyo, comenzó a deshacerse
y a deslizarse como el aire o el agua. De algún modo, la madera del brazo de la
silla se desenredaba de entre sus propios brazos y los del señor Mudge. Se
llevó a cabo el fenómeno conocido como el paso de la materia a través de la
materia. El hombrecito parecía estar realmente fundido con el ser del otro. El
doctor Silence sólo pudo ver la cara por debajo suyo. Se arrugó y se volvió
gris como debido a un gran esfuerzo interno. Oyó la delgada y fina voz clamando
en su oído: "¡Bloquee las entradas, bloquee las entradas!. Y
luego....pero, ¿cómo en el mundo describir aquello que es indescriptible?
John Silence se paró para observar.
Racine Mudge, su rostro distorsionado más allá de todo reconocimiento, estaba
haciendo un maravilloso movimiento hacia adentro, como si se contrajera sobre
sí mismo. Se volvió como un embudo, como agua en un remolineante torbellino, y
luego pareció quebrarse como se quiebra un reflejo y se divide, en la
distorsión de un espejo convexo. No se movió ni hacia adelante ni hacia atrás,
ni hacia la izquierda ni a la derecha, ni arriba ni abajo. Pero se fue. Se fue
completamente. Simplemente se esfumó de la vista, como un proyectil
desvaneciéndose.
¡Todo menos una pierna! El doctor
Silence sólo tuvo el tiempo y la presencia de mente para sujetar el tobillo
izquierdo y la bota del desaparecido, y a esto se aferró durante algunos
segundos como a la torva muerte. Sin embargo, todo el tiempo supo que era algo
estúpido e inútil.
El pie estaba en su control por un
momento, y al siguiente parecía... esta era la única manera que podía describirlo...
estar dentro de su propia piel y huesos, y al mismo tiempo fuera de su mano
y en todo su alrededor. De alguna manera
sorprendente, parecía estar mezclada con su propia carne y sangre. Luego se
había ido, y él se encontraba asiendo fuertemente sólo una corriente de aire
tibio.
-¡Ido!¡Ido!¡Ido!-gritaba una débil y
susurrante voz en algún lugar dentro de su propia conciencia.
¡Perdido!¡Perdido!¡Perdido!-repetía, haciéndose cada vez más débil hasta que
finalmente se desvaneció en la nada, y los últimos signos del señor Racine
Mudge se desvanecieron con ella.
John Silence cerró su libro rojo y
lo repuso en el gabinete, el cual aseguró con un clic, y cuando Barker acudió
al campanilleo, le preguntó si el señor Mudge había dejado una tarjeta sobre la
mesa. Aparentemente lo había hecho, y cuando el sirviente regresó con ella el
doctor Silence leyó la dirección y tomó nota de ella. Era en el norte de
Londres.
‑El señor Mudge se ha ido- le dijo
tranquilamente a Barker, notando su
expresión de alarma.
‑No se ha llevado su zombrero
consigo, señor.
‑El señor Mudge no necesita un
sombrero donde se encuentra ahora- continuó el doctor, agachándose para atizar
el fuego-. Pero podría regresar por él...
‑¿Y el paraguas, señor?
‑Y el paraguas.
‑Si me lo permite, señor, él no
salió por mi camino- tartamudeó el sorprendido sirviente, su curiosidad
superando el nerviosismo.
‑El señor Mudge tiene sus propias
maneras de ir y venir, y las prefiere. Si llega a regresar por la puerta en
cualquier momento, recuerda traérmelo inmediatamente, y se amable y gentil con
él y no le hagas preguntas. Además, Barker, recuerda pensar agradablemente,
compasivamente, afectuosamente en él mientras se encuentra ausente. El señor
Mudge es un caballero que sufre mucho.
Barker hizo una reverencia y salió
de la habitación de espaldas, jadeando y palpando dentro de su cuello con tres
dedos de una mano, muy calientes.
Fue dos días después cuando trajo un
telegrama al estudio. El doctor Silence lo abrió y leyó lo siguiente:
"Bombay.
Recién deslizado fuera nuevamente. A salvo. Entradas bloqueadas. Mil gracias.
Dirección Cooks, Londres." MUDGE.
El doctor Silence levantó la mirada
y vio a Barker mirándolo perplejamente. Se le ocurrió que de alguna manera
conocía el contenido del telegrama.
‑Haga un paquete con las cosas del
señor Mudge- dijo brevemente-, y envíalas a Thomas Cook e Hijos, Ludgate
Circus. Y envíalas allí en exactamente un mes a partir de hoy, marcada
"Para ser reclamada".
‑Sí, señor- dijo Baker, abandonado
la sala con un suspiro profundo y echando una rápida mirada al papelero, donde
su amo había tirado el papel color rosa.
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