Publicado en Caras y Caretas, Buenos Aires, año
XII, N° 571, septiembre 11 , 1909, con el seudónimo Luis A. Ghigliani.
No ha habido probablemente empresa más contrariada
en sus principios que la Hidráulica Continental de Luz, Calefacción y Fuerza
motriz. Ya se ve: un rival ele ese calibre perjudicaba en lo más hondo de sus
estatutos a todas las compañías existentes nacionales o transatlánticas, de gas
o electricidad. Hubo obstrucciones sin cuenta, tratándose naturalmente de una
lucha de millones. Pero cuando el pozo de la Continental hubo llegado a
cuatrocientos ochenta y tres metros, y la columna artesiana surgió con mucho
mayor empuje del calculado, la hostilidad arreció.
La Continental, sin embargo, maniobró tan
sabiamente, que obtuvo maravillosas garantías, y acto seguido la concesión
pasaba al Congreso.
Ahora bien, la mayoría de los diputados halló que
las garantías del gobierno eran excesivas, y la concesión, con proyecciones
hasta el Juicio Final.
De modo que la Hidráulica, viendo en esa
resistencia un peligro mucho mayor que los hasta entonces corridos, resolvió
iluminar debidamente el cerebro de los congresales.
El primero a quien le cupo el honor de esta
respetable enseñanza -y decimos "primero" por simple cálculo de
probabilidades- fue David Seguerén, correntino, jurisconsulto, y de blancura
más bien disimulada. Este joven sensato, electo por cualquier misterio de la
política, debía concluir su período el próximo año. Hallábase desprovisto de
toda esperanza de reelección, y aunque antes había atendido su naciente estudio
con éxito, volviendo allá no tendría mucho que hacer, después de cuatro años de
clientela perdida. Luego, había una madre y muchas hermanas, pobres como él y
como lo habían sido siempre. Seguerén veía, pues, acercarse el momento de su
cesantía, con la constante inquietud del hombre que alimenta a su familia
paterna.
Esta inquietud fue la brecha a que se dirigió la
empresa.
Una tarde, Seguerén disponíase a salir, cuando
recibió la visita de cierto caballero en representación de la Compañía
Hidráulica Continental de Luz, Calefacción y Fuerza motriz. Y se entabló el
siguiente diálogo:
- ?El señor
diputado Seguerén?...
-Sí, señor.
-Como el doctor habrá visto, represento a la
Hidráulica Continental, y vengo en su nombre a rogarle dos minutos de atención.
Seré muy breve.
- Usted dirá.
-En dos palabras: creemos no ignorar que el señor
diputado halla excesivas las garantías que el Superior Gobierno ha concedido a
la Compañía, y que se opondrá en consecuencia a la concesión. ¿Estamos bien
informados? Ya ve, doctor, que no puedo ser más explícito.
- Muy bien.
Hallo, efectivamente, que son excesivas.
- ?Y la
segunda parte?...
-También es cierta. Considero que mi país...
- Perdón,
doctor; una interrupción. ¿Nos concede el señor diputado que nosotros tengamos
a la par que nuestro fin particular e innegable, la plena convicción de que
nuestra empresa será un gran beneficio para el país?
- Sin duda.
- ¿Y que
hemos estudiado en todo su alcance el asunto, y con una atención que el señor
diputado no ha tenido posiblemente tiempo de dedicarle? Supongo que esto...
- ¡No, de
ninguna manera! En efecto, concedo muy bien que la Compañía conozca más que yo
sus intereses.
- Por nuestra
parte agregamos: y los del país, en lo que se refiere a la proyección de esta
empresa. Como el doctor supondrá muy bien, tenemos el más grande interés en la
decisión del Congreso; y basado en esto, le rogamos nos permita lo siguiente,
que es el objeto de mi visita: enviarle algunos libros que, estamos seguros,
aportarán mucha luz a la trascendencia de la Compañía. El señor diputado...
¡Oh, no,
señor! Muy bien. No tengo ningún inconveniente: hojearé eso. Al día siguiente Seguerén recibía una carta
de la Compañía en
que ésta deploraba no haber hallado hasta ese
momento los libros ofrecidos, pero fácilmente se subsanaba el inconveniente,
rogándole se sirviera adquirir tales libros, para cuya adquisición enviaba la
suma necesaria.
Acompañaba a la carta un giro a su nombre por
veinticinco mil pesos El golpe, de un valor digno de todo encomio, dio en
falso. Seguerén era poseedor, a más de su inquietud pecuniaria, de algunas de
esas condiciones negativas que tienen ciertos hombres habilísimos en comprar
por diez pesos un artículo que vale tres, e inútiles del todo para vender por
quince lo que sólo les costó cuatro.
Seguerén devolvió el giro junto con la carta, y
veinte días después, cuando se discutía en plena Cámara la concesión de la
Continental, Seguerén, que combatía el proyecto, perdió un poco la paciencia
ante la briosa defensa de un colega.
-El señor diputado -lo interrumpió Seguerén- habrá
leído eso que afirma en algún libro...
-¡Yo no he leído ningún libro, señor diputado!
-vociferó, el otro, rojo.
-¡Oh, no me refería a "esos"!
Se sentó Seguerén, ante la sonrisa unánime de la
Cámara.
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