Publicado en Caras
y Caretas, Buenos Aires, año XII, N" 552, mayo 1, 1909.
-¿Por qué no te enamoras de nosotras?
Zum Felde miró atentamente uno tras otro a los cuatro dominós que
habiéndolo notado solo, acababan de sentarse en el sofá, compadecidos de su
aislamiento. Zum Felde colocó su silla frente a ellas. Pero como hubiera
respondido que posiblemente no sabía qué hacer, un dominó concluía de lanzar
aquella pregunta con afectuosa pereza. Bajo el medio antifaz corría en línea
fraternal la misma enigmática sonrisa.
-Son muchas repuso él pacíficamente.
-¡Oh, no esperamos tanta dicha de ti!
-No podría de otro modo. ¿Cómo adivinar a la que luego ha de gustarme?
-¿Es decir, la más linda de nosotras?
-...que no eres tú, ¿cierto?
-Cierto; soy muy fea, Zum... Felde.
-No, no eres fea, aunque alargues tanto mi apellido. Pero creo...
-...¿te refieres a mí? -observó dulcemente otra. Zum Felde la miró en los
ojos.
-¿Eres linda, de veras?
No sé... Zum Felde. Realmente no sé... Pero creo que de mí te enamorarías
tú.
_ ¿Y tú no de mí, amor?
-No; de ti, yo -repuso otra lánguida voz.
Zum Felde se sonrió, recorriendo rápidamente con la mirada, garganta,
boca y ojos.
-Hum...
-¿Por qué hum, Zum Felde?
-Por esto. Tengo un cierto miedo a las aventuras de corazón mezcladas
con antifaz. Y si ustedes entendieran un poco de amor, me atrevería a contarles
por qué. ¿Cuento?
Los dominós se miraron fugazmente.
-Yo entiendo un poquito, Zum Felde...
-Yo tengo vaga idea...
-Yo otra, Zum Felde...
Faltaba una.
-¿Y tú?
-Yo también un poquito, Zum Felde...
-Entonces cuento. Hace dos años, yo cortejaba a una señorita muy mona
que parecía bastante inclinada a gustar de mí. Había hablado poco con ella, de
modo que no conocía bien mi voz. Esto es muy importante para la historia. En
vísperas de carnaval tuve que ir a Mendoza por asuntos comerciales, pensando
-es decir, estaba seguro permanecer allá un mes. Eso me era tanto más duro
cuanto que confiaba en el carnaval para definir mi situación con ella. Aunque
tenía motivos para creer que me quería, en una palabra, ustedes saben que no es
prudente alejarse de una muchacha muy festejada, en comienzo de amor. Con todo,
hallé ocasión, antes de irme, de hablar con ella y comunicarle mi desastrosa
ausencia. Y me fui, muy confiado.
Pero resultó que el hombre que vendía su viñedo cambiaba en un todo
de idea, y tras una serie de telegramas con la casa, tuve que volver a la
semana de haberme ido. Supe que esa misma noche la cuñada de mi futura novia
daba una tertulia de amplio disfraz, y se me ocurrió en seguida de ir
disfrazado y probar su cariño.
Así lo hice. La observé durante una hora conversar, bailar con aire
bastante aburrido y gran satisfacción mía. Al fin me acerqué a ella; respondió
sin placer ninguno, supondrán bien, a las cuatro o cinco zonceras que le decía
la máscara. Al principio había temido que me conociera por la voz; pero estaba
tan segura de que yo me encontraba en Mendoza recorriendo viñedos, que no tuvo
la menor desconfianza. A más, ustedes saben que el antifaz completo cambia
mucho el timbre de voz.
Muy pronto, sin embargo, dejé las bromas de lado e insistí en que bailara
conmigo. Como realmente me gustaba mucho, no tenía que esforzarme en ser
galante. Poco a poco fue perdiendo la desconfianza que le producía el disfraz,
y comenzó a hallarse más a gusto a mi lado. Al fin accedió, si no a bailar, por
lo menos a pasear un momento conmigo.
Pero el momento fue bastante largo. Durante él la cortejé con todo el
cariño que pude. Ella se reía a ratos, y aunque mirando sin cesar a uno y otro
lado de la sala, no perdía una sola palabra mía. A la media hora me dejó. Pero
cuando más tarde volví a invitarla, vi, por su afectación en no verme cruzar la
sala hacia ella, que me esperaba.
-¿Estás seguro, Zum... Felde?
-Mucho. En dos palabras: cuando por tercera vez paseamos, tuve la
convicción de que yo le gustaba. Es decir, que le gustaba la persona enmascarada
que le hacía el amor; no yo, porque yo estaba en Mendoza. Desde entonces no la
he visto más. Y aquí tienen ustedes por qué desconfío de combinaciones de
antifaz y amor. ¿Les interesa la historia?
-Ni un dominó se movió; las bocas conservaban su persistente sonrisa.
-Sí, bastante_ respondió al rato una voz-. ¿Es decir que tuviste
celos de ti mismo?
-Sí, bastante_ respondió al rato una voz-. ¿Es decir que tuviste
celos de ti mismo?
_ No, de mí no; del otro.
-¡Pero eras tú! Si ella te había querido a ti, porque eras tú, con el
segundo amor al otro, que eras tú mismo, te probaba bien que te quería a ti
solo.
-Muy bien dicho, pero ése es un razonamiento de mujer. Un hombre lo
hace también, pero no lo acepta. Y después de todo -concluyó mirándolas
tranquilo- ninguna de ustedes es ella, ¿creo?
Las cuatro sonrisas se acentuaron ligeramente.
-Sospechamos que no, Zum Felde...
Este decidióse a abandonar el cuarteto, pues tenía deseos de fumar.
-¿Sabes lo único cierto de tu amor? -dijo una voz, al levantarse Zum Felde-.
Que tú no la querías.
-¡Al
contrario! -se rió él-. Porque la quería tuve celos y me retiré. Si no,
hubiera proseguido alegremente la aventura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.