Publicado en Caras y Caretas, Buenos
Aires, año XIV, N° 665, julio 1, 1911.
La
disciplina usual quiere que el profesor tenga siempre razón, a despecho de
cuanto de inmoral cabe en esto. Las excepciones fracasan casi siempre porque en
ellas la cátedra reconoce su equivocación o ignorancia por concepto pedagógico -lo
que no engaña nunca al alumno- y no por franca honradez. Es de todos modos dura
tarea sostener un error con vergonzosos sofismas que el escolar va siguiendo
tangente a tangente, y gracias a esta infalibilidad dogmática ha cabido a la
Facultad de Ciencias Exactas la inmensa suerte de que el que estas líneas
escribe no sea hoy un pésimo ingeniero.
El
caso es edificante. Yo tenía, en verdad, cuando muchacho, muy pocas
disposiciones para las matemáticas. Pero el profesor de la materia dio un día
en un feliz sistema de aplicación, cuyo objeto sería emularnos mutuamente a
base de heridas en el amor propio. Dividió la clase en dos bandos: cartagineses
y romanos, en cada uno de los cuales los combatientes ocuparían las jerarquías
correspondientes a su capacidad. Hubo libre elección de patria; y yo -a fuer de
glorioso anibalista convertime de uruguayo en cartaginés. Este fue mi único
triunfo, y aun triunfo de mi particular entusiasmo; pues cuando se
distribuyeron los puestos me vi delegado al duodécimo. Éramos catorce por
bando. Luego, en un total de veintiocho matemáticos, sólo había cuatro más
malos que yo: mis dos cartagineses del último banco, y los dos legionarios
correlativos.
Como
se ve, esta imperial clasificación de nuestros méritos, y que me coronaba con
tal diadema de inutilidad, debía hacerme muy poca gracia. En consecuencia
decidí tranquilamente llegar al mando supremo en mi partido.
Para
esto se había establecido que los sábados hubiera desafíos de puestos, como los
llamábamos, por los cuales un inferior estaba facultado para llevar a un jefe
cualquiera de su propio ejército ante el pizarrón, y allí someterlo al examen
de la lección del día; cada error del desafiado valía un punto al insurgente,
el que a su vez pagaba al otro en igual forma sus propios yerros. Al final se
computaban las faltas, y había -o no- trueque de puestos.
En
los demás días los duelos eran de bando a bando, pero sin que fuera lícito
desafiar a un miembro del partido contrario que ocupara un grado inferior al
del atacante en el suyo propio.
Había
una excepción al sistema: permitíase desafiar a todo el partido
contrario. Y recuerdo (esto fue más tarde, cuando llegué a ser general en jefe)
a un malhadado decurión o velite, o menos todavía, que retó a duelo a todo el
ejército cartaginés. Yo no sabía ese día una palabra de nada, y mis hombres se
empaparon en silencioso terror ante ese ataque que suponía terrible
preparación, dado el coraje del mísero. Pero como la dignidad del puesto que
ocupaba me forzaba al heroísmo, me' sacrifiqué. Yo le hice dos
puntos, y él me hizo veintiocho.
Pero
esto vino luego. Antes, como he dicho, había decidido apoderarme del primer
puesto. Lo que debí estudiar para ello no tiene casi medida, en un muchacho de
tan mezquina paciencia como era yo. Mas el amor propio, el desprecio ajeno y
la sombra de Aníbal hicieron de modo que a la primer semana había trepado al
octavo puesto, y en los cinco sábados posteriores ataqué sucesivamente al
cuarto, segunda, segundo, segundo y primero. Como se ve, fracasé dos veces
seguidas ante el segundo puesto. Era aquél un obstinado individuo.
Una vez en la cumbre me sostuve, resistiendo la saña sin tregua de mis
Maharbales que no perdonaban a un advenedizo como yo. Concluyeron por dejarme
en paz, y me aceptaron luego de corazón. A tal punto había llegado de
aplicación con esa constante guardia, que cuando se suscitaba en clase algún
equívoco, las miradas de mis compañeros -incluso la del profesor- se dirigían a
mí. Yo resolvía entonces, para mayor gloria de la institución. Se comprenderá
ahora cuán prodigiosa debe haber sido la facultad de estudiar que adquirí
entonces.
El desastre llegó así: quiso la desgracia que cierto domingo falleciera
un alto personaje, y cuando a la mañana siguiente nos enteramos de que ese día
no había clase, nuestra alegría fue grande -poco recomendable tal vez- pero
realmente muy grande. Y tuvo esta consecuencia, mucho menos divertida para
nosotros: el tema de álgebra que debíamos estudiar esa tarde del lunes, pasó a
un profundo olvido, tan hondo y oscuro que al día siguiente las siete octavas
partes de la clase no habían encontrado ni aun siquiera el asunto de la
lección. Más: el profesor tenía un endiablado malhumor que le había infiltrado
con idiota terquedad la idea de que nosotros debíamos saber siempre la
lección, muriera quien muriere, el zar, el sultán o el papa de todas las
religiones. Supóngase ahora el silencio que reinaría en clase.
El asunto a tratar era uno de los tantos
lúgubres problemas que Guilmin incluye en su álgebra, y para mayor desventura
del día, uno de los más difíciles. Esto se vio después, por lo menos para la
clase entera, pues yo particularmente había logrado la tarde anterior
acordarme del problema. ¡Ojalá no lo hubiera hecho nunca! Logré resolverlo, y
descartado así el peligro de que el campo enemigo repitiera a mis expensas su
ruidoso triunfo de un mes atrás, reanudé en el resto del día, el duelo que
hacía yo a mi manera al personaje muerto.
La clase comenzó. Todos teníamos buenas caras hipócritas de
indiferencia, porque ya desde el primer año habíamos aprendido a no disimularnos
torpemente tras la espalda del compañero, como es deber en los grados. De nada
nos valió. El profesor recorrió la lista dos veces con miserable lentitud, y
levantó la cabeza:
-¡Sequeira!
El aludido respondió con un esbozo de levantamiento:
-No sé.
El
profesor lo miró un momento, y bajó de nuevo la cabeza: -¡Bilbao!
Bilbao
contestó:
No sé. El profesor lo miró
también un instante, y durante un largo rato, en pleno silencio, se repitió el
cuadro:
-¡Flores!
-No
sé.
-¡Dondo!
-No sé.
-¡Otaegui!
-No sé.
-¡Narbondo!
-No
sé.
Jamás
he vuelto a ver un ensañamiento como el de aquel hombre fatal. No hacía un
solo gesto de disgusto, ni su voz subía un décimo de tono. Uno tras otro, los
nombres salían fríos de su boca, y las respuestas eran tan uniformes, que el
pleno silencio del aula, entre el pizarrón vacío y la luz tamizada de las
celosías, parecía deber quedar sonoro para siempre de: Maury... no sé;
Frades... no sé; Gutiérrez... no sé.
Por
fin se detuvo. Habían pasado ya veintidós nombres, y por rabioso que fuera su
malhumor, concluyó por tener vergüenza de su propia clase.
Perfectamente -dijo deshaciendo
la pluma contra el pupitre-: ninguno sabe una palabra después de dos días de
haraganear... Si ustedes tuvieran vergüenza, un solo miligramo de vergüenza, no
habrían puesto los pies en clase. ¡Y tienen el tupé de venir aquí!
Su
vista recorrió las filas, segando a su paso las cabezas anonadadas, y su rostro
cambió totalmente de expresión al detenerse en mí.
-A
ver, Avila -dijo con voz tranquila.
La
clase se removió por fin, hubo cambios de posturas, como si el peso aplastador
hubiera cesado de golpe.
Me
levanté. Yo era la salvación, y en ese momento me adoraron casi. Ninguno
recordaba más que yo era jefe de un partido; en la miseria común, no había ya
cartagineses ni romanos, sino pobres muchachos, o asnos de edad aún felizmente
temprana, como había tenido el bien de advertírnoslo el profesor.
Ante el desahogo de mis compañeros y la
mirada de confiado orgullo de aquél, que me siguió durante todo el desarrollo
del problema, planteé éste, lo razoné, lo analicé, y lo concluí en diez largos
minutos con este resultado:
que
era lo justo.
Dejé
la tiza y me sacudí los dedos, mientras el profesor se volvía a la clase con un
tonillo de vivísimo desprecio.
-¡Ahí tienen ustedes, caballerines! Si en vez de pasar el tiempo en cosas
que más vale no saber -¡sí, mocitos, tal como digo!-, si en vez de eso tuvieran
ustedes más dignidad de hombres, no darían el vergonzoso espectáculo que
acaban de dar. Aprendan de éste -continuó señalándome-, ¡así se trabaja, así se
resuelve un problema! ¡Bien, Avila, bien!
Me senté de nuevo. La clase había dejado de mirar el problema, para
murmurar alegremente la salvación general, todos, con excepción de Gómez, un
muchacho de cara roja y gruesos granos, que tenía aún la vista fija en el
pizarrón. De repente se levantó, y señalándolo con la cabeza:
Señor -dijo-, ese problema está
mal.
Júzguese
del asombro. La vista del profesor se volvió vivamente al pizarrón, en seguida
a Gómez y de nuevo al pizarrón.
-¿Que está mal ese problema? ¿Eso es lo que dice, señor Hilario Gómez?
Sí, señor, eso digo -repuso el
muchacho-. Ese problema está mal resuelto.
-Pues bien, dígnese pasar al pizarrón a probarlo. Pero un momento:
¿qué merece que le hagamos por hacernos perder estúpidamente el tiempo?
-Yo no sé -respondió Gómez, siempre empecinado-, pero ese problema
está mal.
¡Muy bien, pase, pase, veamos
eso! -concluyó el profesor, paseando una mirada de fiera en acecho sobre los
compañeros de aquel pobre mártir.
Ahora
bien, yo no sé en qué diablos había pensado, ni cómo pude equivocarme así; pero
lo cierto es que en cierta ecuación cambié los signos, y aunque la resolución
había quedado momentáneamente pervertida, siguiendo las cosas los signos
tornaron a invertirse de nuevo, llegando por fin al magnífico resultado que
Letra por letra, y signo por signo, Gómez
probó todo esto con perfecta lógica. No había otra cosa: yo me había
equivocado, mi resolución era viciosa, y el PRO-FE-SOR se había hecho
solidario, ante toda la clase insultada, de un disparate formidable.
Pero muy por encima de la sonrisita sarcástica que ya comenzaba a
blanquear en el rabillo de los ojos de mis compañeros, muy por encima estaba
la infalibilidad de la cátedra. De modo que midiéndome de abajo arriba, con
expresión de viejo zorro encanecido en artimañas, el profesor me dijo:
-¡Bravo, Avila, bravo! Cuadra esto perfectamente en su carácter hipócrita
y simulador. ¡Pero si usted creyó un momento que yo me iba a dejar coger en la
trampa, se engaña, amiguito! Desde el principio lo he dejado seguir a ver
hasta qué punto llegaba su cobardía, pretendiendo engañar a sus compañeros,
etcétera.
Desde
ese día no volví a abrir un texto de álgebra. Hoy no sé ya más qué es una
ecuación, y de mi antigua y fugaz gloria de matemático y general cartaginés,
no me queda sino el recuerdo de la figura final.



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