Publicado en Caras y Caretas, Buenos Aires, año XII,
N° 547, marzo 27, 1909.
El individuo se
enfermó. Llegó a la casa con atroz dolor de cabeza y náuseas. Acostóse en
seguida, y en la sombría quietud de su cuarto sintió sin duda alivio. Mas a las
tres horas aquello recrudeció de tal modo que comenzó a quejarse a labio
apretado. Vino el médico, ya de noche, y pronto el enfermo quedó a oscuras, con
bolsas de hielo sobre la frente.
Las hijas de la casa,
naturalmente excitadas, contáronnos en voz todavía baja, en el comedor, que era
un ataque cerebral, pero que por suerte había sido contrarrestado a tiempo. La
mayor de ellas, sobre todo, una muchacha fuertemente nerviosa, anémica y
desaliñada, cuyos ojos se sobreabrían al menor relato criminal, estaba muy
impresionada. Fijaba la mirada en cada una de sus hermanas que se quitaban
mutuamente la palabra para repetir lo mismo.
–¿Y usted, Desdémona, no lo ha
visto? –preguntóle alguno.
–No, no! Se queja
horriblemente... ¿Está pálido? –se volvió a Ofelia.
–Sí, pero al principio no...
Ahora tiene los labios negros.
Las chicas prosiguieron, y de
nuevo los ojos dilatados ele Desdémona iban de la una a la otra.
Supongo que el enfermo pasó
estrictamente mal la noche, pues al día siguiente hallé el comedor
agitado. Lo que tenía el huésped no era ataque cerebral sino viruela. Mas como
para el diagnóstico anterior, las chicas ardían de optimismo.
–Por suerte, es un caso
sumamente benigno. El mismo médico le dijo a la madre: "No se aflija,
señora, es un caso sumamente benigno".
Ofelia accionaba bien, y
Artemisa secundaba su seguridad. La hermana mayor, en cambio, estaba muda, más
pálida y despeinada que de costumbre, pendiente de los ojos del que tenía la
palabra.
–Y la viruela no se cura, ¿no?
–atrevióse a preguntar, ansiosa en el fondo de que no se curara y aun hubiera
cosas mucho más desesperantes.
–¡Es un caso completamente
benigno! –repitieron las hermanas, rosadas de espíritu profético. Si bien horas
después llevábanse al enfermo y su contagio a la Casa de Aislamiento. Supimos
de noche que seguía mal, con la más fúnebre viruela negra que es posible
adquirir en la Aduana. Al día siguiente fueron hombres a desinfectar la pieza
donde había incubado la terrible cosa, y tres días después el individuo moría,
licuado en hemorragias.
Bien que nuestro contacto con el
mortal hubiera sido mínimo, no vivimos del todo tranquilos hasta pasados siete
días. Fatalmente surgía a diario, en el comedor, el sepulcral tema, y como en
la mesa había quienes conocían a los microbios, éstos tornaron sospechosa toda
agua, aire y tacto.
La muerte, ya habitual
seguramente en los terrores nerviosos de Desdémona, cobró esta vez forma más
tangible en la persona de sus sutiles nietos.
–¡Oh, qué horror, los microbios!
–apretábase los ojos–. Pensar que uno está lleno de ellos...
Tenga cuidado con sus manos, y
descartará muchas probabilidades –compadecióla uno.
–No tanto arguyó otro–. Ha
habido contagios por carta. ¿A quién se le va a ocurrir lavarse las manos para
abrir un sobre?
Los ojos desmesurados de Ofelia
quedáronse fijos en el último. Los otros hablaban, pero éste había sugerido
cosas maravillosamente lúgubres para que la mirada de la joven se apartara de
él. Después de un rato de inmóvil ensueño terrorífico, miróse bruscamente las
manos. No sé quién tuvo entonces la desdicha de azuzarla.
–Llegará a verlos. La
insistencia en mirarse las manos desarrolla la vista en modo tal que poco a
poco se llega a ver trepar los microbios por ella...
–¡Qué horror! ¡Cállese! –gritó
Desdémona.
Pero ya el trastorno estaba
producido. Días después dejaba yo de comer allá, y un año más tarde fui un
anochecer a ver a la gente aquella. Extrañóme el silencio de la casa; hallé a
todos reunidos en el comedor, silenciosos y los ojos enrojecidos; Desdémona
había muerto dos días antes. En seguida recordé al individuo de la viruela;
tenía por qué, sin darme cuenta.
Durante el mes
subsiguiente a mi retirada, Desdémona no vivió sino lavándose las manos. En pos
de cada ablución mirábase detenidamente aquéllas, satisfecha de su esterilidad.
Mas poco a poco dilatábanse sus ojos y comprendía bien que en pos de un momento
de contacto con la manga de su vestido, nada más fácil que los microbios de la
terrible viruela estuvieran trepando a escape por sus manos. Volvía al
lavatorio, saliendo de él al cuarto de hora con los dedos enrojecidos. Diez
minutos después los microbios estaban trepando de nuevo.
La madre –que
habiendo leído antes de casarse una novela, conservaba aún debilidad por el
más romántico de los tres nombres filiales–llegó a hallar excesivo ese
distinguido temor. La piel de las manos, terriblemente mortificada, lucía en
rosa vivo, como si estuviera despellejada.
El médico hizo
notar claramente a la joven que se trataba de una monomanía –peligrosa, si se
quiere–pero al fin monomanía. Que razonara, etcétera.
Desdémona asintió
de buen grado, pues ella lo comprendía perfectamente. Retiróse muy feliz.
Después de reírse de sí misma con sus hermanas, llevóse las manos vendadas a
los ojos, con un hondo suspiro de obsesión concluida al fin.
–Pensar que yo
creía que trepaban... –se dijo; y continuó mirándolas. Poco a poco sus ojos
fuéronse dilatando. Sacudió por fin aquéllas con un movimiento brusco y volvió
la vista a otro lado, contraída, esforzándose por pensar en otra cosa. Diez
minutos después el desesperado cepillo tornaba a destrozar la piel.
Durante largos
meses la locura siguió, volviendo alegre de los consultorios, curada
definitivamente, para, después de dos minutos de muda contemplación, correr al
agua.
Fuese a otro
médico, el cual, más escéptico que sus colegas respecto a ideas fijas, libróse
muy bien de sugestiones intelectuales, tentando, en cambio, la curación en la
misma corriente de aquéllas. En pos de un atento examen de la mano en todo
sentido, dijo a Desdémona, con voz y ojos muy claros:
–Esta piel está
enferma. Su cepillo la maltrata más aún, pero hay que modificarla; siempre, si
no, estaría expuesta.
Y perdió dos horas
en tocar la mano casi poro por poro con una jeringuilla llena de solución A.
Luego, cada diez contactos, un algodón empapado en solución B, y oprimido allí
silenciosamente medio minuto.
Ese día fue
Desdémona tan dichosa que en la noche despertóse varias veces, sin la menor
tentación, aunque pensaba en ello. Pero a la mañana siguiente arrancóse todas
las vendas para lavarse desesperadamente las manos.
Así el cepillo devoró la
epidermis y aquéllas quedaron en carne viva. El último médico, informado de los
fracasos en todo orden de sugestión, curó aquello, encerrando luego las manos
en herméticos guantes de goma, ceñidos al antebrazo con colodiones, tiras y
gutaperchas.
–De este modo –le dijo–tenga la
más absoluta seguridad de que los microbios no pueden entrar. A más, debo
decirle que en el estado en que están sus manos, a la menor locura que haga
puede perderlas.
–¡Si sé que son locuras mías!
–reíase confundida.
Y fue feliz hasta el preciso momento en que se le ocurrió que
nada era más posible que un microbio hubiera quedado adentro. Razonó
desesperadamente y se rió en voz alta en la cama para afirmarse más. Pero al
rato la punta de una tijera abría un diminuto agujero en los guantes. Como era
incontestable que los dos microbios saldrían de allí, tendióse calmada. Pero
por los agujeros iban a entrar todos... La madre sintió sus pies descalzos.
–¡Desdémona, mi hija! –corrió a
detenerla. La joven lloró largo rato, la cabeza entre las almohadas.
A la mañana siguiente la 'madre,
inquieta, levantóse muy temprano y halló al costado de la palangana todas las
vendas ensangrentadas. Esta vez los microbios entraron hasta el fondo, y al
contarme Ofelia y Artemisa los cinco días de fiebre y muerte, recobraban el
animado derroche verbal de otra ocasión, para el actual drama.
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