Publicado en Caras y Caretas, Buenos Aires, año XII,
N° 549, abril 10, 1909.
Cuando el
matrimonio surge en el porvenir de un sujeto sin posición, este sujeto realiza
proezas de energía económica. Triunfa casi siempre, porque el acicate es su
amor, vale decir horizonte de responsabilidad o en total respeto de sí mismo.
Pero si el estimulante es el amor de ella, las cosas suelen concluir
distintamente.
Ramos era pobre y además tenía
novia. Ganaba ciento treinta pesos asentando pólizas en una compañía de
seguros, y bien veía que, aun con mayor sueldo, poco podría ofrecer a los
padres, supuesto que es costumbre regalar a la que elegimos compañera de vida
una fortuna ya hecha, como si fuera una persona extraña. El mutuo amor, sin embargo,
pudo más, y se comprometió, lo que equivalía a perder de golpe su pereza de
soltero en lo que respecta a mayor o menor posición.
Luego, Ramos era
un muchacho humilde que carecía de fe en sí mismo. Jamás en su monótona vida
hubiera sido capaz de un impulso adelante, si el amor no llega a despertar la
gran inquietud de su pobreza. Averiguó, propuso, hasta insinuó, lo que era
formidable en él. Obtuvo al fin un empleo en cierto ingenio de Salta. Como allá
la subdivisión de trabajo no es rígida, por poco avisado que sea el
desempeñante, llega fácilmente a hacerlo todo. Ramos tenía exceso de
capacidad, y acababa de adquirir energía en la mirada de su Julieta.
La noche en que
habló con ella del proyecto, Julieta lloró mucho, a ratos inerte y pensativa, y
a ratos abrazada a él. ¡Salta! ¡Era tan lejos eso! ¿No podía quedarse aquí? ¿No
podían vivir con ciento treinta pesos?... Ramos conservaba un poco más de
razón y negaba melancólicamente lo último. A más, no se quedaría siempre allá.
El creía que en dos años podría ahorrar mucho, mucho, y las relaciones
comerciales... Luego se casarían. Y como la diminuta frase: "cuando nos
casemos" sugiere a las novias estados muy distintos de la tristeza,
Julieta recobraba esperanzas, valor y fe en el porvenir. Con lo cual el
muchacho marchó a Salta.
Ramos halló el
ingenio en un mal momento. Las libretas de los peones estaban en un desorden
tal, que fuéronle menester veinticinco días para asentar medianamente aquéllas.
Tan bien trabajó y tanta paciencia tuvo con los peones -preciso es haber
tratado de desenredar la dialéctica económica de doscientos indios- que el
gerente vio en seguida a su hombre. No se lo dio a conocer, sin embargo, cual
es prudente en un patrón.
Entretanto,
llegaban cartas de Buenos Aires. "No me conformo con el destino."
"Sufro mucho más que tú." "Yo, en tu caso, volaría a
ver a tu Julieta." "¿No puedes venir, aunque sea por dos
días?"
Ramos contestaba
que por eso mismo, por quererla mucho, debía quedarse allá. Y en efecto, tal
corno estaban los asuntos de reorganización, no podía soñar siquiera con ello.
Hasta que una
noche recibió un telegrama de Julieta: estaba grave. Tras la profunda sacudida
de su amor centuplicado, Ramos pensó con angustia en su trabajo a medio hacer.
Fue sin embargo a hablar al gerente, quien con voz seca le hizo notar la
inconveniencia de esa medida. Ramos insistió: su novia se moría.
Apenas llegado a
Buenos Aires, voló a casa de ella; pero Julieta saltó corriendo a su encuentro.
-¡Viniste, por fin! -se reía-. ¿A que si no te hacía el telegrama, no
venías?
Pero Ramos la había querido demasiado, en esos tres meses de dura
vida, para no sentir hasta el fondo del alma el hielo de su supremo
aislamiento. -No debías haberme escrito eso -dijo al fin.
-¡Pero si quería verte!
-Sí, y cuando vuelva me echan.
-¡Y qué importa! -lo abrazó.
La noche no fue serena; y cuando
Ramos dijo a su novia que partiría al otro día, Julieta tornóse huraña y
displicente.
-Sí, ya sé; te vas porque no me
quieres.
-¡No es eso, no! ¿Quieres que me
muera de hambre aquí? -¡No sé, no sé nada! Pero te vas porque no me quieres.
El muchacho volvió a Salta,
envejecido de desánimo. En la ciudad, donde se detuvo cuatro días, llególe
carta de Julieta. La novia rompía con él, comprendiendo que eso sería para
felicidad de los dos. Ramos comprendió también que la influencia de la madre,
irreductible y vencedora al fin, pesaba en esa determinación. Quedábale su
trabajo. El, que había luchado años por comer, sabía bien que esta preocupación
vital absorbe al fin. Podría ser rico, y acaso hubiera dicha luego. Mas al
gerente no le agradaban novios como empleados, y le comunicó que prefería
esperar otro tenedor de libros menos expuesto a trastornos de amor.
No le quedaba nada. Volvería a
pasar meses de hambre, emplearíase al cabo en una u otra compañía con cien
pesos, hasta el fin de su vida. Amor, felicidad -confianza en sí mismo, sobre
todo-, se habían ido para siempre.
Un domingo de tarde en que Ramos
iba a Liniers subió a su coche una señora con dos criaturas. El tren salía ya,
y aquélla se dejó caer, agitada aún, frente a Ramos. Este, que miraba afuera,
volvió la vista y se reconocieron. Tras una fugaz ojeada al vestido de ella,
Ramos la saludó cortado. Pero su compañera le sonrió con grata sorpresa,
también después de una mirada, mucho más rápida que la de él, a la ropa de Ramos.
Estaba muy gruesa y la cara lucíale de harta felicidad. Hablaron cordialmente.
-¿Viaja a menudo por aquí?
-preguntóle ella.
-No; hoy por casualidad...
-¡Qué suerte! Yo estoy aburrida.
Pasamos los veranos en Haedo... Tenemos una quinta.
Ella hablaba mucho más que él.
-¿Y usted, se casó? -inquirió
luego con sincero interés.
-No...
-Yo me casé un año después...
-Sonrióse y calló por discreción. Pero la risa retornó, esta vez francamente,
pues hacía seis años que era casada y tenía dos hijos.
__ ¿Se
acuerda del telegrama que le hice? Cuando recuerdo... ¡Chicha, súbete las
medias! -inclinóse feliz a la criatura que trepaba al asiento y bajaba de él
sin cesar. Ramos miró de soslayo; las chicas estaban muy bien vestidas, corno
saben vestir a sus hijos las mujeres que cuentan, desde que se casan, con la
posición del marido.
Llegaban a Liniers, y Ramos se
despidió, soportando, como lo preveía, otra rápida ojeada a su ropa.
-Mucho gusto, Ramos... Y que
cuando lo vea de nuevo esté casado, ¿eh? -se rió.
-No hay duda -pensó él
melancólicamente, mientras recordaba las finas medias de las criaturas-; yo no
sirvo para nada.
Lo cual había sido visto muchísimo antes por su madre.
Lo cual había sido visto muchísimo antes por su madre.
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