© 1999 by José María Bravo Lineros.
“Te amaré siempre” le había dicho él cuando
temblaban entre las sábanas tras la pasión, mirándose con ojos húmedos y
brillantes como gotas de rocío. Y ella sonrió; por un momento, quiso que el tiempo
detuviera su avance, y que el fuego que ardía en su mirada y la hacía estremecerse
no se extinguiera jamás.
“Te amaré siempre” murmuró ella recordando
sus palabras cuando le vio partir aquella madrugada, impecable en el traje
nuevo. Y entonces pensó en el tiempo que estaría sola, aguardando ansiosa a que
llamara desde el hotel, desechando el temor de que estuviera tentado a
engañarla, de que alguna mujer atrajera su atención y él la olvidara, y que sus
palabras fueran ecos vacíos de sentido en su memoria.
Llevaban cinco años casados, y era la
primera vez que él estaba alejado de ella por más de un día. Ya desde que eran
novios se veían casi a diario, y cuando no podían verse él la llamaba dos y
hasta tres veces. Nunca parecía cansarse de ella. Habían tenido problemas y
discusiones, por supuesto, pero el enfado apenas les duraba más de un día.
“Están hechos el uno para el otro” decían todos. Y tal vez fuera cierto...
Cuando llamó diciendo que había terminado
los asuntos del trabajo y que regresaba aquella misma tarde, no cupo en sí de
gozo. Esperó su regreso con anhelo. Las manijas del reloj se arrastraban
marcando el lento paso de las horas. Preparó la cena y siguió esperando, hasta
que cenó sola, frente a la silla y el plato vacíos. Le apartó la comida para
calentársela por si llegaba con hambre. Se retrasaba. Aún aguardó hasta la medianoche,
cuando, fatigada, se fue a dormir. Tardó más de dos horas en conciliar el
sueño, mirando el espectro encarnado del reloj despertador y el avance de sus
dígitos con encono.
No recordaba la hora en la que él la
despertó, besándola con ternura en los labios y acariciándole la mejilla. “Aquí
estoy, preciosa. ¿Me has echado de menos?” le susurró en la penumbra. Ella le
abrazó, llorando de gozo. “No vuelvas a separarte de mí”, le pidió. Él rió de
buena gana, estrechándola entre sus brazos con fuerza. “Te lo prometo. Siempre
estaré contigo”. Y se abrazaron, besándose, y yacieron tras desnudarse él con
calma, premeditada calma, hasta que ella no aguantó más y le atrajo hacia sí,
entregándose a él como si fuera la última vez. Y tras el clímax cayeron
entrelazados, suspirando de gozo, y el sueño llegó dulce y preñado de buenos
deseos. A la mañana siguiente, despertó aún soñolienta, pero una desazón turbó
de inmediato su ánimo y le hizo incorporarse. Él no estaba junto a ella. Las
sábanas estaban frías en su lado de la cama, y no le oía tararear en el cuarto
de baño, duchándose o afeitándose, ni el alboroto que armaba cuando él mismo
hacía el desayuno. Sin saber cómo, supo que él no estaba en casa. Se obligó a
levantarse, reprimiendo las lágrimas, y le buscó por el piso mientras le llamaba
por su nombre con voz temblorosa, sintiendo un vacío inmenso y gélido en su
alma, y no pudo reprimir lágrimas de amargura. El teléfono sonó con fuerza, sobresaltándola;
su agudo estruendo rompió ominoso la quietud de la mañana. Lo escuchó sonar
tres veces, hasta que rígida y envarada, se acercó a él y alargó la mano hacia
el auricular, dudando en responder. Pero entonces pensó que podría ser él, y
descolgó.
“¿Señora R…?” dijo una voz fría e incómoda,
que hizo una pausa antes de seguir. “Lamento comunicarle que su marido ha
sufrido un grave accidente de tráfico. Su coche apareció destrozado en el arcén
de la carretera, hace algunas horas… Mi más sincero pésame”. Dejó caer el teléfono,
mientras algo se quebraba una y otra vez en su interior en mil pedazos, como
cristal lacerando su carne.
“Mamá…” susurró el joven, acariciando la
mejilla de la mujer que dormía en el sofá, aún hermosa pese a que había entrado
ya en la cuarentena. Besándola con ternura, despertó a su madre, que parpadeó
aletargada y le sonrió. “Ah, ya estás aquí. Debo haberme quedado dormida esperándote.
¿Quieres que te prepare algo? ¿Café?” preguntó, solícita. Su hijo asintió, pero
la retuvo en el sofá, complaciente. “Ya lo haré yo mismo. Te traeré una taza”.
Ella observó a su hijo mientras se dirigía a
la cocina, y desperezándose, se irguió para atisbar por las ventanas del salón.
Afuera, un día nuboso de principios de marzo, apacible aunque melancólico, presagiaba
la primavera. Aquel mismo día, muchos años atrás, él le había pedido
matrimonio. Trató de rechazar aquellos funestos recuerdos y evocar tan sólo los
momentos felices, mas no pudo; su mente, perversamente, se retrotraía sin
descanso hasta aquella noche, como cuando la lengua se posa una vez tras otra
en una llaga de las encías.
Cuántas lágrimas había vertido desde
entonces, sola, desamparada, sintiendo su interior frío, huero, muerto. Pero
aún fue peor pocas semanas después… pues supo que estaba embarazada. Y lo supo
con una certeza extraña, inexplicable, antes que el médico se lo confirmara.
Los primeres meses del embarazo fueron terribles… por él había dejado a su
familia atrás, y ahora era demasiado tarde para volver. Ellos estaban demasiado
lejos... Además, tenía que buscar un trabajo para asegurarse su futuro y pagar
las facturas. Antes de su muerte, su vida había sido un bonito sueño, pero tras
la tragedia un rayo de dolor rasgó su alma y deshizo el velo, dejándola ante la
atroz realidad, desnuda e inerme.
“Viuda… y tan joven” escuchaba murmurar a
sus vecinas, cuando se cruzaba con ellas. Recibió ayuda de alguna de sus
amigas, pero no podían hacer mucho por ella. Nadie podía devolverle a su esposo.
Con el paso del tiempo, la vida en ciernes del niño le dio ánimos para seguir
adelante. Era lo único que le quedaba de él. Criar sola a su hijo no fue fácil,
mas fue sobrellevando el dolor, sorprendiéndose de su propia entereza. Pasados
los primeros años de infancia, cuando su hijo comenzó a necesitar menos
cuidados, pensó de forma realista el volver a casarse. Apenas tenía treinta
años, y estaba en la flor de la vida. Y, a regañadientes, dejó al niño junto a
extraños para salir algunos fines de semana. Consiguió entablar varias
relaciones, pese a que los hombres huían espantados cuando sabían que tenía un
hijo pequeño. Los pocos a los que parecía no importarle, no fueron del agrado
de su hijo. Siempre se encerraba en su habitación cuando uno de aquellos
hombres venía a casa, llorando y llamándola a gritos. La última vez, cuando le
dijo que podría tener pronto un papá, como los otros niños del colegio, su hijo
enfermó durante dos semanas. Se sentó al borde de la cama, contemplándole
mientras dormía inquieto por la fiebre, y por un momento, algo cedió dentro de
ella. Maldijo su suerte, y vio a su hijo como un lastre para su vida. Mas
entonces, él la llamó en sueños, inquieto, y ella le abrazó llorando,
culpándose interiormente por sus pensamientos. Resignándose, supo que nunca
volvería a casarse. Y los años pasaron y su hijo creció; después del colegio,
vino el instituto, y la universidad… hasta entonces. Pero había merecido la
pena. Su padre hubiera estado orgulloso de su hijo. Siempre se había lamentado
de no haber cursado Derecho, y tan sólo unas semanas atrás su hijo había
acabado la carrera, siendo uno de los primeros de su promoción.
“Mamá… aquí tienes” dijo él sacándola de su
ensimismamiento, tendiéndole una taza humeante. Ella aceptó el café y volvió a
contemplarle. Se le parecía tanto, cuando era joven… era ya todo un hombre,
listo, vigoroso, con una sonrisa que traía de cabeza a muchas mujeres. Pronto,
pensó, la dejaría para establecerse junto a una mujer y fundar una familia,
felizmente completa. Y ella sería algo accesorio, relegada a un honroso segundo
plano. Ley de vida, como decía su padre. Su hijo apuró el café y le devolvió la
mirada a su madre, risueño. “Podría apostar a que sé lo que estás pensando: te
preguntas cuándo te dejaré para casarme”, le dijo. Ella no dejaba de
sorprenderse de la facilidad con la que su hijo le adivinaba el pensamiento,
habilidad que no compartían, pues aunque le conocía, y bien, como su propia
madre que era, siempre había algo que se le escapaba, algo lejano e
inaccesible. “Noelia llamó cuando estabas fuera, preguntando por ti”. “Ajá.
Bien, ya la llamaré”, respondió su hijo. “Es guapa...”, siguió ella “y habéis
acabado la carrera juntos. Tal vez podríais poner un bufete entre los dos... y
también, quizá...”. La risa de su hijo, vital y pícara, la interrumpió. Levantándose,
se sentó en el sofá junto a ella, abrazándola. “¿Cuándo desistirás de tus
intentos de casarme con cualquier chica que conozca?”. Su madre se libró de su
abrazo y se levantó, enojada. “Es normal que me preocupe. Cualquier madre
quiere que su hijo se case. Pronto te casarás, créeme; tan sólo necesitas la
mujer adecuada. Te irás para formar tu propia familia, y me harás abuela”. “No,
mamá... no me iré. Sin ti no”.
Y la volvió a estrechar en sus brazos,
haciendo que se volviera; buscando en sus bolsillos, le entregó una caja
pequeña, cuadrada; “Toma. Espero que te guste...”. Su madre tomó la caja y la
examinó. Antes de abrirla, le miró con suspicacia, preocupada por aquella
reticencia a casarse de su hijo. Tal vez se interesaba demasiado por aquel
asunto. Era joven, alocado; ya sentaría la cabeza. Intrigada, volvió su
atención a la cajita, y la abrió. Un gesto de dolor transfiguró su semblante.
En la caja estaba su viejo anillo de compromiso. Creía haberlo perdido de vista,
pero no, ahí estaba, reluciente, aún punzante su figura de desgraciada
remembranza. Encaró a su hijo, embargada por una dolorosa mezcla de perplejidad
y enojo. “¿Qué significa esto?” inquirió, arrojándole la caja con furia.
Entonces su hijo sonrió de forma extraña, durante un tenso instante, y le hizo
un guiño de complicidad, antes de preguntarle con una mueca maliciosa y un tono
de voz indulgente, como si la estuviera regañando... “¿Ya has olvidado qué día
es hoy?”.
Retrocediendo, ella le miró perpleja. En los
ojos de su hijo destelló un matiz desconocido... aunque acabó recordándole
otro, que antaño le fue tan familiar. “Dios…” susurró ella, temblando. Gritó y
se alejó corriendo del salón, mientras él la perseguía riendo, acorralándola en
la cocina. Cuando se acercaba para abrazarla ella le empujó con brusquedad,
aterrada. Su mano halló un cuchillo y lo sostuvo con pulso trémulo ante él,
como una advertencia demasiado horrible para ser pronunciada. “¡Basta! No te
acerques...”. Y él levantó las manos, mirándola con tristeza, añoranza... y con
deseo, un deseo imposible, maldito; su voz sonó lejana, anhelosa. “He esperado
tanto tiempo... ven, por favor”. Ella soltó el cuchillo, llevándose las manos a
la cabeza mientras procuraba no enloquecer, llorando. Se estremeció al sentir
su fuerte abrazo y ante el cálido y húmedo roce de sus labios y lengua besándola
con afán.
Llovía con fuerza. Las gotas huían
presurosas, resbalaban sobre los cristales del coche. Sentada en el asiento, a
su lado, perdida en sus pensamientos, creyéndose la protagonista de un sueño,
tal vez una pesadilla, apartó su vista de la obscura carretera iluminada por el
resplandor de los faros y le miró, temerosa. Él conducía risueño, decidido,
asiendo con suavidad y firmeza el volante, como si fuera su talle. Ahora el
parecido era sencillamente aterrador, un ascua que ardía en su recuerdo con
dolorosa intensidad. Y él la miró, apartando por un momento sus ojos de la
carretera. Cruzaron las miradas, interrogantes los ojos de ella sobre el
futuro, brillando en los de él un amor capaz de desafiar cualquier barrera. Sus
labios se curvaron en una tierna sonrisa, y escuchó su voz tratando de calmar
su inquietud, como un suave arrullo. “Iremos lejos, donde nadie pueda importunarnos.
No te preocupes mientras yo esté a tu lado. Te amaré siempre.”
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