© 2000 by José María Bravo Lineros. Publicado en Nexus zine 1 en 2000.
Negros, altos pinos, descollaban a ambos
lados de la carretera, obscura y reluciente como el lomo de un insecto. La
lluvia repicaba contra los cristales empañados del coche, surcando su superficie
como fugaces lágrimas. El mundo venía hacia él a desmesurada velocidad, hendido
por el resplandor amarillento de los faros. El rítmico vaivén de los
limpiaparabrisas resultaba casi hipnótico. No recordaba esa carretera, tan
estrecha e inhóspita. Suspiró con fastidio, pasándose una mano por la frente.
Notaba el sudor empapándole las ropas, su olor dulzón mezclado con el que flotaba
en los días lluviosos. Se sentía cansado, tan cansado. Sólo deseaba llegar y descansar.
¿Llegar a dónde? No lo sabía. Tampoco le importaba demasiado en esos momentos.
Un extraño cansancio le invadía. Una sensación que le enervaba, engarrotando
sus músculos y encogiéndole el estómago. Apretó con pulso firme el volante y
sacudió la cabeza. El dichoso agarrotamiento nacía en su nuca, bajando lentamente
por su espinazo hacia el resto del cuerpo, como un escalofrío. Los músculos
comenzaron a crisparse dolorosamente. Parecían no obedecer sus órdenes e ignorar
a su dueño, que apretó las mandíbulas hasta que le rechinaron los dientes y creyó
que se romperían.
Y
comenzó a sentir algo bajo su piel. Al principio fue una ligera comezón, aunque
después fue creciendo en intensidad. Sentía unas ganas enormes de rascarse.
Pero no podía mover un solo dedo para hacerlo. Lo que fuera que bullía bajo su
piel se estremeció visiblemente bajo ella, palpitando. El picor era
insoportable, enloquecedor.
El
escozor siguió aumentando, inmisericorde, atormentándole. Lo que anidaba bajo
su piel comenzó a rasgar hacia fuera. Era algo vivo, que se había alimentado de
él durante mucho tiempo. Y ahora, ahíto, quería salir. Intentó gritar, pero no
podía articular palabra. Quería sacudirse, frotarse y arañarse la piel, pero
estaba inmóvil. Ante sus ojos oscilaban como ebrios los haces de luz de los faros.
Una
curva apareció a lo lejos. Se avecinaba rauda, fatídica. Tenía que girar a tiempo,
o frenar...
El coche
se salió de la carretera, despeñándose. No hubo ningún grito.
Despertó bruscamente, incorporándose en la
cama. Gotas de sudor frío le resbalaban por la nuca, mojándole la espalda de su
camisa interior.
Había
tenido otra de esas pesadillas. Esta vez había sido muy vívida, aunque no menos
lo habían sido las otras. Recordaba especialmente una donde se veía a sí mismo
inmóvil, yaciendo sobre un lecho de hojas podridas y cubierto por un sudario de
lechosas y polvorientas telarañas. Las telarañas le acunaban, sorbiendo sus fuerzas,
mientras languidecía lentamente en su seno durante incontables días, semanas,
años... eternamente. Y él no podía hacer nada. Su cuerpo era un recuerdo doloroso,
algo frío y sin vida. Se estremeció al recordarlo.
Restregándose
los ojos, miró a su alrededor. El dormitorio estaba completamente obscuro, salvo
la fosforescencia vaga del despertador electrónico, que ronroneaba en la
mesilla con su zumbido apagado y monótono. Una forma obscura se arrebujaba a su
lado bajo las sábanas de la cama. Era su mujer, plácidamente dormida.
Levantándose,
buscó a tientas las zapatillas. Miró la hora en el despertador. Se había
despertado minutos antes de la hora; odiaba cuando ocurría eso. Lleno de fastidio,
desconectó la alarma. Se sentía fatal. El estómago era algo arrugado en su interior,
la espalda le dolía terriblemente y apenas podía mantener entreabiertos los
ojos.
Fue al
cuarto de baño renqueando y encendió la luz. Casi no pudo reconocerse en el
espejo. Cercos obscuros rodeaban sus ojos, el pelo negro lo tenía húmedo y desordenado,
adherido a la frente; una barba incipiente pero ya hirsuta le azulaba el rostro.
Lavándose la cara con agua fría, se mojó la nuca y las sienes para avivarse. Sacó
el recado de afeitar, abriendo el grifo del agua caliente. Empuñó la navaja y comenzó
a afeitarse metódicamente, como acostumbraba: primero las patillas, luego el
mentón y por último la barbilla y el cuello. Cuando terminaba de apurarse, le
tembló el pulso y se abrió un ligero corte en la barbilla. La sangre brotó del
corte a rojos hilillos y bajó por su cuello diluyéndose.
Soltó un
reniego, restañándose la sangre con agua fría y papel higiénico. No comenzaba
muy bien el día, se dijo. Resignado, termino de asearse y volvió al dormitorio
a vestirse, yendo después a la cocina. En ella se sirvió algo de café del día
anterior, frío y amargo, y se preparó un frugal desayuno. Los fluorescentes que
alumbraban la cocina no funcionaban bien y parpadeaban molestamente sin cesar,
hiriéndole los ojos. Terminó de desayunar y, antes de irse, volvió a su cuarto
a por su maletín y las llaves del coche. Su mujer dormía, volviéndole la
espalda. Quiso tocarla antes de marcharse; la tenía cerca, pero le parecía que
estuviera a kilómetros de distancia. Le daba la impresión de que no había
besado sus labios, acariciado y olido su cuerpo fragante en años...
Prefirió
no despertarla. Cogió su maletín y apagó todas las luces de la casa antes de salir.
La
puerta del garaje se abrió como un bostezo; el coche le esperaba en el garaje,
frío y lleno de vaho, como una bestia de metal agazapada en las sombras. Varias
cucarachas huyeron hacia algún recoveco al oír sus pasos. Entró en el coche y
dejó el maletín en el asiento contiguo. Tras un buen rato calentando el motor,
consiguió arrancar y salió del garaje.
El día
estaba encapotado y prometía lluvia. Plomizos nubarrones se entreveraban en el
cielo, asesinando el tibio amanecer. La luz aceitosa de las farolas aún iluminaba
las calles. El pueblo estaba desierto y callado. Era frecuente que ocurriera
eso, incluso de día. Sus habitantes trabajaban en la gran ciudad, que estaba a
pocos kilómetros, y volvían para descansar. Así día tras día y semana tras semana.
Siguió
la carretera y la gran ciudad, el monstruo de cemento, cristal y metal, apareció
en la brumosa lejanía. Era sucia, blasfema. Pronto, altos edificios se
perfilaron como moles obscenas y grotescas que parecían pender del cielo
furioso más surgir del suelo y tratar de arañarlo. La gran ciudad era una
alimaña, que se alimentaba a expensas de sí misma y de las almas de sus habitantes.
Entró en ella por una de sus amplias avenidas, vacía y salpicada a trechos por árboles
y césped, manchados de un enfermizo gris. El edificio de su empresa apareció
delante de él. Aminoró la velocidad y se adentró en los aparcamientos
subterráneos, donde le esperaba su plaza. Había muchos coches ya aparcados, llenos
de polvo. Salió del coche, tomó el maletín y subió hasta su oficina en el
ascensor.
La
planta de su oficina tenía interminables pasillos ocres y enmoquetados. Un leve
olor a desinfectante flotaba en el enrarecido ambiente. La luz de los
fluorescentes vacilaba en el techo. Llegó hasta su despacho y se acomodó en la
mesa. No veía a ninguno de sus compañeros. El resto de los despachos estaban
solitarios y muy desordenados, como si los hubieran dejado a toda prisa. Tanto
daba. Arrellanándose en la silla, delante del ordenador, se quitó el reloj para
escribir más cómodamente con el teclado y comenzó su monótona jornada de
trabajo.
Tenía
mucho que hacer. Una pila de carpetas y folios, montones de notas adhesivas por
la mesa y la pantalla del monitor recordándole más tareas, y mil cosas más que
se le olvidaban, sin duda.
Las
horas transcurrieron lenta y perezosamente, como una agonía. Fatigado, se restregó
los ojos y se levantó para estirar las piernas, acercándose a la máquina de café
del pasillo. Metió varias monedas y esperó a que el vaso de plástico se llenara
de café. La máquina escupió un mejunje negro a bruscos chorros que sabía fatal.
Por más que lo removía y le añadía más azúcar, no dejaba de saberle amargo. Al
menos, estaba caliente. Tiró el resto del café al tiesto de una de las plantas
y volvió a su mesa. No había venido nadie a trabajar hoy. Qué irresponsables.
El trabajo es lo primero. Debía luchar por mantener su puesto de trabajo y
ascender; él y su esposa querían tener un hijo y el sueldo ya estaba
suficientemente mermado con la hipoteca de la casa y los plazos del coche. “Ya
llegarán mejores tiempos”, le decía risueña su mujer, para alentarle. “Sí... ya
llegarán” refrendaba él. Luego se abrazaban con ardor.
Varias horas más tarde, se desperezó
soñoliento, retrepándose en la silla. La pila de carpetas había bajado
bastante, pero no lo suficiente. Se obligó a terminar lo poco que le quedaba de
uno de los informes, apagó el ordenador y recogió sus cosas. Antes de tomar el
ascensor atisbó el cielo por entre las rendijas de la persiana metálica del
pasillo. Llovía con fuerza. Un relámpago zigzagueó como una vena azul del
cielo, palpitó un instante con vivo resplandor y murió después. El trueno
retumbó en la distancia, rezagado.
El
trabajo le había tenido tan absorto que no había escuchado la tormenta. Suspiró
con aire cansino, bajando el ascensor hacia el garaje del sótano. Se dirigió a
su coche con pasos huecos, entró en él y arrancó. Poco después emergía a la
calle, donde la lluvia caía con intensidad, lamiendo las fachadas de cemento y
arrancando regueros de suciedad. Pequeños riachuelos bajaban por las calles, chapoteando
al precipitarse en los desagües.
Tenía
muchas ganas de volver a casa y abrazar a su esposa, besarla, perder sus dedos
entre los rizos obscuros de su pelo. Aguijoneó su mente con tales deseos y
siguió la avenida que llevaba fuera de la gran ciudad.
Varios
kilómetros tras el primer cruce vio luces amarillentas al fondo de la
carretera. Cuando se acercó lo suficiente como para poder ver de qué se
trataba, vio varias señales de desvío, con barreras pintadas de negro y
amarillo cortando la carretera. Detuvo el coche a pocos metros. Según leyó en
un cartel, habían cortado la carretera por culpa de un descalce de la vía,
provocado por las fuertes lluvias. Estaba obligado a dar un buen rodeo para
llegar a casa.
Renegó
en voz baja, maniobrando para tomar el desvío. La carretera era mucho más
estrecha y todavía más solitaria. El cielo se ennegrecía cada vez más. La
lluvia seguía cayendo, tabaleando incesantemente sobre los cristales. Sólo
podía discernir una franja húmeda y negra de carretera al frente, iluminada por
los faros del coche. Un relámpago encendió el firmamento, seguido por el
restallar de un fuerte trueno. En la claridad del relámpago, columbró que a
ambos lados de la carretera había un bosque de pinos. Sus copas estaban
desnudas y únicamente podían verse sus fustes, altos y negros. Recordó que un
incendio, hace unos cinco años, había devastado el bosque.
Calculó
cuánto tiempo le faltaba para llegar. El anhelo de llegar a su hogar y ver a su
mujer se hizo tan fuerte que casi le dolía. La carretera culebreaba con
frecuencia, a veces muy bruscamente. Volvió a reparar en los pinos, y, de
súbito, le parecieron familiares. ¿Dónde los había visto antes? Por muy extraño
que le resultara, él recordaba haber pasado antes por esa carretera. ¿Antes?
¿Cuándo? No lo recordaba con exactitud. Luego fue consciente de que tampoco
recordaba bien la fecha actual. Y no sólo eso: no recordaba su nombre, ni el de
su mujer. Tan sólo su rostro, sus labios, su pelo rizado y negro.
Una nota
de inquietud le recorrió el cuerpo. Si no se sintiera tan cansado... Le costaba
mucho mantener abiertos los ojos. Los párpados caían como cortinas de plomo,
sin que pudiera evitarlo. Le fallaba el pulso. Los dedos resbalaron varios
centímetros sobre el volante. “¡No!”, se dijo, obligándose a abrir los ojos y
coger con firmeza el volante. Debía luchar contra el sopor que le invadía. Era
una sensación dulce y extraña, como dejarse caer por un túnel de seda.
Cabeceó
bruscamente para recuperarse. Giró el volante sin querer, y el coche viró un
tanto, dando un ligero coletazo. Los neumáticos perdieron agarre en el húmedo
asfalto y comenzaron a derrapar. Trató desesperadamente por hacerse con el control
del coche. Una curva apareció de la nada, sin aviso. El coche se salió de la curva
y comenzó a despeñarse por un terraplén rocoso. El mundo comenzó a girar y
tambalearse y se llenó de estruendo: el metal gritando de dolor, los cristales
rompiéndose y el bramido frenético del motor. Un pino grueso frenó el descenso
del coche, que reculó un par de metros tras el impacto y se detuvo al fin,
volcado, con los neumáticos girando, como una tortuga panza arriba.
Parpadeó
aturdido. Todo había ocurrido en pocos segundos. No podía abrir bien los ojos.
Lo único que podía ver era su cuerpo en posición invertida y el rojo de su sangre
salpicándolo todo. Debería sentir un gran dolor, pero no sentía su cuerpo. Era
mejor así. Quiso gritar, moverse, pero no podía. Se quedó allí, en silencio,
paralizado y enloqueciendo.
Marta se sobresaltó súbitamente. Tenía en
sus manos una navaja con la que afeitaba a un hombre tendido en la cama de una
de las habitaciones frías y asépticas del hospital. Un pitido chillaba a
intervalos, como un reloj. Le había hecho un corte pequeño en la barbilla, al
sobresaltarse. Mordiéndose el labio, restañó la sangre con la toalla, afligida.
Se dijo que él, sin duda, no había notado nada. ¿Por qué se había sobresaltado
así? No lo sabía.
Sí, lo
sabía. No quería admitirlo. Había sentido algo agitándose dentro de él. Algo
clamando, pidiendo ayuda. Dentro de ese cuerpo paralizado y de miembros yertos
en el que le costaba reconocer al hombre que había amado, algo se había debatido.
Estaba
loca. Sí, era eso. No pudo aguantarlo más y rompió a llorar. ¿Cuántas lágrimas
había vertido en silencio al pie de esa cama? Muchas, sin duda... Siete años de
un Infierno en vida, de zozobra, desconsuelo, esperando que la mente de él
volviera a la realidad. Deseó la muerte. Estaba harta de vivir así, sin apenas
esperanzas, sin atenderse a sí misma. No podría resistirlo mucho tiempo más.
Tomó la
navaja y la limpió con la toalla. Contempló su reflejo en la hoja pulida. Aún
era guapa. Tenía la cara pálida y algo demacrada, sin maquillar, pero aún era
atractiva. Si él pudiera verla... Apretó el puño sobre las cachas de la navaja,
reprimiendo los sollozos. Por un momento, le odió con inusitada fuerza. ¿Cómo
podría haber dejado que le sucediera eso? ¡Él debía estar allí, junto a ella!
Luego se
sintió muy culpable por pensar aquello. Sin reparar en lo que hacía, apoyó la
afilada hoja de la navaja contra su muñeca. Estaba fría y su tacto era
inquietante, ávido. Apretó un poco. Dolía. Pero más dolorosa era la existencia
que llevaba. Apretó algo más, volviendo la vista y apretando los dientes. Del
corte comenzó a brotar la sangre, resbalando perezosamente hacia abajo. Debía
cortar más profundamente.
Detuvo
su mano y, furiosa, arrojó lejos de sí la navaja. Se miró la muñeca y la cubrió
con la toalla. Él jamás le hubiera perdonado que hiciera eso. Jamás. De
cualquier forma, tenía que vivir. Hundió su rostro entre las manos y prorrumpió
en sollozos.
Varias
horas después, una enfermera entró en la habitación. Marta estaba dormida en
una de las sillas, con un chaleco encima a modo de manta.
Le tocó
el hombro con delicadeza y ella movió la cabeza, despertándose.
–Señora
M... –le susurró–. Se ha quedado dormida. El médico quiere verla. Le espera en
la sala.
Marta
asintió y fue al encuentro del médico. Era un hombre joven, delgado y con gafas
doradas, con cierto aire de suficiencia.
–Hola –le
saludó–. Siéntese, por favor. He revisado el historial de su marido. Lesión de
la columna y varias vértebras rotas, además de daños cerebrales de cierta gravedad.
Usted sabe que había pocas esperanzas de que regresara del coma. Y, de hacerlo,
seguiría tetrapléjico. Debo serle franco –prosiguió–. El estado de su marido no
ofrece esperanzas. Le hemos desahuciado. Si usted da su consentimiento, le
desconectaremos de las máquinas que le mantienen vivo.
Marta
cerró los ojos y bajó la cabeza. Asintió con voz quebrada y se marchó en silencio.
Volvió a la habitación del hospital que tanto conocía. Su marido reposaba entre
las sábanas blancas. No había cambios. Nunca los había. Se acercó a la cama,
tomó su mano pálida y exangüe y la apretó cariñosamente en la suya. Antes de
irse, le besó la mejilla una última vez, despidiéndose.
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