Bertolt Brecht, Historias de almaque; trad. de Joaquín Rábago, Alianza Editorial, Madrid, 1975, pp. 132-134. Cfr. el texto alemán en Bertolt Brecht, Grosse kommentierte Berliner und Frankfurter Ausgabe. Band 18, Prosa 3, Kalendergeschichte; Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 1995 pp. 446-448.
— Si los
tiburones fueran hombres — preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona—,
¿se portarían mejor con los pececitos?
— Claro que sí —
respondió el señor K.—. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el
mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su
interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las
cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas
sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se
la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los
tiburones. Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en
cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor
sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En
esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los
tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar
a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería,
naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay
nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría;
también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se
ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese
porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer.
Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de
cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes
tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.
Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para
conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus
propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus
pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una
enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo
cierto es que callan en idiomas muy distintos por eso jamás logran entenderse.
A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos
que callan en otro idioma, se les concedería una medalla al valor y se le
otorgaría además el título de héroe. Si los tiburones fueran hombres, tendrían
también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los
dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros
jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar
mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los
tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los
pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se
precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. Habría
asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría
que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los
tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de
ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que
los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco
más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los
tiburones verían esta práctica con agrado pues les proporcionaría mayores
bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos
puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se
harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de
cajas, etc. En una palabra: si los tiburones fueran hombres, en el mar no
habría más que cultura oficial.”
Bertolt Brecht, Historias de almaque; trad. de Joaquín Rábago, Alianza Editorial, Madrid, 1975, pp. 132-134. Cfr. el texto alemán en Bertolt Brecht, Grosse kommentierte Berliner und Frankfurter Ausgabe. Band 18, Prosa 3, Kalendergeschichte; Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 1995 pp. 446-448.
Bertolt Brecht, Historias de almaque; trad. de Joaquín Rábago, Alianza Editorial, Madrid, 1975, pp. 132-134. Cfr. el texto alemán en Bertolt Brecht, Grosse kommentierte Berliner und Frankfurter Ausgabe. Band 18, Prosa 3, Kalendergeschichte; Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 1995 pp. 446-448.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.