© 2001 by José María Bravo Lineros. En Los Manuscritos Perdidos y en AnteBiblioteca. Publicado en El Centinela 0 en 2001.
La estirpe de los semidioses Nararyanai
renace en el joven Urmain para vengar a los asesinos de su tribu. Publicado en El Centinela 0.
Ya atardecía cuando los cazadores volvían a
la aldea después de una dura jornada. Sus hábiles arcos habían abatido a dos
venados, que colgaban inertes de los largos palos con los que transportaban las
reses. De aspecto salvaje y feral, los kaan´dra de la tribu Garra Roja pintaban su áspera y
cenicienta piel de tonos ocres, pardos y rojizos, dibujando raros y complicados
diseños. Numerosas eran las cicatrices que surcaban sus duros cuerpos,
cubiertos con pieles de lobo y oso que lucían con orgullo, al igual que los
muchos brazaletes de cobre, dientes y collares de hueso que les adornaban.
Lanzas con puntas de cobre, garrotes de piedra y arcos de madera, tendones y
tripas eran sus armas. Junto a ellos, olisqueando ávidamente la tierra helada,
iban cuatro lobos de plateado pelaje.
En su vasto escenario, el paisaje mostraba
las altivas e inalcanzables cumbres de las montañas, como misterios y silentes
vigías ocultos tras velos de niebla, que el Sol tintaba de sangre en su agonía.
Fragoso y quebrado, en el yermo paraje sólo agarraba la tundra y ocasionales
arbustos bajos y retorcidos. Un viento frío, denso y cortante, descendía de lo
alto, como un aviso.
El grupo bajaba por una ladera de inclinada
pendiente, en cuya parte inferior se adivinaban entre la húmeda y espectral
neblina las colosales copas de los árboles. No demasiado espeso, el bosque
abrazaba protector al poblado.
De los seis cazadores, el más joven andaba
rezagado del resto. Algo más alto, negro el pelo y verdes los ojos, su caminar
grácil y sigiloso y las férreas y feroces facciones le hacían parecer tan
temible como sus más avezados compañeros. En su vientre, tres largas
cicatrices, aún recientes, le identificaban como guerrero de pleno derecho de
la tribu. A la espalda, a una correa de cuero sujeta, se veía una lanza corta
de punta aserrada. Una daga, ceñida al muslo izquierdo y un hacha amarrada a la
cintura completaban su arsenal. Todos los demás llevaban arco, pero Urmain
Dasgort prefería la lanza.
–Casi hemos llegado, muchacho. Apresúrate –le
dijo Snorog, el jefe de la partida.
Delgado y fibroso, duro como un reseco trozo
de cuero, miró impaciente a Urmain. Del cuello del viejo cazador pendían muchas
falanges atravesadas por un tosco bramante, de cada uno de los muchos enemigos
que diera muerte en las guerras tribales en las que había participado. Tras
abandonar al muchacho, su mirada pareció perderse en la distancia. Descollando
de los árboles, torcida y poco visible a resultas de la niebla, aparecía una
inequívoca y ominosa señal.
–¡Mirad! –rugió, alarmado–. ¡Allí hay humo,
negro y abundante! Algo le ha ocurrido a nuestra aldea... –como contestándole,
de los árboles próximos emergieron más de una decena de hombres, pisando las
tierra helada con decisión.
Más bajos y gruesos, con la tez clara y
levemente rojiza, los guerreros vestían gruesas pieles y petos de cuero. El
rubio, casi albo pelo, caía por debajo de los cascos; frondosas barbas poblaban
sus caras. Se dispusieron en semicírculo alrededor de los cazadores y sus
lobos; los del centro avanzaron presurosos, mientras que los de cada extremo
tendieron sus arcos, prestos a disparar.
–¡Suaros! Esos perros han asaltado nuestro
poblado –declaró Snorog, airado.
Como el resto de sus hombres, sacaba el arco
dejando caer la caza. Antes de que pudiera engastar la primera flecha, otra
enemiga se enterró en su pecho. Sin proferir queja alguna, el jefe cayó a
tierra herido de muerte.
–¡No os agrupéis! ¡Seremos un blanco
demasiado fácil! –bramó el segundo de Snorog al disparar su arco.
El dardo se quebró sobre el metal de uno de
los cascos. De los atacantes, únicamente dos habían caído atravesados por las
flechas kaan´dra; en cambio, ya tres cazadores y uno de los lobos habían
perecido en el intercambio de proyectiles.
Acercándose, los barbudos y cruentos
incursores forzaron el cuerpo a cuerpo. Empuñaban largas espadas de hierro,
hachas de recia hoja y contundentes garrotes, embrazando redondos escudos
forrados de piel. En el elevado terreno, sobre la escasa nieve que lo cubría,
se desarrolló el combate. Mejor armados, más numerosos, la victoria era de los
suaros.
Urmain acometió al próximo, aprovechando el
distraído flanco que le ofreció su oponente, ocupado en repeler las fauces de
uno de los lobos con su escudo. Con todas sus fuerzas, le hundió la lanza en el
costado. Asiendo el asta del arma que le hiriera, el suaro se derrumbó. El lobo
se cernió sobre él, desgarrándole la garganta y tiñendo de púrpura la nieve.
Tomando el hacha en la diestra y la daga en la siniestra, Urmain se enfrentó a
su segundo enemigo; éste, preparado contra el bravo aunque inexperto Garra Roja, paró con el escudo su
poderoso hachazo y le asestó un tajo de espada al hombro derecho. El filo le
alcanzó casi de lleno, desgarrándole el manto de piel y cortando profunda
aunque sesgadamente su carne. Un vivo dolor estremeció su brazo, donde comenzó
a notar la calidez de la sangre al fluir. Su brazo entumecido fue incapaz de
sostener el hacha y ésta resbaló de sus dedos.
Sonriente, el guerrero de espesa barba
anillada desdeñó su destrozado escudo, sajado por el golpe de hacha, para
agarrar con ambas manos su espada y descargar un terrible hendiente a Urmain.
Rodando por el suelo, éste evitó la muerte y le clavó la daga a su enemigo en
la rótula. Chillando de dolor y tambaleándose sobre la pierna herida, el suaro
trató de atravesarle con su espada, más no pudo hacerlo: el joven kaan´dra le
tiró al suelo, donde le apuñaló repetidamente hasta la muerte.
Urmain, tembloroso, se levantó todo lo
rápido que pudo; su brazo derecho colgaba inerme e inútil a su costado, con la
sangre fluyendo desde el feo corte del hombro. Con la daga manchada de la vida
de su adversario, comprobó horrorizado cómo el último de sus compañeros moría,
abierto su cráneo de un mazazo. Todos ellos, junto a los lobos, yacían muertos,
mutilados y tintos en sangre. De los asaltantes quedaba media docena en pie.
Sus gritos de alarma resonaron en los oídos de Urmain, que huyó montaña arriba
a toda prisa. Una flecha silbó cerca de su sien, otra se astilló contra un
saliente rocoso y la última le alcanzó en una pierna. Por suerte, su punta
había entrado poco y de soslayo en la parte posterior de su muslo. Arrancándose
la flecha, pese a la agonía, renqueó como pudo hasta el final de la pendiente.
Menos pronunciado ahora, el desolado páramo subía hacia el Este, entre las
montañas que cubrían de sombra el valle. Jadeando, observó las cúspides gemelas
de dos montañas bajas al Norte, y hacia allí dirigió su torpe y vacilante
caminar. Los cuernos de sus perseguidores, graves y roncos, bramaban con
fuerza.
La noche derrotó al día y el Sol se hundió
en rocoso y helado sepulcro, mientras la Luna, como un argénteo ojo, lucía en
el cielo con palidez. Afortunadamente, los kaan´dra veían casi a la perfección
con tan sólo la claridad de la Luna, de forma que Urmain caminaba seguro por el
peñascoso terreno. Las faldas de los picos dobles, escabrosas y casi desnudas
de toda vegetación, se resistían a que el muchacho las coronara. Seguía
dificultosamente una vereda al pie de las cimas, sombrías y amenazadores desde
su altura. Prácticamente sin aliento, se desplomó sobre sus rodillas. Su
entrecortado resuello arrojaba largas vaharadas, que ponían de manifiesto el
frío que reinaba en aquellas alturas. No podría trepar por los afilados riscos
en su actual estado. Con algunos jirones del manto, improvisó vendajes para la
pierna y el hombro; ya no sangraba, aunque había perdido suficiente sangre cómo
para sentirse débil.
Sus esperanzas de haber burlado a los suaros
desaparecieron con el brillo de sus teas, el ladrido de los perros que
husmeaban su rastro y el rumor de su avance. Parecía que los perseguidores
traían refuerzos; rastrearle con perros habría sido fácil, con la sangre
reciente marcándoles el camino.
Estaban peligrosamente cerca, y le
atraparían pronto, muy pronto. Desesperaba, cuando la aguda vista del montañés
entrevió una salida. Allá, en la pared de agrietada roca, podía verse a duras
penas una fisura poco más ancha que su brazo extendido. No había reparado antes
en ella, pues una maleza marchita y espinosa la cubría casi por completo.
Luchando contra la flaqueza y las náuseas que embargaban su maltrecho cuerpo,
Urmain se levantó para examinar la grieta. Más amplia de lo que a primera vista
pudiera pensarse, se internaba tortuosamente en el interior de la montaña.
Retirando como pudo la maleza, arañándose con los espinos, se introdujo en la
hendidura.
No conducía a una caverna, o eso creía,
puesto que una fría corriente de aire azotaba su rostro. No; en realidad
llevaba, tras varias vueltas, a una estrechísima garganta, de bordes afilados
como colmillos. Esperanzado, avanzó por ella varios centenares de pasos, hasta
que salió a un valle brumoso.
El valle, umbrío, cóncavo y escondido, como
un ciclópeo cuenco tallado en el seno de las dos montañas, estaba plagado de
zarzales, matorral tupido y árboles bajos y robustos. Mucho más húmedo, el
ambiente parecía impregnado de una antigua e inmemorial presencia, como si la
muda voz del tiempo llamara desde cada una de las resguardadas peñas. La bruma
reptaba silenciosa hasta las rodillas; el murmullo cristalino y confuso del
agua era la única nota audible en todo el valle, señalando alguna clase de
arroyo que discurría desde las ocultas laderas hasta perderse por secretos
cauces. Extrañado, Urmain vagó por el valle, ascendiendo hasta una meseta
regular y pedregosa. Una rara familiaridad acompañaba sus pasos. ¿Habitaría o
habría habitado alguien aquel ignorado valle? Respondiéndole, una enorme,
ahusada y negra roca se irguió a pocos metros de donde se hallaba. Vaga,
irregular, alta como tres hombres, la forma del monolito aparecía labrada por
el cincel. En la opaca superficie se veían grabados ininteligibles signos,
figuras y líneas, sin aparente orden ni concierto.
Acercando una mano a la obscura roca sintió
su frío, estremecedor e inquietante tacto, cuya sensación subió por su brazo
como una invisible marea. Retirando lleno de asombro su mano, sintió de nuevo
aquella inexplicable sensación de familiaridad. Como si su mente recordara
haber estado antes en aquel lugar, sin haberlo estado nunca.
Recorrió el perímetro de la meseta y
encontró varias piedras similares a la anterior, como callados centinelas del
lugar. Hacia el interior de la meseta pisó un suelo embaldosado de grandes y
ajadas losas de pizarra. Aquí y allá se diseminaban los escombros por toda su
extensión, cubierta del polvo y olvido de los siglos.
En el centro del enorme perímetro, un altar
de piedra presidía lo que aparentaba ser un antiquísimo templo. Bajo el altar,
y alrededor de él, diversos signos cabalísticos muy desgastados y sin
significado para el que los contemplaba constituían un más o menos regular
círculo. Mas lo que llamaba poderosamente la atención de Urmain era un pedestal
al Norte del altar, en cuya rota base descansaba la deslucida estatua de un
enorme lobo, magistralmente tallada en la grosera roca, rajada y llena de
grietas por la erosión del viento y la lluvia. No obstante, las trazas del
pétreo lobo eran tan vivas que se diría que la bestia podía saltar en cualquier
instante de su pedestal. Y en la estatua destacaba una gema roja, veteada de
oro, que ardía refulgente en su pecho.
Hipnotizado, cruzó la escombrada planta del
templo, rodeó el funesto altar y acarició las facetas del formidable rubí.
Mayor que un puño cerrado, su contacto duro y misteriosamente cálido era como
el susurro de la lejana memoria. Nebulosos, poco definidos, los recuerdos
cobraban forma en las mientes del joven montañés. Y Urmain recordó.
Recordó el origen de su raza, pretérito y
olvidado, que se remontaba al mismo albor del tiempo. Los kaan´dra descendían
de un pueblo maldito, temido y odiado por todos los demás. Los nardrys, a los
que las razas norteñas llamaban los sygadarus (el pueblo siniestro), poblaron
los macizos montañosos de las tierras heladas, donde erigieron sus templos de
piedra, altivos y terribles, recortándose contra las borrascosas cumbres y
alzando un maligno y detestable esplendor. Ya entonces, los antecesores de los
suaros y los primeros kaan´dra se llevaban a la greña, odiándose a muerte.
Fieros incursores, antes nómadas, los
nardrys habían degenerado bajo el influjo del mal. Adoraban a los Señores de la
Obscuridad, rindiendo un culto especial a Drathslarg, El Padre Lobo. Los sacerdotes nardrys sacrificaban a sus enemigos e
incluso al primogénito de cada hembra en altares de hosca roca, para hacerse
merecedores del favor de su tenebroso dios. Mucha fue la sangre vertida ante
las imágenes del dios lobo; tanta, que hubiera llenado el cauce de un río largo
y sinuoso.
Drathslarg, complacido, apareció bajo la
forma de una encarnación monstruosa, bestial y demoníaca, hombre y lobo a la
vez. Apareándose con hembras nardry, el obscuro avatar creó la estirpe de los
nararyanai, que en la lengua del pueblo siniestro significaba Vástago, y también, Hijo de la Noche. Los nararyanai, concebidos como semidioses a
semejanza del Dios Lobo, tenían poder
sobre bestias y hombres. Alzándose como señores de los nardrys, desplazaron a
la casta sacerdotal que les había regido. Con el tiempo sometieron a otras
razas, llegando a esclavizar a su propio pueblo, obligándoles a rendirles culto
como si fueran dioses.
Siglos de adoración hicieron creer a los
nararyanai que eran auténticos dioses. Pero la soberbia de los Hijos de la Noche fue su perdición. En
el pecho de los esclavizados sacerdotes el resentimiento ardía como una llama
sin luz; en secreto, seguían adorando a Drathslarg, y a él imploraron ayuda.
Viendo a la estirpe de Vástagos que
había creado renegar de su nombre, el Padre
Lobo renegó a su vez de ellos, maldiciéndoles. Negado su poder, los
nararyanai fueron derrocados por el pueblo nardry, que se alzó sedicioso contra
ellos.
Los pocos Vástagos que sobrevivieron a la furia de Drathslarg huyeron,
renegados y malditos hasta el fin de sus días. Los nardrys se escindieron en
muchos pueblos, mezclando las estirpes de Vástagos
y esclavos, olvidando los templos y degenerando aún más, hundiéndose en el
abismo de la barbarie. Sin embargo, en las leyendas kaan´dra todavía se
recordaba a los nararyanai como seres míticos, sobrenaturales y de un poder
excepcional que sólo era la sombra de los que fuera antaño.
Urmain respiró hondo. Una fina capa de
sudor, helada y muy molesta, envolvía su cuerpo. Hormigueando en su cerviz,
erizándole el vello, un escalofrío bajó por su espina dorsal. Súbitamente, un
intenso dolor le golpeó como una maza y le hizo caer de bruces. Arañó la
pizarrra en su frenético intento de calmar la agonía que hería sus carnes. La
sangre le hervía como agitado océano de lava, el corazón latía desbocado en su
pecho. Revolcándose por el suelo, retorciéndose de angustia, Urmain gritó,
dolor y rabia saliendo por su garganta. Como al hierro candente en la forja, le
estaban moldeando de nuevo. El crujido de los huesos descoyuntados llenaba sus
oídos hasta que, tan repentinamente como comenzara, el tormento cesó. Las
convulsiones dejaron de azotarle.
Incorporándose, notó que había crecido casi
medio paso; sus ropas, desgarradas e inservibles, habían caído a sus pies.
Espesas matas de pelo negro le cubrían entero; mirando sin reconocer, vio su
brazo musculoso y peludo tendido a su vista, acabado en dedos de afiladas
zarpas. En el reflejo de la roja gema pudo observar su nueva faz, alargada,
feroz y lobuna. Una ola de fuerza llenaba cada fibra de su ser. Tensando el
poderoso y descomunal pecho, alzó sus ojos como brasas hacia el estrellado
firmamento y profirió un terrorífico aullido que reverberó audiblemente por
todo el valle. La sangre de los nararyanai, diluida en el transcurso de los
siglos, corría ahora por sus venas, palpitando iracunda en sus sienes.
Fuera de toda consideración humana, el que
fuera Urmain, el horror vagamente antropomórfico en que se había convertido,
pudo escuchar los distantes ladridos que señalaban a sus perseguidores.
Abriendo una boca llena de agudos dientes como marfileñas dagas, la criatura
esbozó lo que asemejaba una siniestra sonrisa... De nuevo, la caza daba
comienzo.
El perro de presa agitó la cabeza, alzándola
después de oler el rastro. Las finas orejas moteadas de blanco del can captaban
algún alejado sonido. Ceñido alrededor del cuello tenía un collar de cuero
tachonado de gruesas púas de hierro. Detrás del sabueso, dos hombres bajos y
corpulentos, bien armados, venían andando lenta y todo lo silenciosamente que
podían. Uno de ellos, en cuyos fuertes brazos había numerosos brazaletes de
bronce, llevaba una antorcha de pino alzada y encendida, cuya luz moría en
torno a la creciente negrura.
Ari miró nervioso en derredor. Korn, su
acompañante, iluminaba con la antorcha el improvisado camino por el que
ascendían a la meseta. Enriscada, ruda y neblinosa, la meseta se hallaba en el
interior de un ignoto valle oculto por las montañas. Casi no podía explicarse
cómo habían llegado a aquel recóndito lugar. Sólo habían pasado dos semanas,
pero para Ari todo el cúmulo de los últimos acontecimientos parecía haber
ocurrido hace años.
Todo comenzó con el ataque de una aldea
vecina a la suya por parte de una tribu kaan´dra. Yngdar, el jefe del clan,
pudo rechazarles, aunque a costa de muchas vidas. Mermados, los guerreros del
clan Ciervo Bramador pidieron ayuda a
sus hermanos de sangre y vecinos del clan León
Marino, para vengar a sus muertos. Vydar, el jefe del clan León Marino y a quien Ari le había
jurado lealtad como guerrero hacía poco, decidió ayudar a Yngdar, sobre todo
ante el temor a que los salvajes incursionaran su propia aldea. Tras descubrir
dónde se encontraba el poblado kaan´dra, un contingente de cincuenta guerreros
(la mayor parte de ellos del clan León
Marino) encabezados por Vydar e Yngdar, se dirigieron hacia él.
Ari participó en la incursión, pese a su
juventud y poca experiencia. Su afilada espada de recta, larga y robusta hoja
aún era virgen. Para el joven suaro suponían la oportunidad de mostrarse digno
del regalo que su padre le hiciera meses atrás, cuando forjó para él la espada
que ceñía su cintura.
El poblado kaan´dra estaba a tres jornadas
de la costa que le vio nacer. Rodeadas por espeso bosque, la veintena de chozas
bajas y toscas, hechas de madera y barro, se apiñaban en torno a un hogar
común.
Aún reverberaba en los oídos de Ari el
estruendoso clamor del grito de guerra suaro. Embriagado por la marea de muerte
que descendía sobre la aldea, Ari gritó también, al unísono de sus compañeros
de armas. Los kaan´dra, sorprendidos y muy asustados, trataron caóticamente de
responder al ataque. Superados numéricamente, acabaron siendo masacrados por
entero, excepto algunos grupos de cazadores ausentes del poblado durante la
incursión.
Ari había acabado con dos pieles grises,
como despectivamente llamaban los suaros a sus antagonistas desde tiempos más
allá de todo recuerdo. El primero, un emplumado kaan´dra armado con un garrote,
trató de reventarle el cráneo con un tremendo golpe. Para su desgracia, resbaló
con la sangre de un enemigo y su garrotazo resbaló a su vez, ineficaz, en el
casco de Ari. Sin mediar tiempo a que recuperara el equilibrio, le asestó un
terrible tajo con la espada. El salvaje manchó la tierra con la vida que
presurosa huía de su pecho.
Cuando abandonaba el despojo sangriento que
fuera su adversario, un fortísimo destello de dolor recorrió su pierna derecha.
Uno de los lobos kaan´dra, enjuto, blanco y erizado el pelaje, apresaba la
pierna de Ari entre sus poderosas mandíbulas. El cuero endurecido de la greba
pudo rechazar los agudos colmillos, mas no lo suficiente como para que no
penetraran en la carne. Resistiendo la aguda punzada de dolor, bajó con fuerza
la espada y hendió de un solo golpe la cruz del animal, que soltó la presa entre
agónicos estertores.
La pierna herida le dolía, pero le permitía
aún caminar. Siguió avanzando y buscó a Korn, al que había perdido de vista en
la carga contra el poblado. Korn reapareció varios metros adelante, en serias
dificultades. Su contrincante, tatuado y lleno de cicatrices, lanzaba furiosos
hachazos contra él, obligándole a retroceder. De un temible golpe de hacha el
escudo se quebró con un seco chasquido, y Korn trastabilló, cayendo finalmente
de espaldas. Ari embistió al kaan´dra con su propio escudo, para una vez
derribado hundirle la punta de su espada en el cuello, rompiéndole la columna
vertebral. La espada de Ari refulgió escarlata ante el resplandor de las llamas
que envolvían a las chozas y que propagaban con rapidez el incendio. Korn,
asombrado, se incorporó lentamente. Hubo de agradecerle a Ari, pese a su
altivez, la oportuna e inestimable ayuda que le prestara. Juntos recorrieron el
poblado, llameante y ausente de toda esperanza. Los heridos de ambos bandos
yacían dispersos y sus ayes se iban apagándose poco a poco bajo el crepitar
vehemente del fuego. La sangre kaan´dra hacía resbaladiza la tierra, cubierta
de cuerpos grises destrozados, como rotos juguetes que un caprichoso niño
hubiera abandonado. El acre, horrible hedor a carne quemada llenó las fosas
nasales de Ari, que impasible observaba el macabro espectáculo de la matanza.
Como testigo de ella, una grasienta y negra humareda se elevaba hacia el rojizo
atardecer. Todos los habitantes de la aldea durante el ataque, hombres, mujeres
y niños, yacían muertos en miserables montones. Los suaros habían sufrido poco
más de una decena de bajas.
Vydar, reuniendo a sus hombres y a los de Yngdar,
caído durante la refriega atravesado por una lanza kaan´dra, mandó vigilar los
alrededores, temiendo que quedaran todavía enemigos y que éstos pudieran
emboscarles a su regreso. Ari y Korn estaban en el grupo encabezado por Erynn,
primogénito de su jefe tribal. Uno de los hombres del grupo avistó a varios
pieles grises de vuelta a la aldea, y Erynn dispuso para ellos una celada en
los linderos del bosque.
Los salvajes estuvieron a punto de sucumbir
ante los arcos suaros, mas Erynn, impetuosa y temerariamente, cargó contra los
pocos que habían sobrevivido. Los fieros lobos que acompañaban a los cazadores
eran tan peligrosos como sus amos.
Ari no trabó combate con ninguno de los
kaan´dra, aunque dio cuenta de uno de sus lobos. Erynn, hijo de Vydar, avanzó
dando violentos espadazos contra uno de los emboscados, atravesándole pronto
con una profunda estocada. Mas cuando acometió al segundo adversario, la
fatalidad se cobró su tributo. El joven cazador, postrado ante Erynn, se
revolvió cuando parecía ya sentenciado, derribándole y apuñalando su pecho
hasta la muerte.
Al ver a Erynn sin vida sobre la nieve, sus
compañeros, después de recuperarse del estupor, dispararon los arcos hacia su
verdugo. El kaan´dra, que corría ladera arriba, pudo escapar aunque no sin ser
herido por una de las flechas.
Conocida la muerte de su hijo, Vydar quedó
lívido, sin poder articular palabra. Tragándose su pena y maldiciendo a los
pérfidos dioses kaan´dra, dirigió él mismo una expedición en busca del asesino
de Erynn.
La noche, pesado manto de lobreguez herido
tan sólo por los débiles rayos de la Luna, había caído ya. La expedición, a la
cual Ari, seguido luego de Korn, se ofreció voluntario, siguió el rastro del
kaan´dra a través de las montañas. Si bien en esas alturas, de noche, encontrar
la pista dejada por esos demonios tatuados de piel gris resultaba harto
difícil, Vydar contaba con buenos perros y rastreadores; además, las heridas
del montañés pintaban un camino inequívoco hasta él.
Un camino extraño, por otra parte, fruto
quizá del delirio o la desesperación. Había girado bruscamente al norte, hacia
dos montañas bajas próximas a la arrasada aldea. Ya creían haberle acorralado
cuando el discontinuo reguero que dejaban en las rocas sus heridas desapareció
repentinamente al final de una inhóspita vereda. Como si, acuciado por el
miedo, hubiera aprendido a volar. Mas había otra razón para explicar su
misterioso desaparecer. A la trémula luz de las antorchas descubrieron una
fisura que señalaban con insistencia los perros; seguramente encontrarían al
kaan´dra allí, agazapado en el exiguo espacio de su escondite, esperando la muerte.
El propio Vydar se internó en la fisura,
espada por delante. Ari, Korn y el resto de los perseguidores, extrañados por
su tardanza, le siguieron de uno en uno. Cual no sería su sorpresa ya dentro;
comunicada a la fisura, una garganta algo más amplia, aunque aún angosta, se
encaminaba tortuosamente al mismo corazón de la montaña. Después de seguir la
garganta unos trescientos pasos, llegaron a un fantástico e incierto valle,
sito en el fondo de las dos montañas. Llenos de temor, los suaros, con Vydar a la
cabeza, caminaron por él como en un sueño confuso.
La niebla se deslizaba por el valle, cuya
pedregosa tierra ascendía hacia el interior. Dispersa aunque abundante, la
vegetación se constituía de espeso matorral espinoso y unos árboles rechonchos
muy extraños a sus observadores.
Remontando la pendiente, el grupo avanzó sin
emitir palabra por una explanada lisa y rocosa, cubierta mucho menos por la
vegetación. Ari, mudo del asombro, se sentía empequeñecido por las colosales
dimensiones del lugar. Todo en él –cada piedra, árbol y arbusto– gritaba
sordamente con la voz del tiempo. El sitio era tan antiguo y estaba tan
impregnado del paso de los siglos que parecía tener conciencia propia, como una
sigilosa presencia que los acechara.
Un estremecedor aullido sacó a Ari de su
ensoñación. Korn aferró su hombro, pálido el semblante. Después de que se
dividiera la expedición no habían vuelto a ver a los otros. El perro estaba muy
inquieto, preso de una frenética excitación; además, apagados por la distancia
y la pesada atmósfera, se oían gemidos y gritos indiferenciados, que acabaron
sofocándose al poco rato.
Prestos, fueron al pretendido origen de los
gritos. Al poco de camino entrevieron un bulto borroso en el suelo. Preparando
sus armas, trataron de iluminarlo con su antorcha.
Era un perro, tumbado sobre el flanco y
temblando de puro terror; daba de tanto en tanto lastimeros sollozos. Algo le
había aterrorizado hasta tal punto. Ari procuró calmar al perro, sin éxito, y
fue entonces cuando vio la terrible señal.
Lento y sinuoso, un reguero carmesí
descendía por la escasa pendiente de la zona. Korn, al verlo, abrió mucho los
ojos, espantado, y corrió junto a Ari, que seguía el aciago indicio hasta su
origen. La sangre provenía del cuello, rajado de parte a parte, de uno de sus
compañeros. Dos más, rotos e inertes, estaban unos metros después. Una arcada
sacudió el estómago de Ari, aún estando acostumbrado al espectáculo de la
matanza. El primero que habían encontrado mostraba señales atroces de mordiscos
y zarpazos, que recordaban las heridas infligidas por un oso.
Porque, si de algo estaba seguro, era que
había sido una bestia de gran tamaño y fuerza; los bordes de las heridas
estaban horrorosamente desgarrados y las cotas de mallas rasgadas como si
fueran de tela.
Los otros estaban aún peor. Uno, abierto en
dos el torso, eviscerado e irreconocible, posaba contra un peñasco en una
macabra y absurda postura. Al otro le faltaba el brazo derecho y su cara era
sólo un recuerdo.
Korn cayó postrado, estremecido por fuertes
temblores. El perro que traían, enloquecido, vagaba en círculos, aullando,
presagiando algún fatal fin.
Repentino, el eco desordenado de varios
gritos les hizo incorporarse. Mezclado con los agónicos chillidos de horror, se
escuchaban los gruñidos de un animal feroz. Luego el silencio. Un sepulcral,
revelador silencio.
Korn, hecha añicos su cordura, huyó
desbocado profiriendo histéricos berridos. Ari trató de alcanzarle, sobre todo
para no quedarse a solas. Al darle alcance, encontró a su amigo tendido, tiritando
fuertemente. Había dejado caer la antorcha en su atropellada huida, de manera
que estaban en una penumbra inquietante. En el cielo, irónicamente, brillaba la
Luna libre del embarazo de las nubes y la noche resultaba más clara. Ari trató
de reanimar a Korn; levantándole, abofeteó rudamente su rostro. Nada parecía
hacerle reaccionar. Su mirada, vidriosa y demencial, se perdía en un remoto
punto.
Mas, súbitamente, reaccionó. Los ojos de
Korn empequeñecieron sus pupilas y de su garganta surgió un gutural y vesánico
alarido. Ari, sacudiéndole, se quedó helado e inmóvil al conocer la razón de
sus gritos. El sudor, sutil y húmeda pelliza, envolvía su cuerpo, en tanto un
escalofrío relampagueó por su espinazo. Korn tenía la vista fija en algo detrás
de él...
Espantado, comprobó que una sombra les obscurecía,
difusa y enorme. Dejó a Korn, enervado y vio al ser que proyectaba la sombra.
Era una figura de pesadilla, alta, bestial e imponente; aparecía como un hombre
de formidable tamaño, peludo y musculoso, ligeramente encorvado. Las manos, por
las cuales resbalaba la sangre, finalizaban en zarpas como cuchillas; el
poderoso y tupido pecho daba paso a la cabeza de aquel ser. Y eso era lo más
horrible, pues claramente inhumana, la fuerte testa, con el morro proyectado
hacia el frente, romo hocico y apuntadas orejas, era la de un gigantesco lobo.
Los ojos, delgadas y relucientes rendijas como fuegos del Infierno, asomaban a
ella malignamente.
La criatura tenía ensangrentadas las
comisuras de la boca, abierta parcialmente. La roja saliva goteaba de los
dientes, letales y blancos puñales. El ser se adelantó con una agilidad
sorprendente, dado su tamaño, destrozando a Korn sin miramientos con un único
zarpazo al cuello.
Ari alzó su arma con manos temblorosas. El
miedo le atenazaba hasta la última fibra de su cuerpo. Sabedor de que la bestia
era mucho más rápida, le plantó cara, tratando de inmutarse al mortal embozo
del miedo. Cuando se abalanzaba sobre él, le tiró un tajo sesgado al flanco a
aquella híbrida y espeluznante criatura. Ignorando el corte que le habían
infligido, la criatura agarró a Ari con ambas garras y le hundió brutalmente
los colmillos en la garganta. Su cadáver se desplomó como un pesado y fláccido
bulto.
El lobo y hombre a la vez alzó su grandiosa
testa al firmamento. La luz del plenilunio bañaba su peludo corpachón,
dotándole de increíbles proporciones. De su pecho nació un siniestro, triunfal
y alborozado aullido. Mas luego, todo quedó en calma.
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