Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

José María Bravo Lineros - Ratas en e callejón



© 2000 by José María Bravo Lineros.

–¡Mierda! No, no, no... ¡ahora no!
–Cariño, tranquilízate...
–¿Que me tranquilice? Oh, Dios... ¡Cuando pille a ese mecánico de pacotilla le voy a sacar los ojos!
Jorge aporreó el volante. Sonia le miraba en silencio mordiéndose el labio inferior. Tras proferir un hondo suspiro, el hombre se bajó del coche y abrió el capó. La mujer aprovechó para observar la calle.
No le gustó lo que vio. La última luz del día se derramaba rojiza por entre los edificios; las farolas arrojaban ya su luz aceitosa y anaranjada. Se estremeció sin saber por qué.
Un violento golpe sobresaltó a Sonia. Jorge había cerrado con rudeza el capó y regresaba al coche, malhumorado. Se limpió las gafas con un pañuelo, volvió a calárselas con un gesto brusco y apoyó las manos en el volante, abatido.
–No sé lo que le pasa. Maldita sea...
–Podemos llamar a la grúa –Sonia sacó un teléfono de su bolso y se lo ofreció.
Jorge aceptó el teléfono, tecleó un número y aguardó. Después alzó las cejas y miró con incredulidad la diminuta pantalla del teléfono.
–Dios... –la rabia le ahogaba la voz.
Salió de nuevo del coche y arrojó el teléfono contra el asiento, que rebotó hasta caer bajo el salpicadero. La mujer se apresuró a recogerlo.
–¡Bruto! Lo vas a romper. ¿Qué pasa?
Miró la pantalla y se quedó perpleja. La batería se había agotado.
–Pero si lo recargué anoche... creo...
Jorge se recostó sobre la puerta del coche e intentó calmarse.
–Déjalo, Sonia. Caminaremos hasta que veamos una cabina; luego llamamos a un taxi y de paso a la grúa para que recojan el coche. Anda, bájate –suspiró con fuerza y se peinó el cabello con los dedos–. Además, no debe caer muy lejos, ¿no?
–No... espera, lo voy a mirar de nuevo –Sonia rebuscó en su bolso un buen rato hasta sacar el folleto.
Jorge contempló en el dorso el plano de la casa que habían alquilado; su mujer escudriñó durante unos minutos el anverso hasta que estuvo segura de haber encontrado lo que buscaba.
–Sí, está cerca. Mira.
Jorge le arrebató el folleto y lo estudió un buen rato mientras chasqueaba la lengua. Lo dobló de cualquier forma y se lo devolvió.
–Andando. Estamos a cuatro o cinco calles.
Sacó las maletas, le entregó una y tomó las otras dos. Caminaron calle arriba; había anochecido. Sonia miró con aprensión a ambos lados de la calle.
–Espero que el piso esté bien situado, porque vaya alrededores... –dijo Jorge, ceñudo.
Sonia asintió débilmente. Algo veloz y obscuro se escabulló a su paso en un portal obscuro y maloliente. Reprimió un grito y se acercó más a su marido. Odiaba las ratas.
Cruzaron la calle y siguieron a la derecha por otra que dividía en dos una urbanización de pisos altos y agrisados, en cuyos patios tenebrosos relucían las brasas de los cigarrillos y resonaban risas torpes y roncas.
Dejaron la urbanización doblando hacia la izquierda por una calle más estrecha. La placa del nombre apenas podía leerse.
–Calle Saavedra. Sí, vamos bien –musitó Jorge.
Los edificios de aquella calle eran más altos aunque, de forma inconcebible, aparentaban ser mucho más viejos; algunos estaban en un estado ruinoso. Entre ellos se abrían profundos solares, ventanas abiertas a la desolación que imperaba fuera de aquel barrio: eriales salpicados de retamas, lagunillas erizadas de espadaña, chabolas de lata y montones de basura.
Jorge contempló a Sonia. Estaba tensa; no dejaba de mirar de un lado para otro.
–Tranquila, mujer. Verás qué pronto estamos en el piso –ella asintió con una vaga sonrisa e intentó disimular su zozobra.
Si habían pasado por la calle Saavedra debía quedarles poco para llegar: giraban después a la izquierda y listo. Los pisos comenzaron a ralear; cada vez había más solares y edificios que se caían a pedazos de puro viejo. El hedor a cañerías rotas resultaba insoportable.
Cuando doblaron a la izquierda descubrieron que, después de dos edificios mugrientos con un pequeño jardín lleno de hierbajos, la calle cesaba. Ante su vista se extendían descampados llenos de escombros y desperdicios; a lo lejos centelleaban las hogueras, y contra un firmamento cárdeno, las chimeneas de las industrias exhalaban su aliento lúgubre. La fría brisa transportaba un hedor a productos químicos y neumáticos quemados.
Jorge permaneció boquiabierto largo rato. Jadeó con voz ronca antes de hablar.
–¿Qué coño…? Pero… pero si debería estar aquí –dejó caer de golpe las maletas.
Sonia le observó en silencio, aturdida.
Jorge recorrió con su mirada el lugar hasta que se rindió a la evidencia. Nada.
Sin embargo, en el jardín de un edificio cercano vio a un niño de unos diez años, sentado en un banco de piedra. Se entretenía zarandeando con un palo una rata muerta.
Caminando varios pasos hacia él, Jorge le llamó.
–Chico, eh, escucha. ¿Es esta la calle Velarde?
El niño dejó el palo y le observó en silencio, con fijeza.
–¿Me has oído? Te preguntaba el nombre de esta calle.
El niño se levantó del banco y caminó hasta ellos sin prisa. Cuando la luz de las farolas le bañó el rostro, Jorge sintió un escalofrío y echó atrás la cabeza, conteniéndose para no retroceder. El niño tenía la piel pálida, casi translúcida; los huesos se marcaban en su rostro, a punto de emerger de la piel. Sus ojos, relucientes y obscuros, no transmitían emoción alguna.
–Sí, señor. Esta es la calle Velarde –respondió el niño.
Jorge miró de nuevo con estupefacción el lugar, sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.
–No sé cuál es el error. Pero los de la agencia inmobiliaria se van a enterar. Gracias, chico. Vámonos. –Sonia asintió deprisa y le siguió apretándose contra él.
–¿Tiene una moneda, señor? Tengo hambre.
Jorge se detuvo, paralizado. Dio la vuelta, buscó en sus bolsillos y le tendió al niño la primera moneda que halló en ellos.
–Gracias –el muchacho sonrió al aceptar la moneda.
Sus dientes eran menudos, muy blancos. Jorge se estremeció. Había algo muy extraño en aquel niño: algo agazapado tras su aspecto inocente; algo terrible que prefería no saber. Jorge recogió las maletas y se alejó junto a su mujer calle arriba.
–Volveremos hasta el coche y te quedarás allí mientras busco una cabina, alguna tiene que haber, maldita sea, luego llamaré a un taxi y nos iremos a un hotel. Créeme que se van a enterar los cabrones de la agencia, créeme, vaya que sí. Menuda denuncia les vamos a meter. Se van a cagar los muy cabrones.
El nerviosismo le hacía farfullar. Sonia se aferró más aún a su brazo. Ninguno había comentado nada sobre el niño; preferían olvidar el incidente cuanto antes.
No hubieran podido decir cuando se dieron cuenta, ni quién lo hizo antes. Pero, al cabo de un tiempo, se detuvieron y cruzaron sus miradas.
Los edificios, las calles… no eran los mismos. Había un deje idéntico, el mismo aspecto decadente, pero el camino no concordaba. Una maldición se quebró en la garganta de Jorge. Respiró con afán, tosió, contempló de nuevo las calles, eligió una dirección al azar. Los ahogados sollozos de Sonia y el lúgubre resonar de sus pasos eran los únicos sonidos que perturbaban el silencio.
Una cabina de teléfono, con los paneles de vidrio rotos, apareció en un recodo. Jorge se abalanzó hacia la cabina, soltó las maletas y aferró el auricular; le sudaban las manos. Tomó una moneda y la introdujo tras dos torpes tentativas en la ranura. Apenas se oía la señal de marcar. Buscó ansioso en la lista de teléfonos de la cabina y encontró el de la compañía de taxis. Tecleó despacio el número. Contó las llamadas con el corazón en vilo; a la cuarta se escuchó un chasquido seco en la línea y luego una voz lejana murmuró algo.
–¿Oiga? ¿Me oye? Necesitamos un taxi. ¿Oiga? ¡Oiga!
La línea crepitó durante unos segundos y luego la comunicación cesó con brusquedad. Jorge se quedó sin respiración cuando se percató del motivo: el cable del teléfono se había roto justo por la mitad; sus extremos estaban corroídos por el óxido.
Sonia le hundió entonces los dedos en la espalda, con tanta fuerza que le hizo daño.
–Señor... tengo hambre. ¿Me da una moneda?
El niño les miraba sonriente. Era más bajo y de pelo más claro, pero podría haber sido hermano del anterior. Sus dientes brillaban en sus descoloridas encías.
Jorge le tendió el resto de monedas que tenía en los bolsillos al niño y le dejó atrás antes de que pudiera responder, tirando de Sonia tras de sí.
Se aventuraron, casi a la carrera, por un laberinto de calles cada vez más angostas, sucias y peor iluminadas. Varios perros aullaron y gañeron en la lejanía. El silencio reinó después, helado, palpable.
Al cabo de un rato Sonia apenas podía seguirle el ritmo. Dejó escapar un grito. Le habían fallado las rodillas. Jorge le ayudó a recuperar el equilibrio y siguieron caminando hasta que tuvieron que detenerse a recobrar el aliento.
Jorge tardó un buen rato en percatarse de que habían entrado en un callejón sin salida. Cuando escuchó los pasos a su espalda supo lo que iba a encontrar tras él.
Numerosas figuras pequeñas y escurridizas les miraban en silencio. Jorge se colocó delante de su mujer y miró a los niños.
Eran escuálidos, como ratas famélicas. Y sonreían.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.