© 1998 by José María Bravo Lineros. En AnteBiblioteca y en Los Manuscritos Perdidos. Publicado en Mundos Perdidos 1.
La venganza de un Nysradaim, el espíritu que no olvida, trasciende más allá de la muerte.
Más allá de la muerte está la venganza de
aquellos que no olvidan.
Proverbio zaruvés
Un trueno violó el silencio de la noche,
privada de toda luz, por tenue que fuera. Gruesos y amenazadores nubarrones
cubrían el cielo, obscuro como ala de cuervo; de ellos, lenta pero
crecientemente, comenzó a verter la lluvia. Finos relámpagos avivaron el
firmamento, hendiéndolo con cegadora claridad, la única que osó iluminar el
lúgubre cementerio, sombrío aún en pleno día, abrigado a la sombra de los picos
cercanos.
La verja herrumbrosa chirriaba
lastimeramente, junto al ligero batir del viento y el rumor del aguacero,
sonidos de excepción en aquel desgarrador mar de silencio. Pero algo más
pugnaba por imponerse a la quietud. Un rascar, un arañar, desde la olvidada
losa de uno de los sepulcros.
Confuso... despertaba, sin saber realmente
si aquello había sido un sueño, ni cuánto habría durado. Sopor... el asfixiante
sopor se desvanecía, y la conciencia, extrañamente alterada, se impuso
finalmente. Los murmullos del cuerpo callaban, el corazón mismo no latía en su
pecho, mas intuía débilmente que todo eso, ahora, carecía de importancia.
Con dificultad, recobró la sensación de los
miembros, aunque de una forma vaga, se diría innatural. Levantó un brazo...
hasta que chocó contra una superficie, lisa y de tacto leñoso, que le
aprisionaba en estrecho recinto. Molesto, empujó hacia arriba, hasta que
escuchó un seco chasquido, y la tierra, mohosa y húmeda, irrumpió en el
interior del sellado lecho.
El arañar cobró intensidad. La tierra, bajo
el blanco y veteado mármol, retemblaba convulsa. Una increíble, sobrenatural
fuerza, quebró el marmóreo encierro, y de la impía abertura surgió una mano
terrible, como incipiente y maligno brote del Infierno, elevándose hacia la
noche. Las uñas, largas y afiladas, sucias de tierra; la carne con una
marchita, repulsiva y mórbida decoloración. Engarfiándose, los dedos apartaron
los resquebrajados restos de la sepulcral losa, abriendo camino al resto del
cuerpo.
Fuera... estaba fuera, aunque el exterior
no parecía menos desolado que el vacío Infinito y carente de sentido en el que
había estado inmerso... noche eterna e insondable.
Había vuelto. ¿Para qué? La secreta certeza
de saberlo pronto le impelía, guiándole hacia su destino.
El Nysradaim, el espíritu de la
venganza, avanzó certeramente en la lobreguez, confundiéndose en ella.
Naham buscó en la faltriquera de su sobria
túnica de lana, teñida de un desvaído azul. La llave, fría al tacto, halló unos
trémulos dedos; la cerradura rechinó quejumbrosa en cada una de sus vueltas. El
portón estaba cerrado; tan sólo restaba atrancarlo.
Tres fuertes golpes resonaron en la madera
de una de las hojas de la puerta. ¿Quién sería? Mejor no arriesgarse, se dijo
Naham, tomando la pesada tranca de la pared.
El cuarto reventó puerta y cerradura,
tumbando al viejo orfebre; tan violento resultó. Una torva y petulante sonrisa
precedió al intruso; detrás de él, aparecieron dos más, que entornaron tras sí
el violentado portón.
–Hola, Naham. ¿Una noche inclemente, verdad?
–susurró burlón el primero de ellos.
Un distante tronar y las mojadas capas
confirmaban su sentencia.
–¡Varl! –dijo sorprendido Naham, a la vez
que levantaba penosamente su macilenta figura–. ¿Qué demonios... –incompleta,
la frase del orfebre devino en ahogado quejido; la daga de Varl le acuchilló el
vientre, con una rapidez endiablada.
Varl dejó al agonizante anciano postrado en
el suelo y se adentró en la orfebrería junto a sus hombres.
La sangre, espesa y muy obscura, derramaba
por la comisura de los resecos labios de Naham, manchando el suelo de baldosas.
La mano con la que trataba detener la hemorragia, cedía desfalleciente. No tan
rápidamente como hubiera deseado, la vida huía de su cuerpo. Mas eso, poco
importaba ya... todos sus seres queridos habían muerto: primero su esposa,
luego Derynn, su hijo. En su mundo interior, cuyo fulgor se apagaba, rememoró,
una vez más, la tragedia.
Aquel
día, indeleble en su recuerdo, Derynn le abrazó cariñosamente, profundamente
agradecido. La plata del medallón, de exquisita factura, esplendía al Sol. Las
manos avezadas de Naham, todavía entonces con el pulso firme, grabaron
primorosamente el rico óvalo del colgante, con los nombres de su primogénito, y
la que sería su esposa, Brigid.
Aquel día, la felicidad era una cándida
promesa, que el destino quiso quebrar. ¿Qué hado secreto, a qué dioses habían
ofendido con ella?
Vicent Vonoran, un odioso y altivo miembro
de la nobleza, se encaprichó de
la prometida de su hijo. Vicent le
doblaba la edad a la novia, pero
era noble. Vicent era despiadado y cruel, mas era rico. La familia de Brigid
olvidó el anterior compromiso, en favor de otro mucho más beneficioso.
Naham deploró mucho la suerte de su hijo;
recordaba como se aferró a él, suplicándole que calmara su ímpetu, presintiendo
el funesto sino de Derynn. Transportado por la rabia y la desesperación, Derynn marchó contra el noble,
volviendo en una sábana tinta en
sangre. El dolor, la pena tremenda, le convirtieron en una patética burla de lo
que había sido. El doble sepelio (pues Brigid prefirió abrazar la daga de su
amado antes que al abyecto noble) nubló el juicio y arruinó la precaria salud
del anciano.
Y desde aquel aciago día, el tiempo pasó
inadvertidamente, en una apática y melancólica sucesión de fechas.
Irónicamente, la cuchillada de Varl le aliviaba de sus desgracias.
Su mirada, vidriosa, perdía todo signo de
vida; una débil sonrisa afloró a su arrugado rostro. Esperaba reunirse pronto
con Derynn.
–Varl, vámonos, la guardia puede rondar esta
calle, o un vecino alertarse con todo este alboroto –siseó uno de los ladrones,
bajo y ancho de espaldas, mientras anudaba su abultado saco.
–Tranquilo, Iván –respondió Varl
despreocupadamente, al tiempo que vaciaba de un manotazo el último de los
estantes–. ¿A quién le importaría la suerte de este roñoso? No quiso pagarnos
para que le protegiéramos, ni buscó a nadie para protegerse. Nurh se lo lleve.
De todos modos, no me extraña, tenía poco dinero –cerrando la bolsa, hizo una
seña al otro hombre, con una sucia zamarra de astracán, el cual arrambló con
dos aguamaniles y les siguió presuroso.
Cuando pasaban junto al desfallecido
orfebre, que tenía una plácida y desconcertante expresión en su cara en vez del
áspero rigor de la muerte, Varl exclamó fastidiado:
–¡Maldito sea! Hasta parece que le hemos
hecho un favor –pisando el viscoso y ensangrentado umbral se dispuso a
cruzarlo; mas, cambiando de parecer, soltó su carga para arrodillarse ante el
muerto.
–Esperad. No le hemos registrado –buscando
entre las ropas limpias, algo raídas, sacó al rato un preciado medallón,
envuelto a conciencia en una deshilachada tela.
–¡Vaya! Bonito, sí señor. Debe valer tanto o
más que la poca plata que le quedaba en la tienda –oscilando por su propio peso
de la fina y argéntea cadena, el medallón ovalado y hermoso lucía delicados
diseños en su bruñido metal.
Guardándolo con extremo cuidado en su basto
chaleco de cuero, retomó el tintineante saco y abrió el desvencijado portón.
–Larguémonos, ahora que amaina –impunemente,
los ladrones salieron de la orfebrería.
Norhid, el perista, se sorprendió con los
golpes de la entrada. Después de avisar a dos de sus guardaespaldas, fue a ver
quién llamaba a esas horas.
–¡Norhid, gordo apestoso, usurero, maldito
seas... ¡abre! –dijo una voz, imperiosa–. Soy yo, Varl, ¡abre! –insistió vehemente.
Varl y sus compinches aguardaban ante la
puerta, en la que se abrió un ventanillo, por el cual asomó furiosa una cara
barbuda, de gruesa papada, a través de dos barrotes cruzados.
–¡Hijo de padres desconocidos! ¿Qué quieres
ahora, ladrón miserable? –respondió Norhid.
–¿Y a ti qué te parece? Traemos mercancías que venderte, so imbécil –espetó
Varl, haciendo sonar el contendido del saco.
Norhid abrió con cautela, y los tres hombres
entraron al punto.
–Espero que merezca la pena lo que traes, o
te haré colgar boca abajo de los muros –amenazó el perista, flanqueado por los
bien armados matones–. Seguidme –añadió.
Llegaron a una habitación acostumbrada por Varl, con un largo
mostrador de abrillantado tejo y numerosos estantes llenos de toda clase de
objetos. Norhid, a la luz de una vela, sopesó el contenido de los sacos
esparcido por el mostrador. Luego de un rato pensando, dijo:
–Veamos... os daré ciento cincuenta lises.
Tomadlo, o idos por donde habéis
venido.
–¡Tan poco! –Varl apretó los dientes, miró
al perista empequeñeciendo sus pupilas, y tras consultar con un gesto a sus
hombres, claudicó.
–Está bien, quédate con la plata –resignado,
aceptó las monedas, repartiéndoselas con los dos ladrones–. Ah, otra cosa. ¿Qué
te parece esto, viejo roñica? –dijo orgulloso, alargando el medallón.
El perista tomó el collar y asintió.
–Sí, es una pieza de primera calidad –los
gordezuelos dedos del perista tantearon la caja del colgante, hasta dar con un
oculto resorte.
El óvalo se abrió en dos mitades; en el seno
de cada una había un camafeo de jade. Uno retrataba a una hermosa mujer; el
otro, el gallardo perfil de un hombre. «Para Brigid, en el día que se
prometió a Derynn» rezaba una inscripción en la cara posterior. Norhid
cerró el medallón, mirando nuevamente a Varl.
–Te doy seiscientos lises por él. Merece la
pena, pero su origen podría traerme problemas.
–¡Seiscientos! ¡Piérdete en la noche,
Norhid! –Varl recuperó el colgante, visiblemente ofendido, y lo enterró
celosamente en su vestimenta–. Ya lo pensaré. Nos vemos, Norhid –Varl abandonó
la casa, seguido por sus callados compinches.
–¡Venga! Gastemos el oro en vino y mozas –les
dijo, apretando el paso; por toda respuesta, sonrieron e igualaron sus zancadas;
Varl tocó el colgante, duro y frío contra su pecho–. Me traerá suerte –se dijo.
Entre las burdas sábanas, Varl –desnudo y
taciturno– manoseaba el bello collar. Una mujer –rubia y opulenta– yacía a su
lado, desnuda también.
–¿Por qué no me lo regalas? –susurró
arteramente–. Luciría espléndido en mi pecho.
–Tu pecho destaca por sí solo, además, ya me he gastado suficiente dinero en
ti, entre el que te doy y el que me quitas, apenas me descuide –contestó
sarcástico–. Olvídalo.
Fastidiada, la mujer se dio la vuelta en el
lecho. En el exterior ya no repicaba la lluvia; tan sólo las contraventanas, a
cada embate del viento, rechinaban obstinadamente.
–Nirlia, anda, cierra bien la ventana –pidió
Varl.
La mujer se levantó cubriendo su desnudez con un escaso camisón y comprobó
con suma extrañeza que estaba sólidamente cerrada.
–No lo entiendo –murmuró Nirlia, cuando,
inopinadamente, el hilo de sus murmullos brutalmente interrumpidos se convirtieron en frenéticos balbuceos.
Rompiendo las tablas de la ventana, una
espectral garra le aferró el rostro, impidiéndole gritar. Tirando de ella, la
defenestró hacia la calle, donde golpeó el suelo con un sordo romper de huesos.
Varl, sin entender lo que ocurría, vio como
restallaba la madera. Saltó de la cama y se precipitó hacia la puerta, donde
murió atrozmente antes de llegar.
Aquella joya que había recogido del despojo
humano tendido sobre el suelo le era familiar, dolorosamente familiar. Un
helado estremecimiento sacudió su mente; todos sus recuerdos volvieron
súbitamente a su desconcertada memoria, en una salvaje y fugaz revelación. El
collar... era el collar que le regaló a Brigid, el día que se prometieron.
El Nysradaim
apretó crispadamente el medallón, temblando de rabia, inflamado el pecho por la
ira. Un pavoroso, inhumano aullido reverberó por la ciudad, agitando a sus
habitantes en medio del sueño. Ahora ya sabía porqué había vuelto.
En el confortable sillón de rico y suave
terciopelo, Vicent Vonoran cabeceaba soñoliento, después de pasar buena parte
de la noche leyendo el viejo y crujiente códice que descansaba sobre sus
rodillas. La biblioteca, forrada de excelente madera, atestaba de libros; la
alumbraban varias lámparas de aceite, se cubría el suelo con una exquisita
alfombra de vivo colorido y la amueblaban una escribanía, el sillón que ocupaba
Vicent y una mesita baja al lado de éste, donde descansaban un candil y un
estoque envainado.
El ligero letargo que embargaba al noble de
severas facciones, corto y no
muy encanecido pelo, zarcos ojos y cuidadosamente recortada barba, remitió
enseguida. Un ruido, proveniente del piso superior, le sobresaltó. ¿Qué habría
sido eso? Los perros callaban, y únicamente el furor del viento, tañendo los
cristales de las ventanas, aullaba en la quieta y taciturna atmósfera.
Cerrando el códice, que trocó por el candil
y el estoque de la mesa pequeña, apagó una por una las lámparas de la
biblioteca. Todos dormían; los criados, su hermana... y su padre, pensó mordaz,
que falleciendo tres años atrás le permitió heredar su fortuna.
El vacilante iluminar del candil dirigió sus
pasos por la escalera de piedra que llevaba al piso de arriba, tan callado como
el inferior. ¿O no? Porque, desde el final de los lustrosos peldaños, se oía un rítmico, brusco resonar. Venía
de sus aposentos privados.
Con la diestra sobre el puño del arma, Vicent
llegó hasta su habitación, entrando cuidadosamente. El ruido lo producía la
ventana, que quizás abriera el viento, golpeando con insistencia a cada soplo
del mismo. Ése, y no otro, era el motivo de su alarma.
Cruzando el cuarto, lóbrego y espacioso, alcanzó
el pie de la ventana, y encendiendo con los restos de la agonizante bujía la
lámpara de una mesa próxima, se dispuso a cerrarla con aire de fastidio.
Mas no había reparado en que estaba
astillada, como si la hubieran forzado a abrirse desde fuera. Pero eso era
imposible, los barrotes... Atónito, espantado, comprobó que alguna descomunal
fuerza había doblado el hierro, dejando espacio suficiente para que algo (o
alguien) entrara.
El portazo retumbó por la habitación. Vicent
sintió helársele la espina dorsal, con un repentino conmover. Volvió la vista
hacia la puerta, acompañado de un ominoso presagio.
Y allí, en el umbral de su aposento, en la
piadosa penumbra de la baja luz que ofrecía la lámpara, observó a la criatura.
El aspecto demacrado, fantasmal de aquel ser, otrora hombre, resultaba
demasiado espantoso. El pelo lacio y largo, crecido en la húmeda y fusca
prisión de la tumba, la tez pálida y amarillenta, las uñas como garras afiladas
donde secaba la sangre, el andrajo podrido que le vestía... todo era digno de
la peor pesadilla que jamás atreviera a soñar. Empero, si cabe, había algo aún
más terrorífico: los ojos –aquellos ojos– de perdida y demencial mirada, los
rasgos imbuidos de una ilimitada crueldad le eran conocidos, remotamente
conocidos.
De la compasiva sombra, a la inmisericorde
luz, el aparecido avanzó. Vicent, paralizado de puro horror, asió tembloroso la
empuñadura del estoque.
–¿Quién... o qué eres, demonio? –dijo
quedamente.
No hubo respuesta; tan sólo un paso en su
dirección.
–Tú... no puede ser. ¿De qué profundo abismo
has regresado? –chilló Vicent, reconociéndole al fin–. ¡No puedes estar vivo!
¡Yo mismo te dí muerte! –Vicent, histérico, acosado por el impasible, mudo
espectro, desenvainó su aguda y larga hoja.
Con un grito desesperado, la hundió en el
cuerpo del difunto. Nada... ni sangre ni lamento brotaron de él. Una, y otra
vez, estocó, sin detenerle en lo más mínimo.
Al retroceder contra la pared derribó la
lámpara de la mesa; el aceite desparramó por el suelo y comenzó a arder con
avidez. Vicent gimió desesperanzadamente, viéndose cercado por el devorador
incendio, que se extendía con extrema rapidez, como ratas famélicas sobre el
grano maduro.
–¡Maldito seas, demonio o fantasma! –clamó
Vicent, exasperado–. ¡Te he de atravesar el corazón, si es que tienes! –acometiendo,
Vicent lanzó una larga estocada al pecho del Nysradaim; éste, aferrando la mano del arma que trataba
infructuosamente de herirle, atrajo hacia sí el causante de sus pasadas
desgracias.
Por un momento, el inarticulado alarido de
Vicent se impuso al crepitar del fuego; las mandíbulas se cerraron alrededor de su garganta,
abriendo la carne y vertiendo la cálida sangre a borbotones. Desdeñoso, el Nysradaim arrojó su víctima, rota y
exangüe, a las iracundas llamas. Poco después, tal como viniera (huidiza
sombra) desapareció.
El alba... ¿llegaría alguna vez? La claridad
de la mañana acabaría con la parodia infame de vida que le animaba. Venganza...
la venganza se había consumado, pero... ¿Qué promesa tenía de encontrarla, allí
donde fuera? ¿Estaría condenado para siempre a la velada tiniebla?
El cementerio callaba, gris y melancólico;
una figura nacida de la tumba se arrodillaba
ante otra, de pulido alabastro. Representaba a una joven, plácidamente dormida,
tallada con increíble maestría.
Brigid, espérame, donde quiera que estés.
Tiéndeme tu mano, guíame hasta ti.
El amanecer llegó, arrebolando las nubes,
desterrando la sombra y otorgándole el anhelado descanso. El viento barrió los
últimos vestigios de la locura; testigo de ella, olvidado en la apacible calma
de las tumbas, los pinos y la brisa, quedó un delicado medallón de plata.
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