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José María Bravo Lineros - Los gusanos



© 2001 by José María Bravo Lineros.

Aquella tarde, Ana insistió en ver por última vez a su tortuguita. Pablo se resistió ante aquella propuesta durante las primeras horas de la tarde, pero las muecas que componía Ana con su carita pecosa fueron demasiado para él.
Así que, a regañadientes, Pablo condujo a la apenada niña hasta un cabezo de tierra amarilla, herido de cárcavas y aflorado de vetas rojizas de mineral, llagas abiertas en la tierra. El cabezo estaba a unos diez minutos fuera de su barrio, en los descampados tras la carretera de tráfico pesado. Pablo señaló con un dedo sucio y de uña negra una pequeña grieta del talud, y ascendió hábilmente valiéndose de las raíces y los matojos hasta un bancal en mitad del cabezo. Ana fue tras él con mucho más trabajo, deteniéndose cada dos por tres para limpiarse escrupulosamente su vestido azul de raso con expresión contrita (no se sabe si por las manchas o por su pobre tortuguita) y, ayudada por Pablo en el último trecho, llegó hasta el bancal.
Pablo apartó un ladrillo roto de hormigón y dejó ver un hueco de poca profundidad de tierra fresca. Metió la mano y desenterró una caja de cartón satinada, dejándola ceremoniosamente en el suelo junto a su amiguita.
–Aquí está la tortuga. La metí en esta caja. Mi papi me la dio, junto a ese plástico de burbujas. Toma –y empujó la caja con su zapatilla de deporte.
Ana le miró recelosa, y se acercó luego a la cajita no sin algún titubeo. Con su manita rolliza levantó la tapa lentamente. Luego retrocedió, genuinamente horrorizada.
Jolly, la pequeña tortuga, era poco más que su deslustrado caparazón verde y amarillo. Gruesos y avariciosos gusanos de un blanco lustroso limpiaban las últimas hilachas de carne del cadáver, engullendo lentamente cada migaja con la contorsión grotesca de sus anillos laxos y húmedos.
Pablo hizo una mueca y buscó una rama. Ana, después de que su gesto de horror se esfumase, con un innegable visaje de asco en sus facciones sonrojadas, se acercó fascinada por el espectáculo de la muerte. La muerte de la carne, uno de los primordiales misterio de la vida –luego, paralelo a él, llegaría el segundo, el nacimiento de la carne– se revelaba ante ellos. La escena era solemne y ridícula al tiempo. Pablo acercó la ramita que había conseguido y apartó con ella del cadáver a uno de los gordezuelos gusanos. Colocó el gusano sobre una piedra lisa y lo tanteó con el palo.
–Estos son los gusanos que se comen a los muertos. Son feos y asquerosos, ¿verdad? –apretando con la rama, Pablo hostigó al gusano, hasta que su cuerpo de partió en dos mitades convulsas.
Ana pareció salir de la catarsis que le había provocado la visión del cadáver de su mascota. Sollozó.
–Me dijiste que la cuidarías bien.
–Y lo hice, te lo juro. Le di de comer todos los días. Y mi mamá le cambiaba el agua.
–¿Le diste su comida preferida?
–Sí. Mi mamá me dijo que la vida es así. Cuando alguien tiene que morir, se muere y ya está. Como tu tía Marisa... –Pablo se interrumpió bruscamente, soltando la rama–. Lo siento, Ana.
La niña le miró con fiereza.
–Eres tonto. Mi tía Marisa no ha muerto.
Pablo suspiró.
–Sí, lo que tú digas.
–¡Dímelo!
–No te lo diré. Déjame en paz.
–¡Dímelo, Pablo! Mi tía Marisa está en el hospital. Se va a poner buena. Me llevará a merendar y me regalará vestidos y muñecas. ¡Dime que mientes!
Pablo alzó los ojos, irritado.
–¡Tonta! Está muerta, se lo oí decir a mi mamá. No se recuperó de la ates… ares… ¡anestesia! –dijo con aire triunfal.
–¡No! ¡Mentira! ¡Eres tonto y malo!
–¡Sí! Se ha muerto. Dentro de poco, los gusanos se comerán a tu tía.
–¡Cállate! –aulló la niña, llorando.
–¡Cállate tú, tonta! Sabes que digo la verdad. Estos gusanos gordos bailarán sobre tu tía y se comerán sus ojos. ¡Ñam!
–¡Cállate!
–¡Ñam!
–¡Mentira! ¡Cállate!
–¡Ñam! ¡Ñam, ñam, ñam!
–¡Cállate, cállate! –Ana pataleó furiosa, congestionada por la ira.
Empujó furiosa a Pablo. El niño trastabilló con una piedra, perdió pie, trató de agarrarse a Ana. Sus dedos agarraron su diadema dorada y se la llevaron consigo en su confuso y vertiginoso rodar talud abajo.
Ana, que había caído hacia atrás, se levantó restregándose las lágrimas, sucia por el polvo levantado. Miró desde el bancal hacia donde había caído Pablo. El polvo se asentaba lentamente sobre su cuerpo inmóvil, en una postura un tanto extraña.
–¿Pablo? –susurró, aún llorosa–. Pablo, ¿te has hecho daño?
Tras un rato, Ana se mordió los labios, reprimió las lágrimas y se afanó en volver al suelo, descendiendo con cautela por la pendiente. Resbaló un par de veces, chillando como una rata atrapada, pero al fin llegó sana y salva hasta donde estaba Pablo.
–¿Pablo…?
El niño estaba tendido de costado, sobre las ramas secas de un arbusto sin hojas. Sus brazos y piernas estaban absurdamente separados, en ángulos inconcebibles. El polvo manchaba sus ropas. De su sien derecha brotaba un reguero carmesí, brillante, hermoso, que le apelmazaba el cabello y se iba secando en el suelo, que lo bebía tan ávidamente como los gusanos comían la carne. Un fragmento de ladrillo rojo que brotaba del suelo se incrustaba en una herida profunda en su sien derecha.
Ana se quedó paralizada, aturdida. El alcance de lo sucedido fue adueñándose de su conciencia. Acercándose con cautela a Pablo, tanteó la herida de su cabeza. Se admiró del tacto cálido y pegajoso de la sangre, de su olor dulzón, de su sabor metálico. Levantándose con rapidez, limpiándose en el polvo la sangre de los dedos, un gesto decidido ocupó su rostro sucio de churretes. Tomando una piedra cercana, terminó la tarea que el pequeño alud había comenzado.

Un mes más tarde, Ana decidió ver por última vez a Pedro. Echaba de menos a su amiguito, pero había encontrado a Luisa, una niña un año menor que ella y bastante impresionable: le encantaban sus muñecas y siempre envidiaba sus vestidos. Aquella tarde le dijo que le enseñaría algo muy especial, pero le hizo jurar que jamás diría nada.
Sería su secreto.





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