© 2000 by José María Bravo Lineros.
Ya se habían prendido los cigarros y puros,
repartido las cartas y escanciado los vasos de orujo. Don Miguel abrió la
partida con una sota de bastos y comentó poco después, con una vaga sonrisa, la
montería de aquella mañana.
–Estuviste muy bien hoy, Gregorio –dijo en
tono de aprobación–. Lástima de Canelo: era el mejor perro de toda la rehala.
–Bah, tan sólo tuve buen tino, don Miguel.
–¿Buen tino, tan sólo? –medió entonces don
Pascual, el boticario del pueblo, atusándose su fino bigote gris al hablar–. No
diga usted eso. Tuvo lo que hay que tener para aguantar de pie y enfilar con la
escopeta al cochino mientras se le tiraba encima –como subrayando sus palabras,
sacó un dos de bastos de su mazo y la echó sobre las otras.
Asensio, el guarda forestal de aquellos
contornos, maldijo en voz baja.
–Bien empiezo, demontre. No tengo bastos... –y
con un gesto seco de su manaza gruesa y callosa, echó una sota de oros, mirando
al hombre que estaba a su derecha.
Don Ernesto, el notario, dio buena cuenta de
su primer vaso de orujo, se frotó las manos y arrojó un siete de bastos al
rimero de naipes con un gesto de desdén:
–Tuya es la ronda, Asensio.
Mientras el guarda tomaba las cartas con un
gruñido, don Ernesto aprovechó para levantarse de su asiento y avivar las
brasas de la chimenea con el atizador. Antes de volver a su sitio echó un
vistazo al penumbroso y polvoriento salón. Las cabezas de venados y jabalíes
reposaban hieráticas y melancólicas en hileras a lo largo de las paredes; sus
ojos muertos y amarillentos brillaban en la penumbra.
Asensio le dio un trago a su vaso de orujo
antes de comenzar la segunda ronda.
–Pinches –anunció, tirando un as de espadas.
Don Ernesto frunció el ceño, observó largo
tiempo su baraja y arrojó un cinco de espadas.
–Volviendo a esta tarde –dijo– sí que estuvo
usted muy bien, señorito Gregorio. No se le ha aguado el temple allá en la capital.
Don Miguel exhaló una vaharada de humo
azulado y se sacó el puro de la boca antes de hablar:
–Cierto, cierto –dijo con deje socarrón
mientras observaba a su agasajado sobrino.
Echó un cuatro de espadas y agitó su vaso
antes de apurarlo.
El señorito Gregorio no dijo nada y se
limitó a esbozar una sonrisa, buscando en su baraja. Sacó un caballo de espadas,
molesto.
–Vaya. Me han fastidiado los señores el
cante –dejando los naipes sobre la mesa, paseó su mirada por el viejo salón–.
Sí que está algo descuidada la casa, don Miguel –añadió con cierto resquemor–.
Una pena, pues es un caserío magnífico.
Don Miguel asintió, pensativo, atusándose su
cabello castaño.
–Sí, tendré que hacer alguna que otra
reforma. El caso es que tengo ganas de desprenderme de él.
–¿Piensa venderlo? –preguntó sorprendido el
señorito Gregorio, vigilando con escaso interés el transcurso de la ronda.
Don Pascual echó un tres de espadas entre
aspavientos, y Asensio, ufano, recogió la ronda y anunció un cante en copas. A
Gregorio se le hacía difícil comprender cómo su tío tenía tan abandonada
aquella casa. Quizá no le fueran tan bien las cosas, pensó con una punzada de
culpabilidad mientras observaba a su tío, al que jamás llamaba por su
parentesco con la intención de demostrarle el mayor respeto posible; al fin y
al cabo, tan solo era el hijo de su prima. Don Miguel había sido como un padre
para Gregorio desde que se quedara huérfano seis años atrás, proporcionándole
los medios para estudiar la licenciatura de Derecho.
Don Miguel se sirvió otro vaso de orujo,
chasqueó la lengua al paladear el aguardiente y respondió a la pregunta de su
sobrino con aire melancólico.
–Lo he intentado. El dinero no me vendría
mal; últimamente todo son gastos. Pero no es tan fácil...
–¿Cómo que no es tan fácil? Está bien
situado y el terreno es bueno. ¿O no?
Con un suspiro, don Ernesto se mordió un
labio.
–Tiene mala fama este caserón –dijo en voz
baja–. Los del pueblo dicen cosas...
–¿Cosas? –repuso Gregorio con rapidez,
intrigado–. ¿Se puede saber cuáles?
Don Pascual intervino, solemne.
–Verá, señorito Gregorio, en este caserón
han ocurrido cosas bastante trágicas, hace ya muchos años. Pero hágase cargo de
cómo es la gente de provincias: no olvidan con facilidad las cosas.
–¿Cómo...? ¿Me está diciendo usted que esta
casa está maldita, encantada o algo así? –dijo Gregorio en tono zumbón.
Don Miguel censuró con un gesto torvo la
sonrisa de su sobrino.
–Algo así se dice.
Esbozando una mueca escéptica, Gregorio
contuvo una carcajada.
–Por favor... ¿hablan ustedes en serio? Les
tengo por hombres cabales.
–Sé que suena ridículo –respondió su tío,
manoseando la botella de aguardiente antes de servirse otro trago– pero así es.
Esta casa pasó a mi propiedad hace quince años y aún no he podido venderla.
Asensio dejó su vaso sobre la mesa con un
golpe seco, pasándose la mano derecha por su rostro colorado e hirsuto para limpiarse
la barbilla.
–Señorito Gregorio, comprendo que a los de
ciudad les parezcan ridículas esas historias, pero permítame decirle que aquí,
en provincias, se toman muy en serio.
Gregorio se retrepó en su asiento, algo
incómodo, tamborileando en la mesa con sus dedos finos y pálidos.
–Lamento haberme burlado, pero háganse
cargo: es difícil de creer. Lo que sí les admitiré es que esta casa es un tanto...
siniestra –dijo con una sonrisa, abarcando los rincones de la habitación con un
gesto de su mano–. Perdonen mi actitud. Cuéntenme la historia; prometo no
bromear. Siempre me han gustado las historias de fantasmas.
Don Miguel asintió.
–Bien... Pascual, cuéntala tú.
Don Pascual miró indeciso a los rincones del
cuarto, se humedeció los labios con otro traguito de orujo y comenzó así:
–Pues verá, señorito Gregorio... esta casa
estuvo habitada por última vez hace más de veinte años por los Santizo, una familia
de por aquí muy antigua.
»Don Jacinto Santizo, el último de los
Santizo, había heredado este caserón de su hermano mayor, el cual había muerto
en un accidente de caza sin dejar hijos ni esposa. Al poco de establecerse aquí
se encaprichó de una de las muchachas más galanas del pueblo, cuya única
familia era un hermano pequeño y una vieja tía que la había recogido a la
muerte de sus padres.
»Don Jacinto no cayó bien entre los del
pueblo. Era muy altanero y siempre estaba de francachela en francachela con sus
amigotes, derrochando su herencia a manos llenas. Sin embargo, pronto tuvo que
moderar sus desmanes; los Santizo habían ido perdiendo patrimonio a lo largo de
los años, y la última generación había vendido la práctica totalidad de sus
predios de caza para subsistir. Estaba al borde de la ruina.
»Fue un golpe duro para él, acostumbrado
como estaba a la buena vida. Le acosaban los acreedores, amenazándole con
embargar los pocos bienes que habían sobrevivido al despilfarro. El servicio,
harto de sinsabores y pagos atrasados, se marchó de la casa. Las tabernas le
cerraban en la cara sus puertas, y sus antiguos amigos hicieron como si no le
hubieran visto nunca. Tras encerrarse aquí junto a su esposa y uno o dos
criados viejos apegados a la familia, no tardó en descargar su amargura en su
mujer, dándole mala vida.
»Sin embargo, un tiempo después, el hermano
pequeño de su esposa, el cual había hecho cierta fortuna en la ciudad, regresó
al pueblo y supo de la suerte de su hermana por las habladurías de la gente. No
tardó en visitar a los Santizo para tener unas palabras con su cuñado. Don
Jacinto le recibió de mala gana, en este mismo salón, según cuentan. Tuvieron
una fuerte discusión, en la que acabaron llegando a las manos. Don Jacinto se
puso hecho una furia y corrió a armarse con su escopeta de caza, dispuesto a cometer
una tropelía.
»Su esposa, alarmada por las voces, entró en
la habitación y vio a su esposo sosteniendo el arma, a punto de dispararle a su
hermano, e intentó calmar a don Jacinto. Éste trató de echarla a un lado, pero
en el forcejeo la escopeta se disparó, alcanzando de lleno en el pecho a su
mujer. Aquello trastornó a su hermano, el cual se abalanzó sobre don Jacinto y
le estranguló con sus propias manos en un arrebato de furia. Una hora más tarde
llamó a la Guardia Civil y se entregó sin resistirse. No llegó a cumplir más de
un año de pena: se ahorcó al cabo de diez meses en su celda»
Don Pascual se remojó el gaznate con un par
de tragos de orujo e inspiró ruidosamente.
–¿Y? –dijo Gregorio, animándole a continuar
el relato.
Don Ernesto retomó la historia, dándole
antes una chupada a su cigarro.
–No hay mucho más que contar. El caserío
pasó de unas manos a otras, ya que hubo mucho lío con los herederos, hasta que
don Miguel se hizo con él por una ganga. Desde entonces este caserón tiene fama
de traer la desgracia a los que viven aquí; muchos dicen que el ánima de don
Jacinto aún vaga por ella, atormentada y henchida de odio.
–¡Vamos! ¿Ustedes no se creerán eso, verdad?
¿Don Miguel?
Don Miguel se acarició el mentón, con aire
ausente.
–No... y sí. Los pocos que vivieron aquí se
fueron al cabo de una semana; ninguno aguantó una noche entera. Uno de los
inquilinos llegó a suicidarse... creo que se colgó con una corbata de esa misma
lámpara –dijo, señalando la polvorienta araña del techo con el puro.
–Se cuenta –agregó don Ernesto– que la
maldición de esta casa sólo podrá romperse si alguien desafía el ánima de
Jacinto, velando toda una noche aquí.
–¿Nadie lo ha intentado? –preguntó Gregorio,
mirando a su tío.
–Intentarlo... sí. Lograrlo, no. Pero he
pensado en ti, sobrino; no crees en estas paparruchas y eres un hombre
valiente. Más de una vez me has dicho que harías lo que fuera por tu tío; bien,
pues te pido esto: quédate una noche aquí. Si lo consigues, las habladurías
cesarán. Veamos: son las once y media. Te recogeremos por la mañana; a las
siete o así.
Gregorio miró perplejo a su tío y se rió por
lo bajo. Contempló luego a sus contertulios, perplejo, dejó de reír y retiró su
silla un palmo de la mesa, dejando su vaso con un movimiento apresurado.
–¿Pero es que se han vuelto locos? ¿De
verdad se creen esa historia? Hagan el favor... si es una broma, ha dejado de
ser graciosa, a fe mía. ¿Tío?
Don Miguel se había levantado de su asiento
y se estaba abotonando el abrigo. Los demás le imitaron, aprestándose para
irse.
–En absoluto, Gregorio. No es una broma.
Gregorio musitó algo en voz baja, alarmado.
Locos... estaban locos...
Don Pascual dejó la estancia, ajustándose
sus guantes de piel marrón, seguido por don Ernesto y Asensio. Don Miguel
aguardó en el umbral, cubriéndose la garganta con su bufanda color hueso.
–Hasta mañana, sobrino. Cerraremos con llave
al irnos; así no tendrás la tentación de faltar a tu promesa.
Dicho esto cerró la puerta tras de sí. La
cerradura chirrió quejumbrosa en la penumbra, rota tan sólo por el resplandor
del quinqué y las brasas de la chimenea. Gregorio se levantó con torpeza,
aturdido, corriendo hacia el umbral mientras llamaba a gritos a su tío.
Forcejeó con el pomo de la robusta puerta, hasta que, desalentado, se volvió
hacia las ventanas cerradas. Creía haber visto antes de entrar fuertes barrotes
en ellas. Se acercó a la mesa, sudoroso y azorado, sirviéndose un par de dedos
de aguardiente con pulso tembloroso. El licor se derramó en parte por su barbilla.
El vaso se deslizó de su mano, haciéndose
añicos contra el suelo de baldosas bermejas. Allí, en un rincón del cuarto, las
sombras parecían espesarse.
Dentro del coche todoterreno ocre, don
Miguel aceptó el termo de café y se sirvió una taza con tres terrones de
azúcar. Miró por la ventanilla y observó el caserío; la Luna bañaba sus ángulos
duros y siniestros, perfilando sus desconchados lienzos de yeso.
–¿Cree usted que lo conseguirá, don Miguel? –preguntó
don Pascual desde el asiento trasero del coche, dudoso, sorbiendo el café
caliente.
–Pues... no sé. Es un muchacho valiente. Veremos.
–Se ha estropeado en la capital. Tantos
libros no son buenos –apostilló Asensio desde el asiento del conductor, ceñudo.
El grito de horror y angustia quebró la
quietud. La voz perdió fuerza, bramó dos veces más y se apagó de súbito. Los
cuatro hombres se miraron taciturnos. Asensio meneó la cabeza y giró la llave
del contacto. El motor tosió con fuerza al arrancar.
–Vaya por Dios. Aquí tiene, don Ernesto –dijo
Don Pascual, renuente, entregándole a su amigo un par de gastados billetes–.
Perdí la apuesta.
El coche se alejó del caserón por un camino
solitario. Un chotacabras emitió su burlón runrún desde las ramas de un añoso
roble, y luego sobrevino un silencio denso y asfixiante como una mortaja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.