© 1999 by José María Bravo Lineros. Publicado en Framauro 2 en 2001.
Aun hoy, con la llegada del calor, recuerdo
con viveza aquellos ociosos días de verano, cuando iba a pasar las vacaciones
al chalé de mis tíos. Éstos eran muy amables conmigo y acogían de buen grado
mis visitas, pues nunca habían tenido hijos.
Mientras vivía con ellos pasaba los días
chapoteando y nadando horas enteras en la piscina, ayudando a mi tío en el
huerto y jugando con Helio, un perrazo viejo y muy bonachón. Uno de mis
pasatiempos favoritos era pasear por las tardes con la vieja bicicleta que se
guardaba en el garaje. Mi tío se ocupaba de ponerla a punto antes de que yo llegara,
para que pudiera darme largos paseos por los agostados campos que rodeaban el
chalé, siguiendo senderos de arcilla roja. Durante aquellos vagabundeos por el
campo dejaba volar mi fecunda imaginación, atento a todo lo que pudiera ver y
escuchar, no como en las endiabladas ciudades, en las que tan sólo se mira y
oye de forma anodina. Me quedaba fascinado cuando encontraba un avispero, la
madriguera de un conejo o el nido de un pájaro. Muchas veces dejaba la
bicicleta contra un árbol y vagaba sin rumbo fijo por entre los pinos y las
retamas, abismándome en mis ensoñaciones de pubertad. Recuerdo con gozo aquellos
días... salvo aquél. Todavía puedo rememorarlo sin dificultad, o tal vez su
recuerdo se encarga celosamente de que yo lo rememore de vez en cuando, como si
temiera el olvido.
Aquella tarde había salido con la bici, como
casi siempre, y ya llevaba recorridos varios kilómetros siguiendo un sendero
hasta entonces desconocido. El sendero estaba casi oculto por la maleza, y se
fue estrechando hasta que tuve que abrirme paso por él llevando la bici de la
mano. Casi sin darme cuenta, fui internándome por él, arrullado por el chirrido
metálico y obstinado de los insectos, intrigado por saber a dónde iría a parar.
Entonces la vi...
Estaba en un claro lleno de basura, rodeado
por espesos matorrales y algunos pinos. Era una destartalada casucha de una
sola planta, a cuyas paredes se aferraban el musgo y la roña, como ávidos
gusanos de la putrefacción. El techo de tejas rojas estaba sucio y agujereado,
y la puerta principal de la casa aparecía entreabierta, ya que su madera, hinchada
por la humedad de las lluvias, se había salido del marco. Dejé la bici entre
los matorrales y rodeé la casa. Muchas de sus ventanas estaban cubiertas con
tablones, y entre los resquicios se veían cristales rotos, enlutados por la
mugre. La curiosidad y el miedo, enfrentándose, azotaron mi pecho. Quise irme
de allí, pues al ver aquella decrépita casa percibía una sensación inefable y
ominosa impregnando el ambiente, una terrible y desolada tristeza. Pero la carcomida
puerta me llamaba con voz sorda, invitándome a conocer sus secretos. Sus
ventanas eran como ojos ciegos, acusándome, desafiándome e incitándome a la vez...
La casa me esperaba.
Finalmente, cedí y avancé sigiloso hasta
ella. Evité los montones de desperdicios, periódicos y chatarra y atisbé
primero por las obscuras ventanas, entre las rendijas de los tablones. No
parecía estar habitada, así que volví a la puerta y la empujé hasta se abrió
entre chasquidos.
Un olor malsano me alcanzó en plena cara.
Era una fetidez fría y húmeda, como si aquella casa acapara la humedad del
ambiente para defenderse del bochorno. El interior estaba en sombras. Entré.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la
penumbra, vi un pasillo lleno de tejas rotas caídas del techo, cuyas paredes
conservaban restos de papel pintado que se desprendía a jirones como la piel de
un leproso. A primera vista, era como si alguien hubiera destrozado la casa en
un acceso de furia: había cascotes, cristales, trapos, plásticos, maderos devorados
por las termitas e incluso ropa usada y desteñida. A ambos lados del pasillo
había varias puertas, hundidas y desencajadas. Encontré tras una de ellas una
ruinosa cocina, con el fregadero de metal lleno de arañazos y un grifo oxidado
del que fluía el agua en finos hilos. El resto era un desorden absoluto, aunque
vi señales de que alguien había habitado recientemente aquella casa:
pudriéndose en una mesa combada, encontré restos de comida cubiertos por una
legión de moscas.
En las demás habitaciones reinaba el mismo
caos. Un retrete que hedía a cañerías rotas, con un espejo sin apenas azogue en
el que contemplé mi reflejo con inquietud, un salón vacío salvo por un sofá de
tela, tan manchado que no podía reconocerse su color, y una alcoba, presidida
por una cama de matrimonio, cuyo colchón estaba rajado, mostrando sus
herrumbrosas y retorcidas vísceras. Me pregunté quiénes habrían dormido allí
años atrás. En el cajón de una mesilla de noche, hallé, como respuesta, una
foto vieja y medio quemada. Se veía a un hombre joven, moreno y ceñudo, en un
traje algo estrecho, junto a una mujer vestida de novia, cuyo rostro era
indistinguible por las quemaduras de la foto. El del hombre era sencillo, de
trazos recios, aunque algo hosco; era el rostro que la gente de ciudad asocia a
un trabajador rural.
En la última de las habitaciones hallé los
despojos de lo que acaso habría sido en otro tiempo el dormitorio y cuarto de
juegos de un niño. Había baldas destartaladas llenas de juguetes
despanzurrados, una cama vuelta contra la pared con el colchón hecho trizas y
muñecos de trapo tirados por el suelo; un vago olor a vómito rancio embebía
aquel cuarto. Rebusqué entre los juguetes y encontré álbumes para colorear y
cuartillas amarillentas llenas de garabatos a lápiz. El niño que las había
dibujado no había aprendido aún a controlar bien su pulso, y su trazo erraba el
contorno cuando había tratado de colorear las figuras. Las cuartillas
garabateadas tenían dibujos absurdos en rojo y negro, donde se veían muchas
veces tan sólo tres figuras: una mayor y otras dos, menores, de las que una
parecía una mujer. La mayor se cernía contra las dos pequeñas, y a veces los
trazos eran muy intensos. Casi todos los dibujos eran iguales, así que
aburrido, los deseché. En ese momento me di cuenta de algo muy extraño. Al
examinar la ventana y retirar las raídas cortinas que la cubrían, vi que la
habían cegado con barrotes de hierro. En la puerta, por fuera, había un sólido
cerrojo en el que no había reparado antes. Más que un dormitorio, parecía una
celda.
El ambiente opresivo de aquel cuarto me
angustiaba, de modo que decidí marcharme y emprender el camino de vuelta a
casa. Cuando me disponía a dejar aquella ruinosa vivienda, percibí algo que me
dejó petrificado. A través de la ventana vi cómo los matorrales se movían y a
un hombre surgiendo trabajosamente de ellos, sudoroso; era bajo, corpulento, y
vestía ropas de paño antiguas y muy remendadas. Pese al pelo cano y las marcadas
arrugas de su rostro, reconocí en aquel hombre al novio de la foto de boda. Al
hombro llevaba una pala sucia de tierra, de la que se deshizo antes de desaparecer
de mi vista.
Temblé de pies a cabeza, terriblemente
asustado. El hombre no me había visto al pasar, pues era difícil hacerlo entre
la celosía de aquellos mugrientos vidrios y los barrotes de hierro; además,
andaba cabizbajo, pensativo, con una mirada perdida que imaginé siniestra.
Pensé en huir, pero mis piernas no me respondían. Entonces otra oleada de miedo
azotó mi cuerpo. En el corredor escuché pasos lentos, fatigados, y su estruendo
al avanzar entre los escombros del suelo. Miré en derredor buscando con
desespero un escondrijo, y me apresuré a ocultarme debajo de la cama. El olor a
tela podrida y a sudor de enfermo inundó mis fosas nasales al agazaparme bajo
ella, y conteniendo las náuseas me quedé quieto, aguardando con el alma en
vilo, sin atreverme siquiera a respirar.
Los pasos se detuvieron al final del
pasillo. Una eternidad medió hasta que volvieron a resonar. Escuché la puerta
del dormitorio abrirse, y el ruido de los pasos, ahora atronador, acercándose a
mi escondite. Me agazapé aún más, aterrado, cerrando los ojos. Imaginaba a
aquel hombre levantando la cama y me veía a mí mismo debajo, acurrucado en el
suelo, temblando como un polluelo en el nido. La respiración del hombre sonaba
áspera, anhelosa; escuché un suspiro, y luego un sollozo. Articuló varias
frases incoherentes, e incluso golpeó con furia aquí y allá las paredes. No sé
cuánto tiempo permanecí escondido, pero aquel lapso me pareció más largo que
mis pocos años de vida. El corazón palpitaba en mis sienes, tan fuerte que creí
que me delataría. Finalmente, sus pasos volvieron a sonar, dejando la casa y apagándose.
Permanecí aún bajo la cama más de un cuarto
de hora, hasta que me atreví a salir, incorporándome lleno de calambres,
bamboleándome al andar. Salí de la casa a trompicones, medio asfixiado, respirando
el cálido aire del exterior con increíble alivio, como si fuera algo sublime.
Comprobé que el hombre se había marchado, y hallé la pala de la que se había
desprendido. Y entonces mi febril imaginación fantaseó un sinnúmero de explicaciones
para aquel misterio. ¿Quién era aquel hombre? ¿Y qué hacía internándose con una
pala, solo, en el lugar?
Recogí la pala. Era pesada, pero yo era un
muchacho vigoroso y había ayudado con frecuencia a mi tío con el azadón, así
que podía manejarla. Me acerqué al linde del claro por el que creía haber visto
surgir a aquel hombre, y advertí en los matorrales varias ramas quebradas,
señal inequívoca de su paso. El rastro de ramas rotas mostraba el camino que
había seguido... pero, ¿hacia dónde? Y de nuevo, me debatí. La zozobra me hacía
temblar y desbocaba el corazón en mi pecho.
Sin reparar casi en lo que hacía, como si
alguien controlara mis actos y yo tan sólo fuera un espectador de los mismos,
seguí el rastro de ramas quebradas, aturdido; lo hice durante casi medio kilómetro,
subiendo hasta una loma donde crecían varios pinos. Al pie de ellos, bajo su fresca sombra, encontré el
firme de pinocha levantado y la amarillenta tierra revuelta, delatando que allí
habían excavado recientemente. Algunas semanas más tarde, me dije, sería
imposible de advertir. Sería un secreto... Nunca, lo confieso, pese a los escarmientos,
he podido resistirme al desafío de desvelar algo secreto, sobre todo si es sórdido.
Para mí es una tentación irresistible, más allá de mi voluntad.
Bajando del hombro la pala, la así con manos
temblorosas y la hinqué en la tierra. ¿Qué encontraría? ¿Algo que el hombre
deseaba perder de vista? ¿Un cadáver...?, me dije, temblando de macabra excitación.
Debí llevarme dos horas y media cavando
aquel hoyo, más, incluso; la tarea era mucho más fácil ahora, pues la tierra
estaba suelta, pero, aún así, me resultó agotadora. Mientras cavaba, creía ver
entre la tierra formas extrañas, y el sudor bajaba por mi rostro, escociéndome
en los ojos y el cuello. El Sol comenzó a decaer y, cansado, desistí en mi tentativa
de hallar algo allí. Había cavado más de un metro y medio de profundidad en la
tierra, un agujero irregular de apenas dos de mis pasos de ancho, a cuyas
paredes asomaban blancas y húmedas raíces, y no había encontrado nada.
Derrengado, dejé de cavar y tiré la pala fuera del agujero, saliendo del hoyo.
El atardecer comenzaba a arrebolar el cielo. Mientras recuperaba el aliento y
me limpiaba con la manga de mi camisa el sudor de la cara, vi algo en el suelo,
espejeando con los últimos rayos de Sol. Extrañado, me acerqué y lo recogí. Era
un reloj de oro, con unas iniciales marcadas en la base, y parecía funcionar
aún. Lo limpié y vi la hora que señalaba: las ocho y media. Al darme cuenta de
lo tarde que era y pensar en el largo regreso al chalé sentí una punzada de
angustia; si no me daba prisa, tendría que buscar el camino de vuelta en la obscuridad.
Maldije mi estupidez, recordando que mis tíos se inquietarían si no regresaba
antes del anochecer.
Mientras sostenía el reloj un presentimiento
me agarrotó el estómago, dejándome sin aliento. El reloj... era de aquel
hombre.
Un rumor de pasos cerca de mí me heló la
sangre. Me volví, espeluznado, y vi con horror al hombre recogiendo la pala del
suelo, con una atroz mueca de airada locura deformando sus facciones. Traté de
huir, pero un tremendo dolor sacudió mi cabeza y, casi inconsciente, perdí pie,
cayendo pesadamente al hoyo. El pesado filo de la pala me había alcanzado de refilón,
pues de otra forma me hubiera hendido el cráneo. Aquel hombre debió darme por
muerto... confusamente, sentí el tabaleo de vigorosas paladas de tierra sobre
mi espalda. Haciendo un supremo esfuerzo conseguí desenterrar la cabeza, y
cuando buscaba aire con afán y escupía tierra le escuché hablar, con voz ronca
y excitada.
–¡Te lo advertí! Te dije que fueras buen
chico, Samuel...
Mientras escuchaba aquel extraño reproche
traté de incorporarme. Mis manos hundidas en la tierra dieron con algo de tacto
resbaladizo y frío, que cedía a la presión de mis dedos. Era un tejido
plástico, y con horror comprendí al instante que era la bolsa con la que el
hombre había enterrado el cadáver de su víctima, pues aquel hombre no podía ser
más que un asesino; irónicamente, había dejado de cavar justo antes de
descubrirlo. Cuando logré incorporarme sobre mis rodillas, palpándome
temerosamente la herida de la cabeza, vi algo que me libró del aturdimiento...
algo moviéndose bajo la bolsa, agitando la tierra sobre ella. Rasgando
imperiosamente la bolsa negra de plástico, surgió una mano grande, pálida, de
largos dedos y uñas sucias y mordidas. Miré aquella mano sobrecogido de espanto,
contemplando con infinito asco la contorsión obscena de sus dedos como lombrices
abriéndose paso al exterior. Recuerdo aquella mano como si se abriera y cerrara
ahora mismo junto a mí, tratando de tentarme el cuello: aún ahora, cuando descubro
que alguien se muerde las uñas, no puedo evitar estremecerme de repulsión. A
aquella mano se le unió otra, y, aferrándose a las angostas paredes del hoyo,
irguieron a su dueño de aquel encierro. Su cabeza salió aún cubierta por la
bolsa de plástico, y cuando se la retiró furiosamente, farfullando algo que no
pude entender, vi su rostro. Me faltan palabras para describirlo... era el
rostro de un niño con las proporciones de un hombre, manchado de sangre y
tierra, con un gesto absolutamente demencial. Me miró con curiosidad, y sentí
un miedo y una repugnancia tales que retrocedí sin habla, aplastándome contra
la pared del hoyo. Entretanto, la lluvia de tierra seguía cayendo desde arriba,
y la voz del hombre volvió a escucharse entre jadeo y jadeo.
–¡Mira que te lo había dicho...! No salgas
de tu habitación, Samuel; tu madre no te soporta. Decía que eras un castigo de
Dios, y cuánta razón tenía. ¡Nos dejó por tu culpa!
El hombre-niño escuchó con ojos muy abiertos
aquellas palabras, y, profiriendo un rabioso berrido, sacó con una facilidad
pasmosa su desproporcionado cuerpo del hoyo y se abalanzó hacia delante. Al ver
su movimiento me cubrí la cabeza con las manos, contrayéndome para recibir su
acometida. Escuché entonces gritar al hombre y sentí cómo se precipitaba al
hoyo arrastrado por aquel ser, junto a mí.
No vi nada más. Me incorporé de inmediato y
salté fuera del agujero. El hombre gritaba de angustia, y una de sus manos me
agarró desesperadamente por un tobillo. Pateé frenético, aferrándome al borde
del hoyo, hasta que, tras un terrible segundo en el que me debatí con todas mis
fuerzas, conseguí que me soltara y huí presuroso. Sus espeluznantes y agónicos
gritos se fueron apagando mientras corría a ciegas entre los matorrales, golpeándome
con sus ramas, tropezando una y otra vez en mi alocada carrera. No me detuve
hasta que, sin saber muy bien cómo, reconocí el camino que llevaba al chalé de
mis tíos, donde me derrumbé tembloroso y jadeante, con las ropas rasgadas y
lleno de arañazos y magulladuras.
Aquel fue el último verano que pasé con
ellos. Cuando me encontraron demudado y tembloroso llamando desesperadamente a
la puerta se asustaron mucho, y avisaron pronto a un médico mientras trataban
de tranquilizarme y preguntaban qué me había pasado. Yo no pude responderles
entonces, pues tan sólo alcancé a farfullar incoherencias. Poco después llegó
el médico, el cual me revisó la herida de la cabeza y aconsejó que me llevaran
al hospital para coserme la herida y hacerme radiografías. Mis tíos me llevaron
en coche y avisaron a mis padres, los cuales acudieron llenos de nerviosismo.
Poco después, tras haberme hecho las radiografías
y dejarme un tiempo en observación, dejé el hospital sin más secuelas que tres
puntos de sutura y una cicatriz que aún conservo. Después del incidente poco
pude decir a mis padres y tíos para explicarles porqué había corrido de noche
tan precipitadamente, olvidándome de la bicicleta, y cómo me había herido la
cabeza. La única explicación que fui capaz de darles consistió en que me había
caído cuando bajaba por una pendiente con la bicicleta, golpeándome en la
cabeza y perdiendo el sentido, para luego recobrarlo muy entrada la noche,
azorado, y regresar corriendo al chalé. Por suerte les pareció convincente, y
pronto no se habló más del asunto. Quedaban pocos días para empezar el nuevo
curso, así que terminé mi visita y volví a casa con mis padres. Sin duda, mi
madre se asustó tanto que no quiso volver a enviarme con mis tíos, pues como he
dicho fue el último verano que pasé con ellos.
Mas los hechos quedaron grabados a fuego en
mi memoria. Tuve muchas pesadillas en las que aparecía el hombre pidiéndome
ayuda desde el hoyo, o en las que huía perseguido por alguien en la casa ruinosa.
Muchos años más tarde visité el lugar, cuando ya dudaba de mis recuerdos. Mis
tíos habían muerto y sus herederos habían vendido el chalé para repartirse el
dinero de su venta. Los terrenos que rodeaban la finca habían sido devastados
por un incendio, reduciendo a muchos de los árboles a fustes carbonizados. El
aspecto del lugar no podía ser más lúgubre. Intenté orientarme para encontrar
la casa, pero tan sólo hallé tras dar muchos rodeos sus ennegrecidos cimientos,
y tan sólo eso. Antes de marcharme, volví la vista hacia la casa. Una extraña
sensación me acometió con fuerza. Perdí la mirada entre los fustes carbonizados
y la maleza. Sin darme por vencido aún, indagué en el registro del ayuntamiento
de la localidad, buscando alguna referencia a aquella casa. No encontré nada.
Era como si no hubiera existido jamás. Tal vez pudiera haber hecho más
pesquisas para esclarecer el misterio, pero me dije que lo mejor era relegarlo
al olvido.
Sin embargo, por puro azar, dos años
después, cuando buscaba datos en la hemeroteca de mi ciudad para una
investigación, vi una noticia fechada cuatro años después del suceso,
acontecida en dicha localidad, de la cual nunca supe nada. Más o menos, la
noticia describía un extraño y macabro descubrimiento por parte de unos
lugareños, los cuales habían encontrado los restos de un cadáver en un hoyo a
medio cavar. El cadáver no pudo ser identificado, pues estaba irreconocible,
aunque el forense dictaminó que había sido un hombre de unos treinta años,
muerto tras haber sufrido violentos traumatismos. Y lo más curioso era que
había una pala junto a él, como si le hubieran dado muerte mientras cavaba, sin
saberlo, lo que se convirtió en su propia huesa.
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