© 2000 by José María Bravo Lineros. Publicado en Sangre y Acero 3 en 2000.
El
Cráneo Sajado, un tugurio de pendencias, furcias y
vino barato, era uno de los peores sitios de Timish. La ralea de gente que
menudeaba en el local era de la más baja condición: rateros, ladrones,
asesinos, tahúres, estafadores... todos bebiendo y jugando en una peculiar
confraternidad.
Una rugiente batahola y el acre olor de la
muchedumbre, los vómitos y el vino rancios agredían al visitante nada más
traspasar su umbral. Las mesas, sillas y taburetes, ajados y con numerosas
marcas de cuchillo, se repartían azarosamente por el salón; un entrepiso, a
modo de balconaje interior, permitía aislarse del bullicio y disfrutar
cómodamente del espectáculo.
Contemplar a aquella abigarrada multitud ya
era en sí bastante aliciente, aunque, además, desde arriba podían verse las
peleas del foso, donde terminaban las disputas que habían pasado de los
empujones e insultos. En una de las mesas del entrepiso, en un reservado
próximo a la balaustrada, cuatro hombres jugaban entre chanzas y denuestos.
El primero de ellos era bajo, fornido y de
hirsuta barba, y vociferaba continuamente; el segundo asemejaba un hueso roído,
de lo enjuto y pálido, y bebía a grandes sorbos de un pichel de cerveza; el
tercero, tuerto y con la cara retorcida, se atusaba un bigote espeso; por
último, el cuarto, de aspecto extranjero, fumaba en una pipa; de rostro de
trazos vagamente aquilinos y tez tostada, se veía altivo, vigoroso y ágil, y
los demás le tenían cierto respeto, exceptuando al tuerto, que lo miraba
aviesamente.
–Mi brujo asola tu torre, mi dama duerme a
tu dragón y mi rey destierra a tu caballero –después de observar con su único
ojo el gesto del otro jugador, el tuerto desplegó su mano de cartas sobre la
mesa, exultante.
Daramad, el cuarto de los jugadores, torció
el labio superior, dejando los naipes con aire de fastidio.
–Está bien, Nord, tú ganas... por esta vez –dijo
lentamente.
Daramad llevaba un coleto de cuero reforzado
con placas de bronce encima de su camisa de lino, junto a unas calzas de lana y
un par de botas de piel. De su amplio cinturón pendían un sable y una daga
envainadas; al lado, sobre una silla vacía, descansaba su balandrán, de un
verde intenso.
Nord adelantó una mano ansiosamente hacia la
apuesta, mas Daramad le detuvo, desafiante.
–¿Tienes prisa? ¿O es que temes perder lo
que has ganado? –dijo con sorna–. ¿Qué tal si jugamos otra partida al Thasor, pero apostamos fuerte... por
ejemplo, ¿a doble o nada? –los demás hicieron ademán de retirarse del juego,
que no de la mesa, y observaron a Nord con interés; éste se rascaba la
barbilla, dudoso, hasta que la sonrisa burlona de Daramad acabó por decidirle.
–Está bien. ¡Doble o nada! –contestó airado,
asentando sus palabras con un golpe de puño que hizo temblar el poco vino que
restaba en la jarra.
Una camarera, de talle estrecho y caderas
bien perfiladas, apenas cubiertas por su faldellín, les sirvió más bebida. Unos
ojos de un verde marino, profundos y acuosos, huyeron de las lúbricas pupilas
de los cuatro hombres.
–¡Vaya hembra! Lástima que no sea pública –exclamó
Nord, salaz.
–Tu oro no podría comprar su afecto, aunque
lo apilaras a sus pies –se mofó Daramad, mientras barajaba mañosamente los
naipes; Nord bufó, aceptando con un movimiento brusco las cartas.
–¿Acaso el tuyo sí? –replicó, bastante
enojado. Daramad, soltando una breve carcajada, acabó de repartir; estaba
divirtiéndose a costa del enfado de Nord.
–Tranquilo, hombre, era una broma. La
verdad, sí, es preciosa esa camarera, pero recuerdo a otra mujer con unos ojos
verdes como los suyos, o todavía mejores, capaces de embelesar a una piedra.
–¿Una conquista más de amplia lista, eh? –observó
el tipo bajo, con una mueca sardónica.
Daramad se retrepó en su silla, reflexivo,
como recordando. Tomó de la faltriquera una pipa, tallada en hueso de ballena,
cargó su cazoleta con varios pellizcos de nafar
y la prendió con una astilla del brasero que tenía a su lado.
–No, Emros; no fue otra de mis conquistas.
Aunque bien me hubiera gustado... tenía una belleza embriagadora, además de
letal. La conocí hace unos dos años –Daramad expulsó una nube azulada,
mostrando un aire soñador.
–¿Cómo se llamaba?– preguntó el larguirucho,
de nombre Nuil, mientras escanciaba otro pichel, esta vez de vino.
–Gynari. Ese era su nombre– respondió
Daramad, melancólico.
–¿Gynari Ansor, la serpiente? –exclamó
Emros, enarcando mucho las cejas.
–La misma. Como sabéis, murió por esas
fechas.
–Es cierto –confirmó Emros–. Se rumorea que
Gynari, la ladrona más famosa del Pozo, murió en extrañas circunstancias,
después de atreverse a robar en una mansión del barrio alto.
–Yo mismo presencié su fin –dijo Daramad,
como quitándole importancia al hecho.
Los tres rufianes le miraron escépticos:
Emros soltó la botella, Nuil por poco no se atraganta con el vino y Nord dejó
de ordenar su mazo de cartas.
–¿Cómo? –exclamaron todos–. ¡Venga hombre,
no trates de endilgarnos otra de tus absurdas peripecias, y juguemos de una
maldita vez! –añadió Nord, molesto.
Emros y Nuil, bastante más interesados, le
pidieron a Daramad que les refiriera la historia.
–Está bien –accedió, risueño, retirando la
pipa de sus labios al hablar–. Creedme, yo vi la última hazaña de Gynari Ansor –en
este punto, miró desdeñosamente a Nord–. Y no fue un final para su carrera muy
agradable que digamos... pero dejaré que opinéis después de habérosla contado.
Tú abres, Nord –bufando de nuevo, Nord extendió una carta, un fiero dragón
pintado con rojos y amarillos, deslucidos por el constante uso.
«Todo comenzó un día de otoño, poco antes
del amanecer, cuando las campanas del Templo Mayor tañeron el toque de
ejecución. El Sol nacía en el nuboso horizonte, y las puertas de la ciudad se
cerrarían pronto, pero, aún así, la gente se apiñaba bulliciosa en la Plaza
Mayor, que no podía contener a toda la muchedumbre.
En el centro de la plaza, sobre el cadalso
de piedra, antiguo y fúnebre como pocos lugares de esta ciudad, divisé bajo el
cárdeno cielo a las figuras siniestras y tocadas de azul de los Altos Inquisidores, a la silueta maldita
y enmascarada del infame verdugo, con su pesada hacha en ristre, y a un buen
número de guardias, disuadiendo de cualquier tumulto a la multitud.
Agobiado por el peso del gentío, busqué un
sitio desde el cual pudiera dominar mejor la escena. En ese momento hizo su
entrada el reo, aherrojado de pies y manos, por una calle lateral. Los guardias
que lo custodiaban apartaron a golpes a la gente, obligándoles a formar un
angosto pasillo.
Era un hombre viejo, encorvado y mugriento,
con una expresión furibunda en el rostro, amoratado y lleno de cicatrices. La
gente, enardecida, comenzó a injuriarle, escupiendo a su paso. De no ser por la
guardia, lo hubieran linchado allí mismo, sin tantos preparativos.
Subieron al cadalso y el Alto Inquisidor, grave y sereno, se
adelantó, seguido de cerca por sus asistentes. De repente, con un increíble
despliegue de fuerzas, sacadas quizás de la locura y el odio que le consumían,
el anciano se revolvió como un gato, mirando hacia la multitud, como buscando a
alguien en ella.
Al parecer pudo divisarle, pues le gritó sus
terribles maldiciones. Con el gesto torcido, temblando de rabia, vociferó
airado:
«Perro desleal... tu alma me hará compañía
en el Infierno. ¡Maldita sea tu traidora e innoble sangre!»
El viejo mascullaba, babeando, entre
espasmos de incontrolable furia.
Conmovido por la invectiva del reo, el vulgo
callaba; hasta los guardias dudaron en acercársele. Finalmente, acuciados por
las secas órdenes del sacerdote, le prendieron, golpeándole en la cara con el
regatón de una alabarda; a rastras, le llevaron ante el tajo, donde aguardaba
el hacha del verdugo. El sacerdote le condenó a muerte, según entendí, por
hereje y nigromante; con altivez, el inculpado escuchó la sentencia, aguantando
estoicamente el dolor del labio partido.
El verdugo cumplió pronto con su tarea, y
entre los desordenados vítores de la multitud sostuvo por los canos cabellos la
cabeza sangrante del ajusticiado, en cuya cara se mostraba una mueca horrible y
grotesca, acentuada por el rigor de la muerte.
Todo hasta ahora, diréis, corresponde a una
ejecución cualquiera; bien, y así habría sido, de no ser por un detalle: en
medio del acervo de caras de la algarabía, vi a un sujeto que me causó una
curiosa impresión. Había escuchado con pavor las palabras del brujo, muy
afectado por ellas, y tras esperar a que se resolviera la sentencia, huyó de la
plaza, derribando en su atropellada carrera a varios parroquianos.
Una indescriptible intuición me instó a
seguirle cuando desaparecía por una calle; casi le perdí de vista, cuando
escuché gritos en una calleja, a poco de donde me encontraba. Bajo uno de sus
arcos, a la imprecisa claridad de un farol de bronce, le vi batirse contra dos
rufianes andrajosos. La lucha se desarrollaba a unos veinte pasos; decidiéndome
a igualarla, ya desenvainaba, para acercarme a ellos tratando de no delatar mi
presencia.
Sin embargo, por el momento no parecía
necesitarme. Atravesó con su espada corta la cuenca de uno de los asaltantes,
partiéndole el cráneo en dos; el otro tajó su hombro débilmente, sin muchos
resultados. Aquel tipo estaba embrutecido, con las facciones desencajadas y
poseídas por la locura.
Viendo innecesario mi auxilio y temiendo
provocarle otro paroxismo de rabia, aminoré el paso. Ocurrió entonces algo
realmente insólito; posible, después de todo, aunque indudablemente
desfavorable para mi amigo. Cuando alzaba su arma para descargarle un tajo a su
contrincante, resbaló en el barro, cayendo hacia atrás. A merced de su
desconcertado atacante, éste le hundió una daga en el pecho, registrando luego
sus ropas con premura.
Imprecando, corrí hacia él; había encontrado
una bolsa de tela, y al abrirla, se distinguió el fugaz destello carmesí de una
gema, tallada e increíblemente valiosa. El rufián reía alborozado, y al ver
como me aproximaba, se guardó la bolsa con la gema, huyendo después por una de
las calles cercanas.
Acercándome al hombre tendido en el lodo, me
arrodillé frente a él; tembloroso, el agonizante me miró en silencio,
expectorando sangre por la boca. Nada dijo... únicamente veló sus pupilas con
los párpados, falleciendo después con un último estertor.
Más bien joven, vestía como un artesano
común, excepto por una pelliza de piel obscura; sin embargo, lo más interesante
se ceñía a uno de los dedos de su mano izquierda: un anillo de bronce, donde
estaba grabado un signo que reconocí de inmediato. Era el sello del gremio de
los herboristas. Al menos, tenía por donde empezar»
Daramad hizo una pausa para beber de su
jarro; durante su relato, había jugado al Thasor
maquinalmente (o al menos, esa impresión daba). Nuil, que había escuchado a
Daramad con especial interés, le pidió que prosiguiera. Nord gruñía, pidiendo
más atención para la partida. Daramad, aclarándose la garganta, continuó de
esta forma:
«Al día siguiente indagué en la calle de los
herboristas, procurando ser discreto. No me costó mucho averiguar la identidad
del ajusticiado el día anterior: se llamaba Rydaur, y era un modesto herborista
del gremio, que con su tienda La Raíz
Negra se ganaba la vida vendiendo los remedios típicos de su oficio, ya
sabéis, bálsamos, ungüentos, infusiones...
Ninguno de sus compañeros de profesión había
sospechado nunca que era un brujo, por lo que se habían quedado muy turbados
con la noticia. La mayoría presenció el prendimiento de Rydaur, y la posterior
clausura de su tienda. Con mi descripción, identificaron enseguida al tipo que
había perseguido después del ajusticiamiento: Maleknos, el ayudante de Rydaur.
Fue fácil colegir todo lo que había ocurrido:
Maleknos había delatado a su maestro, entregándolo a la tortura de los Altos Inquisidores. Se habría embolsado
una buena suma, aparte del rubí que tan celosamente guardaba en su talega.
Antes de dejar la calle de los herboristas,
reparé en La Raíz Negra, la tienda de
Rydaur. ¿Por qué no le echaba un vistazo?, me dije; al fin y al cabo, los Altos Inquisidores podían haberse dejado
una pista que me ayudara a resolver el misterio.
Volví después de que anocheciera. La calle
estaba muda, umbrosa; la entrada de la tienda me hubiera resultado muy difícil
de forzar, así que probé con la ventana. Uno de los tablones que habían usado
para cegarla estaba suelto; ayudándome de la daga, retiré las maderas y
conseguí abrirla. Introduciéndome por el vano de la ventana, gané el interior,
iluminándolo con una de las teas que traía conmigo.
El recibidor era pequeño, sin apenas
mobiliario; todo estaba muy dejado y polvoriento. En el piso de arriba estaba
la vivienda del herborista, con un par de dormitorios, una mugrosa cocina y un
estudio; como cabía esperar, lo encontré todo revuelto. Elegí el estudio para
comenzar mi inspección; dejé la antorcha en el tedero de la pared y revolví
cada rincón de la estancia, entre los muebles volcados y los papeles dispersos
por el suelo, hasta dar con lo que buscaba. Había notado una ligera oscilación
del suelo de tablas que pisaba; a la luz de la antorcha, comprobé que uno de
los listones de madera estaba suelto. Debajo, en un hueco poco profundo,
encontré un cuenco de cobre grabado y ennegrecido, varios manuscritos
enrollados dentro de una funda de cuero y una caja, de marfil y madera negra.
Desestimé el cuenco, y al poco rato los
pergaminos; la caja me atrajo mucho más, sobre todo porque al abrirla descubrí
que el interior, forrado de terciopelo, tenía una oquedad del tamaño de un puño
de mujer, para albergar a una piedra preciosa. A todo esto, los flejes de la
caja estaban forzados.
Fascinado, me llevé la caja, dejándolo todo
en su sitio. Después de mi visita a la tienda, estaba como al principio,
pensaréis. La verdad es que me desentendí del asunto, hasta que escuché una
serie de rumores relacionados con él. La habladuría de que un rubí enorme, bien
tallado y sin engarzar circulaba por el Pozo llegó a mis oídos tres o cuatro
días más tarde. Se contaban auténticos dislates sobre el rubí; que si era uno
de los Ojos de Nurh, arrancado de la
mismísima cara del dios obscuro; que si estaba maldito, o imbuido de una
terrible magia. Ahora que lo pienso, tampoco eran unos rumores tan disparatados.
El caso es que aquellos chismes me animaron
a buscar el rubí. Maldito o no, valía una fortuna, y la caja que hallé en la
tienda era un lugar magnífico para presentárselo a su futuro comprador. Cinco
días después de frecuentar tugurios y de patearme este maldito e infecto
agujero, di con un informador fiable. El tipo me aseguró que un amigo suyo y su
compinche habían conseguido la gema, tras robársela a su último poseedor.
Oisin, como se llamaba el compinche de su
amigo, apuñaló a éste lleno de codicia para quitarle el estupendo rubí. Había
escuchado de los mismos labios del moribundo la historia, y resolvió
confiármela en trueque por los pocos lises que quedaban en mi bolsa, varios
bocados de pan y una jarra de vino.
«Nada bueno puede venir de esa gema» decía,
supersticioso; sus palabras me impresionaron mucho, y las tuve muy en cuenta.
De no ser por eso, hubiera perecido como los demás»
–¿Cómo encontraste a Oisin? –preguntó Nuil,
aprovechando que Daramad jugaba despreocupadamente una de sus cartas.
«El mismo que me facilitó su nombre, me dijo
asimismo donde se hospedaba. Ya había anochecido cuando llegué a la fonda, y lo
primero que hice fue echar un rápido vistazo a la concurrencia. De las poco más
de doce personas que había, me fijé en un grupo de cuatro hombres sentados
alrededor de una de las barricas que servían de mesa, los cuales miraban a un
quinto hombre al fondo de la posada, junto a la escalera del segundo piso.
Aquél hombre era menudo, con el pelo largo y
enmarañado, y las ropas grises manchadas de sudor; una espada envainada caía
sobre su muslo izquierdo. Estaba nervioso, recelando del grupo de hombres que
tenía enfrente. No era difícil prever lo que sucedería.
Pedí una cerveza y aguardé en la barra, a
poca distancia de ellos. Apenas pude mojar el gaznate un par de veces, pues se
enzarzaron al poco rato. Los cuatro hombres se levantaron a la vez, sacando sus
armas y avanzando hacia el hombre que tanto habían contemplado. Ya no me
quedaban dudas acerca de su identidad: era Oisin.
Oisin maldijo lleno de cólera y derribó la
barrica sobre ellos, sacando a su vez la espada. Los atacantes se dividieron,
rodeando el tonel; por mi lado venían dos, uno más adelantado que el otro, con
maza y espadín. Abalanzándome sobre el de la maza, le atravesé el cuello de
parte a parte con mi hoja. Retiré el arma y tuve que trabarme con el del
espadín, que se había recuperado pronto de la sorpresa.
Oisin se batía entre chillidos, dando
furiosos y poco certeros tajos a su contrincante, armado con un hacha de corto
astil. Por mi parte, tenía a mi oponente aguijoneando con su espadín mejor de
lo que habría querido, dispuesto a espetarme a la menor distracción que
tuviera.
Y con todo, acabé distrayéndome, aunque no
fue para menos. El que hacheaba a Oisin, a punto de abrirle el cráneo, cayó
atravesado por un cuadrillo de ballesta. Lleno de asombro, retrocedí,
volviéndome hacia donde había surgido el ballestazo.
Esa fue la primera vez que vi a Gynari...
había estado sentada anodinamente en un rincón, cubierta con un grueso ropón de
lana, sucio y raído. Era alta, cimbreña, con una melena de pálido rubio larga y
lisa hasta los hombros. Sus facciones eran agraciadas, con unos labios
sensuales y una tez ligeramente sonrojada; pero lo que cautivó mi espíritu
fueron sus ojos, como dos lagos del más exquisito jade.
Tan ensimismado me tuvo, que casi me ensarta
mi adversario. Logró pincharme en una mejilla, aunque sólo fue un rasguño.
Cuando sentí el deslizar de la sangre por mi cara, me dejé de tantas
contemplaciones. De un par de tajos le hice retroceder, mientras veía
exasperado como Oisin escapaba escaleras arriba aprovechando la confusión,
seguido de cerca por el otro hombre y Gynari. Harto de mi cargante rival, finté
hacia su rostro, y cuando levantaba el brazo armado para protegerse, le hundí
mi blanca entre las costillas.
Le dejé agonizar a su gusto, subiendo las
escaleras lo más rápido que pude. En el piso superior encontré la ventana
abierta, que daba a un tejadillo de una casa adyacente a la posada. Habían
huido por allí; raudo, de un salto llegué al tejado, ascendiendo después hasta
el alero de otro edificio.
Pese a que el cielo estaba muy encapotado y
no había prácticamente luz, columbré a tres figuras corriendo temerariamente
por lo alto, la una tras la otra. Tratando de no resbalar, corrí presuroso tras
ellas. Gynari iba detrás, cerrando la absurda comitiva. Me acercaba a ella,
cuando la persecución perdió su sentido; Oisin, al saltar fallidamente desde un
alero, había quedado en precario equilibrio sobre él, debatiéndose con todas
sus energías para evitar la inminente caída. Su perseguidor llegó al borde del
otro tejado sin problemas, y después de aprovechar su desesperada situación
para robarle el rubí, le propinó una patada. Oisin cayó, entre tanto su asesino
huía a toda prisa. Gynari amartillaba la ballesta, pero no pudo hacerlo a
tiempo para dispararle. Al escuchar mis pasos, tornó su ballesta, apuntándome
con ella. Me contempló atentamente durante un rato que juzgué delicioso;
descargando el arma, descendió ágilmente por uno de los canalones, sin darme la
espalda.
Con suma cautela y resignadamente, bajé del
tejado, regresando luego a la fonda. El posadero estaba muy ofendido, por
supuesto, pero conseguí aplacarle pagándole parte de los estropicios con el
dinero de los ladrones muertos. Me ayudó a identificar al nuevo poseedor de la
dichosa gema, que respondía al nombre de Credn. En esos momentos, el asunto era
ya una cuestión personal.
Fui tras Credn por todo Timish,
infructuosamente; o estaba muerto, o ya no estaba intramuros, aunque –de una
extraña forma– tenía la certeza de que el rubí se encontraba aún en la ciudad.
Y no me equivocaba. Lo habían vendido a un perista del Pozo; de ahí, lo
revendieron a una orfebrería de los barrios altos, donde fue comprada por un
noble. Me costó bastante inquirir cuál, mas con un buen soborno y mejor vino
todavía, se lo saqué a uno de los empleados del orfebre.
Me guardaré mucho de deciros a qué casa
noble pertenecía el comprador; baste decir que era importante y estaba bajo los
auspicios del tirano. Así fue como, después de las sangrientas rebatiñas en las
que había estado envuelta, la gema acabó en la mansión de un poderoso noble.
Diréis que por aquel entonces ya estaba fuera de mi alcance, pero os
equivocáis. Un extraño anhelo, aliado al ansia de esclarecer el misterio, me
conminó a intentar el robo del rubí»
Nord frunció el ceño, dejando los naipes.
–¡Vamos, Daramad! ¿No esperarás que nos
traguemos eso, verdad? –dijo muy enfadado.
–Créelo o no, si te place –contestó Unar
gravemente, al ver como dudaba de su historia.
–Continúa, yo te creo –le animó Nuil.
Dedicándole un gesto de agradecimiento,
Daramad apuró su jarro, volviendo nada más llenarlo con el relato.
«Esta es la parte final de mi historia.
Planeé bien el robo, y hube para ello de cortejar a las criadas, sonsacarle
información útil a los criados y examinar bien los alrededores de la mansión.
Cuatro días después, preparé la incursión no queriendo demorarla más. Intuía
que era entonces, o nunca.
Eligiendo un lienzo del muro, me encaramé
con ayuda de mis guantes de escalada, llegando sin demasiados problemas al
patio. Era extenso, pedregoso y con un aire melancólico bajo el pálido fulgor
que ofrecía la Luna. En su centro, frente a la casa principal, había una fuente
de alabastro, con varias esculturas de mármol flanqueándola. Cerca de la casa
se erguían varios pinos altos y rectos, cobijándola a su sombra durante el día.
Furtivo, atravesé el patio, observando la mansión: de su planta se elevaban
tres pisos, dos de ellos con ladeados techos de pizarra, de excelente
artesonado, y un tercero, coronando la estructura del edificio, como una torre
cuadrangular cuyo altivo capitel era rematado a su vez por una aguja. Hasta el
segundo piso no habría más de ocho pasos de altura; sacando el arpeo, lo até al
cabo de mi cuerda, lanzándolo luego contra un alero. Con un sordo golpear, los
almohadillados garfios quedaron firmemente sujetos, y sin vacilar, trepé hasta
el tejado. Regresando cuerda y arpeo al morral, examiné la torre del tercer
piso, agachado por miedo a que me avistaran los guardias. Desde arriba no podía
entrever a ninguno de ellos patrullando la extensión del patio. Aquello no era
normal, y no tardé en comprobar cuanta razón llevaba.
Con un resplandor metálico, un pitón reflejó
la claridad de la noche, clavado en la mampostería de la torre. Descubrí
también pequeñas muescas en la pared, realizadas sin duda al afianzar más
pitones. Retrocediendo hasta el borde del tejado, confirmé mis sospechas. La
ventana de ese lado de la torre estaba ligeramente abierta.
Alguien se me había adelantado. Decidí darle
una sorpresa; de modo que, aprovechando el pitón olvidado en el resquicio de la
pared y empleando mis cuchillos de la misma forma, escalé sigilosamente hasta
el alféizar, abriendo con suavidad las contraventanas.
Pasé al interior de la habitación, sacando
la daga y atisbando en la penumbra. Los suntuosos muebles se agazapaban entre
las sombras, proyectadas por un candil de oro encendido sobre una mesa, al lado
de un escritorio. Y en él, rebuscando entre los forzados cajones, vi una figura
envuelta en un tabardo de lana azul. La reconocí de inmediato... era Gynari.
Había encontrado lo que buscaba cuando notó
mi presencia. Irguiéndose, todavía de espaldas, se llevó la diestra al
cinturón, aferrando con su otra mano su hallazgo. Dándose la vuelta, me encaró
con su mirada verde y penetrante, mientras un rictus de desprecio deformaba sus
rasgos.
–Tú... ¿también la quieres, verdad? –susurró,
con una voz cargada de contenida ira–. ¡Ni lo pienses siquiera! –me amenazó,
crispando la mano con la que sostenía una arqueta, algo más grande que mi puño;
indudablemente, dentro se guardaba el rubí.
–Gynari, tranquilízate –dije conciliador–.
Escucha, ese rubí está maldito, será tu perdición. ¿No crees que ha muerto ya
demasiada gente por él? –traté de acercarme a ella, calculando bien cada
movimiento.
–¡Quieto! Ni un paso más. ¿Por qué habría de
creerte, so imbécil? Acércate, y te traspasaré con esto –desenfundó un puñal,
con una hoja bien afilada.
Indeciso, esperé a que flaqueara su ánimo...
no debí esperar lo suficiente, pues Gynari, como un resorte, me lanzó el puñal
con una precisión endemoniada. Hurté la cabeza por un palmo, y el arma pasó
silbando hasta clavarse en el marco de la ventana.
Gynari maldijo mi suerte, saliendo
precipitadamente por la otra ventana; agarrándose al dintel, con una hábil
contorsión llegó al tejado de la torre. Sin permitirme un respiro, la seguí
hasta lo alto. El capitel tenía las vertientes muy inclinadas y peligrosamente
resbaladizas por el rocío nocturno. Gynari se afanaba en asegurar una cuerda a
la base de la aguja, preparando su fuga, que supongo realizaría lanzando el
garfio atado a la soga, para luego deslizarse a lo largo de ella con ayuda de
una correa.
Al verme llegar, dejó el cofrecillo sobre
las tejas y me hizo frente con una daga. Tuve que desenvainar y contender con
ella; era hábil, pues me mantuvo a distancia con su corta hoja, aunque diré en
mi favor que tenía la ventaja de estar en posición más elevada; además, confieso
que no quería herirla. Por esta razón desperdicié varias ocasiones para estocar
a sus piernas; sin embargo, conseguí desconcertarla. Tuvo que retroceder,
tropezando al hacerlo con el cofrecillo, que comenzó a rodar por la pendiente
del tejado; Gynari, ahogando un gemido de angustia, se abalanzó tras él.
Creyendo que podría reducirla, agarré su
brazo izquierdo; ella se volvió enfurecida, zafándose de mi presa y asestándome
una puñalada en el hombro, siguiendo después tras el joyero, que rebotaba cerca
del borde. Lo peor de la puñalada lo desvió mi coleto, pero, aún así, no podía
mover bien el brazo, que por fortuna no fue el del arma. Cuando conseguí
recuperarme, fui tras Gynari, encontrándola arrodillada en el alero,
sosteniéndose en su borde con la mano izquierda, en tanto agarraba
desesperadamente con su otra mano la arqueta, que apenas sostenía entre sus
dedos.
«Mío... eres mío» dijo con una voz nacida de
la locura, a la vez que trataba de afianzarse en el tejado. Mas no pudo... pues
aquí se acaba su historia. Por un desgraciado accidente, o por otro infortunio
más que el rubí desataba sobre su portador, una de las tejas con las que Gynari
sostenía su peso se desprendió... nada puede hacer para evitar su muerte.
Cayó desde una buena altura, aún aferrando
el maldito joyero. Chocó brutalmente contra el patio, partiéndose los huesos
con un horroroso crujido. El grito que precedió a su muerte todavía resuena en
mi memoria, y me cuesta creer que alguna vez podré olvidarlo.
Incorporándome, bajé con ayuda de mi cuerda
hasta el patio, a punto de caerme en el apresurado descenso. Los habitantes de
la mansión se habían alertado ya de forma segura, aunque ningún guardia me
estaba esperando; supongo que Gynari se ocupó de ellos previamente, quizás
ofreciéndoles licor con algún sedante disuelto... lo ignoro. De haber estado
alerta, no estaría aquí ahora.
El cuerpo maltrecho de Gynari Ansor estaba
tendido en el patio, manchándolo con el rojo carmesí de su sangre. La arqueta
estaba rota, tirada junto a ella; un fulgor rojizo delató al rubí, tan rojo
como la sangre de sus desventurados poseedores. Sin atreverme a mirarlo tan
sólo, saqué la caja de marfil del hechicero, colocándolo en su interior.
Encajaba perfectamente en el hueco de terciopelo; cerrando la caja, me fui a
toda prisa. Nunca supe que pensaron los dueños de la mansión de todo lo
ocurrido. Aquí acaba mi historia. Una historia algo triste, por cierto»
–Un momento –dijo Emros–. ¿Y qué hiciste con
el rubí?
«Ah, claro. Bueno, como no sabía que hacer
con él, lo tiré al río Yrish junto a la caja. El Yrish llega hasta el mar, de
modo que ahora, como mucho, encandilará a los peces con su resplandor»
Al ver la cara de Emros, Daramad frunció el
ceño.
–¿Y bien, qué querías que hiciera? Venga, a
ver si a ti se te hubiera ocurrido algo mejor, listo –Emros calló, algo
contrariado, mientras Daramad sonreía satisfecho.
–Mi torre encierra a tu demonio, mi rey hace
colgar a tu brujo y mi encapuchado estrangula a tu dama –Daramad reía
alegremente, disponiendo las cartas encima de las de Nord, el cual,
estupefacto, le vio hacerse con el oro de la apuesta.
–¿Qué, Nord, hace otra partida? –le espetó
irónico Daramad, contando las monedas lentamente y guardándoselas en la bolsa.
Sin decir una palabra, Nord se levantó
bruscamente, hecho una furia, marchándose luego de la mesa mientras los tres
hombres reían a carcajadas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.