© 2001 by José María Bravo Lineros.
Marta era alta, delgada y pálida como un
hueso asomando de las arenas de un desierto. Tenía una belleza melancólica, tenue, de ángel alicaído. Aunque yo tenía entonces tan sólo
trece años, desde el primer momento supe que la amaba: no he querido nunca como
la he querido a ella, ni jamás lo haré.
Habíamos quedado en una plazuela cercana a
nuestro colegio, apenas un conjunto de bancos de piedra que rodeaban una farola
señera y herrumbrosa. Marta me estaba esperando sentada en uno de los bancos,
junto a su hermano pequeño. Al verme se alisó la falda, se levantó y tomó de la
mano al niño.
El barrio de Marta estaba casi en el
extrarradio de la ciudad, tras la cárcel que ya no era cárcel. De camino a su
calle franqueamos casas decrépitas manchadas de verdín, tabernas con resabio a
cerveza rancia y solares atestados de escombros, ventanas abiertas a la
desolación: eriales salpicados de retamas, lagunillas erizadas de espadaña,
chabolas de lata, montones de basura y, siempre, siempre en la lejanía, altas
chimeneas industriales exhalando su aliento bronco y obscuro.
Diez minutos después llegamos hasta su casa.
Tenía dos pisos, paredes amarillentas y deslucidas, un pequeño patio de baldosas
ocres. Entramos en el zaguán. Un escalofrío me tentó la nuca al sumergirme en
la penumbra fría e insidiosa que reinaba dentro de la casa; un olor acre y
dulzón, a vejez, me asaltó el olfato. Seguí a Marta por un largo pasillo. Vi
una cocina en la que parpadeaba un fluorescente, una habitación cerrada y un
cuarto de estar con muebles de tapicería roja; en él, sentada en un sillón de
orejas frente a la televisión encendida, estaba la madre de Marta. Era flaca,
huesuda, sin color en el rostro; toda ella sugería desvaimiento, prematura
marchitez. Aventuré un tímido hola y subí tras Marta por unas escaleras al
fondo del pasillo.
Llegamos hasta una habitación polvorienta
con un sofá y una mesa grande donde nos acomodamos. Marta dejó a su hermanillo
en el suelo con algunos de sus juguetes, para poder vigilarlo, y casi sin más
preámbulo comenzamos a trabajar.
Aunque Marta era un año mayor que yo,
estábamos en el mismo curso. Teníamos que hacer un trabajo en grupos de cuatro
para antes de las vacaciones de Navidad; nuestro grupo se quedó cojo desde el
principio por los azares del reparto, y después de que Eduardo enfermase tan
sólo quedamos nosotros dos. Hasta entonces, Marta siempre había alegado
cualquier excusa para no quedar en su casa, principalmente que su padre –que
era transportista– dormía con frecuencia por las tardes y podíamos molestarlo,
pero al parecer su padre estaría ausente una temporada. Yo había visto al padre
de Marta un mes atrás, un día de lluvia, mientras esperaba a que me recogieran.
Era alto, moreno y de aspecto desagradable; recuerdo que me pregunté cómo podía
tener un hombre así una hija tan encantadora.
Lo único que nos quedaba por hacer del
trabajo era seleccionar, recortar y pegar las fotos que lo ilustraban, y para
ello me había traído un buen fajo de revistas junto a las tijeras y el
pegamento. Mientras nos afanábamos recortando las fotos, el hermanillo de Marta
se entretenía con los pedazos de papel que desechábamos, relegados sus muñecos
de trapo.
Unas dos horas más tarde habíamos terminado.
Durante aquellas dos horas, Marta y yo apenas llegamos a intercambiar una
docena de palabras. Me había fijado en que miraba, de hito en hito, hacia la
escalera, como si temiese algo, aunque no podía imaginarme el qué.
Aún quedaba mucha tarde por delante, así que
después de ordenar un poco los papeles me acerqué hasta el hermanillo de Marta
y me entretuve en hacerle pajaritos y ranas de papel, de los que hacíamos en
clase a escondidas de los profesores y guardábamos entre las páginas de los
libros. El niño gorjeaba, encantado, con sus ojillos brillantes de alborozo.
Marta me observaba en silencio desde la
mesa. Me volví para mirarla y sorprendí en su rostro una inusitada sonrisa,
extraña a sus labios, un oasis de inédita blancura que imbuía su rostro una
arrebatadora hermosura. Cruzamos nuestras miradas por un instante, pero luego
bajó la vista y su sonrisa se deshizo como si la hubiese fabulado.
Justo entonces se oyeron unos pasos leves
que subían lentamente la escalera. Poco después la madre de Marta entraba en la
habitación, vestida para salir a la calle, el bolso apretado entre sus manos flacas.
Nos contempló un rato sin decir nada y murmuró después algo de la misa de las
siete. Marta asintió, seria, y no dejó de mirar hacia la escalera hasta que su madre
y el ruido de sus pasos se alejaron.
Sintiéndome ridículo como estaba, tirado en
el suelo, me levanté y volví a la mesa. El niño me miró desconcertado y comenzó
a llorar. Marta se levantó, lo tomó en sus brazos y se lo llevó a otra
habitación para que durmiera un poco. La contemplé mientras mecía al niño en
sus brazos y tarareaba las viejas rimas de una canción de cuna. Lo dejó en la
camita, lo arropó con celo y regresó conmigo a la habitación. Me ayudó a
recoger mis cosas; ya era hora de irme. Sin alzar la vista, me dio las gracias
por jugar con su hermanillo.
Aún bailaba en mis retinas la blancura de su
sonrisa cuando la atraje hacia mí. La besé con torpeza, guiado por un impulso
irresistible. Ella se retiró, sorprendida, bajando los ojos. Le acaricié las
mejillas, aquella piel suave, blanca y cálida tal y como había soñado, y la acerqué
de nuevo hacia mí para besarla. Esta vez no se retiró: se dejó besar, respondió
tímidamente con sus propios besos a lo míos.
Nos besamos con lentitud, sin las prisas de
los besos futuros o la sordidez de los besos que serían después tan sólo el
preámbulo del coito, extasiados por el gozo de besar, atrapados por su mística
extraña y deliciosa. Ya en el sofá prolongamos nuestros besos y caricias, besé
su cabello negro y liso, su cuello fresco y fragante, y me atreví después de un
tiempo largo y breve a acariciarle el pecho a través de la camisa de franela.
Sentí la rigidez del sujetador que encarcelaba sus senos de niña-mujer y los
liberé desabotonándole la camisa con avidez. Besé sus pezones suaves y
desvalidos en el colmo del éxtasis. Marta intentó protestar, se agitó incómoda:
acabó reclinando la cabeza hacia atrás, sobrepujada por el tumulto de
sensaciones que batallaban en su interior. La asedié con mis besos, exaltado
por una pasión primeriza, deslavazada, intensa, calor de llama contra la carne.
Con el latido de mi corazón batiendo mis
sienes me acerqué a ella, acaricié sus piernas largas y blancas, retiré su
falda plisada y su ropa interior de niña. Ella se dejó hacer, inquieta, sin
abrir los ojos. Contemplé el anhelo del hombre desde que intenta ser hombre,
quizás porque añora el acogedor y obscuro seno del que provino: un tesoro de
carne húmeda e intrigante anatomía, laberinto de secretos y misterio. Observé
fascinado los labios de su vulva, acaricié su obscuro, rizoso vello púbico.
Marta estaba rígida, tensa; su respiración era breve y cadenciosa. Mis dedos
vacilaron antes de explorar su sexo, se sumergieron en una grata calidez. Ella
gimió despacio y volvió a agitarse. Retiré los dedos y me acerqué a sus muslos:
el olor me produjo un escalofrío breve y agudo, despertó extrañas sensaciones,
atavismos anclados en lo más hondo de mi cerebro. Solté el aire entre los
dientes con un silbido y me acerqué aún más.
Los pasos en la escalera quebraron el
silencio, detuvieron mi corazón. Un gesto de horror desfiguró las facciones de
Marta. Me retiré de ella con torpeza, agarrotado. Cada paso, cada crujido,
resonaba en mis oídos, truenos en el silencio. Mi corazón volvió a latir con
fuerza, redobló en mi pecho. Un hombre se personó en la estancia, quedó
paralizado al contemplar la escena. Su sombra reptó hacia mí y lamió mis pies;
sus pupilas se redujeron a hondas puntadas de negrura. Marta chilló. Me quedé
de pie, aturdido, viendo cómo el padre de Marta –no podía ser él… ¡no podía
serlo!– se abalanzaba sobre nosotros. De su garganta brotó un gruñido. Unas
manos enormes y muy frías me anudaron el cuello. Boqueé, traté de gritar, me
resistí furioso con manos y pies, sacudido por oleadas de furia, miedo y
desesperación. Arañé aquellas manos, intenté morderlas. Inútil. Un chirrido
agudo resonó en mis oídos. El mundo giró a mi alrededor y se difuminó. Sentí
cómo mi cuello cedía ante aquellos dedos inexorables. El hermano de Marta había
roto a llorar. Su lamento, un rumor de océano a través de una caracola, me
llegaba lejano, cada vez más lejano…
De pronto sentí cómo la presión cedía y pude
respirar de nuevo. Caí de espaldas y me arrastré como un moribundo. El padre de
Marta forcejeaba con ella, gritaba palabras extrañas, distorsionadas por la
rabia:
Eres mía. Sólo mía.
Marta se resistía entre los brazos de su
padre, estremecida por el asco, zarandeada brutalmente por aquellas manazas.
Me lancé a ciegas sobre su costado, le
embestí con todas mis fuerzas y logré desequilibrarle. Cayó, arrastrándome en
su caída; derribamos la mesa y rodamos por el suelo en una estruendosa
confusión de revistas, cartulinas y lápices. El hombre se recuperó enseguida y
balanceó su puño derecho. Giré la cabeza y un calor intenso me abrasó la oreja
izquierda. Aullé de dolor. Dos golpes más me alcanzaron en la espalda. Pateé,
di puñetazos débiles y desesperados. Sentía algo pegajoso, como melaza
caliente, resbalando por mi sien.
El grito agudo de Marta ensordeció mis
oídos. Se interpuso entre nosotros y trató de detener a su padre. Éste se
volvió hacia ella, furioso, y le cruzó la cara de un bofetón, derribándola como
muerta. Una niebla roja veló mi vista; mis dedos hallaron algo frío. Algo metálico.
Sentí cómo mi golpe perforaba su camisa de
paño, cómo arañaba una de sus costillas y se hundía en la carne. El padre de
Marta retrocedió, ahogó un jadeo. Parpadeó, confundido, se tanteó la herida y
vio las tijeras hundidas en el costado derecho. Boqueó un estertor ronco y se
derrumbó contra el suelo. Su cuerpo se estremeció entre convulsiones, sus uñas
hirieron la madera del piso; luego quedó quieto, muerto.
Marta se levantó. Un hilo de sangre brotaba
de sus labios. El niño seguía llorando aún, sin consuelo. Observó a su padre
con ojos turbios, desvió la mirada y corrió hacia el cuarto del niño. Lo trajo
hasta el sofá y lo acunó entre sus brazos.
Mi niño. No llores, mi vida.
Su voz rota musitó de nuevo una nana. La comprensión
de aquel pecado aún sin nombre aniquiló los vestigios de mi inocencia para
siempre, me revolvió las entrañas con un asco denso y helado.
Me tuve de rodillas, sin fuerzas, y cerré
los ojos. Cuando volví a abrirlos, ignoro cuánto tiempo después, la madre de
Marta estaba en el umbral de la habitación, quieta y muda ante el cuerpo de su
marido.
La policía llegó treinta minutos después.
Estábamos lejos para entonces. Cuando me alejaba de la casa junto a Marta y el
niño, el recuerdo de su madre me acosó en silencio. Aún la recuerdo en lo alto
de la escalera: las tijeras aferradas entre sus manos, la arcilla yerta de su
rostro ajada por un secreto que había roído durante años su conciencia; aún
recuerdo su mirada vacía de esperanza y me estremezco.
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