En AnteBiblioteca.
Escrito primerizo, asentado sobre el hecho
que toda luz arroja sombras en nuestra personalidad, y viceversa.
Un día cualquiera, después del colegio,
Carlos se tumbó (o mejor, se desplomó) sobre su mullida cama, dejando a un lado
su gastada mochila.
La habitación del muchacho, no demasiado
grande, se situaba en la parte más soleada de toda la casa. Enfrente a la cama
donde reposaba había una larga mesa, y sobre ella, numerosos estantes donde se
agolpaban los juguetes y aparecía algún que otro libro, polvoriento y olvidado
por su dueño. Junto a la mesa, en el ángulo de la pared contigua, se encontraba
un armario, grande y de tonos claros. El resto del mobiliario y la decoración,
normales para un chaval de su edad, sugerían unos padres capaces y resueltos a
satisfacer sus caprichos.
Mas Carlos no era, ni mucho menos, un niño
feliz. Sus padres (que trabajaban ambos) puede que no repararan gastos con él,
pero le dejaban mucho tiempo solo.
Demasiado. El propio carácter de Carlos
parecía predisponerle a la soledad, o por lo menos hacerle más fácil el
acostumbrarse a ella.
En clase procuraba siempre no llamar la
atención. No era mal estudiante (ni bueno tampoco) y ningún profesor se quejaba
nunca de su actitud. Le describían como a un niño serio, callado y obediente.
Sus compañeros se burlaban a menudo de él, principalmente por su baja y gruesa
figura, aunque Carlos había aprendido a soportar sus escarnios con una
paciencia digna de elogio. Al final acababan por cansarse y dejarle tranquilo.
Las burlas, sin embargo, aumentaban
considerablemente durante las horas de gimnasia. Carlos las odiaba con toda su
alma. Torpe y desmañado, atraía ineludiblemente la atención de todos sus
compañeros, y de forma continua era objeto de sus risas. Además, cuando le
tocaba realizar un ejercicio delante de la clase (lo cual, para su desgracia,
sucedía con una frecuencia sospechosa) a su poca habilidad añadíanse los
nervios. Tensa como la cuerda de un arco, como un cazador acechante de la
presa, la clase aguardaba expectante a que fallara de algún modo (cayéndose,
resbalando, tropezando...) a que hiciera, en fin, el más espantoso ridículo.
Y pocas veces les defraudaba. Esa misma
mañana había sido una de las peores ocasiones que recordaba (y recordaba
muchas). En una de aquellas malditas pruebas, acabó dándose un fuerte batacazo
contra la lona y torciéndose el tobillo. Las risas le amenizaron el dolor, que
mordía rabioso la parte final de su pierna.
El profesor corrió a auxiliarle, y esta vez,
Carlos no fue tan sumiso. De forma brusca, rehusó su intento de examinarle el
tobillo. Al final, lo hizo igualmente, y le reprendió con dureza, asegurándole
que su tutora sabría del incidente. El resto de las clases se eternizaron para
el alicaído Carlos, aislado del resto de la realidad.
Renqueante, regresó a casa. Su madre no
estaba: había dejado una nota en el frigorífico y el almuerzo, listo para ser
recalentado. Durante el almuerzo, al menos, estaba acompañado de su madre. Era
cariñosa y le quería mucho, aunque no tuviera tiempo para estar con él.
Arrancando la nota con claro gesto de
disgusto, sin leerla apenas, almorzó poco y con desagrado: odiaba comer comida
recalentada. Atravesó poco después el salón, notando cierta mejoría en el
tobillo, que al final únicamente estaba algo magullado, y entró en su cuarto,
donde le dejáramos antes.
Carlos emitió un largo suspiro. En sus
mejillas, prueba vergonzosa e inequívoca de la humillación sufrida, sentía el
húmedo deslizar de las lágrimas. Cuando éstas se secaron, sintiéndose incómodo
con la ropa de calle, decidió cambiarse.
Estaría mucho más cómodo en pijama, y total,
no pensaba salir el resto del día...
Abriendo el armario, colgó su ropa de la
percha y comenzó a enfundarse en el pijama. Mientras se ponía la parte superior
del mismo, reparó en la luna del espejo colocada en la cara interna de una de
las hojas del armario. El reflejo de su cuerpo, vestido con los pantalones
amplios de tela y la camiseta interior, se le antojo odioso. No era feo, desde
luego, ni estaba realmente tan gordo, mas Carlos no soportaba la visión de su
figura inmadura y carente de firmeza.
No le gustaba gran cosa mirarse en los
espejos, y hasta podría decirse que sentía auténtica aversión a hacerlo.
Especialmente en esos malditos grandes almacenes, llenos de espejos por todos
lados, donde su madre le llevaba casi a rastras para comprarle ropa.
Infantilmente, alzó la mano derecha. Su
reflejo hizo otro tanto, por supuesto.
Cerrando con fuerza el puño, Carlos contuvo
las ganas de hacer añicos el espejo, de descargar en el golpe toda su ira
contenida, alimentada por incontables vejaciones.
"Te odio" dijo furioso, dibujándose
al decirlo las venas de su cuello. "Estoy harto de ti" volvió a
decir. El espejo, mudo testigo de su estúpida actitud, parecía burlarse.
Apoyándose en él con las palmas de las manos, agachó la cabeza y, de nuevo,
sucumbió al llanto.
Mas lo interrumpió muy pronto... un ligero,
indefinible y estremecedor cosquilleó jugueteó con las terminaciones nerviosas
de sus dedos, extendidos sobre la lisa superficie del espejo.
Carlos levantó su llorosa mirada,
retrocediendo unos pasos. La impronta blanquecina de sus palmas permaneció en
el cristal un instante más, para luego desaparecer. Enervado, Carlos observó el
espejo. ¿Qué habría sido eso?
Nervioso, sus sentidos advirtieron algo
verdaderamente inquietante... algo diferente en la imagen que ofrecía ahora el
espejo.
El parcial reflejo de su habitación, incluso
el suyo propio, participaban de un aterrador y singular matiz, el cual no se
atrevía a definir. Reuniendo todo el valor del que fue capaz, se acercó
lentamente al espejo. Frente a él, Carlos realizó ademanes suaves y pausados;
el reflejo los imitaba... aunque con una casi imperceptible descoordinación. O
realizaba el movimiento unas décimas de segundo antes, o después. ¿Cómo era
posible? ¿Estaría volviéndose loco? Una gota de sudor resbaló por su cara,
enrojecida todavía por la humedad de las lágrimas. Tembloroso, prácticamente
paralizado por una mezcla incrédula de espanto y asombro, reaccionó de súbito,
agitando vehementemente los brazos. Y ocurrió justo lo que más temía: cansado
de seguir sus absurdos manoteos, su reflejo quedó quieto. Además, el
inexplicable matiz que estremecía a Carlos acabó por definirse: las trazas del
reflejo, empero a conservar idéntica forma, disponían de una mirada más
resuelta y penetrante, cierta pose de arrogancia y, en suma, un talante más
seguro de sí mismo.
La magnética y acerada fuerza de las pupilas
de la imagen eran irresistible imán a las de Carlos. Era su gemelo obscuro...
se preguntaba si no sería su torpe él su torpe y desmañado reflejo, y no al
contrario.
Y su reflejo, de improviso, le habló, con un
rictus pretencioso en sus labios.
"Hola, Carlos. ¿Sorprendente, verdad?
Puedo hablar."
Carlos callaba... no podía afirmar si
realmente había oído esas palabras o si habían surgido de un remoto rincón de
su mente. Pálido, miró muy asustado hacia el espejo, evitando mirar
directamente a aquellos ojos.
"Me llamo Solrac. Nunca has sospechado
mi existencia, aunque no por ello he dejado de existir. Sabes... no tienes
porqué odiarme. Al fin y al cabo, tú eres la razón por la que soy."
Reaccionando al fin, Carlos contestó con voz
entrecortada:
"No puede ser... tú... eres producto de
mi imaginación."
"No, Carlos. Existo al Otro Lado del espejo; bueno, existimos,
en una realidad simétrica a la vuestra. Hemos de imitaros, porque esa es la ley...
que no puede ser desafiada, salvo en contadas y excepcionales ocasiones. Y
ésta... es una de ellas. Cada espejo es una puerta a nuestra realidad, de
imposible apertura salvo bajo una rara combinación de momento y lugar."
Estupefacto, Carlos trataba de asimilar lo
que Solrac decía. ¿Estaría soñando, en medio de una extraña pesadilla?
Interrumpiendo sus reflexiones, Solrac habló de nuevo:
"Escucha, Carlos. ¿No estás harto de
que se rían de ti? Admítelo."
"Yo... sí, un poco" balbució
Carlos.
"¿Un poco? ¿Esta mañana, también sólo
un poco?" le espetó Solrac.
Apretando los dientes, mirándole con furia,
Carlos levantó la voz:
"¡No! ¡Estoy harto! No quiero que se
rían de mí... nunca. ¡Nunca más!"
"Bien, así me gusta" siseó Solrac,
complacido. "Escucha: dame un día de tu existencia, tan sólo eso, y te
prometo que nadie jamás volverá a importunarte. Deja que te ayude."
Sumido en la duda, Carlos titubeaba. Solrac
aguardó, hasta que convino en dar punto final a su bien trazada estrategia.
"Un día, únicamente te pido eso.
Además, en mi realidad, el tiempo transcurre con mayor rapidez que en la tuya.
Mientras tanto podrás hacer lo que te plazca. Nadie notará el cambio, excepto
aquellos que se burlan de ti, claro."
Carlos recordaba en esos momentos cada risa,
insulto y burla, y la sensación (esa maldita sensación) tan angustiosa que le
embargaba cuando se reían de él.
"De acuerdo. Dimo qué debo hacer"
dijo airado.
"Simplemente, y por una vez, imítame,
como yo he hecho siempre."
Carlos esperó a que Solrac se moviera. Éste
alzó las manos y las dispuso sobre su cara del espejo. Con un indeciso gesto al
principio, imitó su postura y colocó a su vez las manos sobre las de Solrac,
palma contra palma. La sensación del indescriptible tacto se extendió por todo
su cuerpo; la vítrea consistencia del espejo pareció evaporarse, y, poco
después, sucedió. Así de simple. En un principio, Carlos no observó cambio
alguno. Luego pudo comprobar cuan equivocado estaba. De momento le desorientaba
la posición de su cuarto, idéntico en todo lo restante. Pero había otra cosa;
no sabía decir que... quizás la luz, más tenue, como grisácea, o puede que las
sombras de los objetos.
¿Qué hora era? Se había quitado el reloj al
tumbarse en la cama, aunque claro, lo encontró donde lo dejara en su mesilla (bueno,
en su otra mesilla). A primera vista, no veía que el tiempo fluyera más
deprisa.
¿Cómo sería el exterior? Yendo al armario,
buscó su ropa, reparando en que donde antes estuviera la luna del espejo, ahora
únicamente había una opaca superficie. Un presentimiento nació en su estómago,
aunque lo desterró de su pensamiento enseguida. "Es sólo un día.
Tranquilo" pensó.
Terminó de vestirse y salió fuera. Las
calles, iguales a las que recordaba, estaban manchadas de ese desagradable y
marchito tono grisáceo, como la luz del día. Un frío impropio, casi innatural,
flotaba en el ambiente.
Unas pocas personas pasaron a su lado.
Algunas creían serle conocidas, pero le ignoraron: parecían versiones
distorsionadas de la identidad que provenía, y a la cual debían imitar. Creyó
reconocer a su madre y quiso correr hasta ella, mas no lo hizo: en la cara de
su madre, en vez del habitual gesto amable, como mucho cansado, había uno de
áspero descontento. Sin atreverse a molestarla, dejó que se marchara.
Después del encuentro con el reflejo de su
madre, el presentimiento que asesinó nada más llegar al Otro Lado renació, helando su sangre. Con las piernas temblorosas,
miró el reloj. El corazón le dio un vuelco en medio del pecho; habían pasado
cuatro horas... no podía creerlo.
Raudo, regresó a su casa. Horrorizado,
comprobó que en el viaje había invertido una media hora. La habitación
permanecía tal cual la dejara. Abrió el armario.
Nada. El espejo estaba mate, aparte de
siniestramente obscuro. Sin ocurrírsele nada mejor, hizo guardia frente a él.
El tiempo transcurría de forma insólita:
cuando se abstraía en sus inquietos pensamientos, pasaba velozmente; y, sin
embargo, al observar el avance de las manecillas por la esfera del reloj, éstas
lo hacían con extraordinaria lentitud.
Enojado, lanzó el reloj contra la pared,
donde rebotó con un chasquido.
No tuvo que esperar mucho. La opaca
superficie del espejo se tornó diáfana. Vio su cuarto, el verdadero, y comenzó
a añorarlo intensamente, al igual que a su madre. Hasta puede que echara en
falta a sus compañeros de clase.
Solrac se plantó delante de él, risueño.
"¿Impaciente? No ha pasado un día...
apenas seis horas."
"¡Me has mentido! Quiero volver a mi
realidad. Esto es una absurda imitación."
"Exacto. Como el reflejo que ahora eres.
Ya no te quejarás más... he cumplido mi promesa: nunca más se reirán de ti."
"¡No! ¡Devuélveme mi vida."
Carlos gritó, exigió, golpeando
frenéticamente su lado del espejo.
"Adios, Carlos. No, espera... adios,
Solrac"
Con una sola nota, aguda y estridente, el
espejo vibró, muriendo toda su luz.
Carlos (ahora Solrac) se derrumbó, llorando
otra vez en ese día. Ahora tenía un buen motivo. Uno muy bueno.
La madre de Carlos llegó tarde aquel día.
Después de las horas de trabajo extra estaba rendida. Un sonido en el cuarto
del chico le alarmó. Sonaba a cristales rotos.
"¡Carlos! ¿Qué sucede ahí?" dijo a
la vez que corría rápidamente a la habitación.
Su hijo estaba de pie, cerca de la puerta
abierta. Le miró, y con tono dulce trató de disculparse.
"Lo siento, mamá. He roto el espejo."
Fin *
*
Si el relato continuara, podría hacerlo así:
“Solrac (el que fuera Carlos) se levantó
tras mucho llorar y...”
Si fuera el caso de Carlos:
"Carlos (el que fuera Solrac) notó
ceñudo algo bastante esencial: no se reflejaba en los espejos"
Debe contar el viaje de Solrac por el Otro Lado en busca de un camino hacia
nuestra realidad. En el Otro Lado
nada es lo que parece. Las personas aparecen ahí como son en realidad: nuestras
pesadillas cobran vida allí, nuestros sueños, debilidades, odios, inquinas y
pecados son reales y peligrosas. Es un mundo gris, tétrico, muerto y lúgubre,
de fríos edificios de piedra y acero, envuelto en una sucia y húmeda neblina
bajo una luz tenue que no ofrece calor ni consuelo. Debe llegar al corazón de
esa realidad. En el camino se hará más fuerte. Las personalidades de Solrac y
Carlos se solaparán en parte. Se debe alternar con los episodios relativos a la
vida normal de Carlos: éste tratará de frustrar su intento de volver. Cada
hecho que se realiza en uno u Otro Lado
afecta al otro, y viceversa.
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