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Alfredo Bryce Echenique - Lo de siempre, Caray...


 Leer a Alfredo Bryce siempre es un placer. Desde que llegó al Perú hace diez 
 meses, sin embargo, no ha tenido ni el tiempo ni la tranquilidad de espíritu 
 para escribir. Le ha pasado de todo, sobre todo a su casa, en este difícil 
 proceso de volver a descubrir el rostro de su amada ciudad que ha cambiado 
 tanto. Entre sus papeles encontró esta crónica que forma parte de sus próximas 
 Antimemorias, pidiendo permiso, como siempre, para vivir. Una primicia para 
 sus lectores y un eterno agradecimiento de sus amigos. 
  
 Decía el gran Julio Cortázar que, en América Latina, no bien una persona 
 empieza a escribir, se vuelve seria. Y con bastante razón se preguntaba hasta 
 cuándo iba a ser el humor patrimonio exclusivo de los anglosajones, de Borges 
 y de Bioy Casares. Claro que Cortázar dijo esto en los años del apogeo del 
 boom de nuestra literatura, cuyos miembros eran, por cierto, serísimos, y 
 hasta arreglaban, uno por uno, íntegros todititos los problemas de la 
 humanidad, durante una cena en Barcelona o un almuerzo en París. Yo viví esto, 
 de lejos y de cerca, porque fui amigo de casi todos los miembros del boom (y 
 me jacto de seguir siéndolo, ahora, cuando los que aún viven ni siquiera se 
 hablan, salvo rara excepción), aunque mi relación con los miembros de aquel 
 entonces compacto grupo fue siempre a título personal.
 Y fue, digamos, lo más individual y a-boom que darse pueda, no sé si por mi 
 menor edad, mi a-politismo, o mi total incapacidad para tomarme las cosas 
 exclusivamente en serio. Y creo que, aunque por edad, un Augusto Monterroso, 
 un Guillermo Cabrera Infante o un Jorge Ibarguengoitea sí estaban en edad de 
 merecer boom, ninguno de los tres habría podido jamás ser miembro de aquel 
 club por la falta de seriedad que ha caracterizado siempre sus escritos. 
 Además, no había almuerzo o comida del boom sin manifiesto o carta abierta a 
 la humanidad, y sin que Fidel Castro fuera a la montaña, o sin que la montaña 
 terminara yendo donde el Comandante en Jefe, para bien de este universo mundo 
 y de unos intelectuales unidos que, esto sí que sí, jamás serían vencidos 
 en... las listas de bestsellers. En fin, digamos que, aparte de lo de la edad, 
 yo no comulgaba tanto con tan altos ideales puestos tan en la boca y tan en la 
 pluma de tan grandes escritores, y por ello nunca pasé de una relación a 
 título individual, en la que se mezclaba un no sé qué de benjamín y un no sé 
 qué de «a este muchacho lo que le falta es madurar, y también un tornillo».
 Un buen ejemplo de esto fue una llamada que me hizo Gabriel García Márquez, 
 desde su residencia mexicana, para que lo ayudara en la redacción de un 
 manifiesto pro-castrista que deseaba llenar de importantísimas firmas 
 simpatizantes y publicar como aviso pagado en algún muy importante diario 
 estadounidense, como el New York Times, nada menos. Esto fue muy a principios 
 de los años ochenta, durante uno de esos maravillosos congresos de escritores 
 que organizaba Arturo Azuela, en México, con estupendos invitados de ambas 
 orillas de la lengua española.
 Y yo que, una vez cumplidas con todo rigor mis obligaciones públicas y 
 privadas, tendía a divertirme demasiado en estos congresos, había pasado la 
 noche anterior en un antro bolerístico en el que cantaban –sí, aún cantaban- 
 las ancestrales Hermanitas Navarro. Conservo la foto, y en ella estamos, entre 
 otros, la extraordinaria artista y amiga que es Tania Libertad, los poetas 
 Ángel González y Luis Rius, mi hermano Pepe Esteban, poeta de la vida, 
 escritor, editor y bohemio como Dios manda. La noche fue larga y tan intensa 
 que, nunca he sabido cómo ni por qué, terminé acostado en casa de Mari Carmen 
 y Paco Ignacio Taibo I, en vez del hotel en que estábamos alojados los 
 escritores. Y todos recordaban mi compromiso con García Márquez, menos yo, que 
 continuaba durmiendo a pierna suelta. Pepe Esteban y Juancho Armas Marcelo 
 hicieron lo imposible por despertarme, pero fracasaron, y tuvo que ser la 
 maravillosa Mari Carmen Taibo la que logró incluso afeitarme en la cama, para 
 ir ganando tiempo, porque de otra manera jamás iba a llegar puntual a mi cita 
 con la historia. Por fin pasé por la ducha y por fin llegué a casa de Gabo, 
 que, entre muy serio y muy en broma, no cesaba de ofrecerme otro café y una 
 nueva relectura del borrador del manifiesto, a sabiendas de que yo lo que 
 estaba necesitando a gritos era un buen par de tragos para cortar la tremenda 
 perseguidora que arrastraba.
 García Márquez se dio finalmente por enterado y me sirvió un whisky triple con 
 hielo y sin agua. Y reaccioné tan rápido que, una tras otra, empecé a tachar 
 palabras del borrador del manifiesto: una, porque era un adjetivo que nadie se 
 iba a creer, otra, porque era un adjetivo que ni nosotros mismos nos podíamos 
 creer, y así sucesivamente hasta que Gabo hizo pedazos el célebre borrador del 
 manuscrito y me tiró a la basura a mí, revolucionariamente hablando, claro.
 Pero bueno, vamos por partes, como dijo Jack el Destripador. Y es que eso de 
 que uno no haya reunido ninguna de las características y virtudes boom, ni 
 siquiera alguno de los defectos boom, no significa que el mundo entero ande 
 oliéndole a uno un cierto tufillo de falta de seriedad, y hasta de falsedad, 
 si se quiere. No, tampoco significa que a uno lo anden tomando por un loquito 
 al que le da por escribir, y mucho menos significa que a uno lo tomen hasta 
 por un falsificador de libros y lo miren con acusadores ojos de F de fraude 
 –como en la genial película de Orson Welles-, y todo esto hasta un punto tal 
 que, haga uno lo que haga por probar lo contrario, siempre siente que jamás 
 logrará ser miembro del club de los escritores vivos, de una generación de 
 autores u otra, y ya ni qué decir del Pen Club, por ejemplo. Y así hasta que, 
 de tanto sentirse colado en todas partes, uno termina con un gesto y un 
 complejo de puerta falsa, sí, tal cual: complejo de puerta falsa, que les juro 
 yo que este complejo realmente existe. Como también existe el de cargador de 
 maletines de los ídolos del boom, del Nobel, del Cervantes y de qué sé yo. Y 
 duele mucho este eterno complejo de no pertenencia a nada que la gente de pro 
 considere serio e importante.
 Razones me sobran para sentirme así, y ya en el volumen anterior de estas 
 antimemorias conté cómo una vez me gané la beca Guggenheim, como escritor, 
 cómo huí del mundo para escribir, como escritor, cómo alquilé un departamento 
 en Port Fornells, Menorca, para encerrarme a escribir, como escritor, cómo me 
 impuse horarios drásticos de trabajo, como escritor, cómo escribía horas y 
 horas ante una ventana que daba a la calle, como escritor, de espaldas a la 
 calle, como escritor, y cómo todo aquello, con lo serio y lo real que era, 
 motivó primero que una señora me trajera a su hija para que le diera clases de 
 mecanografía, y luego, que la gente de aquel pequeño puerto en que me había 
 refugiado empezara a traerme documentos públicos y privados, aún en borrador, 
 para que yo se los pasara en limpio, en vista de que la mía era una manera 
 más, y tan honorable como cualquier otra, de ganarse la vida a máquina. Jamás 
 un Neruda, un García Márquez, o un Vargas Llosa, les habrá contado a ustedes 
 una historia así. Pues yo, en cambio, si no son así, prácticamente no tengo 
 historias que contar.
 Nunca ha faltado gente noble para tratar de consolarme por lo de Menorca, 
 diciéndome, por ejemplo, que en aquel puerto de Fornells la gente era tan 
 sencilla, tan pescadora y tan rústica, que qué se les iba a ocurrir que un 
 escritor escribe cuando no está borracho, por ejemplo, o cuando, además, no 
 está drogado, con los tiempos que corren, o cuando a las dos de la alta noche 
 no se les han metido una o varias musas en su dormitorio y le han obsequiado, 
 ya hasta con sus correcciones de imprenta, el inmenso manuscrito de sus obras 
 completas.
 Está bien: en esto de Port Fornells, Menorca, en lo de los pescadores 
 primitivos y su inefable visión arquetípica de los escritores, hay un intento 
 de explicación, de racionalización de las cosas tan rocambolescas que ahí me 
 ocurrieron. Pero este intento se viene solito abajo, no bien pienso en otros 
 casos que me han sucedido con lectores habituales y con médicos poseedores de 
 grandes bibliotecas en las que la literatura –incluso latinoamericana- ocupaba 
 un muy importante espacio. Hablaré primero de un día del libro, en Barcelona, 
 de ese famoso 23 de abril en que es hermosa tradición catalana que todo el 
 mundo compre un libro y una rosa, mientras libreros y editores hacen su agosto 
 en primavera y pasean a los escritores de quiosco en quiosco y de librería en 
 librería, firmando uno tras otro ejemplares de sus obras y hasta las propias 
 rosas, si algún fan se empeña. Pues sucede que a mí me habían depositado, mi 
 editor de aquel entonces, nada menos que en la muy importante librería Áncora 
 y Delfín, y en plena y principalísima avenida Diagonal, por decirlo todo. Y 
 ahí andaba yo, con mi mesita y mi silla aparte, con mi letrerito en que 
 constaba quién era y rodeado por mis obras casi completas, digamos, cuando 
 apareció la primera lectora de la mañana y me preguntó por Un mundo para 
 Julius. Muy atento, súper sonriente, y absolutamente pre-firmante, preguntéle 
 a mi joven lectora por su nombre y apellidos, mientras con gesto sublime 
 extraía del bolsillo de mi saco una pluma fuente tan ad hoc como innecesaria, 
 en vista de que el librero había puesto bolígrafos de todos los colores sobre 
 mi mesa. Pero bueno, ni siquiera había abierto aún mi pluma, cuando ya la 
 joven lectora me había interrumpido para siempre con un tono tan cortante como 
 seco:
 - Por favor, dígame cuánto vale y empaquételo mientras yo me acerco a la caja 
 y voy pagando.
 Era más que evidente: la muchacha esa me había tomado por un dependiente más 
 de la librería Áncora y Delfín. Razón por la cual, instantes después, mi 
 cariacontecida pluma fuente y yo hacíamos abandono del local, por la puerta 
 falsa y con un muy similar aire de falsario. Y esto, estoy requeteseguro, 
 jamás le ha pasado a un Cela, a una Rosa Montero, a una Almudena Grandes, ni a 
 un escritor tan entrañable como don Gonzalo Torrente Ballester.
 Sólo me pasan a mí estas cosas, de la misma manera en que aparte de papel y 
 algunos sobres, jamás adquiero útiles de escritorio, como suelen hacerlo todos 
 los escritores. Todo me lo voy encontrando en el correo, por ejemplo, mientras 
 hago mi cola para depositar una carta. En el suelo, en los mostradores, por 
 todas partes voy encontrando lápices, borradores, engrapadoras y carpetas 
 abandonadas, bolígrafos olvidados, trozos de papel secante, elásticos, 
 chinches, alfileres, y los clips esos tan útiles para que se estén juntas y 
 quietecitas las páginas de un artículo, por ejemplo... En fin, que por donde 
 paso voy encontrándome y surtiéndome gratuitamente de esos útiles de 
 escritorio que la gente acostumbra comprar en las papelerías y que, a menudo, 
 entre los escritores crean incluso grandes manías.
 Y seguro que a la clínica Quirón, de Barcelona, llegué con los bolsillos del 
 pantalón repletos de útiles de escritorio que había venido recogiendo por la 
 calle, la mañana de 1986 en que dos grandes y cultísimos cirujanos, padre e 
 hijo, debían extirparme un pequeño tumor que tenía en el pecho, «por un por si 
 acaso», como dice alguna gente en Lima. Unas fundas verdes para cubrir los 
 zapatos, un gorro del mismo color para cubrir también la cabeza, el pantalón 
 en su sitio, sólo el torso desnudo, anestesia local y háganos el favor de 
 tumbarse aquí y de estarse bien quietecito, Alfredo.
 La operación había arrancado y yo ahí sin pestañar mientras cirujano padre y 
 cirujano hijo, bisturí en mano, el uno, y aguja e hilo en mano, el otro, me 
 extirpaban el tumorcito pectoral, primero, y procedían a coser, después. Y yo 
 ahí abajo, literalmente aterrado, porque el único tema que abordaron ambos 
 galenos, de principio a fin de la operación, fue lo fatídico que estaba siendo 
 el año 1986 para la literatura latinoamericana.
 -Este año ha muerto Borges- afirmaba, bisturí y serenidad en mano, el cirujano 
 padre.
 -Y también Juan Rulfo- confirmaba, momentos después, el hijo, aguja, bisturí e 
 información en mano.
 Y yo ahí abajo, siempre, sin que les importara siquiera la posibilidad de que 
 mi tumor fuera maligno y pudiera agrandarse así el número de escritores 
 muertos en 1986, un año realmente pésimo para la literatura latinoamericana, 
 porque hasta el peruano ese llamado Bryce había fallecido en Barcelona. En 
 fin, algo así, cuando menos. Pero no, nada.
 La verdad, aquélla ha sido una de las situaciones más humillantes de toda mi 
 vida. Sin embargo, un rato después estaba a punto de reconquistar la dignidad 
 perdida en aquel quirófano del diablo, en vista de que toda Barcelona me 
 miraba admirada, mientras regresaba a casa de la clínica, como quien reconoce 
 a un escritor latinoamericano que sí ha sobrevivido al fatídico 1986. Pero 
 bueno, no fue así. No lo fue desde el momento en que me di cuenta de algo en 
 que ni los médicos ni nadie había reparado, al salir yo de la clínica Quirón. 
 Sin duda distraidísimos, ellos y yo, por lo atroz que había sido el 86 con la 
 literatura latinoamericana, ni cuenta nos dimos de que había abandonado 
 aquella clínica con mi gorro verde bien puesto, y también con las fundas del 
 mismo color que cubrían mis zapatos. Y así tan campante caminaba yo y toda 
 Barcelona miraba admirada al escritor que sí sobrevivió... Hasta que...
 Comprenderán ustedes lo que es ser y estar así en este mundo. ¿Por qué no 
 Neruda, Borges, Cela, etcétera, etcétera...? ¿Por qué, jamás, nunca jamás, 
 ninguno de los demás...?

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